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9 Tras los fantasmas de Panmunjom

Apuntes para un abordaje sociológico de la Guerra de Corea

Matías Benítez (UNLP-IRI)

Introducción

El 27 de julio se cumplieron 65 años de la firma del armisticio de Panmunjom que establecía el cese al fuego y delimitaba una zona desmilitarizada a lo largo del paralelo 38º (frontera de ambas Coreas) con la pretensión ulterior de alcanzar un acuerdo de paz que nunca se concretó. Si bien el contexto actual en la península de Corea puede conllevar a afirmaciones taxativas con respecto al seguro apuntalamiento de un sendero de pacificación en ciernes no debemos dejar de tener en cuenta el fracaso que han tenido todas las instancias anteriores para lograr esto[1]. En tanto no se cristalicen avances concretos y verificables el conflicto intercoreano (aunque se encuentre en estos momentos en instancias de negociación) sigue abierto. Y por esto mismo consideramos que puede aportar al robustecimiento de las herramientas con las cuales desde las ciencias sociales abordamos los sucesos del presente indagar en los orígenes y desarrollos que tuvo el proceso que terminó de delimitar la división de la península. De esa manera podremos comprender en mayor extensión las causas que le otorgan una gran vigencia al conflicto en Corea, que sobrevivió al final de la Guerra Fría y a la desintegración del bloque socialista. Causas que se remontan a la liberación de Corea del yugo del imperialismo japonés en 1945, y que encuentran su nudo central en la contienda bélica que asoló la península coreana entre 1950 y 1953 (lo que no quiere decir que 1950 sea el principio ni 1953 el fin de la disputa intercoreana) y que dejó como resultado una devastación inmensa y una nación dividida hasta el día de hoy. En este sentido nos proponemos hacer un abordaje de la Guerra de Corea donde la indagación no se centre solamente en el aspecto militar de la conflagración, sino que además repare en el carácter histórico-social del fenómeno bélico. Con esto nos referimos a entender a la guerra como la resultante de procesos de largo plazo en donde se ponen de manifiesto no solamente intereses políticos sino los vínculos existentes entre fuerzas productivas y relaciones sociales (Bonavena, 2010: 298). Esto, desde ya, considerando las especificidades propias de los estudios de sociedades tan distantes (además de geográficamente en términos de su propia cosmovisión) a la nuestra y los desafíos que ello implica. En este sentido Lanare remite a la necesidad de “iniciar un debate en torno a las categorías sociohistóricas que se utilizan en el campo de los estudios coreanos” (2015: 13). De esta manera podremos empezar a superar las limitaciones que se nos presentan para el análisis de los procesos históricos de Corea. Cuestión que no implica solo poseer dominio del idioma coreano sino además contar con una metodología de investigación compuesta por el instrumental idóneo para esta tarea (Velarde, 2015). Entendemos que para ello hay partir de una concepción de realidad en términos de relaciones (Bourdieu y Passeron, 2002) en donde para abocarse a su estudio se debe poner en cuestión no solo el sentido común lego sino también el sentido común científico, es decir, reflexionar sobre las condiciones de producción del conocimiento dando cuenta de la posición del investigador en vistas de no caer en los vicios de la razón teórica. En ese sentido Bourdieu y Passeron aplican el ejercicio de la duda radical en el marco de la vigilancia epistemológica. La misma supone una reflexión constante en donde se subordina

… el uso de técnicas y conceptos a un examen sobre las condiciones y los límites de su validez… [que proscriba] la comodidad de una aplicación automática de procedimientos probados y señale que toda operación, no importa cuán rutinaria y repetida sea, debe repensarse a sí misma y en función del caso particular. (2002: 22).

Es precisamente esta vigilancia epistemológica uno de los puntos nodales que le permite a la sociología presentarse como una ciencia que se encarga de develar lo oculto, es decir las condiciones de reproducción del orden social. Por lo tanto, debe ser crítica de la realidad; una ciencia que incomoda (Bourdieu, 1990). Es con esta pretensión de superar la presentación de acontecimientos históricos como una mera representación lineal de los hechos que realizamos esta ponencia.

Con el fin de hacer más esquemática la exposición esta se dividirá en 3 apartados. En primer lugar, precisaremos nuestro enfoque conceptual que se centrará principalmente en la obra de Clausewitz y de Mao Tse Tung ya que consideramos que son los que han desarrollado las categorías que nos permiten un primer abordaje en clave sociológica de los fenómenos bélicos. A continuación daremos cuenta de los desarrollos en la situación de la península a partir de la liberación del yugo japonés en 1945, la división y conformación de ambos estados en el Norte y el Sur en 1948 (con la injerencia de la URSS y los Estados Unidos, en el contexto de la Guerra Fría que ya estaba en marcha), la ebullición[2] de la guerra en 1950 y la firma del armisticio de 1953. Y por último procederemos a explicar en las conclusiones cuáles fueron las consecuencias de la guerra para los bandos involucrados y qué caracterización más general podemos extraer de este conflicto a partir de las categorías desplegadas.

