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Primera narrativa: el Ciruja

Guillermo Celentano

Palabras claves: comunicación, diversión, educación física, códigos, compartir.

Se abre la puerta de entrada de la escuela una vez más; esta vez la portera rompe su rutina diaria, acaba de entrar el Ciruja. Mágicamente, por un instante, el ambiente cambia, el gesto lejano y distante de “Bety” se transforma, ahora se la ve distendida, con una sonrisa cómplice; le ofrece un cálido saludo, acompañado de un beso, mientras nuestro protagonista le dice con picardía: “¡Estás cada vez más linda vos…!”. Ambos saben que es mentira, pero no importa, el Ciruja tiene en claro que esta pequeña atención le hace muy bien al destinatario y Bety disfruta de haber encontrado una persona que le saca una sonrisa, que por un instante la aleja de preocupaciones y la conecta con la alegría de estar viva…

Nuestro protagonista ahora pasa por la secretaría a firmar. Ocho maestras revisan circulares, planificaciones y otros escritos; él las mira, se les ríe y les dice: “Les van a dar la tiza de oro a todas ustedes… Déjense de joder…”. Todas dejan de hacer lo que estaban haciendo para defenderse; unas le dicen: “Para vos es fácil…, lo único que hacen con vos es jugar”. Otra le dice: “Claro, tené vos a mis 30 indios las cuatro horas de cada día…”. Otra le dice: “Seguro que ni siquiera planificaste”. Todas hablan al mismo tiempo, algunas hasta lo empujan suavemente de los hombros, pero no lucen enfadadas, lo hacen como una especie de dramatización. Una vez que se hace un silencio, les dice socarronamente: “Para vuestra información, yo tengo a todos sus indios, en mis cuatro horas, mientras ustedes se toman un tecito y no me ayudan en mi hora con sus indios. Claro, prefieren juntarse con otras víboras a criticar en lugar de ver cómo sus alumnos aprenden jugando”. Dicho esto, se da media vuelta y comienza a abandonar la secretaría. Se escucha a todas las maestras juntas contestarle al mismo tiempo; pero nuestro protagonista ya no escucha, se fue con una gran sonrisa, que parece evidenciar que justamente él buscaba lo que finalmente terminó ocurriendo…

El camino hasta la cocina continúa, pero esta vez el Ciruja es interrumpido por distintos grupos de alumnos; todos al cruzarlo tienen algo para comentarle, unos le hablan de fútbol, otros, de las salidas del fin de semana, algunos, de un programa de televisión, de novios, novias, con todos hay un comentario que parece personalizado, un ida y vuelta construido en el intercambio, en la mirada a los ojos, en el comentario alentador, el chiste corto o la exageración, todo matizado con abrazos, palmadas y sonrisas…

Por fin nuestro protagonista llega a la cocina. Automáticamente se suspenden por un instante los últimos pasos del mate cocido, el pan cortado en cada panera y el dulce en pequeñas compoteras, todos se sientan y comparten mates, pan y bizcochitos de grasa y, por supuesto, una charla muy animada… Todos parecen absortos, pareciera que la charla podría ser interminable, hasta que el sonido del timbre los devuelve a las obligaciones y todos continúan con lo que suspendieron por un instante.

Una vez que los alumnos se dirigen a sus salones, luego de recitar la oración a la bandera, el Ciruja comenzará su visita al curso asignado para ese día. Podemos observar que cada clase parece seguir el mismo guion; cuando los alumnos ven llegar al “profe”, comienzan los festejos, sonrisas, abrazos cortos, hurras y el pronto abandono de la tiranía de los guardapolvos. Los más cercanos a la ubicación del Ciruja le comentan cosas, le piden cargar el bolsón con pelotas y los aros, otros simplemente le dan un beso. En la clase no hay peleas ni disputas, cada vez que alguna situación comienza a subir de tono, nuestro protagonista encuentra una forma de devolver la armonía, de retomar el cauce, sin retos ni promesas de un futuro castigo, ni penitencias, haciendo uso de un recurso que, para él, en apariencia siempre funciona. El Ciruja simplemente habla y, mientras lo hace, mira a los ojos, no luce enojado, transmite convicción, serenidad y picardía porque el chiste corto, la salida ocurrente y la caricia en el pelo o los hombros coronan cualquier disputa.

Serán 50 minutos de disfrute, de moverse, de estar contactándose y jugando con los otros desde varias propuestas de movimiento. En ese acto, en apariencia inocente, de diversión hay innumerables situaciones de resolución de problemas, de negociación y de acuerdos, de construcción de diferentes órdenes: un espacio donde cada alumno es libre, porque un adulto, su profesor de educación física, se ha preocupado en organizar todo para que esto ocurra en sus clases.

Antes de observar la rutina de nuestro protagonista, resultaba difícil entender qué aspectos hacían del Ciruja un verdadero personaje, querido y respetado por alumnos y colegas, en un mundo plagado de individualismo, de competencia y de recelo. Es que, en la escuela del barrio, hay un profesor de educación física que está intentando hacer que todos los que entablen una relación con él encuentren un motivo para una sonrisa, que encuentren algo que provoque un mínimo consenso, un momento de paz y de tranquilidad para continuar luego con sus rutinas.

Esta actitud no implica abandonar el peso de los contenidos en la formación de sus alumnos y alumnas. En su desempeño profesional, no hay improvisación ni espontaneidad, viendo las clases podemos apreciar que hay un modo de comunicación que no puede ser explicado en los formatos de las unidades didácticas y los libros de temas. Uno simplemente puede apreciar al acto educativo de un profesor que, ante todo, decidió ser “persona” enfrentando a los demás con alegría y con algo para brindar en cada contacto.

A diario intercambiamos en la escuela y en la vida charlas, clases, mates y otras tareas con los otros, todas ellas cumplen una misma finalidad, un mismo propósito. Lo que hace tan especial cada uno de estos espacios con nuestro personaje es que detrás de cada charla, cada clase, cada mate hay una persona que devuelve lo mejor de cada uno, que ofrece su confianza y la utopía de que es posible tratar de ser feliz simplemente intentándolo…



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