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32 Las relaciones exteriores entre la República Argentina y Corea,
en el marco de la tercera posición justicialista

Fabián Lavallén (UAI-FCPyRI)

Introducción: la Guerra de Corea como frontera del tercerismo

Como podremos ver, el tercerismo justicialista implicó un distanciamiento de las posiciones bipolares en las cuales comenzó a cifrarse toda la política mundial desde 1947, cuando el informe Kennan direccionó en su diagnóstico a toda la política exterior de Harry Truman. El famoso discurso de julio de 1947 en el que Perón explicará ante la prensa mundial “su Plan” para la Paz y la Cooperación del Mundo –sin tomar partido por el nuevo belicismo que se construía desde Este y Oeste– no tuvo el impacto sobredimensionado que el gobierno esperaba. De todos modos, fue significativo que el proceso de construcción de toda la filosofía tercerista del líder argentino se comience a delinear en el mismo momento en que termina la “luna de miel” entre los aliados, y por ende, en las instancias en que se van estructurando los esquemas rígidos e insalvables de la Guerra Fría, los cuales marcarían la política del orbe por casi medio siglo.

La tercera posición, que comienza como claro distanciamiento de la lucha inter-hegemónica, se ve desafiada al instalarse un régimen comunista al norte del paralelo 38°, ya desde 1948. Con la llegada al poder de Mao Tsé Tung en China un año más tarde, ya no quedan dudas para Perón acerca de dónde debía situarse en caso de un conflicto global entre el mundo libre y el mundo comunista. Fue claro Juan Perón desde un comienzo cuando advertía de los peligros del comunismo, encontrando en el conflicto de Corea “la prueba” contundente del plan global del marxismo para expandirse a escala mundial. Y así lo entendió parte del gabinete del gobierno norteamericano, asumiendo en el mandatario argentino a un líder estratégico que podía ser aliado en la disputa entre los bloques, sobre todo a partir de la llegada de Dwight Eisenhower (1953) a la Casablanca, cuando queden atrás los roces y malos entendidos de la gestión de Truman.

Pero ¿por qué era tan importante la Guerra de Corea en el panorama de Juan Perón? ¿Qué urgencias se desataron en la lectura del presidente argentino ante el conflicto en el paralelo 38°? ¿Cómo observaba el mundo Perón por aquellos años, y qué rol asumía que debían tener las Fuerzas Armadas en ese contexto? ¿Cuál era su visión geopolítica? ¿Se desataban todos los miedos ante Corea?

Juan Perón y sus visiones geopolíticas: la conducción y la pedagogía política

Como sabemos, la llegada de Perón a la política fue gracias a la Revolución del GOU, el 4 de junio de 1943. Dicho golpe fue positivamente recibido por gran parte de las organizaciones políticas y sociales argentinas (Iñíguez, 2008: 9). Entre las diversas conspiraciones que se estaban orquestando, triunfó la del Grupo de Oficiales Unidos, la “logia de los coroneles”. La meta del GOU, para Miguel Angel Scenna, era lograr una “unión compacta del conjunto de los oficiales”, mediante la creación de una mística nacional, evitando además el fraude electoral, y basándose en principios de orden moral, mantenimiento de la disciplina, y referencias nacionalistas.[1] Da cuenta de la heterogeneidad de pensamientos que confluyeron en el GOU el hecho de que como forma de evitar los conflictos ideológicos, limitaron el programa de la logia a una serie de postulados básicos, para que pudiera ser compartido por la mayoría de los militares (Scenna,1980: 189). Incluso para los nacionalistas subsistían desencuentros evidentes con respecto al nuevo gobierno, y qué actitud asumir ante este, y más aún, sobre lo que sería la figura de Perón más adelante (Piñero, 1997).[2]

Perón bebió de diversas fuentes del pensamiento político provenientes del mundo militar. Además de las conocidas influencias de teóricos alemanes, que han constituido un espacio muy apreciable de insumo en Perón, los especialistas observan en general que había un contexto de “positivismo tardío” que marca su formación. Perón también asimiló distintas corrientes ideológicas europeas, como eventual praxis de una “construcción política deliberada”, y su pensamiento no es producto de la lectura y análisis minucioso de una obra filosófica o política específica, sino, como sostiene Castro, la exposición conceptual “de una época” (Castro, 2012: 19).

