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2 Corea del Norte: la racionalidad del “mal”

Luciano Lanare (UNLP)

Introducción

Desde hace varios años y, particularmente en este último pasado (2017), la prensa occidental ha colmado diariamente sus portadas, sus servicios periodísticos y sus amplios análisis de “expertos” con la advertencia de una inminente guerra nuclear de características apocalípticas, que sería desatada por el ermitaño y peligroso Estado norcoreano.

Citaremos algunos ejemplos. El periódico español El País tituló el 9 de septiembre de 2017: “Corea del Norte: razones para tener miedo. La historia nos demuestra que un error de cálculo o una estupidez pueden desencadenar una guerra”. Por su parte, otro medio español, El Mundo, ponía en portada el 14 de septiembre del mismo año: “Pyongyang amenaza con ‘hundir’ Japón y tacha a Estados Unidos de ‘perro rabioso’”. También la BBC reprodujo grandes títulos sobre el peligro norcoreano. Así titulaba el medio británico: “¿Cómo sería una guerra con Corea del Norte?” (9/08/2017) y “Corea del Norte dice estar ‘lista para un ataque nuclear’” (15/04/2017). Desde el portal ruso Sputnik News, en su versión en español del 30 de septiembre de 2017, se preguntaban: “¿Al borde de la catástrofe? Publican gráfica del potencial impacto de una explosión nuclear en el Pacífico”.

Los medios periodísticos argentinos tampoco se mantuvieron ajenos. El portal Infobae se hizo eco de esta temática con titulares como: “Cómo nació el delirio en Corea del Norte: de la Guerra Fría al dictador nuclear Kim Jong-un” (30/10/2017) y “Otra amenaza de Corea del Norte al mundo: dice tener armas nucleares para frustrar cualquier ataque en su contra” (24/01/2018). Otro medio periodístico argentino se ocupó también del peligro norcoreano. En este caso, el reconocido escritor Mario Vargas Llosa publicó en la versión digital del diario La Nación un artículo bajo el rótulo de “Kim Jong-un tiene en sus manos la llave del apocalipsis” (19/09/2017). Para la última mención dejamos a la revista argentina Noticias, que en la portada del 17 de septiembre de 2017 tituló con grandes letras: “Kim Jong-un: El señor de la muerte”.

Podríamos mencionar, varios titulares de este estilo semántico, que aparecieron en la prensa occidental en los últimos tiempos; pero, con esta pequeña muestra, ya podríamos pensar que la guerra nuclear, provocada por los norcoreanos, sería inevitable.

Sin embargo, deberíamos tener cuidado a la hora de quedar atrapados por la inmediatez periodística y el sensacionalismo mediático. La cuestión nuclear norcoreana no es un grito de última moda. Por el contrario, es parte de un proceso, que no solo lleva varios años de desarrollo, sino que es sustentado por un trasfondo histórico que proyecta uno de sus reflejos, en la urgencia mediática actual. Pero esta no es ni la única ni la más importante arista de la cuestión.

El presente trabajo es, entonces, la articulación de una visión más amplia sobre dicha problemática, la cual hundirá sus raíces en la lectura y el análisis pormenorizado de los acontecimientos históricos de la península coreana y la geopolítica internacional de los últimos quinientos años. Asimismo, se tratará de analizar cómo influye la visión eurocéntrica que tiene Occidente sobre Corea del Norte, junto a la hegemonía discursiva estadounidense que impera en el abordaje de problemática nuclear norcoreana.

La génesis nuclear

A lo largo de la historia, la península coreana ha sido territorio codiciado por invasores externos. Muchos de estos movimientos bélicos se dieron durante la formación de los tempranos Estados que buscaban consolidarse en el territorio o asegurarse recursos y vías logísticas hacia el interior del continente asiático o hacia los mares circundantes. Desde la lejana usurpación de Kija-Choson a manos de Wiman (180 a. C.) hasta las variadas incursiones de las diferentes dinastías y gobernantes chinos que, desde aproximadamente el 109 a. C., vieron en la península coreana un lebensraum inclaudicable. Sobre esto último, se debe agregar que, debido al sistema de relaciones sinocéntrico vigente por esos tiempos, cada movimiento político en China repercutía en el territorio de la península coreana.

También, desde épocas tan tempranas como el siglo V d. C., los japoneses comenzaron a influir y actuar en las relaciones de los diferentes reinos que se sucedían, y convivían, en la península (Seligson, 2009: 36). La unificación del reino de Shilla, aproximadamente en el año 668, se presenta como una estabilización del territorio. La conquista por parte de este reino de diferentes territorios permitió a sus gobernantes comenzar a modelar las bases de un Estado más sólido y duradero.

Con la decadencia y, posterior desaparición del reino de Shilla, a mediados del siglo VII, la inestabilidad territorial comienza a cernirse, nuevamente. Así, y ya en tiempos de la dinastía Koryo (918‑1392) la tribu seminómada de Khitan invade, desde el norte y en tres ocasiones, este reino. Koryo tuvo que recurrir a la construcción de una muralla para intentar contener la constante amenaza, a la que luego se le sumarían los continuos ataques de la beligerante tribu Jurchen de Manchuria. Asimismo, en los años 1231 y 1356, los mongoles atacaron y dominaron el reino de Koryo (Seligson, 2009: 60).

