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EL DIARIO

Martes 21 de Abril de 1908

DEL GENERAL MANSILLA


PÁGINAS BREVES

París, marzo 16.

 

El porteño no es caminador, no lo ha sido nunca, y ahora con los tranvías baratos, cómodos y limpios, como en parte alguna, menos que en otro tiempo.

De las porteñas, no hay que hablar; las que hacen ejercicio son contadas. Así se explica que después de la maternidad su tendencia sea a desarrollarse demasiado, olvidando que la gordura es enemiga de la belleza.

De las provincianas qué diremos; hay que tener presente que en sus pagos las vías pedestres no son abundantes.

Insisto de vez en cuando sobre este capítulo de higiene; porque a fuerza de gritar acaba uno por ser oído.

Yo he conocido ahí algunos caminadores que han alcanzado luengos años enjutos y bien acondicionados, como mi amado amigo Miguel Cuyar.

El más conspicuo ha sido don Joaquín Hornos, hermano del valiente general, legendario jinete de “primo cartello”.

No sé si vive. Capaz de esa hazaña parecía la última vez que lo vi. Pues si la está haciendo, ¡me arranca de lo hondo vibrantes bravos!

En cierta época su paseo normal era de allá por la Recoleta a la quinta de Lezama, ida y vuelta.

Parece mucho, pero no es tanto.

Son dos horas y pico.

Yo las he hecho en una de mis últimas visitas a la tierra. A paso suelto, naturalmente. A lo que aquí llaman un andar “smart”.

Como efecto saludable, he aquí el último dato que tengo sobre el camino metódico: Un magistrado inglés acaba de cumplir 78 años. Este caballero ha recorrido en un año una distancia de 4640 kilómetros.

–Es para conservar mi buena salud y para distraerme al mismo tiempo –declara el dicho juez– que me he dedicado a este ejercicio cotidiano.

Durante los últimos diez años mi término medio de paseo ha sido de 4600 a 4700 kilómetros. Todos los días tomo nota de lo que ando, y es así como he podido contar 46.000 kilómetros en diez años.

Yo conozco aquí íntimamente un compatriota que anda mucho por la avenida del Bois de Boulogne; que camina todos los días, con buen o mal tiempo, dos horas seguidas por la mañana (y una a veces por la tarde), recorriendo de un tirón 10.800 metros (saquen ustedes la cuenta lo que será al mes); y cuyo compatriota atribuye la buena salud de que goza, no siendo un nene, al anotado dato estadístico.

El gran Alfieri[1] en sus “Giornali e Annali” cuenta, después de detallar minuciosamente particularidades de su vida, tan interesante, que diariamente hacía sus paseos que sumados resultan de dos horas.

Con que así, menos tranvía y un poco más de mover los pisantes.

Y, si aceptada la receta, hiciese buen provecho, no podrá la crítica picaresca repetir los dos versitos de Cervantes:

“No rebuznaron en balde

el uno y el otro alcalde”.


Palabras que conviene hacer notar son las que acaba de pronunciar en el parlamento M. Balfour[2], y que libremente traducidas dicen así:

Nadie puede prever lo que sucederá dentro de un año o dos. Un ministro (Foreign office), vigilante puede evitar muchos conflictos; nada sustituye el poder militar de una flota y de un ejército. Las convenciones, los tratados de arbitraje son rémoras para irse a las manos; pero lo más eficaz para no reñir es estar bien armado.


Voy a ser lo más lacónico posible, por muy grato que me sea ocuparme en departir sobre la literatura de un antiguo amigo.

Siendo conciso no corro el riesgo, en todo caso lo corro menos, de tener que decir como Jules Lemaître[3] en una de sus crónicas dramáticas (se acordará de ella, no es moderna): “Pero ya no sé de donde partí, ni a dónde quería ir”.

Es este un libro excelente, y así siempre tendrá la Historia Argentina que felicitarse de que su autor haya estado en situación oficial de poder revolver nuestros archivos en su calidad de jefe de la Biblioteca Nacional.

