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EL DIARIO

Lunes 17 de Agosto de 1908

DEL GENERAL MANSILLA


PÁGINAS BREVES

París, julio 17.

 

La última obra que acaba de publicar el señor Eugenio Eichthal, miembro del Instituto[1], se titula “Guerre et paix internationales”[2].

Es un estudio a fondo sobre el movimiento “pacifista”, respecto del cual decía no ha mucho el señor Emilio Bourgeois[3] “que era el cuarto a partir del siglo XVI”.

Según la palabra de Voltaire, ese movimiento, estando a los antecedentes que suministra, “les ha dado a los pueblos la idea de la justicia lo mismo que tiene uno los retratos de las personas célebres que no puede ver”.

Nada más bello que la justicia, y ¡cómo no ser “pacifista”!

Realizar la paz permanente no implica una utopía; es posible, implica un ideal.

Pero para que la idea se haga “consenso” universal tenemos que vivir y que esperar.

El autor de este libro cree y espera, y como todos los que le han precedido en el generoso camino al analizar las condiciones indispensables para formar ese “consenso” peca, y no puede dejar de pecar, en el sentido de lo mismo que quisiera suprimir.

Mientras no suena, pues, la campana mundial de la concordia entre humanos, él dice: “las naciones deben ser vigilantes y estar prontas a defenderse”.

“There is the rub”… ahí estriba la dificultad, nadie estando dispuesto a desarmarse primero.


¿Dónde pronuncian mejor el castellano?

¿En España o en las que fueron colonias de su majestad católica?

Tal es la cuestión que uno de estos días les será presentada a ustedes, posiblemente, por algún lingüista de este hemisferio o de ese, viviendo, como vivimos, en una época de insanable curiosidad.

Hoy por hoy, de lo que nos ocuparemos “pronunciación inglesa”.

El profesor Skeat, de la Universidad de Cambridge, interrogado a su vez, acaba de confirmar la contestación del doctor Alois Brandt, profesor de filología en la Universidad de Berlín, diciendo: que los americanos hablan mejor el inglés que los súbditos de su majestad británica.

Si para remachar el clavo algo se necesitara bastaría la aprobación general acordada a las susodichas autoridades en tono joco-serio por los diarios americanos tan inclinados a lo que ahí llamamos “titeo”, vocablo moderno que no sé de donde viene. El argentino, como el yankee, no deja de ser dado a ese molestar al prójimo, rozando apenas la epidermis, hagámosles la justicia de decirlo.

Efectivamente, se ha ensayado tratar el asunto con seriedad.

¡Pero qué! los diarios concienzudos, o imparciales, han tenido que embolsar su violín a pesar de las atrocidades del idioma americano apuntadas.

Los ingleses observan que pueda ser que el “twang” (acento nasal) americano se esté extinguiendo; pero que en la alta sociedad americana se le oye con más frecuencia que el acento “cockney” en la sociedad inglesa.

(Cockney, como ustedes saben, es el nacido en Londres).

Algún otro opina que el lenguaje ordinario de los Estados Unidos no desciende al nivel en que se encuentra en los barrios del Este de Londres, lo que en todo caso es discutible.

Se admite que la precisión, y, en general, la pureza de la pronunciación son la regla entre los americanos educados, debido, hace notar el profesor Skeat, a que en este país se presta mayor atención a la parte fonética del idioma.

Con veinte o más lenguas extranjeras, introducidas en él por los inmigrantes, lenguas que tienen que adaptarse a la nativa, la inglesa, con no pocas delicadezas, los educacionistas americanos han puesto en práctica una tarea casi desconocida entre los maestros británicos.

El inglés claro de sus discípulos extranjeros da testimonio del éxito obtenido.

Pero no hay rosas sin espinas.

Mientras el americano del norte sobresale en lo que se refiere a la pronunciación, su entonación es deficiente.

Y se concede que su hablar es inferior en belleza de pronunciación al de un inglés cultivado.

Tiene éste más color en sus tonos, más modulaciones y ritmos más amplios.

En suma, su hablar es más variado, más musical. Pero el americano habla en planos descendentes sin curvas.


El señor Clemenceau[4], presidente del Consejo, ha dicho los otros días, en el senado francés, unas palabras que, con ligero comentario, trasmito a la meditación de ustedes.

“Las sociedades privadas son temibles poderes, primero porque son un centro permanente de atracción económica, y en seguida porque se ha confiado a algunos la explotación de un servicio público, y que esas compañías privadas tienen una tendencia a hacer prevalecer el interés privado antes del interés público.

Yo digo que es menester considerar cuán débiles son las armas que están en manos del Estado para resistir a las exigencias de las compañías de ferrocarril. ¿La homologación? ¿La caducidad? ¿El rescate?

