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23 Historiografía profesional, mundos extraacadémicos y cultura histórica

Los Congresos Internacionales de Historia de América y la construcción de una identidad americana

Martha Rodríguez[1]

Resumen

En esta comunicación proponemos reflexionar sobre la activación de determinados sentidos, interpretaciones e imágenes del pasado construidas y enunciadas desde el campo historiográfico, pero cuyo impacto trasciende las fronteras del mundo académico, para reverberar en el espacio público, la política nacional o la diplomacia internacional.

Un prisma interesante para indagar sobre estos sentidos son las conmemoraciones. Su estudio abre interesantes perspectivas para reconstruir las significaciones que una comunidad le asigna a lo conmemorado en un contexto temporal específico. Especialmente en las grandes conmemoraciones cívicas se activan una serie de sentidos vinculados a la construcción, consolidación o reforzamiento de un pasado común de naturaleza fundante. Entre ellas, en aquellas de “números redondos” generalmente se activan esfuerzos conmemorativos mucho mayores que en las habituales, y junto a la conmemoración propiamente patriótica y evocadora del pasado se diseñan otros dispositivos que extienden, profundizan y amplían su significado. La internacionalización es uno de ellos: exposiciones internacionales, misiones y embajadas al exterior, pero también congresos y eventos académicos que trascienden las fronteras.

A partir de investigaciones centradas en el estudio de congresos internacionales de historia organizados por instituciones e historiadores de reconocida inserción en la historiografía profesional como parte de conmemoraciones de gran trascendencia nacional, intentaremos mostrar como en varias oportunidades estos eventos desbordan los marcos del mundo académico en el que fueron diseñados y la pura función científica, para convertirse en verdaderas embajadas político-culturales.

En particular nos concentraremos en el análisis de las ediciones de los Congresos Internacionales de Historia de América que se celebraron en Buenos Aires. La segunda edición, organizada como parte de los actos oficiales por el IV Centenario de la primera fundación de Buenos Aires; la tercera, incluida en la conmemoración del sesquicentenario de la Revolución de Mayo y la cuarta desarrollada en 1966 como parte de los festejos por el sesquicentenario de la independencia.

En ellos, los historiadores apoyados en la legitimidad de su saber diseñaron intervenciones en las que la historia ocupó un lugar central. Y aunque los sentidos conferidos al pasado no los imponen solamente los historiadores, esa gestión de la historia contribuyó con argumentos y motivos historiográficos a establecer algunos sobre el americanismo, la construcción de una identidad americana, de una historia de América y su papel en el concierto internacional.

Introducción

En esta presentación proponemos reflexionar sobre la activación de determinados sentidos, interpretaciones e imágenes del pasado construidas y enunciadas desde el campo historiográfico, pero cuyo impacto trasciende las fronteras del mundo académico para reverberar en el espacio público, la política nacional o la diplomacia internacional.

Una vía interesante para esta reflexión lo constituye el análisis de los sentidos sobre el pasado y la historia que se ponen en funcionamiento cuando se organiza una conmemoración. En las grandes conmemoraciones cívicas se activan sentidos vinculados a la construcción, consolidación o reforzamiento de un pasado común de naturaleza fundante. Esto es particularmente visible en aquellas de “números redondos”. Desde mediados del siglo XIX, cincuentenarios, centenarios, sesquicentenarios, bicentenarios fueron la excusa para la organización de celebraciones mucho mayores que las habituales. En ellas, junto a la conmemoración propiamente patriótica y evocadora del pasado se diseñan dispositivos que extienden, profundizan y amplían su significado. Uno de ellos es la internacionalización, materializada en exposiciones, misiones y embajadas al exterior[2], pero también en congresos y reuniones científicas que trascienden las fronteras y muchas veces el estricto fin conmemorativo y académico.[3]

Nos detendremos aquí en este último tipo de eventos académico-conmemorativos. En particular nos concentraremos en el análisis de las ediciones de los Congresos Internacionales de Historia de América que se celebraron en Buenos Aires; el segundo, organizado como parte de los actos oficiales por el IV Centenario de la Ciudad de Buenos Aires en 1937; el tercero incluido en la conmemoración del sesquicentenario de la Revolución de Mayo en 1960 y el cuarto desarrollado en 1966 como parte de los festejos por el sesquicentenario de la independencia.[4]

En ellos y apoyados en la legitimidad de su saber, los historiadores diseñaron dispositivos historiográficos en los que la historia ocupó un lugar central. Y aunque los sentidos conferidos al pasado no los imponen solo –ni centralmente– los historiadores, esa gestión de la historia contribuyó con argumentos y motivos historiográficos a establecer algunos sobre el americanismo, la historia americana y su papel en el concierto internacional.

