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Preferencias vitales, vacíos informativos y sesgos partidarios

Ernesto Calvo[1]

El 12 de abril del 2006, el gobernador republicano Mitt Romney inauguraba la Reforma Sanitaria de Massachusetts, conocida popularmente como Romneycare. El proyecto de reforma fue criticado duramente por los demócratas, quienes remarcaron que el uso de subsidios e incentivos impositivos a los individuos para que estos comprasen planes de medicina prepaga era una reforma eminentemente conservadora.

Cuatro años más tarde, el 23 de marzo de 2010, el presidente Barak Obama firmaba el Acta de Medicina Asequible (ACA), que implementaba una reforma idéntica a la de Massachusetts pero en la totalidad del país. Los republicanos votaron unánimemente en contra de la reforma, a la cual tildaron de socialista. Durante una década, republicanos de todas las denominaciones litigaron en contra de esta reforma, la cual se ajustaba en forma y contenido a las reformas sanitarias que ellos mismos propusieron entre 1990 y 2010.

El hecho de que dos reformas idénticas en sus características más importantes fueran caracterizadas como conservadora o como socialista, respectivamente, muestra que la “distancia” que nos separa de nuestros oponentes políticos a menudo tiene poco que ver con la política pública que es implementada y mucho que ver con quién es el propulsor de la reforma.

Las polarizaciones que vivimos

Una creciente “distancia” política, simbólica y afectiva que nos separa de nuestros oponentes políticos es lo que habitualmente se conoce como polarización. Esta polarización a veces mide la distancia en política pública (mercado vs. Estado), otras veces mide la distancia ideológica (izquierda-derecha), la distancia afectiva (me gusta Fernández-no me gusta Fernández) o la percepción subjetiva de capacidad (Macri es poco capaz-Macri es muy capaz). Todas estas distancias son hoy estudiadas por la Ciencia Política como distintas expresiones de la polarización.

Imaginemos que le preguntamos a un votante republicano en Estados Unidos cuanto le gusta o disgusta el candidato demócrata a la presidencia. Sabemos que existe una creciente polarización porque en los últimos 35 años el votante republicano promedio reporta cada vez mayores niveles de “disgusto”. Es decir, los votantes no solamente reportan mayores distancias ideológicas entre los candidatos sino que además transfieren esos atributos a otras evaluaciones, desde calidez personal del candidato hasta capacidad para responder ante una crisis. En los últimos 10 años, por ejemplo, la pregunta de cuan “infeliz” nos haría ver a nuestra hija o hijo casado con un votante del “otro partido” ha superado a muchas otras expresiones de infelicidad, incluidas diferencias étnicas, raciales y religiosas. Los partidos políticos se han transformado en una identidad que no solo nos informa sobre políticas públicas sino también sobre nuestras preferencias vitales.

La creciente polarización ha tenido efectos en gran cantidad de áreas de política pública, desde la provisión de servicios públicos hasta la implementación de medidas de emergencia, como en el caso del Covid-19. En gran cantidad de países del mundo, incluidos Estados Unidos, México, Brasil y Argentina, percepciones de inseguridad económica, sanitarias y de seguridad a menudo están íntimamente asociadas con la identificación partidaria del votante y el líder del Ejecutivo. De hecho, la evidencia experimental muestra que la expectativa de crecimiento económico entre los votantes está íntimamente ligada con su identidad partidaria. Ser oficialista u opositor, muestran innumerables experimentos, es uno de los mejores predictores de la percepción de corrupción del gobierno o de las expectativas futuras de crecimiento del producto bruto interno.

El origen de nuestro descontento

Es innegable que, en gran cantidad de países, de Inglaterra a Rusia y de Estados Unidos a Argentina, los votantes perciben una mayor polarización política. En cada uno de estos países el “motivo” que explica esta mayor polarización política es descripto por procesos localmente distintos. En Argentina, dicen los expertos, la grieta divide a “republicanos vs. populistas”. En Inglaterra, la división es entre “aislacionistas vs. europeístas”. En Estados Unidos el racismo y la inmigración, en Brasil la corrupción y la seguridad, en Alemania los refugiados. Hemos visto globalmente un aumento de la desconfianza política e incivilidad, aun cuando en cada país la explicación ha sido profundamente local. En cada país las causas son distintas pero el resultado es el mismo. Esto ha llevado a que muchos investigadores comiencen a poner la lupa sobre los fenómenos globales que son comunes a todos estos países, desde los cambios en tecnologías e información hasta la mayor concentración de recursos económicos en unos pocos operadores con alta capacidad de financiar la política.

