Otras publicaciones:

DT_Chartier_Burucua_13x20_OK-final

Book cover

Otras publicaciones:

12-2853t1

9789871867639_frontcover

3 Las relaciones bilaterales entre Moscú y Pyongyang

Reposicionamiento y proliferación nuclear en la era Putin

Dante Alejandro Anderson (UNC)

Introducción

A Mao Zedong se le atribuye haber dicho que China y Corea del Norte eran “tan cercanos como los labios y los dientes”, planteado así, en términos comparativos, las relaciones ruso-coreanas no podrían equipárseles ni en antigüedad, ni cercanía, pero ignorar la influencia de Rusia en los hechos políticos y militares en la península desde el momento mismo en que ambas naciones se convierten en vecinas solo nos dejaría frente a un panorama tan parcial como incompleto acerca de la conformación de la Corea moderna.

En términos históricos, esos lazos habrían de ser puestos a prueba a los largo del siglo XX, como consecuencia de los dramáticos sucesos a los que estuvieron sometidas ambos pueblos, y que, con el despuntar del nuevo mileno, habrán de cobrar un nuevo impulso a causa dos procesos al interior de cada uno de estos países, que finalmente resultan convergentes.

Por una parte, con el ascenso al poder de Vladimir Putin, Rusia retomará una política exterior más activa y enérgica para recuperar el estatus alcanzado en la era soviética, por otra Corea del Norte dispuesta a dotarse de un arsenal atómico para disuadir a los Estados Unidos de una intervención militar al norte del paralelo 38°.

Moscú, no exento de intereses geopolíticos, considera ante todo su seguridad nacional y las mejores maneras de expandir su influencia regional, y ha venido activando una serie de medidas y propuestas con las que tiene intención de restablecer el equilibrio en el Asia Pacífico. En ese contexto, los sucesos que en la última década y media se vienen sucediendo en la Península han resultado aptos para el ejercicio de una diplomacia mediadora ante el dialogo imposible entre Washington y Pyongyang.

La multiplicidad de actores involucrados y de intereses en juego ha venido condicionando a Moscú, que carga por su activismo en pos de un orden mundial multipolar, con la desconfianza de los Estados Unidos, que no está dispuesto a ceder su puesto como potencia hegemónica. Con mi artículo me propongo contribuir al conocimiento de los lazos entre la Federación Rusa (FR) y la República Popular Democrática de Corea (RPDC), relación que trasciende la relevancia bilateral al influir en la dinámica regional y ocupar un lugar prioritario en la agenda global, partiendo de la descripción de la evolución histórica de los vínculos entre ambas naciones desde la segunda mitad del siglo XIX al estado actual de la misma, en el entorno del internacionalmente condenado programa nuclear norcoreano, el ascenso de Rusia y su contribución en el reforzamiento del multilateralismo en la comunidad internacional.

Repaso histórico

a) Etapa zarista

A diferencia de China, que ha mantenido con Corea una relación de al menos 3000 años de historia, los vínculos ruso‑coreanos hasta mediados del siglo XIX fueron endebles debido al inmenso territorio virgen e inexplorado que los separaba. Recién con la expansión hacia el Pacifico y la necesidad de acceder a puertos de aguas cálidas por parte de Rusia, habrá de establecerse una relación más estrecha con el reino Joseón. Sin embargo, la llegada al Mar del Este, habrá de producirse en momentos que otras potencias extracontinentales como Gran Bretaña. Francia y Estados Unidos más una regional en ascenso, el Japón Meiji, se encuentran envueltas en complejas relaciones de poder y pleno proceso expansionista, competencia que no en pocas ocasiones se resolverá con la diplomacia de los cañones.

La derrota de Rusia en 1905 frente a Japón dará cuenta de ello. El humillante tratado que le siguió (Paz de Portsmouth) por el que la autocracia zarista cedía sus derechos sobre Corea a Japón, generó un profunda conmoción en la sociedad rusa, y ha sido calificado como una de las causas inmediatas de la declinación del imperio de los Romanov que doce años después tocará a su fin con la Revolución Bolchevique.

b) Etapa soviética

Si el imperialismo a decir de Lenin es la fase superior del capitalismo, y el expansionismo territorial, su forma expresión más contundente, en la Rusia de los soviets esto debía de dar lugar a un nuevo perfil militante, la expansión revolucionaria de acuerdo a los principios definidos por el Komitern en 1919, que subordinaba toda conducta internacional al interés político y a la solidaridad proletaria. Será a partir de esta perspectiva que los bolcheviques al inicio de guerra civil (1917-1923) habrán de buscar en los coreanos étnicos un apoyo para su causa al este de los Urales y en la Krai de Promorie (litoral marítimo oriental), flanco débil donde el nuevo gobierno revolucionario no contaba con muchos partidarios, y donde no les resultó complicado reclutar a un número considerable de ellos con la promesa de ayudarlos en la causa de su independencia, refugiando a Kim Il-sung y sus seguidores, pero al mismo tiempo enviando mensaje conciliatorios a los japoneses, y poder dedicar así sus esfuerzos en otra área prioritaria para su supervivencia (Europa Oriental).