Los Congresos Internacionales de Historia de América

Los Congresos Internacionales de Historia de América, estuvieron desde sus inicios asociados a actos conmemorativos. El primero de la serie se había celebrado en Río de Janeiro en septiembre de 1922 con motivo del Centenario de la Emancipación de Brasil. Su organización había quedado en manos del Instituto Histórico y Geográfico Brasileño, una de las primeras instituciones latinoamericanas dedicadas al estudio del pasado nacional a partir de una labor erudita y heurística. Atento a los lazos que unían a esa institución con la Junta de Historia y Numismática Americana y con los historiadores argentinos en pleno proceso de profesionalización, su Comisión Organizadora invitó al historiador argentino Ricardo Levene a incorporarse al evento en calidad de vicepresidente.

A instancia suya, en las sesiones plenarias se decidió que el congreso funcionase con carácter permanente y se designó a Buenos Aires como anfitriona-organizadora del siguiente. La fecha prevista era el 25 de mayo de 1923. Sin embargo problemas de diversa índole conspiraron con la organización del congreso en ese momento. Quince años más tarde la coyuntura era bien diferente. A la consolidación del campo profesional y el ascenso de sus figuras centrales a posiciones expectables, se sumaba la afinidad de ésta con los gobiernos conservadores, especialmente entre el presidente de la institución, R. Levene, y el Presidente de la Nación, Gral. A. P. Justo. Por eso, no fue sorprendente que un congreso de historia fuera uno de los eventos centrales de los organizados para conmemorar el IV centenario de la primera fundación de la ciudad de Buenos Aires

El II Congreso Internacional de Historia de América se gestó así como iniciativa de la Junta de Historia y Numismática Americana (elevada al año siguiente al rango de Academia Nacional de la Historia) pero con el carácter poliédrico que le confería su condición simultánea de reunión científica, acto conmemorativo y gestión diplomática.[5] Esta impronta marcará el desarrollo de éste y de las siguientes ediciones del congreso, que oscilarán intermitentemente entre historiografía, conmemoración y política. Las tres ediciones analizadas fueron rápidamente incluidas en los programas oficiales de actos organizados por las comisiones nacionales creadas ad hoc para cada conmemoración.[6]

En el caso del II congreso, un decreto del presidente Justo lo oficializó sobre la base de su trascendencia como acto conmemorativo, como empresa cultural e historiográfica y como estímulo para la consolidación de la solidaridad continental.[7] Esa normativa también establecía la convocatoria por intermedio del Ministerio de Relaciones Exteriores a las universidades y academias de historia de todos los estados americanos y España y la invitación a instituciones culturales y escuelas dependientes del Ministerio de Justicia e Instrucción Pública a designar profesores de historia para participar de la sección “Metodología de la Enseñanza de la Historia Americana y Revisión de Textos”. La comisión organizadora del congreso fue presidida por R. Levene mientras que las vicepresidencias quedaron a cargo de reconocidos historiadores de todo el continente.[8]

El evento se desarrolló entre el 5 y el 14 de julio de 1937. El Presidente A. P. Justo, el Ministro de Justicia e Instrucción Pública Jorge de la Torre, el de Interior Manuel Alvarado, el de Agricultura Miguel A. Cárcano, el Intendente Municipal M. De Vedia y Mitre, el Cardenal Primado Monseñor Copello, una cantidad importante de diputados, senadores, miembros del cuerpo diplomático argentino y embajadores de países americanos compartieron la apertura.

La convocatoria tuvo gran acogida en el país y en toda América, a juzgar por la amplitud de instituciones que respondieron a la invitación. Buena parte de los gobiernos provinciales, universidades nacionales, academias nacionales, filiales provinciales de la Junta de Historia y Numismática Americana, archivos, bibliotecas y museos provinciales y nacionales, la Comisión Nacional de Cooperación Intelectual y la Escuela Superior de Guerra enviaron sus representantes al congreso. A ellos se sumaron los representantes oficiales y de universidades de Estados Unidos, México, Guatemala, El Salvador, Colombia, Venezuela, República Dominicana Cuba, Nicaragua, Costa Rica, Panamá, Brasil, Ecuador, Perú, Bolivia, Paraguay, Chile, Uruguay y España.

En el caso del III Congreso Internacional de Historia de América, la Comisión Nacional Ejecutiva de Homenaje al 150º aniversario de la Revolución de Mayo promovió decididamente la iniciativa (propuesta originalmente por R. Levene en 1958, poco antes de morir), oficializándolo como parte central de los festejos y sosteniéndolo económicamente. La convocatoria formal invitaba a archivos, museos, juntas de estudios históricos, bibliotecas nacionales y provinciales, las comisiones nacionales con jurisdicción sobre museos y patrimonio, universidades (incluyendo a las nóveles privadas), los institutos de investigaciones histórica, revistas de historia, centros y círculos de las FFAA, y las áreas de cultura y educación delos gobiernos nacional y de la provincia de Buenos Aires. También a instituciones americanas y españolas vinculadas al quehacer historiográfico, a las que se sumaba como una novedad de esta edición la invitación a otras francesas, vinculadas a la investigación y la enseñanza de la historia de americana.