Clausewitz y Mao: de la guerra nítida a la asimetría difusa

Dice Heráclito que “la paz no es más que una forma, un aspecto de la guerra; la guerra no es más que un aspecto, una forma de la paz” (citado en Bonavena, 2010: 298). Esta dicotomía entre guerra y paz puede pensarse a través de las teorizaciones que se han hecho en torno a la fluctuación de las relaciones sociales en las sociedades industriales. En este marco la obra de Clausewitz se constituyó como una teoría moderna de la guerra en la crítica a las doctrinas militares imperantes durante el absolutismo, que ya resultaban insuficientes para evaluar el choque entre fuerzas beligerantes en el contexto de las nuevas condiciones sociales que surgieron en las Guerras Napoleónicas (1803-1815). Sus planteos estaban dirigidos tanto contra el dogmatismo geométrico de Von Bülow como contra el voluntarismo de Berenhorst a los cuales superó conservando algunos de sus elementos e introduciendo otros novedosos (Bonavena y Nievas, 2015). A diferencia de las perspectivas precedentes, Clausewitz introduce claramente a la guerra en el campo de la existencia social siendo esta “una disputa de intereses superiores que solo se distingue de otras disputas porque se resuelve con el derramamiento de sangre” (2009: 100). En ese sentido, hace una analogía de la misma con el comercio en tanto conflicto de intereses dirimido en la competencia. Y a su vez también la enlaza con la política al plantear que la guerra es “una extensión de la actividad política, una perpetración de la misma por otros medios” (Clausewitz, 2009: 29). Cabe aclarar que Clausewitz en su teoría de la guerra se refiere a las disputas entre estados en donde hay simetría entre los contendientes y una delimitación clara de tiempo y espacio. Es la guerra moderna, burguesa, a lo que aboca su análisis, teniendo en consideración los aspectos materiales y también los morales sin por eso caer en ningún eclecticismo sino definiendo una relación dialéctica entre ellos. Poder integrar estos elementos planteando la necesidad de comprender cuál es el carácter social de las partes beligerantes, así como sus objetivos políticos nos permite, según Clausewitz, explicar cómo se dan los cursos de acción de cada uno de los contendientes. En esto último se concentra el quid por el que podemos considerar a su obra magna De la Guerra como un libro sociológico sobre los fenómenos bélicos. No es tan solo por su contexto de producción situado durante la formación de los estados europeos y la configuración de los valores modernos burgueses engarzados con las transformaciones de los regímenes de propiedad y las relaciones de producción. Es sociológico porque las cuestiones que va a estudiar el libro están referidas a lo que Clausewitz engloba como causas y consecuencias, mitad físicas y mitad morales. En las que además sostiene que “lo físico no es más que un mango de madera, mientras que el metal noble, el arma auténtica, encandiladoramente pulida es lo moral” (2009: 29). De esa manera no solo se posiciona contra el desarrollo de una teoría de la guerra “positiva” al estilo de Von Bülow o Lloyd sino que también remarca cómo las fuerzas morales (junto a la incertidumbre) le otorgan a la guerra su carácter social dotándola de una complejidad que no puede ser meramente cuantificable. Es por eso que Clausewitz aborda los fenómenos bélicos con un análisis en espiral; en donde partiendo de lo simple se irá retomando cada elemento con mayor complejidad. Por lo tanto, partiendo de la forma más elemental de enfrentamiento (el duelo) caracteriza a la guerra como un acto de fuerza para obligar al adversario a aceptar nuestra voluntad (donde se manifiesta la realización del poder); que en sus propias palabras no es ni más ni menos que “un duelo en una escala ampliada” (Clausewitz, 2009: 13). Esta “escala ampliada” tiene una unidad mínima en la guerra que es el encuentro, entendido como enfrentamiento que se ubica en el plano de la táctica (que consiste en la planificación de los encuentros). Un conjunto de encuentros conforma el combate (que es además propiedad de la acción militar), de importancia en la estrategia. Y una sucesión de combates hacen a la guerra, es decir; que los combates son la forma a través de la cual se manifiesta la guerra. Clausewitz va a plantear un modelo trinitario que incluye a los factores esenciales que caracterizan a una guerra. Estos van a ser tres fuerzas morales asociadas a un actor en particular. La pasión (impulso ciego y natural) le corresponde al pueblo; el talento/valor (que refiere a enfrentar el juego de azar y las probabilidades) al jefe militar y a su ejército; y la razón (en tanto intereses estatales donde la guerra queda subordinada a la política) al gobierno o conductor político. Entender cómo estas fuerzas morales y actores se imbrican entre sí es lo que permite desarrollar una estrategia exitosa que se plasmará a lo largo de los combates entendidos como una relación de oposición violenta de un adversario inteligente en donde la desarticulación de la capacidad de combate del oponente constituye un medio para un fin mayor. Otro elemento a tener en cuenta es la fricción que se compone de los aspectos imponderables y relativos al azar que se presentan en el combate, y que obstaculizan el despliegue de la fuerza militar. La fricción consiste entonces en “lo que en el dominio de lo real hace que resulte difícil lo que aparentaba ser fácil… ” (Clausewitz, 2009: 69). Además de este elemento, Clausewitz va a referirse a la relación vital que hay entre ataque y defensa en donde establecerá una superioridad del segundo por sobre el primero. Esto radica en que permite un mayor despliegue de las fuerzas morales en caso de un ataque, ante el cual la defensa marcaría el comienzo de la guerra. Sin defensa no hay guerra. Si esta se desata es porque la acción de ataque se da sobre intereses objetivos del atacado. En este sentido el vínculo entre estos conceptos no es de causación lineal sino relacional.