La estancia de los mongoles en la península coreana fue prolongada. Estos sometieron política, social y económicamente a todos los habitantes. Asimismo, utilizaron la mano de obra y la fuerza de los subyugados para organizar dos invasiones a Japón, empresa que finalmente fracasó. Sería hasta finales de 1368, cuando la decadencia generalizada de los mongoles en toda Asía, pondría fin a la influencia directa de este pueblo en la península coreana.

De la lucha para expulsar a los mongoles, surgirá la dinastía Choson (1393‑1910) quien gobernará por varios siglos a los coreanos. Será durante este periodo histórico donde algunas de las tragedias nacionales más arraigadas de la historiografía oficial coreana se darán lugar. Aquí nos referimos a las dos invasiones japonesas de 1592 y 1597 al mando Toyotomi Hideyoshi que significaron un trauma profundo, no solo en lo referente a lo político y social, sino que hizo tambalear todo el ideario confuciano de las relaciones internacionales, al poner en duda la estratificación de los Estados dentro del ya mencionado sistema sinocéntrico. Fue tal el cimbronazo que en los anales de la historia coreana a estas invasiones se las denominó como “la invasión de los bandidos japoneses en el año del dragón de agua” (Romero Castilla, 2009: 81‑82).

Observado en retrospectiva, podemos conjeturar que estas dos primeras invasiones japonesas de finales del siglo XVI comenzaron a basamentar, dentro del naciente ideario de la identidad nacional, la imagen de Japón como un Estado expansionista que ponía en riesgo la continuidad de Corea y su pueblo.

En 1592, desembarcaron por sorpresa 158.000 soldados japoneses en el puerto de la ciudad de Pusan, generando la confusión y el temor entre los coreanos. Al mismo tiempo, la situación interna de Corea ayudaba a fomentar el avance japonés. Las internas palaciegas, dentro de la dinastía Choson, fueron una constante que dispersaron las fuerzas y energías para atender muchas de las amenazas que avanzaban sobre la península (Romero Castilla, 2009: 82).

Otro punto a destacar es que los japoneses contaban con un avance tecnológico, armas de fuego, en particular. Estas habían sido introducidas en Japón por los comerciantes portugueses años antes. La inferioridad tecnológica suponía no solo la posibilidad de una fácil derrota a manos de los japoneses, sino también la obsolescencia de todo el aparato militar y táctico de Choson, lo cual denotaba la falta de protección del territorio ante cualquier amenaza externa.

Durante la primera invasión (1592), también comenzará una lógica de cooperación con China, que en el caso de Corea del Norte continúa –con sus altibajos– hasta el día de hoy. Así, las autoridades coreanas, refugiadas en el norte de la península en tiempos de la primera invasión, solicitaron a los chinos ayuda para expulsar a los japoneses. Aunque entre la dirigencia china hubo vacilaciones, pronto algunos comprendieron que la caída de la dinastía Choson supondría el peligro de que la agresión japonesa se extendiera a tierras del propio territorio chino. Esta idea, podemos conjeturar por los hechos, sigue dominando la política exterior china con respecto a la República Popular Democrática de Corea (RPDC).

Por último, durante la segunda invasión japonesa (1597), surgió la figura del legendario almirante Yi Sunsin y sus barcos “tortuga” que derrotaron a las fuerzas invasoras al mando de Toyotomi Hideyoshi (Romero Castilla, 2009). La imagen de Yi Sunsin se compuso no solo de la valentía guerrera que enaltecía a la estirpe coreana, sino que, además, conjugaba el uso de las nuevas técnicas científicas con nuevas tácticas militares. Esta imagen del guerrero-científico también la podremos transpolar –con sus recaudos– a la figura de los líderes norcoreanos contemporáneos.

Con todo, ambas agresiones por parte de Japón a la península coreana resultaron en un desastre político, económico y social de grandes dimensiones que dejó su huella en la memoria histórica de Corea. Principalmente, podemos destacar la desconfianza crónica hacia Japón y sus ansias expansionistas y el temor al atraso tecnológico (fundamentalmente, en la campo bélico) como aliciente para los potenciales invasores.

La península coreana y sus habitantes tuvieron poco tiempo para recuperarse de las calamidades producidas por las invasiones japonesas, debido a que tan pronto como en 1627 y 1637 los manchús, que habían derrotado a la dinastía Ming en China, avanzaron desde el norte hacia Corea. En esta ocasión, los gobernantes de Choson no tuvieron más alternativa que aceptar la imposibilidad de resistir. Corea volvía a ser un estado tributario y vasallo de los líderes manchúes que dominaban buena parte del Este de Asia (Romero Castilla, 2009: 84).

La situación traumática que afrontó Choson, desde comienzo del siglo XVI, comenzó a fomentar el cuestionamiento a seguir apegado a los idearios tradicionales sinocéntrico. Algunos grupos, como sirhak (conocimiento práctico), veían con preocupación la inestabilidad crónica de la política en China, que pregonaba la decadencia del otrora “centro del mundo”. A esto se sumaba una creciente desconfianza sobre los conocimientos tradicionales, que, por un lado, cuestionaban a la elitista clase yangban, y por otro, justificaba la vulnerabilidad coreana frente a todas las amenazas circundantes. Así, la incorporación de ideas y tecnología, más allá de las proporcionadas genealógicamente por China, se podía observar como una salida a la preocupante realidad peninsular entre los siglos XVII y XVIII. No obstante, los líderes y la elite Choson optaron por el aislamiento para proteger sus privilegios.

