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25 Conclusiones de la Segunda Parte

La experiencia humana es descripta en los escritos de madurez de Weil según el modelo de la lectura de significaciones de un modo que se reveló en muchos aspectos cercano a la filosofía fenomenológica y hermenéutica. Estamos sometidos a una ininterrumpida relación con el sentido leído, el cual es a la vez padecido y constituido. Se trata de una relación inmediata, es decir que la materialidad sígnica o sensible no es experimentada nunca como tal: “sólo leemos sentidos”. Y sin embargo, la reflexión nos permite percatarnos de que en el “cambio de lectura” es “lo mismo” aquello que es leído de distinta manera, sin que el elemento invariante pueda aparecer más que revestido de una u otra significación. Esto nos hace patente la diversidad como un rasgo originario de la experiencia: el sentido leído es siempre uno entre varios posibles, sin que podamos en la experiencia directa medir su valor o su realidad relativos.

La lectura del sentido es también inmediata en cuanto no está mediada por la reflexión ni por el lenguaje. La experiencia humana consiste en la aparición de un sentido anterior a la expresión y el pensamiento, tan inmediato como una sensación. Este aparecer está ligado directamente a la acción, es decir, a una disposición de mi cuerpo a moverse de cierta manera frente a lo leído como agradable, peligroso, deseado, valioso, etc. Los temples anímicos así como la valoración no resultan ser en la teoría weiliana de la lectura aspectos secundarios que se agregan a un sentido neutro, sino datos primarios de la experiencia vivida: el cuerpo lector es afectado anímicamente, sus sensaciones y movimientos pesan y valoran. El cuerpo que lee ya no puede ser concebido como el residuo del espíritu. Por él pasa necesariamente todo aprendizaje de una lectura: se trata de un cuerpo que se habitúa, que aprende, que sabe, que sufre el golpe del sentido y que da sentido. Weil establece también una distinción que considera originaria entre dos tipos de lecturas: los movimientos corporales son esencialmente distintos frente a lo leído como algo y lo leído como alguien. La experiencia humana es siempre una lectura con otros lectores y una lectura de otros lectores, si bien este originario ser-con-otros puede ser asumido o negado.

Tras reencontrar muchos de estos aspectos propios de la descripción weiliana de la experiencia como lectura en las nociones wittgensteinianas de “ver como” y Sprachspiel se formuló un problema inherente a la teoría de la lectura, el cual derivaría de aquella opción por el sentido y por la inmediatez que la liga a la vez a la fenomenología y la hermenéutica: la cuestión de la inconmensurabilidad de las diversas lecturas entre sí, que se ve reproducida en múltiples planos y amenaza incluso la identidad personal. La conciencia de la inconmensurabilidad significa a la vez la patencia de un límite absoluto de la experiencia: plantearse el problema de la imposibilidad de medir veritativa o valorativamente las lecturas unas con otras significa haber avizorado ya la posibilidad del bien y la verdad, el sentido único trascendente a la diversidad relativa de la experiencia. Este no es otra cosa que el silencioso “más allá” de la diversidad propia del sentido leído, el cual subyace correlativamente “más acá” de la fragmentación del sujeto lector, una alteridad irreductible y sobrenatural que es a la vez “el fondo mismo de nuestro ser”. Weil investiga el modo en que este sentido único puede entrar en relación con el ámbito relativo de la experiencia mediante el modelo de significación del símbolo, el sacramento, el medio proporcional (que comparamos, por otra parte, con la trace levinasiana). Estas figuras nos permiten representarnos la posibilidad de la lectura de un sentido que trasciende a la lectura, de una experiencia del más allá de la experiencia a través de una particular “vivencia de significado profundo” o de un exceso de sentido que se superpone al sentido natural. La mediación no disuelve la distancia con lo Otro del mundo y del yo, sino que hace patente su ausencia por medio de la contradicción que resulta de la superposición de niveles de sentido heterogéneos e inconciliables. Como se observó, aun la experiencia mística reproduce en Weil la lógica del metaxú, puesto que no se trata de una fusión ni de un anonadamiento sino de algo más semejante a una relación casi corporal con una presencia humana amada que es para Weil, justamente, la del mediador por excelencia.

El proceso de simbolización del mundo es el aprendizaje de una nueva y peculiar lectura, por lo cual en él deberá jugar un rol central el cuerpo. Es por medio del cuerpo propio que tomamos conciencia del límite de nuestra experiencia humana, lo que se hace particularmente evidente en la vivencia del malheur. Si bien en este aprendizaje decreativo está comprometida la totalidad del ser, la voluntad y la conciencia sólo realizan un esfuerzo negativo que deja paso al ejercicio de una espera atenta. Mediante esta actitud de receptividad y de consentimiento la necesidad se revela como orden y como belleza, es decir, como huella del sentido único que trasciende a la relatividad de toda experiencia pero sólo es atisbado por medio de la experiencia. La inmutabilidad de la verdad y el bien solamente es leída, según la visión de Weil, a través de la gracia y la fragilidad propias de los movimientos humanos.



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