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EL DIARIO

Lunes 27 de Julio de 1908

DEL GENERAL MANSILLA


PÁGINAS BREVES

París, julio 8.

 

Lean ustedes y verán cómo, a la manera de la bola de nieve que crece rodando, se forma una asociación respetable, por el número, y cuáles son sus consecuencias. Lo extracto de un estudio sobre el movimiento obrero en Inglaterra.

Hace algunos años que unos obreros de Colne-Valley, en la pequeña aldea de New Mill, tomaron la costumbre de reunirse en las noches de invierno.

Con el canto de una poesía socialista de W. Morris[1], con la lectura de una publicación hebdomadaria, con el comentario de una página de Ruskin[2] (no me canso de leerlo), ocupaban su tiempo.

Reclutaron reclutas. El grupo creció. Se buscó un local. No lo hallaron. Capillas y escuelas rehusaron abrir sus puertas. Esta persecución indirecta aumentó el celo de los neófitos. Es siempre así. No persigáis. La indiferencia tiene algo de mortífero. Compraron pues un viejo molino en ruinas. Surgió así el templo de la religión naciente. Mediante una cotización quincenal fue posible hacer venir conferenciantes. Por dinero baila el perro y por pan si se lo dan. Pagando no falta quien vaya y hable, crea o no crea en lo que dice, admire o no admire lo que está ponderando. No quiere esto decir que no haya gente convencida. Apareció uno. Era un joven de veintitrés años, inscripto en el colegio de teología de Manchester. Su elocuencia, la tenía, halló acentos religiosos y sueños idealistas, que agradaron a los aldeanos trabajadores de Colne-Valley. Fue escuchado. Habló, habló, siguió hablando. ¡Qué instrumento irresistible la palabra! Hasta cuando se habla mal, si hay quien escuche.

Consecuencias.

Cuando el muy honorable barón Sir James Kitson[3], antiguo presidente de la Federación nacional liberal, que representaba dicha circunscripción en 1897, los electores reemplazaron el gran industrial, lord Mayor de Leeds y director del ferrocarril Nord-Este, ¿saben ustedes con quién? Con un trabajador que había sudado la gota gorda por el pan cotidiano, con un picapedrero que había recorrido casi todos los caminos de Inglaterra y cuya vida inicial es romanesca.

Otro día, si estoy de humor, agregaré una página más a esta esbozada biografía de Albert Victor Grayson[4], hombre de acción ante todo, muy diablo y de buena familia.


No recuerdo si alguna vez hemos hablado de esto: ¿en qué consiste una indiscreción?

¿Han meditado ustedes sobre la materia?

¿Han arribado ustedes a una conclusión cualquiera?

Es posible.

Tendrán ustedes por consiguiente su definición.

Yo tengo la mía. Hela aquí: una indiscreción consiste no tanto en lo que se dice, o en lo que se hace, cuanto en que elegimos mal el interlocutor (el confidente) o el sitio de la acción.

Este mismo concepto, en otra forma más elíptica, está en mis “Estudios Morales[5]”.

Dice así: La Sociedad perdona lo que sabe, no perdona lo que ve, no le gusta que le falten el respeto.

No me placen las nebulosas, ni a ustedes tampoco, sospecho, en estos casos.

Me explicaré entonces un poco más.

Si le hacemos una confidencia a un amigo poco reservado, el secreto será el Calderón a voces; lo mismo que si en ciertas ocasiones no nos ocupamos, sino a medias, nos pasará lo que al avestruz que, porque ante el peligro esconde la cabeza en el pastizal, supone que su perseguidor no lo ve.

Hechas estas salvedades, con sus ribetes filosóficos, para mí al menos, paso a decir a ustedes algo muy entre nos, confidencialmente.

Tengo tanta confianza en el criterio colectivo y hasta en la indulgencia popular, cuando no los inducen mal, que de antemano cuento con que no tomarán ustedes a mal estas como expansiones, diré, así, sin mayor ceremonia, casi en medio de la calle.

Es quizá una chifladura, una manía que los años alelándonos agravan, esto de creer en el público. Pero, qué quieren ustedes, cada loco con su tema.

Era un día de perros, llovía, llovía mucho, como llueve en este París de Francia cuando se pone a llover; como debía llover en los días caóticos de las habitaciones lacustres.