Pese a la mencionada política de aislamiento, en el campo de las ideas, hace su incursión en la península coreana el cristianismo. Desde 1784 arribaron (paradójicamente) desde China las primeras ideas sobre esta doctrina religiosa occidental. Algunos de los conceptos cristianos fueron un atractivos para los algunos de grupos descontentos con el statu quo yangban, pero fueron acallados por la represión oficial en 1801 (Romero Castilla, 2009).

Desde inicios del siglo XIX, comenzaron a merodear la península coreana los navíos (de guerra y mercantes) de las potencias imperialistas europeas que competían por abrir puertos, mercados y sociedades a los gustos y las manufacturas producidas en Europa. En 1797, 1816 y 1823, barcos ingleses, franceses y rusos se aventuraron por las aguas lindantes a la península coreana. En 1866, la presencia se transformó en agresión, cuando una escuadra francesa, compuesta por seis barcos de guerra y 600 soldados invadió la isla de Kanghwa con el pretexto de exigir explicaciones por la ejecución de unos misioneros católicos. Los franceses se retiraron sin mayores éxitos en su incursión. A esta vanguardia europea le siguió, en 1871, otra incursión estadounidense, so pretexto de buscar culpables por la destrucción del navío General Sherman (Romero Castilla, 2009: 87).

La sumatoria de todos estos acontecimientos aumentó más aún los temores de algunos sectores de la sociedad coreana que comenzaron a movilizarse ante el posible colapso de la dinastía Choson. Muchas de estas preocupaciones, sumadas a las graves convulsiones internas, estuvieron presentes en los gérmenes de los movimientos sociales y políticos que culminaron en las reformas Kabo de finales del siglo XIX.

Asimismo, y en la coyuntura internacional que marcaba la expansión imperialista del capitalismo, puso a la península coreana como una presa fácil de la codicia expansionista china, japonesa, rusa y de las potencias occidentales. Estas catalogaban a Corea como una pieza clave en el mapa geopolítico de Asia del Este, y quien se alzara con su control tendría una de las llaves más codiciadas del continente asiático.

Finalmente, la dinastía Choson cayó producto de su propia inoperancia, a los que se les sumaban las presiones ejercidas por las múltiples amenazas externas. La disyuntiva irresuelta entre los partidarios de la modernización occidental y los que se aferraban al tradicionalismo sinocéntrico obturó las posibilidades de resolver los problemas entre coreanos. Al mismo tiempo, el aislacionismo se fisuró drásticamente cuando se firmó el Tratado de Kanghwa en 1876. Este tratado fue, en los papeles y en la realidad, la imposición –por parte de Japón– de condiciones desfavorables para los coreanos, principalmente, en las actividades comerciales. Además, aseguraba a los japoneses el control de estratégicos enclaves en la península.

Corea ingresaba al siglo XX bajo la expectativa de que los cambios realizados e intentados pudieran perfilar el camino hacia la recuperación de la estabilidad política, económica y social perdida en los últimos años del siglo anterior. Sin embargo, la relativa calma comienza a diluirse en 1902, cuando se firma el Tratado de Alianza entre Inglaterra y Japón. Este, si bien perseguía como objetivo principal la contención de la influencia rusa en el Este de Asia, paralelamente, daba el consentimiento implícito para que los japoneses cumplieran sus anhelos sobre la península coreana. El Tratado, también preanuncia el conflicto entre Japón y la Rusia zarista. Así, los coreanos temieron, por enésima vez, por la integridad de su territorio y se declararon neutrales. Esta manifestación no tendría eco alguno en los países beligerantes.

La guerra entre rusos y japoneses comenzó el 9 de febrero de 1904. Ese mismo día, las tropas japonesas invadieron Seúl. La excusa nipona fue la protección de Corea y su integridad territorial. Bajo ese pretexto, se forzó la firma de un protocolo por el cual se justificaba la presencia militar japonesa en suelo coreano. Otro segundo convenio rubricado daba a los japoneses el control sobre los asuntos políticos de la península. Con el triunfo de Japón sobre Rusia en 1905, los primeros vieron allanado el camino para imponer un Protectorado sobre Corea. La acción quedo consumada el 17 de noviembre del mismo año (Romero Castilla, 2009).

A partir de 1905, los anhelos de independencia de Corea fueron dinamitados por la avanzada de la política colonial japonesa. En dicho contexto, algunos grupos de coreanos comenzaron a organizarse para resistir (incluso por vía armada) y seguir luchando por el objetivo emancipatorio. También hicieron su aparición pequeños grupos nacionalista que, principalmente desde el exterior de la península, comenzaron un largo periodo de lucha contra el avance japonés.

En 1910, y a pesar de la resistencia coreana, Japón decide anexar a Corea como un dominio colonial en su camino hacia la construcción de su lebensraum. Entre el 16 y el 29 de agosto del mismo año, la acción quedó consumada mediante los edictos imperiales de Japón y Corea que manifestaban la comunión (forzada) de ambas naciones. A partir de este acto, Choson pasó a denominarse Chosen, convirtiéndose en un territorio exterior de Japón (Cumings, 2004).

