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11 El ideal de la percepción perfecta: trabajo, belleza, moral

En el “mito” que usaba Weil en algunos topoi para definir la percepción ésta resultaba, como se observó, de un movimiento de separación o diferenciación de un onírico Proteo en dos términos, sujeto y objeto, espíritu y materia, enfrentados y en mutua relación. Es complejo el modo en que Weil define de acuerdo a este modelo el lugar de este a priori viviente espacio-temporal. Espacio y tiempo, expresa, son independientes del sujeto y del objeto: desde el punto de vista del sujeto, son el objeto; desde el punto de vista del objeto, son el sujeto. Esto es así porque son justamente la distancia que separa a los dos términos y los constituye de ese modo en tales términos. Tiempo y espacio son, propiamente, la pura separación, y -por medio de los “apretados razonamientos” a que aludía M. Vetö como un inconveniente de estos escritos- Weil dirá que la separación se da no sólo entre sujeto y objeto (permitiendo la percepción), sino entre sujeto y sujeto (lo cual da lugar a la existencia corporal sujeta a necesidades) y objeto y objeto (lo cual significa la separación de las partes del espacio y el tiempo unas respecto de otras, que llamamos respectivamente exterioridad y sucesión). Escribe Weil, por ejemplo:

“El tiempo no es propio de mí, es la impronta sobre mí de una existencia extranjera. […] El tiempo es esta separación entre lo que soy y lo que quiero ser, de modo tal que el único camino de mí a mí es el trabajo, [el tiempo es] esta relación siempre deshecha entre yo y yo que sólo el trabajo renueva. […] Así, no son las sensaciones, […] es el tiempo el que me hace aprehender el término antagonista, el cual queda definido como materia extensa. No tengo que salir de mí para hallar lo que es extraño a mí”.[1]

El “trabajo” o la “ley del trabajo” tal como aparece en estos escritos alude a esta “necesidad” o límite corporal experimentado cuando lo proyectado por medio del lenguaje y la reflexión se pone en obra en el mundo percibido. La diferencia entre lenguaje y percepción es análoga entonces a la que existe entre el juego -recuérdese el juguete desarmado y armado- y el trabajo. El trabajo entendido como sometimiento de los movimientos corporales al espacio y el tiempo, y como praxis que se sirve del cuerpo propio como útil originario (del modo en que ya describimos al referinos al hábito), es una condición de toda percepción ordinaria y aun es idéntico a la percepción.[2] Pero Weil también utiliza el término “trabajo” para aludir a lo que llama “acción metódica”: la conjunción de lo organizado y proyectado en el pensamiento y el lenguaje, y lo vivido en la percepción, lo cual sería una especie de perfeccionamiento de la percepción. En el trabajo hay siempre, de todos modos, un exceso imposible de enunciar, de pensar o de proyectar metódicamente: la “realidad”, y este “defecto” consustancial al trabajo es a la vez su virtud respecto del mero lenguaje o pensamiento.[3]

Ya es posible ver delineada la dirección según la cual es definida una percepción perfecta como tercera instancia de esta serie mítica de la percepción. Esta dirección está latente en toda percepción actual en tanto es experimentada como imperfecta o impura, como “caída” respecto de una percepción “edénica” hipotética (en términos metafóricos) o como un movimiento no concluido de distinción o distanciamiento de sujeto y objeto. En la “Introducción” a su trabajo sobre la ciencia y la percepción en Descartes (1930), Weil escribe: “Lo que explica que la búsqueda de la verdad haya podido y pueda presentar algún interés, es que el hombre comienza no por la ignorancia, sino por el error”.[4] El percibir, en tanto error, no es solamente haber dejado atrás la ignorancia y llevar la marca de ese pasado, sino también tener siempre delante el futuro de la verdad y aspirar a él. Este estado de inacabamiento le es esencialmente propio a la percepción, y sin embargo, Weil considera que hay ciertos modos de la experiencia en que la verdad, instancia en apariencia supra-perceptiva, incide en mayor medida sobre la percepción que en otros. No se trata de hipostasiar este tercer estadio mítico y buscarlo más allá de la percepción abstrayéndonos de ella, sino de ver cómo este telos trascendente al que toda percepción parece apuntar puede incidir sobre la percepción misma y potenciarla. En la “percepción perfecta” (o “verdad”) se realizaría, entonces, la separación absoluta del sujeto y el objeto de la percepción. Weil investiga de modos diversos en distintos escritos de juventud las posibilidades abiertas a la percepción actual de remontar su “caída” y acercarse a este mítico tercer grado: diversas líneas de reflexión apuntan a la posibilidad ya mencionada del trabajo, y a las de la experiencia estética, el acto moral y la ciencia.