El criterio con el que los negociadores rusos firmaron el Tratado de Brest Litovsk (1918)[1] quedará arrumbado con el fin de la Segunda Guerra Mundial. Fronteras seguras, vecinos confiables y la extensión de la influencia del comunismo formarán parte del nuevo prospecto en materia de relaciones internacionales de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) a partir de 1945.

El desarme del ejército japonés al norte de paralelo 38°, luego de la ruptura del pacto de neutralidad con Tokio de 1941[2], y según lo acordado con sus aliados americanos, les permitirá a los soviéticos poner pie en la península y volver a ejercer aquella influencia que le fuera arrebatada a Rusia en 1905, aplicando los nuevos preceptos de la diplomacia de posguerra que habrá de materializarse con el ascenso al poder de un aliado suyo, Kim Il-sung destacado dirigente de la lucha antijaponesa, y el establecimiento de un nuevo Estado, la RPDC, en 1948.

La guerra que a continuación se desencadenó en 1950 pondría a prueba cuan solida era esa alianza entre este soviéticos y norcoreanos. La iniciativa de Kim Il-sung de la reunificación de la península por la vía armada encontró ciertas resistencias en Moscú. Stalin no quería comprometerse en otro conflicto global a dos años de haber retirado su tropas del Norte y a solo uno que haber obtenido su primer arma nuclear, por lo que dejó que Mao Zedong pusiera a sus hombres en el campo de batalla, mientras el georgiano se encargaba de jugar su partida en la diplomacia, terreno en el que se sentía más a gusto.

La oportuna intervención china evitó que las fuerzas de Kim colapsaran frente a la coalición militar de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) encabezada por los EE. UU., paridad de fuerzas que acabará por imponer la firma del armisticio de Panmunjon (1953) y la promesa de un tratado de paz que no se ha concretado hasta la fecha.

De aquel acto de solidaridad de la República Popular China (RPCh) para con Norcorea habrá de forjarse la célebre frase de que la cercanía entre ambas naciones era comparable a la que existe entre los dientes y los labios. Lo cierto es que Kim Il-sung se encargará de dejar en claro cuáles serían los límites del influjo de sus dos poderosos vecinos socialistas, comenzando con una depuración de los agentes prochinos y prosoviéticos tanto en el partido de los Trabajadores de Corea (PTC) como en el aparato del Estado y la imposición de la doctrina Juché, que resultó de la mixtura entre materialismo dialéctico, nacionalismo y confucianismo convertido en el catecismo oficial de la RPDC. [3]

La autosuficiencia que aquel dogma impuso y el asfixiante aislamiento al que fue sometido el régimen, considerado una amenaza para para la paz, solo fue posible de sobrellevar mediante una estrategia diplomática sostenida en un juego de acercamientos y distanciamientos con la URSS y la RPCh, funambulismo que resultó mucho más complicado de ejercer al producirse el cisma sino‑soviético período en el que, sin embargo, Kim Il-sung logró concluir acuerdos de defensa con ambas partes (1961) y asegurarse la cobertura del paraguas nuclear soviético.

c) El fin del socialismo real

El delicado balance que permitía a Corea del Norte su supervivencia habrá de pasar por su mayor prueba en la década de los 90. Las políticas aperturistas de la China de Deng y la Rusia de Gorbachov, la ralentización de la economía planificada y el ocaso físico del mítico Kim Il-sung habrán de poner al país en una situación límite.

Tanto rusos como chinos se mostrarán menos amables en materia comercial retaceando créditos, imponiendo precios de mercado por sus bienes y pago en efectivo por sus exportaciones. Para Corea del Norte, cuya economía no está orientada a la competitividad capitalista, la cancelación de la ayuda soviética será un desastre, mientras sus atribulados ciudadanos comenzaban a transitar la “Ardua Marcha”[4]. A esta serie de eventos catastróficos habrá de sumares el fin de la política de una sola Corea que soviéticos y chinos habían sostenido por casi cuatro décadas, la que culminará con el establecimiento de relaciones entre Seúl y Moscú en 1990 y Seúl y Beijing en 1992, y el reconocimiento de ambas coreas como Estados miembros de la ONU en 1991.

Pyongyang asumió el golpe, denunció públicamente esta política contraria a sus intereses pero se cuidó de no romper lazos con exsocios[5]. En un mundo que se le presentaba francamente hostil, el tema de la seguridad comenzó a ocupar un papel de primer orden en la agenda de la RPDC. El valor del programa nuclear cambió como un símbolo de viabilidad militar y política del país, en respuesta a las posibles amenazas del Sur hasta convertirse en una de las herramientas más importantes para la supervivencia del Estado tal y como lo conocemos hoy.

La era Putin

Con la desintegración de la Unión Soviética, las relaciones entre Pyongyang y Moscú entraron en un cono de sombra. Reconocida por el derecho internacional como el Estado sucesor de la Unión Soviética, la FR asumió una política exterior más desideologizada de acuerdo con nuevos vientos que soplaban a favor de un orden mundial unipolar. La traumática transición económica que acompañó a esos cambios obligó a optimizar los recursos y reducir costos en subsidios y asistencia militar a la RPDC, pese a las afirmaciones en contrario que desde Moscú ya se habían hecho[6]. Se daría inicio, así, a un proceso de cooperación más estrecho con Seúl, que serviría a los fines de la indispensable recuperación del país.

