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EL DIARIO

Martes 19 de Mayo de 1908

DEL GENERAL MANSILLA


PÁGINAS BREVES

París, abril 22.

 

Para no desmentir el título de estas nuestras semanales conversaciones seré brevísimo.

Paul Bourget[1], que ha sucedido a Ferdinand Brunetière[2] en la presidencia de la “Asociación general de los estudiantes católicos de París”, pronunció los otros días, en dicho centro, un discurso magnífico.

Refiriéndose al presente estado de Francia donde las ideas de iglesia, de patria, de matrimonio son objeto de los ataques más violentos dijo: son cosas todas esas tradicionales; son legados de la antigüedad y debemos procurar mantenerlos.

Agregó refiriéndose a la evolución de la sociedad: hay ciertos elementos o factores en la vida que no pueden ser cambiados si se ha de preservar la existencia, y enumeró la familia, la institución de la monogamia, la autoridad paternal, el matrimonio dentro de la fidelidad y la obediencia a los padres.


Voy a condensar un largo escrito alemán sobre una materia siempre interesante: el ejército.

Despreciar a un enemigo probable ha sido, en todo tiempo, origen de las mayores faltas.

Recordemos solamente el grito “a Berlín” que resonaba en las calles de París y la actitud de nuestros oficiales afilando sus sables en los escalones de piedra en la embajada de Francia en Berlín, antes de la catástrofe de 1806.

En los dos casos la presunción se basaba en éxitos militares anteriores.

Para precavernos en lo futuro de una segunda Jena o de una catástrofe semejante será bueno que tomemos a pecho no solo el perfeccionar nuestro ejército en cuanto posible sea sino también que nos guardemos de despreciar el valor de los ejércitos que eventualmente tendremos que combatir.

Refiriéndonos al ejército francés no podemos decir que procedemos como corresponde, es decir, que lo apreciamos cual conviene.

Frente a este ejército siempre nos sentimos los vencedores de 1870-1871. No nos damos cuenta de los esfuerzos enormes que ha hecho la Francia para colocar su ejército en un pie que no pueda ser comparado a los que tenía cuando Napoleón III entró en campaña.

Su disciplina no puede compararse con la nuestra. Pero ¿cuándo su falta de disciplina ha sido un obstáculo para las victorias francesas si tenía las otras condiciones requeridas?

Aparte de esto el ejército francés no es inferior al nuestro.

Sus oficiales aunque reclutados de otro modo a lo que es la regla entre nosotros, son instruidos, y mantienen el equilibrio técnico con los nuestros.

No nos hagamos pues ilusiones.

Estemos atentos, vigilantes. El adversario perfecciona día a día todos sus elementos, particularmente su ilustración.

Por último no olvidemos el viejo proverbio latino: “Es necesario aprender del enemigo”; pongámoslo en práctica.


Los tiempos que corren son de novedades, ¡incesante el afán de la industria!

Ya el otro día les dije a ustedes que en ambos hemisferios, más en éste que en ese, la facilidad con que se transforma la materia no le va en zaga a la producción de libros. Si hoy aparece un nuevo botón para sostener los cuellos y puños postizos, mañana sale a luz una obra cualquiera más o menos ingeniosa para combatir el fastidio. Hay que vivir. Invocando ese título un señor Rochental[3] ha puesto haca pocos días en circulación una obra curiosa, titulada “Le Carácter par le prenom”. En nuestra lengua: el carácter según el nombre de pila. La parvedad de la materia no es tanta para los que por todo lo paradójico se dejan seducir. Y quién sabe, ¡bien puede ser que el señor Rochental tenga razón! Ojo al aviso o, en términos más formales, abran el ojo los que estén por bautizar un argentino más.

Dice el autor: todo nombre dado al nacer y llevado por el niño le impone para toda la vida un conjunto de calidades y de defectos, porque el nombre soporta fatalmente la influencia buena o mala del tipo original.

(Me lavo las manos).

El autor continúa siendo también grafólogo, se puede tener un hijo de buen o mal carácter dándole un nombre bueno o malo.

¿Ergo?

Del acierto o desacierto en el nombre que le pongan pueden (¿y por qué no?) resultar grandes beneficios o males para el país.

La tesis del señor Rochental no está mal presentada; de modo que no hay que desdeñar sus indicaciones psicológicas o fisiológicas. Así como suena, que no hay sermón sin San Agustín, estando los dos vocablos tan a la moda.

Una vez leído, siquiera de carrera este librito tentador, los más escépticos han de querer saber las cualidades o defectos inherentes a los nombres de Pedro, Pablo, Juan, Justo, Julio, etc., etc., de María, Juana, Luisa, Elvira, Julia, etc., etc. Las señales ideadas por la “onomatología” (es el nombre de la “ciencia nueva”) contienen siempre observaciones muy espirituales; pero de tal naturaleza que no es posible, por muy despreocupado que uno sea, no prestarles un momento de fugaz reflexión.

