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3 La sensación como pasado mítico de la percepción

En este mito aparece en primer lugar el estado pre-perceptivo caracterizado por analogía con el sueño, por un lado, y por otro aludiendo a la posibilidad de las sensaciones puras. Sueño y sensación pura están aún un paso atrás de la experiencia, son “el pasado de la percepción”: “De este estado que precede a la percepción no podemos hacernos ninguna idea sino por el recuerdo de nuestros sueños”.[1] En el sueño no existe sujeto ni objeto, estamos “mezclados con la cosa”’, cada uno de nuestros deseos cambia instantáneamente la cosa, se identifica con ella, todo está vivo, animado, “lleno de dioses”, en tanto el espíritu está en la cosa y le da vida. Mientras que en el recuerdo del sueño hay una continuidad (a la manera de un relato) no la hay en el sueño mismo, el cual se da, por decir así, en una serie discontinua de “puros presentes”. Weil evoca en este sentido la imagen homérica de las metamorfosis de Proteo, dios del mar, que cuando de árbol deviene agua no lo hace licuándose como hielo que se funde, sino que el árbol tocado se escurre de golpe entre los dedos.[2] No existe en esta dimensión onírica espacio, ya que nada está compuesto de partes, ni tampoco tiempo: nos encontramos sumergidos en un enorme Proteo en mutación cuyas formas no exhiben ninguna continuidad, porque la forma presente no guarda huella de las que la precedieron.[3]

Esta descripción del sueño puede extenderse a las puras sensaciones, las cuales tampoco son suficientes por sí mismas para constituir la experiencia del objeto sino que deben ubicarse aún en este mítico estadio previo a ella.[4] En su curso de Roanne Weil se detenía en el análisis de las sensaciones visuales, táctiles, etc., para concluir que “las sensaciones no nos dan nada del mundo: no contienen ni una materia [en sentido físico], ni un espacio, ni un tiempo, no pueden darnos nada fuera de sí mismas, y en algún sentido ellas no son nada”.[5] Ellas no son nada en tanto la pura sensación, como el sueño, son sólo reconstrucciones que hacemos intentando abstraernos de la situación perceptiva en que ya nos encontramos, y desde la cual tendemos a pensar el sueño imprimiéndole una sucesión, o a pensar el “presente puro” de la sensación como un presente en el tiempo.[6] La idea remite a Lagneau, que ya señalaba que “la sensación es una abstracción”. Así lo expresa Weil : “Lejos de ser la sola cosa que nos es dada inmediatamente, la sensación como tal no nos es dada más que por un esfuerzo de abstracción, y aun por un gran esfuerz”.[7] Weil ilustra esta tesis con los esfuerzos de los pintores impresionistas por reproducir las sensaciones como proto-percepciones que corresponderían a un estrato más original de la experiencia. Las sensaciones, sin embargo, no son lo inmediatamente dado a la conciencia, no son -como algunos invocan- “nada más que lo que se ve”, por lo que el estilo de estos artistas se basa más bien en un estudio o un análisis que de todas maneras no puede reproducir sensaciones como tales, sino sólo nuestras reacciones subjetivas frente a ellas.

Las páginas en las que Weil trata de mostrar la imposibilidad de derivar la espacialidad o la temporalidad de los objetos de la experiencia a partir de la mera recepción de sensaciones remedan perfectamente las “exposiciones metafísicas” de espacio y tiempo que hallamos en la Estética Trascendental kantiana, en las que se intentaba mostrar (tanto contra el empirismo de Locke como contra Leibniz, quien creía en oposición al “espacio absoluto” de Newton que el espacio era sólo una noción derivada de las posiciones relativas de las mónadas) que espacio y tiempo son formas puras -es decir, a priori– de la sensibilidad. El espacio, por ejemplo, “no es un concepto empírico sacado de experiencias externas -señala Kant-. Pues para que ciertas sensaciones sean referidas a algo fuera de mí […] y asimismo para que yo pueda representármelas como fuera unas de otras […] hace falta que ya esté a la base la representación del espacio”.[8] Por tanto, como señala ahora Weil completando el razonamiento con el argumento paralelo para el tiempo, “las sensaciones no nos dan idea [en un sentido laxo del término, como “representación”] del espacio. ¿Nos dan ellas la idea del tiempo? […] Para que ellas nos la pudieran dar sería necesario que pudiésemos otorgar un sentido a las sensaciones pasadas”; habría sido necesario, en fin, que ya estuviera a la base una determinación temporal para poder pensarlas como sucesivas.[9] Es decir: del mismo modo que no es posible derivar de las relaciones de exterioridad o yuxtaposición de las representaciones sensibles la representación de espacio, porque aquellas relaciones ya tienen a la base a esta última, no es posible derivar de las relaciones de simultaneidad o de sucesión de las representaciones sensibles la representación de tiempo, porque aquellas relaciones ya tienen a la base a esta última representación. El análisis de la percepción no puede entonces fundarse en las sensaciones y derivar de allí la experiencia tal como la vivimos.