Es este por añadidura un libro particularmente destinado a estimular el estudio de la paleografía, ese auxiliar indispensable para toda clase de investigaciones antropológicas o histórico-sociológicas.

Estamos, como se ve, en la hora en que le llega el turno a Groussac[4], contestando como voy al envío de su “Liniers[5]”, con esta frase amable: “homenaje afectuoso”.

No ha menester este investigador sapiente, que medita con reposo y escribe con primorosa maestría hispano-americana, de mis elogios.

Baste entonces decir que forma parte de la familia literaria, poco numerosa, que domina dos lenguas, hablando y escribiendo: el francés y el castellano, como que es de Tolosa, la sabia vecina de España, con la que se toca por los Pirineos.

Su libro, pacientemente preparado, no tiene resquicios visibles por donde la crítica sutil se entre así nomás en cuanto a la forma, al procedimiento, al método.

Ha bebido en buenas fuentes, ha eliminado hasta donde es humano lo impuro, lo que es ya un triunfo psicológico; y así lo que al lector se le ofrece haciéndoselo ver, es una época, un momento, un estado de alma, una civilización incipiente, a la manera que se ven los objetos remotos mediante un telescopio perfeccionado. Sus lentes no magnifican lo microscópico ni achican lo grande colocándose, con contadas excepciones de poco momento, en el punto de vista más adecuado para que la transparencia de lo que llamaré la atmósfera del medio ambiente histórico permita ver perfilados con claridad los personajes que en él se agitan.

Me pregunto, ¿cuál es la mejor literatura?

Y no me ahogaré en un dedal de agua, pues contesto: sencillamente la que copia o reproduce con más exactitud la vida humana, al hombre aislado o agrupado, en sus condiciones altas o bajas, normales o anormales, cómicas o trágicas.

Los hechos bien relatados eclipsan, en efecto fácilmente, todas las novelas; y si el gran inconveniente en tales casos consiste en que las mismas complicaciones del relato suelen prohibir que se ventilen ciertos pormenores, dominar ese inconveniente revela al maestro.

Groussac lo ha conseguido. No es chico mérito. Algo, poquísimo, tendré que subrayar tildando. ¡Cómo contentar a todos! Pero al hacerlo cuidaré de suavizar los ángulos, teniendo presente lo que el otro día le oímos al nuevo académico Barboux[6], sucesor de Brunètiére.

Es mi mismo antecesor (Brunètiere[7]) el que lo ha dicho: En sus orígenes solo era el arte de poner en claro los defectos de las obras de los demás, de analizarlas hasta “descalificarlas”, y de hacerse así tanto en prosa como en verso, a costa de otros, del talento, del genio mismo, una reputación de “esprit” y de malignidad.

Mas esos tiempos fabulosos están lejos felizmente y la paz ha sido firmada entre los escritores y los jueces.

Agregaba: Si la crítica cuenta hoy en día tantos maestros, si atrae hacia ella tantos jóvenes escritores, es natural atribuirlo a la difusión de la instrucción en todas las clases, y al número, cada día mayor, de hombres que quieren gustar de los placeres de la inteligencia y elevarse así un grado en la escala social.

Ya que Darwin está todavía a la moda, digamos que la función crea el órgano. Lo que nosotros les pedimos a los críticos no es solamente que nos digan lo que los divierte, sino la razón de lo que los fastidia o los complace.

Yo digo: lo que la crítica tiene que examinar con más cuidado y acierto es entonces la filosofía del escritor. En términos más llanos: si las conclusiones a que arriba son exactas; si su visualidad mental le ha hecho ver el papel del hombre en la vida humana como es debido.

De ahí que la crítica histórica sea, a no dudarlo, la más difícil. Porque, como decía Guizot[8]: la historia nos ofrece en todas sus épocas algunas ideas dominantes, algunos grandes acontecimientos que han determinado la suerte y el carácter de una larga serie de generaciones.