La persuasión…

“Passez moi le mot”, es una comedia.

No nos prestaremos a representarla.

La agrupación de las sociedades financieras, los trusts, los carteles ofrecen gravísimos inconvenientes. En el mundo entero se preocupan de ellos. Y son doblemente dignos de atención cuando esas sociedades están encargadas de la gerencia de un servicio público.

No quisiera yo que la palabra fuera más allá de mi pensamiento, pero me veo obligado a decir que una de las preocupaciones constantes de un Estado democrático debe ser que el Estado sea puesto en situación de defenderse contra las grandes sociedades financieras”.

(Las tres palabras que uso más arriba son traducción literal de estas “homologation” “déchéance” “rachat”[5], que el lector entendido no dejará de interpretar debidamente sabiendo que se trata de algo parecido a la expropiación de un ferrocarril, el del Oeste).

Han coincidido con las observaciones del señor Clemenceau, las que hace el “Times” en un artículo “The adornment of London”, “El adorno de Londres”.

Es de fecha julio 8 y entre otras reflexiones hace esta: Londres durante cincuenta años ha luchado sin éxito, debido a grandes influencias ignoradas, pidiendo y pidiendo que el “mamarracho de la estación Victoria desapareciera, por incómodo, estrecho, sucio, feo, indigno de una gran capital. Pero concluye: al fin hemos triunfado.

Al leer lo de Clemenceau y lo del “Times” he pensado en lo que ustedes han visto, como yo, años y años: en las estaciones de Buenos Aires, en el Paseo de Julio, en el bajo del Retiro, “ed altri siti”…

Deducir de lo dicho que pienso como el señor Clemenceau sería un error. Lo he hecho notar con un solo propósito: que ustedes se precavan al dictar leyes otorgando concesiones. Entre el interés privado y el interés público, hay soluciones difíciles, un “crux”; pero posibles de conciliación equitativa.


Nuestro país es un país de inmigración.

Ya lo he dicho en otra parte: lo que hemos hecho en los últimos cincuenta años ha sido en colaboración del extranjero, del que continuamos necesitando para poblar nuestros desiertos solitarios, desconocidos muchos de ellos todavía.

Pero el mayor error, de trascendencia, en que pueden incurrir los gobiernos faltándonos ciudadanos, es este: conceder a compañías o sindicatos de empresas financieras, extensiones, chicas o grandes, de nuestro territorio para enclavar en ellos colonias de extranjeras.

Es un peligro.

Ya lo hemos visto en momentos revolucionarios. No puede haberse olvidado tan pronto.

No. Ya no estamos en la época de la Colonia Esperanza. Lo que entonces fue una gran iniciativa del benemérito ciudadano don Aaron Castellanos[6], ahora sería una gran falta de previsión. Colonias sin más privilegios que los que la ley acuerda en general a los que tienen tierras que poblar, es otra cosa.

Nada de “enclavar” en nuestro suelo plantas cuyos frutos pueden ser discordia con los fuertes. Con los brazos abiertos, como siempre por otra parte, sigamos recibiendo al extranjero, así tal cual sigue llegando, suelto, con o sin familia.


De “enquete[7]” en “enquete”, de aniversario en aniversario, de centenario en centenario, se deslizan los años, y, encadenándose, allá va todo, todo lo que es, lo que ha sido, lo que será camino de la eternidad, dejando cada puesta de sol un recuerdo amable o doloroso, y nada, nada extirpa en el alma humana ni la esperanza ni la fe.

El otro día fue el centenario de Saint-Cyr, colegio militar, como se sabe, que a esta tierra de Francia le ha dado tantos valerosos paladines.

Pero como en Saint-Cyr mismo no hay ya capilla, desde que se dictó la ley de separación de la Iglesia y el Estado, ni en el ejército francés quien ayude a bien morir, esto es, capellanes castrenses, faltó, en el sentir de la gran mayoría de los “sancyranos”, una ceremonia eminentemente confortativa para toda alma que cree: faltó una misa.

Ya está dicha, celebrado en la Magdalena, el “Réquiem” por el alma de los sancyrianos muertos durante un siglo.

Ofició un ex-oficial y predicó otro, ambos de filiación “sancyriana”.

Este último, ante el arzobispo de París y una concurrencia tan numerosa cuanto selecta, conmovió a los oyentes.

Comenzó así:

¡Monseñor! ¡Señores! ¡Camaradas!

Y agregó: “¿Puede pedírsele a un antiguo soldado otra elocuencia que la del corazón?”.

Y entre otras cosas excelentes dijo: “Religión, patria y ejército son en estos días materia de blasfemia, estamos pues, aquí haciendo acto de fe en contrario”.


