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5 Identidad: debate dentro de la concepción narrativista

María Eugenia Somers[1]

Resumen

Este trabajo se propone reflexionar sobre los efectos prácticos de distintas maneras de concebir la identidad personal. Más específicamente, sobre la identidad entendida desde un punto de vista narrativista, con el propósito de argumentar por qué, en relación con las perspectivas biológicas y psicológicas de identidad, ésta es más relevante para consideraciones éticas. Considero que, en vistas a este objetivo, es fundamental poder dar cuenta de la relación entre identidad y experiencia. Para ello, haré uso de las teorías de Paul Ricoeur en el capítulo “La identidad personal” de Historia y narratividad, Louis Mink, La comprensión histórica y David Carr en “Narrativa y el mundo real: un argumento para la continuidad”, a partir de un análisis comparativo sobre el tratamiento que éstos autores realizan sobre la temática, para ulteriormente tratar de desprender consecuencias prácticas de esta forma de abordar la cuestión de la identidad.

Introducción

En el presente trabajo me propuse reflexionar sobre los efectos prácticos de distintas maneras de concebir la identidad personal. Más específicamente, me expediré sobre la identidad entendida desde un punto de vista narrativista, con el propósito de argumentar por qué, en relación con las perspectivas biológicas y psicológicas de identidad, ésta es más relevante para consideraciones éticas. Considero que, en vistas a este objetivo, es fundamental poder dar cuenta de la relación entre identidad y experiencia. Para ello, haré uso de las teorías de Ricoeur (principalmente en el capítulo “La identidad personal” de Historia y narratividad, 1999), Mink (La comprensión histórica, 2015) y Carr (en “Narrativa y el mundo real: un argumento para la continuidad”, 1986) junto a MacIntyre (en Tras la virtud, 2004), a partir de un análisis comparativo sobre el tratamiento que éstos autores realizan sobre la noción de identidad. Específicamente, voy a indagar los aportes que cada uno de ellos hace acerca de la identidad narrativa para ulteriormente tratar de desprender consecuencias prácticas de esta forma de abordar la cuestión de la identidad.

La estructura del trabajo será la siguiente: en primer lugar, expondré brevemente las distintas perspectivas del debate contemporáneo acerca de la identidad personal: la biológica, la psicológica y la narrativista, con especial énfasis en esta última. A continuación, reconstruiré las posiciones de Ricoeur, Mink y la de Carr, utilizando como guía general de reflexión las objeciones que se han realizado entre sí. Por último, y a modo de conclusión, presentaré las posibles derivaciones que se desprenden de los planteos antes mencionados.

Perspectivas contemporáneas acerca de la identidad personal

Si bien un tratamiento pormenorizado del debate actual relativo a la identidad personal excede los propósitos del presente trabajo, resulta pertinente una breve caracterización del mismo, a la hora de reflexionar sobre los alcances del giro narrativista en este asunto. A grandes rasgos, puede decirse que se sostienen tres puntos de vista paradigmáticos al momento de considerar la identidad personal: las teorías basadas en criterios biológicos, las teorías basadas en criterios psicológicos y las teorías de identidad narrativa.

Las perspectivas biológicas tratan la cuestión de la identidad personal a partir de preguntarse ¿cuál es la esencia de una persona? Según éstas la esencia de una persona es ser un organismo biológico. Identificar la esencia es importante, en la medida en la que ésta permite identificar las condiciones de persistencia de una persona en el tiempo. Así, el criterio biológico de la identidad personal consiste en afirmar que: si X es una persona en t1, e Y existe en cualquier otro momento, entonces X = Y si y sólo si organismo biológico de Y es continua con organismo biológico de X.

Por su parte, las perspectivas que contemplan criterios psicológicos explican la identidad personal a partir de los estados psicológicos de una persona, considerando entre ellos, por ejemplo, la anticipación y su objeto (las experiencias futuras), así como a la relación entre esos estados (las intenciones para efectivizar acciones, los recuerdos de hechos pasados, etc.). De esta manera, la identidad personal es una condición de la responsabilidad moral: X no puede ser responsable de las acciones de una persona si no es la heredera de la psicología de la persona.

