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28 Boxeo y nacionalismo

Las peleas por el título mundial entre coreanos y argentinos
y las visiones sobre Corea

Francisco Antonio Tita (UNC)

Marco teórico

Para el sociólogo francés Jean M. Brohm “el deporte nunca ha sido objeto de estudios profundos y sistemáticos a la luz de las ciencias humanas modernas […] es el pariente pobre de la investigación científica” (Brohm, 1993: 49). Sin embargo, en la actualidad esta tendencia se está revirtiendo siendo el deporte una fuente clave de datos para conocer una sociedad en un período histórico determinado, para el autor, desde una posición crítica, el deporte es un medio de gobierno y de presión sobre la opinión pública para influenciar ideológicamente a las poblaciones (sobre todo a la juventud), tanto en países totalitarios como democráticos. En especial, los deportes de combate son una valorización ideológica de los esfuerzos mediante el ascetismo, el entrenamiento y el auto-sacrificio, fundado en la gestión de impulsos sexuales agresivos que llevan por otro lado a una forma de apaciguamiento e integración social para reducir la violencia, permitiendo una confusa fraternidad mistificada; que por el otro extremo, en el plano material se ha convertido en un sector de acumulación de capital, siendo hoy el escaparate más espectacular de la sociedad globalizada para la publicidad de productos básicos de consumo. Del autor Michel Billig tomaremos la idea central de su libro Nacionalismo banal entendido como

… hábitos ideológicos que permiten que las naciones establecidas de Occidente se reproduzcan. […] A diario, la nación es indicada, o marcada, en las vidas de sus ciudadanos. El nacionalismo, lejos de ser un estado de ánimo intermitente en naciones establecidas, es la condición endémica. (Billig, 1995: 6).

Este autor británico también afirma que el término banal no significa que este tipo de nacionalismo sea inocuo, por el contrario, produce una reserva de apego emocional al Estado que puede ser movilizado y manipulado “sin necesidad de prolongadas campañas de preparación política” (Billig, 1995: 7). Las personas que viven en países desarrollados suelen entender al nacionalismo como un problema del mundo en desarrollo, pero él rebate esta opinión poniendo como ejemplo el caso de la guerra de 1982, donde, sostiene, el nacionalismo banal permitió que el gobierno británico de Margaret Thatcher respondiera rápidamente, y casi sin oposición a la recuperación de las Islas Malvinas por parte de Argentina (Billig, 1995: 1-5). El orgullo del compatriota es otro concepto que Billig perfila en su libro, como una idea abstracta:

… si un ciudadano de la patria corre más rápido o salta más alto que los extranjeros siento placer. Por qué, no lo sé. […] Los partidos internacionales parecen mucho más importantes que los domésticos: hay una emoción extra en la competición, con algo indefinible en juego. (Billig, 1995: 193).

Por último, para diferenciar los nacionalismos occidentales y orientales tomaremos del sociólogo británico Anthony Smith el término de “identidad nacional”, que en Occidente se entiende

… al margen de otras posibles connotaciones, tiene un cierto matiz de comunidad política… que… a su vez, supone al menos ciertas instituciones comunes y la existencia de un solo código de derechos y deberes para todos los miembros de la comunidad. También supone un espacio social definido, un territorio suficientemente bien delimitado y demarcado, con el que se identifican sus miembros y al que sienten que pertenecen. (Smith, 1997: 8).

Para los orientales una denominación adecuada de identidad partiría de una concepción étnica de la nación, caracterizada

… esencialmente porque destaca la importancia de la comunidad de nacimiento y la cultura nativa. Mientras que el concepto occidental establecía que un individuo tenía que ser de alguna nación pero podía elegir a cuál pertenecer, el concepto no occidental o étnico no permitía tal libertad. Tanto si alguien permanecía en su comunidad como si emigraba a otra seguía siendo ineludible y orgánicamente miembro de la comunidad en la que nació y llevaba su sello para siempre. Es decir, una nación era ante todo una comunidad de linaje común. (Smith, 1997: 10).

Para resumir, se pueden enumerar las

… principales características de la identidad nacional: a) un territorio histórico, o patria; b) recuerdos históricos y mitos colectivos; c) una cultura de masas pública y común para todos; d) derechos y deberes legales iguales para todos los miembros y f) una economía unificada que permite la movilidad territorial de los miembros. (Smith, 1997: 12).