Ahora bien, partiendo de la matriz contenida en la teoría clásica de la guerra que encontramos en Clausewitz no podemos comprender en su completitud cuáles fueron las transformaciones que tuvo la naturaleza de la guerra luego de la Segunda Guerra Mundial. Para ello nos vamos a valer de los planteos de Mao Tse Tung, que va a plantear su teoría de la guerra considerándola como una relación social (retomando a Clausewitz). En ese sentido va a tomar en cuenta para su formulación la situación real del enemigo, la del terreno y las fuerzas propias. Esto enmarcado en la tradición marxista que aboga por “el análisis concreto de la situación concreta” (Mao, 1972: 2010). Desde esta concepción Mao va a desarrollar cuáles son los problemas de la guerra revolucionaria en China y qué orientación debe llevar adelante el Partido Comunista para elaborar una estrategia adecuada para intervenir en ella. En ese sentido Mao va señalar cuatro características principales de esta guerra. En principio que “China es un vasto país semicolonial con un desarrollo político y económico desigual que ha pasado por la revolución de 1924-1927” (Mao, 1972: 211). Esto se expresa en una estructura económico-social semifeudal en donde el control del territorio es lagunar, es decir que el gobierno central no tiene un control total del país. Cuestión que es observable por la división de la clase dirigente que se encuentra asociada a la dominación semicolonial por parte de varias potencias imperialistas. Ademásen este tipo de régimen social semifeudal el carácter extraeconómico de la extracción del excedente hace a la dominación enteramente perceptible, lo que puede cimentar el descontento de las masas hacia el gobierno que las somete. Aspecto que se acopla a la movilidad de las fuerzas del Ejército Rojo que se ve facilitada por el territorio lagunar; generando así condiciones de posibilidad para expandir sus bases de apoyo. Asimismo, la revolución fallida de 1924-1927 permitió a pesar de la derrota que se formen y consoliden dirigentes y militantes componentes del sujeto revolucionario. También posibilitó que el Ejército Rojo acumule más experiencia en combate, así como también por parte del Partido Comunista en lo que refiere a su intervención orientada a lograr la dirección política de las masas. La segunda característica es que el enemigo es grande y poderoso. Esto se ve en que el Kuomintang cuenta con armamento moderno y apoyo externo. La tercera característica es que el Ejército Rojo es pequeño y débil. Este se compone de fuerzas guerrilleras mal equipadas y con problemas de abastecimiento (en agudo contraste respecto del Ejército Blanco). Y la cuarta característica refiere a la unidad en la conducción política del Partido Comunista que puede granjearse el apoyo de los campesinos que salen al combate por sus propios intereses en apoyo del programa de la revolución agraria. Esto implica una superioridad moral en el bando revolucionario y una debilidad en el Kuomintang que se opone a la revolución agraria, no pudiendo contar en consecuencia con el apoyo de los campesinos.

A partir de este diagnóstico en donde se hace un análisis riguroso de las correlaciones de fuerza se impone como orientación estratégica la guerra prolongada, con la guerra de guerrillas como método. En este sentido podemos considerar a Mao como el primero que desarrolla una teoría que, considerando las especificidades de China, tiene en su centro un tipo de guerra en la que hay una diferencia “como del cielo a la tierra” (Mao, 1972: 213) entre las partes beligerantes. Esta guerra civil revolucionaria sobre la que Mao teoriza es una guerra intraestatal, y es a su vez una guerra asimétrica que se caracteriza por la existencia de una disparidad inicial entre los bandos en pugna. En ella las fuerzas irregulares (guerrillas) se enfrentan a las fuerzas estatales regulares. Es esto lo que hace que la guerra que sostiene el Ejército Rojo “sea forzosamente distinta, en muchos aspectos, a la guerra en general, a la guerra civil en la Unión Soviética y a la Expedición al Norte” (ibid). En la estrategia de la guerra prolongada ni el frente ni la duración de la guerra están claramente delimitados, por lo que se la puede considerar una “guerra sin tiempo”. Lo que a su vez se complementa en el nivel táctico con las campañas de decisión rápida en donde el principio activo se invierte buscando la mayor rapidez en el desarrollo de las operaciones. Va a ser clave para entender esto el concepto de defensa estratégica bajo el cual se abarca el período de la Larga Marcha (1934-1935), consecuencia de la Quinta Campaña de cerco y aniquilamiento que diezmó casi en su totalidad al Ejército Rojo. Ante el fracaso de la contra campaña el Ejército Rojo tuvo que emprender una retirada estratégica buscando espacios más favorables en las líneas interiores para concentrar sus fuerzas. Desde ese momento se comienza a preparar la contraofensiva que tiene como objetivo invertir la relación estratégica de disparidad.

