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4 La percepción como despertar

La alborada de la percepción es caracterizada por Weil como un movimiento por el cual nos apartamos de la cosa (con la que estábamos mezclados indiferenciadamente en la sensación y en el sueño) tornándola de ese modo objeto. Ya descripto como una acción de apartarse de parte del sujeto, o como su padecer el rechazo por parte del objeto, se alude a un mismo movimiento de separación, de distinción y de establecimiento de una distancia, movimiento por el cual quedan constituidos a la vez sujeto y objeto, enfrentados uno al otro y en mutua relación. Este movimiento tiene a la vez un sentido gnoseológico, ético y estético: el distanciamiento por el cual quedo constituido en sujeto que percibe a un objeto define a la vez el bien del lado del sujeto y la belleza del lado del objeto. El acto moral de renuncia a la cosa, de desapego y de liberalidad consiste en un movimiento por el cual el espíritu se distingue de ella, dejándola a sí misma y afirmando a la vez al hombre en sí: “Pues el bien es decir no a todas las cosas; decir de todas las cosas: yo no soy eso.” A la vez,

“decir: Yo no soy eso, es postular el templo como perfecto en sí sin mí: es decir, ponerlo como bello. […] La negación es lo que hace de la materia el objeto; lo que es igual que decir que la torna bella. […] Pues es por el mismo movimiento que nos distinguimos de la cosa y hacemos el objeto, es decir la belleza; lo que es lo mismo que percibir”.[1]

Pero esta descripción de una percepción pura no se corresponde con la percepción actual, sino que es, por así decir, el “Edén” de la percepción.[2] Weil sugiere metafóricamente que el Espíritu, para arribar al Paraíso, debe primeramente pasar del Caos -que hemos descripto como sueño y sensación pura- al Paraíso terrestre de la percepción pura, salir luego del Paraíso por el pecado y el error, y elevarse finalmente al Cielo por la virtud.[3] La percepción actual es entonces percepción “caída”. Esto sólo significa que el movimiento de distanciamiento por el cual tiene lugar la percepción no está nunca de hecho acabado: el espíritu aún anima en alguna medida a la cosa y está mezclado con ella, lo que también puede ser expresado diciendo que la percepción necesita siempre en algún grado de los auspicios de la imaginación.[4] Según otra expresión de Weil que reproduce un concepto de Alain: “La imaginación suplementa lo que el mundo exterior tiene forzosamente de insuficiente para nosotros […] y realiza así un compromiso que llamamos percepción”.[5]

En sus lecciones de Roanne -en las que se basará nuestra exposición en este punto- Weil analiza el rol de la imaginación en la percepción refiriéndose entre otros aspectos al espacio, el relieve, la forma, la identidad objetiva, la distinción entre propiedades esenciales y accidentales del objeto. La sensación no basta par dar cuenta del objeto percibido: la percepción es conciencia de un objeto nunca sentido como tal, cuya identidad sólo está dada por la imaginación, como enseguida se hará claro con el ejemplo de la percepción de un cubo. Al desarrollar estas ideas Weil integra de un modo original no sólo la tradición del pensamiento francés sobre la percepción y la herencia kantiana, sino también algunos desarrollos de la psicología de la percepción, refiriéndose especialmente a William James.

Al comienzo de su curso de filosofía de Roanne, Weil plantea el problema metodológico central con que se topa el análisis de la percepción que se propone emprender. Sin desconocer las virtudes del método introspectivo -de cuyo ejercicio se preciaba Maine de Biran cuando afirmaba que “nadie se ha contemplado o se ha visto pasar como yo a mí” al fijar “una atención firme y perseverante en los fenómenos interiores”[6]– Weil afirma que la introspección por sí misma no asegura objetividad, puesto que ella ya constituye un estado psicológico incompatible con otros, y, lo que es más importante, incompatible en ocasiones con la acción. Es la percepción del hombre en interacción con un mundo y, en definitiva, del hombre trabajando (es decir, realizando una acción metódica mediante útiles, siendo su cuerpo el primero de ellos) la que interesa describir a Weil. Tampoco el método intuitivo tal como es postulado por Bergson elude, según Weil, la no-cientificidad de la introspección. Como alternativa, entonces, se hallarían los métodos de observación de las ciencias de hechos, el aporte de las ciencias naturales y humanas, la biología, la sociología y la psicología del comportamiento (el behaviourism de Watson). El problema es -concluye Weil- que ambos puntos de vista, el subjetivista y el objetivista, el espiritualista y el pansomatista, son parciales: “las dos teorías son correlativas: las dos suprimen uno de los términos de la contradicción a la que arriban; la primera [behaviourismo; etc.] no es psicológica, la segunda [introspección; intuición; etc.] no es científica”. No tenemos, entonces, un método que nos permita describir la experiencia vivida como tal, es decir, que parta de constatar que en la percepción sujeto y mundo están esencialmente en relación y que en ella “no hallamos nada puramente interior […] e inversamente, no hay nada puramente exterior”.[7] No es de extrañar el que pocos años más tarde Weil se haya interesado en una filosofía que, como la de Husserl, intente eludir el psicologismo y el naturalismo adoptando como tema capital la “intencionalidad” característica de la conciencia (Ideas, §84). Tal doctrina “socava el dualismo moderno de interior y exterior, del vivir inmanente y de la realidad trascendental. En la medida en que alguien vive o experimenta algo, […] se halla fuera de sí mismo, se sobrepasa a sí mismo”.[8]