Boxeo, política y sociedad industrial

Siguiendo a Meynaud en su libro El deporte y la política (1972: 132 y ss.), existieron tres móviles que explican la intervención de los Estados en los ámbitos deportivos:

  1. La necesidad de garantizar el orden público durante la realización de manifestaciones o espectáculos deportivos, ya sea por los problemas de movilidad urbana que surgen por el desarrollo puntual de la actividad deportiva, previniendo o reprimiendo los comportamientos agresivos del público que puedan llevar a situaciones de violencia social.
  2. El deseo de mejorar la condición física de la población, ya sea para el bienestar físico en la preparación individual, el entrenamiento de los miembros de las fuerzas militares y la buena salud de la fuerza productiva para el mayor rendimiento y productividad laboral.
  3. La afirmación del prestigio nacional de los Estados y sus gobiernos, interpretando que la obtención de victorias deportivas en contiendas internacionales son signos del desarrollo socioeconómico de los países.

El deporte boxístico no escapó a estos tres móviles y fueron los nacionalismos europeos extremos los que vieron primero su potencial político para movilizar a las masas. “Para el régimen fascista, los éxitos deportivos eran la muestra evidente del nacimiento del nuevo tipo de italiano: orgulloso, atlético, en forma, competitivo y moderno” (Lozano, 2012: 278). Por eso Mussolini utilizó la fama del boxeador Primo Carnera, campeón mundial de peso pesados en 1933, como ídolo popular, lo mismo hizo el nacional-socialismo alemán con la figura de Max Schmeling; Hitler, que tenía como deporte favorito el boxeo, escribía en su libro:

La escuela, en el Estado racista, deberá dedicar a la educación física infinitamente más tiempo… en particular, no puede prescindirse de un deporte que… ante los ojos de muchos… es rudo e indigno: el pugilato… No existe deporte alguno que fomente como este el espíritu de ataque y la facultad de rápida decisión. (Hitler, 1995: 301).

Pero, tanto en los Estados democráticos como en los totalitarios, la lógica empresario-industrial fue imponiendo valores tales como productividad, competitividad, trabajo en conjunto y la dedicación exclusiva, que tuvo su correlato en el deporte centrado ahora en la competencia permanente, la búsqueda de la eficacia, el espíritu de sacrificio y de lucha, la disciplina, el rendimiento mediante el establecimiento de record, el culto al éxito, etc., en coherencia con las nuevas formas de entender las relaciones sociales y económicas, contribuyendo a que los individuos asuman de manera acrítica sus principios y valores hegemónicos, como característicos de un orden natural que fundamenta la existencia social en base a la selección y clasificación de los mejores como medio de situar a cada persona en el lugar que le corresponde en cada momento según su aptitud y la cuantificación de los resultados evaluando riegos y ganancias.

Para producir entonces la figura del “héroe deportivo” en el imaginario del nacionalismo en un país deben darse simultáneamente cuatro dimensiones: a) Arraigo popular de ese deporte con una afición numerosa dispuesta a sostenerlo; b) El Estado como estructura ideológica-burocrática-administrativa que institucionaliza las prácticas deportivas en su proyecto de nación construyendo escenarios simbólicos; c) Empresas privadas con inversiones directas en los espectáculos deportivos y d) Medios de comunicación que trasmiten los eventos y noticias del ámbito deportivo (Moreno, 2015: 265 a 266).

Por lo tanto, “cuanto más central es un deporte, dentro de un universo cultural, tanto más probable es que en una competencia internacional sus efectos de identidad sean capturados por las oposiciones ideológicas del nacionalismo” (Novaro, 2006: 162 y 163). Estas cuatro dimensiones están presentes en el boxeo de Corea y Argentina y su centralidad cultural lo posicionó para ser tomado como un aporte a los ideales y prácticas nacionalistas.

