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EL DIARIO

Miércoles 5 de Agosto de 1908

DEL GENERAL MANSILLA


PÁGINAS BREVES

París, julio 10.

 

La verdad se abre paso si no miente el antiguo ministro Delcassé[1]. Una publicación inglesa, la “National Review[2]”, pone en sus labios estas palabras:

“Durante la guerra sudafricana, los alemanes, buscando sacar partido de los acontecimientos, formaron el proyecto de una entente franco-germano-rusa, con la esperanza de que esa combinación obligara a la Inglaterra a hacer la paz.

El gobierno alemán hasta aprovechó una visita a París del conde Mouravieff[3], ministro entonces de relaciones exteriores de Rusia y que era “persona grata” en Berlín, a donde debía regresar, para suscitar la cuestión.

La proposición del conde Mouravieff, al principio, solo significaba una simple mediación para poner término a las hostilidades.

Muy prudentemente Delcassé acogió esta proposición con simpatía; pero al mismo tiempo con reserva, contentándose con declarar que estaba en las tradiciones de Francia asociarse a todo esfuerzo que tuviera por objeto el restablecimiento de la paz del mundo.

El resultado final, siendo en resumidas cuentas negativo para la visita del conde Mouravieff, no pudo agradar, y en efecto no agradó a la cancillería alemana”.

Siguen algunas otras revelaciones, todas ellas acentuando el camino que no podía dejar de conducir a este término: “la entente cordiale”.

Y así tienen ustedes una prueba más de que no basta el parentesco consanguíneo, para jugar limpio en política internacional sobre todo.


Cifras que hablan con elocuencia brutal son las que arrojan las últimas estadísticas. Y no hay qué hacer. Sin la implacable condena del sistema de enseñanza gubernativa, sin Dios, que el fanatismo sectario se empeña en presentar al mundo como realizando un bello ideal.

Se trata de la criminalidad adolescente.

¿Saben ustedes en qué consiste?

Nada menos que en un aumento de 50 por ciento en tres cuartos de siglo.

Los que atacan los diversos sistemas –que, encadenándose, han dado este producto– observan: “la enseñanza que en otro tiempo se daba era pues, mejor vista que en 1830, la justicia no había perseguido, como delincuentes de derecho común, sino 6970 menores de 16 a 21 años, en tanto que en 1905 los que han tenido que comparecer ante la justicia son 31.441”.

Siguen otras reflexiones y, continuándolas, agrega el estudio que tengo a la vista:

“Otro dato no menos sugestivo es el de los suicidios. Fueron 5110 en el año 1869; en 1907 subieron hasta 8880; con relación al número de defunciones, la cifra de los suicidios ha doblado, pasando de 59 a 117 por cada 10.000 defunciones”.

Dicen aquí y en otras partes donde las cosas se hacen a empujones que la ignorancia ha disminuido.

Otros afirman “que está a punto de ser vencida”, o lo que tanto vale, que los iletrados son raros; que mañana todo el mundo sabrá leer.

Pero yo observo, ¿no podría contestarse que sería preferible menos letra menuda y un poco más de moralidad?

No me atrevería a formular semejante conclusión. Pero las cifras anotadas son un argumento incontestable en contra de los que sostienen que es posible atar perros con longanizas. Lean ustedes que no hay necesidad de catecismo. Así va esto. Alegre París, ameno, rico, elegante, artístico y ¡cómo matan por robar!

Siguiendo así, el que quiera dormir sin sobresaltos necesitará guardián, y eso corriendo el riesgo de que el guardián resulte un “apache” disfrazado de agente de seguridad.

Algún sociólogo ha escrito “que la vida se mide por la muerte”, sosteniendo que hay que alarmarse mucho cuando se observa el fenómeno que se traduce en más defunciones que nacimientos. No discuto el punto. Me reduzco a una sencilla interrogación: ¿dónde está la medida de la moralidad?, y me contesto a mí mismo: en la escuela que enseña a creer. ¿En qué? “That is the question”. Yo creo que en Jesucristo. Porque como Carlyle[4] lo dice en alguna parte, si cualquiera puede ser Mahoma, solo un Dios puede ser Cristo.


La objeción de algunos consiste en que el catecismo es la negación de la ciencia.