Yo había ido, según mi costumbre, a renovar impresiones y a caminar, por higiene, bajo el techo templado, artificialmente, de los vastos museos del Louvre.

No acaba uno de conocerlos bien por más que los visite.

Y, lo repetiré, el observador tiene en ellos un doble campo por donde difundir su atención de artista, de admirador de las cosas que yacen inmóviles y de las que se agitan.

Curioso, cada raza, cada pueblo, cada nacionalidad ve, mira, observa, estudia y comenta de diferente manera el mármol, la tela, las joyas, las mil curiosidades antiguas y modernas, desde el junco chinesco hasta la esfera que hace ver la colocación del sol como centro de nuestro sistema planetario.

Deambulaba, no sin rumbo, haciendo zigzags corporales y mentales, distraído al parecer; en realidad un punto me atraía con irresistible imán.

Me saludan. Absorto; en mi contemplación interior pienso: ¿quiénes son?

¡Ah! me digo, ya caigo (una hermosa pareja de lo más sencilla y simpática), Juan Esteban Anchorena[6] y la interesante Carolina.

¡Que agradable sorpresa!

–¿Cómo están ustedes?

–Muy bien, ¿y usted general?

–Perfectamente; ¿buscan ustedes algo especial?

–No, nada, pasamos revista.

–Yo sí.

–¿Qué?

–¿Quieren ustedes tomarse la molestia de seguirme?

–Con mucho gusto.

–Pues han de saber ustedes que estoy apasionado.

–¿Es posible?

–¡Y por qué no!, el corazón no envejece.

–Así dicen, ¿y…?

–No se alarmen. No es un “coup de foudre[7]”. No. Mi estado es plácido. Un sueño de verano. Atravieso “esa faz feliz en la que el amor se alimenta de su propia sustancia, en la que uno saborea íntimamente la alegría de amar sin experimentar la necesidad de decirlo (sino así, muy en reserva)”.

Al contrario, el goce consiste en mantenerse envuelto dentro de la sombra del misterio.

Ella ignora mi secreto.

Sus ojos se miran en los míos. Pero no hablan.

Solo emiten efluvios imponderables.

¡Cómo han de hablar!

Así el éxtasis es solo mío. El del “hachich”; una languidez inexplicable. Ella es insensible. Ahí está…

Ya habíamos llegado.

–Ven ustedes. Está entre San Mateo, inspirado por el ángel, y Betzabé… la culpable, pobre Urías, “felix culpa”…sin tamaño desvío no habríamos tenido un Salomón.

Cuando ustedes vengan a París no dejen de verla. Queda, antes de entrar a la sala Ven Dick, donde está el gran cuadro de Rubens: Jesús en la Cruz.

No es linda ni fea; es una cara como hay muchas. Pero suponiendo que fuera fea, contrahecha, ¿son acaso los defectos físicos infalible antídoto contra ese misterio del alma llamado por definición amor?

Su nombre por más señas es… lo dejaremos para más adelante, a ver si así pico un tantico la curiosidad de ustedes.

Por lo pronto les dirá que es no solamente la vera efigie de una de las dos mujeres de Rembrandt –no sé si la primera o la segunda, creo que la segunda, que de fregona pasó a ser esposa del maestro, con gran escándalo social– sino un Rembrandt verdadero, auténtico.

Confieso mi predilección por él.

Es el pintor más humano que conozco; dentro de sus sombras descubro realidades casi tangibles.

Me explico así perfectamente lo que un joven pintor le decía ayer al doctor Gómez Palacios:

Como español, mi pintor favorito es Velázquez. Pero como artista amo a Rembrandt. Debe valer un dineral este cuadro.

Se me ocurre aquí algo que oí en el admirable museo de Madrid hace muchos años. Viajaba yo fingiéndome inglés, es una comodidad.

Un hombre y una mujer comunes están en una sala; admiran un cuadro porque es muy grande, no tienen “cicerone”, se ve que son provincianos. No recuerdo el asunto.

–¡Qué lindo cuadro!

–Ya lo creo –observa el guardián.

–¡Y qué grande!

– ¡Grandísimo!

–Deberá valer mucho dinero…

–Muchísimo.