No pocos analistas suponían, además, tanto dentro como fuera de Rusia, que este último bastión del “stalinsimo” que además estaba azotado por una feroz hambruna no tendría chances de sobrevivir por mucho tiempo.

Con la llegada al poder de Vladimir Putin exagente de la KGB y delfín de Yeltsin en el año 2000, se producirá un giro en la política exterior de Moscú, poniéndose fin a la estrategia de los sectores reformistas de la cancillería, que hasta ese momento habían establecido como propósito una alianza con sus antiguos rivales, los EE. UU. y Europa Occidental gestionada desde el Ministerio de Asuntos Exteriores por Andrei Kozyrev (1991‑1996), que bajo preceptos liberales asumió que las relaciones entre los Estados debían de construirse sobre las bases de compromisos compartidos tales como la democracia, el libre mercado, la cooperación internacional y la seguridad mutua.

Para el retorno en materia de política exterior, a lo que se denomina con el término de realismo multivectorial, tuvo mucho que ver el hecho de que el acercamiento a Occidente aplicado en la era Yeltsín, no impidió que EE. UU. quisiera poner coto a la FR, ni la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) avanzara hacia sus fronteras absorbiendo a los países que fueran parte del Pacto de Varsovia.[7] Es que pese a los gestos de distención, Rusia nunca quedó descartada como rival y en este sentido han compartido con la RPDC un lugar significativo en la agenda del Pentágono como dos adversarios importantes en las hipótesis de conflicto de la pos Guerra Fría: Corea del Norte por su carácter de “régimen paria” (rogue regime), Rusia como “oponente de potencial comparable” (peer competidor), es decir, con la capacidad necesaria para convertirse en una amenaza para la hegemonía norteamericana.[8] En el caso de la RPDC a esta calificación se le sumará la de miembro del infame “eje del mal” luego del 11S de 2001 y “promotor del terrorismo”.

Proliferación atómica

Coincidentemente con la asunción de Putin al poder, se producirá un aumento en la tensión en la Península, al profundizar Corea del Norte su plan nuclear. La energía atómica, cuyo desarrollo tenía como finalidad generar nuevas fuentes de energía para un país carente de este recurso, mutó drásticamente con la extinción del acuerdo marco de Ginebra, que implicaba el fin del enriquecimiento de uranio que habían firmado los EE. UU. y la RPDC, lo que derivará en una crisis cuando en el 2002 Pyongyang se retire del Tratado de No Proliferación Nuclear (TNP)[9], dando inicio a una desenfrenada carrera para convertirse en una potencia atómica, trasladando a los hechos aquel axioma que afirma que “si deseas contener a tus enemigos, es necesario mostrar los medios de disuasión”[10].

Los sucesos de Irak, Afganistán o los Balcanes, como así también las frecuentes maniobras militares al sur del paralelo 38°, no habrán sino de confirmar a Kim Jong-il su apreciación de que solo reforzando un sistema de disuasión nuclear podría salvar a la RPDC de una intervención preventiva con las que la administración norteamericana de George Bush estaba reconfigurando el nuevo orden planetario.

La doctrina Songun que antepone los asuntos militares a todos los demás del Estado[11] se profundizó ya no solo en el ámbito de las fuerzas convencionales, sino en las sucesivas pruebas balísticas y el desarrollo de armas de destrucción masiva más conocida por su sigla en inglés Weapons of Mass Destruction (WMD).

En este cuadro de situación, la seguridad regional estrechamente ligada a la problemática nuclear norcoreana merecerá una mayor atención por parte de Moscú. Los hasta entonces desatendidos asuntos en el extremo oriente vuelven ahora a ocupar un lugar relevante para la nueva gestión en materia exterior rusa, y compensar a su vez su aislamiento en Europa.

Ni Putin ni su sucesor en la presidencia, Dmitri Medvédev (2008‑20012), suscribirán los planes de Pyongyang, por ser contrarios a las líneas maestras de la acción exterior que desde el año 2000 se vienen implementando. Estas pueden sintetizarse en: garantizar la seguridad del país, proteger su soberanía e integridad territorial, asegurar su puesto de privilegio en la comunidad internacional como uno de los polos influyentes y competitivos a nivel global, y cooperar con otros Estados en lucha contra proliferación de WMD, aunque, por si acaso, sin dejar de pasar toda oportunidad para manifestar los reales motivos que han provocado la inconducta norcoreana. [12]

El término “duplicidad descarada” resulta así apropiado para el Kremlin para describir la posición de Washington y sus aliados. A EE. UU. le preocupa que los regímenes autocráticos puedan violar los acuerdos que firman, y si bien hay razones legítimas para esta cautela, los líderes norteamericanos también deberían de mirarse al espejo cuando se trata de problemas de credibilidad. La conducta de Washington en Libia fue para Moscú un ejemplo de ese comportamiento, y no sorprende que ahora que Corea del Norte y otros países consideren a EE. UU. como una nación poco confiable.

¿Un socio con quien contar o un aliado a quien temer?

