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Representación política

El caso de los “agrodiputados”

Ricardo Daniel Rovner[1]

Presentación

En 2009 se produjeron las elecciones de renovación legislativa del primer mandato de Fernández de Kirchner en un contexto complejo, como es habitual. Se venía de un conflicto de proporciones como fue el que se mantuvo entre el gobierno y las entidades agropecuarias. En ese marco, varias listas no oficialistas incorporaron a su oferta electoral a los que luego se llamarían los “agrodiputados” (Pablo Orsolini, Ricardo Buryaile y Ulises Forte, entre otros). Se esperaba de ellos que defendieran a capa y espada una actividad económica que se suele identificar, además, como una forma de vida. La expectativa generada por su elección[2] poco tuvo que ver con lo que finalmente cosecharon.

Es claro que diputadas y diputados no surgen por generación espontánea. Tienen una historia de vida personal, laboral, sindical, profesional, académica, de negocios y/o político-partidaria previa que muy probablemente marque el ejercicio de su mandato o los diferentes roles que desempeñe durante él. Si ejerce la medicina, es posible que desee integrar y hasta presidir la Comisión de Acción Social y Salud Pública, por dar un ejemplo obvio (que efectivamente lo haga es otra cosa). Aunque todavía hay una cierta predominancia de profesionales del derecho, hay estudios que señalan la diversidad de su origen,[3] lo cual tiene como ventaja el aporte que las diferentes miradas pueden dar a los asuntos a decidir. Que sindicalistas y personas de negocios confluyan en el análisis de las regulaciones a las actividades económicas necesariamente es un plus. En general, la conformación plural (en todos los sentidos) de los cuerpos legislativos se puede considerar así.

Sin embargo, quienes se incorporan a los órganos deliberativos parecen tener en claro que no lo hacen en representación exclusiva de su “grupo de pertenencia”. Entre otras razones obvias, es posible pensar que no necesariamente integraron las listas de candidatos por esas actividades “personales”, sino por su trayectoria político-partidaria.

Corporativismos… y corporativismos

Hay una visión romántica de un pasado en los órganos deliberativos en el cual sus miembros efectivamente deliberaban, es decir, “pensaban” colectivamente las decisiones, contraponían argumentos a los argumentos, se convencían unos a otros y se tomaba la mejor decisión, que en cierto modo contenía estas visiones contrapuestas, ya que se iban limando las diferencias de manera racional. Esta Edad de Oro coincide con la conformación burguesa de la institución parlamentaria. Bien podría afirmarse como monocromática en cuanto al origen social de sus integrantes. Surgidos del voto restringido, su autopercepción era la de ser representantes de la nación toda, que toman sus decisiones con absoluta libertad.

Es la época de la afirmación del mandato libre, en contraposición con las conocidas instrucciones con que los parlamentarios llegaban a los órganos y presumiblemente hacían estériles los debates. Es muy conocida la pregunta que se hacía Edmund Burke sobre la calidad que podía tener una decisión que ya estaba tomada y que precedía al debate.

Del mismo modo, el Estado liberal estructurado en torno a este Parlamento liberal (e ideal) podía considerarse como una respuesta a, entre otras cosas, las corporaciones del Antiguo Régimen, lo cual daba cierto sentido a la existencia de las instrucciones.

A pesar de lo dicho, sería un error suponer que no había ningún tipo de acción coordinada entre diferentes miembros de los Parlamentos. La estructuración de bloques parlamentarios es una consecuencia natural de la necesidad de sostener y defender ideas e intereses afines con la mínima esperanza de prevalecer. Para Ubertone, los bloques son el germen del partido político, y no al revés.

La incorporación de las diferentes clases sociales a la acción política, los partidos de masas, la transformación del Estado liberal en un Estado social significó un cierto desdibujamiento de la prohibición, expresa en algunos sistemas, de las instrucciones a los parlamentarios dada la necesidad de mantener la acción colectiva mediante una ¿férrea? disciplina partidaria, en particular de la agrupación gobernante. No faltan quienes advierten que las decisiones se toman en lugares distintos a los órganos deliberativos y que, por lo tanto, las discusiones –y las presiones– dejan de ser públicas y se dirigen directamente a las agrupaciones políticas.

Sin embargo, esta estructuración de partidos o agrupaciones plurales sería una valla de contención al resurgimiento del corporativismo preliberal. En efecto, el origen diverso de sus cuadros (más cierta ideología pixelada en varios de ellos) implica que no son representantes exclusivos de cierta actividad, de cierta clase.