Puede observarse en los planteos estratégicos de Perón,[3] y aún más en su urgencia de institucionalizar organismos vinculados a la geopolítica, una inicial permeabilidad del determinismo y el evolucionismo de la técnica que tanto impacta en la Primera Guerra Mundial. Perón sobre estos términos fue un formador y educador, un instructor apreciado por sus pares y por sus discípulos. Desde 1919 en adelante constan en sus expedientes militares las notables observaciones que destacan sus superiores sobre el desempeño como instructor, así como permanentes referencias a su perfil de conductor y líder. Una experiencia clave para ver esto es a partir de 1931 cuando Perón comienza a impartir sus clases de Historia Militar en la Escuela Superior de Guerra del Ejército Argentino, lo que le permitirá profundizar en el estudio de modelos de análisis del mundo castrense, el desempeño del pensamiento estratégico en Europa, la táctica militar, los pormenores políticos de las crisis en el Viejo Continente, y sobre todo el pensamiento y las teorías de los grandes estrategas prusianos, los cuales fueron trascendentes para el proceso de profesionalización del sistema militar argentino. [4]

Se observa en Perón una clara transferencia de conceptos de la teoría militar al campo de la política práctica, expuestas por intermedio de reglas generales de acción. Como sostiene Arcomano, ese es el vínculo que puede evidenciarse en la Teoría de la guerra, y la Teoría de la conducción política. Obviamente la más clara evidencia de esto es el conjunto de clases impartidas por Perón en 1951, que luego constituirían la famosa recopilación del trabajo Conducción política. Arcomano encuentra que este deslizamiento de componentes teóricos de la guerra a la política, evidenciado en el curso de 1951 de Perón, establece una serie de supuestos muy importantes, elementos paradigmáticos, que serán fundamentales para el soporte ideológico y doctrinario desde el cual se constituirá la transformación de una parte de la cosmovisión política argentina operada por aquellos años. Como observa Eugenio Gómez en la nota introductoria a la edición de 1984 (publicación facsímil a la segunda edición de 1934) [5] las intuiciones y análisis vertidos en el estudio de la historia militar, sobre todo lo referido a la “conducción”, serán ratificados dos décadas más tarde, cuando en 1951 realice sus famosas exposiciones sobre conducción política ante la creación de la Escuela Superior Peronista.[6] A su vez, el trabajo sobre la Primera Guerra Mundial, contemporáneo al anterior, le permitió profundizar sobre el conflicto que justamente puso a prueba la idea de “guerra total”, y que le otorgó una reputación de “experto” sobre dicho conflicto entre sus pares.[7]

Para Perón el problema principal de cada ciclo histórico está cifrado en interpretar cuál será el factor de desarrollo. Pero ese desarrollo no puede aplicarse si no se consolida una estructura de orden, una organización de la sociedad que permita llevar adelante el proyecto político, y en esta idea la planificación es la consecuencia directa de dicha organización. Una organización “simple y estable” permite la unidad de acción del Estado. No hay lugar para la improvisación, no subsiste una comunidad desorganizada (Castro, 2011: 29-31). Incluso en la conferencia de 1944 en la Universidad Nacional de La Plata, remarca como síntoma de la tragedia de Francia, su propia desorganización previa a la Guerra Mundial. [8]

Para Jorge Castro el concepto de conducción política será una de las categorías fundamentales del ideario de Perón, junto con el de evolución histórica y el de justicia social. Es el instrumento con el cual se cabalga la evolución, es una forma de arte, permitiendo la creación de sistemas de poder o “monturas”, que permiten sortear los acontecimientos (Castro, 2012: 65). Su oficio de militar entonces, y su “afición” a la política le permitió mantener una preocupación constante por los asuntos geopolíticos, y a partir de esto, sobre los asuntos internacionales de la política. El concepto de “geopolítica”, acuñado por el sueco Rudolf Kjellen, y sistematizado y desarrollado por el británico Mackinder y el alemán Ratzel, impregnó la concepción de la estrategia militar que formó a Perón. Esto puede verse entre otras cosas en el continentalismo, o el imperativo a la unidad nacional, la búsqueda de la autarquía económica, incluso en términos estrictamente militares, en su interés por la aviación militar, [9] arma que consideraba fundamental.[10] Desde una óptica estrictamente castrense, para Perón la geopolítica debía desarrollarse en función de los cambios operados en la estrategia por esa arma decisiva. Recordemos que como gran estudioso de la Primera Guerra Mundial, Perón conocía en detalle las transformaciones sustanciales que los aviones habían generado en el desarrollo de las guerras y la manera en que se asume un conflicto.[11]

