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EL DIARIO

Viernes 13 de Marzo de 1908

DEL GENERAL MANSILLA


PÁGINAS BREVES

París, febrero 15.

 

C. A. Aldao[1], o “A través del Mundo”[2], y otros, tienen que esperar unos días, si quieren, ellos y el público, saber qué pienso de sus últimas producciones.

Tengo antes, por lo que ya dije, que prestarle atención preferente a lo argentino con contramarca parisiense, o sea lo editado aquí.

En la pila informe que veo a uno y otro lado de mi gran mesa escritorio, saca la oreja un primerizo y me mira impaciente, en tanto que un maestro pensador, grave y estilista me dice en silencio: Será cuando Vd. quiera.

El primero, J. Lavalle Cobo[3], ha escrito un volumen, que ya Vds. conocen sin duda: “Voces perdidas”[4].

El segundo ha completado su “Santiago Liniers. Con un retrato al agua fuerte y un plano de Buenos Aires en 1807”[5].

Estoy hablando de un favorito de ustedes y mío, del amigo Groussac: es paciente, como todo artista que ama su arte, y no ha de tomar a mal que lo posponga para ocuparme cinco minutos de las susodichas “voces”.

También en estas coyunturas, y así como se va viendo, los últimos pueden ser los primeros.

Cuando este joven escritor me remitió su primer ensayo, estaba yo muy ocupado con lo más prosaico y fastidioso del mundo: corregir las pruebas de “Un país sin ciudadanos”[6]. Lo hago muy mal. Carezco de lo esencial para ser buen corrector. Son escasos. No se les estima bastante, no se les agradece como es debido, el bien que nos hacen, enmendándonos no pocos renglones tuertos.

Y qué es eso “esencial” se estará diciendo el que esto lee: que tengo más paciencia para escribir que para leer, al revés de lo que constituye un catedrático en enmendar errores tipográficos y faltas gramaticales de todo género. Por eso fue que al acusar recibo, agradecido, tuve que limitarme a decirle lo que ahora le repito: ¡adelante!

Pero, como parece que mi opinión le interesa, voy a dársela sin reticencias, siguiendo mi regla de conducta inalterable desde que tengo consultorio de literomanía.

Un gran maestro ha dicho: todos los géneros son buenos excepto el género fastidioso.

A mí me gusta el género objetivo. Mucho me place (si no tiene opio). Es el que ha elegido Lavalle Cobo, y su concurso inteligente “Contribución al Folklore Argentino” merece encomio.

Revela un observador. Creo que lo es. Así puede ir lejos. Así ha de contribuir a que no se esfumen los recuerdos clásicos del terruño. La alpargata ha reemplazado la elegante bota de potro, en una palabra, el gaucho se va. Hay, pues, que salvarlo del naufragio en que tantas cosas de antaño, cosas buenas, van pereciendo, vapuleadas por el modernismo, no siempre adecuado a la índole criolla; ni cómodo, sino renunciando completamente a tantas inclinaciones hereditarias, al modo de ser, a la fisonomía nativa; a eso a que el inglés es sobre todo y particularmente refractario.

Tengo que observar aquí que no estoy conforme con algo que ha escrito Gaston Deschamps[7] en una de sus últimas revistas literarias.

Es un error, dice (cierto que lo pone esta cortapisa “en general”), debutar en las letras con novelas o piezas de teatro sobre todo cuando uno se inclina al realismo (o, como dicen en Italia, al verismo).

Una novela, un drama, añade, siendo escritos por una persona muy joven (¿de qué edad? Pope[8] a los doce años escribió su oda “To solitude”) corren el riesgo de ser más ricas en invención que en experiencia (no veo el mal). Y cita varios ejemplos de cosas más o menos potables escritas por cabezas grises; a Juan Roccace, por ejemplo, que tenía más de cincuenta años cuando dio a luz sus cuentos más verdes que un pepino; y cita a Francisco Grozzini, que no por ser de la “Crusca” academia, a los 84 años concluyó sus “mejores historias” (opinión de Deschamps) sobre maridos celosos y mujeres maliciosas: y cita a Juan Bautista Giraldi, profesor de retórica en Pavia, hombre ya maduro cuando contó la trágica historia del “Moro de Venecia”, de donde surgió el “Otelo” de Shakespeare (aquí siquiera no hay sino un pecado capital que perdonar); y cita a Capuana que esperó a tener cuarenta años para contar la aventura de una joven recién casada (aventura nada edificante por cierto); y baste con esto cuyos beneficios sociales no se me alcanzan, y a lo que observo: el libertinaje literario en los viejos me es antipático. Edad es esa de arrepentirse y no de reincidir mentalmente.

