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10 Arbitrariedad y necesidad en la experiencia. Percepción y lenguaje

Partimos de la constatación de la imposibilidad de fundar la descripción de la experiencia solamente en la sensación y la consiguiente necesidad de reconocer cierto a priori (espacio y tiempo, y luego identidad del objeto), de un modo kantiano. Pero definir luego a la imaginación, fuente de conformación del objeto de la experiencia, fundamentalmente como hábito, ¿no significa tornar toda experiencia arbitraria y contingente? ¿No se reduce toda objetividad a una génesis particular que siempre podría haber sido diferente? ¿Cómo es posible, en fin, hablar de “verdad” a partir de tal descripción? Podría parecer que hemos vuelto sobre nuestros pasos -desde Kant de nuevo hacia Hume- y reducido toda legalidad y necesidad a una costumbre o hábito esencialmente variables. Sin embargo no es así para Weil, quien justamente luego de describir el rol constitutivo de la imaginación en toda percepción alude al ejemplo de tres puntos dibujados sobre un papel (“materia sensible”) que no podemos dejar de percibir inmediatamente de otro modo más que como un triángulo.

“Todas las líneas que limitan los objetos, que constituyen las formas, nos son dadas por nuestros reflejos, nuestro propio movimiento [el cual está sujeto a hábitos]. Por tanto, espacio, relieve, formas, nos son dados por nuestra imaginación. Pero en este caso ‘imaginación’ no es para nada sinónimo de fantasía o de arbitrariedad: cuando vemos dos puntos no somos libres de ver más que una recta. Hay entonces toda una geometría elemental ya en la percepción”.[1]

Si bien poner la clave de la experiencia en el hábito la deja en gran medida abierta a la determinación arbitraria que recibe por medio de la educación en sentido amplio, con su gran variabilidad cultural, epocal, y hasta personal, Weil parece en este párrafo sugerir que hay un límite absoluto para las posibilidades de habituarse y percibir de formas diversas -un límite aun más estrecho del ya mencionado límite “biológico”-. No parece posible, por ejemplo, habituarse a percibir de otro modo más que espacio-temporalmente. Aún es posible hablar, entonces, de una especie de a priori absoluto de la experiencia que se revela en su mismo desarrollo pero necesariamente, al que Weil alude como a “lo real”, “lo necesario” o “el orden” presente en la percepción. Para elucidar esta noción será útil referir el contraste entre la experiencia perceptiva, por un lado, y el lenguaje y el pensamiento discursivo por otro.

En las Leçons Weil comienza su reflexión sobre el lenguaje notando que éste es de gran importancia por cuanto define el dominio de lo propiamente humano. Sin embargo, como veremos, el lenguaje tiene un status secundario y derivado respecto de la experiencia perceptiva, la cual parece desenvolverse de modo pre-lingüístico y pre-reflexivo: Weil habla de la “toma de posesión de sí sin discurso a sí que proporciona el hábito”.[2] Acerca de la relación entre lenguaje y pensamiento o reflexión, debe observarse que aparecen en este análisis como funciones paralelas. Pero si se antepone el reparo de que el cuerpo habituado que percibe es un cuerpo en cierto modo “inteligente”, debería hablarse de una forma de conciencia (una especie de “saber hacer”, o inteligencia práctica respecto de los objetos como útiles o como bosquejos de movimiento) anterior al lenguaje. Weil puede así ocasionalmente referirse al hábito como “une pensée sans discours[3], lo cual sería lo mismo que decir “un pensamiento sin pensamiento” si asimiláramos, como hace generalmente Weil, “pensamiento” a “pensamiento discursivo”.

La sugerencia weiliana de que la experiencia perceptiva llevada a cabo por este cuerpo habituado se da con su propia y particular legalidad de modo “anterior” a todo lenguaje y pensamiento discursivo puede verse como una de las diferencias que la separan de Alain, quien pensaba que en la percepción son el pensamiento y el lenguaje los que ordenan y dan sentido al caos y la multiplicidad sensible: el relieve percibido, decía el filósofo, es “algo pensado, concluido, juzgado o como quiera decirse”.[4] Ya se observó que aun cuando Weil habla, siguiendo a Alain, del rol de la imaginación en la percepción, le otorga al término “imaginación” un sentido propio y encarnado, análogo al de una “danza”, es decir, una disposición corporal a seguir cierto movimiento estructurado o dotado de cierta figura. Así dice Weil, por ejemplo, relacionando cuerpo, imaginación y hábito, y poniéndolos a la base de la percepción sobre cuyo fundamento, a la vez, se construirá el pensamiento, que “hay dos fenómenos que constituyen la marca del cuerpo sobre el pensamiento: la imaginación y el hábito”.[5] Si bien las expresiones de estos primeros escritos son a veces vacilantes en el intento de armonizar las propias intuiciones de Weil con la enseñanza de su maestro y con la herencia intelectualista cartesiana, puede verse claramente que este arraigo corporal y pragmático originariamente inherente a la experiencia subrayado por Weil apunta a que, como dice Merleau-Ponty en el contexto de su propia crítica a Alain, “percibir en sentido pleno de la palabra […] no es juzgar, es captar un sentido inmanente en lo sensible, anteriormente a todo juicio. […]”. Hay una “sintaxis perceptiva”, una significación y una verdad inherentes a la experiencia, una “doxa originaria” anteriores y fundantes del juicio y su verdad derivada, dirá Merleau-Ponty siguiendo a Husserl.[6] No es necesario el lenguaje, ni siquiera un a priori categorial del entendimiento al estilo de Kant para dotar de sentido a la experiencia. Como muestra Merleau-Ponty, sólo en los casos patológicos se comprueba que lo percibido necesita pasar por las significaciones expresas del lenguaje o el juicio, mientras que el sujeto normal penetra el objeto percibido, asimila inmediatamente su estructura y el objeto regula directamente sus movimientos a través de su cuerpo. La percepción es por sí misma un medio viviente de significaciones en que los objetos son inmediatamente legibles y elocuentes, ellos “quieren decir”.[7]