A lo que yo agrego, que la misma gravedad de la materia es un gran estorbo para la amenidad del estilista que quiere informar correctamente sin cansar la atención. Más todavía. Hay que descubrir cómo es que “Roma estaba en Cartago”, y que correr el riesgo, como acabamos de ver, que lo que Sardou[9] y Funck Bretano han tomado en “L’Affaire des poisons” al pie de la letra no resulte según las pruebas que aduce Lemoine, exhibiendo documentos auténticos, que el tal “asunto de los venenos” es una leyenda inventada por Louvois y Mme. de Maintenon contra la Montespan, su rival influyente[10].

Repito que este libro es de lo bueno. Su autor ha hecho una evolución de estilo feliz, me parece, comparando lo de ahora con lo de antes. Pero se ha quedado francés en la inclinación al retruécano. Así, no puedo admitir que del adjetivo “biscornu” haya hecho, españolizándolo, “biscornudo”. Ya que no quiso decir irregular, extraño, o raro, ¿por qué no decir en todo caso “biscornio”?

¿No se dice “unicornio”, tricornio”? El “biscornudo” me suena, como les sonará a ustedes seguramente, mal.

Aquí termino mi única censura en lo que a manera de decir se refiere, ya que cada artista tiene su carácter especial, siendo la pluma como un pincel.

Tiende por otra parte la América meridional a emanciparse del tutelaje lingüístico, como ya se emancipó del otro. Curioso: esa tendencia repercute de este lado y los españoles adoptan nuestros neologismos.

“La Academia de la lengua castellana” resiste, resiste; acaba por transigir. No consigue tanto como la Academia francesa a imponer un poco de su ley.

¿Tendremos nosotros algún día una Academia? Creo que si llegamos a tenerla, ha de pasar con ella lo que con tantas otras reglas que escritas son una cosa y en la práctica otra.

El americano de origen latino no ama la disciplina. Crece aglomerándose, y esto aumenta las dificultades para arribar a entenderse sobre tan debatido tópico.

Nos hemos acostumbrado a la libertad para querer en lo futuro reconocer un yugo cualquiera, aunque sea el florido de los buenos ejemplos literarios. El “Webster”[11] argentino dormita.

Saldrá, lo espero, poco a poco, de su somnolencia a medida que vayan iluminando el horizonte los que siguen con distinción la ruta trazada por sus antecesores. No hay que disminuir deprimiéndola su obra.

Lo dicho en cuanto a la forma, quizá un poco difusa, casi densa, aunque en medio de la espesura se vean claridades que son un incentivo para seguir adelante en lo enmarañado del relato.

El lector que lo haga tendrá como el viajero que se aventura en la selva exuberante, la compensación de inesperadas perspectivas, con flora y fauna riquísimas.

En lo que se refiere a la materia, a una parte de ella (el asunto es, de suyo susceptible de ser colocado en fragmentos), concuerdo con esta síntesis de Groussac sobre su hombre:

“Héroe de la obediencia, apareció inerte o desconcertado cuando no supo a quién obedecer”.

Es que no había nacido para acaudillar.

Interesante era sin duda el tipo caballeresco de Liniers. Pero tal como se destaca del cuadro artístico de Groussac, lo que me deja es la misma sensación de algunos paisajes descritos por Pierre Loti, lindos paisajes que ya conocía habiéndolos visto: su fantasía embellece la realidad.

En cuanto al alma de Liniers no era americana, no era criolla, ¡cómo había de serlo! El destino decretó que muriera asesinado en vez de morir con las armas en la mano luchando contra los patriotas que querían una patria libre, patria que no podía ser la suya adoptiva ¿o su credo, su pasión y su fe discordaban con los sentimientos de un súbdito fiel del rey?

Sabemos que no disentían, al contrario, que ningún virrey nacido en España se mostró más denodado por su señor que él, oriundo de Francia.