¿El encuadramiento de ambos Estados, como réprobos del orden global según la óptica de Washington, ha convertido en aliados a norcoreanos y rusos? No, al menos en los términos ideológicos de los tiempos de la Guerra Fría. Rusia juega desde hace mucho tiempo en las “ligas mayores” y tiene una gimnasia diplomática que la inhibe de asumir posturas intransigentes a las que nos tiene acostumbrada el gobierno de los Kim. Desde que Putin decidiera dar por finalizado el duelo por la extinción de la Unión Soviética, se propuso, a sostener desde su primer gobierno 2000‑2004, una política exterior pragmática, con el objetivo de recuperar el poder y la influencia tanto en la región euroasiática como en el sistema global, y es en ese sentido que debe observarse el restablecimiento de las relaciones más estrechas con Pyongyang, donde desde 1994 gobernaba Kim Jong-il.

Esa aproximación entre ambos Estados está sustentada con la firma del “Tratado de Amistad, Buena Vecindad y Cooperación” en febrero de 2000; la visita de Putin, primera de un mandatario ruso a la RPDC en julio del mismo año; las tres visitas de Estado de Kim Jong-il a Rusia en 2001, 2002 y 2003; como así también la declaración del año 2015 como el “año de amistad” entra las dos naciones[13]. Esto, sin embargo, no ha implicado desatender los asuntos con la República de Corea (RdC), ya que todo forma parte de una misma estrategia: relaciones amistosas equilibradas con ambos países; como tampoco ha inhibido al Kremlin de mostrar firmeza ante la escalada nuclear en la que está comprometida Pyongyang, apoyado con su voto las condenas del Consejo de Seguridad de las Nacnes Unidas y rechazando conjuntamente con Seúl el autoproclamado estatus nuclear de la RPDC por parte de Kim Jong-un, en octubre de 2016.[14]

Sin embargo, hay quienes creen que la desaprobación rusa a la inconducta internacional de Pyongyang es puramente retórica. Entre no reaccionar con dureza, a riesgo de pasar por una potencia irresponsable, e imponer medidas de represalia, cuya severidad podrían impulsar a Corea del Norte a posiciones extremas y provocar una crisis mayor, Moscú parece haber elegido el mal menor. Las sanciones hasta ahora impuestas que buscan sofocar económicamente a los Kim desde 1949, modificar el comportamiento del gobierno y, en el último caso, provocar un cambio de régimen, no han dado resultados y ha convertido a ese país en un banco de prueba, donde el Ministerio de Relaciones Exteriores Ruso ejercita su realpolilitk, que desde el año 2000 a la fecha ha consistido en hacer negocios con cualquier país e involucrarse en asuntos controversiales, como en este caso, en el Noreste Asiático, y dejar atrás el estatus de socio menor que se le “ofreciera” tras la implosión de la Unión Soviética.

De acuerdo a estos principios es que Putin ha propuesto la constitución de un programa de cooperación económica trilateral FR-RdC-RPDC en los ámbitos del transporte y la energía que podrían crear un clima de distención y reconciliación, más efectivos que las amenazas guerreristas o la asfixia económica ensayadas hasta el momento con Pyongyang.

También ha suscripto con China una hoja de ruta en julio de 2017 que tiene por objetivo excluir el uso de la fuerza o la amenaza de la misma en la península de Corea y promover un diálogo sin condiciones previas para dar soluciones a todos los problemas, incluyendo el de las armas nucleares.[15]

En su recuperada faceta de actor geoestratégico dinámico, el Kremlin no busca cambiar el régimen como las potencias occidentales, ya que considera a Corea del Norte como un muro de contención ante el poder norteamericano, aunque por ello no deja ser particularmente sensible a los ensayos balísticos norcoreanos, ya que la frontera común es una de las regiones más susceptibles a nivel estratégico en el extremo oriental del litoral ruso donde posee su principal puerto, Vladivostok.

Una “belicosa” Corea del Norte justifica, por su parte, que Washington haya desplegado el escudo antimisiles de la OTAN en Europa y el sistema Terminal High Altitud Area Defense (THAAD) al sur del paralelo 38°, lo que ha sido denunciado conjuntamente por Moscú y Beijing, al señalar que dicha medida no tiene como objetivo neutralizar una potencial amenaza de Pyongyang, sino que está dirigido contra la capacidad nuclear disuasorias de Rusia y China.

Si los preparativos nucleares de la RPDC suponen una importante preocupación para Moscú en materia de seguridad, sin embargo, carece de la influencia de Beijing como para detenerlos unilateralmente al tiempo que se incentiva la carrera armamentista al oeste del Pacífico. Japón ya ha puesto en marcha un plan de Estrategia de Defensa Integral para que sus Fuerzas de Autodefensa ejecuten operaciones en caso de contingencia ante la crecientes amenazas que suponen Corea del Norte y China,[16] las que, al extenderse a las fronteras orientales de Rusia, crean una situación nueva que no puede ser dejada de tener en cuenta en los planes militares rusos, en palabras del viceministro de Exteriores Serguéi Riabkov.