Por lo anterior sostenemos que Mao es un teórico de la asimetría porque su norte no residía tan solo en buscar cómo resistir los embates de un ejército regular en un contexto desfavorable, sino que además se preocupó en hallar la manera en la que se pudieran construir condiciones para ganar y seguir dando batalla en esa situación. Es notoria la similitud de esta estrategia con la de resistencia anti japonesa de la guerrilla coreana tanto en Manchuria (donde se destacaba el liderazgo de Kim Il-sung) como en el sur campesino luego de la liberación. Esto se explica si tenemos en cuenta la participación de entre 75.000 y 100.000 combatientes coreanos en la guerra revolucionaria en China, que retornaron a Corea entre 1949 y 1950 (Cumings, 2004: 270). La misma estrategia se replicaría en varios momentos de la guerra en donde el método de combate no sería el de la confrontación directa con tropas numerosas sino el asalto sorpresivo con unidades de pocos combatientes (Cumings, 2004: 300). En relación a lo anterior, Nievas (2004) propone caracterizar a este modelo consolidado en la segunda posguerra como guerra difusa ya que la clara asimetría tecnológica y de capacidad destructiva impide al ejército en desventaja a adoptar las formas clásicas de hacer la guerra. A su vez esta forma de combate desarticula y paraliza las fuerzas militares regulares que no están capacitadas para operar en contextos de combates episódicos e irregulares en un territorio que les es hostil, lo que invalida en parte el sofisticado aparato militar para este tipo de conflictos. Finalmente, dado el planteo estratégico esta guerra difusa se trata además de una “guerra integral” en donde “los milicianos se encuentran integrados a la población, lo que refuerza el cambio morfológico de la beligerancia-combate urbano, ataque a civiles, moral asimétrica, etc.” (Nievas, 2004: 97). A continuación ensayaremos la pertinencia de este apartado conceptual para adentrarnos a un abordaje de la guerra de Corea que no se circunscriba meramente al período 1950-1953, sino que nos permita tener una mirada más global de las causas y consecuencias de los desarrollos que tuvo esta guerra civil.

De la guerra civil fragmentada a la guerra civil caliente (1945-1953)

Con el fin de la Segunda Guerra Mundial se comenzó a configurar un nuevo orden mundial signado por el carácter bipolar del equilibrio internacional de poder. Precisamente la “Guerra Fría” fue la disputa que se dio entre las dos superpotencias resultantes de la guerra (Estados Unidos y la Unión Soviética) para alterar ese equilibrio internacional de poder a su favor, pero sin recurrir a una confrontación directa (Garza Elizondo, 1980: 194). Debemos tener en consideración los orígenes de la Guerra de Corea, que transcurren en el marco de este enfrentamiento, en el sentido de que la península coreana fue otro de los campos de batalla donde esta lucha por la supremacía se dio lugar (lo que no desestima las causas internas, pero sí las condiciona).

El 15 de agosto de 1945 se produce la capitulación de Japón, cuyas consecuencias inmediatas fueron la emancipación de Corea y que se cree un vacío de poder en una zona geopolíticamente crítica (Aymes, 2009: 122). Esto ocasionó que se produjera un retorno al país de los grupos nacionalistas y comunistas que habían estado organizándose en el exilio (ya sea cabildeando en los Estados Unidos o integrando la resistencia anti japonesa en Manchuria).

Una semana antes, el 8 de agosto, la Unión Soviética le declara la guerra a Japón y al día siguiente traspasa la frontera con Corea ocupando el norte. El 12 de agosto el gobierno de Estados Unidos le propuso a Moscú que la península se dividiera en dos áreas de influencia delimitadas a partir del paralelo 38º. El norte quedaría para la Unión Soviética y el sur para Estados Unidos. Stalin aceptó el acuerdo e instruyó a sus tropas para que no avanzaran más que lo indicado sellando la frontera e impidiendo el paso de correo, mercancías, recursos energéticos y hasta electricidad del norte hacia el sur (Cumings, 1990). Por su parte Estados Unidos desembarcó en Inchon el 8 de septiembre. En este marco se creó la Comisión Conjunta Estados Unidos-URSS, cuyo propósito consistía en coordinar las negociaciones para el establecimiento de un gobierno provisional. Como es evidente, la línea de demarcación artificial impuesta por el pacto de las superpotencias careció de cualquier tipo de fundamentación económica, histórica o social.

A la conflictividad política que empezaba a darse por las confrontaciones entre comunistas y nacionalistas (cada bando apoyado para la URSS y Estados Unidos respectivamente) debía agregársele que

… la división del territorio a lo largo del paralelo 38 separó la zona de la industria liviana y la agricultura, ubicadas en el sur, de la zona de la industria pesada establecida en el norte. Por añadidura, la falta de técnicos coreanos hacía a veces imposible el funcionamiento regular de las industrias fabriles en el sur. (Ki-Baik, 1984: 393).