Finalmente, están aquéllos que argumentan que el criterio de identidad personal es la narrativa. Entre sus exponente principales se encuentran las teorías Ricoeur y Carr. A continuación, se realizará una reconstrucción y problematización de los aportes de cada uno a este respecto, haciendo uso de los aportes de MacIntyre y Mink sobre este asunto.

Debate dentro de la perspectiva narrativista

Ciertamente, Ricoeur y Carr se encuentran, entre los autores posteriores al giro narrativo, defendiendo una continuidad entre narratividad y la percepción que las personas tienen del tiempo. Es decir, ambos objetan la postura de Mink, desde la que se argumenta que la vida de las personas no acontece (o aconteció) siguiendo una estructura narrativa de principio, medio y fin. Para Mink, la vida de las personas es percibida así en la medida en que éstas le imponen esa estructura a la realidad para darle un sentido comprensible, es decir, argumenta que esa estructura no es intrínseca a los eventos mismos. Así, para este autor, las narrativas de la historia son creadas e impuestas por las personas. Son un instrumento cognitivo para acceder a y comprender los acontecimientos del pasado. En tanto tales, las narrativas históricas tienen la pretensión de relatar los sucesos de manera tal que le hagan justicia a los eventos, tal como se sucedieron en el pasado.

No obstante, esta pretensión no es verificable, ya que no existiría nada real e inmutable con que ser contrastada: los acontecimientos del pasado son acontecimientos en la medida en que una narrativa los seleccionó como tales, gracias a un procedimiento artificial de abstracción. En consecuencia, las narrativas históricas no son el reflejo fiel de un derrotero temporal, sino que han distorsionado al pasado. La secuencia de principio-medio-fin es establecida una vez que el suceso ha tenido lugar. El curso temporal es determinado desde el punto de vista omnipresente de quienes cuentan la historia ya acabada. Para Mink no hay ni hubieron principios ni finales en la vida real, éstos revisten una ficción (cf. Tozzi, s. f., p. 4).

En contraste, Ricoeur y Carr afirmarán que los relatos históricos sí reflejan la manera de actuar de las personas. En otras palabras, ambos autores consideran que, si las narraciones históricas pueden ser un instrumento cognitivo a la hora de pensar el pasado, es gracias a que tanto las narraciones, como el accionar de los individuos, siguen la forma temporal de principio-medio-fin. Y, además, es en virtud de esa continuidad en la forma que los relatos históricos son accesibles a las personas. En consecuencia, la pretensión de verdad de los relatos históricos respecto a los eventos del pasado estaría legitimada.

Refiriéndose particularmente a la cuestión de la identidad personal, Ricoeur objetará las posturas que consideran que la permanencia de la identidad en el tiempo es posible gracias a que la misma es una sustancia inmutable impermeable al acontecer, es decir, argumenta contra los criterios esencialistas, como los que sostienen las perspectivas biológicas y psicológicas de identidad personal. El autor critica las teorías que defienden una concepción de identidad entendida como ídem o idéntica y en contraposición, propone un análisis a partir de la identidad como ipse (sí mismo o propio) (cf. 1999, p. 215).

Ricoeur afirma que la dificultad a la hora de dar una respuesta satisfactoria a la cuestión de la identidad reside en la dificultad que tenemos las personas a la hora de comprender el tiempo. El autor sostiene que, con la perspectiva narrativa, se empieza a considerar la dimensión temporal de la experiencia de las personas y gracias a esto, es posible dar respuestas satisfactorias a la cuestión de la identidad. En sus palabras, la dimensión temporal se denomina “historia de una vida”, concepto que tratará mediante el de “historia contada” (cf. 1999, p. 216). Luego, sostendrá que es en virtud de esta “historia contada” que el personaje-persona conserva una correspondencia entre la historia y su identidad (cf. 1999, p. 218). Más adelante, precisará que esta correspondencia con la identidad del personaje “sólo puede ser correlativa de la concordancia discordante de la propia historia” (1999, p. 221).

¿Qué quiere decir Ricoeur con la concordancia discordante de la historia? Aquí hace referencia a la síntesis de lo heterogéneo, es decir, al vínculo dialéctico que tiene lugar en la historia. La narración exige una concordancia o encadenación, es decir, una estructura de principio, medio y fin. Y, por otro lado, demanda el reconocimiento de las discordancias, a saber, de elementos aislados: fines, agentes, medios, circunstancias, etc., así como de una unidad temporal (cf. 1999, pp. 219 y 221).