En estos primeros análisis, sin embargo, Weil se ve enfrentada a una doble alternativa que considera engañosa pero a la vez insuperable por medio de alguna otra original opción (como podría serlo la intencionalidad fenomenológica), por lo que construye su propia estrategia metódica: mantener hipotéticamente separados los dos términos, sujeto y mundo, comenzar el análisis de la percepción por uno de los dos -opta por el segundo: lo exterior, los comportamientos observables como hechos- y continuar hasta el límite de lo posible la descripción desde ese punto de vista parcial. De ese modo, según Weil, nos toparemos con el otro término al cual se hará necesario recurrir, y quedará simultáneamente demostrada la convergencia de las dos direcciones en la percepción. El programa de su curso muestra este itinerario metódico: se parte de “Le point de vue matérialiste” (1.) , con lo cual ya se está “A la recherche de l’ Esprit” (2.). La segunda parte ya puede entonces desarrollarse “Après la découverte de l’ Esprit” (3.). Sin embargo, puede asombrar al lector de las Leçons que tras proponerse este programa que apunta a una correlación equilibrada, Weil logra explicar casi la totalidad de la experiencia desde el “punto de vista materialista”, como se verá a continuación.


  1. S. Weil, OC I, pp. 90, 91.
  2. Seguimos en este punto los “Fragments sur la liberté” citados, que parecen más claros, dejando de lado las líneas divergentes de análisis sugeridas por otros textos.
  3. S. Weil, OC I, pp. 90, 91.
  4. Existe una clara ambigüedad en relación con la función y el valor de la imaginación en estos escritos de Weil: en su connotación positiva, es indispensable en toda percepción, pero es también, en su matiz negativo, la fuente del error. La imaginación, clave de la percepción como “segundo estadio” del desarrollo de la experiencia, es a la vez y de modo contradictorio la marca negativa del “pasado pre-perceptivo” de indistinción sujeto-objeto, y lo que realiza la separación que da lugar a la percepción. Weil misma se propone como tarea elucidar este punto oscuro: “Será necesario exponer en integridad la tesis de Kant y de Lagneau apoyada en el hecho de que la imaginación, tela de la ilusión, es la tela también de las percepciones ordinarias (distancia, volumen, etc.)” (OC I, p. 133). La “solución” a tal dilema adoptada en “Science et Perception dans Descartes” es reconocer que existen dos tipos de imaginación que convergerían en la percepción ordinaria, una ligada al “primer estadio” pre-perceptivo (aquí identificado como “sueño”, “sensación” y “emoción”) cuyo exceso lleva al error, y otra ligada al “tercer estadio” supra-perceptivo (aquí, el “entendimiento”) cuya primacía sobre el primero sería condición de la verdad: “Pues me equivoqué […] al no distinguir en algunos [de mis pensamientos] a la imaginación conducida por el entendimiento, que define a la geometría, y en otros a la sensibilidad pasiva y la imaginación engañadora. En esta última clase yo había incluido, junto con las pasiones y los sueños, a los pensamientos de todas las cosas presentes en torno mío, esta pieza, […] , estos árboles, mi cuerpo mismo. Ahora reconozco en estas cosas percibidas la unión de estas dos especies de imaginación, que se encuentran, separadas, una en la emoción, la otra en la geometría. La percepción es la geometría tomando posesión de algún modo de las pasiones mismas, por medio del trabajo” (OC I, p. 210, la cursiva es nuestra). Probablemente tampoco estas definiciones disipen todas las ambigüedades y, por otra parte, no siempre Weil alude al problema en estos mismos términos.
  5. S. Weil, OC I, p. 298.
  6. Maine de Biran, Autobiografía y otros escritos, Buenos Aires, Aguilar, 1981, p. 61.
  7. S. Weil, LP, pp. 15-18.
  8. Bernhard Waldenfels, De Husserl a Derrida. Introducción a la fenomenología, Barcelona, Paidós, 1997, p. 19.


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