Otras publicaciones:

Book cover

9789871867523-frontcover

Otras publicaciones:

9789877230673-tapa

Book cover

EL DIARIO

Sábado 16 de Mayo de 1908

DEL GENERAL MANSILLA


PÁGINAS BREVES

París, abril 16.

 

Estos renglones son para las madres de familia.

Todos ustedes recordarán que cuando eran chicos les decían: toma el cuchillo con la mano derecha, y así por el estilo.

Pues hay que hacer a la inversa.

El profesor Santori[1], que es alguien en los “Diritti della Scuola”, sostiene y demuestra con razones científicas que ser “ambidextro” es una gran ventaja. Entre otras muchas cosas largas, que ustedes pueden ver en la publicación de la referencia, dice: el uso casi exclusivo de la derecha tiene por consecuencia debilitar en la raza humana todos los músculos del lado izquierdo, no solamente los del brazo, sino también los de la pierna y sobre todo el tórax. Hasta el pulmón izquierdo se resiente.

Un niño zurdo hace la desesperación de sus padres, que no descansan hasta no haber conseguido que se sirva exclusivamente de la mano derecha. ¿No es así? Bueno. Todo cambia. Hay que cambiar hasta en esto. Lástima que para no pocos sea tarde.


Jean Finot[2] en un artículo sobre las ventajas de la “bondad” escribe en “Le Figaro”:

“Se dice que la bondad es innata, pero para mí es sobre todo adquirida”.

No estoy de acuerdo con la aserción.

Que “crece” en muestras conciencias, convenido; pero que “perece” lo niego.

Si la bondad es una inclinación a hacer el bien, el ser indulgente, humano, dulce, yo creo que la educación, que los ejemplos la arraigan en el corazón indestructiblemente.

Así como si nacemos con malos instintos y perversas inclinaciones, en la lucha entre el bien y el mal, es este, no el otro, el que con más frecuencia ha de prevalecer, cohibido en determinadas circunstancias por un cálculo cualquiera de egoísmo.

No sé si Jean Finot ha vivido como yo entre los salvajes. Si ha vivido como yo en contacto con ellos, no puede haber dejado de observar lo que yo observé entre los indios Ranqueles: que los había buenos y malos, humanos e inhumanos conforme a su concepción primitiva de las relaciones entre los hombres, y asimismo conforme a lo que nosotros y otros que no son bárbaros entendemos por humanidad.

En mis “Indios Ranqueles”[3] hay una palabra del cacique principal Mariano Rozas (cito de memoria, no tengo a la vista el libro para reproducir el texto):

“No lo saque a ese hombre, que si es malo acá, cómo será entre los cristianos”.

Se trataba de un refugiado, cautivo precisamente no era, lo saqué, el indio tenía razón, se portó conmigo, su benefactor, como un bellaco.

No discutiré con Jean Finot sobre lo que son sentimientos innatos; sería cuento largo, parecido a lo que conocemos de las discusiones referentes al valor de las cosas, a la generación espontánea, a la doctrina del principio vital, etc., etc.

Pero así como innato se opone a empírico, lo mismo que a “a priori” a “posteriori”. Y únicamente para hacerme entender un poco mejor diré: antes de ponerme en contacto físico-psíquico con los indios, yo pensaba como Jean Finot.

Después vi, observé y arribé a esta conclusión: los indios de ambos sexos nacen con ciertos instintos buenos o malos más o menos caracterizados.

Concuerdo, entonces, con Jean Finot, y en esto creo ser lógico con lo que acabo de decir sobre los indios, concuerdo en que es una necesidad (para dirigir los instintos en un sentido o en otro), que se instituyan en las escuelas “cátedras de bondad”.

“La paradoja no es frecuentemente sino una verdad de mañana”, dice Jean Finot. Es cierto. Ya lo escribió Laboulaye en “París en América” en esta forma:

“Las paradojas de la víspera son las verdades del día siguiente”.

Pero…

“¡Mitis depone colla Sicamber!”. El Sicambro no quiere inclinar la cabeza, su razón opone y opone objeciones contra la doctrina, al mismo tiempo que sus pasiones se rebelan contra la austeridad de la moral. Tranza a medias. Suprime a Dios en los tribunales, en las escuelas. No quiere convenir en que si hay conflicto entre la ciencia y la religión no es irreductible. Pero tropieza con los estorbos crecientes de la negación, y exclama: ¡afirmemos la bondad!

Señor, ¿no sería más corto y eficaz volver al catecismo? ¿Hay alguna cátedra de bondad mejor?