Volvamos al análisis weiliano de la relación entre lenguaje y percepción en las Leçons. Una primera forma del lenguaje, que no es aún propiamente lenguaje sino que está “a medio camino” entre la percepción y el lenguaje, es lo que Weil denomina “lenguaje espontáneo” o “natural”: es “animal”, surge como respuesta a una afección sensible y es una simple reacción de los músculos, las glándulas, los pulmones. El lenguaje propiamente dicho es esencialmente social y artificial (es decir, arbitrario y convencional), aunque conserva aspectos propios del lenguaje natural, tales como el tono de voz , interjecciones, onomatopeyas, etc. El que las palabras signifiquen es para Weil, en estos escritos, resultado de reflejos condicionados aprendidos que las ligan a sus referentes. La poesía, por su parte, constituye un nexo o un “encuentro” entre el lenguaje espontáneo y el lenguaje propiamente dicho.

Ahora bien, puede considerarse ahora el lenguaje (y el pensamiento discursivo) por un lado, y la acción como parte de la experiencia perceptiva por el otro, uno junto al otro, como dos modos de relación con el mundo [“deux prises sur le monde”] :

“El lenguaje nos da todo: pasado, porvenir, lejano, cercano, presente, imaginario, esfera celestial, átomo …, pero sólo mediante símbolos. La acción (movimientos corporales) nos da un poder real, pero solamente sobre lo presente, cercano a la dimensión del cuerpo, en relación con las necesidades”.[8]

Por medio del lenguaje el mundo, dice Weil, se transforma en algo así como un juguete que un niño estrella contra el suelo y puede volver a armar de distintos modos. El lenguaje y el pensamiento discursivo propio de la reflexión son como un momento de suspensión en el curso de la experiencia, un momento de evasión de “un mundo que no nos da tregua”, lo que nos permite organizar la experiencia y proyectarla metódicamente. Pero la imagen del juguete desarmado muestra patentemente que este momento de suspensión de la experiencia utiliza los mismos materiales extraídos de la experiencia (las “partes del juguete del niño”): el lenguaje se funda en algo anterior a él mismo (a lo cual “desarma y rearma”) y que ya está, en sí mismo, dotado de cierta forma, estructura o sentido, algo que ya está por sí mismo “armado”. Ahora bien, ¿qué es lo que en el lenguaje propiamente suspendemos de la experiencia? Las necesidades (besoins), la necesidad (nécessité), la realidad (realité) -responde Weil-. Constituye una ventaja el poder abstraernos de las necesidades por medio del lenguaje: los objetos y relaciones entre objetos percibidos responden siempre a las necesidades del cuerpo propio, entre las que se cuentan por ejemplo el hambre, el frío, y la imposibilidad de cargar más que un número determinado de kilos o de recorrer más que un número limitado de kilómetros. La palabra “kilo”, en cambio, no pesa, de modo que “el lenguaje nos permite establecer relaciones enteramente extrañas a nuestras necesidades”. Sin embargo, la virtud del lenguaje se restringe a su relación con la experiencia vivida, porque sólo “la acción aporta una realidad. […] Es imposible negar este ‘plus’ que la acción comporta en relación al lenguaje; o, más bien, no hay ‘plus’ sino algo totalmente distinto: es la realidad. Jamás, por más lejos que llevemos el lenguaje, encontraremos por medio de él la realidad”.[9] Al desvelar esta ventaja y esta insuficiencia del lenguaje hallamos lo que nos libra de la arbitrariedad de una experiencia fundada en el hábito, la posibilidad de hablar de “realidad” en relación con la percepción: “cada vez que hablamos de realidad es que existe necesidad”.[10] Esta necesidad u orden es la que nuestro cuerpo siente en los límites que le imponen sus necesidades particulares y en la vivencia del espacio y el tiempo en la propia carne. Espacio y tiempo se dan en la experiencia pero permanecen extraños a la experiencia, constituyen un verdadero a priori, independiente de la experiencia, que es sin embargo el componente más propio, esencial o “real” de la experiencia.


  1. S. Weil, LP, p. 42.
  2. S. Weil, “Fragments: [L’ Habitude]”, en OC I, p. 264.
  3. S. Weil, OC I, p. 277.
  4. Alain, Quatre-vingt chapitres sur l’ esprit et les passions, París, Bloch, 1917, p. 15.
  5. S. Weil, LP, p. 30.
  6. M. Merleau-Ponty, Fenomenología de la Percepción, ibid., pp. 58 ss.
  7. M. Merleau-Ponty, ibid., pp. 148, 149.
  8. S. Weil, LP, p. 61.
  9. S. Weil, ibid., p. 63. Weil está aquí parafraseando expresamente a Kant. También Merleau-Ponty intenta leer en Kant y su “paradoja de las contrapartidas incongruentes” la prioridad de la experiencia perceptiva frente al logicismo: “Esta idea debe ser recuperada y generalizada: existe una significación de lo percibido que carece de equivalente en el universo del entendimiento” (Ibid., p. 68).
  10. S. Weil, OC I, p. 113.


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