El III congreso desarrolló sus sesiones entre el 12 y el 17 de octubre. La inauguración se produjo con la presencia de autoridades del gobierno nacional y del poder ejecutivo y legislativo dela Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires, funcionarios de las áreas de cultura y educación, más de sesenta historiadores provenientes de Brasil, Colombia, Chile, Perú, Ecuador, España, EEUU, Francia, Haití, México, Paraguay, Perú, Uruguay, Venezuela y centenares de historiadores locales. Las autoridades nacionales intervinieron activamente en el congreso mediante sendos discursos en la inauguración, a través Luis Mc Kay, Ministro de Educación, y en la clausura, a través de Alfredo Vítolo, Ministro de Interior y Presidente de la Comisión Nacional Ejecutiva de Homenaje al 150º aniversario de la Revolución de Mayo.

En el caso del IV congreso, con el auspicio y el apoyo de la Comisión Nacional Ejecutiva del Sesquicentenario del Congreso de Tucumán y de la Declaración de la Independencia, sesionó entre el 5 y el 12 de octubre de 1966.[9] Aunque entre los preparativos iniciales del evento y su materialización mediaron una serie de acontecimientos imprevistos originalmente, ni el golpe de estado que derrocó a A. Illia, ni la intervención de las universidades nacionales alteraron las actividades previstas por los organizadores. La inauguración se produjo con la presencia de autoridades del gobierno nacional –entre ellas el Gral. Onganía a cargo de la presidencia luego del golpe–, y como ya era habitual en estos congresos, con la participación de funcionarios de las áreas de cultura y educación, miembros de la ANH, del resto de las academias nacionales, representantes de un centenar de archivos históricos, museos, bibliotecas, universidades, institutos de investigaciones históricas, revistas de historia y centros de las FFAA. A ellos se sumaban más de sesenta historiadores pertenecientes a instituciones dedicadas a los estudios americanistas de Alemania, Bolivia, Brasil, Canadá, Costa Rica, Colombia, Chile, República Dominicana, Ecuador, España, Estados Unidos, Francia, Inglaterra, México, Panamá, Paraguay, Perú, Puerto Rico, Suecia, Uruguay y Venezuela.

Es significativo el estímulo creciente a extender invitaciones y fomentar la participación de países por fuera del mundo iberoamericano. Esto rompía con la tradición inaugurada en la I y II edición, que restringía (no formalmente pero si en la práctica a través de las invitaciones oficiales) la participación a ese universo. El cambio, perceptible ya en el III congreso pero profundizado en el IV es, como veremos, en gran medida atribuible a las transformaciones mundiales operadas desde mediados del siglo XX, especialmente la consolidación de un mundo bipolar, y consecuentemente, el realineamiento de la herencia hispánica en la genealogía del mundo occidental.

Tanto en el congreso de 1937 como en los de 1960 y 1966 es sintomático el vínculo entre el sector hegemónico del campo historiográfico local (representado institucionalmente por la ANH) y los poderes públicos, aunque el signo político de éstos últimos varía notablemente entre una y otra edición, incluyendo gobiernos democráticos y otros, como el de 1966, fruto de un golpe de estado. Los congresos contaron en las actividades de apertura y cierre (en algunos casos también en las sesiones) con la presencia de altas autoridades del poder ejecutivo nacional, embajadores y funcionarios provinciales y locales. Varios de ellos intervinieron activamente con discursos y participaron de las actividades extraacadémicas.[10] Más allá de afanes conmemorativos y de consensos interpretativos y pedagógicos, a ello sin duda contribuyó el que varios historiadores, a la vez conspicuas autoridades de la ANH, integraran también las comisiones nacionales de homenaje respectivas o fueran funcionarios. En este sentido, casos como los de Carlos Pueyrredón, Ricardo Caillet Bois y Ricardo Levene en el II Congreso o el de Roberto Etchepareborda y Ricardo Caillet Bois en el III, son algunos ejemplos.[11]

Sin embargo, quizá lo más significativo de las continuidades encontradas entre las distintas ediciones del Congreso Internacional de Historia de América este dado por el énfasis puesto en explotar los alcances de las reflexiones e investigaciones científicas más allá de los límites de la academia. Los congresos fueron pensados por sus organizadores y visto por el mundo político y académico como instancia de convergencia de una multiplicidad de objetivos. A la reflexión histórica, el estímulo a las investigaciones originales sobre la historia americana y la sociabilidad académica que caracterizan a cualquier congreso científico de este tenor, se le sumaba la faceta conmemorativa y la identitaria, expresada en la defensa de la cooperación internacional y la solidaridad entre los estados americanos.