Los coreanos, en su inmensa mayoría, siempre vieron la colonización como una situación ilegitima y humillante. Fueron 35 años de ocupación japonesa (1910‑1945) que cimentaron la animadversión y repulsa entre una gran parte de coreanos y los japoneses. Sentimiento que en algún sentido sigue vigente hasta la fecha en vastos sectores de las dos Coreas[1].

Esta etapa colonial, sumergida –aún hoy– en un debate historiográfico en torno a sus alcances y resultados, también representó la desaparición de lo poco o mucho que quedaba de la cosmovisión sinocéntrica, un sistema de ideas y vida que había regido Asia del Este por siglos. La nueva realidad marcaba, traumáticamente, que las nuevas relaciones entre países dependían de la fuerza y la tecnología (sobre todo, la militar) que cada nación poseía.

Podemos conjeturar que los primeros años de la ocupación fueron los que marcaron a fuego el rechazo y la enemistad hacia los japoneses. El periodo que comprende los años 1910 a 1919 se presenta como tiempo de políticas coloniales de shock. Las autoridades coloniales comenzaron un proceso de suplantación. Se reemplazó a la alicaída elite yangban por una elite colonial de origen nipón. Se instaló un sistema de educación moderno, abandonando el viejo sistema confuciano. Esta etapa se coronó con la masiva rebelión popular del 3 de marzo de 1919, que terminó con la masacre de más de siete mil coreanos (Cumings, 2004).

Cuando Japón se involucró en la Segunda Guerra Mundial, las políticas coloniales tonificaron su carácter represor. Se decretó el uso del idioma y los nombres japonés en reemplazo de los coreanos. Y hasta se forzó a rendir culto al shinto, la adoración del emperador japonés y a todos los espíritus de su sistema de creencias.

Asimismo, no podemos dejar de mencionar a los miles de hombres y mujeres que fueron obligados a movilizarse para satisfacer las necesidades bélicas de los japoneses en la guerra. Uno de los recuerdos más dolorosos de esta época –presente hasta nuestros días– son las denominadas “mujeres del placer” (Cumings, 2004: 195): entre 100.000 y 200.000 mujeres coreanas que fueron abusadas brutalmente por las tropas japonesas.

La ocupación, que tuvo su fin con la rendición nipona en 1945 tras los bombardeos atómicos de Hiroshima y Nagasaki (donde también fueron asesinados 10.000 coreanos) dejó a Corea sumida en una profunda crisis política, social y económica. Y aunque un pequeño grupo de coreanos colaboracionistas pudieron lograr algún beneficio de su asociación con los japoneses, la inmensa mayoría sobrevivía entre el hambre, el odio a los japoneses y la esperanza de que, esta vez, Corea pudiera ocupar su lugar en el mundo, libre y soberana (Cumings, 2004).

La desaparición abrupta de dominio japonés dejó también un vacío de poder en una de las zonas con mayor valor geoestratégico, dentro del nuevo orden mundial de la Guerra Fría. Los diferentes grupos de la resistencia armada y política, que habían actuado contra los japoneses, se apresuraron a regresar a su patria para recuperar el poder. Sin embargo, ya existían otros planes para Corea. En consecuencia, la península coreana volvía a transformarse en una presa codiciada por las nuevas potencias emergentes, los Estados Unidos de Norteamérica (EE. UU.) y la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) (León-Manríquez, 2009).

El 9 de agosto de 1945, mientras Nagasaki era destruía por la bomba nuclear Fat Man, las tropas del Ejército Rojo traspasaron la línea fronteriza que separaban la Unión Soviética de Corea. Premeditadamente[2] o no, los estadounidenses se apresuraron a proponer a Stalin la división de la península coreana por el paralelo 38°. Aceptada la propuesta por parte de los soviéticos, las tropas de ocupación de EE. UU. desembarcaron en las costas Inchon (cercana a Seúl) el 8 de septiembre de 1945. Nuevamente, Corea fue invadida y ocupada. La imagen del “Protectorado” volvió a reproducirse, a manos de quienes fueran los otrora libertadores (Cumings, 2004).

La culminación de esta nueva etapa de sojuzgamiento terminará con dos hechos profundamente traumáticos, la división y la Guerra de Corea. Los EE. UU. y la URSS articularon por sus propios intereses, sin tener muy en cuenta a los coreanos. De un lado y del otro, primaron los intereses de las grandes potencias y la consecuencia, luego de tres años de ocupación, fue la creación de la República de Corea (Corea del Sur), el 15 de agosto de 1948, y de la República Popular Democrática de Corea (Corea del Norte), el 9 de septiembre de 1948 (León-Manríquez, 2009: 130). Al mismo tiempo, las disputas no resueltas, las tensiones acumuladas y los intereses geopolíticos extranjeros desataron la guerra entre ambas Coreas el 25 de junio de 1950. El resultado final: millones de muertos y la destrucción de ambas naciones hermanas.