El boxeo en Corea del Sur y Argentina

El deporte del boxeo fue introducido en los dos países por la influencia británica a finales del siglo XIX y luego se organizó bajo la órbita de los Estados Unidos en el siglo XX por medio de las distintas asociaciones o federaciones mundiales. Por otro lado, es importante la participación en las Olimpiadas Modernas donde Argentina ocupa en boxeo el noveno lugar en medallero general con 24 medallas (7 de oro, 7 de plata y 10 de bronce) y Corea del Sur califica en el puesto diecinueve con 20 medallas (3 de oro, 7 de plata y 10 de bronce). También en los dos países la mayoría de los boxeadores vienen de familias de bajos recursos y niveles educativos; los trabajadores sin calificación, por su posición en las relaciones de producción, utilizan su cuerpo para subsistir en actividades de mucho rigor físico y esto va correlacionado con los deportes de contacto que practican y más en el boxeo donde hay graves riesgos a la salud, en esto también se diferencian de las pequeñas y medianas burguesías que practican deportes y juegos de distancia (tenis, golf, vóley, natación, tiro, esgrima, etc.) que tienden a tonificar y embellecer los cuerpos.

Si el boxeo agota como ningún otro deporte a la mayoría de sus practicantes en una lucha darwiniana por la supervivencia, también honra a unos pocos, los sacraliza en el glamour de la inmortalidad, de modo que el peligro queda sin duda justificado. (Oates, 2015: 99).

Precisamente uno de los argumentos que justifican la práctica del boxeo es el de ser una válvula de salida de la violencia marginal, haciendo que los jóvenes explotados se peleen entre sí sin cuestionar las desigualdades sociales.

La relación entre el boxeo y la pobreza ha sido reconocida, pero nadie sugiere la abolición de la pobreza como medio de abolir el boxeo. Tan a menudo sostienen los jóvenes boxeadores que se encuentran en mayor peligro en la calle que en el ring… de hecho, si un boxeador tiene la suerte de no resultar lesionado, el boxeo le pagará mejores sueldos que la mayoría de los empleos accesibles para los trabajadores no especializados de nuestra sociedad posindustrial. (Oates, 2015: 103).

Otra semejanza es que la mayoría de los campeones mundiales en los dos países salieron de categorías de menor peso (pluma, mosca, gallo, etc.). A nivel profesional encontramos cuatro combates por el título mundial entre boxeadores coreanos y argentinos.

I. Gustavo Ballas, por el título supermosca de la Asociación Mundial de Boxeo, vence a Suk Chul Bae (Corea del Sur) el 12 de setiembre de 1981 en Buenos Aires

El contexto de esta pelea es la creación de una nueva categoría gallo junior por la Asociación Mundial de Boxeo: “en teoría, estas divisiones tan finamente calibradas fueron creadas para evitar las disparidades; en la práctica, tienen el feliz efecto de crear muchos más ‘campeones’ y muchos más intentos lucrativos de alcanzar los títulos” (Oates, 2015: 83). Los meses previos en los que tenía que decidirse el lugar del combate nos permitieron ver la visión que se tenía de Corea por esos años, en declaraciones a la prensa se objetaba a por el cambio horario, la alimentación y por la sospecha de parcialidad de los jurados en caso de no haber una definición por nocaut. Aunque se analizaba la buena oportunidad económica, “los coreanos ofrecieron 75 mil dólares para que Ballas pelee en Seúl, en una fecha que es la de la independencia de ese país”[1] (Gwangbokjeol el 15 de agosto), finalmente el combate se realiza en el Luna Park de Buenos Aires. En los días previos los diarios argentinos reflejaban las “extrañas” costumbres alimentarias del boxeador coreano Suk Chul Bae y su entrenamiento al aire libre “haciendo footing por la Costanera Sur” [2], del rival aunque no se lo considera peligroso los medios advierten que no hay que subestimarlo porque

… los coreanos parecen destinados a transitar por el mundo del pugilismo de la mano de la sorpresa. El coreano Soo Wang Hong cayó cinco veces en cuatro rounds ante el panameño Héctor Carrasquilla en Panamá y terminó ganando por nocaut en el cuarto asalto, consagrándose campeón mundial de los supergallos versión AMB en 1976.[3]

La pelea no defraudó las expectativas al definirse por nocaut técnico a favor del boxeador argentino en el octavo round

Cuando el árbitro venezolano Luis Callis retuvo la pelea para la atención médica de Chu Bae, quien tenía el ojo derecho cerrado y sangraba profusamente por la nariz, el público no sabía si exaltar su júbilo por la victoria del argentino o quejarse por la paralización de un espectáculo de calidad extraordinaria.[4]

Esto nos recuerda “el salvajismo ocasional de las masas de aficionados al boxeo… y la excitación que se produce cuando un hombre empieza a sangrar en serio” (Oates, 2015: 77). El boxeador coreano fue calificado de “batallador incansable”.