La condición de posibilidad para la convergencia de estos objetivos descansaba en la convicción de que verdad histórica (investigación científica) e interés nacional/regional podían conciliarse. Que el ejercicio de la profesión tenía un costado científico y otro pedagógico y que por lo tanto la búsqueda de la “verdad histórica” era perfectamente compatible con el amor a la patria, y éste, bien entendido, maridaba sin dificultades con ideales de factura americana. Era el desconocimiento, o en todo caso el mal conocimiento, el que fomentaba las rivalidades y recelos, y no las diferencias ideológicas, de proyectos políticos o de voluntad de liderazgo entre los países. La búsqueda de la objetividad conducía a un mismo tiempo al desarrollo de un trabajo científico y a la solidificación de una identidad nacional y americana. Investigación, docencia, patriotismo y espíritu americano se entramaban sin dificultad.

En lo que resta de la comunicación nos detendremos en las características de esa identidad americana construida, y en los deslizamientos, reconfiguraciones y reelaboraciones historiográficas sobre ella.

En 1937 en la apertura del II Congreso su Presidente el historiador R. Levene destacaba con satisfacción la superación de una etapa en la que la historia del continente caracterizada por líneas de tensión que enfrentaban a los países del continente

Era en parte la historia de la América inglesa contra la América latina o viceversa; la historia de la América hispánica contra la portuguesa y chocaban entre ellos la mayoría de los historiadores de pueblos de habla castellana. (Levene, 1938, p. 29).

Incluso los textos dedicados a la enseñanza de la historia americana se construían sobre errores y omisiones, producidos bien por las limitaciones de modestos maestros bien por la intencionalidad de manifiestos polemistas.

La razón para este cambio estaba vinculada con el despliegue en esos últimos años de una nueva concepción histórica. Apoyada en la aplicación de los métodos eruditos de investigación y crítica, permitía elaborar una historia de las unidades americanas en su diversidad y en su totalidad. Los procedimientos de la investigación permitían llegar a la verdad histórica que serenaba las pasiones y realizar una historia comprensiva y de síntesis. Al mismo tiempo, un nuevo compromiso pedagógico de los historiadores con la cultura histórica contribuía a su difusión.

Por sobre las diferencias geográficas, raciales, económicas y políticas las investigaciones históricas demostraban para Levene la unidad histórica de carácter moral que distinguía al mundo americano. Esa historia compartida, que liga estrechamente a las naciones americanas no hacía más que señalar como

Los Estados libres de este Continente marchan hacia la plena realización de su soberanía económica y espiritual y la historia es la unión entre ellos como fuente eterna de verdad y patriotismo. (Levene, 1938, p. 35).

La idea de una unidad histórica y la consecuente y natural vocación americanista de los países del continente, era reforzada también por otros oradores en la inauguración del II Congreso. El representante de Estados Unidos e invitado de honor, historiador Clarence Haring afirmaba en su discurso que

La América española y la América inglesa son ambas el producto de la frontera. Ambas han estado condicionadas en el pasado de las circunstancias sociales y políticas que acompañan a la conquista material de un continente virgen; ambas encaran los mismos problemas políticos y sociales en el presente. (Haring, 1938, p. 41).

Más emotivo y explícito aún, el representante de Brasil, Dr. P. Calmon, también invitado de honor, iniciaba su interpelación al auditorio al exclamando

Es privilegio de nuestro continente este parentesco indisoluble (…) el sentido de su civilización es una profunda y natural solidaridad entre nuestros países, en cuyo sincronismo adivinamos el mismo drama social, igual aventura creadora, equivalente formación histórica. Somos, en este mundo nuevo, la humanidad nueva. (Calmon, 1938, p. 44).

Ese sustrato común de todo el continente, daba un aval histórico a opciones políticas presentes:

La hora de la reconquista decisiva, de la América para los americanos, sonó en modo semejante. (…) De hecho nos comprendemos tan bien, que nunca un prócer americano, en la victoria o en la desgracia (…) se juzgó extranjero en país vecino. Los caballeros medioevales se hermanaban por la cruz; nosotros nos fraternizamos en la liberación (…). La opción americanista –o panamericanista– se presenta así más que como posibilidad, como destino ineluctable. El ‘monroismo’ no es, así, una novedad sino una verificación. Habíamos formado, más que nuestra espiritualidad, nuestro sistema. Éramos para los americanos forjados al calor de tantas turbulencias cívicas, la libre América. (Calmon, 1938, p. 46).

Esta idea de que el espíritu de confraternidad americana estaba basado en la necesaria pero también inevitable unidad panamericana, sobrevolará todo el II Congreso. Sin embargo esto no significó el rechazo a la herencia hispana de los países que la poseían, ni tampoco el debilitamiento de la centralidad concedida a la historia hispana e hispanoamericana tanto en las investigaciones como en la historia escolar.[12] En este contexto, el americanismo parece más bien el reforzamiento de una identidad de la que se destaca su común aspiración a la libertad frente a las derivas históricas de la situación europea. En una inversión de esquemas, América y sus historiadores se convertían en faro para la cultura de la humanidad entera.[13] Este americanismo se mantendrá en las siguientes ediciones del congreso, aunque connotado de manera muy diferente.