Es por eso que Moscú está interesado en que se restituya la estabilidad en la península en un arreglo multilateral como el acordado con Irán en 2015. La reanudación de las conversaciones a seis bandas[17] que se halla desactivado desde el año 2008, así como el proyecto de cooperación económica con la RPCh y otros países del Asia Central, también serviría a los fines de la teoría realista activada por el Kremlin, que justifica el comportamiento de aquellos actores geoestratégicos dinámicos que buscan oponerse al poder de los EE. UU., y en el caso de Rusia, el intento de volver a influir sobre sus antiguos satélites.

Por el momento, tanto la RPDC como RdC han descartado esa iniciativa, ya que las propuestas de Corea del Norte y Rusia para aliviar la tensión en la península no son coincidentes. La política exterior de los Kim no ha variado a pesar de los cambios sucesorios en la familia gobernante, a saber: un acuerdo de paz directo con Washington, que los americanos no tiene intenciones de concretar, y mucho menos de avalar una reunificación confederal con un “Estado dos sistemas”. Solo hay lugar para uno, el que le prometa lealtad, y mantener la influencia sobre Japón y Taiwán. Mientras tanto, y a la espera de que las sanciones causen el efecto esperado, agitan en casa el fantasma sobre la supuesta capacidad de Corea del Norte para destruir sus ciudades con misiles con carga nuclear, predisponiendo favorablemente a la opinión pública ante una eventual intervención militar, con la promesa de que se habrá de actuar contra la amenazas en su origen.

Trump y el fin de la “paciencia estratégica”

Plutarco afirmaba que la paciencia tiene más poder que la fuerza, así descubrió que la paciencia era amiga del éxito, y la precipitación, la aliada de los fracasos. Durante su mandato, Barack Obama puso en práctica la paciencia estratégica como una fórmula para tener controlados a determinados enemigos a los que les gustaría que Estados Unidos cometiera el error de impacientarse, como era el caso de Corea del Norte, aunque los hechos parecen contradecir esa presunta resistencia.[18]

Para Trump, las políticas aplicadas tanto por Clinton como por Obama eran un signo de debilidad, la falta de determinación había dado oxígeno a los Kim para continuar con sus planes de convertir a la RPDC en un nuevo miembro del club nuclear y había llegado el momento de actuar con rudeza, aplicando nuevas y más severas sanciones juntamente con el despliegue del THAAD.[19]

Esta nueva posición asumida por el inquilino de la Casa Blanca fue anunciada por su vicepresidente Mike Pence en la visita a la zona desmilitarizada que separa en dos mitades la península, en abril de 2017. Pence manifestó en dicha oportunidad que todas las opciones estaban sobre la mesa, anuncio inquietante que matizó a continuación señalando la determinación de Washington y Seúl para solventar la situación con medios pacíficos mediante negociaciones. Esta actitud difiere sustancialmente de la asumida por el propio Trump en su campaña electoral, donde puso en duda la continuidad de los acuerdos de seguridad con sus socios del Pacífico.[20]

El por entonces candidato a presidente no había descartado retirar las tropas en Corea del Sur o abandonar Corea a su suerte si no se llegaba a una situación rentable para el país, aplicando a un tema eminentemente político criterios de eficiencia empresariales. El vuelco en sus planes tuvo que ver con la superlativa escalada en los ensayos atómicos y balísticos llevados a cabo por Pyongyang durante el año 2017, considerados por Washington un reto a su seguridad nacional, y quedando descartado de plano cualquier tipo de negociación que no implicara como condición previa por parte de Kim Jog-Un desactivar su programa nuclear.

Para cumplir con ese objetivo, se concretó una cumbre en Vancouver 16 enero de 2018 presidida por Estados Unidos y Canadá con la participación de los ministros de relaciones exteriores de veinte países aliados.[21]

Si por razones obvias quedó excluida la RPDC, suprimir la presencia de la FR y la RPCh no tenía otro sentido que consensuar medidas punitivas más duras a Pyongyang, que estrictamente ejecutadas pudieran además sortear el eventual veto de Moscú y Beijing en la ONU. Los representantes estadounidenses apuntaron que el principal foco de la cumbre sería la implementación de algún tipo de bloqueo naval para impedir los esfuerzos de Kim Jong-un por evadir las sanciones por medio del contrabando, reeditando aquella otra crisis de los misiles que en el Caribe, en 1962, estuvo a punto de llevar a la guerra de soviéticos y americanos.

Desairada, Rusia replicaría que esta tendencia de los países occidentales de apostar a la resolución de problemas internacionales mediantes formatos cerrados y poco transparentes solo responden a planes geopolíticos de EE. UU. y sus aliados, resucitando los conflictos de la Guerra Fría. Dicha afirmación acabará por confirmarse tres días después de la reunión de cancilleres en Canadá, cuando desde Washington se haga pública la nueva estrategia en materia de defensa, The National Security Strategy (NSS). En dicho documento, la FR es declarada una amenaza, porque en su carácter de potencia revisionista no solo ha violado las fronteras de las naciones cercanas (léase: Ucrania), sino que además persigue el poder de veto sobre las decisiones económicas, diplomáticas y de seguridad de sus vecinos. Con estos argumentos los estrategas del Pentágono vuelven a restablecer a Rusia como una de sus principales adversarios al poder unipolar que Washington regentea desde 1989, por encima del terrorismo fundamentalista y seguida muy de cerca por chinos, iraníes y norcoreanos, poniendo, además, en entredicho la presunta capacidad de Moscú de ser árbitro en la crisis peninsular, por estar jugando una doble partida, como resultado de su “estrecha” cercanía con el Estado paria de los Kim.