En el plano político Argentina y Corea del Sur tenían excelentes relaciones bilaterales. La base de los dos gobiernos eran las Fuerzas Armadas compartiendo una visión anticomunista activa en el marco de la Guerra Fría, como ejemplo de esta situación, a finales de septiembre de 1981, el jefe del Estado Mayor del Ejército general José A. Vaquero condecoró al agregado militar naval y aeronáutico de Corea del Sur coronel Murkang Parg con motivo de terminar su gestión, con asistencia del embajador Soowoo Ryee, se le otorgó la Orden de Mayo en el grado de comendador, la que agradeció diciendo “prometo solemnemente llevarla con gran honor en testimonio de amistad y vinculación entre ambos ejércitos y pueblos”. Señaló que tras recorrer el país durante sus tres años de permanencia “regreso a mi patria plenamente convencido de que la Argentina es una nación maravillosa” y acotó que “tiene un Ejército victorioso, que en un nuevo tipo de guerra, ganó la paz y la seguridad nacional de que goza hoy, con un pueblo digno y una tierra próspera”[5].

II. Santos B. Laciar retiene el título mosca (AMB) venciendo a Shin Hi-Sup el 17 de julio de 1983 en la isla de Chejú (Corea del Sur)

Treinta y cinco años después Santos B. Laciar[6] recuerda sus peleas en Japón y Corea del Sur “se pactaron las peleas en Oriente sabiendo muy poco de esos países, preguntando algo a otros boxeadores y deportistas que habían viajado”, para la primera pelea el 5 de mayo de 1983 contra el japonés Shuichi Hozumi fueron 20 días antes para aclimatarse y “hubiese sido fantástico quedarse en esos lugares para la segunda pelea y conocer más” destaca “el trato amable, el respeto, el orden en las calles, la puntualidad en los dos países… quedando muy prendido de esa experiencia” no notó ninguna hostilidad por ser visitante y esto se notó ya en la embajada de Corea del Sur en Buenos Aires cuando para las visas para viajar “se nos atendió de la mejor manera facilitándonos las cosas”. Después de un viaje agotador de 27 horas llegaron a Seúl y recorrieron la ciudad en auto, llegando en avión a la isla de Chejú “un lugar bellísimo, nada parecido a otros lugares que visité”. De la pelea con Shin Hi-Sup el 17 de julio de 1983 notó “un gran aliento para el coreano, pero sin silbidos o insultos para nosotros… por eso saludé a su manera (inclinando la espalda) y no levantando la mano”. Aunque la pelea se resolvió en el primer round con tres caídas del retador coreano “el público nos aplaudió igual pese que había gente que estaba entrando tarde al estadio y ya se terminaba la pelea”. En la conferencia de prensa

… los periodistas locales me preguntaron si me había parecido fácil la pelea; les dije que son cosas que puedan pasar en el boxeo y en lo único que no estaba de acuerdo era en la propaganda que promocionaba la pelea remarcando que su rival había lesionado gravemente a otro boxeador en un combate anterior y días después el contrincante murió… y tal vez por ese antecedente esperaban más.

Ante la pregunta de cómo vivía el nacionalismo deportivo contestó: “para mí levantar la bandera argentina y cantar el himno nacional era un gran valor, ayer, hoy y mañana”.

Los medios gráficos argentinos siguieron especialmente esta pelea por ser Santos “Falucho” Laciar el único campeón mundial de boxeo en ese momento, al partir rumbo a Corea. Resaltaban la importante bolsa de “110.000 dólares en juego”[7], al llegar a la isla de Chejú, destacaban que “no ha habido proceso de aclimatación […] y el alto grado de respeto que se guarda por un campeón”[8]. El diario La Nación fue uno de los pocos medios que llevó un periodista deportivo a Corea, Carlos Losauro, que describía a “Seúl con 8 millones de habitantes que se insinúa como una típica urbe occidental” y en referencia al tiempo habla de “la temperatura agobiante y alto porcentaje de humedad, clima típico de esta península”[9]. De la isla de Chejú, que por primera vez será sede de un evento deportivo internacional, destaca el “Pico del monte Halla con un enorme cráter, resto de un antiguo volcán ya extinguido”, señala “… isla de 500.000 habitantes que recibe un millón de turistas al año fundamentalmente de Japón y Estados Unidos”[10]. Del rival coreano, “solamente preocupa algún argumento extra deportivo que podría usar el retador. Se había detectado que el juvenil aspirante es muy proclive a usar los codos como resguardo y complemento defensivo”[11].