La soberanía nuclear

En la República Popular Democrática de Corea (Corea del Norte), aún hoy, los films[3] y las novelas televisivas relatan las atrocidades durante su ocupación. A su vez, los colaboracionistas, fueron severamente perseguidos y castigados, al contrario de lo sucedido en República de Corea (RdC o Corea del Sur). Esto último, se debió –en parte– porque la ocupación norteamericana (1945-1948) empleó a muchos de ellos en su administración, y además, porque se los necesitaba como colaboradores en la lucha contra el comunismo (Romero Castilla, 2009: 121). Esta matriz diferencial en los inicios de la división, en cierto grado, determinó la política antijaponesa –y posteriormente, antiestadounidense– de los líderes norcoreanos. A lo que se sumaba un contexto internacional, en donde la descolonización –pos Segunda Guerra Mundial– estaba en boca de todos (paradójicamente, parte de esta política estaba siendo fogueada por los EE. UU. en su búsqueda por influenciar en las antiguas colonias europeas).

Asimismo, se debe decir que la política antimperialista (sobre todo, encarnada en la figura de los japoneses y estadounidenses) no fue producto de la influencia soviética. Por esa época, Iósif Stalin y su buró político no confiaban en ningún nacionalista o comunista coreano. Así lo demuestra el hecho de que en 1937 el propio Stalin ordenó la deportación forzada de alrededor de 200.000 coreanos del Lejano Oriente Soviético hacia Asia Central. También, se ejecutaron a varios coreanos acusados de “agentes del militarismo japonés” y hasta el propio fundador de la RPDC, Kim Il-sung, pudo haber sido investigado e interrogado por las autoridades de la URSS en los tiempos de la resistencia (Cumings, 2004: 247).

Tampoco creemos que sería correcto afirmar que Corea del Norte se transformó en un simple satélite de la URSS desde sus orígenes. Esto lo demuestra, en parte, la poca determinación –a lo largo de historia de este país–, de la influencia ideológica y política soviética. Al mismo tiempo, podemos destacar el acercamiento histórico que la RPDC tuvo con los chinos y la posterior confección de la Idea Juche, de la cual nos referiremos más adelante (Cumings, 2004: 246-247).

Desde sus inicios, las autoridades norcoreanas –bajo el consolidado liderazgo del “Gran Líder”, Kim Il-sung– resaltaron –en la construcción de su discurso político y en el relato de la historia oficial norcoreana– la reivindicación de la RPDC como la única Corea genuina, de la heroica y mítica valentía e inteligencia de sus líderes guiando al pueblo y de la constante vulnerabilidad de los norcoreanos ante el asecho omnipresente del imperialismo japonés y estadounidense. A su vez, Kim, creó, junto con la nueva nación, dos estructuras que se transformarían en el pilar de su política antimperialista: el Partido de los Trabajadores de Corea (PTC) y, principalmente, el Ejército Popular de Corea (EPC). A lo largo de su existencia, estas dos estructuras velarán por la salvaguarda de la unidad nacional y la defensa ante las amenazas externas.

Respecto al pilar ideológico de la política antimperialista norcoreana, debemos retomar a la mencionada Idea Juche y su visión fisiológica de la sociedad (cuestión, esta última que ya había sido citada por los neoconfucianos). Si bien la Idea Juche, según el relato legendario norcoreano, nace del pensamiento de Kim durante la lucha guerrillera, será a partir de 1955 (y en momentos que la RPDC y la URSS se distancian) cuando cobre notoriedad y protagonismo. “Juche” significa autosuficiencia e independencia en política, economía, defensa e ideología. Este corpus doctrinal buscaba reflejar el anhelo de los pueblos que habían sido víctimas de la colonización, es decir, recuperar su autonomía y la dignidad básica como seres humanos (Cumings, 2004: 460).

La Idea Juche, en consonancia con el objetivo de liderazgo consolidado que acentuó a Kim Il-sung en el poder, buscó también plasmar una cosmovisión más amplia y corporativista de la sociedad y sus desafíos hacia dentro y fuera del país. Para ello, se movieron fichas dentro del tablero ideológico norcoreano. Por ejemplo, se suplantó a la clase obrera por la nación como elemento de unidad ante los peligros históricos que asechaban, y a su vez, potenció el objetivo de la autosuficiencia y la defensa común para sostener la soberanía nacional y la identidad coreana. Esto, dio sustento a un militarismo, ideológico, político y social, de amplia cobertura. Que, a su vez, se acopló a la estructura del aggiornado nacionalismo norcoreano, nutrido de la tradición de resistencia histórica e insuflado por la creciente importancia del ejército en todos los ámbitos de la política y la economía de la RPDC (Cumings, 2004).