Lo bello aparece bajo la condición de una contemplación atenta que es distanciamiento o desapego respecto de la cosa, los cuales la dejan ser. Somos inducidos a adoptar esta actitud por la misma obra de arte, la cual “nos rechaza” o “nos niega”, invitándonos así a negarla (“yo no soy eso”) y distinguirnos de ella en un mismo movimiento.[5] En reiteradas ocasiones Weil se refiere a la necesidad de extender esta actitud atenta y desinteresada suscitada por la obra de arte a la totalidad de la experiencia perceptiva: la que concierne a la naturaleza[6], al mundo en general, a los otros seres humanos y aún a uno mismo:

“Negamos el templo [al experimentarlo como bello], y ello nos enseña a negar todo objeto, a negar el objeto en nosotros, es decir nuestras pasiones, nuestros sentimientos y nuestros pensamientos. Así nuestra vida deviene bella […] y nuestras pasiones mismas […]. Es por ello que el hombre que no siente sus propias pasiones como bellas, duerme”.[7]

La belleza y el bien reclaman ser pensados juntos: la experiencia estética es moral, y el acto moral es bello. Se trata en ambos casos de la concreción del mismo movimiento de distanciamiento entre espíritu y objeto. Es por ello que el acto moral paradigmático es para Weil el de renuncia o negación, que encuentra su representación ejemplar en un episodio narrado por Plutarco que tiene por protagonista a Alejandro. Estando éste cruzando el desierto con su ejército, y siendo consumidos por la sed, ciertos viajeros le ofrecen a Alejandro un pequeño cuenco con la única agua de que disponían, la cual era tan escasa que sólo alcanzaría para él. Alejandro se lo lleva instintivamente a la boca pero inmediatamente duda, agradece y lo devuelve como se lo entregaron, renunciando a beber el agua ante el desconcierto y el asombro de todo su ejército.

“Cada santo -escribe Weil- ha renunciado a beber el agua; cada santo ha rechazado toda felicidad que lo separaría del sufrimiento de los hombres. El bien es entonces el movimiento por el cual uno se desgarra a sí mismo en tanto individuo, es decir en tanto animal, para afirmarse hombre”.[8]

La unidad del modelo teórico según el cual Weil describe al conocimiento, la experiencia estética y el acto moral responde a aquella antigua matriz de pensamiento originaria de la Grecia clásica según la cual el Bien, la Verdad y la Belleza comportan una profunda unidad -tríada cuya ruptura en esferas autónomas ha sido señalada como uno de los rasgos que caracterizan a la modernidad-. Obras tales como la Politeía platónica transparentan tal concepción: la “idea de bien”, allí se expresa, es “causa de la ciencia y de la verdad” y le es propia una “inefable belleza”.[9] Este motivo teórico que puede sonar arcaizante en el contexto de la filosofía contemporánea acompañará la reflexión weiliana hasta en su etapa de madurez, cuando pase a un primer plano su tematización de la experiencia humana como “lectura”. En 1940 aún escribirá que “nosotros no sabemos pensar juntos [lo verdadero, lo bello y el bien], y ellos no pueden ser pensados separadamente”.[10]


  1. S. Weil, OC I, pp. 143, 148. Cf. también pp. 135 y ss.
  2. Esto se hará más evidente al analizar más adelante el escrito “Science et Perception dans Descartes”. “Trabajo” y “percepción” aparecen en todos estos escritos como conceptos estrechamente enlazados; leemos por ejemplo: “Despertemos pues de nuevo al mundo, es decir, volvamos al trabajo y a la percepción, con el coraje de observar esta regla, sólo por medio de la cual lo que hacemos puede ser trabajo y lo que sentimos percepción: rebajar nuestro cuerpo al rango de útil, nuestras emociones al rango de signos” (S. Weil, OC I, p. 147).
  3. “La realidad aparece cuando vemos que la naturaleza es no sólo un obstáculo que nos permite una acción metódica sino un obstáculo que nos sobrepasa infinitamente” (S. Weil, LP, p. 111).
  4. S. Weil, Ibid., p. 161.
  5. De este modo ejemplifica Weil el modo en que la obra de arte “nos niega”: “si un amigo sonríe al encontrarme, no sólo su sonrisa se refleja sobre mi rostro, sino que este reflejo mismo cambia la sonrisa de mi amigo. Sin embargo, aunque un retrato sonriente pueda hacerme sonreir, nunca mi sonrisa cambiará un retrato pintado” (OC I, p. 138).
  6. “Es necesario que los paisajes devengan para mí cuadros, los bosques catedrales, los sonidos sinfonías […]” (S. Weil, OC I, p. 139). Este distanciamiento contemplativo es también la concepción estética presente en la noción de “aura” de W. Benjamin, como lo ha señalado R. Kühn (en “Le monde comme texte. Perspectives hermeneutiques chez S. Weil”, en Revue des Sciences Philosophiques et théologiques, No. 64, 1980). En “La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica” Benjamin define el aura de los objetos naturales como “la manifestación irrepetible de una lejanía (por cercana que pueda estar)”. Sin embargo -observa-, “acercar espacialmente y humanamente las cosas es una aspiración de las masas actuales tan apasionada como su tendencia a superar la singularidad de cada dato acogiendo su reproducción. Cada día cobra una vigencia más irrecusable la necesidad de adueñarse de los objetos en la más próxima de las cercanías.” La signatura de la percepción contemporánea parecería ser entonces el “quitarle la envoltura a cada objeto, triturar su aura” (Ibid., en Discursos Interrumpidos I, Madrid, Taurus, 1987, pp. 24, 25).
  7. S. Weil, OC I, p. 73.
  8. Ibid., pp. 67-71.
  9. Platón, La República, (trad. de J. M Pabón y M. Fernández-Galiano), Madrid, Alianza Editorial, 1991, 508e -509a, p. 361.
  10. S. Weil, “Essai sur la notion de lecture”, en Les Études Philosophiques, No. 1, enero-marzo 1946, p. 19.


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