La importancia del combate lo da el cambio del árbitro norteamericano por el sudafricano Stanley Christodoulou, que arbitró en Zaire (hoy República Democrática del Congo) la pelea entre Mohamed Ali y George Foreman en 1974. Pese a que el combate, definido a la mitad de primer round, defraudó al público coreano, Laciar declaró “lo bien que se han portado los coreanos con nosotros”[12], saludó a su rival en los vestuarios que estaba “tendido en una colchoneta en el suelo, lloraba desconsoladamente sin coordinar ninguna frase. Estuvo 15 minutos asistido por un médico y cuando se puso de pie no habló con el periodismo local ni con los argentinos”.[13] Pese a las críticas, al considerar la derrota como humillante, el retador Shin Hi Sup fue campeón del mundo tres años después por la Federación Mundial de Boxeo, perdiendo el título mosca en su segunda defensa en febrero de 1987, retirándose después de esta derrota del boxeo profesional.

En el plano político, aunque en 1983 el gobierno de Chun Doo-Hwan vivía una reactivación económica con gran crecimiento pero con fuerte endeudamiento, el régimen recibía presiones internacionales por la represión a las manifestaciones opositoras, precisamente este evento deportivo quería conmemorar los 35 años de la Constitución promulgada el 17 de julio de 1948, para eso se construyó un gran “estadio para 6.000 personas sentadas y 2.000 parados”[14]. En cambio, en Argentina el gobierno de facto anunciaba por esos días la fecha de las elecciones. Los dos países se distanciaban en el plano internacional, Argentina después de la derrota en la guerra del Atlántico Sur afianzaba sus vínculos como miembro observador del Movimiento de Países No Alineados del que Corea del Norte era miembro pleno desde 1976, mientras Corea del Sur seguía con su asociación estratégica con Estados Unidos.

III. Mario A. Demarco es derrotado por puntos por el campeón minimosca (AMB) Myung Woo Yuh el 30 de noviembre de 1986 en Seúl

El año 1986 encontró al boxeo argentino cargado de derrotas, por eso se esperaba que el santafesino Mario Demarco recuperara en Corea un título mundial, siendo el boxeador argentino que más compitió en ese país, al haber viajado sparring de Laciar y realizar peleas preliminares. Antes del combate decía:

… sueño con la corona del mundo desde el día que me calcé los guantes por primera vez… con solo subir al ring y escuchar el himno me sentiré realizado como boxeador. Pero quiero más. Quiero ganar. Y no únicamente por el dinero… Vi al surcoreano en varios cassettes… es un peleador muy agresivo… va a ganar 20 mil dólares de bolsa y 20 mil más por publicidad.[15]

El campeón argentino y sudamericano de los minimoscas llegó a Seúl “conmovido por las versiones sobre la muerte por asesinato del presidente de Corea del Norte”. “Es un lío bárbaro pero nosotros no entendemos nada de coreano… a nosotros nos esperaba el cónsul argentino”.[16] El combate tendrá lugar en el hotel Hilton, acondicionado para albergar a mil espectadores y no será televisado a Argentina, a diferencia del país anfitrión donde la televisación permitía financiar el evento. Del contrincante coreano Myung Woo Yuh de 22 años solo se informaba que está invicto en 21 peleas y que había obtenido el título en diciembre de 1985 cuando venció al norteamericano Joey Olivo.

El campeón es un peleador franco muy fuerte y de gran temperamento, pero no es un pegador porque ganó solo 5 peleas antes del límite. Sí contará con el multitudinario apoyo del público que en materia de boxeo en Corea raya en los límites del fanatismo.[17]

Para otros medios Myun Woo Yuh no tiene mucha historia, tampoco demasiada técnica pero “como buen oriental fiel a su raza es un típico peleador”[18]. Para las fuentes periodísticas “el intenso frío de Seúl por esos días no influirá en su preparación”[19]. Al final la pelea de 15 rounds fue muy disputada, ganando por fallo unánime Myung Woo Yuh. Para Carlos Losauro, que regresó a cubrir esta pelea

… ganó el argentino por un punto, pero puede ser una apreciación… el campeón fiel a su espíritu de peleador nato que no mide las consecuencias y surge como un kamikaze. En Seúl una derrota paradójicamente sirvió para que el nombre de Demarco quedara marcado a fuego en el recuerdo.

