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20 Procesos de integración en Asia
y relaciones con América Latina

El caso coreano

Micaela Serra y Sol Mora (UAI-GEAP)

Introducción

Este trabajo analiza los procesos de integración productiva en el Este de Asia y los vínculos de Corea y América Latina con esta región. Los procesos de integración no solo se han extendido a las diversas regiones del mundo, sino que además se destacaron por adquirir un carácter multidimensional, ya que avanzaron desde objetivos limitados a la esfera económico-comercial a otorgar relevancia a lo político, lo social y lo cultural en el accionar conjunto de los Estados. A causa de la intensificación de los flujos de comercio e inversión, una de las dimensiones de la integración que adquiere protagonismo es la denominada integración productiva, que se caracteriza por la complementación o especialización productiva a través de redes o cadenas de valor (Botto y Molinari, 2013).

La centralidad de las cadenas globales de valor en la actual economía mundial se evidencia en que, a través de ellas, tiene lugar aproximadamente el 80% del comercio a nivel mundial, con una significativa participación de empresas transnacionales. A su vez, pone de relieve que la disminución de las barreras al comercio y la Inversión Extranjera Directa (IED), la reducción de los costos de transporte y los adelantos en las tecnologías de la información y las comunicaciones tuvieron como resultado una fragmentación geográfica de la producción mundial (CEPAL, 2014).

Esta dinámica es especialmente significativa en los países de Asia. Su rápido crecimiento económico estuvo ligado a su integración con los países desarrollados a través de las cadenas globales de valor (Red MERCOSUR, 2011). Esta integración a nivel productivo posibilitó la consolidación de una red de producción integrada a través de los flujos de comercio e inversión, la denominada fábrica Asia, que en el siglo XXI es calificada como fábrica global, ya que en 2009 exportó el 35% de los bienes intermedios a nivel mundial (Lopéz Aymes, 2014).

Justamente, el extraordinario crecimiento experimentado por Corea tras la posguerra ocurrió durante la fase de reorganización del comercio y la producción mundial en cadenas globales de valor. En este contexto, la industria electrónica fue un pilar del crecimiento económico coreano desde finales de la década de 1960. Actualmente, Corea, la 11º mayor economía mundial, se convirtió en uno de principales hubs manufactureros a nivel mundial y desempeña un papel clave en la provisión de bienes electrónicos intermedios en la cadena de valor asiático.

Por otra parte, la histórica preocupación por el desarrollo económico ha sido uno de los móviles de los procesos de integración en América Latina y el Caribe. Por esa razón, la articulación e integración en la esfera productiva ocupó un lugar prioritario en la agenda de esos esquemas. No obstante, a causa de la escasa diversificación de las economías y las deficiencias de la región en infraestructura, transporte y logística, los avances en ese terreno han sido escasos (CEPAL, 2014). De todos modos, ello no impidió que en las últimas décadas el ingreso de IED haya estimulado la participación de varios países latinoamericanos en cadenas de valor en los sectores agrícola, manufacturero y de servicios (Gereffi, 2015).

Dadas las diferencias en los niveles de integración productiva de Asia del Este y de América Latina, y por ende, en la contribución de los flujos de comercio e inversión dentro de esas redes al crecimiento económico de los países, surge la pregunta ¿Cómo ha sido la participación de Corea del Sur y de los países de América Latina dentro de los procesos de integración en la dimensión productiva en Asia?

Como hipótesis se plantea que la experiencia coreana demuestra que la integración asiática a nivel de la producción fue fundamental para el desarrollo industrial de los países de esa región. Sin embargo, la participación de América Latina en ese esquema se limitó a las actividades de menor valor agregado, lo que impide aprovechar las potencialidades del mercado asiático.

El trabajo se estructura de la siguiente forma. Tras desarrollar la noción de integración productiva, se exponen las características de los procesos de integración asiática y su contribución al establecimiento de redes de producción. En segundo lugar, se describe el proceso de desarrollo coreano y la influencia de la integración productiva de la región en este. Por último, se indagan las modalidades de inserción de los países de América Latina en esos procesos a partir de los flujos de IED asiáticos en la región.