–¿Cómo cuánto?

–Dicen que dos millones…

–¿Y por qué no lo venden?

–Toma, porque nos quedaríamos sin el cuadro y sin la plata.

Pero volviendo al Rembrandt del Louvre, ¿cuánto valdrá?

No sé.

Lo único que sí sé es que en Italia, en Bélgica, en Inglaterra, en Francia hay fábricas de cuadros de maestros antiguos que hacen muy buen negocio.

¿Quiere usted un Perugino?

Por 4000 francos, o 5000; tal artista de Turín le hará uno magnífico, por el que un americano del Norte (y también del Sur si así como vamos seguimos), pagará 150.000.

¿Prefiere usted los primitivos?

No hay más que ir a Bruselas, donde confeccionan excelente mercancía.

¿Quiere usted un Rembrandt?

Pues entonces hay que ir a Hove, cerca de Amberes.

Vivimos en la época de los explosivos y de las falsificaciones. Lo único que todavía no se falsifica, ni se reemplaza, como las perlas y los diamantes, es el ser humano; lo que no significa que hayamos ya entrado en la senda de que las mujeres vayan al gobierno.

El ingenio estimulado por la necesidad, en este creciente “struggle for life”, no se da punto de reposo y hora por hora algo nuevo imagina y lo lanza a la circulación. Tenemos así en París y sus alrededores fábricas de muebles, de bronces, de “bibelots” de todos colores, imitando lo antiguo, la época que se quiera. Yo conozco un pintor y un “escribidor” de gran talento y fecundidad, en sus géneros que hacen cuadros éste a la manera de los antiguos maestros, y el otro, libros, que otros firman, libros para el uso de países extranjeros.

Y nada de esto es un secreto, como testamento cerrado, excepto para los que solo ven la superficie de esta Babilonia moderna; verdaderos papamoncas más o menos adinerados, los paganos familiarmente hablando.

Después de estas o análogas reflexiones y de haber contemplado a Enriqueta, que así se llama la señora de mi “flirt” artístico o con nombre y apellido holandés Henderikje Stoffels, nos despedimos así:

–A todo esto no le hemos preguntado a usted, general, si hace mucho que volvió de Buenos Aires.

–Cronológicamente hace poco, regresé en agosto (era esto en enero de este año); psicológicamente hace un siglo.

–¿Cómo así?

–Es esto. Cuando estoy allí deseo volver aquí, y una vez aquí suspiro y suspiro por estar allá.

–Es una enfermedad.

–Como ustedes quieran.

–Nostalgia.

–¡Qué sé yo!

–No tenga duda.

–Me inclino más bien a creer en alguna otra afección moral. No sé qué nombre darle. ¡Ay de mí!, me parezco en esto a esos médicos a la violeta que suprimen los síntomas dejando la enfermedad intacta, de modo que lo que eliminan por un lado reaparece por otro… es la monotonía de un ritornelo.

–Quizá.

–Sí, pues, hay ahora tantas enfermedades nuevas en el nombre.

Tolstoi en “La Guerra y la Paz” escribe “grippe”, como ahora es moda decirle (al catarro). Entre nosotros los argentinos, en mi tiempo, ya hace rato, como sigue se hablaba: “Fulana padece de “estérico”; ahora “histérico” se ha convertido en “neurastenia”, y de ella sufren ambos sexos, hasta los niños… Caminamos así de descubrimiento en descubrimiento más o menos sorprendente.

Ya está probado que es un error creer que cuando se duerme nos reposamos en el sentido de una inactividad completa, no habiendo en efecto ninguna energía particular que suspenda sus funciones…y ya se inventará el modo de descansar verdaderamente, durmiendo, mediante algún mecanismo maravilloso que deje de enviarles la sangre a las arterias, a las venas y a los capilares…

–Hasta la vista, ¿no, general?, paramos en el Palace Hotel.

–Gracias, y como aquí dicen: “au revoir”… 184, Avenue Victor Hugo a la disposición de ustedes y del lector.


Estupendo, nunca visto, el llamado a la “Unión política y social de las mujeres”.

Nada menos que 50.000 “sufragettes” se han reunido en Hyde Park.