Conclusión

De lo expuesto, se infiere que las relaciones entre Corea y Rusia han tenido un desarrollo zigzagueante. Su mayor o menor intensidad no son sino el resultado del devenir político por el que ambas naciones han pasado en poco más de un siglo.

En este contexto y en la nueva etapa iniciada con el comienzo del milenio, el principal objetivo de la política exterior de Putin ha sido recuperar para Rusia su lugar en el firmamento de la gobernanza global. Esto lo ha llevado a un proceso de inevitable colisión con los EE. UU., que no está dispuesto a compartir su hegemonía mundial, y ha convertido a Corea en un buen lugar para ejercitar ese pulso, cuya intensidad se ha visto acrecentada desde que Pyongyang tomara la determinación de dotarse de una arsenal atómico.

Como curiosa metáfora, la península se asemeja hoy a un archipiélago en tensión en la que la FR es solo uno de los emergentes, que no puede ni quiere ser quien cierre el capítulo de la tragedia de los coreanos, resultado de un precipitado trazado de frontera, como tampoco aguardar pasivamente una resolución unilateral por parte de los EE. UU.

Las propuestas de Moscú han encontrado su mayor escollo en la intransigencia tanto por parte de norcoreanos como norteamericanos. El amperímetro de las demandas de los Kim no se ha movido, y solo hay disposición a revisar el programa nuclear a cambio de un acuerdo de paz definitivo y garantías a su seguridad por parte de Washington, que, a su vez, está atrapado en su propia retórica de jamás sentarse a la mesa de negociaciones con quien ha calificado de integrante del “eje del mal”.

Esta situación, sin embargo, ha tenido un giro radical en el mes de marzo de este año, luego de que Trump recibiera de manos del director de Seguridad Nacional de Corea del Sur, Chung Eui-yong, la invitación de Kim Jong-un para una reunión entre ambos mandatarios, la primera entre un jefe de Estado norteamericano y su par norcoreano.

Como en las ancestrales treguas de los Juegos Olímpicos, el deporte unió nuevamente a la RPDC y a RdC. El deshielo producido con la visita oficial de la hermana de Kim Jong-un y otros importantes funcionarios de su régimen a las competencias de PyeongChang dio inicio a una febril actividad diplomática, cuyos resultados han sido los históricos encuentros entre los líderes de las dos Corea en Panmunjom, en abril, y la cumbre Trump-Kim en Singapur, en junio. Este nuevo escenario me impone replantear mis consideraciones iniciales mientras redacto el presente informe, al tiempo que se abren nuevos interrogantes sobre los verdaderos motivos que llevaron a esta etapa de distención. ¿Será esta resultado de la estrategia de Kim Jong-un de crear una situación límite para poder negociar desde una posición de fuerza? ¿O acaso el estricto régimen de sanciones que está cobrando su precio es el que aceleró los tiempos diplomáticos? De ser así, ¿la posición de Trump se habrá fortalecido tanto como para resolver el conflicto sin el apoyo de China y Rusia?[22] Una salida definitiva al atolladero que lleva 65 años precisa que el presidente americano también tenga que coordinarse estrechamente con los vecinos de Pyongyang: China, Rusia y Japón. Sus propios intereses deberán tenerse en cuenta para que cualquier acuerdo sea sostenible. Es más probable que un marco multilateral produzca un acuerdo duradero que las conversaciones bilaterales. Si todos en mayor o menor medida han sido responsables de la fractura de esa nación, tendrán que ser parte de la solución, casi tanto como los propios coreanos.

Ante el inesperado cambio de rumbo, Rusia, en palabras del canciller Lavrov, aboga por reducir la tensión y pasar de la retórica belicistas a buscar soluciones mutuamente aceptables. Quiérase o no, el gigante euroasiático tiene mucho que decir aún en un proceso que se anticipa complicado y potencialmente histórico, y media en la crisis calibrando geopolítica y límites. Como los principales actores regionales, la situación actual de statu quo en la península favorece a Moscú, pero cruje, y es difícil de mantener con cada prueba norcoreana.

Un eventual colapso de Corea del Norte implicaría para la FR la presencia indiscutible de la RPCh y EE. UU. en una zona estratégicamente relevante para sus aspiraciones, en especial, para sus proyectos de conectividad y cooperación energética[23] y, por supuesto, su seguridad, y tratará por todos los medios de equilibrar la capacidad de influencia en la región de Washington, Beijing y Tokio, pero, esta vez, ejecutando una política exterior que no solo se sustenta en su importante poder militar, sino también combinando la histórica alta capacidad de negociación y persuasión diplomática.

Por el momento, es prematuro llegar a otras conclusiones. Habrá que seguir con atención cómo Putin jugará sus fichas el proceso de negociación en la península coreana tras la tregua pactada entre Washington y Pyongyang; un desafío de alto calibre que puede devolverlo al centro del tablero del juego, en momentos que está arrinconado por el escándalo sobre el presunto atentado al doble agente Skripal y su intervención en la crisis Siria.