Dos estatuas han sido inauguradas el mismo día, a la misma hora, en dos barrios distintos de París y bajo distintos auspicios también, el uno oficial el otro social.

El educacionista meritorio Eugenio Manuel[8] cerca de mi casa (detalle sin importancia alguna); y el español que fue Miguel Servet[9], quemado vivo por hereje en Ginebra, y no por decreto de la Inquisición, o de Torquemada, sino por orden del implacable Calvino.

Tierra clásica de buen sentido inteligente y de aberraciones inesperadas, a no dudarlo, es esta. Y el hecho de ayer está cantando que así es, teniendo en cuenta las persecuciones recientes de que la iglesia católica ha padecido.

No voy a filosofar. Los que quieran informarse más detalladamente pueden leer los discursos pronunciados en honor de Manuel por el rector de la Universidad de París, señor Liard, teniendo a su lado al ministro Chaumie, y en memoria del publicista Servet, víctima de Calvino, por Rochefort, que a fuerza de pedir y pedir un momento para aquel amigo de Francia ha acabado, como se ve, de obtenerlo.

Está sin embargo furioso, echando chiribitas, porque no han permitido que en el zócalo junto con el nombre de la víctima se pusiera “quemado por orden de Calvino”, y asimismo una carta de Voltaire horripilado ante tamaña crueldad, a ser ciertos, como parecen serlo, los detalles que la historia debe a la pluma de los mismos calvinistas.

No. En vez de filosofar voy a consignar unos datos interesantes sobre la marcha de la iglesia católica en los Estados Unidos.

A principios del siglo XIX los Estados Unidos figuraban como un estado casi exclusivamente protestante.

Apenas había un católico por cien habitantes, es decir que entre cinco millones solo alcanzaban a cuarenta mil con un solo obispo, treinta padres y unas pocas iglesias.

Hoy día suman quince millones, con trece arzobispos, ochenta y nueve obispos, 11.135 padres seculares, 3958 regulares, 12.148 iglesias, 78 seminarios y 1.266.000 niños de escuelas católicas.

En Nueva York y en Chicago los católicos son un tercio de la población; y en Boston, la antigua ciudadela del puritanismo, alcanzan a la mitad.

Como se ve por tan elocuentes cifras, la iglesia católica no puede estar más boyante en Estados Unidos, como lo está en Inglaterra y en Alemania, siendo patentes sus progresos. Aquí en Francia, solo tapándose los ojos y las orejas para no ver ni oír, es posible no experimentar el convencimiento de que no hay choque sin reacción. En gran parte habrá que atribuirlo a la mujer. No hay más que recorrer los templos y la lista de las diversas obras pías a que se consagran con ahínco constante; y, ya se sabe: “ce que femme veut Dieu le veut”. Su hálito apacible es una fuerza que hace milagros.


No entiendo una palabra. Y no tengo a quien echarle la culpa sino a mi mentalidad deficiente. Recuesto y recuesto todos sus registros, ¡nada!

He aquí de lo que se trata:

El conde de Girardin[10] ha publicado una iconografía de Juan Jacobo Rousseau, y con tal motivo, un académico de alto coturno, nada menos que el vizconde Melchior de Vogüe[11], ha escrito para dicha obra (retratos, escenas, habitaciones, recuerdos), un prefacio como él sabe hacerlo, con erudición y galanura.

Queda así confirmado lo que hace más de veinte años escribía Brunètiere[12]: “el lector se asombraría si se hiciera aquí la lista de los trabajos diversos que tenemos sobre la historia, la vida y las obras de Juan Jacobo Rousseau” (que Jules Lemaître[13] ha puesto últimamente a la moda, con las conferencias de que ya sumariamente hablamos el año pasado).

Pero mi perplejidad no está en eso.

Ya sé que escribió mucho, que fue fecundo, que pulsó muchas cuerdas, hasta las de la misma música. Y habiéndolo leído en tres épocas de mi vida –joven, entrado en días y ya canoso en abundancia– afirmo y me confirmo en que su influencia social fue deletérea y que él engendró el socialismo anárquico.

Lo que no entiendo, lo repito, es cómo una autoridad tan elevada, el espíritu que se encarna en Melchior de Vogüe, ha consentido en prestigiar esta iconografía; que eso importa el haberla encabezado con un prefacio magistral, como todo lo suyo.

Y lo entiendo tanto menos cuanto que excelso académico está en las antípodas morales de Rousseau, que, y en esto discrepamos, no trajo de Inglaterra noción democrática ni cosa parecida. Esa noción germinó en su propio cerebro sin influencia de medio ambiente.

Si es inútil escrutar, escudriñar esa alma, esa fisonomía, ambas extrañas, buscar en ellas el “secreto del desgraciado que supo encantar, corromper, subyugar con una potencia no igualada las almas futuras, en los que prolonga el desorden patético de sus vicios y de sus virtudes” (¿cuáles?), ¿por qué encargarse en última instancia de patrocinar “esos vicios”?