Alrededor de una carpeta verde los unos ganan los otros pierden. Estos son los que tienen suerte. Abusan de ella. El juego se agravia, los castiga. Aquellos son los que tienen conducta, el juego los recompensa. La vida, la acción, no es más que la gran carpeta en torno de la cual nos agitamos persiguiendo la felicidad. El dicho de: “Suerte te dé Dios, hijo que el saber poco te vale”, no vale pues el precepto de “Ayúdate que Dios te ayudará”.


Ya habrán visto ustedes por las noticias de Nueva York que la policía no se anda allí con vueltas para decirles a los anarquistas: por ahí no se pasa, tengan ustedes la fiesta en paz y si no a la “capacha”.


A propósito de anarquistas que no es más que el superlativo de socialista, y como ustedes han de oír hablar mucho de Jaurés[4], el “cacoethes loquendi”, así como quien dice “de paso, cañazo”, he aquí en dos plumadas una noticia sobre su obra: Jaurés ha inventado un colectivismo agrario francés, es decir, un mecanismo estatista mediante el cual son otros, no nosotros, los que se encargarán de resguardar las energías individuales, el ahorro individual, el derecho individual, y para decirlo todo de una vez, la propiedad individual en lo que tiene de legítimo y esencial.

No habrá el día en que este gobierno se encarame en el poder más que echarse a dormir, al despertar nadie tendrá cosa suya, toda será común; pero lloverá maná…

Desgraciadamente para Jaurés y sus secuaces, y afortunadamente para los que no creen que la “piedad es el robo”, después del congreso de Amsterdam el socialismo radical colectivista no ha hecho sino declinar. Tan de capa caída va que Clemenceau les ha dicho en el último debate parlamentario, o sea derrota de Jaurés: “Los socialistas de Francia, ustedes, no tienen doctrina. Son ustedes una iglesia sin dogma y sin medios de gobierno. Viven ustedes haciendo ruido, pidiendo cuentas, acusando, interpelando y así durante 257 sesiones que debieron consagrarse a los negocios de interés general, el prurito ese de hallarlo todo malo, 70 completas de esas sesiones han sido tiempo perdido”.

“El ideal de ustedes sería constituir un gobierno de “bons garçons”, de compinches, con el señor Jaurés a la cabeza”, agregó; “pero nosotros queremos lo contrario, queremos organizar la democracia, que se respete la ley, excluir el favoritismo, hacer que los usos y costumbres del pueblo sean obediencia a la ley, aceptamos en ese sentido toda cooperación, sin reparar en filiaciones, no teniendo, no reconociendo mías adversarios que aquellos que para decirlo todo de una frase “en vez de hacer, charlan”, y, sobre todo, de aquellos que preconizan la indisciplina, la anarquía, todo lo cual es radicalmente contrario al sentimiento, noción o idea de patria.


Somos, nosotros, “la Argentina”, como se nos llama ahora suprimiendo el “República” o el “confederación” o el “Provincias Unidas del Río de la Plata” (del artículo 35 de la constitución, que tantas veces he tildado, diciendo: corríjanlo); somos, decía, un gran país productor de trigo, de pan por consiguiente; y esto explica que recibamos tanta emigración, y que ya nadie nos ignore como no hace mucho sucedía.

Dice Emerson[5] hablando de Swedenborg[6] que, entre las personas eminentes, aquellos que son más queridos de la humanidad no son los de la clase que los economistas llaman productora; no tienen nada en sus manos; no cultivaron trigo ni hicieran pan, no colonizaron ni inventaron fábricas. La clase más alta en la estimación y en el amor de esta raza constructora y mercantil que se llama humanidad son los poetas, los cuales desde su intelectual reino nutrieron el pensamiento y la imaginación, con las ideas y pinturas que elevan a los hombres muy por encima de este mundo material, y los consuelan de las cotidianas mezquindades y de la bajeza del trabajo y del tráfico…

Yo no sé, se me ocurre, si haciendo una “enquete” sobre el particular, o un plebiscito, no resultaría una de dos: aclamado un poeta, y, como consecuencia, proclamando presidente de la república en la próxima patriada electoral que se prepara.

Lo que sí sé es que donde no se siembra trigo, luchando contra las intemperies y la langosta, lo que sí sé es que ahí no surge el poeta.

Las reflexiones preliminares que acabo de someter a la meditación de ustedes me las han sugerido unas páginas de A. Sorondo[7] o sea “Conferencia leída en la Rama Argentina “Luz” de la Sociedad Teosófica, páginas interesantes, a no dudarlo, particularmente para los espíritus inclinados a creer en lo maravilloso; de donde fluye que, porque creen, todo milagro les parece posible en ese orden de ideas.

Leyéndolas me he pensado: si A. Sorondo no hace versos no por eso deja de ser poeta. Se ocupa en filosofar, y Moreto creo, no estoy bien seguro, ha escrito: “Mas toda la poesía, ¿qué es sino filosofía?”