En contraposición a Gaston Deschamps: si tenemos dos momentos, el de la inexperiencia y el de la experiencia; si vivimos de emociones y de sensaciones, de lo subjetivo y de lo objetivo, tiene que ser interesante el saber en qué consiste la riqueza inventiva de un alma joven, reflejo, a veces, de las torturas que prematuramente la lancinaron; y el conocer cómo ve el mundo y a sus semejantes, cómo los juzga cuando apenas se tiene la práctica incipiente de unos pocos años de observación y de estudio.

Yo les digo entonces a todos los que sienten el escozor cerebral de escribir, de extravasarse en prosa o en verso, y se los digo sirviéndome de vehículo “Voces perdidas” por aquello de la ocasión la pintan calva: no esperen.

No harán cosas que arranquen unánime aplauso, nada perfecto, raro privilegio. Pero si se hacen leer con gusto como J. Lavalle Cobo, qué más. Lo otro, la maestría, vendrá con el tiempo. “A force de forger on devient forgeron[9]”. Por eso mi recomendación (hablo con conocimiento de causa), se reduce a un consejo: si no hay nada tan difícil como conocer a fondo una lengua, estudiar y estudiar la propia para no incurrir en inútiles neologismos y arcaísmos eligiendo los modelos, lo primero tiene que ser la preocupación constante del escritor.

Un rasgo de plumas más y que estas no sean “voces perdidas”, sino al contrario, induciéndolos a ustedes a escuchar las de Lavalle Cobo: son cuadros pintorescos, animados, reales de nuestra vera tierra argentina.


“La Nave” de d’Annunzio[10] se mueve azotada por todos los vientos. Esto es metafóricamente hablando. En lenguaje corriente, moderno: no tiene una buena prensa.

Ya sabrán Vds. en qué consiste el argumento, habiendo ahí tantos italianos. Por otra parte d’Annunzio no toma nunca al público de sorpresa. De un modo o de otro los empresarios se arreglan y a son de cajas y trompetas publícanse paisajes, descripciones, diálogos y monólogos anticipadamente; de suerte que cuando se alza el telón sucede que el público aplaude con conocimiento de causa, poco más o menos como cuando se trata de una pieza repetida varias veces.

En este nuevo drama de d’Annunzio la fantasía ha rayado más alto que en todo lo que hasta aquí conocíamos del poeta, y la introducción, prólogo, es tan largo que alguno se ha de decir: y todavía faltan tres episodios.

De todo ello surge Venecia de entre siete ríos legendarios, entre islas y lagunas, con bárbaros que ya han hecho de las suyas y familias del terruño más o menos nobles que completarán la obra de aquellos en un sentido, matando a su vez por venganza, y en otra la corregirán asentando los cimientos de la futura basílica y construyendo un gran barco (“La Nave”) símbolo de lo que Venecia será antes y después de sus orgías, en las que corren el vino y la sangre, revueltos los hombres con las mujeres, todo a usanza de libertinaje griego, pero destacándose del fondo del cuadro un tipo que d’Annunzio envuelve en una frase favorita: “mala fémina.”

Hago a un lado lo que al patriotismo “irrendentista” atañe y resumo, no la crítica, estoy lejos de haberla intentado siquiera, sino mis impresiones diciendo: “la diferencia esencial que hay entre un circo y un drama de d’Annunzio consiste en que al primero se nos invita a ver de qué modo las bestias pueden actuar como seres humanos y al otro a presenciar cómo los hombres pueden conducirse lo mismo que bestias”.

En una palabra, si los dramas de d’Annunzio tienen algún significado en su simbolismo fantástico e histórico, ese significado, el más obvio, consiste en manifestar la parte considerable que en tal conducta humana toma la bestialidad. Gran talento; admirable el de este ingenio; pero la dirección que siguen sus concepciones conducen generalmente a una decepción.

