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#Burbujas…, ese espacio donde todos somos mayoría

Natalia Aruguete[1]

La extimidad es un neologismo acuñado por Lacan que rompe la relación binaria externo/interno, dentro/fuera. Sugiere que lo más singular, el verdadero hueso de la subjetividad, aparece fuera como lo extraño, lo no reconocido. En ese reconocimiento de lo otro, nos constituimos como sujetos. No solo reconocemos lo propio sino que, además, nos definimos, nos clasificamos ideológicamente y nos nominamos identitariamente.

Aquella dislocación psicoanalítica renueva su vigencia en el nuevo ecosistema digital, donde es redefinida como una exaltación narcisista de nuestra actuación en redes sociales. En uno de los momentos más álgidos de virtualización del consumo informativo y de las relaciones sociales, lo éxtimo –lo más íntimo– se expresa y se expone en la esfera pública. En cada evento polarizante, la intimidad se pronuncia y se funde en una comunidad de valores, donde quienes participan del diálogo hablan entre ellos y consigo mismos, aun cuando en apariencia parezca un debate abierto, diverso o incluso caótico.

Llevado al terreno de las redes sociales, lo íntimo/exteriorizado se plasma en “burbujas de filtro” con una fuerte coherencia cognitiva y donde se refuerza el intercambio homofílico[2] de mensajes entre los miembros que las integran. Ese amor por los iguales se traduce en la motivación por compartir lo que nos asemeja y rechazar fervientemente toda posición que no se encuadre en nuestra mirada del mundo.

La contribución que hacen las plataformas virtuales a la cerrazón ideológica y afectiva es insoslayable aunque no excluyente. La política de fragmentación y personalización del actual ecosistema mediático-comunicacional viabiliza un consumo de información que es consistente con intereses e identidades partidarias, étnica o comunitarias, entre otras. Más aún en el caso de redes como Twitter y Facebook, que lejos están de ser arenas representativas de la opinión pública offline. Por el contrario, albergan públicos minoritarios, fragmentados y personalizados, puestos al servicio de operadores públicos con capacidad de amplificar sus intervenciones, que aprovechan estos escenarios para disputar la suma del poder simbólico y definir o redefinir los asuntos de interés.

#Polarizados

En este trabajo entiendo la polarización como la distancia percibida entre dos o más partidos o entre dos o más candidatos, en un sentido que excede el apoyo a una agenda ideológica basada en temas sólidos alrededor de los cuales se expresan diferencias políticas. En el escenario político nacional –aunque también en el mundial–, donde gran parte de las decisiones políticas son percibidas desde prismas identitarios y partidarios, cierto tipo de discursos pueden alterar los marcos de referencia que usamos para posicionar a los actores políticos, más lejos o más cerca de nuestra posición ideológica.

En los estudios de comportamiento político, el enfoque expresivo adquirió mucha relevancia en los últimos años. Dentro de este, la noción de “polarización afectiva” explica, en gran medida, la política de identidades y el compromiso político. Con polarización afectiva o conductual, autores como Liliana Mason[3] o Alan Abramowitz[4] se refieren a la distancia en temperatura o proximidad que manifiestan los votantes hacia los partidos opuestos después de ser expuestos a determinados mensajes políticos. Esa distancia expresiva en gusto, odio, asco o alegría– es independiente de las evaluaciones racionales y exhaustivas que puedan hacerse alrededor de un evento determinado.

La identificación partidaria –predictora de los sentimientos de temor y aversión extendidos– es una de las formas que toma la polarización afectiva, en tanto influye en la distancia emocional más que cognitiva, que nos aleja de un otro distinto. El hecho de que ciertas expresiones discursivas, tanto políticas cuanto mediáticas o de cualquier otro tipo, puedan ser interpretadas con mayor o menor claridad afectiva evidencia su potencial para construir identidades de distinto tipo. Y es entonces cuando, a mayor activación de esa grieta, los actos de intolerancia, de incivilidad y de bullying marcan la forma y el ritmo de una confrontación que nos lleva hasta extremos irreconciliables.

La grieta virtualizada

En un texto reciente, Silvio Waisbord[5] plantea que la polarización resulta de la agregación de procesos comunicativos y políticos, promovidos por elites que sacan ventajas relativas de tales fracturas. Ello no obsta que la fragmentación mediática refuerce identidades. Más aún, nuestra identidad –expresa Pariser[6]– da forma a los medios que usamos para comunicarnos; estos, a su vez, moldean nuestra identidad. Desde esta perspectiva, lo que en redes sociales se denomina “cámara de eco”[7] no es tanto una invitación a encerrarse en una burbuja de filtro restrictiva, sino a devolvernos de manera consistente aquello que somos, lo que pensamos y, más aún, la evidencia que encontramos para explicarnos los comportamientos y confirmar así nuestras percepciones y prejuicios.

Claramente, en aquellas ocasiones en las que se ponen en discusión temas que no admiten grises, la conversación virtual delinea un escenario polarizado, servido para dinámicas personalizadas que consolidan las jerarquías políticas, económicas y culturales existentes. Esa polarización virtual sedimenta comunidades con una fuerte homogeneidad cognitiva, ubicadas a ambos extremos del espectro ideológico. Ese “amor por los iguales” se traduce en el rechazo a toda narrativa que no se parezca a nuestra cosmovisión del mundo y garantiza la difusión de discursos de odio.

En un momento en el cual la discusión política restableció la grieta como forma de convivencia, coadyuvada por la saturación y el hastío que genera el prolongado período de pandemia, reflexionar sobre los rasgos de la polarización política y afectiva es particularmente interesante. Nos hace preguntarnos por qué abandonamos, sin razón aparente, aquel impasse en el que parecía haberse llegado a un acuerdo tácito sobre la importancia de la vida y el cuidado colectivo.


  1. Investigadora del CONICET, periodista y profesora de la Universidad Nacional de Quilmes y de la Universidad Austral. Es doctora en Ciencias Sociales de la Universidad Nacional de Quilmes, magíster en Sociología Económica en la Universidad Nacional de San Martín y licenciada en Comunicación Social por la Universidad de Buenos Aires. Lleva escritos tres libros y casi cincuenta artículos cuyas temáticas centrales giran en torno a la relación entre agendas políticas, mediáticas y públicas en el diálogo entre medios tradicionales y redes sociales.
  2. La homofilia –amor a los iguales– alude a la atracción de las personas por sus homónimos.
  3. Mason, L. (2016). A Cross-Cutting Calm: How Social Sorting Drives Affective Polarization, Public Opinion Quarterly, 80 (S1), 351-377.
  4. Webster, S. W. & Abramowitz, A. I. (2017). The Ideological Foundations of Affective Polarization in the US Electorate, American Politics Research, 45 (4), 621-647.
  5. Waisbord, S. (2020). ¿Es válido atribuir la polarización política a la comunicación digital? Sobre burbujas, plataformas y polarización afectiva, Revista SAAP, 14 (2), 249-279.
  6. Pariser, E. (2017). El filtro burbuja: cómo la web decide lo que leemos y lo que pensamos, Madrid, Taurus.
  7. El concepto “cámara de eco” es una expresión metafórica referida al hecho de que el contenido, las ideas y las creencias son amplificadas por transmisión y repetición en un sistema “cerrado”, donde las visiones diferentes son censuradas o evitadas mientras que las visiones congruentes quedan sobrerrepresentadas.


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