Del campeón coreano sentenció “como buen oriental siempre surgió por su entereza”[20]. También destaca el gesto del público coreano que despidió al argentino “con un cálido aplauso como reconocimiento a su guapeza que demostró sobre el cuadrilátero”.[21]

Casi 30 años después de esa pelea Mario Demarco rememora esa experiencia:

llegué a Seúl para enfrentar a Myung Woo Yuh en mi mejor forma, y aquel día boxeé como nunca. Fueron 15 rounds muy buenos, yo sabía que había ganado la pelea, cosa que después me confirmaron los periodistas que habían viajado hasta Corea. Pero se la dieron a él por puntos. Me robaron. Estoy seguro que en Argentina esa noche me coronaba campeón mundial.[22]

En el diario La Opinión de Rafaela también recordaron este combate en Corea del Sur:

… un país en el que por lo general ha sido realmente difícil y duro imponerse en las tarjetas y en donde tratan bastante mal a quienes intentan quedarse con el cinturón que está en manos de los locales. (Cabrera, 2014).

En el plano político Corea del Sur aún entraba en proceso de democratización en los meses finales del gobierno de Chun Doo-Hwan, en ese mes de noviembre se volvieron a tensar las relaciones con Corea del Norte. El gobierno surcoreano hizo circular por medios periodísticos que “Kim Il-sung de 74 años había muerto en un incidente armado en un tren y que unos militares habrían huido a China”[23] Los parlantes en la zona desmilitarizada emitieron alabanzas a los 40 años del gobierno del líder comunista y eso hizo creer que había muerto, pero la aparición de Kim en la televisión norcoreana recibiendo al primer mandatario de Mongolia Jambym Batmonh provocaron un caos político en Corea del Sur. La oposición en clima de protestas pidió la inmediata renuncia de todo el gabinete de ministros “por degradar el prestigio nacional y confundir al pueblo”, dijo el dirigente de Partido Democrático Nueva Corea. El ministro de Defensa aseguró que pudo ser una sofisticada estrategia norcoreana de inteligencia para verificar los sistemas de información de Corea del Sur.[24] Días después el líder norcoreano acusó a Estados Unidos y Corea del Sur de “lanzar falsa información sobre su muerte para aumentar la tensión y el peligro de una guerra en la región”[25]. En Argentina, el gobierno de Raúl Alfonsín estaba en medio de un plan de estabilización monetaria para contener la inflación. También soportaba críticas por el debate de la llamada “Ley de Punto Final” para poner un límite de tiempo a los juicios a los militares implicados en la represión ilegal. Las relaciones entre ambos países se fortalecieron en estos años con las visitas del ministro de Relaciones Exteriores en la asunción de Alfonsín y en febrero de 1986 del presidente de la Asamblea Nacional Lee Jae-hyung (Paz Irriberi, 2001: 41).

IV. Mario A. Demarco vuelve a ser vencido por puntos por título minimosca (AMB) por Myung Woo Yuh, el 11 de junio de 1989 en la ciudad de Cheonán

Mario Demarco, ahora de 29 años, en el día que salía para Corea intentando de nuevo ser campeón del mundo señaló que “será cuestión de salir a matar o morir” pues consideró “la única forma de traer la corona es vencer por nocaut porque en las tarjetas no tengo chances”[26].

Ahora el combate es a 12 asaltos por una disposición de las asociaciones de boxeo, luego de que el norteamericano Ray Mancini matara al surcoreano Duk Koo-Kim en 1982, los medios destacan que el campeón coreano “completó 11 defensas, una verdadera hazaña de 30 combates todos ganados”[27]. Aunque la pelea terminó con el triunfo del boxeador local “siendo su decimosegunda exitosa defensa a sus 26 años, quien ganó el título en 1985”[28], los medios destacan la entrega de los rivales y los premios de cada uno: “132 mil dólares el campeón coreano y el argentino 20 mil”[29]. Veinticinco años después, Mario Demarco recuerda esta segunda derrota:

La segunda pelea en 1989, contra el mismo rival y también en Corea. Esta vez en un lugar que está a unos 80 kilómetros de Seúl. Una semana antes me quería volver para estar con mi familia, los extrañaba muchísimo. La pelea fue más pareja, creo que estaba para un empate pero se la volvieron a dar a él. Ahí decidí decir adiós.[30]

Aunque reconoce que su rival tenía un altísimo nivel, “El ompermeable”, como lo llamaban a Myung Woo Yuh, al final se retiró como campeón en 1993, con registro final de 38 victorias y 1 derrota, con 14 nocauts a favor.