La integración productiva

Si bien no existe una definición consensuada de integración productiva, bajo ese término este trabajo hace referencia a “la inserción de los aparatos productivos nacionales en redes o cadenas globales de valor (CGVs) a través de estrategias de integración de tipo vertical (por especialización) u horizontal (por complementación)” (Botto y Molinari, 2013: 7). De acuerdo a Yeng,

Podemos pensar en las redes de producción global como un fenómeno globalizado/descentralizado y los clusters industriales como una constelación localizada/concentrada de diferentes configuraciones de redes de producción global. El primero opera a escala global y busca constantemente mejores locaciones para la producción, mientras que el segundo se desarrolla para “reducir” y “localizar” esta actividad de producción altamente globalizada. Para que las redes mundiales de producción trabajen y prosperen, deben existir buenas “economías de red” que se puedan cosechar a partir de arreglos de producción diferenciados espacialmente. Para que los clusters industriales emerjan y se mantengan, los enlaces locales y no locales son muy importantes. (2008: 4).

A su vez, siguiendo la línea del autor, se observa que las redes de producción se han vuelto organizacionalmente más complejas y también cada vez más globales en su extensión geográfica. Dichas redes no solo integran empresas (y partes de empresas) en estructuras que diluyen las fronteras tradicionales –mediante el desarrollo de diversas formas de relaciones tanto de equidad como de no equidad– sino que también integran las economías nacionales (o partes de dichas economías) de maneras que tienen enormes implicaciones para su bienestar. Al mismo tiempo, la naturaleza precisa y la articulación de las redes de producción centradas en la empresa están profundamente influenciadas por los contextos sociopolíticos concretos en los que están inmersas (Yeng, 2008: 5).

Las cadenas globales de valor se extendieron desde fines de 1980 con la intensificación del proceso de tercerización de actividades de las empresas fuera de su país de origen (outsource offshoring) (Red MERCOSUR, 2011). Ello llevó a la fragmentación geográfica de los procesos productivos, de forma tal que los bienes finales se componen de materiales, partes, componentes y servicios producidos en numerosos países. Este modelo de producción, que se caracteriza por países que se especializan en “actividades” o “tareas” productivas y no en industrias o sectores, está constituido por un “centro”, un país de alta tecnología que organiza la producción, y varios “rayos”, es decir, países de bajos salarios relativos que actúan como “fábricas” (Bianchi y Szpak, 2013).

Vale destacar que todas esas operaciones, que incluyen desde la investigación y el desarrollo, hasta la comercialización y el servicio de posventa son realizadas mediante la interacción de filiales de una empresa multinacional en distintos territorios o por la interacción de estas y proveedores externos. De todos modos, de acuerdo a Botto y Molinari (2013), la coordinación productiva puede ser liderada por actores privados, tales como empresas multinacionales o por el desarrollo de cadenas de proveedores encabezados por una empresa. También pueden responder a políticas regionales que promueven activamente la complementación.

Entre las características distintivas del comercio en cadenas de valor se encuentra su estrecha relación con la IED y la preponderancia del intercambio de bienes intermedios, que puede cambiar varias veces de país hasta ser ensamblados en un bien final. Otro de sus rasgos es el aumento del contenido importado de las exportaciones y el rol de los servicios incorporados a los bienes finales comercializados. A ellos se añade la renovada atención en el espacio regional, ya que las principales redes se estructuran en torno a regiones específicas por la sensibilidad de las transacciones a los costos de distancia. Por ello se identifican tres grandes redes de producción en el mundo: la “fábrica Europa”, la “fábrica América del Norte” y la “fábrica Asia” (CEPAL, 2014). Por último, hay que señalar que las cadenas de valor crean oportunidades para que los países en desarrollo accedan a los mercados de los países desarrollados y agreguen valor a sus industrias locales (Gereffi, 2015).

Los procesos de integración asiática

En el último tiempo una de las regiones que más relevancia ha tenido a nivel económico es la del Asia Pacífico. Esta se ha destacado no solo por su crecimiento económico obtenido de la mano de los llamados Estados desarrollistas sino además por el corto plazo en el que logró el desarrollo industrial y por el hecho de que este pudo ser sostenido en el tiempo revirtiendo años de atraso y desigualdad económica provocadas por los períodos de ocupación, invasión y por el posterior escenario de guerra.