Ahora ya se anuncia la “Rosa de Chipre”[11], y con cajas y trompetas, según ya dije, “urbi et orbe” se hace saber que la acción se desarrollará en la isla del mismo nombre; se explica sumariamente el argumento con templarios, conventos y una Mesalina, en una frase líquida digamos que será una mezcolanza de cristianismo y sensualismo pagano; para concluir el reclamo el mismo d’Annunzio declara: que la pieza tendrá “un color de leyenda con bordado de elementos históricos; sus partes de puro sueño, engendradas por una fantasía absoluta… una vida con un sabor acre y extraño, y una embriaguez continua a la vez”.

Tendrá, como “La Nave”, música del maestro Hildebrand de Parma, y váyanse Vds. preparando para tomarle ese “sabor acre y extraño”.


En mi anterior no tuve espacio para explicarme más, insinuando apenas que uno de estos días hablaríamos de cierto cuadrúpedo.

Pues que sea hoy.

Los ingleses dicen “the rat has no friends”, o en romance “el ratón no tiene amigos”, y ya habrán ustedes, sospecho, percatado de quién me voy ocupando.

El “Times[12] de Londres milita entre sus grandes adversarios. La campaña que ha emprendido contra él es de exterminio (¡imposible!, sería como suprimir los vicios).

Buenos Aires, centro mundial de toda clase de prójimos aglomerados en unos focos de infección que horripilan –llamados casas de inquilinatos– tiene que interesarse en esta persecución a muerte.

¡Qué demontre! nada de piedad.

El ratón es vehículo de toda clase de pestes. Y, como es viajero universal por tierra y por agua sin gastar un maravedí, no hay qué hacer, mientras tenga vida uno solo de ellos el peligro de tan terrible azote será una constante amenaza contra la salud pública.

Se reproduce asombrosamente, como ningún otro bicho (los ingleses del “Times”, al menos, lo hallan muy feo; yo confieso que le tengo asco, o miedo, lo mismo da; pero que no me parecen serpientes con patas, sino al contrario, a una laucha, que es un ratón en miniatura, le hallo cierta gracia).

Nuestros higienistas tienen que ocuparse y preocuparse de este negocio, tan grave en otro sentido como la langosta.

Uno de nuestros “criaderos” está en el puerto. Allí se desembarcan de noche, hasta de día, pasajeros de todas nacionalidades y sexos y, clandestinamente, se difunden por la gran capital lo mismo que en Londres, estos pulguientos dañinos (las pulgas venenosas son en efecto una de sus particularidades).

Si se destruyeran todos los mosquitos del mundo no habría fiebre intermitente ni amarilla. Destruyendo ratones se disminuyen no sé cuántas enfermedades.

En Inglaterra se ha calculado (y hablen después de que la estadística no sirve para mayor cosa que cure males), se ha calculado que hay actualmente más de “cuarenta millones” de ratones; los que a razón de un “fartking” diario ya se imaginarán ustedes cuántos millones representan. Porque, efectivamente, es un “cuarto de penique” lo que consumen; y no se incluye en ello lo que destruyen ni lo que echan a perder.

¿Qué pensarán sobre este capítulo mi amigo Alberto B. Martínez[13] y el otro paisano estadista Carrasco?

Los que quieran enterarse más prolijamente busquen y lean “The Times” de enero 20 y números anteriores de la referencia.

“¡Suene la trompa intrépida!” y a las ratas y ratones sin cuartel.


Una noticia, ¿de quién es? Me lo ha preguntado varias veces, arribando a esta conclusión: una noticia es del que la da. Es decir que repetirla no implica plagio, ni robo.

Pasa lo mismo con ciertos dichos y con ciertas observaciones.

Un inglés le escribía a un amigo que viajaba en invierno por Italia: “Mándame un poco de sol y yo te mandaré toda la niebla del Albión que quieras”.

Se imaginaba que la bella Italia estaba en invierno radiante siempre.

La contestación fue: “Aquí el Sol no nos ilumina, como tú te lo imaginas, perennemente”.