En otras palabras, aquí el autor está mencionando a la Mímesis II, es decir, a la operación de configuración de la trama. La trama media entre los acontecimientos individuales y la historia, es decir, de la sucesión de eventos obtiene una configuración. Además, integra los recién mencionados elementos heterogéneos llevando a cabo una concordancia discordante, lo que implica un pasaje de lo sincrónico a lo diacrónico y sintetiza los episodios del pasado en una totalidad significante.

En suma, para Ricoeur, gracias a la perspectiva narrativa el agente comprende a las acciones como propias y no como eventos heterogéneos e inconexos; en una unidad temporal. Por la identidad narrativa se incorporan los cambios a la coherencia de la vida. Las personas son escritoras y lectoras de su vida, esta última acción les permite comprender el sentido de su accionar, y en ese mismo acto de comprenderse gracias a la narración, se constituyen a sí mismas. Esto es, como se mencionó con anterioridad, parte de la “historia contada”.

No obstante, Carr objeta la noción de concordancia-discordante de Ricoeur, argumentando que, si lo que introduce la narrativa es la síntesis de lo heterogéneo “presumiblemente adosa a los elementos del mundo una forma que de otro modo no tienen” (1986, s. p.). Según la lectura de Carr, el personaje-persona de la teoría de Ricoeur, al narrarse su historia le impone a la vida una estructura que originalmente no seguía. Y en este sentido, el autor no se alejaría tanto de las concepciones de Mink, donde la historia narrativa se diferencia de la realidad.

Haciendo uso de los aportes de Alasdair MacIntyre, Carr da un paso más a la hora de tratar la identidad narrativa. En Tras la virtud (2004), MacIntyre argumenta, junto con Mink, que sólo mediante una mirada retrospectiva se puede tomar un acontecimiento como principio o desenlace y que esta decisión siempre es controvertida (cf. 2004, p. 279). No obstante, esto no quiere decir que la realidad no siga una estructura de principio-medio-fin, de hecho, las personas nacemos y morimos. A este respecto, Carr agrega que las personas actúan considerando medios para fines y esta forma se corresponde con la estructura narrativa de comienzo-medio-fin. De esta manera, pretende argumentar que los eventos humanos tienen una estructura temporal (cf. 1986, s. p.).

Es más, el autor afirma que la visión retrospectiva del narrador, de la que hablaba Mink, no es incompatible con la de las personas agentes: ésta constituye una “una extensión y refinamiento de un punto de vista inherente a la acción misma” (1986, s. p.). Siguiendo esta apreciación, Carr sostiene que la narrativa es práctica o ética antes que herramienta cognoscitiva, así, la narración tiene consecuencias tanto sobre las acciones, haciéndolas posibles, como sobre los agentes, autopreservándolos. De esta manera, formula el problema de la identidad del siguiente modo:

Mi identidad como un yo puede depender de cuál relato yo elijo y si yo puedo hacer que se mantenga reunido a la manera de un relator, sino de su autor. La idea de un vida como secuencia sin significado (…) puede [tenerlo] si consideramos como constante la posibilidad de fragmentación, desintegración y disolución que persigue y amenaza al yo (1986: s. p.).

Luego, realiza un movimiento desde las consideraciones sobre la identidad personal narrativa a la identidad colectiva narrativa, ya que ésta es la que trata la historia. Para Carr, entre éstas hay una interdependencia mutua; la identidad de la comunidad depende de que haya una narración donde exista un nosotros y ésta sea legitimada por los miembros que involucra el dominio de ese “nosotros”. Pero también, puede decirse que la identidad individual emerge y depende de la narración de la identidad colectiva.

Conclusiones

Como mencioné con anterioridad, me expedí sobre las contribuciones que cada uno de los autores realiza acerca de la identidad narrativa, con el propósito de reflexionar sobre las posibles consecuencias prácticas de esta forma de entender la identidad.