Es en este contexto en que debieron insertarse las diputadas y diputados que resultaron electos en aquella elección de 2009 y con mandato hasta 2013. Legisladoras y legisladores “expresamente” corporativos, a quienes se les había extendido una instrucción clara: las retenciones, los impuestos a la exportación de productos agropecuarios debían eliminarse o, por lo menos, reducirse a su mínima expresión.

¿Representación recortada?

Muchos candidatos a legisladores hablan de los proyectos a impulsar. Con suerte su campaña podría basarse en ellos y son relevantes (“con suerte”, porque en muchas ocasiones se confunden los roles y se plantean cuestiones que de ningún modo pueden ser solucionadas desde el Congreso nacional).

Muchos candidatos finalmente electos suponen que se incorporan al órgano legislativo con una misión, la cual debiera poder expresarse en uno o varios proyectos a discutir y que, con suerte, podrán ser aprobados. ¿En qué se diferencian de los agrodiputados?

Daba la impresión de que su misión era única. Dejando a salvo la posición de Ricardo Buryaile, a quien el nombre de agrodiputados le parecía “un término peyorativo” –de hecho, su carrera política continuó y continúa–, hablaban de actuar en bloque o bloques (¡su origen social no era único!). Provenientes de varias listas no oficialistas, una vez incorporados a la Cámara se sumaron a los bloques e interbloques que en aquel momento formaron lo que se dio en llamar el “Grupo A”, que fue una estrategia inicialmente exitosa para hacer ver que ese conjunto ostentaba la mayoría de la Cámara de Diputados, lo que permitía decidir sobre la distribución de los espacios de poder internos (a excepción de la presidencia, reservada tradicionalmente a la agrupación gobernante) y la agenda. Pero teniendo en cuenta el resultado de la gestión de estos once diputados, podría ponerse en duda que efectivamente varios de ellos se hayan “amalgamado” en su/s bloque/s. Sin información de primera mano, estamos en terreno puramente especulativo, lo cierto es que finalmente no consiguieron el acompañamiento del conjunto para los objetivos que se habían juramentado cumplir, un acompañamiento que tal vez muchos supusieron automático dada la resolución al conflicto de 2008.

Los bloques e interbloques numerosos pueden darse el lujo de tener una cierta división del trabajo. En general, los especialistas tienen un rol en sus temas. Pero sea mayor o menor la discusión al interior de cada bloque, todos participan de todas las decisiones. Los bloques minoritarios no se pueden dar tal lujo. Pero lo que tienen en común es que, como es obvio, todos terminan participando de algún modo en las decisiones. Todos tienen en claro que su voto (o su rechazo) es necesario en cada tratamiento. Desde complejas cuestiones fiscales a los beneplácitos que la Cámara expresa, desde la aprobación de tratados internacionales que pueden expresar posturas geopolíticas delicadas, hasta reconocimientos a figuras públicas indiscutidas.

Los agrodiputados tuvieron que participar con su voto en todas las decisiones en el plenario, pero aparte de la oposición al oficialismo de aquel momento, poco podía preverse de su actuación más allá del impulso de “sus” temas. Este tipo de representación, que (exageradamente) se podría calificar como “corporativa”, podría suponerse como limitada dada la enorme cantidad de asuntos en que se ocupa el Estado moderno. Hace falta la mirada de todos los sectores, pero tiene que quedar claro desde un inicio que, aunque cada integrante tenga una especialidad, es imprescindible una actitud generalista.


  1. Abogado y magíster en Administración de Empresas. Con treinta y ocho años de experiencia en el área parlamentaria de la H. Cámara de Diputados de la Nación, en la actualidad está a cargo de la Comisión de Relaciones Exteriores y Culto. Colabora en la materia Teoría y Derecho Constitucional de la carrera de Ciencia Política de la Facultad de Ciencias Sociales (UBA), y tiene a su cargo el curso de Derecho Parlamentario de la Tecnicatura en Gestión Parlamentaria del Gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Es profesor en los módulos Introducción al Derecho Parlamentario y Comisiones en la Diplomatura de Estudios Avanzados en Gestión Parlamentaria y Políticas Públicas, organizados por el Instituto de Capacitación Parlamentaria y la Universidad Nacional de San Martín.
  2. https://bit.ly/3cMSqox.
  3. https://bit.ly/3gC4NF7.


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