Ya tengo observado que el “Oratorio no obstruye el camino del observatorio”. Y el otro día no más el señor Balfour hablando en Inglaterra “sobre religión y ciencia”, decía: “la ciencia es el gran agente que conduce a Dios”, concluyendo así: “por mi parte no concibo la sociedad humana permanentemente privada del elemento religioso”.


¡Menchaca[5]!

He tenido mucho gusto en saber de él, mediante la hoja impresa que se ha tomado la molestia de remitirme.

Se trata de “El sistema Menchaca[6]”, y “Opiniones del maestro Breton[7]”.

La materia es musical. No es pues de mi competencia si alguna tengo sobre lo que a ustedes les parezca.

Oído, como en lenguaje corriente se dice, no me falta, porque en cuanto desafinan lo siento; y cuando bailo llevo muy bien el compás.

En otro tiempo fui gran bailarín. Las muchachas me aceptaban complacientes para valsar.

Toqué también automáticamente la guitarra, empeñada mi señora madre en ello según ya lo he referido en una antigua “Causerie”.

He ahí todo mi caudal sobre contrapunto, o sea sobre concordancia armoniosa.

No puedo por consiguiente decir si en el sistema musical que usamos, repitiendo el señor Breton, el “do” por ejemplo es a veces “re” doble bemol y sostenido.

Lo único que puedo decir es que, en este caso, no falla el proverbio. Nadie es profeta en su tierra.

Y no falla porque si el amigo Menchaca no halla ahí, en el Río de la Plata, quien le haga justicia plena, cantando está la hoja suelta de la referencia que en España pasa otra cosa.

Siendo entonces el eminente maestro español Tomás Breton[8], autor de “Los Amantes de Teruel[9]” y otras producciones de mérito, admirador convencido del “Sistema Menchaca”, que el inventor se contente por ahora con tan excepcional testimonio.

Dos colaboradores necesita el hombre: tiempo y paciencia.

A lo que se añade que si en vida no nos aplauden, ¿quién puede responder de que mañana, ya bajo de tierra, no será otra cosa?

¿Quién?

Nadie.

Ese arcano es el más impenetrable de todos los que la humana inquietud se afana en despejar.

Y a mi entender es mejor que así sea. Seríamos menos felices, no teniendo, como no tendríamos, ilusiones si pudiéramos de antemano rasgar el velo del porvenir, el gran misterio.

Por otra parte, busco, como se ve, consuelo para Menchaca, al cual en conclusión le diré: no faltan matemáticos que sostengan que el sistema de Euclides es uno de tantos que bajo otras circunstancias podrían ser mirados como temiendo igual validación.


En el último congreso Pan-Anglicano, fue el señor A. J. Balfour[10] el principal orador.

Una frase suya, según el “Morning Post[11]”, quedará como sentencia proverbial.

En inglés dice así: “Science is the Greatest agent for God”. Y que en romance traduzco: “La Ciencia es el gran agente que conduce a Dios”.

El señor Balfour observó, antes de formular aquel pensamiento, que en su vida ya había asistido a la evolución, o cambio, del escepticismo en este sentido.


Tiempo, paciencia, atención y curiosidad artística son, separadamente, o reunidas, condiciones necesarias para ver y observar bien esto que se llama “le gran salon”, o sea, centenares de cuadros, de mármoles y objetos diversos, como ser joyas y encajes, alternando lo bueno con lo mediocre y no poco premiado sin que ni los mismos inteligentes se lo expliquen; y digo ni los mismos inteligentes porque ya se sabe que la ignorancia no descubre fácilmente la belleza de ciertas producciones del ingenio humano.

De las susodichas condiciones, la que me ha sobrado es tiempo. Pero es que ya en la época de Maricastaña era cosa sabida que el espacio más o menos largo que se contiene en la eternidad no basta, por sí solo, para que reparemos en esto o aquello.

Pues es lo que me ha pasado a mí en el salón.

Lo miré muchas veces sin verlo, hasta que, un día, encontrándome con el autor, con la autora, ésta me dijo:

–¿Ha visto usted mi cuadro?

–No, señora.

–¿Quiere verlo?

–Cómo no, con mucho gusto.

Me guió, me puso frente a su obra, excelente.