Y el hecho está cantando y ratificando una parte de la tesis de Emerson y otra de la mía: donde no hay trigo el hombre no hace filosofía: “Primum vivere deindi philosophari”. Justamente, primero hay que alimentar el cuerpo después el espíritu, la imaginación.

He dicho que A. Sorondo se ocupa en filosofar. Me apresuro, pues, a explicar sobre qué. Porque como ustedes saben cada ciencia tiene su filosofía, habiendo también una “filosofía” general.

La filosofía en que A. Sorondo se ocupa se llama “Teosofía”. O lo que tanto vale explicándose un poco: es la ciencia que pretender enseñar a comunicar directamente con Dios.

Ya es algo que esta ciencia antiquísima –sus orígenes se pierden en las más densas nebulosas de la historia– ya es algo que afirme la existencia de Dios, y que no sostenga que el conflicto entre la ciencia y la religión excluye todo debate de tal modo es insoluble el problema.

Toca A. Sorondo someramente los más arduos problemas metafísicos relacionados con el ser en sí mismo, en una sola palabra, con la ontología; y con el énfasis, de un Donoso Cortés que decía “si todo se explica en Dios y por Dios la teología es la ciencia de todo”; dice, que “la Teosofía es la ciencia por excelencia”.

Y en la conferencia leída en el Gran Oriente de la Masonería Argentina, titulada “Rol” (me suena mal este americanismo “rol”), de la sociedad teosófica en la sociedad moderna, con acentos líricos hace notar que es costumbre, muy generalizada en estos tiempos, la de fustigar con el látigo del ridículo a los que no piensan como una pretendida ciencia querría que pensaran (es la idea en menos palabras).

La intolerancia tuvo siempre estos arranques. No puedo yo, pues, dejarme arrastrar por ellas, aunque me sienta en las antípodas de la teosofía argentina, diré, y mucho menos tratándose de un espíritu amable y estimable como lo es A. Sorondo.

Al contrario, no pensando como él y deseando que haga el menor número posible de prosélitos, es decir, que deje a los cristianos en donde están, me es grato apretarle la mano desde lejos con amistosa cordialidad.

Me he preguntado varias veces, meditando sobre algunas reflexiones de las que en las páginas de Alejandro Sorondo se contienen: en medio del bullicio parlamentario y de ese laboratorio de proyectos equilibristas tendientes a que el “superávit” resulte una realidad consoladora, basada en el desarrollo constante de la riqueza pública, ¿cómo ha podido su cabeza emanciparse de tanta prosa y elevarse tan alto en las esferas de las ilusiones y de los sueños espiritistas y espiritualistas? ¿Y todavía decirlo en estilo nada abrupto?


Cuando uno escribe o dice que la Inglaterra es una democracia, no falta quien frunza el entrecejo. Cómo, así piensan, no siendo el pueblo soberano, no habiendo allí sufragio universal. Yo estoy por él y ustedes también. Pero lo escrito es una cosa y la realidad o la efectividad de una institución es otra. El príncipe de Bülow[8] decía los otros días en el parlamento alemán sosteniendo el voto calificativo: en Haití tienen el sufragio universal y ¿cómo funciona?

El dicho era espiritual. Si no hay en Inglaterra sufragio universal, hay opinión pública, libertad electoral, juego limpio en las urnas y recompensas indiscutibles para el mérito, el talento y la rectitud.

Invocando estos títulos se escalan todos los puestos, los más elevados, a todo se arriba excepto a ser rey. Es el ideal democrático realizado en su esencia espiritual.

Acabamos de tener una prueba. ¡Qué gran estímulo! La menciono, siendo, como es, un acto constitucional que confirma y corrobora lo que vengo diciendo. El Sr. Asquith[9], nombrado por el rey Eduardo primer ministro, es decir, jefe del gobierno, ¿de dónde viene, quién es, qué es? Es un hombre de talento, un abogado de saber, un burgués de origen, de familia modesta, un provinciano, forrado de probidad, nutrido de ciencia universitaria y que a un carácter llano reúne el don envidiable de una elocuencia fecunda en recursos. ¿Vivirá mucho como jefe del gobierno? Quién sabe. No lo deseo. En Inglaterra yo soy “conservador”; a “tout seigneur, tout honneur”, y baste con el homenaje que acabo de tributarle a título de lo que admiro su gran país. Pero no; dos palabras más sobre este notable orador. Por casualidad puedo citar esta linda frase suya. Tomé nota de ella días pasados, cuando nadie pensaba en que Campbell Bannerman caería enfermo hasta quedar imposibilitado. Está hablando sobre liberalismo y socialismo… y dice: “Libertad significa más que ausencia de coerción o restricción; significa poder de iniciativa, el juego libre de las inteligencias y de las voluntades, el derecho, en tanto que un hombre no llega a ser un peligro o un estorbo para la comunidad, de usar como mejor le parezca de las facultades de su naturaleza o de su cerebro y de las oportunidades de su vida…”.