El hundimiento del equilibrio de la Guerra Fría generó grandes tensiones en Asia. Restablecer y consolidar la estabilidad peninsular sin permitir el avance de los EE. UU. ni la desaparición de sus fronteras, parece ser, por el momento, el escenario ideal para los intereses de Moscú.

Referencias bibliográficas

Agencia Yonhap. “Corea del Norte repite su reclamación como Estado nuclear en su aniversario clave”, Agencia Yonhap, 22 de abril de 2018. Recuperado de https://bit.ly/2lRfsmU. Consultado el 24 de abril de 2018.

Albiñana, Antonio (comp.). Geopolítica del Caos. Le Monde Diplomatique, Debate, Buenos Aires, 2000, páginas 31-39.

Ballon de Amezaga, Liliam. “Diplomacia y no proliferación nuclear. El caso norcoreano y la ‘acción estabilizadora’ de las principales potencias: un recuento de los principales hechos”, Revista Agenda Internacional, n.º 25, julio de 2007, páginas 302-309.

Candelas Candelas, Miguel. “Conflicto de Corea: geopolítica, geoestrategia e imaginario”, Revista Política Crítica, 7 de abril de 2013. Recuperado de https://bit.ly/2kIDsZ4. Consultado el 8 de febrero de 2018.

Carreño Lara, Eduardo. “El lugar de Corea del Norte en la política exterior de la Federación de Rusia, una mirada a la última década”, Revista de Relaciones Internacionales, Estrategia y Seguridad, n.º 5, 23 de abril de 2010, páginas 15-29.

Chomsky, Noam. Estados FallidosEl abuso de poder y el ataque a la democracia, Pensamiento Crítico, Buenos Aires, 2012, páginas 98-106.

Clarín. “Sudeste asiático: Norcorea sacude un complejo tablero”, Clarín, 9 de septiembre de 2016. Recuperado de https://bit.ly/2lK4IXf. Consultado el 8 de febrero de 2018.

El País. “Corea del Norte acusa a la URSS de traición”, El País, 8 de junio de 1990. Recuperado dehttps://bit.ly/2lTbolK. Consultado el 13 de febrero de 2018.

Gills, Barry K. Korea versus Korea – A case of contested legitimacy, Taylor & Francis publishers, London, 1996, páginas 231-244.

Gutierrez del Cid, Ana Teresa: “Rusia en la era de Vladimir Putin: la búsqueda del interés nacional ruso”, Revista Mexicana de Política Exterior, n.º 74, junio de 2005, páginas 92-105.

Hispantv. “Japón despliega ‘invisibles’ F-35A para vigilar Corea del Norte”, Hispantv, 26 de enero de 2018. Recuperado de https://bit.ly/2lRfEm8.

Hong, Christine y Lee, Hyun. “Lurching Towards War: A Post-Mortem on Stretegic Patience”, Foreing Affair in Focus, 15 de febrero de 2015. Recuperado de http://bit.ly/2p4BZ0Z. Consultado el 8 de febrero de 2018.

La Voz del Interior. “La tesis rusa sobre la negociación”, La Voz del Interior, 30 de mayo de 2017. Recuperado de https://bit.ly/2kjVDEk. Consultado el 5 de marzo de 2018.

Leiva Van De Maele, Diego. “La Política Exterior de Vladimir Putin: búsqueda de reposicionamiento en el sistema internacional”, Instituto de Estudios Internacionales, Universidad de Chile, 8 de octubre de 2015. Recuperado de https://bit.ly/2m79IoW. Consultado el 12 de febrero de 2018.

Marcu, Silvia. “La geopolítica de la Rusia Postsoviética: desintegración, renacimiento de una potencia y nuevas corrientes de pensamiento geopolítico”, Scripta Nova-Revista Electrónica de Geografía y Ciencias Sociales, 1 de diciembre de 2007. Recuperado de https://bit.ly/2kyXYLN. Consultado el 13 de febrero de 2018.

Ojeda, Alfonso e Hidalgo, Álvaro (eds.). North Korea and Regional Security – Corea del Norte y la seguridad regional, Editorial Verbum, Madrid, 2006, páginas 97-126.

Ruiz González, Francisco J. “El concepto de política exterior de Rusia: un estudio comparativo”; Instituto Español de Estudios Estratégicos, n.º 6, abril de 2013, páginas 2-21.

Sputnik. “Nueva estrategia de defensa de EE. UU. prioriza preparación para la guerra”, Sputnik, 19 de enero de 2018. Recuperado de https://bit.ly/2lRTDmS. Consultado 15 de febrero de 2018.

Villanueva, Jimena Florencia. “Programa nuclear de Corea del Norte: una política de poder sin poder”, Centro Argentino de Estudios Internacionales, 2006.