Retomando la caracterización de las formas de entender la identidad personal, considero que, tanto el punto de vista narrativo, como el psicológico, revisten una explicación más adecuada que la que ofrece la teoría de criterios biológicos para dar cuenta de la relación entre identidad y ética. Si bien la perspectiva biológica puede responder por la continuidad en el tiempo de un organismo biológico, no puede realizar afirmaciones sobre las acciones de ese organismo; esta teoría carece de elementos para atribuirle una conducta a un determinado agente. De esta manera, la perspectiva biológica de la identidad estaría respondiendo a cuestiones que no atañen a consideraciones de índole práctica.

Así, los otros criterios resultan más completos a este respecto. Sin embargo, considero que el criterio narrativo puede dar cuenta de manera más acabada del vínculo identidad-ética, ya que sus lineamientos no se limitan a la pregunta por la continuidad de la psicología de la persona en el tiempo (en estos términos, el criterio psicológico coincide con la búsqueda del criterio biológico), sino que pretende demostrar que lo que hace que una acción pasada sea mía, es que surge a partir de mis valores y creencias más fundamentales y que al unirla a otros elementos de mi vida, resulta una historia coherente.

En este punto, cabe preguntarse si en cierta forma el criterio narrativo no descansa en las otras dos perspectivas. Para narrar/narrarme mi historia, ¿no preciso identificarme con un cuerpo o con estados psicológicos? Es decir, para abogar por criterios no reduccionistas o esencialistas de la identidad, también hace falta reconocernos como un cuerpo o una psicología, no como alguien separado de ellos, que meramente hace uso de los mismos. Además, los juicios de identificación los hacemos a partir de estos criterios. Por otro lado, el criterio narrativo, a diferencia de los otros dos criterios, debe permitirse la existencia de narrativas equivocadas. De no hacerlo, se estaría postulando la existencia de los hechos reales, por un lado y la narrativa por el otro y así, no quedaría claro cuál es el objetivo de una narrativa.

Desvincular de manera tan tajante los hechos reales de la percepción temporal de las personas es un problema a la hora de considerar la identidad personal, por lo menos, respecto a lo que a consideraciones éticas y morales se refiere. Sin ánimo de atribuirle a la teoría de Mink consecuencias acerca de cuestiones que el autor no se ha propuesto abordar (puesto que no se expide específicamente sobre la cuestión de la identidad personal), sin la estructura medios-fin en las acciones que proponen Ricoeur y Carr, ¿cómo se le atribuye responsabilidad por sus acciones a los agentes del pasado? ¿Es ésta una ficción en manos de los narradores del presente? Los agentes del pasado, ¿no son en ninguna manera responsables de lo que acontece en el presente? ¿Qué consecuencias tiene esta teoría para pensar nuestras acciones hoy, en relación a sus consecuencias en el futuro?

Aunque difieren en algunos puntos, considero que, a grandes rasgos, las implicancias prácticas de las teorías de Ricoeur y Carr son similares. Desde éstas se desprende que, para que una persona sea un agente moral, sus experiencias deben ser reunidas en una narrativa, la que les otorgará una coherencia e inteligibilidad. Así, las diferentes experiencias tienen un significado por ser parte de una historia más amplia y más compleja, que las relaciona entre sí en el contexto de la vida.

En suma, estas perspectivas sobre la identidad personal no están exentas de objeciones, no obstante, nos aportan herramientas para comprender la relación entre identidad personal e implicaciones prácticas de manera más completa. Desde mi punto de vista, al entender a la identidad como narrativa no es necesario deslindarse de criterios biológicos o psicológicos, sino que es posible hacer uso de los mismos en busca de arribar a explicaciones más complejas.

Referencias

Carr, David (1986), “Narrativa y el mundo real: un argumento para la continuidad”, History and Theory, vol. XXV, N° 2, pp. 117-131.

MacIntyre, Alasdair (2004), Tras la virtud, Cap. 15 “Las virtudes, la unidad de la vida y el concepto de tradición”. Barcelona: A & M Gráfic, pp. 269-293.

Mink, Louis (2015), La comprensión histórica, Cap. 8 “La forma narrativa como instrumento cognitivo”. Buenos Aires: Prometeo.

Ricoeur, Paul (1995), Tiempo y narración I. México: Siglo XXI, pp. 113-161.

Ricoeur, Paul (1999), Historia y narratividad, Cap. “La identidad narrativa”. Barcelona: Paidós, pp. 215-230.


  1. Facultad de Filosofía y Letras-Universidad de Buenos Aires.
    Email: eusomers@gmail.com.


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