En los aspectos vinculados a los “asuntos militares” y la defensa nacional del peronismo, nos provee de un interesante marco Ernesto López (2009), quien además de tener una fuerte experiencia en la gestión política de la defensa y la educación superior, ha realizado varias investigaciones pioneras sobre el tema, desde un prisma sociológico e histórico, abriendo el camino a trabajos posteriores,[12] evidenciándose el nuevo proceso de profesionalización[13] que significó el peronismo para los asuntos militares, y el nivel estructural que le otorgó aquel régimen al espacio de la defensa.[14] En nuestro país la construcción del poder político estuvo recurrentemente signada por la aproximación a los sectores militares, como da cuenta el trabajo colectivo La construcción de la Nación Argentina. El rol de las Fuerzas Armadas (AA. VV, 2010).[15] Desde las invasiones inglesas y el inicial protagonismo de los regimientos militares en el Cabildo Abierto del 22 de mayo de 1810, pasando por las luchas del Noroeste y las campañas güemesianas, las campañas sanmartinianas, la guerra contra el imperio del Brasil, las luchas civiles durante la Argentina embrionaria,[16] hasta la imposición del proyecto liberal y la Guerra de la Triple Alianza, las fuerzas castrenses fueron fundamentales para la expansión de la autoridad pública y la politización popular, con lo cual, vemos que para la formación del Estado argentino existe una “centralidad del proceso de militarización”, como lo llama Beatriz Bragoni (2010). En primer lugar, las incipientes y limitadas medidas de instrucción y capacitación militar adoptadas por el Gobierno de la Confederación Argentina en sus años finales,[17] en segundo orden el impacto de la cruenta Guerra de la Triple Alianza, y en tercer lugar las fuertes medidas adoptadas durante el roquismo –sobre todo partir de 1890– modifican sustancialmente la naturaleza del sistema militar argentino, que se ven coronados más tarde por la re-estructuración generada por la carrera armamentista con Chile, y el otorgamiento de roles burocráticos y técnicos dentro del sistema democrático. Esto pudo realizarse porque comenzó a asumirse que el Ejército, como institución “ajena a los avatares de la política” (Privitellio, 2010), podía cumplir una misión imparcial dentro de la burocracia estatal, como ocurrirá por ejemplo con la disposición de la propia ley Sáenz Peña con el “padrón militar”, el control de las votaciones, y hasta la custodia de las urnas.

Al asumirse (e inculcarse) cierto aislamiento “saludable” de la vida civil, las fuerzas armadas en su proceso de profesionalización (y la Fuerza Aérea en su proceso de gestación cuando aún se la conocía como “aviación militar”) construyeron en parte una representación exógena del sistema político, conformando algunos rasgos de institucionalización ajena a los hábitos, mecanismos, ideas y fluctuaciones de la vida civil. No pretendemos con esto inferir que existe una clara e identificable corporación militar apartada del resto de la sociedad, ya que como toda época de transición fluctúa entre diferentes modelos, pero sí pretendemos remarcar que aunque no definitivo y cerrado, se incorporan rasgos tendientes, al menos, a la conformación del ethos castrense propio de los años venideros, de una burocracia altamente organizada que se asume “por afuera” del sistema político, y por lo tanto, con un imaginario tendiente a fundamentar el “intervencionismo restaurador” posterior.

En el orden estrictamente político, y como lo define Waldo Ansaldi (2010: 220), el modelo oligárquico generó una hegemonía organicista entre 1880 y 1916, que dio paso posteriormente a una hegemonía pluralista o compartida durante el radicalismo, lo que no permitió alcanzar el basamento de una democracia liberal asentada. Por un lado el desinterés y la debilidad de los sectores democráticos, y posteriormente la falta de tacto y las medidas contraproducentes del radicalismo para mantener una relación cordial, minaron en parte el vínculo de gran parte de la clase política con la institución castrense.

El yrigoyenismo comenzó un itinerario de medidas que no fueron bien recibidas por los sectores castrenses, como el nombramiento de civiles en las carteras de Guerra y Marina, la poca atención a las necesidades de re-equipamiento de los cuadros, y sobre todo la reincorporación de los militares radicales que habían sido dados de baja por las revoluciones de 1890, 1893 y 1905. Scenna destaca también como medidas contraproducentes centrales la arbitrariedad con que se manejaron las promociones y los ascensos –en detrimento de la eficiencia profesional– y la intervención militar ante los graves problemas sociales que se exacerbaron sobre el fin de su gobierno. Todo esto colaboró en el emerger de un deseo evidente, al menos en un sector de las fuerzas armadas, de cierto regreso a la concepción profesional inicial, “erradicando los factores políticos”. Esto redundó en el renacer de las logias militares, lo que paradójicamente no atenúo la “politización” de los oficiales, sino que por el contrario, los predispuso hacia la misma. La revolución uriburista resquebrajó aún más la profesionalización de la que veníamos hablando, evidenciándose que las bajas, los retiros, los traslados, etc., aceleraron el espíritu de contubernio, de hábitos deliberativos, desdibujándose la disciplina y el verticalismo propio de la eficiente organización burocrática (Scenna, 1984).