Otro aspecto que ha ido cambiando con el avance del mundo globalizado y la consecuente disolución de las fronteras es la decisión de los Estados de involucrarse en mecanismos de cooperación tales como la Asociación de Naciones del Sudeste de Asia (ASEAN)[1]. El hecho de poder lograr un mecanismo como ASEAN en 1967 no fue menor, pues se trató de una zona relativamente neutral, regida bajo los principios de autodeterminación y no intervención, que como expresan algunos autores constituyó un espacio de respiro para los contratantes y para los protagonistas del conflicto bipolar de la Guerra Fría, que contribuyó a la estabilidad regional.

Pero, a diferencia de lo que ocurrió en Latinoamérica o Europa, estos procesos de integración se encuadran dentro lo que podría llamarse una categoría informal de integración, puesto que es el mercado quien tiene el papel de impulsor de esos esquemas en reemplazo de los Estados o los gobiernos. A la vez cuentan con una baja institucionalización y mecanismos legales, mientras que sí se vislumbra un gran flujo de comercio intrarregional. Por ello, López Aymes (2014: 32) señala que

En ningún momento de la historia antigua, moderna o contemporánea el Sureste de Asia se ha constituido en una unidad política, mucho menos ha sido uniformada mediante una lengua o identidad común. El concepto de “camino ASEAN” es una construcción discursiva reciente […] que busca reforzar la idea de que el respeto a la diversidad es el denominador común, la fuente de su fortaleza.

Después de la crisis de 1997, la ASEAN desarrolló lazos con China, Japón y Corea del Sur dando forma al foro conocido como ASEAN+3, “el cual ha contribuido a la estabilidad financiera […] y también de contrapeso ante la creciente presencia de las potencias económicas regionales” (López Aymes, 2014: 37). Con el auge de los acuerdos bilaterales, la formalidad de los procesos de integración fue arraigándose también en la zona del Asia Pacífico, junto con la expansión de las empresas en Asia y la inversión intrarregional. La orientación estratégica de ASEAN+3 fue plasmada en una serie de documentos que incluyen las áreas de comercio, inversiones, infraestructura y cooperación. ASEAN+3 es muy importante en los flujos de inversión, ya que desde China, Japón y Corea proviene alrededor de un tercio de la IED de la ASEAN (Observatorio América Latina Asia pacífico, 2013: 26).

Asimismo, los miembros del ASEAN+3 no perdieron de vista otros acuerdos que se llevaban adelante en el mundo. En efecto, el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) fue “un factor institucional de gran atracción que dejó de lado las preocupaciones culturales y burocráticas que las empresas pequeñas y medianas tenían […] en materia de eliminación de las barreras comerciales y para aprovechar los bajos costos laborales” (López Aymes y Salas Porras, 2011: 258).

Al mismo tiempo, con el esquema de ASEAN+3, estos países pueden operar por separado y con cierta ventaja con cada una de las potencias económicas del Noreste de Asia puesto que no existe un acuerdo común entre China, Japón y Corea (López Aymes, 2014: 38). Por lo tanto,

A partir de los años noventa, el Sureste de Asia se ha posicionado como un centro neurálgico en la integración del sistema de producción regional, especialmente por las ventajas que ofrece la diversidad de niveles de desarrollo, lo cual permite establecer varias etapas del proceso productivo en la zona. (López Aymes, 2014: 38).

La clave para el crecimiento de las economías del Este asiático fue su integración a nivel de la producción. La última fue resultado de la conformación de redes de producción transfronterizas, que conectaron a las empresas de la región mediante relaciones inter e intrafirmas a través de las cuáles se organizaron todas las fases de sus actividades industriales (Borrus, Ernst y Haggard, 2000). En este proceso la inversión de las empresas japonesas, primero en el sector automotriz y luego en electrónica, fue el motor para que Asia se convirtiera en la fábrica del mundo. La razón es que esos flujos promovieron las redes que intensificaron el comercio de bienes intermedios y posibilitaron el surgimiento de proveedores locales en los países menos desarrollados de la región (Falck, 2012).

Entonces, las redes de producción no tuvieron como objetivo el acceso a recursos baratos o mercados, sino promover y explotar las heterogéneas capacidades tecnológicas de la región. Por eso, representan un esfuerzo por desarrollar relaciones que permitan aprovechar los activos que poseen otras firmas, así como las ventajas de ubicación a través de la creación de una división del trabajo más allá de las fronteras a través de la especialización en cada nodo (Borrus, Ernst y Haggard, 2000).