–Ya el año pasado tuve mi medalla.

–La felicito.

No me repetiré vistiéndome con las plumas del grajo. Es decir, que no caigo en la tentación de copiar lo que sobre esta selecta artista dice “L’ Actualité[12]” bajo el epígrafe de “Portrait d’ enfant”, reproduciendo el lindísimo retrato (un niño vestido de escocés recostado en una silla en la que está un perrito), pintado por Anna Carrié[13], o para completar su filiación: la señora de Julio Carrié, el inspector de consulados argentinos.


Julio Carrié[14], acabo de poner, ¡y qué casualidad! no hace mucho llegó a mis manos una de sus buenas traducciones.

Tiene, me dice el amigo que me la ha regalado, otra magna en preparación.

Ahora me estoy refiriendo a “Los elementos de finanza pública[15]” con inclusión del sistema monetario de los Estados Unidos.

¿Los han leído ustedes?

Es claro que el grupo de intelectuales argentinos ya se lo debe saber de memoria.

Pero cuando digo ustedes aludo a los que buscan lo accesible, lo claro, lo demostrativo.

Que no los espante entonces el título.

Busquen, lean. Entenderán todo. Verán que ahí tenemos mucho bueno y mucho malo. Verán que es urgente eliminar en lo posible lo malo. Verán que los Estados Unidos han practicado en la paz lo que se debe hacer en los consejos para la defensa nacional, la máxima del gran Federico: “melius prevenire quam preveniri[16]”. Y verán así cómo es que esos cien millones de hombres libres están asombrando al mundo, que pronto resultará estrecho para su ambición, una ambición impuesta, entre otras razones que aquí no valen, por esta (tómenle ustedes el pulso): cien millones que producen con exceso más, mucho más de lo que necesitan, y que crecen y se enriquecen, haciendo de cuando en cuando brillar meteoros extraordinarios en el firmamento científico universal.

¡Estupendo progreso!

Yo admiro este país, lo he de repetir como un estribillo, porque me preocupa. Y cómo no he de preocuparme habiendo estudiado la diferente actitud de las tres últimas generaciones de sus hombres de Estado.

La primera, la generación de la guerra civil, expansionista; la segunda después de la guerra civil, anti-expansionista o manchesteriana; la tercera, esta de ahora, expansionista.

Lo que en circunstancias determinadas puedan declarar con más o menos solemnidad sus estadistas debe tomarse en cuenta –se han contradicho no raras veces– pero no así tan al pie de la letra que no se pueda leer entre renglones.

Las multitudes obedecen a una ley de desarrollo que descubro en el individuo, cuyo cuerpo en cuanto organismo se complica más y más a medida que crece. El tipo Washington o Franklin se va en los Estados Unidos, y con él ciertas virtudes austeras; unos dioses reemplazan a otros, y estos de ahora son lo que estamos viendo.

Washington no habría dicho a la faz del pueblo –induciéndolo– mi candidato, yo lo quiero, es Taft[17].

La constitución no escrita de los Estados Unidos, o sea el espíritu eminentemente democrático del público, no quiere la reelección. Pero ninguna cláusula le dice a la libertad del presidente saliente: sea usted reservado, imparcial, no eche peso alguno moral en la balanza. Tal es el argumento de los politicastros sofistas de nuevo cuño.


Estamos en un momento de curiosidad tal que no hay resorte que no se toque para satisfacer la avidez del público.

Recientemente se ha querido conocer la opinión de varios hombres de ciencia y experiencia, sobre este capítulo:

¿Nos dan muchas noticias? Con más propiedad: ¿nos dan demasiadas noticias?

Como Buenos Aires es una gran Capital de diarios noticiosos, oigan ustedes algunas opiniones de ingleses, autorizados por diversos estilos.

El señor W. T. Stead[18], el brillante editor de la “Review of Reviews[19]”, que ha sido llamado el padre del periodismo moderno, y cuya vida en cierto sentido novelesca le hace doblemente simpático, opina, más o menos, no lo pongo textualmente a fin de abreviarlo.

Contestando a la pregunta diré: todo depende de cómo se lee. El diario puede ser, una de dos, un excelente sustituto de la educación universitaria o una mera tentación para matar el tiempo. Cuando leemos nuestro diario miramos el mundo por la ventana. El panorama movible de la vida resulta tan seductor para muchos, que no pueden abstenerse de los periódicos.