En el entramado productivo legado de la dominación japonesa el norte y el sur de Corea eran complementarios entre sí, por lo que la división no era aceptable para la vida diaria de los coreanos. Esta división sumada al régimen de tutela impuesto fue algo en principio repudiado tanto por la izquierda como la derecha coreana ya que lo asociaban al régimen de protectorado utilizado por Japón en 1905 que devino en la anexión de 1910. Posteriormente la izquierda terminaría apoyando a Moscú, que organizaría el gobierno del norte a través de la estructura del Partido Comunista y del Comité Interino del Pueblo como brazo operador del gobierno provisional. Por su parte Estados Unidos establecería un gobierno militar de ocupación, conocido como Gobierno militar del Ejército de los Estados Unidos en Corea (USAMGIK, por sus siglas en inglés) (Cumings, 2004). El mismo se apoyaría en gran parte de la estructura del gobierno colonial manteniendo en sus cargos a los coreanos colaboracionistas, entre ellos a los miembros de la nefasta Policía Nacional que junto a grupos de ultraderecha se encargaron de reprimir sistemáticamente cualquier protesta o movimiento que reclame por la democratización o la reforma agraria (como se dio con las protestas campesinas de 1945-1946) (Pinilla, 2001). En el Norte se dio lo contrario, hubo una extensa purga de colaboracionistas, se nacionalizaron todas las industrias importantes y se hizo una reforma agraria (en marzo de 1946). A diferencia del Sur donde el gobierno de ocupación estadounidense dependió fuertemente de los antiguos colaboradores, en el norte “hubo un corte decisivo e inmediato con el pasado colonial” (Halliday, 1978: 272).

En agosto de 1947 la comisión conjunta Estados Unidos-URSS se disuelve tras el fracaso de formar un solo gobierno general interino para toda la península. En consecuencia, Estados Unidos (a pesar de la protesta soviética) lleva el caso a la Asamblea General de la ONU, creándose la Comisión Temporal de la Naciones Unidas para Corea (UNTOK) que “se encargaría de organizar y supervisar elecciones para elegir representantes de toda la península y establecer la primera Asamblea Nacional” (Aymes, 2009: 129). A pesar de la oposición de Moscú en el sur las elecciones se celebraron dando como resultado la victoria de Syngman Rhee y la proclamación de la República de Corea el 15 de agosto de 1948. Corea del Norte organizó sus propias elecciones el 25 de agosto de 1948, proclamando el 9 de septiembre de ese mismo año la República Popular Democrática de Corea, liderada por Kim Il-sung y apoyada por la Unión Soviética. Ambos gobiernos se autoproclamaron como la representación legítima de la nación coreana, aunque la ONU le dio su reconocimiento a la República de Corea. Esto profundizaría aún más la división causada por el “establecimiento de sistemas políticos, económicos y sociales francamente antagónicos” (Aymes, 2009: 130).

En cuanto a la caracterización de las dos principales figuras enfrentadas (Syngman Rhee y Kim il Sung) Bruce Cumings nos dice:

En el lapso de unos pocos meses Kim Il-sung y Syngman Rhee pasaron a ser las figuras políticas dominantes en las dos zonas. Rhee era un septuagenario que había vivido en los Estados Unidos casi por cuatro décadas, casado con una austríaca, y graduado con un Doctorado en Princeton; patriota bien conocido por haber dedicado su vida a la independencia coreana, era además un hombre voluntarioso de legendaria obstinación y fuertes convicciones anticomunistas. Kim Il-sung […] había iniciado una resistencia armada en la región de la frontera chino-coreana, poco después de que Japón estableciera el estado títere de Manchukuo en 1932 […]. Kim tenía treinta y tres años cuando regresó a Corea, y representaba a la generación más joven de nacionalistas revolucionarios, cargados de desprecio por los fracasos de sus padres y determinados a forjar una Corea que pudiera resistir a la dominación extranjera al tiempo que, de manera oportunista, se aliaban con las fuerzas soviéticas. Aunque ambos líderes contaban con el apoyo de su respectiva superpotencia, no eran personas fácilmente maleables, ni mucho menos unas marionetas. (2004: 216).

Ambos intentarían desde 1948 (y hasta el estallido de la guerra) consolidar la base de su poder. En cuanto a Kim, fortaleció los mecanismos de la economía centralizada (robusteciendo las reformas aplicadas años antes), y al Ejército Popular Coreano que sería la base militar del régimen. Además, se encargaría de reprimir a los opositores y a cualquier fuente alterna de poder. Esto último también lo haría Rhee Syngman imponiendo un gobierno autoritario donde reinaba la corrupción (Aymes, 2009: 132). El gobierno del sur aplastaría a los comités populares durante la ocupación japonesa y reprimiría incesantemente a las guerrillas campesinas que estaban expandiéndose por el Sur con el asesoramiento de mandos del ejército estadounidense para combatir la insurgencia. Estas guerrillas presentes especialmente en Cholla del Sur, Kyongsang y la Isla de Cheju estaban pobremente organizadas y contaba con muy poca ayuda de Corea del Norte. “La guerrilla era incapaz de controlar varios pueblos al mismo tiempo o de crear zonas protegidas fuera del territorio montañoso, como no fuera en la áreas más remotas y despobladas” (Cumings, 2004: 273).