Las ideas más diversas han sido expuestas, y llama mucho la atención la fecundia, la originalidad, la novedad y la verbosidad de la oratoria femenil.

Este inaudito concurso, de inglesas y francesas, no fue perturbado por el más mínimo incidente, reinando en todo un orden admirable.

Todas las clases estaban representadas, y todas las profesiones: estudiantes (con a naturalmente), escritores, artistas, enfermeras, institutrices, obreras, etcétera, y había de lo lindo y de lo feo; todo ello vigilado por 6.000 agentes de policía.

¡Pues es nada! Lo que probablemente ya habrán sabido ustedes que si las que reclamaron el sufragio electoral administrativo y político, sufragio activo y pasivo, para poder hacer y ser municipales y diputados, fueron 250.000, los espectadores no bajaron de medio millón.

La historia no registra en sus páginas una aglomeración semejante de seres humanos.

Y Londres, con sus pronto seis millones de habitantes, ofrecía un espectáculo nunca visto, como si dijéramos toda la Argentina aglomerada en el parque 3 de Febrero. La agitación por un lado, el silencio por otro (porque Londres es tan vasto que tiene 10.000 calles, 90 plazas públicas, varios parques y medio millón de casas); y, contrastando con ese silencio el bullicio de libertad, en medio del orden y de la respetuosa consideración que se debe al que por modestia se llama “sexo débil”. Débil y nos manejan a su antojo mediante yo no sé qué filtros maravillosos.

No les basta eso. Quieren más. Lo tendrán. “Ce que femme veut Dieu le veut[8]”. No hay qué hacer. Caballeros, vayan ustedes poniendo la barba en remojo y estudiando bien sus discursos porque, según parece, ellas improvisan y dicen las cosas mejor que nosotros, con más gracia sobre todo.

Su gran argumento es más o menos este:

“La declaración de los derechos del hombre tuvo la pretensión de ser la magna carta de la humanidad toda entera. La mitad del género humano protesta contra una omisión voluntaria. La declaración de los “derechos de la mujer” está ahí para que se la estudie. Será la grande y benéfica reforma del porvenir”.

Con que así manos a la obra. Bien puede ser que al lector y a mí “ellas” nos elijan municipales.


  1. Ver nota al pie de PB.20.04.06 o índice onomástico.
  2. Tal vez se refiera a John Ruskin, (Londres, 1819-Brantwood, 1900): escritor, crítico de arte, sociólogo, artista y reformador social​ británico, considerado uno de los grandes maestros de la prosa inglesa. Influyó a Mahatma Gandhi.​ Abogó por un socialismo cristiano. Entre sus obras, se cuentan: La moral del polvo (1866)
    La corona de olivo silvestre (1866), Cartas a los obreros ingleses (1883), La Biblia de Amiens (1880-1885). (Extractado de VIAF: http://viaf.org/viaf/73859585).
  3. Albert Ernest Kitson, segundo Barón de Airedale (1863 1944) fue un noble inglés. (Extractado de https://bit.ly/35G4WUp).
  4. Albert Victor Grayson (1881, desaparecido el 28 de septiembre de 1920) fue un político socialista inglés, miembro del Parlamento desde 1907 hasta 1910, famoso por su triunfo electoral en Colne Valley en 1907, y por su inexplicable desaparición en 1920. (Extractado de VIAF: http://viaf.org/viaf/16214668).
  5. Mansilla, Lucio V. Estudios morales, o sea, el diario de mi vida. París: Richard, 1896.
  6. Bajo este nombre exacto solo hemos hallado referencias a Don Juan Esteban de Anchorena (Pamplona, 1734 –Buenos Aires, 1808), posiblemente el abuelo de quien menciona aquí Mansilla (datos disponibles en línea: https://bit.ly/2FAlxOo). Cabe recordar que los Anchorena fueron una de las familias patricias más poderosas del país durante el siglo XIX. Sobre su poder económico y social, véase: Hora, Roy. “Los Anchorena: patrones de inversión, fortuna y negocios (1760-1950)”. Am. Lat. Hist. Econ [online]. 2012, vol.19, n.1, pp.37-66. En línea: https://bit.ly/33rB3UX.
  7. “Amor a primera vista”.
  8. “Lo que la mujer quiere, Dios lo quiere”.


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