Dígase lo que se quiera Larra tiene razón hasta la pared de enfrente cuando en su lindo artículo “La noche buena de 1826”, dice: “… porque el corazón del hombre necesita creer algo, y cree mentiras cuando no encuentra verdades que creer…”.

¡Es tan raro no tener alguna superstición!

Por lo pronto sabrán ustedes que, según la indicada ciencia, “Pedro” es uno de los nombres más propicios.


¿Cuál es el mejor retrato?, me pregunta usted en su última, después de haber visto el de A… por M…

Mi opinión sobre arte no puede ser más ramplona, más “terre á terre”. Ya la di hace años, poco más o menos en esta forma: el arte consiste en hacer las cosas bien.

Luego el mejor retrato no es el pintado con colores y tonos más deleitables, sino el que más se parece a la persona que ha servido de modelo; lo cual naturalmente se aplica a la escultura, al busto y a la estatua.

Me explicaré del modo más somero.

El Balzac de Rodin[4] no les gustó, ni les gusta a los franceses, y el Sarmiento[5] del mismo autor, que es un gran escultor genial, no le gustó a ustedes tampoco por la misma idéntica razón: los que han conocido vivos los modelos no hallan parecidas las reproducciones.

Los retratos, más o menos semejantes, las fotografías más o menos exactas, no reemplazan sino imperfectamente al sujeto, y al cincel del hábil artista no puede todavía exigírsele que adivine la realidad, viendo con la fantasía lo que no ha podido ver con los sentidos.

Por otra parte, las dotes estéticas de cada observador no siendo las mismas en todos, no todo el mundo ve del mismo modo.

Pero donde hay conformidad, proporción, afinidad, en una palabra, semejanza, no hay ojo por miope que sea que no la vea.

El genio que observando los preceptos y reglas del arte les imprime un sello personal a sus creaciones, si embellece la natura, si la idealiza, digamos, valiéndose de artificios o métodos suyos propios no la desfigura.

En este orden son pocos los jueces competentes capaces de apreciar las dificultades que se han vencido.

Los griegos y los romanos lo que ante todo exigían para sus mármoles representativos era el parecido.

Fantaseando podían crear. Así surgió, por ejemplo, la Venus de Milo. En virtud de esta regla los mármoles que nos han legado nos permiten afirmar que Alejandro y Homero, que César y Antonio, que Augusto y Livia, que Agripina y Nerón, que Adriano y Antínoo, etc., eran como los vemos ahora. Ni los griegos ni los romanos habrían dejado en pie una estatua que no tuviera la misma cabeza (con o sin colores) del personaje que recorría las calles de Atenas, o de Roma. Y digo colores porque, como ustedes saben, los antiguos eran aficionados a pintar sus mármoles; lo mismo que a representar mediante un ligero disfraz, entidades mitológicas olímpicas de primera potestad.

Lo repito, la semejanza ante todo. Si es el pincel de Velázquez el que pinta, éste a Felipe IV, o el de Van Dyck a Carlos I, con toda seguridad podemos decir al mirarlos que estamos viendo al español y al inglés, y que el ambienta pictórico les da relieve vivificándolos.

Un patán que por primera vez se mira en el espejo teniendo una máscara no dirá, por más que su cara esté detrás, “soy yo”, y solo se reconocerá cuando se saque el antifaz. Pero ese mismo patán, si se ve retratado y parecido, no se desconocerá, haciendo en este caso el pintor lo que el espejo, con esta diferencia: que el espejo refleja y que el retratista copia lo natural suavizando o acentuando las líneas y los tonos.

Sí, la semejanza ante todo en pintura y escultura. Pero una semejanza que no nos deje duda, que no nos haga transigir con la idea que de nosotros tenemos, que nos impresione por el parecido. Porque, si se reflexiona (es un tema que otra vez ventilaremos, si ustedes quieren), real y efectivamente no sabemos cómo somos.

Son los otros, no nosotros, los que mejor ven nuestra fisonomía dentro de la atmósfera que la envuelve, y, por consiguiente, la exactitud de la semblanza colorida, o la pureza lineal de los contornos, la morfología marmórea casi vaporosa del conjunto.


George Claretie[6] examina “avant la letre” un libro de Scipio Sighele[7], que no tardará en ver la luz pública. No hay para qué detenerse en decir quién es este egregio criminologista de la escuela italiana. Aunque muy joven es ya ventajosamente conocido.

El libro de la referencia se intitula: “La literatura y la criminalidad[8]”. Y el examen que de él hace George Claretie: “La literatura y el crimen”. “Le Figaro[9]” es el vehículo.