La situación en Corea del Sur en ese momento era tensa por los graves incidentes en la ciudad de Kwangju, “dos semanas de continuas manifestaciones antigubernamentales provocaron 1135 heridos (90 en grave estado). Protestas por la muerte del estudiante Lee Chol Kyu de 23 años atribuída a la policía por asfixia, dicen que fue por causas accidentales”[31] La nota recuerda que en la misma ciudad en mayo de 1980 una sublevación popular reprimida por el Ejército dejó 192 muertos oficiales, pero para los estudiantes y la oposición fueron 2.000. La situación se agravó cuando el presidente Roh Tae-woo decidió no hacer el prometido referendum a mitad de su mandato y completar los 5 años en el cargo. La policía antidisturbios utilizó bastones y gases lacrimógenos para dispersar una manifestación de estudiantes izquierdistas que exigen tomar parte en un festival juvenil en Corea del Norte y detuvo a 300 personas.[32] Por esos días la situación económica y social de Argentina era alarmante, junio terminó con 114% de inflación, la más alta de la historia del país, los saqueos y disturbios obligaron al presidente Alfonsín a dictar el estado de sitio, al agravarse la situación anunció el domingo 11 de junio su renuncia (el mismo día de esta pelea) y el adelantamiento de la entrega del mando al presidente electo Carlos S. Menem que como gobernador de La Rioja había visitado Corea del Sur en 1984 y luego será el primer mandatario argentino en hacer una visita oficial en septiembre-octubre de 1995 (Paz Irriberi, 2001: 44).

Conclusión

En el trabajo vimos cómo se desarrollaba el nacionalismo deportivo en torno al boxeo, tanto en Argentina como en Corea del Sur. Este deporte se fue convirtiendo en los dos países en un fenómeno socio-cultural y económico que el Estado no podía ignorar, sobre todo por las enormes posibilidades que ofrecía para satisfacer determinado tipo de intereses políticos y capacidad de movilización de la opinión pública. Por medio de discursos auto-referenciales de la valía del país, símbolos patrios, recuerdos históricos, etc. el nacionalismo banal reproduce cotidianamente los esquemas mentales del patriotismo convirtiendo en verdaderos rituales colectivos los eventos boxísticos, eligiéndose para los mismos muchas veces las fechas nacionales (Día de la Independencia, de la Constitución, etc.), pero no solo a través de las victorias sino con la organización de grandes eventos deportivos que ponen de manifiesto la capacidad técnica, económica y la seguridad del país (por ejemplo los Juegos Olímpicos de Seúl 1988).

Santos Laciar en su entrevista nos refería que en los lugares donde él más notó el nacionalismo deportivo fue en Soweto (Sudáfrica) cuando ganó su primer título del mundo, donde recibió amenazas, también en Latinoamérica (México, Venezuela, Chile y Argentina), en menor medida en Asia (Japón y Corea del Sur) y muy poco en Estados Unidos y Europa. No es casualidad que las regiones más empobrecidas le den más importancia a los logros deportivos, tal vez en compensación de las carencias en el desarrollo económico, cultural y científico.

También quedó manifestado el llamado “orgullo del compatriota” en los medios gráficos analizados, es decir la identificación con un deportista de la misma nacionalidad que la propia que realiza una hazaña, (más aún si es fuera de las fronteras del país) y ese hecho se elogia hasta exageradamente. Vemos que esto se expresa también aún en las derrotas exaltando la capacidad de lucha del connacional, el respeto de los rivales o poniendo en duda la legitimidad en caso del fallo de los jurados vistos como parciales e injustos.

En lo referido al concepto de identidad nacional encontramos en estos casos tres de las cinco características de las que habla Anthony Smith: las referencias a un territorio o patria, los recuerdos históricos y mitos colectivos y la apelación a una cultura de masas pública y común para todos.