Tanto en la tercera como en la cuarta edición del Congreso Internacional de Historia de América se acentuará el vínculo entre los temas del congreso y el presente. En las convocatorias y los informes de las comisiones organizadoras se insistía en que pese a tratarse de congresos vinculados al estudio y conmemoración de procesos históricos ocurridos a principio del siglo XIX, éstos respondían también a preocupaciones y problemas actuales.

En 1960 Ricardo Zorroaquín Becú secretario de la Comisión Organizadora del III Congreso y Vicepresidente de la ANH sostenía que el tema central del congreso podía reducirse a

un solo asunto fundamental (…) ‘Libertad e independencia en el nuevo mundo’. No es por casualidad que se han elegido esas palabras. Ellas evocan sin duda todo el proceso emancipador pero traducen al mismo tiempo preocupaciones permanentes de nuestros países, que se agudizan en determinados momentos de nuestra historia. Y es entonces con un doble sentido –pretérito y actual– que vamos a considerar ese asunto fundamental. (Zorroaquín Becú, 1961, p. 86).

Seis años más tarde, Ernesto Fitte Presidente de la Comisión Organizadora del IV Congreso y Secretario de la Academia Nacional de la Historia argumentaba que

El centro de gravedad del orbe se desplaza insensiblemente del viejo al nuevo continente y, dentro de poco, América Latina ha de tener a su cargo la rectoría moral del consorcio de las naciones libres que luchan por la dignificación humana. Este congreso tiene, pues, como principalísima misión a realizar, la de preparar el ambiente y adecuar las condiciones para este advenimiento. (Fitte, 1966, p. 111).

En las intervenciones en el III y IV Congreso abundaron las referencias a la situación internacional, al lugar de América en el concierto mundial y al rol que historia e historiadores debían desempeñar en los “arduos momentos contemporáneos”, como los denominó más de un expositor. Para la mayoría de los historiadores participantes, aquellos estaban asociados al peligro que representaba a escala latinoamericana la entonces reciente experiencia cubana triunfante y a su potencial de ejemplaridad para estimular una cultura de la rebelión alentada por el enemigo soviético.

La Historia era entendida en este contexto como un instrumento que permitiría la desactivación de esos peligros. La responsabilidad adjudicada a los historiadores era grande. El estudio erudito, serio y objetivo de la historia de los procesos emancipatorios americanos debía destacar las singularidades, pero fundamentalmente demostrar la indudable unidad americana, fraguada al calor de un pasado colonial común y, fundamentalmente, de una común experiencia de ruptura de ese vínculo.

En esas interpretaciones, si los avatares del proceso emancipatorio habían configurado las diferencias que caracterizaban a las distintas naciones y al mismo tiempo precipitado un conjunto de valores sustantivos a escala americana, era sin duda la matriz hispánica consolidada durante el período colonial (y con ella la de la civilización occidental de la que España formaba parte), la que había brindado la argamasa que hermanaba a las naciones americanas. Especialmente el carácter espiritual y cultural de la conquista habría permitido la germinación de un conjunto de valores característicos del mundo occidental en el territorio americano. Esta herencia hispano-occidental ponía a los países americanos en inmejorables condiciones para atravesar y conducir un presente percibido como amenazador. Es de cara a esta nueva adscripción occidental del mundo americano que es leída, procesada y reivindicada la herencia hispánica del nuevo continente.

La revalorización del hispanoamericanismo no era nueva en estos congresos, ya desde la segunda edición había estado presente; en ese momento conjugada con la fuerte impronta de la idea “América para los americanos”. Pero desde la década de 1960, tanto en el III como en el IV Congreso la exaltación del hispanismo pasó a ser más que la celebración de una comunidad cultural en el sentido romántico del término, convirtiéndose en una unidad espiritual ya no patrimonio exclusivo de Hispanoamérica sino de todo el mundo occidental. La revalorización de España aparece así como parte de una interpretación metahistórica más general de la historia universal, dentro de la que España funciona como bisagra del mundo occidental, puente entre Europa y América.[14]

De “América para los americanos” se pasaba a “Hispanoamérica para el mundo”, y los historiadores estaban allí para presentar a occidente la experiencia histórica del continente y la tradición en que se fundaban sus valores. Éstos estaban llamados a cumplir una función formativa imprescindible a través de sus investigaciones, trabajo cotidiano en las aulas, intervenciones públicas y publicaciones, las de constructores de una identidad coraza (en la que lo nacional y lo americano se subsumían en lo occidental) frente a la amenaza ideológica del comunismo.

Pero el estudio de la historia latinoamericana, especialmente de los procesos revolucionarios que condujeron a las independencias y posteriormente a la formación de nuevos estados, permitía también realizar otra operación. Una en que la historiografía se convierte en prisma para conjeturar el futuro. Especialmente en aquellos casos donde era posible trazar un paralelismo en los procesos históricos pese a las diferencias espacio-temporales: las experiencias de descolonización y construcción de nuevas naciones iniciadas luego de la segunda posguerra

Así lo expresaba el hispanista francés Raymond Ronze, quien en su intervención en el III Congreso en 1960 señalaba su simpatía por la construcción de una cultura hispanoamericana que le permitía aventurar alguna posibilidad para la recreación de vínculos semejantes con las, en ese momento recientes, excolonias francesas: “La colonización francesa ha creado un África de expresión francesa, de la misma manera que España ha creado una América española” (Ronze, 1961, p. 119).