El asunto, digamos en forma de interrogación, helo aquí: “¿Inducen los libros al crimen, hace la tinta derramar sangre?”

Muchas citas y de todos colores y opiniones consigna el examinador, sin decidirse de una manera franca “en contra del libro y de la tinta”, expresiones suyas.

Dilatando su mirada dentro solo del mundo francés, presenta cifras que hacen temblar: En 1835 los crímenes y delitos que movían la justicia fueron 114.181. En 1905 la cifra monta a 548.257. Es decir, cinco veces más, y la población de Francia no es cinco veces mayor. El problema que la legislación sociológica tiene a la vista es, pues, formidable.

Como ustedes han de leer el libro del joven escritor italiano –hallando sin duda algo útil como enseñanza para nuestro país– yo me reduzco, fiel a mi regla de conducta, a una observación que cabe en la uña: malos libros, feos espectáculos, libertinaje sin trabas policiales, aglomeración en los inmuebles, multiplicación de las casas de juego, o su equivalente, y “alcohol”, sin medida, esto sobre todo; he ahí los factores principales de la ecuación sádica.

Ahora viene otra cuestión gravísima: las cárceles, la supresión de la pena de muerte, o sea la clemencia social, el perdón, ¿hasta dónde impiden que se aumente el número de lapsos y relapsos?

Confieso que no soy en esto radical. Hay días en que pienso: ¿con qué derecho suprimimos a uno de nuestros semejantes aplicando la pena del talión? Eso es monstruoso. Otros me digo: pero este criminal no merece conmiseración. Lo que nunca pienso es lo que decía J. J. Weiss[10], “C’est beau un beau crime[11]”. Solo alguna vez viendo la habilidad del criminal que burla la justicia y un tanto subyugado por los efectos artísticos de la maldad, me he dicho: ojalá se escapara.


El socialismo es como los ratones. No tiene nacionalidad. Es internacional. No se sabe de dónde viene. Ni a dónde va. Viaja. Se escurre por todas partes. Mina, destruye. No hay región rica o pobre donde una vez introducido no comience la sociedad a sentir inquietudes. Luego, hay que combatirlo. No como a una sombra. No es una quimera. Es una realidad teórica y práctica. ¿Qué es? Es muchas cosas. Cada uno de sus profetas usa un lenguaje diferente. En el fondo es el mismo. Conviene conocer sus versículos. Son atrevidos, y en buena parte por no decir mala, francamente provocativos. Solo en Estados Unidos, los gobiernos, federal y provincial, parecen no tenerle miedo; recogen el guante diciéndole: tengamos la fiesta en paz.

Como espécimen he aquí unas coplas de M. J. Breton[12]:

“Sí, queremos quitarles (reprende) las riquezas comunes a esos capitalistas que se parecen a los bandidos, que no solo se apoderan de los bienes ajenos, sino que transforman en esclavos a las pobres gentes que han desbalijado… Y expropiación sin indemnización, ¡naturalmente! Cuando a un ladrón se le obliga a devolver una parte del objeto robado, no se le indemniza por el trabajo que se ha tomado en consumir la otra porción”.

O como dice Karl Marx: Es la fuerza la que decidirá de esta cuestión: la fuerza, la “partera” de las sociedades nuevas.

Como ustedes ven, el que tiene trabajado o heredado ya sabe a qué atenerse.

El presidente Roosevelt, antes de concluir su presidencia, ha recogido el guante, como ya ustedes lo habrán visto, dirigiéndose al Congreso le pide una ley federal de previsión y amparo contra el anarquismo, que es eso de J. L. Breton, todo dicho en una sola palabra.


Hay hombres que espiritual y físicamente viven en perfecta contradicción con sí mismos; son uno, parecen dos luchadores.


No sé si es usted joven o si ha pasado ya a la otra banda. Ignoro también si es Vd. soltera o libre o si ya ha pagado tributo a las revelaciones matrimoniales y de la maternidad. Pero leyendo con atención su consulta lo que saco en limpio es que Vd. sufre de una enfermedad muy general: no arriba Vd. a realizar la esclavitud del amor; su ideal se le escapa, huye como un fuego fatuo. Solo conozco un remedio para eso, el tiempo.


“La impotencia parlamentaria”[13] es como “La Revue[14]” le llama al mal sobre el cual ha interrogado a diferentes hombres políticos, sociólogos, literatos, observadores de distintos matices.

El resultado no es nada satisfactorio. Nadie ha negado el mal. Está ahí patente. Nadie tampoco, vista la uniformidad de las opiniones, se ha equivocado respecto a las causas.

