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Conclusiones generales

En sus primeros escritos filosóficos Simone Weil describía la experiencia perceptiva como un estadio intermedio, un pasaje -tan fugaz como un “despertar”- entre el pasado mítico de la sensación y el futuro de la verdad. Tras exponer la teoría de la lectura propia de su filosofía de madurez puede constatarse cómo estas intuiciones de juventud fueron desarrolladas y adquirieron un significado más preciso. La experiencia vivida es relación con un sentido que es recibido tan pasiva e inmediatamente como una sensación: la materialidad sensible confirma ser mítica en cuanto no hay experiencia posible de ella, así como no la hay de la materialidad del signo. La tematización del objeto percibido, “bosquejo de movimiento” según la definición de las Leçons, dará paso en los escritos de madurez a la del “sentido leído”. Pero aún se reconocen algunas características constantes en la descripción de la experiencia: el sentido leído es un “móvil”, es decir, el correlato de un movimiento corporal. El cuerpo percipiente, al igual que el cuerpo lector, está animado por un movimiento ordenado que ha aprendido por medio del hábito, ejerce un saber anterior al entendimiento y habita un medio significativo anterior a todo sentido expresado. La teoría de la lectura añade sin embargo algunas características que el análisis de la percepción había descuidado: no vivenciamos originariamente “objetos percibidos” de manera neutra sino sentidos que nos afectan anímicamente y que valoramos corporalmente mediante el solo esbozo de la dirección de nuestros movimientos. Frente a la homogeneidad que era propia de los “objetos percibidos” es posible trazar una distinción originaria entre los diversos sentidos leídos: el lector se encuentra junto a otros lectores y el cuerpo del otro reclama ser leído de modo diferente de cualquier otro cuerpo.

La teoría de la lectura se enfrenta con el problema de la diversidad y la inconmensurabilidad inherentes a la experiencia humana de un modo que no lo hacía la anterior reflexión weiliana acerca de la percepción. Esta última se mostraba naturalmente sometida a una necesidad geométrica que sólo era necesario asegurar frente a los excesos de la imaginación, el ocio, el lenguaje y el pensamiento. Si bien la lectura aun en su nivel más ordinario lleva como una marca la dirección hacia el sentido único y pleno de la verdad, ésta aparece antes que nada como el límite y el reverso de una experiencia fragmentada. Y será propiamente al extremar este destierro de la verdad respecto de la experiencia, como hace Weil en su teoría de la lectura, que la experiencia se carga de una profundidad de sentido y transparenta el irreductible exceso de la verdad.

Remitiéndonos a lo largo de este análisis a los escritos filosóficos fundamentales de Weil fue posible confirmar, en fin, las hipótesis esbozadas al comenzar la exposición, señalando a la vez la profunda continuidad de las preocupaciones de Weil y la constancia de algunas de sus intuiciones básicas. En sus primeros topoi escritos bajo la enseñanza de Alain y en su Memoria de Licenciatura sobre Descartes se observó cómo, aun a través de un lenguaje filosófico heredado que oponía sensibilidad y entendimiento, cuerpo y espíritu, determinismo y libertad, Weil intenta abrir un espacio intermedio de confluencia y ambigüedad donde un cuerpo habituado sabe de sí y del mundo descubriendo un orden anterior al lenguaje y al pensamiento en el cual éstos se fundan. Particularmente en los Cahiers que Weil escribe desde fines de la década de 1930 y en el “Essai sur la notion de lecture” la relación apenas esbozada en “Science et Perception dans Descartes” entre la percepción, la habitud en el manejo de un útil (como el bastón del ciego) y la lectura de un significado se desarrolla bajo la forma de una descripción integral de la experiencia vivida como lectura inmediata de significaciones. Además de permitir dar cuenta de una multiplicidad de aspectos originarios de la experiencia que los primeros escritos no relevaban (la afectividad, la valoración, la lectura del otro con el otro, la diversidad y la inconmensurabilidad, etc.), los Cahiers estructuran un modelo de las posibilidades de la experiencia humana en términos de niveles jerárquicos correlativos correspondientes al sentido leído y al sujeto lector. De este modo encuentran un lugar más definido las primeras reflexiones gnoseológicas, éticas y estéticas de Weil al encuadrarse en una teoría de la verdad y el bien fundada en la lógica de la mediación. La diversidad inconmensurable de las lecturas, aun siendo un dato irrevocable de la experiencia humana, puede sin embargo transparentar el sentido único por medio de una superposición de lecturas (“leer el orden detrás de la necesidad y a Dios detrás del orden”) que significa a la vez una encarnación y una profundización del yo lector en la verdad de su finitud. Finalmente, en su reflexión madura acerca de la ciencia (Cahiers; Sur la Science) y guiada por el criterio de la plenitud del sentido Weil sostiene una visión crítica de la ciencia contemporánea a la que considera como el producto de una sustracción operada sobre la representación de la necesidad del mundo fundada en el trabajo, tal como era provista por la ciencia clásica. Esta última debe ser aun completada -tal como debe serlo la lectura de la necesidad que el malheur propone a cada ser humano en tanto sujeto de una experiencia originariamente corporal- por medio de la atención, la cual para Weil transmuta el sentido de la necesidad en orden y obediencia, y revela en la fragilidad misma del movimiento humano la belleza fugaz de una danza.



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