Sin embargo, a diferencia de la dirección que habían tomado los vínculos entre América y España –de los que el mismo congreso era una muestra y en cierto sentido una esperanza– aquellos de los países africanos con sus metrópolis estaban plagados de conflictividad y rechazo. Ronze cree encontrar la causa en

Esta doctrina de descolonización explotada por la potencia colonial más grande del mundo moderno: Rusia, que ha colonizado todo el Asia Central y Oriental durante el siglo XIX y a principios del siglo XX. La Unión Soviética conduce de nuevo en Europa el avance hacia el Oeste (…) Así explotada y transformada por la política soviética en teatro de la guerra fría llevada a cabo por Moscú contra los Estados Unidos y la Europa Occidental, la descolonización de África nos afecta profundamente sobre todo en Francia…[15] (Ronze, 1961, p. 116).

A especulaciones similares estuvo dedicada en el IV Congreso buena parte de la exposición de otro invitado extraamericano, Arnold Toynbee. En ella el conocido autor de Estudio de la Historia señalaba:

La historia de Latinoamérica es de interés para los pueblos latinoamericanos, pero tiene también un interés general para toda la raza humana. La experiencia latinoamericana durante los últimos ciento cincuenta años nos proporciona cuanto puede ser un examen previo de lo que va a constituir la experiencia de Europa del Este, Asia y África durante los próximos ciento cincuenta años (….) hincando su carrera de independencia, como las repúblicas latinoamericanas iniciaron la suya, con poca experiencia política previa y sin una suficiente clase media. Por esto temo que por mucho tiempo, una mayoría de los actuales ciento veinticinco estados soberanos sobre la faz de este planeta va a vivir bajo regímenes que serán fanáticamente nacionalistas, pero no serán democráticos ni constitucionales. (Arnold Toynbee, 1966, p. 135).

Emerge aquí nuevamente un tópico que recorre buena parte de los discursos e intervenciones producidas en los tres congresos, el rol central de los historiadores para pensar e intervenir en las circunstancias presentes y para realizar prospectivas a partir del conocimiento que les otorgaba su saber profesional. Desplegada en varias direcciones esta embajada historiográfica y cultural se capitalizaría a la sociedad a través de distintos dispositivos e instituciones relacionadas con la construcción de la cultura histórica[16] como el sistema educativo, la edición de libros, los museos, archivos y bibliotecas.[17]

Algunas consideraciones finales

El análisis de los Congresos Internacionales de Historia de América llevados a cabo en Buenos Aires entre los años 1937 y 1966 muestra como en varias oportunidades los congresos científicos trascendieron los marcos del mundo académico y la estricta función científica para impactar en la política nacional o en la diplomacia internacional.

En cada coyuntura los casos estudiados ponen en evidencia la contribución de algunos historiadores –centralmente aquellos vinculados a la Academia Nacional de la Historia y sus redes de sociabilidad– al diseño de una diplomacia cultural no menos eficaz que aquella a secas. Esta embajada historiográfica promovió la idea de una unidad histórica americana gestada en el pasado de los siglos coloniales y consolidada en el proceso de emancipación y los desarrollos nacionales posteriores. La unidad americana invocada permitía presentar en cada coyuntura ciertos alineamientos políticos como una deriva natural de los procesos históricos americanos, sea América para los americanos, América para el mundo, Hispanoamérica bastión del mundo occidental o América como prospectiva del devenir de territorios coloniales.

Referencias

Alvin Martins P. (1938), “Informe del Delegado de los Estados Unidos de Norteamérica, Dr. Percy Alvin Martins, presentado a la Unión Panamericana”, en Academia Nacional de la Historia, II Congreso Internacional de Historia de América. Buenos Aires: Academia Nacional de la Historia. T. I.

Calmon P. (1938), “Discurso del delegado del Brasil, invitado de honor”, en Academia Nacional de la Historia, II Congreso Internacional de Historia de América. Buenos Aires: Academia Nacional de la Historia. T.I.

Devoto F. (2014), “Conmemoraciones poliédricas: acerca del primer Centenario en la Argentina”, en N. Pagano y M. Rodriguez (Comps), Conmemoraciones, patrimonio y usos del pasado. La elaboración social de la experiencia histórica. Buenos Aires: Miño y Dàvila.

Fitte E. (1966), “Sesión Preparatoria. Informe presentado por el Presidente de la Comisión Organizadora y Secretario de la Academia Nacional de la Historia”, en Academia Nacional de la Historia Cuarto Congreso Internacional de Historia de América. Buenos Aires: Academia Nacional de la Historia T. I.