Por otra parte, una particularidad en la integración productiva en el este asiático es que, a causa del liderazgo de las empresas, la intervención gubernamental solo se produjo vía mínimos instrumentos regionales, como la coordinación de políticas arancelarias para atraer IED. En cambio, las políticas de promoción productiva fueron adoptadas a nivel nacional. ASEAN tampoco dispone de política de reducción de asimetrías entre sus miembros, dado que la competitividad de los eslabones está dada por el abastecimiento de las casas matrices a partir de las economías más pequeñas. No obstante, esa combinación de estrategias público-privadas originó una integración productiva en base al modelo denominado como “vuelo de los gansos”, en el que los países de mayor desarrollo tecnológico desplazan ramas de la producción en que son menos competitivos a economías menos desarrolladas que, a su vez, adquieren mayor conocimiento en las cadenas de producción. Mientras tanto, las primeras materializan otro vuelo (Botto, 2016).

El resultado de este proceso fue la constitución de la “fábrica Asia”, en la que China, Japón, Corea, Hong Kong, Taiwán y las 10 economías de la ASEAN conforman una región integrada por los flujos de comercio e inversión. Esa integración fue a través del mercado, aunque fue reforzada en los últimos años por una red de acuerdos comerciales establecidos en torno a la ASEAN (CEPAL, 2014). Además de la fragmentación y la complejidad de sus procesos productivos, uno de sus rasgos distintivos es que la mayor parte de sus exportaciones se dirige a los países avanzados.

Desde su ingreso a la OMC en 2011, China desplazó a Japón como el centro de esta cadena, ya que actualmente absorbe la mitad de los bienes intermedios de alto contenido tecnológico que exportan el resto de los países asiáticos y les suministra un tercio de bienes intermedios industriales con bajo componente tecnológico que reciben del extranjero (Canals, 2014). Esto significa que es el principal destino y origen de los insumos de la región. A su vez, es el principal ensamblador de bienes finales.

El caso de Corea

Tomando puntualmente el caso del desarrollo económico de Corea y siguiendo a Matsushita (2001) es imposible ignorar la estrategia norteamericana de posguerra y el desarrollo económico de Japón. Tampoco puede dejarse de lado el recuerdo del dominio colonial japonés, el anticomunismo, la guerra de Corea, la guerra de Vietnam y la asistencia económica. El apoyo explícito e implícito de Estados Unidos, advierten López Aymes y Salas Porras (2016), en cuanto a ayuda económica, apertura de su propio mercado, la estabilidad económica y militar regional que proveyó, así como la tolerancia de gobiernos autoritarios, fue clave en el crecimiento de Corea. Esto difirió con la región Latinoamericana, pues el único apoyo económico estadounidense al desarrollismo fue el de la Alianza para el Progreso (ALPRO) presentado por el gobierno del presidente John F. Kennedy, también como una manera de generar estabilidad económica y social para contener a la amenaza comunista en el continente, pero que se fue diluyendo tras la muerte del mandatario.

A su vez, los países de América Latina aplicaron la industrialización por sustitución de importaciones (ISI) centrándose en la producción de bienes para evitar así las compras al exterior; mientras que Corea combinó la ISI con exportaciones. Es decir, que en “la primera etapa de desarrollo económico, Corea adoptó y persiguió una estrategia de industrialización orientada a la exportación” (Kang Moon-Soo, 2003: 118), en la que producía para comercializar con exterior. “El crecimiento por exportaciones sometía a los productores coreanos a una competencia en cuanto a precio, calidad y eficiencia, ausente en la ISI latinoamericana” (López Aymes, 2016: 16), lo que garantizó su autonomía, ya que le permitió ir eventualmente dejando de depender de la ayuda estadounidense. Esta estrategia se explica debido a que Corea no poseía recursos minerales significativos y todo lo que le quedaba era la exportación de bienes manufacturados. En línea con esta estrategia, el gobierno favoreció una serie de incentivos a la exportación incluyendo beneficios fiscales, tales como la reducción o exención de impuestos a los ingresos y de tasas indirectas, y apoyo financiero mediante subsidios directos.

Todo esto buscaba “conseguir un alto y constante crecimiento económico, contener la amenaza comunista y superar a sus adversarios, el gobierno coreano estaba convencido de que el interés y seguridad nacional solo podía ser sustentado con el desarrollo de la industria nacional” (López Aymes y Salas Porras, 2016: 10). Hay otros factores que explican la viabilidad de la fórmula ISI + exportaciones del modelo coreano, dado que determinadas condiciones sociales e institucionales proveían terreno fértil para ello.