Este invierno lo está confirmando.

Escriben de Italia: Ha nevado en Milán, en todas partes ha hecho mucho frío, en Roma ha habido nieblas; solamente en Nápoles el sol se ha mostrado con coquetería intermitente.

Hago así mía la paradoja: En Rusia no hace frío en invierno.

¿Cómo? De este modo. En San Petersburgo, donde he estado en enero el termómetro baja a 30 grados. Pero todo el mundo usa pieles impenetrables. Y las casas están calentadas como horno. Nadie lucha contra la baja temperatura ni presume de andar sin abrigo.

¡Pobre Adolfo Bullrich! Una mañana muy fresca salió sin sobretodo.

–Amigo –se le observa– mire que el termómetro, está muy bajo.

–¡Qué! allá en Buenos Aires en julio yo ando en cuerpo.

–Sí, pero aquí está usted en París.

–¡Eh! no sea flojo…

A las pocas horas ya estaba causando inquietudes, y hoy lamentamos todos su eterna ausencia.

Suele acontecer que observadores muy avisados confunden una situación política con lo que no es más que una crisis social y moral que se desarrolla normalmente.


  1. Carlos Agustín Aldao (Santa Fe, 1860 – Buenos Aires, 1932) fue un abogado y jurisconsulto argentino que tradujo por primera vez una serie de obras de viajeros ingleses a la Argentina. Sobre esta labor de traducción, véase: Fontana, P.; Román, C. (2009). “Un tesoro encerrado en una caja de cristal opaco: Carlos A. Aldao, primer traductor viajero de la literatura argentina” [en línea]. VII Congreso Internacional Orbis Tertius de Teoría y Crítica Literaria, 18, 19 y 20 de mayo de 2009, La Plata. En Memoria Académica. Disponible en:
    https://bit.ly/2FzApfM. Vida y obra del Dr. Carlos A. Aldao, de Julio Caminos (1961), puede consultarse en línea:https://bibliotecavirtual.unl.edu.ar:8443/handle/11185/4097.
  2. Aldao, Carlos A. A través del mundo. Buenos Aires: Biedma e hijo, 1907.
  3. Jorge Lavalle Cobo: novelista y dramaturgo porteño (1877-1959). [Diccionario de escritores de la Provincia de Buenos Aires. Coloniales y siglo XIX. 2010]. En línea: https://bit.ly/3ip40qR.
  4. Lavalle Cobo, Jorge. Voces perdidas. París: Bouret, 1907.
  5. Groussac, Paul. Santiago De Liniers, conde de Buenos Aires, 1753-1810: Con un retrato al agua fuerte, y un plano de Buenos Aires en 1807. Buenos Aires: Arnoldo Moen y Hermano, 1907.
  6. Mansilla, Lucio V. Un país sin ciudadanos. Paris: Garnier Hnos, 1907.
  7. Charles Pierre Gaston Deschamps Napoléon (1861-1931) fue un arqueólogo francés, escritor y periodista.
  8. Alexander Pope (Londres, 1688–Londres, 1744) fue un poeta inglés, uno de los más reconocidos del siglo XVIII, destacado particularmente por sus traducciones de Homero, su edición de las Obras de Shakespeare y su poesía satírica, filosófica y moral. Fue la figura dominante de la llamada «Poesía augusta» y perteneció al satírico Club Scriblerus en Londres. (Extractado de VIAF: http://viaf.org/viaf/61551003).
  9. “A fuerza de forja nos convertimos en herreros”.
  10. Ver nota al pie de PB.14.03.07 o índice onomástico.
  11. La rosa di Cipro es el título de un texto que escribió Gabriele D’Annunzio para el músico Puccini en 1908.
  12. Ver nota al pie de PB.08.03.06 o índice de publicaciones periódicas.
  13. Se trata seguramente del mismo Alberto A. Martínez que cita en su PB.03.11.08, a propósito de comentar su folleto Les valeurs mobiliers de la Republique Argentine. Aunque no hemos hallado información biográfica sobre Martínez, se puede inferir, por las menciones de Mansilla, que se trata de un argentino (que escribe en francés, probablemente residente en París) dedicado a estadísticas, estudios financieros económicos o afines.


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