Aunque fue mencionado párrafos arriba, podemos recalcar que la guerra que estallará en 1950 entre las dos Coreas también fue uno de los puntos centrales que sustentó la idea del peligro latente y contante que representaba el imperialismo estadounidense en la península. La línea histórica se trazó, entonces, como el reemplazo de la amenaza de Estados Unidos por la otrora amenaza japonesa. Los coreanos, en general, y los norcoreanos en particular, sintieron que la tragedia histórica se repetía. La dirigencia de la RPDC, durante esta traumática experiencia, pudo haber entendido que no se podía confiar en nadie cuando las horas del peligro llegasen. Por un lado, la Unión Soviética y China mantenían sus propios juegos geopolíticos y disputas ideológicas/fronterizas que desdibujaban cualquier alianza firme (Agüero, 2009: 199-200). Tampoco los líderes norcoreanos querían someterse a un vasallaje político e ideológico a cambio de la cobertura defensiva (aunque en cierto modo los paraguas nucleares soviéticos y chinos estaban disponibles). Asimismo, la idea de que Corea del Norte fuese el “Estado tapón” entre los elefantes, solventaba una imagen de debilidad y vulnerabilidad que podía ser aprovechada por cualquier potencia en pos de regir el destino de los norcoreanos. Además, la presencia militar de los Estados Unidos en Corea del Sur, Japón y buena parte del Pacifico demostraba que la amenaza imperialista había llegado para quedarse. La Guerra en Vietnam (1955‑1975) fue uno de los primeros ejemplos, para los norcoreanos, de que la política imperialista estadounidense no se basaba solo en retórica anticomunista. Así, y ante estas coyunturas, se solidificaron los cimientos de la Idea Juche bajo la conducción del “Gran Líder” como el único camino posible para el resguardo nacional. Al mismo tiempo –y como ya se ha mencionado–, el papel del Ejército Popular de Corea se convertirá en la columna vertebral de la defensa nacional, la cual incluyó la capacidad de generar una autonomía tecnológica y armamentística que pudiera paliar la dependencia sino‑soviética y el creciente aislamiento internacional a la que fue sometida la RPDC.

Bajo este panorama, a finales de la década 1960, comenzaron los esfuerzos para crear armas nucleares como el gran objetivo de protección nacional. En un principio, el gobierno norcoreano comenzó a enviar algunos científicos a la URSS y a China para que se formaran como especialistas en las disciplinas atómicas (Bermúdez, 2017).

Para 1967, Corea del Norte tenía dos reactores operativos en la central nuclear de Yongbyon. El más antiguo fue el reactor de investigación IRT-2000 suministrado por los soviéticos (I. D. G. M. E.; 1994). El uranio irradiado, en este reactor, fue utilizado para los experimentos de separación de plutonio en 1975. Sin embargo, el propósito principal del reactor no era la producción de plutonio. Además, Corea del Norte, tuvo problemas para adquirir suficiente combustible para esta compleja operación. El Departamento de Energía norteamericano estimó que este reactor pudo ser utilizado para producir hasta 1-2 kg de plutonio, aunque el Comité de Inteligencia Conjunta de Energía Atómica aseguró que la cantidad producida no fue más que algunos cientos de gramos (I. D. G. M. E.; 1994). En consonancia con las intenciones nucleares, en 1974, Corea del Norte se unió al Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) y en 1985 firmó el Tratado de No Proliferación Nuclear (NPT, por sus siglas en inglés). Esto significó, de una forma nominal, el ingreso de la RPDC al llamado “club nuclear”.

En lo referente a la tecnología misilística, mencionaremos brevemente que los dos grandes proveedores de material y conocimiento fueron los soviéticos y, de forma clandestina, Pakistán (Bermúdez, 2017). Podemos agregar que por esta época comenzó el desarrollo de sucesivas generaciones de misiles, a partir de la tecnología soviética del Scud-B/Scud-C, y cuyos resultados fueron los misiles No Dong, Taepo Dong 1, Taepo Dong 2 (Avellaneda & Araya, 2009).

Será durante la década de 1990 cuando la búsqueda de la autosuficiencia política, económica y defensiva tendrá mayores problemas e importantes avances. Los problemas se agravaron a partir de la implosión de la Unión Soviética y el desmembramiento del llamado campo socialista. Estos hechos encendieron todas las alarmas en la dirigencia política y militar norcoreana. El temor se fue afianzando a medida que los estadounidenses aumentaban su influencia (y presencia) en la zona de Asia-Pacifico. Los ejemplos de la primera invasión a Irak (1991), la Guerra de los Balcanes (1991‑2001) y la Guerra de Kosovo (1996‑1999), entre otros, confirmaron, a los líderes norcoreanos, la necesidad de acelerar su programa nuclear como única posibilidad de supervivencia a la creciente injerencia de los Estados Unidos en el nuevo orden mundial. Entre los avances que se realizaron, para mediados de esta década, Corea del Norte ya contaba con –por lo menos– tres instalaciones de producción de plutonio. El principal reactor de los norcoreanos, donde se habría producido prácticamente todo su plutonio, era un reactor de tipo Magnox[4], el cual pudo tener una capacidad para producir un máximo de 27‑29 kg de plutonio[5].

El 12 de marzo de 1993, Corea del Norte amenazó con retirarse del Tratado para la No Proliferación Nuclear y se negó a permitir el acceso de los inspectores a sus sitios nucleares. Por su parte, para 1994, Estados Unidos creía que Corea del Norte tenía suficiente plutonio enriquecido para producir, aproximadamente, 10 bombas (I. D. G. M. E.; 1994).

Ante la nitidez que fue tomando el programa nuclear norcoreano, durante toda la década de 1990, y mediante resoluciones de la ONU (como la número 825[6]), amenazas de bombardeos selectivos y promesas de acuerdos multilaterales, se buscó que el gobierno norcoreano detuviera su programa nuclear. Estados Unidos, en particular, creía que el colapso norcoreano estaba próximo. No obstante, las autoridades de la RPDC, mantuvieron un juego de “tira y afloje” que les fue permitiendo ganar tiempo y experiencia mientras descifraban el nuevo contexto internacional. En este aspecto, Kim Jong-il, hijo y sucesor del “Gran Líder”, continuó con el legado Juche de autodeterminación y soberanía nacional. Para ello la obtención del armamento nuclear era la única llave segura ante un mundo cada vez más inestable y peligroso.