A pesar de que se gestaron políticas que estimularon el desarrollo de zonas rurales en Corea, la agricultura era de subsistencia, por lo cual el modelo coreano no podría haberse apoyado, como sí ocurrió en América Latina, en la exportación de bienes primarios, sino que sería menester establecer industrias y educar a la población de manera de disponer de mano de obra mínimamente calificada. Si bien ello provocó, de acuerdo a Kim (2011), una fuerte dependencia de la economía coreana del comercio exterior, esto es compensado por su estructura económica más diversificada, algo difícil de encontrar en las economías latinoamericanas, que se sustentan a partir de la exportación de unos pocos productos o que poseen un solo sector fuerte o líder de su economía, o que sus diferentes sectores no se encuentran integrados. Asimismo, apunta López Aymes (2016), que en el caso coreano se articuló una hélice de tres aspas: Estado, industria y sector financiero que comenzaron a funcionar de manera articulada mediante el trabajo del Estado que fue cuidadosamente planificado.

Como resultado, se logró la inserción de Corea al capitalismo internacional, pero esta no refiere a un resultado inmediato, sino más bien a un proceso dirigido y planificado por el Estado. “Ante la generalizada escasez de recursos financieros y humanos, la dificultad de desarrollar el capital local impulsó las políticas de apoyo sectorial selectivo y también la formación de concentraciones industriales en ciertas partes del territorio nacional” (López Aymes, 2014: 29). Aun así, conforme el proceso de industrialización fue asentándose, la falta de capital extranjero se hizo notar, lo cual, hizo que en el Sudeste Asiático la globalización y el nacionalismo comenzaran a converger.

En la trayectoria coreana, el cambio de una economía basada en la industrialización más exportación hacia una economía de exportación de capital empezó hacia mediados de 1980, impulsados por la necesidad de reducir los costos de producción y transacción. Las corporaciones coreanas (chaebols) siguieron diferentes caminos hacia la internacionalización, sin embargo, se pueden visualizar ciertos comportamientos comunes. Al principio se dependía principalmente de la estrategia diseñada por las familias que controlaban aquellas corporaciones. La visión de los fundadores tenía un impacto profundo en la estructura tanto local como en el exterior. Después de la crisis de 1997, la relación entre el gobierno y los chaebols cambió, entre otras razones, porque los inversores ganaron control sobre el stock de capital (López Aymes y Salas Porras, 2011).

Las primeras firmas coreanas que invirtieron en el extranjero lo hicieron bajo el imperativo de asegurarse el abastecimiento de recursos primarios a largo plazo para poder así sostener sus industrias infantes. El inicio de la etapa de internacionalización fue llevado adelante mediante el establecimiento de subsidiarias en el extranjero, que funcionaban como oficinas de representación y ventas para alentar las exportaciones. A su vez, los patrones de inversión en el extranjero fueron cambiando con el tiempo a la vez que la economía y las firmas alcanzaban un mayor nivel de organización y de madurez tecnológica hasta llegar a convertirse en las grandes corporaciones que vemos instaladas incluso en algunos países de Latinoamérica como México (López Aymes y Salas Porras, 2011).

El principal destino de la IED coreana es Asia, con China como principal receptora de sus empresas, especialmente en el sector manufacturero, a causa de sus costos laborales, las oportunidades de construcción y los servicios relacionados a la manufactura y la infraestructura. Por similares motivos, otro país en donde la IED coreana se destacó por su crecimiento fue Vietnam, que desplazó a otros países como Singapur y Filipinas. También Hong Kong ha sido un destino de importancia. De modo similar, el 43% de las filiales extranjeras de las 20 mayores empresas transnacionales coreanas se ubican en Asia y el Pacífico, seguidas de Europa y América del Norte y del Sur con un 25% y un 20% respectivamente (López Aymes y Salas Porras, 2016).

Tal fue el éxito alcanzado por las corporaciones coreanas durante su proceso de inserción a las redes globales de producción, abastecimiento y conocimiento que actualmente Corea lidera rubros como el electrónico. Precisamente este ha sido un pilar de su industrialización, así como de sus ventas e inversiones al exterior. Sus exportaciones consisten principalmente en insumos intermedios, como semiconductores y circuitos integrados. Además de ser la quinta exportadora de insumos electrónicos del mundo (Frederik et al., 2017), cuenta con las mayores empresas de electrónica, Samsung y LG.