Patrocinar sí, que eso significa en este caso la incitación a leerlo. Otra no puede ser la consecuencia desgraciadamente.

Hace cincuenta años que dos observadores a cual más distinguido y original, que apenas se conocían, sorprendieron simultáneamente al mundo científico con una nueva teoría sobre el “origen de las especies.”

He nombrado a Darwin y a Wallace, cuyos predecesores puede decirse que fueron Empédocles, Lucrecio y otros. La ciencia de la vida y de la muerte es antiquísima.

Darwin y Wallace en Inglaterra fueron apoyados con algunas reservas por Huxley, Hoeckel y Herbert Spencer.

Siendo estas líneas una mera noticia brevísimamente comentada, me limitaré a observar antes de proseguir que el gran precursor moderno del transformismo ha sido Lamarck, francés, y no Darwin.

La tinta que se ha gastado discutiendo la doctrina extrema de que descendemos del orangután bastaría para formar un lago en el desierto de Arabia.

No está, ni puede estar agotada la materia, ni me parece que se agotará por más que se acumulen las observaciones persistentes y minuciosas del afamado investigador, empeñado en conocer el “porqué” y el “cómo.”

Sea lo que fuere la sociedad inglesa denominada “Linnean Society”, del naturalista sineo, ha celebrado el lº de julio el hecho semi-secular a que acabo de referirme.

Dice el “Times” que “the Darwinian ideas are not final, any more than their predecessors”.

Lo que para más claridad se traduce así: “las ideas Darwinianas no son finales, lo mismo que no lo han sido las de sus predecesores.”

Tenemos así que felicitarnos; porque el día en que alcanzáramos a penetrar el gran misterio, la finalidad de las cosas, sería un mal día, con él se extinguiría la vida intelectual.

P. S.

¿A dónde vas Vicente?…

París está ya casi desierto. Es la expresión consagrada. Todo el mundo se va, más o menos sano, en busca de aire, de más aire, a las montañas o a las costas del mar.

Yo me voy a Boulogne, sano de cuerpo y alma, porque nada me duele ni abrigo prevenciones contra prójimo alguno.

Boulogne (sobre el mar, bien entendido), adquiere cada vez más boga para los argentinos, con motivo de la estatua que no tardará en alzarse en una de sus plazas.

Será en memoria del gran capitán, que allí en 1850 murió Don José de San Martín. Y se deberá a la iniciativa de dos jóvenes argentinos llenos del fuego sagrado, del amor patrio: Tomás B. Viera y Jorge Navarro Viola.

Con que así, hasta uno de estos días desde donde con atmósfera clara se divisan bien las costas de Inglaterra y de noche el gran faro de Dover.


  1. Probablemente, Mansilla se refiera a la École libre des sciences politiques, de la cual D´Eichthal fue miembro.
  2. D´ Eichthal, Eugène. Guerre et paix internationales. Paris: O Doin, 1908. D´Eichthal, nacido en París en 1844 y muerto en 1936 en la misma ciudad, fue un economista, sociólogo y poeta, autor de una treitena de obras, entre ellas: Le Socialisme electoral (1899), Psychologie économique (1902), La solidarité sociale: ses nouvelles formules (1903), Pages sociales (1909).
  3. Ver nota al pie 7 de la PB.06.06.06 o índice onomástico.
  4. Ver nota al pie PB.27.11.06 o índice onomástico.
  5. En francés: “homologación”, “decadencia” y “restitución”, respectivamente.
  6. Aarón Castellanos (Salta, 1802 – Rosario, 1880) fue un colonizador argentino que incentivó el poblamiento de la provincia de Santa Fe. Luchó por la independencia de su país dentro del grupo Los Infernales, bajo las órdenes de Martín Miguel de Güemes. En 1824 inició la exploración del Río Bermejo. En 1852 fundó la colonia agrícola Esperanza.
  7. Encuesta”.
  8. La obra se conoce como «Monument à Eugène Manuel (1823-1901) par Gustave Michel (1881-1924) », y fue inaugurada el 5 de julio de 1908.
  9. La estatua en honor a Miguel Servet lo representa maniatado a la estaca de la hoguera, se halla en la plaza Aspirant Dunand de París y fue creada por Jean Baffier, inaugurada en 1908.
  10. Ver nota al pie de PB.14.07.08 o índice onomástico.
  11. Ver nota al pie de PB.27.03.06 o índice onomástico.
  12. Ver nota al pie de PB.01.02.06 o índice onomástico.
  13. Ver nota al pie de PB.27.11.06 o índice onomástico.


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