A juicio propio, podemos deducir a esta altura que el programa nuclear norcoreano nunca estuvo dirigido a la búsqueda de supremacía y rivalidad con Corea del Sur. Por ejemplo, las pruebas misilísticas que ha realizado el gobierno norcoreano –en su gran mayoría– fueron en dirección a Japón[7]. Asimismo, durante el liderazgo de Kim Jong-il, se impulsó la firma con Corea del Sur del Acuerdo de No Agresión, Reconciliación y Ayuda Mutua, en diciembre de 1991(Agüero, 2009: 201).

Con todo, la situación se terminó de agravar cuando asumió la presidencia de Estados Unidos George W. Bush (2001‑2009) junto a su grupo de neocons[8]; que, luego de los trágicos acontecimientos de septiembre de 2001 en las Torres Gemelas, dio inicio a la reformulación de la política exterior estadounidense. Así, pocos meses después, Corea del Norte (junto a Irán, Irak, Libia, Siria y Cuba) pasó a conformar el “eje del mal”[9]. Dentro de esta definición hollywoodense, se cimentaron las bases de la –también pomposamente rotulada– “guerra contra el terror”[10]. La nueva política belicista de Estados Unidos diluyó, entonces, los límites y las fronteras de los Estados, los motivos y las reglas de los conflictos al potenciar la categoría de la “guerra preventiva”. La laxitud de los motivos por los cuales un país se podía volver patrocinador del terrorismo era tan amplia que se transformaba en infinita.

Las autoridades norcoreanas siguieron con mucha atención esta dinámica, mientras el programa nuclear de la RPDC se solidificaba como doble salvoconducto. Por un lado, podía mantener a raya a los propulsores de los ataques preventivos, ya que un ataque sobre Corea del Norte desataría un conflicto sin precedentes. Por el otro lado, resguardaba el dominio del linaje Kim al frente de la nación. La mitología de los líderes crecería in eternum. Con todo, era una lucha por la supervivencia de la nación y por la supervivencia de la elite dirigente norcoreana.

Nuevamente, los acontecimientos que se sucedieron –a partir de 2001– reforzaron la política nuclear norcoreana. La invasión a Afganistán (2001), la segunda invasión a Irak (2003), las fogueadas revoluciones de colores[11], la intervención de la OTAN[12] en Libia (2011) y la inoculada guerra civil en Sira (2011) eran los ejemplos que demostraban con balas lo que Bush había expresado con palabras.

Corea del Norte, entonces, decidió continuar con la obtención de más plutonio, reprocesando el combustible irradiado en el reactor de Yongbyon, al tiempo que buscaba negociar en el llamado “Grupo de los Seis”[13]. Estas reuniones multilaterales no llegaron a buen puerto. El 9 de octubre de 2006 Corea del Norte efectuó su primera prueba nuclear. Según algunas estimaciones internacionales, la detonación produjo una descarga de energía de más o menos un kilotón, una décima parte de la potencia de la bomba que fue lanzada contra Hiroshima en 1945[14].

Desde 2006, la dinámica fue signada por tensas negociaciones, tibios avances y repetidas amenazas de todas las partes en disputa. En paralelo, la ONU –bajo los auspicios de los EE. UU.– aplicó sistemáticamente sanciones económicas a la RPDC con el objetivo de cortar el financiamiento a su plan nuclear[15]. El camino hacia un acuerdo quedó minado cuando la RPDC realizó su segunda prueba nuclear, el 25 de mayo de 2009. De aquí en más, el programa nuclear norcoreano se transformó en el último capítulo de la Idea Juche.

Actualmente, Corea del Norte repitió –rutinariamente– el lanzamiento de misiles de diverso alcance[16], se cree que ya pudo miniaturizar bombas nucleares para transportarlas en las cabezas de sus misiles[17] y, quizá probó con éxito una poderosa bomba de hidrógeno[18]. Por último, puso en vuelo su nuevo misil Hwasong-15[19], con capacidad nuclear y un radio de alcance de hasta 13.000 kilómetros (es decir que podría impactar en el territorio de los Estados Unidos). Para agravar la situación, con la llegada de Donald Trump a la presidencia de EE. UU. en 2016, la retórica belicista estadounidense se potenció. No solo fue en aumento la bravata guerrera. Paralelamente, los estadounidenses, elevaron la tensión con la instalación de una Terminal de Defensa de Área a Gran Altitud (THAAD, por sus siglas en inglés) en Corea del Sur. A esto se sumó la realización de constantes ejercicios militares en la zona de la península coreana y el arribo de contingentes armados, cada vez más potentes.

Con todo, Corea del Norte se ha convertido en una nación nuclear. Más allá de las verdades y fantasías en torno a su arsenal y capacidad destructiva, creemos que nadie pondría en duda esta realidad.