Durante 1949 el gobierno de Rhee emprendería una ofensiva generalizada contra los grupos guerrilleros a la par que lanzaría incursiones militares sobre el paralelo 38, fomentando los combates fronterizos. Para este momento el grueso de los ejércitos soviéticos y estadounidenses ya se habían retirado de la península. A la par de que las escaramuzas iban in crescendo se producen una serie de acontecimientos que afectarían el balance de poder en la región. En primer lugar, se da el triunfo de la Revolución China, lo que le garantizaría a Kim un aliado en sus pretensiones de reunificar el país por la vía militar. Esto a su vez implicó que terminaran de regresar las unidades coreanas que había combatido en China (entre 75.000 y 100.000 soldados). En segundo lugar, que la Unión Soviética ya tenía acceso a armas nucleares (por lo que esta cuestión ya no era monopolio exclusivo de Estados Unidos). Y tercero, ya a principios de 1950 Dean Acheson, Secretario de Estado norteamericano, da un discurso donde sostiene que Corea no está dentro del perímetro defensivo de Estados Unidos en el Pacífico. No estarían incluidos Corea ni Taiwán, como efectivamente evidenciaba el retiro de posiciones estadounidenses en la región del Noreste de Asia.

Por todas estas cuestiones los norcoreanos y los soviéticos consideraron que había condiciones favorables para continuar con sus planes de acción militar en la península (Aymes, 2009: 136). Stalin, que inicialmente prefería el mantenimiento del statu quo finalmente aprueba la iniciativa de invasión. En estos meses previos a 1950 podría fecharse el origen de la “guerra civil caliente” (Cumings, 2004: 266) cuando las tropas soviéticas se retiran y las estadounidenses también se disponían a hacerlo.

Mientras tanto en mayo de 1950 se celebran elecciones en la Asamblea Nacional de Corea del Sur, cuyo resultado fue una derrota desastrosa para régimen de Rhee. En consecuencia, la Asamblea quedó con una fuerte representación de centristas e izquierdistas moderados de los cuales gran parte deseaba la unificación con el norte (Cumings, 2004: 287). Esto hace que las pretensiones belicistas de Rhee se radicalicen, cuestión que le remarcó al exigirle a Dulles (asesor del presidente Truman) una defensa directa estadounidense durante su visita a Seúl.

Transcurrido un período de guerra de guerrillas y más de 9 meses de enfrentamientos en la frontera que en total se calcula causaron más de 100.000 muertos se daría lugar la contienda definitiva de los dos bandos de la guerra civil coreana. La madrugada del 25 de junio de 1950 las tropas norcoreanas traspasaron el paralelo 38 con una operación militar a gran escala avanzando rápidamente a través del Sur. En solo tres días ya habían tomado Seúl, y a las pocas semanas ya habían tomado más del 90% del territorio nacional.

En ese marco el 7 de julio el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, con ausencia de la Unión Soviética (miembro permanente con capacidad de veto), aprobó la creación de una coalición bajo mando estadounidense para combatir la ofensiva norcoreana con el general MacArthur a la cabeza (Muñoz, 2015: 8). Al momento de la ofensiva del Comando de Naciones Unidas, luego del desembarco en Inchon, el 15 de septiembre de 1950 las fuerzas norcoreanas empezaron a retroceder, terminando casi a la vera del Río Yalu en la frontera con China. Un mes después, el 16 de octubre, las tropas de voluntarios chinos comenzarían una ofensiva que haría retroceder a las tropas de la coalición. En este contexto “Los estadounidenses sintieron por primera vez la combinación del ataque frontal y de la guerra de guerrillas…” (Cumings, 2004: 300). Después de que los voluntarios chinos entraron en la guerra, Kim Il-sung quería que estas fuerzas estuvieran bajo su mando directo, pero los soviéticos y los chinos lo rechazaron. Las fuerzas aliadas chino-norcoreanas fueron lideradas por el comandante Peng Dehuai, lo que Kim tomaría como un desaire contra la soberanía de Corea del Norte (Cumings, 1990). Independientemente de las rispideces surgidas, las fuerzas combinadas del Ejército Popular Coreano y Los Voluntarios Chinos hicieron retroceder con inmediata eficacia la marea enemiga. El contraataque chino-norcoreano de noviembre-diciembre de 1950 obligó a las fuerzas de la ONU a retornar al sur del paralelo 38 una vez más, recapturando Seúl a fines de diciembre. Esta situación desataría una gran crisis política en Estados Unidos que iría erosionando el consenso en torno al apoyo a la guerra y le valdría una creciente impopularidad al gobierno de Truman (Rockoff, 2012: 255).