Haring C. (1938), “Discurso del delegado de Estados Unidos, invitado de honor”, en Academia Nacional de la Historia, II Congreso Internacional de Historia de América. Buenos Aires: Academia Nacional de la Historia. T. I.

Levene R. (1938), “Discurso del Presidente del Congreso y de la Junta de Historia y Numismática Americana”, en Academia Nacional de la Historia, II Congreso Internacional de Historia de América. Buenos Aires: Academia Nacional de la Historia. T. I.

Lluch A. y M. S. Di Liscia (2009), Argentina en exposición: ferias y exhibiciones durante los siglos XIX y XX. Sevilla: CSIC.

Ortemberg P., (2015), “Geopolítica de los monumentos: los próceres en los centenarios de Argentina, Chile y Perú(1910-1924)”, en Anuario de Estudios Americanos, Nº72, pp. 321-350.

Ortemberg P., (2014), “Los centenarios patrios en la construcción de alianzas y rivalidades internacionales: los festejos trasandinos de 1910, la estatua de O’Higgins y los bemoles peruanos”, en Anuario de Historia de América Latina, Nº 51, pp. 329-350.

Rodríguez M. (2017), “Una embajada historiográfica con vocación americanista. Los historiadores argentinos en el II Congreso Internacional de Historia de América, en Ariadna Tucma Revista Latinoamericana, Nº 11/12, marzo 2016-julio 2017.

Ronze R. (1961), “Discurso del delegado de Francia y Académico Correspondiente”, en Academia Nacional de la Historia, III Congreso Internacional de Historia de América. Buenos Aires: Academia Nacional de la Historia. T. I.

Rüsen J. (2009), “¿Qué es la cultura histórica?: Reflexiones sobre una nueva manera de abordar la historia”, en Cultura histórica. Traducción de F. Sánchez Costa e Ib Schumacher. Original en: Füssmann, K., Grütter, H.T., Rüsen, J. (eds.) (1984). Historische Faszination: Geschichtskultur heute. Böhlau.

Saavedra Lamas C. (1938), La Conferencia Interamericana de Consolidación de la Paz. Buenos Aires.

Toynbee A. (1966), “Primera Sesión Plenaria. Conferencia del delegado de la Gran Bretaña”, en Academia Nacional de la Historia Cuarto Congreso Internacional de Historia de América. Buenos Aires: Academia Nacional de la Historia T. I

Zorroaquín Becú R. (1961), “Informe presentado por el secretario de la Comisión Organizadora y Vicepresidente 1º de la Academia Nacional de la Historia al Tercer Congreso Internacional de Historia de América”, en Academia Nacional de la Historia, III Congreso Internacional de Historia de América. Buenos Aires: Academia Nacional de la Historia. T. I.