La tesis que, sin embargo, Weil tiene en mente al aludir a la insuficiencia de las puras sensaciones para la percepción es aquella que, en la reflexión gnoseológica francesa, popularizara E. Condillac (1715-1780). Este fundador del movimiento de los ideólogos -entre sus discípulos se contaba Destutt de Tracy-, quien recibió la influencia de Locke, ilustró su tesis de la sensación como única fuente de la que surge por transformación toda percepción sensible y todo juicio mediante la imagen de la estatua de mármol, carente de todo pensamiento y comunicación con el mundo exterior, a la que Weil alude en sus Lecciones de Filosofía. Sólo con conceder a esa estatua uno de los sentidos, por ejemplo, el olfato, se vería cómo -según Condillac- partiendo de él se originan todas las demás facultades. Así, tenemos en primer lugar la sensación olfativa, luego la atención como aplicación exclusiva a esa sensación, la memoria como persistencia de esa sensación luego de su aparición primaria, la comparación como superposición de dos sensaciones, y así siguiendo hasta derivar a partir de la sensación el juicio así como las facultades volitivas y abstractivas superiores. Simone Weil, en cambio, observa que, lejos de ser la sensación la representación más simple y primitiva de la cual sin necesidad de otro recurso derivaría la percepción, no tenemos experiencia alguna de la sensación y, por otro lado, nada del objeto percibido nos puede ser dado solamente por medio de la sensación: “la sensación no nos da nada del mundo […], y mientras tanto percibimos el mundo; por tanto lo que nos es dado no son solamente las sensaciones”.[10] Es necesario entonces avanzar en el análisis, abandonando este mítico pasado de la percepción que hemos construido para aislar artificialmente los componentes o la dirección de la experiencia, y dar lugar a la percepción tal como es vivida. Respecto de este sueño, de esta mítica prehistoria de la experiencia en la que todo es caos y mezcla, la percepción adquiere entonces el sentido de un despertar.


  1. S. Weil, OC I, p. 132.
  2. Ibid., p. 128.
  3. Ibid., p. 132. La imagen de Proteo aludiendo a la confusión y mutación de la inmediatez sensible a superar mediante el pensamiento aparece en Hegel: “El sentimiento y la naturaleza son un Proteo movible y cambiante, y naturalmente se reflexiona que las cosas no son en sí mismas tal como se presentan en su estado inmediato. […] Se puede muy bien decir que, según este resultado, el hombre no es hecho sino para escarbar el cieno” (Lógica [Primera Parte], (trad. de A. Zozaya), Madrid, Hyspamérica, 1985, p. 50).
  4. La sensación tiene en estos análisis de Weil el sentido general de una representación pasiva, inmediatamente presente a los órganos sensoriales: “La sensación es siempre sufrida, pasiva […], sentir es siempre padecer [subir]” (LP, p. 35). Usaremos en general “sensibilidad” y “sensación” en un sentido cercano al fenomenológico respecto de la percepción, esto es, como “el residuo fenomenológico de lo que procuran los ‘sentidos’ en la percepción exterior normal. Tras de la reducción, se revela una afinidad esencial entre los respectivos datos ‘sensibles’ de las intuiciones externas, y a ella responde una esencia genérica propia o un concepto fundamental de la fenomenología” (E. Husserl, Ideas relativas a una fenomenología pura y a una filosofia fenomenológica, (trad. de J. Gaos), México, FCE, 1992, p. 204). Esta “afinidad esencial” será recogida por el concepto de “dato hilético”, sobre el que volveremos más adelante. El hecho de que Weil necesite seguir utilizando el término “sensación” para dar cuenta de la percepción aun después de observar -como veremos inmediatamente- que se trata de una abstracción y no corresponde a nada de lo que podríamos tener experiencia, se debe a cierta paradoja inherente al análisis de la percepción, a la que nos referiremos luego en el marco de la exposición de la noción de lectura.
  5. S. Weil, LP, p. 37.
  6. Con el propósito de evitar esto Weil propone (en LP) pensar la atemporalidad sensitiva como “duración” en el sentido bergsoniano del término, como un caracter cualitativo de la sensación insuscribible a la homogeneidad cuantificable del tiempo.
  7. S. Weil, LP, pp. 36, 37. Recordemos que M. Merleau-Ponty comienza su Phénoménologie de la perception (1945) con una constatación semejante acerca de la sensación: “La sensación pura será la vivencia de un ‘choque’ indiferenciado, instantáneo, puntual. No es necesario mostrar […] que esta noción no corresponde a nada de cuanto tenemos experiencia”; [la] “percepción elemental está ya cargada de un sentido” (“La sensación”, en Fenomenología de la percepción, (trad. de J. Cabanes), Barcelona, Planeta, 1994, pp. 25, 26).
  8. I. Kant, Crítica de la Razón Pura, (trad. de M. G. Morente y M. F. Núñez), México, Porrúa, 1991, pp. 42 y ss.
  9. S. Weil, LP, p. 36.
  10. S. Weil, LP, p. 37. Weil está posiblemente reiterando en este punto los análisis de Lagneau y Alain, si bien hay que notar que la necesidad de que la acción del espíritu complete o sintetice el dato sensible para dar lugar a la experiencia perceptiva es tema central tanto de la filosofía trascendental crítica (Kant definía la percepción como conciencia empírica, es decir, “conciencia acompañada de sensación”) como también lo es -en el ámbito de la filosofía francesa y con matices propios- del pensamiento de Maine de Biran, quien contra Condillac y los ideólogos distingue la sensación como impresión pasiva provocada por lo externo, de la percepción en la que interviene la actividad interna, negando la posibilidad de derivar la segunda exclusivamente de la primera. Se entiende así que se haya llegado comunmente a aludir a Maine de Biran como a “le Kant français”, si bien -notó Bergson- esta denominación oculta las enormes diferencias de fondo, ya que “De modo opuesto a Kant, […] Biran juzgó que el espíritu humano era capaz […] de alcanzar lo absoluto y hacerlo objeto de sus especulaciones” (H. Bergson, “La philosophie française”, en Revue de Paris, 15 de mayo de 1915, p. 247). Más adelante se verán las particularidades del planteo de Weil que la separan de la teoría trascendental crítica del conocimiento.


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