Aunque esta ofensiva chino-norcoreana llegó a sus límites en enero de 1951, cuando las fuerzas de la ONU cesaron de retroceder. Para mediados de 1951 las dos partes habían llegado a un punto muerto en el centro de la península. Durante dos años, desde julio de 1951 hasta julio de 1953, los dos ejércitos de la coalición se involucraron en una guerra de posiciones a lo largo de este cambiante frente central, mientras simultáneamente intentaban establecer un acuerdo de alto el fuego. Esta “negociación mientras se lucha” (Armstrong, 2013: 46) que tuvo como demandas centrales aquellas vinculadas a cuestiones en torno a la repatriación de prisioneros de guerra, no logró mucho más que propiciar una mayor destrucción. Sin embargo, la destrucción permaneció confinada a la península de Corea, aunque en varios puntos podría haberse propagado fácilmente a China o incluso desencadenar un conflicto mundial entre los Estados Unidos y la Unión Soviética.

En cuanto a esto último MacArthur, como es bien sabido, quería un permiso para atacar la parte continental de China que solicitó en diciembre de 1950 y le fue rechazado (Cumings, 2015). No creía que los soviéticos respondieran, e incluso sugirió que el uso de armas atómicas en Manchuria bloquearía los refuerzos chinos. Pero Truman era más moderado que MacArthur y también más sensible a las preocupaciones de los aliados europeos de Estados Unidos, que temían profundamente un contraataque soviético contra Europa si la guerra se expandía en el Este de Asia. En consecuencia, MacArthur fue destituido de su mando el 11 de abril, reemplazado por el general Matthew B. Ridgeway, y en unas pocas semanas los estadounidenses comenzaron conversaciones secretas con los soviéticos y los chinos sobre un final negociado de la guerra. La autolimitación que implicó la no utilización de armas nucleares contra Corea del Norte y China

… no respondió a causas humanitarias sino a problemas geopolíticos. En el marco del acuerdo de Yalta, utilizar armas nucleares implicaba desatar una escalada atómica de fines presuntamente catastróficos para la humanidad, y en particular para las potencias contendientes. (Nievas, 2004: 65).

Luego de la intervención de los voluntarios chinos, los norcoreanos esperaban una victoria rápida y total, ya que Kim Il-sung instó a Peng a que en vez de reagrupar a sus tropas continúe persiguiendo a los estadounidenses hasta que se retiraran de la península. Al final, el enfoque más prudente de Peng, respaldado por los soviéticos y por los chinos, terminó siendo aceptado a regañadientes por el liderazgo de Corea del Norte. Como lo vieron los norcoreanos, la falta de insistencia de China para presionar con su ventaja contra los estadounidenses a principios de 1951 les pudo haber costado la liberación total de Corea. Aunque China y la URSS salvaron a la RPDC de la destrucción, su asistencia no fue suficiente para que Pyongyang unificara permanentemente el país, el objetivo por el cual los norcoreanos se habían lanzado a la guerra en primer lugar.

Los soviéticos, por su parte, no intervinieron directamente para evitar un enfrentamiento con los Estados Unidos, incluso si eso conllevaba una profunda decepción para sus aliados coreanos y chinos. Aunque los soviéticos sí proporcionaron equipo y apoyo aéreo, ni los Voluntarios Chinos ni el EPC obtuvieron el apoyo del Ejército Soviético que habían esperado, y por lo tanto la “victoria total” se les terminó escapando. Pudo haber servido al propósito de Stalin de mantener prolongado el conflicto coreano, asegurando que China (y Corea del Norte) seguirían siendo débiles y dependientes. Pero si este era el plan de Stalin, la parsimonia soviética no evitó que surgiera una enconada separación sino-soviética pocos años después del final de la guerra (Anderson, 2011), y probablemente hizo mucho para alentarla. La influencia china se mantuvo fuerte en Corea del Norte después de la guerra, en parte debido a los miles de soldados que participaron en la reconstrucción de posguerra y permanecieron en Corea del Norte hasta 1958 (Armstrong, 2005). Aunque no sin sus propias tensiones, la cooperación entre China y Corea del Norte en la guerra cimentó un vínculo mucho más profundo que los correctos pero distantes lazos que tuvo la RPDC con la URSS.

Finalmente, luego de dos años de estancamiento en los combates, el 27 de julio de 1953, Corea del Norte, China y el Comando de la ONU firman en Panmunjom un armisticio que puso fin a la guerra. El armisticio amplió la línea de alto el fuego en ambos lados del paralelo 38 a una distancia de cuatro kilómetros conformando la zona desmilitarizada (que es paradójicamente el área más fortificada del planeta). El planteo original consistía en que la solución en torno a la reunificación se daría durante el año posterior a la firma del armisticio. Pero la conferencia de Ginebra llevada a cabo para discutir ese entre otros temas (como la Guerra en Indochina) fracasó y la división de la península se convirtió en el statu quo que aún hoy perdura.