Ahora bien, desde que Juan Perón ocupa roles importantes en el gobierno, se observa cómo busca recuperar ese rol de profesionalismo altruista que creía debía caracterizar a las Fuerzas Armadas, más aún, en los momentos de incertidumbre global que asolaban al orbe. Esto implicaba mantener unas fuerzas armadas poderosas, modernas y adiestradas, lo que no significa para Perón impulsar una carrera armamentista. Por el contrario, una medida prioritaria es la integración regional en el Cono Sur, o de América Latina en su conjunto,[18] región a la cual nuestro país puede ayudar en alcanzar la independencia económica. Según Perón, tenemos que ayudarles al resto de la región “a que realicen el mismo proceso que realizamos nosotros”.[19] Esto es coincidente con muchos trabajos y discursos de Perón donde se observa una preocupación permanente por las circunstancias integracionistas de América Latina, como tan detallado está en recientes investigaciones sobre el Peronismo.[20] En las circunstancias que se abren en el mundo de posguerra, para Perón “más que nunca” llama a nuestras puertas la necesidad de un “reagrupamiento latinoamericano”. Como él decía, “se diría que ha llegado la hora del amplio, leal, y sincero entendimiento de los países de este continente” (Perón,1951: 54).[21] Por eso es que también Perón desestimaba la idea de fragmentar a la región en los divisionismos ideológicos y extranjerizantes que la Guerra Fría imprimía. Esa unidad ante “los tiempos que se acercan” no debe generar una paranoia colectiva, ni una permanente inquietud. Perón destaca en varios trabajos que “hoy en el mundo nadie está tranquilo”, todo el mundo está “movido y tocado”, en cierta manera sensibilizado por las crisis internacionales (Perón, 1951: 12).[22] Esa pasión por el miedo que hay en las potencias centrales no debe hacernos perder los objetivos en América del Sur,[23] región que según él, debe aprovechar la coyuntura para afianzar el proceso de desarrollo de nuestra parte del mundo,[24] priorizando el cono sur, antes que cualquier otro espacio.[25]

La dramática situación del mundo en la mirada de Juan Perón, y las reformas tendientes a modernizar las Fuerzas Armadas

Una de las medidas representativas del interés de Juan Perón en modernizar las Fuerzas Armadas fue la implementación de un nuevo reglamento orgánico para el Ejército, reforma necesitada desde hacía décadas, que entre otras cosas, además de mejorar las condiciones del status militar ampliaba la base social del sector en su conjunto. Asimismo, se notaron también los esfuerzos para renovar el equipamiento material, a pesar de los desencuentros con los Estados Unidos sobre este punto. Pero por sobre todo, las transformaciones se operaron gracias al cambio paradigmático de cómo se asumió el nuevo rol de las Fuerzas Armadas y en general del Estado. Es decir, si el Estado a partir de la “Nueva Argentina” buscaría un mayor nivel de autonomía respecto de los recursos vitales, si el Estado debía adoptar un papel de protagonista en la planificación y explotación de los recursos materiales y humanos para el “esfuerzo de guerra”. Si las nuevas coyunturas abren un período de incertidumbre sobre la ambición desmedida de las grandes potencias, las Fuerzas Armadas entonces, se desempeñarían como instancias indispensables no solo del resguardo de la nación, sino que también del desarrollo nacional, teniendo a su cargo tareas productivas, como las fabricaciones militares, la fábrica de aviones, los astilleros, las dependencias siderúrgicas y petroquímicas, la energía atómica, etc. [26]

Perón mantiene una constante preocupación por el diseño organizacional de las fuerzas, y por su jerarquización entre los diversos roles del Estado. El marco conceptual de estos cambios girará en torno a la doctrina de defensa nacional (construida entre 1944 y 1947). Dicha doctrina tiene raíces en postulados europeos como hemos dicho, que en palabras de Saín (2010), consideraban que la potencialidad defensivo-militar de un país se derivaba “y se inscribía en el desarrollo nacional del mismo”, es decir, en el “despliegue integral de su economía, su sociedad, y su política”.

Ahora bien, sobre esas bases conceptuales que eran compartidas por gran parte de los militares de nuestro país, el peronismo inicial logró delinear una nueva institucionalidad defensivo militar, y generar un nuevo vínculo con las Fuerzas Armadas.[27] En función de estas ideas, Perón le otorga al Ejército el control de áreas estratégicas, como el transporte y la energía, la producción de la defensa nacional y sectores de la industria. En complemento con esto, se sanciona la primera Ley de Defensa Nacional, es decir, la primera ley que regula la organización institucional necesaria para la guerra, y el primer Consejo de Defensa Nacional (CODENA), primer órgano encargado de fijar las atribuciones y responsabilidades de cada organismo durante los tiempos de paz, en miras a la Defensa Nacional. Esta nueva “asignación de roles” a las fuerzas armadas está basada, como hemos dicho, en las concepciones estratégicas que habían marcado su teoría política. Los principales estudiosos del “geopolitismo” y el pensamiento estratégico de Perón citan la famosa conferencia de 1944 en la Universidad Nacional de Plata como el primer hito en la exposición de sus ideas estratégico-políticas.[28] En esa exposición se esbozan los lineamientos fundamentales de lo que sería la doctrina militar de Perón: la doctrina de la defensa nacional, y también, constituye el “nacimiento del ejército peronista”, como lo llama Ernesto López. Con el título de “Significado de la Defensa Nacional desde el punto de vista militar”, Perón aprovecha la inauguración de la Cátedra de Defensa Nacional para hacer un recorrido por los principales ejes de la política internacional argentina:

Esta medida, que sin temor a equivocarme califico de trascendental, hará que la pléyade de intelectuales que en esta casa se formen conozcan y se interesen por la solución de los variados y complejos aspectos que configuran el problema de la Defensa Nacional de la Patria y, más tarde, cuando, por gravitación natural, los más calificados entre ellos sean llamados a servir sus destinos, si han seguido profundizando sus estudios, contemos con verdaderos estadistas que puedan asegurar la grandeza a que nuestra Nación tiene derecho. (Perón, 1944: 3).[29]

A continuación, hilvana su razonamiento a partir de presentar un cuadro general de la “situación del mundo”, donde da cuenta de su experiencia en conocer de primera mano el mundo en crisis con el que se encontró en Europa. Experiencia que como ya hemos dicho, fue fundamental para la elaboración de su pensamiento. El viaje realizado al viejo continente es considerado por la mayoría de los autores como crucial para la conformación de su mentalidad política.

En este punto nos interesa remarcar lo que significa para Perón la Defensa Nacional. Para el líder, esas dos palabras no son un problema cuyo planteo y solución interesen únicamente a las Fuerzas Armadas, sino todo lo contrario, ya que “en su solución entran en juego todos sus habitantes, todas las energías, todas las riquezas, todas las industrias y producciones más diversas, todos los medios de transporte y vías de comunicación”.

Es decir, que las Fuerzas Armadas son el instrumento de lucha de ese gran conjunto que constituye “la Nación en armas”, idea y principio que se repite en las permanentes referencias a su pensamiento estratégico, y que se vincula a las influencias que citáramos anteriormente. Descarta de antemano Perón que pueda existir un mecanismo para “evitar” las guerras. Incluso, como hemos desarrollado en otros trabajos, gran parte de sus proyectos estratégicos están marcados por la convicción de un nuevo conflicto de escala global que se avecina. Recorre el pensamiento de Perón una idea de inevitabilidad de una nueva conflagración mundial que trastocaría el poder político de todo el orbe, y donde América del Sur sería fuertemente codiciada por sus recursos.

Advierte Perón que no debe asumirse el prejuicio belicista sobre los militares, que su formación no es “propensa a cierto carácter deseable del conflicto”, por el contrario, por conocer los fenómenos sociales de la guerra, es que “los militares” buscan evitarla y solo adoptarla como recurso extremo.

Algún oyente prevenido podrá pensar que esta aseveración mía de que la guerra es un fenómeno social inevitable es consecuencia de mi formación profesional, porque algunos piensan que los militares deseamos la guerra para tener en ella oportunidad de lucir nuestras habilidades. La realidad es bien distinta. Los militares estudiamos tan a fondo el arte de la guerra, no solo en lo que a la táctica, estrategia y empleo de sus materiales se refiere, sino también como fenómeno social. Y comprendiendo el terrible flagelo que representa para una nación, sabemos que debe ser en lo posible evitada y solo recurrir a ella en casos extremos. Eso sí, cumplimos con nuestra obligación fundamental de estar preparados para realizarla y dispuestos a los mayores sacrificios en los campos de batalla, al frente de la juventud armada, que la Patria nos confía para defensa de su patrimonio, sus libertades, sus ideales o su honor.

El Ejército del tiempo de paz constituye los núcleos del ejército de guerra y es la escuela donde se forman las reservas de la defensa nacional. El Ejército del tiempo de guerra no es otra cosa que el pueblo armado, disciplinado y organizado. Siendo así, no caben diferencias entre pueblo y ejército. Más aún, en este último, se reflejan las características de aquel, como que es su más pura expresión.

Por todo lo expresado, podéis apreciar claramente que el General, que conducirá las masas en el frente de operaciones o en la zona del interior, además de dominar el arte militar, deberá conocer, interpretar y comprender profundamente al pueblo, elemento tan valioso y que es factor principalísimo del éxito en la guerra. (Perón, 1948e: 5).

Posteriormente llega a uno de los lugares centrales de su razonamiento, cuando describe la división del mundo entre naciones satisfechas e insatisfechas. Las primeras son las que poseen todo y nada necesitan y sus pueblos tienen la felicidad asegurada en mayor o menor grado. Las segundas, para Perón “algo les falta para satisfacer sus necesidades”, mercados donde colocar sus productos, materias primas que elaborar, sustancias alimenticias en cantidad suficiente, un índice político que jugar en relación con su potencialidad, etcétera.

El problema es que las naciones satisfechas son fundamentalmente pacifistas y no desean exponer a los azares de una guerra la felicidad de que gozan. Por el contrario, las insatisfechas, “si la política no les procura lo que necesitan o ambicionan”, no temerán en utilizar el recurso de la guerra para lograrlo. Las primeras están aferradas a la idea de una “paz inalterable”, y generalmente descuidan su preparación para la guerra. Las segundas, sabiendo que una guerra es probable, “por cuanto si no tienen pacíficamente lo que desean”, recurrirán al conflicto. Por ello tenemos en realidad naciones pacifistas y naciones agresoras.