Sir Johnston[20], explorador científico, quiere los diarios que le den noticias exactas, aunque no sean muchas, y no los que lo desayunen como muchos que hay que rectificar.

Un hombre de ciencia, el doctor Alfredo Russel Wallace[21], tan distinguido naturalista, manifiesta que personalmente considera que los diarios dan demasiadas noticias, lo cual es antagónico o contrario a la reflexión, y que sus mejores pensamientos germinan cuando no está entre los papeles públicos.

Como ustedes ven, hay para todos los gustos. Por mi parte, será que he sido del oficio, la lectura de los diarios es un “aperitivo”, tengan pocas, muchas o demasiadas noticias, y soy un admirador de los que escriben bien para los diarios, ahí, sobre tablas, en la sala de redacción. Me hacen el efecto de un orador que siempre improvisa con elocuencia, y que gusta, naturalmente, aunque como él no pensemos.


Un magistrado que no goza de crédito europeo es el presidente Castro[22] de Venezuela. El “Times” del otro día lo califica de “indecencia internacional” (international nuisance). Y nadie ha rectificado. Al contrario. Lo desagradable es que el tal presidente Castro les sirve a muchos de cartabón para medir otros magistrados sudamericanos.


Lord Rosebery[23], presidente de la Sociedad de Legislación Comparada, cuyo objeto es estudiar las leyes más útiles para Inglaterra y el género humano, ha dicho en el meeting anual de dicha sociedad:

“¿Puede la ley mejorar la humanidad?

“No”.

¿Y entonces? Yo contesto: bueno es un pan con pedazo y hago consistir este en el catecismo.