Conclusión

El apoyo de la URSS a Kim Il-sung y de los Estados Unidos a Syngman Rhee en sus respectivas áreas de influencia conllevó a una escalada de las tensiones en la península que desembocaron en una contienda bélica (1950-1953) a la que se puso “en pausa” con la firma de un armisticio. Es decir que actualmente ambas Coreas se mantienen aún en un estado técnico de guerra. Esta tragedia tuvo además de un gran costo material –tanto el Norte como el Sur quedaron literalmente hechos una “pila de ruinas” (Szalontai, 2009: 12)– un saldo de vidas humanas perdidas o heridas lisa y llanamente terrible. Al respecto de esto se refiere Aymes:

Aunque las cifras varían de acuerdo con la fuente, las estimaciones más verosímiles arrojan unos dos millones de coreanos muertos, entre soldados y civiles del Norte y del Sur. Cerca de 30.000 soldados estadounidenses murieron, más de 75.000 fueron heridos y hubo más de 10.000 desaparecidos o capturados. Asimismo unos 900.000 chinos cayeron en combate. (2009: 143).

Podemos afirmar entonces que esta “guerra limitada” fue para los coreanos una guerra total (Cumings, 2004). Los recursos humanos y materiales de Corea del Norte y del Sur se usaron al máximo. La destrucción física y la pérdida de vidas en ambos lados fue casi incomprensible, pero el Norte sufrió el mayor daño debido al bombardeo de saturación estadounidense y la política de tierra arrasada de las fuerzas de la ONU en retirada (Armstrong, 2013: 48; Szalontai, 2009). La Fuerza Aérea de Estados Unidos estimó que la destrucción de Corea del Norte fue proporcionalmente mayor que la de Japón en la Segunda Guerra Mundial. Los aviones estadounidenses arrojaron 635,000 toneladas de bombas sobre Corea, en comparación con las 503,000 en todo el teatro de operaciones del Pacífico durante la Segunda Guerra Mundial, incluidas 32,557 toneladas de napalm (Cumings, 2015; Armstrong, 2013). El número de muertos, heridos o desaparecidos en Corea al final de la guerra se acercó a 3 millones, el 10 por ciento de la población total. La mayoría de los asesinados estaban en el norte, con la mitad de la población del sur; aunque la RPDC no tiene cifras oficiales, posiblemente del 12 al 15 por ciento de la población murió en la guerra, una cifra cercana o superior a la proporción de ciudadanos soviéticos muertos en la Segunda Guerra Mundial. Irónicamente, la “Guerra de Liberación de la Patria” de Corea del Norte se parecía a la “Gran Guerra Patriótica” de la Unión Soviética en su devastador efecto en el país, y ni siquiera terminó en victoria, exactamente el resultado que Kim y Stalin habían querido evitar cuando planearon el ataque del 25 de junio de 1950. En este sentido coincidimos con el planteo de Cumings de que la guerra fue la culminación de combates iniciados con anterioridad en donde la responsabilidad recae tanto en Rhee como en Kim Il-sung. Aunque el historiador estadounidense aclara que a Kim le corresponde la grave responsabilidad de haber “elevado el conflicto civil en Corea a la escala de una guerra generalizada, que tuvo consecuencias previstas y consecuencias que nadie podía haber previsto jamás” (Cumings, 2004: 293). A su vez también destacamos las formas en que se llevó adelante el combate por parte de los norcoreanos, ya sea de manera convencional y mediante el uso de la guerra de guerrillas. Fue la Guerra de Corea en este sentido una guerra popular, entendida no solo una seguidilla de escaramuzas militares, sino “una guerra política por los comités populares y la reforma agraria. Dicho en otros términos, esta fue también una guerra popular que, como la siguiente guerra popular de Vietnam, generó una respuesta espantosa por parte de los Estados Unidos” (Cumings, 2004: 302).

Así como podemos afirmar que el armisticio dejó trunco el desenlace de la guerra civil coreana, como solución a una guerra internacional en gran escala cumplió su cometido. Para los Estados Unidos, China y la Unión Soviética, el final inconcluso de la guerra fue un compromiso manejable, aunque insatisfactorio. Finalmente, los intentos de Corea del Norte y del Sur para unificar la península por la fuerza habían fracasado haciendo ver a la guerra luego de la firma del armisticio como una “tragedia sin sentido” (Armstrong, 2013: 51). Después de más de tres años de una gigantesca destrucción física y pérdida de vidas, la Guerra de Corea terminó más o menos donde comenzó, con la península dividida entre dos estados mutuamente hostiles, cada uno afirmando ser el gobierno legítimo de toda Corea. Lejos de resolver la división de Corea, la guerra la hizo devenir en la división nacional más compleja del siglo XX. En nuestra opinión es una tarea que le puede caber a la Sociología de la Guerra ofrecer herramientas conceptuales que permitan desentrañar los orígenes de esa complejidad y así develar algunos de sus puntos nodales. De esa manera podremos comprender con mayor precisión los procesos que se dieron a ambos lados del paralelo 38 y que consolidaron la división.

Referencias bibliográficas

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  1. Un breve repaso de estos intentos frustrados pueden verse en “All the Times North Korea promised to denuclearize”, Wired. Disponible en https://bit.ly/2MnMB2j.
  2. Vale aclarar que nuestra postura plantea que la guerra empezó antes de 1950, lo que igualmente no censura la pertinencia de tomar como recorte para su análisis el período 1950-1953.


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