En cuanto a las visiones sobre Corea en las notas periodísticas deportivas no se hace ninguna referencia a la situación política (salvo la presunta muerte de Kim Il-sung en 1986). Se dan datos geográficos, alimentarios, climáticos y demográficos muy superficiales, del pueblo coreano se menciona su tenacidad y espíritu de lucha atribuida a su “raza oriental”, sin distinguirlos de otras naciones, por ejemplo el ímpetu de ir a buscar la pelea a cualquier precio del boxeador coreano se lo compara al ataque de un piloto “kamikaze” japonés, evidenciando una idea de nacionalidad referida a aspectos raciales, como señala Smith.

Los regímenes autoritarios de Corea del Sur, en estos casos, fueron los que más utilizaron el deporte como un poderoso foco de atención nacional e internacional que ofrecía la ocasión para, por encima de problemas internos, lograr prestigio nacional, más en los momentos que se denunciaban violaciones a los derechos humanos y casos de corrupción. En los gobiernos de Chun Doo-Hwan se organizaron los Juegos Asiáticos en 1986 y se profesionalizó el fútbol y el béisbol y se masificaron las transmisiones deportivas por televisión, Roh Tae-woo antes de ser presidente entre 1988 a 1993 fue ministro de Deportes en 1982. En el caso argentino es muy conocida la utilización que hizo la dictadura militar del Mundial de Fútbol 1978, pero es menos estudiada la manipulación nacionalista que hizo también de los campeones de boxeo de la época (despedida de Carlos Monzón, triunfos mundiales de Víctor Galíndez, Hugo Pastor Corro, Sergio Palma, etc.).

El gobierno democrático de Raúl Alfonsín se diferenció de los predecesores no utilizando el deporte como fines nacionalistas. Por ejemplo, no viajó a México para la final del Mundial de 1986 y solo felicitaba con telegramas o llamadas telefónicas privadas a los ganadores de los torneos o peleas de box, como en el caso de Laciar.

Referencias bibliográficas

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Brohm, Jean Marie: Veinte tesis sobre el deporte, La Piqueta, Madrid, 1993. Páginas 47-55

Brohm, Jean Marie: Sociología política del deporte. En “Partisans”: Deporte, cultura y represión. Gustavo Gili, Barcelona, 1978. Páginas 17-31.

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Diarios consultados

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  2. Los Principios, viernes 11 de septiembre de 1981, p. 24.
  3. Los Principios, sábado 12 de septiembre de 1981, p. 11.
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  7. La Voz del Interior, martes 5 de julio de 1983, p. 10.
  8. La Voz del Interior, jueves 14 de julio de 1983, Primera sección, p. 11.
  9. La Nación, jueves 14 de julio de 1983, Segunda sección, p. 7.
  10. La Nación, viernes 15 de julio de 1983, Segunda sección, p. 5.
  11. La Prensa, domingo 17 de julio de 1983. Primera sección, p. 8.
  12. La Prensa, lunes 18 de julio de 1983. Primera sección, p. 9.
  13. La Nación, lunes 18 de julio de 1983. Segunda sección, p. 4.
  14. La Nación, viernes 15 de julio de 1983. Segunda sección, p. 5.
  15. La Voz del Interior, jueves 13 de noviembre de 1986, p. 11.
  16. La Voz del Interior, miércoles 19 de noviembre de 1986, p. 8.
  17. La Voz del Interior, sábado 29 de noviembre de 1986. Tercera sección, p. 10.
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  20. La Nación, lunes 1 de diciembre de 1986. Segunda sección, p. 5.
  21. La Voz del Interior, 1 de diciembre de 1986. Tercera sección, p. 7.
  22. Castellanos, lunes 13 de abril de 2015. Disponible en https://bit.ly/2oJ8X6Y.
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  24. La Voz del Interior, miércoles 19 de noviembre de 1986, p. 3.
  25. La Voz del Interior, viernes 21 de noviembre de 1986, p. 3.
  26. La Voz del Interior, lunes 5 de junio de 1989, p. 4 C.
  27. La Voz del Interior, domingo 11 de junio de 1989, p. 3 D.
  28. La Prensa, lunes 12 de junio de 1989. Segunda Sección, p. 2.
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  30. Castellanos, lunes 13 de abril de 2015. Disponible en https://bit.ly/2oJ8X6Y.
  31. La Prensa, martes 6 de junio de 1989, p. 2.
  32. La Voz del Interior, sábado 10 de junio de 1989, p. 2 A.


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