  1. Tratado de paz con los Imperios Centrales, con el objetivo de sacar a la naciente República Federativa Democrática de Rusia de la guerra a cualquier precio, aun a costa de importantes pérdidas territoriales.
  2. Por este acuerdo se establecía la neutralidad de las partes en caso de guerra entre una de ellas con otro país, por el plazo de cinco años. El 5 de abril de 1945, la Unión Soviética denunció el acuerdo y le declaró la guerra al Japón en agosto de ese mismo año.
  3. Los tres pilares de Estado doctrina son: independencia interna y externa (Chaju); independencia económica (Charip) e independencia militar (Ohawi).
  4. Nombre con el que se conoce al período especial entre 1995 y 2001; el país pasa por tres grandes problemas: las inundaciones seguidas de sequías, que destruyen la poca superficie cultivable de Corea del Norte, la desaparición del mercado socialista y el embargo económico de Estados Unidos.
  5. “Corea del Norte acusa a la URSS de traición”, El País, 8 de junio de 1990. Recuperado de https://bit.ly/2kuXztL.
  6. Ante el malestar norcoreano por el establecimiento de relaciones diplomáticas entre Moscú y Seúl, el viceministro de asuntos exteriores de Mijail Gorvachev, Igor Rogachev, había ratificado en junio de 1990 que Corea del Norte seguía siendo amigo y aliado, y que Rusia seguiría siendo fiel a sus compromisos.
  7. Los hechos descalificarán la promesa del Secretario general de la OTAN, Wermer, que afirmó en mayo de 1990, que el hecho de no emplazar las tropas de la OTAN más allá del territorio de la RFA era una firme garantía que se le daba a la Unión Soviética.
  8. Según el exasesor de seguridad norteamericano Zbigniew Brzezinski, Rusia desde siempre habría buscado mantener una cierta influencia sobre el pivote geopolítico coreano. Por su parte, el presidente Obama se alineó al precepto de Ronald Reagan sobre el “destino manifiesto” de EE. UU., para liderar el mundo, y amontonó a “Rusia, China, Irán y Norcorea” entre las amenazas centrales de Washington.
  9. Corea del Norte había adherido al Tratado de No Proliferación Nuclear en diciembre de 1985 con el propósito de eliminar los artefactos nucleares y de fabricación norteamericana existente en Corea del Sur y neutralizar así la amenaza atómica de los EE. UU.
  10. Kim Jong-un ha lanzado 31 proyectiles en su lustro de gobierno frente a los 16 disparados durante los 18 años de mandato de su padre, Kim Jong-il.
  11. La Asamblea Popular Suprema de la RPD de Corea en su x legislatura confirmará públicamente este principio como parte de su política de autodefensa el 5 de septiembre de 1998.
  12. Para Vladimir Putin, el dominio del factor fuerza por parte de los Estados Unidos inevitablemente estimula a determinados países a aspirar a poseer un arma de exterminio en masa.
  13. El Tratado de Amistad de febrero de 2000, a diferencia del de 1961, no contiene cláusula alguna de intervención militar automática en caso de agresión, solo mecanismo de consulta bilateral en materia de seguridad entre la partes.
  14. En un editorial del órgano oficial del PTC, el periódico Rodong Sinmun afirma que “Corea del Norte desarrollará relaciones exteriores con otras de manera proactiva y diversificada, conforme con su status como Estado nuclear”.
  15. La iniciativa que consiste en tres fases: la primera, una moratoria simultánea sobre misiles, armas nucleares y ejercicios conjuntos en gran escala; la segunda, negociaciones directas entre Washington, Pyongyang y Seúl, y la tercera, negociaciones multilaterales para restablecer el equilibrio en Asia.
  16. El gobierno japonés aprobó un incremento del 1,3% en su presupuesto defensivo para adquirir, entre otros, misiles SM-3 Block II y JSM (Joint Strike Missile) y 42 aviones F-35A de los Estados Unidos, y para construir cuatro destructores con sistema de radares Aegis.
  17. Conversaciones multilaterales para resolver la crisis nuclear en la península coreana iniciadas en el año 2003, de las que participaron delegaciones de las dos Coreas, Estados Unidos, China, Japón y Rusia.
  18. La postura militar y la alianza con los halcones regionales desplegados durante la gestión de Obama resultan fundamentales para entender por qué las demostraciones de poderío bélico fueron las únicas vías de comunicación que Estados Unidos tuvo con Corea del Norte en esta coyuntura.
  19. Con seis ensayos nucleares subterráneos entre 2006 y 2017, Corea del Norte procura convertirse en la novena potencia nuclear, luego de los EE. UU., Gran Bretaña, Francia, China, Rusia, India, Pakistán e Israel.
  20. Desde finales de la guerra (1953) Washington ha mantenido entre 25.000 y 40.000 soldados en Corea del Sur. Junto con las flotas, bases de bombardeo nucleares e instalaciones de tropas estadounidenses muy cerca de la península.
  21. Los ministros de exterior del grupo de países que combatieron en la Guerra de Correa (1950‑1953) contra el bloque soviético, entre ellos: Francia, Reino Unido, Australia, Corea del Sur, India, Colombia y Grecia.
  22. “La tesis rusa sobre la negociación”, La Voz del Interior, 30 de mayo de 2017. Recuperado de https://bit.ly/2kjUI6Q.
  23. La concreción de la unión del ferrocarril transiberiano con el ferrocarril que une en este momento Norcorea con Corea del Sur, lo cual comunicaría por tierra el Noreste Asiático con Europa y transformaría, así, la Federación de Rusia en un eje estratégico para el comercio mundial.


Deja un comentario