La polarización informa nuestras creencias sobre el mundo que nos rodea, desde la temperatura promedio del país hasta el número de asistentes a una protesta. Es por eso que existe un gran número de eventos en los cuales la identidad partidaria construye creencias sobre el mundo que nos rodea.

Nuestros propios hechos

“Todos tienen derecho a tener sus propias opiniones, pero no a tener sus propios hechos”, afirmó el senador demócrata Pat Moynihan en 1983. La frontera que separa opinión y hecho, sin embargo, depende de la relación entre información y hecho, que a menudo puede ser problemática. Pensemos por ejemplo en el siguiente caso: en Argentina, un 74% de los votantes que apoyaron al gobierno y un 73.8% de los que votaron a la oposición indicaron en una encuesta reciente que 2+22 es igual a 3. Es decir, un 26% dieron una respuesta equivocada. Los datos son similares en México, con un 74% de oficialistas y opositores respondiendo correctamente, y ligeramente menores en Brasil, donde tan solo alrededor de 65% acertaron. Para explicar por qué muchos votantes dieron la respuesta equivocada, notamos que los sistemas educativos de nuestros países tienen déficits y que aquellos que realizan las encuestas posiblemente no prestan mucha atención a la pregunta. Los errores que observamos son las fallas educativas que sufrimos, pensamos. Para explicar las diferencias entre países, por tanto, asumimos que el sistema educativo de Brasil tiene más limitaciones que los de Argentina y México o que las condiciones de implementación de la encuesta no fueron similares.

En el caso del test matemático, sin embargo, la política no llena vacíos informativos. Los errores cognitivos de los votantes no dependen de las preferencias partidarias porque la distancia que separa hecho e interpretación es mínima. Equivocarse es un problema cognitivo, no de interpretación.

Muy distinta sería nuestra expectativa si en cambio preguntamos “¿Quiénes cree usted que, con mayor probabilidad, responderían que 2+22 es igual a 3, los que votaron por Alberto Fernández o los que votaron por Mauricio Macri?”. En este caso, la distancia entre nuestras certezas y los datos son mayores. Hay vacíos informativos que nos obligan a especular sobre el nivel educativo de los votantes, sobre quiénes tienen tiempo para conectarse y responder, o sobre la edad promedio de los votantes de cada partido. En este caso, los huecos informativos de nuestras creencias son llenados con información partidaria. Son llenados con prejuicios.

Creencias positivas respecto de los votantes con los que nos identificamos inflan nuestras respuestas favorables (asimilación) y creencias negativas respecto de los “otros” como grupo disminuyen la tasa de respuestas correctas que esperamos (contraste). Los vacíos informativos, lo que no sabemos, completa la sentencia, conecta los puntos, ata cabos, y nos permite dar una respuesta que está informada por la política. Es decir, lo que no sabemos se llena de sesgos partidarios.

Si somos honestos con nosotros mismos, posiblemente la gran mayoría asumimos que los votantes del partido que no nos gusta cometerían más errores al responder la pregunta de matemática. Nuestros sesgos sociales, culturales, de clase nos llevarían a pensar que el perfil partidario de los votantes refleja también diferencias en capacidad. Eso es la polarización.


  1. Ph.D. Nortwhestern University (2001). Es profesor de Gobierno y Política de la Universidad de Maryland y director del Laboratorio Interdisciplinario de Ciencias Sociales Computacionales (iLCSS). Ha publicado cinco libros y más de setenta artículos y capítulos sobre política comparada, redes sociales y metodología. Colabora habitualmente con funcionarios del sector público en distintos países de América Latina y tiene una larga trayectoria en el estudio de sistemas electorales, sesgos políticos electorales y manipulación electoral.


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