Samsung Electronics es ejemplo paradigmático de la participación coreana en las cadenas de valor. Esta lidera el rubro electrónico y desde 1970 se diversificó geográficamente y expandió su cuota de mercado a semiconductores, monitores, tecnología LCD, teléfonos celulares, etc. En el año 2008, su presencia global se había extendido a 111 subsidiarias en diferentes países, que abarcan desde la investigación hasta la producción. En China concentra once instalaciones de producción, diez subsidiarias de venta, cinco laboratorios de investigación y catorce instalaciones adicionales (López Aymes y Salas Porras, 2016). Vietnam también se benefició de la expansión de la cadena de valor de los teléfonos móviles con inversiones en fábricas de ensamblaje y la relocalización de proveedores. El 90% de esa producción es exportada.

Corea también tuvo un desarrollo relevante del rubro automotriz, que representa el segundo producto exportado por el país, y que se destaca por la internacionalización de sus empresas. Hyundai Motors Corp (HMC), líder en el sector, es un jugador central en las redes de producción del Este y Sudeste Asiático. Posee 17 subsidiarias en la región, 9 de ellas en China y dos en Japón. Esta transnacional realizó joint ventures con empresas estatales chinas para acceder a ese mercado, entre ellas Beijing Hyundai Motor Co. Como resultado de esa asociación se tornó uno de los cinco principales productores y vendedores de autos en China, que representan adaptaciones de modelos coreanos para los consumidores de dicho país.

Las inversiones asiáticas en América Latina

A pesar del predominio del sector primario en sus exportaciones, América Latina ha adquirido participación, a través del comercio y la inversión, en un espectro de industrias a nivel mundial, que le asignó presencia en las cadenas globales de manufacturas. Sin embargo, dada la heterogeneidad de la región, los países desarrollaron distintos perfiles en esos procesos. México, América Central y el Caribe dependen principalmente de las exportaciones de productos primarios y manufacturas a Estados Unidos, con un alto porcentaje de insumos importados. Mientras tanto, América del Sur se concentra en las industrias de recursos naturales y el comercio intrarregional impulsado por el MERCOSUR (Gereffi, 2015).

El principal impulsor de la inserción de Latinoamérica en las cadenas globales de valor fue el ingreso de IED, que respondió tanto a objetivos de negocios de las empresas como a incentivos nacionales para su atracción (Red Mercosur, 2011). La acelerada internacionalización de las empresas asiáticas ubicó a Japón, Corea y China entre los principales inversionistas asiáticos en el mundo y en América Latina y el Caribe (CEPAL, 2015a). Esos no solo siguieron diferentes estrategias de inversión sino que además esto tuvo diferentes implicancias en la participación la región en las cadenas de producción.

Japón ha sido la principal fuente de inversiones asiáticas en México. El ingreso de estos flujos a la economía mexicana se produjo por vía indirecta, es decir, a través de la transferencia, por parte de las subsidiarias japonesas establecidas en Estados Unidos, de partes de su producción a México, para beneficiarse de los costos laborales, la infraestructura y la proximidad al mercado norteamericano. Fundamental en este proceso fueron la firma del TLCAN y la consolidación de la liberalización de la inversión extranjera en Japón.

La IED japonesa en México se caracteriza por concentrarse en manufacturas, en los sectores automotriz y electrónico, y su relación con el sector exportador del país. El crecimiento de estas inversiones fue mayor al de cualquier país del mundo. A fines de 2015, había 957 empresas de ese país en México, el 90% de las cuales está relacionada con la industria automotriz. Además de la producción de autopartes, incluyen la logística, mantenimiento y servicios (Oropeza, 2016).

El peso de estos productos en las exportaciones al mercado norteamericano contribuyó al superávit comercial mexicano. Sin embargo, las relaciones intra e interfirmas en que se basan las plantas japonesas en México favorecen las importaciones de insumos intermedios de firmas asiáticas para proveer a las empresas establecidas en México. Por eso, a pesar del aumento de las inversiones y el comercio tras la firma del Acuerdo de Asociación Económica México-Japón, existen asimetrías en términos comerciales (Falck, 2012). De esta forma, si bien la IED japonesa propició la participación mexicana en las cadenas de valor, este se limita a la inserción vía maquiladoras, es decir, el aprovechamiento de la mano de obra, en lugar de hacerlo a partir de la aplicación de conocimientos para incrementar la competitividad.