La página es tristemente luctuosa, un borrón, como son siempre cuatro tiros sin forma de juicio, ni tiempo siquiera para encomendar el alma a Dios.

No hay revolución sin atentados, ni atentados sin mártires. Los tiene la ciencia, la fe. Los hace el fanatismo; hasta la calumnia y el miedo.

La estatua de Liniers que se pide no carecería de significado en este sentido.

Yo me sacaría el sombrero ante ella en cuanto únicamente simbolizara la lealtad.

Me parece, sin embargo, que si los “mártires de su lealtad”, como dice el autor, “no necesitan ser rehabilitados”, tampoco lo necesita Moreno.

El camino que la junta “procuró desandar” felizmente no lo desanduvo, y si (no discuto esto, no tengo margen ni quiero discutirlo ahora), y si dos generaciones subsiguientes habían de pagar el sofismo de los sectarios, sus excesos, ¡ay! exclamo yo también, agregando: no hay revoluciones lógicas en sus medios, siendo el fin su exclusiva justificación.

Aquí llego a donde está el nudo de este hermoso libro.

No concuerdo con sus conclusiones.

En resumen, él dice que “el fusilamiento de los prisioneros de la Cruz Alta” fue la causa eficiente de lo que vino después.

Es decir que “cansados de luchas sangrientas y estériles represalias se resignaron a “saludar” en don Juan Manuel Rosas (Juan Manuel Ortiz de Rozas), al salvador de la República”.

En primer lugar, Rozas no fue un producto emergente nacional; lo fue local, provincial. Así pues esta consecuencia me hace el mismo efecto que me haría una tesis que el historiador tradujera en estos términos: en el fusilamiento del duque de Enghieu, que según el cinismo de Fouché “fue más que un crimen, una falta”. Ahí es donde está, como diría un escolástico, la “causa solitaria” de la caída de Napoleón.

Entre la “catástrofe”, empleando el término de Groussac, y Rozas hay otra fecha memorable y en el hecho cronológico que ella registra, es donde radican –y no en otros, y no en las incoherencias, en las contradicciones, en los desalientos, en las claudicaciones de la revolución– los motivos irresistibles de la anarquía precursora de la dictadura.

“Arequito” es la palabra fatídica.

El año 1820 es el que después de 1810 hace época en los anales revolucionarios (1819-1820).

“Vese entonces pasear triunfante el espectro de la muerte al través de las vastas soledades de los campos argentinos, tinto el sudario en sangre de hermanos”.

El motín militar de Arequito (noviembre 1819) cuando la situación de la república era de las más afligentes; es decir, la sublevación del ejército del Perú en marcha sobre la provincia de Santa Fe para combatir la anarquía; la sublevación de ese ejército única esperanza del gobierno, la sombra de gobierno que quedaba, he ahí donde ha de buscarse la explicación del por qué: “el gobierno descendió con estrépito y violencia; por qué la unión de las provincias quedó disuelta, por qué el edificio nacional se desquició hasta sus cimientos; por qué la más desenfrenada y horrible anarquía tiñó en sangre las campañas argentinas y las calles de la capital (Buenos Aires), foco de desorden y de continuas asonadas.

El fusilamiento de Liniers nada tiene que hacer con esto.

Con Arequito “aparecieron numerosos aspirantes”. Casi todas las provincias fueron teatro de feroces guerras de exterminio, de represalias, de pillaje y crueldades inauditas.

El país retrogradó inmensamente, porque las pasiones se desbordaron. Y no hay que hacer: todos los caudillos son engendro de aquel crimen.

Arequito fue la caja de Pandora, el punto de partida infernal.

La lógica, que encadena los errores, los desastres, así nos llevó hasta 1824, al Congreso Constituyente, otra causa de división (“unitarios y federales” todo en el nombre), con Dorrego y Rivadavia como encarnaciones. A qué seguir.