  1. Ver nota al pie de PB.19.01.06 o índice onomástico.
  2. Ver nota al pie de PB.02.04.07 o índice de publicaciones periódicas.
  3. El conde Mijaíl Nikoláyevich Muraviov (transcrito al inglés y al francés como Muravyov, Muraviev o Mouravieff), (Grodno, 1845– San Petersburgo, 1900) fue un diplomático ruso. En 1897 el Zar Nicolás II de Rusia lo nombra Ministro de Asuntos Exteriores. Fue uno de los principales promotores de la Conferencia de Paz de La Haya de 1899, y el autor de la circular Mouravieff, con el programa de esa conferencia. (Extractado de VIAF: http://viaf.org/viaf/310693116).
  4. Ver nota al pie de PB.14.01.07 o índice onomástico.
  5. Ángel Menchaca (Asunción del Paraguay, 1855–La Plata, 1924) fue un abogado, profesor en letras y en historia, taquígrafo, docente y teórico creador de reformas en la notación musical. Entre 1886 y 1889, se desempeña como secretario taquígrafo del presidente Sarmiento y como jefe del servicio estenográfico del Senado Nacional. En 1889, participa en el Congreso estenográfico internacional de París, lo cual le permite conectarse con la intelectualidad europea y exponer allí sus teorías en torno a la escritura musical a través de un nuevo y científico sistema por él estructurado. (Extractado de Diana Fernández Calvo. “Una reforma de la notación musical en la Argentina: Ángel Menchaca y su entorno”. Revista del Instituto de Investigación Musicológica “Carlos Vega” Año XVII, Nº 17 (2001): 61-130. En línea: https://bit.ly/2E4TqGI.
  6. Menchaca, Ángel. El Nuevo Sistema Musical. Su enseñanza en las Escuelas Normales y las Musicalerías de don Felipe Pedrell. La Plata, 1907.
  7. Creemos que se refiere a la conferencia dictada por Tomás Bretón y dedicada al Sistema Menchaca, en la Unión Iberoamericana de Madrid, según explica Diana Fernández Calvo (p.75.)
  8. Tomás Bretón y Hernández (Salamanca, 1850 – Madrid, 1923) fue un músico español, compositor de cerca de cincuenta zarzuelas, piezas para música de cámara y música sinfónica. Entre sus zarzuelas más conocidas, cabe mencionar: Tabaré –ópera en tres actos estrenada en Buenos Aires en 1913 basada en la epopeya del poeta uruguayo Juan Zorrilla de San Martín– y Don Gil de las calzas verdes (1914), ópera en tres actos, libreto de Tomás Luceño. (Extractado de VIAF: http://viaf.org/viaf/64191148).
  9. Los amantes de Teruel, es una ópera en cuatro actos estrenada en Madrid el 12 de febrero de 1889, sobre un libreto escrito por Bretón basándose en una obra de Juan Eugenio Hartzenbusch.
  10. Ver nota al pie de PB.10.01.06 o índice onomástico.
  11. Ver nota al pie de PB.25.11.08 o índice de publicaciones periódicas.
  12. Hubo varias publicaciones bajo este nombre. Vigente en París en 1908, sólo hallamos L‘Actualité littéraire, illustré: journal de la famille, paraissant le dimanche: offert aux abonnés de la Gazette de Lorraine. Sus archivos están disponibles en Gallica: https://bit.ly/2GZgwj4.
  13. No hemos hallado información asociada a este nombre.
  14. No hemos hallado datos biográficos asociados a este nombre. Sí se encuentran listadas las obras que ha traducido del inglés, todas sobre temáticas de gobierno, económicas y/o cuestiones parlamentarias. A saber: Shaw, Albert. El gobierno municipal en la Gran Bretaña (Buenos Aires: Peuser, 1902), Goodnow, Frank J., Autonomía municipal (Buenos Aires: Biedma, 1900), Todd, Alpheus, Gobierno parlamentario en Inglaterra. (Buenos Aires: Peuser, 1902). Todas estas obras se encuentran digitalizadas en la Biblioteca del Ministerio de Justicia: https://bit.ly/32vPZ5k.
  15. Winthorp M., Daniel. Elementos de finanza pública. Con inclusión del sistema monetario de los Estados Unidos. Trad. Carrié, Julio. Buenos Aires: Félix Lajouane, 1906. Hay una versión digital disponible en la Biblioteca del Gobierno de la Nación: https://bit.ly/2RmOf85.
  16. La traducción literal es “Mejor anticipar que prevenir”. Sin embargo, creemos que Mansilla se refiere al refrán “Mejor prevenir que curar”.
  17. Ver nota al pie de PB.06.04.06 o índice onomástico.
  18. William Thomas Stead (Embleton, 1849 – Océano Atlántico, barco Titanic, 1912) fue un destacado periodista, editor y espiritista británico. Se lo considera pionero del periodismo de investigación y del sensacionalismo. Fue una de las figuras más controvertidas dentro del periodismo británico de la era victoriana, y autor de los libros: The life of Mr. W. T. Stead (London, 1886), Index to the periodical literature of the World… (1891-1902), The Americanization of the world, or, The trend of the twentieth century (1902), Real Ghost Stories, The United States of Europe, The Pope and the New Era, entre otros. (Extractado de VIAF: http://viaf.org/viaf/68937830).
  19. La Review of Reviews fue una publicación mensual fundada en 1890 y vigente hasta 1893, editada por el periodista William Thomas Stead (1849-1912). Se imprimía en Londres, Nueva York y Melbourne. Varios de sus números están digitalizados en Google.Books.
  20. Henry Hamilton Johnston (12 de junio de 1858 – 31 de agosto de 1927) fue un botánico, explorador, artista, lingüista y administrador inglés, uno de los que participaron activamente en la repartición de África en la segunda mitad del siglo XIX. Sir Harry Johnston fue un excelente pintor e ilustrador. La mayoría de sus obras, muy valoradas en la actualidad, representan aspectos diversos de la naturaleza, paisajes y gentes de África. (Extractado de VIAF: http://viaf.org/viaf/29621073).
  21. Alfred Russel Wallace (Llanbadoc, Gales; 1823 – Broadstone, Inglaterra, 1913) fue un naturalista, explorador, geógrafo, antropólogo y biólogo británico, conocido por haber propuesto una teoría de evolución a través de la selección natural independiente de la de Charles Darwin que motivó a este a publicar su propia teoría. (Extractado de VIAF: http://viaf.org/viaf/19767134).
  22. Ver nota al pie de PB.15.04.06 o índice onomástico.
  23. Ver nota al pie de PB.20.03.07 o índice onomástico.


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