En lo que respecta a la IED coreana, América Latina ocupa un lugar modesto pero creciente, aunque hasta el año 2011 esta superó a los flujos provenientes de China. Desde 2003 a 2012, Corea destinó 2/3 de sus inversiones a la región a dos economías, Brasil y México (CEPAL, 2015a). Ambas poseen grandes mercados y una amplia clase media, a lo que México añade su integración en las cadenas de valor norteamericanas. También fueron destinos importantes Panamá, Perú, Chile y Colombia. La mayoría de esos flujos de dirigió a la industria manufacturera, principalmente metales, electrónica y automotriz. También invirtió en el sector textil de Centroamérica.

A modo de ejemplo cabe citar la inversión de Hyundai Motors, el cuarto mayor fabricante de vehículos del mundo, en la instalación de plantas de camiones en los Estados de Goiás y Minas Gerais, Brasil, en 2004. El éxito de esa operación, sumada al aumento de las importaciones de vehículos livianos, incentivó a Hyundai, el quinto vendedor de autos en Brasil, a construir una planta de producción en Sao Paulo (CEPAL, 2015a).

México también ha sido un importante destino de los capitales coreanos, país en donde ya se establecieron 1.600 empresas (El Horizonte, 2015). La primera inversión coreana que se destacó en México fue de Goldstar (LG) para fabricación de televisores en 1897. Esta fue seguida por inversiones de Samsung, que estableció una planta en Tijuana; Hyundai, en 1991 y 1993 y Daewoo. En 2006 se sumó la inversión de Pohang Steel Corporation (posco). Como en el caso japonés, la firma de TLCAN cuadruplicó la inversión coreana en México. Esto fue profundizado además con la firma de un Acuerdo para la promoción y protección de la inversión extranjera entre Corea y México (López Aymes y Salas Porras, 2011). De todas formas, un dato a tener en cuenta es que esos capitales no tuvieron como objetivo la producción de tecnología de punta.

Por otra parte, Guatemala es el mayor destino de la inversión coreana en el rubro textil fuera de Asia. Las empresas coreanas, entre ellas Hansae, INT Trading, Sae-A, producen alrededor del 90% de las exportaciones del país, dirigidas principalmente a Estados Unidos (CEPAL, 2015a).

El hecho de que esas inversiones tengan como destino el sector industrial no debe opacar que el intercambio comercial se particulariza por su carácter interindustrial. Esto se debe a que los bienes primarios representan 2/3 de las exportaciones latinoamericanas a Corea y las manufacturas basadas en recursos naturales un 24%. Las primeras consisten en metales (cobre, hierro, plata, plomo y zinc) y productos agrícolas (maíz y soja). Mientras tanto, las importaciones comprenden manufacturas de alto y mediano contenido tecnológico. Más aún, de acuerdo a la CEPAL (2015a), aumentó la especialización de la región en las exportaciones de bienes primarios, ya que hacía 2003 los bienes primarios representaban menos del 50% del total. La excepción son México y Costa Rica, que exportan ciertas manufacturas, como circuitos integrados y vehículos de pasajeros.

A pesar de la importancia de los sectores de manufacturas como destino de la IED japonesa y coreana, ello no posibilita que los países de la región se incorporen a las cadenas de producción en los segmentos de mayor valor agregado. Prueba de ello es el peso que poseen las importaciones de manufacturas asiáticas dentro de los bienes producidos por las empresas de esos países en la región, y su contrapartida, la reprimarización de sus exportaciones.

Esto responde a dos factores. Por un lado, se asocia a las características de las redes japonesas y coreanas, que dependen de una base de suministro a partir de sus afiliadas domésticas en la que el agregado de valor por otros productores es escaso. Ambas redes han tendido a ser cerradas, centralizadas y estructuradas en las relaciones estables y a largo plazo de los chaebol y los keiretsu (Borrus, Ernst y Haggard, 2000).

Por otro, se encuentra la ausencia en la región tanto de una estrategia a largo plazo para ingresar en los mercados asiáticos como de una estrategia industrial que coloque su énfasis en el desarrollo de empresas pequeñas y medianas como proveedoras del sector exportador para reducir la fuerte dependencia de insumos importados por las plantas japonesas y coreanas (Falck, 2012).