A modo de conclusión

Luego del recorrido histórico que se ha realizado en el presente trabajo, se podría asegurar que el programa nuclear norcoreano y su actual arsenal atómico tienen un carácter disuasivo. En base a una lectura histórica que han hecho los sucesivos líderes norcoreanos junto a sus elites militares, creemos que han podido determinar que la vulnerabilidad y las reiteradas amenazas solo podían ser contenidas mediante este tipo de armamento. Con esto, no justificamos el desarrollo de esta costosa tecnología de destrucción masiva mientras existen profundos problemas sociales y económicos que azotaron (y azotan) a la población norcoreana. Sin embargo, la política nuclear de la RPDC guarda –a pesar su inconsistencia ética–, la racionalidad y la comprensión de los hechos históricos que se sucedieron en la península coreana desde el siglo II a. C. También podría agregarse que dicho programa mantiene la cohesión entre el líder, el Ejército y la elite académica. No solo porque proporciona un potencial de prestigio y orgullo patriótico, sino que –a su vez–, redunda en beneficios materiales para los que participan de esta empresa nuclear (en particular, a los científicos).

En el mismo sentido, podemos hipotetizar que la dirigencia norcoreana concibe su programa nuclear como un paraguas defensivo para toda la península. Las tensiones y los choques aislados –entre el norte y el sur– que sucedieron luego de finalizada la guerra intercoreana no han determinado que los dirigentes norcoreanos autoricen pruebas misilísticas sistemáticas contra Corea del Sur, a pesar de las amenazas y bravuconadas esgrimidas contra la dirigencia política surcoreana. La concepción y lógica de dicho programa armamentístico, creemos, tiene un destinatario exógeno. Las terribles consecuencias que han causado las sucesivas invasiones, anexiones y guerras, han traumatizado profundamente a toda la sociedad coreana. La salvaguarda contra esa latente amenaza parece ser el desarrollo de un armamento disuasivo de enorme potencial.

La historia que se está por escribir nos contará si el camino escogido por los líderes y la elite militar/científica norcoreana es parte de un delirio suicida, o es –como afirma la hipótesis del presente trabajo– la continuidad de una lógica de largo tiempo, que se fundamenta en una lectura racional del pasado histórico y los acontecimientos que este contiene.

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  1. Por ejemplo, las autoridades de Corea del Sur expresaron su protesta por la visita, en octubre de 2016, de un grupo de políticos japoneses al santuario Yasukuni en Tokio, que se convirtió para los países asiáticos en un símbolo del militarismo japonés. Véase “Seúl protesta por la visita de políticos japoneses al templo de Yasukuni”, Sputnik, 18 de febrero de 2016. Recuperado de https://bit.ly/2m30vho. Consultado el 2 de febrero de 2018.
  2. Cincuenta años antes de la división propuesta en 1945, japoneses y rusos habían planificado dividir la península coreana por el paralelo 38° (León-Manríquez, 2009:124).
  3. Podemos citar films como “Mi pueblo de origen” (내 고향) de 1949 o Mar de Sangre (피바다) de 1968.
  4. Es un tipo de reactor de energía nuclear que, cuando funcionaba con un corto y antieconómico ciclo de combustible, podía producir plutonio para armas nucleares. Era originario del Reino Unido, donde se construyeron 11 plantas de energía con un total de 26 unidades. Además, se exportó una a Japón y otra a Italia. Corea del Norte también desarrolló sus propios reactores Magnox basados en el diseño del Reino Unido, lo que fue hecho público en una conferencia de Átomos para la Paz (1953).
  5. La cantidad mínima de uranio 235 o de plutonio 239 para que pueda explosionar, llamada masa crítica, depende del enriquecimiento, geometría, densidad y si está rodeada de un material que refleje los neutrones producidos en la fisión (generalmente uranio natural o berilio). Para el caso de una esfera de uranio o plutonio de densidad nominal, enriquecida al 94%, la masa crítica para una esfera desnuda sería de unos 53 kg de uranio y 12 kg de plutonio. Si la esfera está reflejada por una capa esférica de berilio de 10 cm de espesor, la masa crítica de uranio sería de 15 kg, con un radio de 5,8 cm y la de plutonio de 4,3 kg con un radio de 3,7 cm. Ver http://bit.ly/33izJC1.
  6. Ver https://bit.ly/2meZ6od.
  7. Ver https://bit.ly/2kJNNnp; https://bit.ly/2vFsMKb; https://bit.ly/2m6VWme.
  8. Abreviatura que hace referencia a los neoconservadores, tanto por partidarios como por críticos. Los neocons se caracterizan por (o se los acusa de) promover una política exterior estadounidense más agresiva.
  9. Ver https://bit.ly/2kJEqEh.
  10. Ver https://bit.ly/2mg4dEF.
  11. Es el nombre colectivo que han recibido una serie de movilizaciones políticas en el espacio exsoviético llevadas a cabo contra líderes supuestamente “autoritarios” acusados de “prácticas dictatoriales” o de amañar las elecciones o de otras formas de corrupción. En ellas, los manifestantes suelen adoptar como símbolo un color específico que da nombre a su movilización. Este fenómeno surgió en Europa Oriental y luego se extendió a Medio Oriente.
  12. Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN).
  13. Grupo integrado Estados Unidos, Rusia, China, Japón y las dos Coreas para tratar la desnuclearización de Corea del Norte.
  14. Ver https://bbc.in/2xJYxnM.
  15. Ver https://bit.ly/2lMmXvk.
  16. Ver https://bit.ly/2fueSVK.
  17. Ver https://bit.ly/2kxzPFq.
  18. Ver https://bit.ly/2euW87Y.
  19. Ver https://bit.ly/2kpaE7u.


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