Nuestro país, es evidente, se encuentra entre las primeras. Nuestro pueblo puede gozar relativamente, de una gran felicidad presente: pero, por desgracia, no podemos escudriñar el fondo del pensamiento de las demás naciones para saber en el momento oportuno si alguien pretende arrebatárnosla. La preparación de la Defensa Nacional es obra de aliento y que requiere un constante esfuerzo realizado durante largos años. La guerra es un problema tan variado y complejo que dejar todo librado a la improvisación en el momento en que ella se presente significaría seguir esa política suicida que tanto criticamos. No olvidemos que si nos vemos obligados a ir a una guerra y, lo que es más grave, la perdemos, necesariamente nos convertiremos en lo contrario de nación pacifista, asumiendo el papel de un país que busca reivindicaciones en pro de la recuperación del patrimonio de la nación o del honor mancillado. (Perón, 1948e: 5).

Corolario: la Nación en armas en tiempos de Guerra Fría

Perón explica que en la época de los ejércitos profesionales y mercenarios, los pueblos no participaban en las contiendas, solamente lo hacían por intermedio de las contribuciones, o para solventar las devastaciones que dejaban tras de sí los ejércitos en lucha. Antes podía ocurrir que una gran masa de la población no sufría los vejámenes, y a veces hasta los ignoraba. Pero ya con la Guerra Mundial de 1914-18, se muestra ante el mundo que las naciones participantes están empeñadas en el esfuerzo máximo para conseguir la victoria. La guerra, decía Perón, se juega en los campos de batalla, en los mares, en el aire, en el campo político, económico, financiero, industrial, y se especula hasta con el hambre de las naciones enemigas.

Así llegaba al concepto de “Nación en armas”, cuando describe que las actuales contiendas, con el considerable progreso técnico de la aviación –como ya hemos analizado– nos muestra la expresión más acabada de esa idea masificadora de los conflictos. Ahora los pueblos de las naciones en lucha “no se encuentran ya a cubierto contra las actividades bélicas”, ya que poderosas formaciones aéreas “siembran la destrucción y la muerte en poblaciones más o menos indefensas”, buscando entre otras cosas minar su moral y destruir “las fuentes del potencial de guerra de la nación enemiga”. Y realiza la famosa caracterización del símbolo de la nación en armas:

En consecuencia, no es suficiente que los integrantes de las Fuerzas Armadas nos esforcemos en preparar el instrumento de lucha, en estudiar y comprender la guerra, deduciendo las enseñanzas de las diferentes contiendas que han asolado al mundo. Es también necesario que todas las inteligencias de la Nación, cada uno en el aspecto que interesa a sus actividades, se esfuerce también en conocerla, estudiarla y comprenderla como única forma de llegar a esa solución integral del problema que puede presentársenos; y tendremos que resolver, si un día el destino decide que la guerra haga sonar su clarín en las márgenes del Plata. (Perón, 1944: 45).

Tal trascendencia de la guerra, atravesando todas las dimensiones de la sociedad y de los pueblos, ante la inminencia de un nuevo conflicto, le da a la lectura que hace Perón una urgencia inusitada. La Guerra de Corea, como ya hemos dicho, encuentra a la Argentina en un proceso de rediseño de su política exterior, y de consolidación del nuevo rol de las Fuerzas Armadas. Pero la grave situación del mundo por aquellos años le daba un diagnóstico sombrío al gobierno, y la urgente planificación del fortalecimiento de las capacidades profesionales, económicas, y hasta industriales que las FFAA poseen, ahora tienen una clara muestra de que las previsiones de Perón no eran erradas.

Como se ha dicho, para Perón, las Fuerzas Armadas son el instrumento de lucha de ese gran conjunto que constituye “la Nación en armas”, idea y principio que se repite en su pensamiento estratégico, pero además, la convicción de un nuevo conflicto de escala global que se avecina, sobre todo ante el avance de la Guerra Fría, y en particular ante la guerra en la península coreana, obliga al líder a distorsionar el tercerismo propuesto, dejando en claro que en caso de que el conflicto se dirima de manera abierta entre Oriente y Occidente, la Argentina no dudaría en apoyar al mundo libre, más allá de los reparos que tenía sobre la conducción del bloque.