  1. PIHA-Inst. de Historia Argentina y Americana “Dr. E. Ravignani” – UBA/CONICET. Email: mrod@fibertel.com.ar.
  2. Los usos de las conmemoraciones como estrategia de política exterior en los países latinoamericanos ha sido analizada por Pablo Ortemberg. En varios de sus trabajos introduce una perspectiva novedosa para el estudio de los rituales puestos en marcha por el Estado con motivo de las conmemoraciones oficiales (Ortemberg, 2014 y 2015). La centralidad de algunas exposiciones internacionales montadas con motivo de ciertas conmemoraciones también ha sido estudiada en los últimos años, puede confrontarse Lluch y Di Liscia (2009) Argentina en exposición: ferias y exhibiciones durante los siglos XIX y XX. Sevilla. CSIC. Para una reflexión sobre estos tópicos puede consultarse: Devoto, 2014.
  3. Nuestra hipótesis es que por lo menos para el caso argentino, durante buena parte del siglo XX, fueron habituales los eventos donde la producción y circulación de conocimiento histórico construido por reconocidos profesionales de la disciplina fueron más allá de su dimensión cognitiva o pedagógica.
  4. Atentos a este objetivo y aún a riesgo de opacar matices, priorizaremos la reflexión de conjunto y las comparaciones entre los tres Congresos mencionados por sobre el estudio de sus particularidades. Del mismo modo, razones de espacio nos llevan a excluir de esta presentación el análisis de los contextos políticos, culturales e intelectuales en los que se desarrolla cada uno de los congresos, aun cuando son relevantes para explicar interpretaciones y posicionamientos en ellos.
  5. Que el congreso era considerado instrumento de política internacional lo muestra, su mención en la Conferencia Interamericana de Consolidación de la Paz desarrollada en Buenos Aires en 1936. Esta había sido propuesta por el presidente norteamericano F. D. Roosevelt, quien inauguró las sesiones junto al presidente A. P. Justo el 1° de diciembre de 1936. En la sesión plenaria de clausura, el delegado de Venezuela, Dr. Zérega Fombona, propuso que se incluyera en actas la recomendación a los gobiernos de América de designar a la brevedad representantes para el congreso histórico que se realizaría en Buenos Aires unos meses más tarde: El II Congreso Internacional de Historia de América. (Saavedra Lamas C., 1938).
  6. Comisión oficial del IV Centenario de Buenos Aires en el caso del II congreso, Comisión Nacional Ejecutiva de Homenaje al 150º aniversario de la Revolución de Mayo en el caso del III congreso y Comisión Nacional Ejecutiva del Sesquicentenario del Congreso de Tucumán y de la Declaración de la Independencia en el IV. Es interesante señalar que varios miembros de estas comisiones oficiales eran historiadores y participaron como tales activamente de los Congresos Internacionales de Historia de América.
  7. Decreto del 14/01/1937
  8. Clarence Haring y Percy Alvin (EEUU), Alfonso Reyes y Toussaint (México), José Rodríguez (Venezuela), Max Fleiuss y Pedro Calmon (Brasil), Antonio Pons y José Navarro (Ecuador), Felipe Barreda Laos y Horacio Urteaga (Perú), Alcides Arguedas (Bolivia), Luis Barros Borgoño y Domingo Amunátegui Solar (Chile), Felipe Ferreiro y Mario Espalter (Uruguay), Rómulo Carbia y Emilio Ravignani (Argentina)
  9. Decreto 8767/65.
  10. El programa de los congresos no sólo incluía actividades académicas. Visitas culturales, reuniones sociales, comidas con autoridades del Poder Ejecutivo y excursiones turísticas se sucedían a lo largo de las semanas que duraba el evento (nunca menos de 8 días) contribuyendo a la sociabilidad de la comunidad internacional de historiadores. Esto los convertía en una actividad académica que, al decir de sus participantes, permitía una estancia de camaradería y confraternidad que sellaba lazos entre instituciones e individuos.
  11. Por citar solo un ejemplo que ilustra esta afirmación, en 1960, la decidida labor del historiador Roberto Etchepareborda, miembro de la Comisión Nacional de Homenajes y de la ANH, pero además presidente del Concejo Deliberante de la Ciudad de Buenos Aires y de vínculos estrechos con políticos e intelectuales del frondizismo, garantizó el espacio de aquella institución para el desarrollo del Congreso y la organización de una variedad de actividades culturales y sociales para los invitados.
  12. Varias de las propuestas presentadas y aprobadas en el plenario general tendían a reforzar el legado colonial, especialmente el hispánico. Por ejemplo la creación de cátedras de historia de la civilización de España, Portugal e Inglaterra en las universidades de América donde no las hubiera; o aquella dirigida a los ministerios de educación, y a través de ellos a los docentes de los cursos de historia universal o de la civilización, para que dieran mayor importancia en sus programas a la historia de España
  13. Para un análisis más exhaustivo del modo como se relacionan y entraman panamericanismo, americanismo e hispanoamericanismo en este II Congreso remitimos a nuestro trabajo: Rodríguez, 2017
  14. La filiación en una tradición hispánica espiritual y religiosa se expresa con particular intensidad en el cuarto congreso y especialmente en los discursos de clausura del evento, donde esta recuperación es amplificada hasta convertirla en el núcleo que consolida a América como un bastión de defensa del mundo occidental.
  15. Quizá sea esta lectura ejemplarizante del carácter de la identidad hispanoamericana la que motivó la invitación de Ronze al III Congreso y la apertura a historiografías de otras latitudes a partir de éste, pues rompía con la tradición inaugurada en la primera edición que restringía (no formalmente pero si en la práctica a través de las invitaciones oficiales) la participación a historiadores americanos e iberoamericanos.
  16. En la acepción de Cultura Histórica seguimos aquí el sentido establecido por J. Rusen. Para él la “La ‘cultura histórica’ contempla las diferentes estrategias de la investigación científico-académica, de la creación artística, de la lucha política por el poder, de la educación escolar y extraescolar, del ocio y de otros procedimientos de memoria histórica pública, como concreciones y expresiones de una única potencia mental (…) En esta nueva aproximación, la investigación académica, la enseñanza escolar, la conservación de monumentos, los museos y otras instituciones se contemplan y discuten, a pesar de sus recíprocas demarcaciones y diferencias, como manifestaciones de una aproximación abarcante y común al pasado” (Rusen, 2009).
  17. No casualmente las propuestas consensuadas por los participantes en las sesiones plenarias finales de las distintas ediciones del congreso expresaban el valor cívico y pedagógico concedido a la historia y la centralidad de esta disciplina en la construcción y difusión de valores. Así se aprueban recomendaciones tan heterogéneas como fortalecer la enseñanza de la historia y la geografía a través del aumento de la carga horaria en el nivel medio, impulsar pedidos para que el estudio de la historia de américa independiente tenga una presencia mayor en los planes y programas de historia del nivel medio, cambios en la formación docente, creación de cátedras de historia de la civilización española, portuguesa e inglesa en las universidades de América donde no las hubiera, emplear medios televisivos y films cortos para difundir la vida de próceres y los valores que alimentaron las gestas independentistas.


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