Las inversiones chinas exhiben un patrón diferente. Desde el año 2010, China es el tercer inversor en Latinoamérica, después de Estados Unidos y Países Bajos, y concentró sus flujos en sectores primario-extractivos como minería y petróleo. Más puntualmente, entre 2010 y 2013, el 90% sus inversiones se dirigieron a la extracción de recursos naturales, principalmente hidrocarburos y minería (CEPAL, 2015b). No obstante la prioridad otorgada a los sectores extractivos, el peso de los capitales de China también creció en otros rubros: la infraestructura para facilitar el traslado de mercaderías; telecomunicaciones, electricidad y tecnologías ecológicas; banca, etc. El interés por las manufacturas ha sido bajo con excepción de Brasil (CEPAL, 2015b).

Esas operaciones estuvieron encabezadas por empresas estatales y gran parte de ellas se realizó por acuerdos gubernamentales, en especial en América Central y el Caribe. Desde el 2006, las empresas chinas han preferido ingresar a la región a través de compras directas de empresas privadas o joint ventures (Perez Ludueña, 2012). La internacionalización de las empresas chinas fue motivada por el interés en mejorar la imagen de marca de los productos chinos, obtener redes de producción, distribución y desarrollo e investigación y el acceso a recursos naturales. Sin dudas, el último factor ha sido decisivo en sus inversiones en Latinoamérica. Conviene mencionar que pese a que las inversiones coreanas también se orientaron a la búsqueda de recursos, su motivación principal fue la reducción de los costos de producción y el acceso a mercados (Yan et al., 2009).

Otro elemento que condiciona la participación de Latinoamérica en las redes asiáticas es su competencia con otras economías emergentes en la atracción de inversiones (Falk, 2012). Asimismo, las restricciones al ingreso de capitales a los sectores de recursos naturales y servicios dificultan las inversiones de las empresas latinoamericanas en China (Perez Ludueña, 2012).

Conclusión

Este trabajo se interesó por la participación de Corea y los países latinoamericanos en el proceso de integración productiva en Asia. Se pudo comprobar que la constitución de redes de comercio e inversión entre las diferentes economías de la región fue clave para posicionar a la “fábrica Asia” como uno de los ejes del crecimiento económico mundial. Por esa razón, la participación de Corea en este esquema le permitió consolidar su transformación en una economía industrial, basada en la producción de manufacturas con alto contenido tecnológico.

En cambio, vemos que pese a haberse constituido como un destino de preferencia para los acuerdos bilaterales y las inversiones por parte de los países de la región del Asia Pacífico, Latinoamérica tiene dificultades para integrarse a las cadenas de valor global como productora de tecnología de punta. Esto es evidente no solo en las inversiones coreanas en México, donde las compañías locales se limitan, como señalan López Aymes y Salas Porras (2011), a proveer bienes genéricos y de bajo valor como cajas, uniformes y servicios básicos. También en las inversiones de China, a las que además de su concentración en los sectores primario-extractivos, se les ha criticado la falta de transparencia y responsabilidad en las negociaciones que rodean las adquisiciones de empresas, así como la dificultad para adaptarse a un ambiente en el que las demandas de la sociedad civil son realizadas a las empresas (Pérez Ludueña, 2012).

Por último, es de notar que se supone que un factor fundamental en la decisión de internacionalizar el capital o ciertas actividades del proceso productivo es la cercanía geográfica a los factores de producción o los incrementos de productividad que se obtienen de las ventajas de la aglomeración (López Aymes, 2014). No obstante, el hecho de apostar por Latinoamérica claramente no tiene que ver con la cercanía. Reconocer esto es importante para los gobiernos que buscan atraer inversión extranjera e insertarse en las cadenas o redes globales de valor y producción, y es aquí donde Latinoamérica como bloque o cada Estado por separado debería comenzar a replantearse su papel frente a los procesos de integración menos formales y las posibilidades de extraer conocimientos y tecnologías que le permitan otra forma de participación en ellos.

Referencias bibliográficas

Bianchi, Eduardo y Szpak, Carolina (2014). “Cadenas globales de producción: implicancias para el comercio internacional y su gobernanza”. Cátedra FLACSO-OMC, N.º 18.

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  1. Los integrantes iniciales de ASEAN fueron Indonesia, Malasia, Filipinas, Singapur y Tailandia.


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