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  1. La relación con los nacionalistas es compleja, Piñeiro Iñíguez lo define a Perón como un “divisor de aguas nacionalistas”, y considera que además de la incomprensión de muchos de estos grupos sobre los derechos sociales impulsados por Perón, también los nacionalistas más tradicionales se asignaron una importancia exagerada en el proceso iniciado en 1943.
  2. Nos dice Piñeiro Iñíguez: “Es difícil determinar cuándo se suma Perón al GOU, una iniciativa de su excompañero de promoción del Colegio Militar, Juan Carlos Montes […] pero nadie duda a esta altura de las investigaciones que Perón fue el alma de la logia”. Iñíguez, Piñeiro: Perón: oficio de soldado, vocación de estratega. Caras y Caretas. Cuaderno número 10. Buenos Aires, 2009.
  3. Nos dice Miguel Ángel Barrios que confluyeron en la formación de Perón determinadas experiencias como la tensión de los años 1918-1921, la de agregado militar en Chile y en Europa, la influencia de Descalzo y Sarobe, los postulados del nacionalismo argentino y latinoamericano, y el modelo de desarrollo nacional industrial “prusiano” de la Nación en armas (Barrios, 1999: 271).
  4. Producto de ese trabajo será el libro que a modo de manual para sus clases editará la propia Escuela de Guerra bajo el título de Apuntes de Historia Militar, obra de importancia capital en la historia de las ideas políticas en la Argentina (Gonzalez, 2012; 310).
  5. Contando esta edición facsimilar a la de 1934 en la que nos basamos, los Apuntes de Historia Militar han tenido entonces cuatro ediciones: la original de 1932, la de 1984 ya referenciada, la de 1951 y la de 1984.
  6. Como lo plantea Perón en uno de sus trabajos realizados en la Escuela Superior de Guerra, pero de enorme significado político para la conformación de la doctrina justicialista. Ver: Perón, Juan Domingo. Obras Completas. Volumen III. Apuntes de Historia Militar. Parte Teórica. Proyecto Hernandarias. Buenos Aires, 1984.
  7. Como ha destacado hace unos años Halperín Dongui, y como lo retoma Piñeiro Iñíguez recientemente, Perón se inserta en la tradición de militares-conductores políticos argentinos que se inicia con Mitre y culmina con Justo. Obviamente, los ejércitos que representan no son los mismos, son otros contextos y ambientes.
  8. “Es evidente que la profunda desorganización interna de Francia la llevó a descuidar su preparación para la guerra, a pesar de ver claramente el peligro que la amenazaba, lo cual fue hábilmente aprovechado por Alemania, que caro le hace pagar su error”. Ver: Perón, Juan Domingo: Significado de la Defensa Nacional desde el punto de vista militar. Conferencia pronunciada en el Colegio Nacional de la Universidad de La Plata. 10 de junio de 1944. En: Antecedentes legales y parlamentarios 1944-1986. Colección de Debates Parlamentarios de la Defensa Nacional. Ministerio de Defensa. Buenos Aires, 2010.
  9. Como es sabido, a Perón le gustaba utilizar las insignias de la aviación militar en sus uniformes de gala, a pesar de ser de la Infantería del Ejército, lo que puede verse en muchas fotos paradigmáticas del líder.
  10. Es por esto que la Argentina durante el peronismo implementa un proceso de desarrollo de la industria aeronáutica militar sin precedentes en la región, y en pocos años, con la colaboración de profesionales franceses, alemanes, italianos y polacos, y con la creación de la Fuerza Aérea Argentina, nuestro país ingresa tecnológicamente en el reducido grupo de potencias con dominio aéreo (Burzaco, 1995).
  11. Iñíguez destaca cómo la aviación en el pensamiento estratégico de Perón fue fundamental para observar la revolución que significaba para la guerra el uso de recursos inéditos. Por ejemplo, el concepto de “fronteras naturales” se vería trastocado totalmente. En esto fue muy importante la lectura realizada por Perón del italiano Giulio Doughet.
  12. Fundamentalmente hemos tomado sus estudios: López, Ernesto (2009): El primer Perón. El militar antes que el político. Le Monde Diplomatique. Capital Intelectual. Buenos Aires. Y el trabajo: López Ernesto (1988), “El peronismo en el gobierno y los militares”. En: Miguens-Turner (1988): Racionalidad del Peronismo. Perspectivas internas y externas que replantean un debate inconcluso. Plantea. Buenos Aires, 1988.
  13. García Molina (2010) plantea que las dimensiones que involucran al concepto de profesionalización serían: la adquisición de una capacidad específica o maestría, el logro de una autonomía institucional, la aplicación del control interno, la formación del espíritu corporativo y la presencia de un sentido de responsabilidad social.
  14. Uno de los grandes enunciados sobre las relaciones cívico-militares, y a su vez sobre los procesos de profesionalización del mundo militar, es sin dudas el notable estudio de Samuel Huntington El soldado y el estado (Huntington,1964). Aunque el libro no analiza América Latina, centrándose sobre todo en los EE. UU., establece una serie de variables que se han vuelto recurrentes en trabajos posteriores, entre ellas, un bagaje de anclajes históricos como son las raíces de la tradición militar, la constante ideológica y la constante estructural.