Comenzó aplaudido y así termina sus brillantes conferencias sobre Racine este Jules Lemaitre[10] tan preciado por sus dotes de finísimo observador y crítico sutil para cuyo agudo escalpelo no hay resquicio vedado que él no descubra.

Con la correspondencia a la vista de los últimos años de Racine[11], el egregio conferenciante nos ha hecho ver al gran poeta de cuerpo presente, permítaseme hablar así, rodeado de sus dos hijos y de sus cuatro hijas, caros objetos de su más acendrada solicitud.

Resumiendo pudimos comprender por qué después de haber estudiado a Rousseau, el casi inventor del romanticismo, es que Jules Lemaitre se ha ocupado con tanta admiración de Racine, encarnación del clasicismo.

Con clareza y sobriedad hizo esta profesión de fe: amo la belleza mesurada, el lenguaje claro, las ideas netas (eso es ser clásico) y se manifestó tan distante de los entusiasmos de los que son demasiado del “Mediodía”, como de las tendencias indeterminadas de los que son demasiado del “Norte”.

Y, curiosa y sorprendente revelación: se felicitó de que en uno de los bajos relieves del monumento de Victor Hugo (lo veo todos los días viviendo casi al lado en la avenida de su nombre), bajos relieves en los que figuran todos los grandes poetas del mundo, solo no esté Racine.

¿Habrá sido un olvido?


Un error frecuente en las mayorías que están en el poder, consiste en que, empeñados en vivir sobre todo, no oyen la voz de la equidad; y este error es solo comparable al de las minorías que no se paran en medios afanados en reemplazar a sus adversarios.


Darles a las cosas el color y el sentido que debían tener en su tiempo, he ahí una de las mayores dificultades para los que de historia se ocupan.


  1. Podría tratarse de Saverio Santori, médico y veterinario italiano, autor de la obra “La malaria nella provincia di Roma nel decennio 1888-1897”, publicada en 1899 en las Atti della Societá per gli studi della malaria.
  2. Jean Finot (Varsovia, 1858–París, 1922) fue un periodista, sociólogo y escritor francés conocido por su oposición a las teorías racistas tan en boga en su época. Autor, entre otras obras, del ensayo Le Préjugé des races, publicado en francés en 1905 y traducido al español recién en 1940, a través de la editorial chilena Ercilla, y publicado bajo el título El prejucio de las razas y con el nombre de “Juan Finot”. (Extractado de VIAF: http://viaf.org/viaf/27107242).
  3. Referencia a la célebre obra de Mansilla, Una excursión a los indios ranqueles, publicada originalmente en el folletín del diario La Tribuna desde 1870 y luego con múltiples ediciones en libro.
  4. Ver nota al pie de PB.27.11.06 o índice onomástico.
  5. Ver nota al pie 14 de la PB.23.05.06 o índice onomástico.
  6. Emanuel Swedenborg (Estocolmo, 1688 – Londres, 1772) fue un científico, teólogo, filósofo y místico sueco, autor de De caelo et ejus mirabilibus et de inferno, ex auditis et visis (1758). [Del cielo, sus maravillas, y del infierno. Cosas oídas y vistas]. (Extractado de VIAF: http://viaf.org/viaf/106965706).
  7. Alejandro Sorondo fue un geógrafo argentino, líder de la Rama Teosófica «Luz». Para más datos, ver
    Soledad Quereilhac. Cuando la ciencia despertaba fantasías. Prensa, literatura y ocultismo en la Argentina de entresiglos. Buenos Aires: Siglo XXI, 2015. (Extractado de VIAF: http://viaf.org/viaf/309747664).
  8. Ver nota al pie de PB.19.01.06 o índice onomástico.
  9. Ver nota al pie de PB.08.03.06 o índice onomástico.
  10. Ver nota al pie de PB.13.02.07 o índice onomástico.
  11. Louis Racine (París, 1692 – París, 1763) fue un poeta francés de prolífica producción. Sus obras completas fueron publicadas por Julien-Louis Geoffroy en 1808 en París. Entre los títulos hoy más conocidos, cabe mencionar: Ode sur la solitude (1723), Ode sur l’harmonie (1736), Ode sur la paix (1736). Respecto de la correspondencia de sus últimos años, cabe destacar el volumen editado por P. Bonnefon, «Une correspondance inédite de Louis Racine et de Brossette», Revue d’histoire de la littérature, 1898.


Deja un comentario