Todos conocen más o menos imperfecta o detalladamente la historia. Rozas vino. Ni los que lo eligieron ni él mismo sabia a donde iban. Los caudillos existentes se apoyaron en él, y él en ellos.

Fueron alternativamente instrumentos y cómplices, hasta que colmada la medida sucedió lo que eternamente se repite en la historia.

Urquiza dejó de pensar como Rozas. El país no lo decía; pero pensaba como Urquiza.

¿Qué tiene esto que hacer con Liniers?

Tanto se ha apasionado el historiador del protagonista que a no haber sido su trágico fin, yo concluiría preguntando: ¿nos habríamos emancipado cuando rompimos las cadenas, del coloniaje, si el paladín de la resistencia contra los ingleses hubiera estado con vida entre 1810, 1816 y después?

Hay que meditar… Arequito estalló difundiendo el virus de la anarquía cuando todavía las huestes del rey, que no nos quería libres, pisaban tierra americana por donde sale y se pone el sol de Mayo.


  1. El conde Vittorio Amadeo Alfieri (Asti, 1749-Florencia, 1803) fue un dramaturgo, poeta y escritor italiano. Es considerado el mayor poeta trágico italiano del Setecientos. Autor de una obra prolífica, en diversos géneros. (Extractado de VIAF: http://viaf.org/viaf/39389587/#Alfieri,_Vittorio,_1749-1803).
  2. Ver nota al pie de PB.10.01.06 o índice onomástico.
  3. Ver nota al pie de PB.27.11.06 o índice onomástico,
  4. Paul-François Groussac (Toulouse, 1848–Buenos Aires, 1929) fue un escritor, historiador, crítico literario y bibliotecario franco-argentino. Como director de la Biblioteca Nacional, publicó La Biblioteca (1896) y Anales de la Biblioteca (1900), ambas antologías de ensayos críticos, relatos históricos de la Biblioteca Nacional y documentos pertinentes a la historia del Río de la Plata. Fue redactor del diario Sud América, en el que Mansilla publicó sus causeries. Entre sus obras más destacadas, cabe mencionar: Estudios de historia argentina, Ensayo histórico sobre el Tucumán (provincia en la que vivió doce años), la novela Fruto vedado (1896), Relatos argentinos, La divisa punzó, Las islas Malvinas y la Biografía de Liniers, publicada como libro en 1907, luego de adelantar capítulos en la revista de la Biblioteca.​ (Extractado de VIAF: http://viaf.org/viaf/106964814).
  5. Santiago Antonio María de Liniers y Bremond (Francia, 1753–Cabeza de Tigre, Córdoba, Virreinato del Río de la Plata) fue un noble y militar de origen francés que se desempeñó como funcionario de la Corona de España, nombrado virrey del Río de la Plata entre 1807 y 1809; en este último año, fue favorecido por Real Cédula con el título de conde de Buenos Aires. Fue el penúltimo virrey del Virreinato del Río de la Plata. (Extractado de VIAF: http://viaf.org/viaf/121792785).
  6. Louis Henri Barboux (Châteauroux, Indre, 1834 –París, 1910) fue un abogado y político francés, miembro de la the Académie française desde 1907. (Extractado de VIAF: http://viaf.org/viaf/64138489).
  7. Ver nota al pie de PB.01.02.06 o índice onomástico.
  8. Ver nota al pie de PB.06.12.06 o índice onomástico.
  9. Ver nota al pie de PB.17.02.08 o índice onomástico.
  10. Este párrafo se refiere al escándalo conocido como L’affaire des poisons; una serie de conspiraciones por el poder y asesinatos por envenenamiento ocurridos en el reinado de Luis XIV, en Francia, entre 1677 y 1682. Tras un juicio, varios aristócratas fueron condenados a muerte. Hay varias películas y libros en torno al tema.
  11. Referencia al diccionario de habla inglesa de Noah Webster. Ver nota al pie de PB.12.12.06 o índice onomástico.


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