  15. Es un trabajo realizado por el Ministerio de Defensa, que aglutina trabajos de más de 30 autores de corrientes y visiones muy heterogéneas. Ver: AA. VV. La construcción de la Nación Argentina. El rol de las Fuerzas Armadas. Debates históricos en el marco del Bicentenario. Ministerio de Defensa. Buenos Aires, 2010.
  16. Denominamos “Argentina embrionaria” a la conceptualización vertida sobre el proceso pre-moderno de nuestro país, antes de la consolidación del modelo agro-exportador y el orden conservador, por Carlos Escudé y Andrés Cisneros en su obra: Historia General de las Relaciones Exteriores de la República Argentina. CARI. Buenos Aires.
  17. Un profundo estudio de la situación del Ejército en los años de la Confederación Argentina, que incluye un análisis presupuestario y educativo es el libro del académico Néstor Tomás Auza El Ejército en la época de la Confederación. Círculo Militar. Buenos Aires, 1971.
  18. Se reitera en muchos casos la urgencia de una fuerte unidad regional, sobre todo ante los intereses de las grandes potencias, de abastecerse de las codiciadas materias primas que tiene en excedente nuestro país. Ver por ejemplo el artículo de Gil Ríos, Roberto (1951); “Efectos Económicos y Políticos de la escasez mundial de materias primas”. En: Revista Hechos e Ideas. N.º 87. Junio de 1951. Tomo XXI. Buenos Aires, p. 71.
  19. En el año de 1948 se publican varios trabajos de valor doctrinario, como el citado de “balance” de la situación política argentina, y también el siguiente: Perón, Juan Domingo (1948): “Conferencia ante los miembros del Congreso”. En: Revista Hechos e Ideas. Año VII. Tomo XIII. Mayo de 1948. Buenos Aires, p. 20.
  20. Uno de los trabajos más profundos sobre el tema es el siguiente: Cisneros-Piñeiro Iñíguez (2002); “Del ABC al MERCOSUR. La integración Latinoamericana en la doctrina y la praxis del peronismo”. ISEN. Nuevo Hacer. Buenos Aires.
  21. Lo desarrolla en el siguiente trabajo: Perón, Juan Domingo (1951); “Algunos aspectos del Convenio Boliviano Argentino”. En: Revista Hechos e Ideas. N.º 93. Diciembre de 1951. Buenos Aires, p. 54.
  22. Juan Perón a partir de 1951 publica varios trabajos orientados a criticar a los opositores, algunos de manera directa y otros con referencias indirectas. Ver: Perón, Juan Domingo (1951): “Yo también soy un hombre de buena voluntad”. En: Revista Hechos e Ideas. N.º 91. Octubre de 1951. Tomo XXII. Buenos Aires, p. 12.
  23. Para Perón el contexto en que el “hombre actual” y la sociedad se enfrentan es nada menos que con la “más profunda crisis de valores que registran su evolución”, y por eso es indispensable “someter” a la sociedad a un cambio de rumbo. Acorde a este imaginario de cierto alarmismo y determinismo pesimista del contexto global, pero positivo del destino argentino, Perón fue tomando medidas relevantes que modificarían el sistema militar en su conjunto.
  24. Muchos autores coinciden en que pudo haber sido crucial para esta tendencia “latinoamericanista” la entrevista que Perón mantuvo con Manuel Ugarte, el prócer de la izquierda argentina y mentor de la “Patria Grande”. Pero del mismo modo, gran parte de los estudiosos del tercerismo coinciden en que difícilmente pueda esclarecerse qué pensador ha gravitado con mayor caudal de insumos ideológicos a Perón.
  25. De todos modos, todas las vertientes políticas e ideológicas “que convergieron inicialmente en el justicialismo” le reservaron un lugar de importancia a las fuertes relaciones hemisféricas. Como lo analiza José Paradiso (1993) en “Debates y Trayectorias de la Política Exterior Argentina”. GEL, Bs. As.
  26. Así como la Fuerza Aérea fue la mayor beneficiada por la nueva política de industrialización, equipamiento, etc., la menos favorecida, sobre todo en su interpretación política, fue posiblemente la Armada.
  27. “Las fuerzas armadas eran la manifestación institucional de esas condiciones en el plano defensivo, y además, constituían un factor de desarrollo nacional a través del desarrollo del complejo de la industria pesada motorizada por el complejo militar del país”. Ver: Saín, Marcelo Fabián (2010). Los votos y las botas. Estudios sobre la defensa nacional y las relaciones civil-militares en la democracia argentina. Prometeo. Buenos Aires, p. 58.
  28. Fermín Chávez ha propuesto un documento anterior, un memorándum de agosto de 1937 elevado al Ministerio de Guerra, aunque la literatura especializada coincide en referenciar el trabajo presentado en La Plata.
  29. Desarrollado en uno de los trabajos más importantes sobre el tema realizado por el líder: Perón, Juan Domingo (1944): “Significado de la Defensa Nacional desde el punto de vista militar”. Conferencia pronunciada en el Colegio Nacional de la Universidad de La Plata. 10 de junio de 1944. En: Antecedentes legales y parlamentarios 1944-1986. Colección de Debates Parlamentarios de la Defensa Nacional. Ministerio de Defensa. Buenos Aires, 2010.


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