El señor Poincaré ha sido el más categórico de todos. Su autoridad es grande. Hay que tomarla en cuenta. En resumen, dice el distinguido publicista y hombre de estado: “El mandato de legislador se ha convertido en carrera”. Es un empleo con inmunidades, influencia suma y otras ventajas, entre ellas la de un buen sueldo.

El mal no puede ser más profundo, dice. De ahí el “voto complaciente”, que asegura la reelección mediante la influencia administrativa del gobierno.

Los consultados son: Baudrin, Benoist, Reinach, Sombat, Leroy-Beaulieu (Anatole), Guyot. No puede decirse que estos hombres son charlatanes. ¡Oh!, no. Desgraciadamente para “el tráfico este del apetito del lucro” los que tienen la sartén por el mango no parecen muy dispuestos a dictar leyes que en algo, ayudando las costumbres, le pongan algún remedio a la tal enfermedad parlamentaria.


  1. Ver nota al pie de PB.18.03.08 o índice onomástico.
  2. Ver nota al pie de PB.01.02.06 o índice onomástico.
  3. No hemos hallado aún información asociada con este autor ni con el libro que se menciona.
  4. François-Auguste-René Rodin (París, 1840Meudon, 1917), o Auguste Rodin, fue un escultor francés. Considerado el padre de la escultura moderna, su importancia se debe a la ruptura con el canon académico que imperaba en el siglo XIX en Francia. Cuando Rodin incursionó en el ambiente artístico parisino de mitad del siglo XIX, la escultura en los textos académicos se definía como «una imitación selectiva y palpable de la naturaleza».​ Cuando Rodin murió, el concepto de escultura había sido redefinido como «algo que imita la vida a través de la amplificación y exageración del todo». Siguiendo estos parámetros, la defensa que hace aquí Mansilla de la fidelidad en la copia respondería a un concepto menos moderno de escultura que el que manejaba Rodin. (Extractado de: http://viaf.org/viaf/36923874).
  5. “Sarmiento” es la única obra realizada expresamente por Rodin para ser emplazada en la Ciudad de Buenos Aires. Fue inaugurada el 25 de mayo de 1900 en el Parque 3 de Febrero, con el objeto de homenajear a Domingo Faustino Sarmiento, fallecido en 1888. Es de bronce y se apoya en un pedestal de piedra y mármol. (Extractado de: https://bit.ly/35Bj4xR).
  6. Ver nota al pie de PB.23.03.06 o índice onomástico.
  7. Scipio Sighele (1868 – 1913) fue un criminólogo italiano y autor de libros pioneros en la psicología de masas. Realizó estudios de derecho con el criminalista Enrico Ferri y junto al historiador Guglielmo Ferrero (de cuyas conferencias Mansilla habla en algunas de sus páginas breves). Dedicó su tesis doctoral al fenómeno de la complicidad y enseñó derecho penal en la Universidad de Pisa. Publicó dos artículos sobre la multitud criminal, en 1891 en la revista de Cesare Lombroso, Archivio di Psichiatria. Estos dos artículos juntos formarán el núcleo de su trabajo principal, La Folla delinquente, en el que aborda los fenómenos de asociación, contagio y demuestra los mecanismos en juego en una multitud. Sighele amplía su investigación en el campo de la psicología colectiva al centrarse en la secta criminal. Zola, Durkheim y Nordau en Francia utilizarán sus descubrimientos en los diversos campos de la literatura, la sociología o la política. (Extractado de VIAF: http://viaf.org/viaf/84073987).
  8. Sighele, Scipio. Littérature et criminalité. Paris: 1908.
  9. Ver nota al pie de PB.16.03.06 o índice de publicaciones periódicas.
  10. Jean-Jacques Weiss (Bayona, 1827 – Fontainebleau, 1921) fue un escritor y periodista francés, colaborador de La Revue contemporain, y autor de Essais sur l’histoire de la littérature française (Paris: Calmann-Lévy, 1891), Le Théâtre et les mœurs (Paris: Calmann-Lévy, 1889), Autour de la Comédie Française (Paris: Calmann-Lévy, 1892), entre otras obras. (Extractado de VIAF: http://viaf.org/viaf/29624858).
  11. “Es hermoso un hermoso crimen”.
  12. Puede tratarse del compositor francés, autor de Carnaval Bonnelles, Fête de Bonnelles y Mon petit papa. No hemos hallado datos biográficos sobre él.
  13. En la PB.14.07.08 se lee, al comienzo del texto: “Mal hayan los tipos, ¡para qué echarles las culpas a otros! que me hacen decir en mis letras de abril 22 “importancia” en vez de lo que puse: “la impotencia parlamentaria”.
  14. Creemos que se refiere a la Revue des Deux Mondes (ver nota al pie de PB. 22.05.06).


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