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EL DIARIO

Martes 22 de Septiembre de 1908

DEL GENERAL MANSILLA


PÁGINAS BREVES

Boulogne, agosto 28.

 

El “Mac Clure Magazin[1]” de Nueva York anuncia que en su primera entrega de septiembre comenzará a publicar la traducción de las “memorias”[2] del general Kuropatkin[3].

La revista americana ha conseguido, dicen, por medios misteriosos (ya me imagino y ustedes también cuáles serán), el relato interesante, lleno, parece, de revelaciones extraordinarias, tanto que, ¿se acuerdan ustedes?, apenas terminado, el gobierno lo confiscó.

El trabajo del general Kuropatkin comprende documentos oficiales estrictamente confidenciales, particularmente las cartas e informes del general al zar, con anotaciones de puño y letra de Nicolás II.

Resulta, parece de todo ello, que la guerra estalló contra la voluntad del emperador.

Kuropatkin se esfuerza en demostrar que terminó por la falta de firmeza del zar, en el momento mismo en que la Rusia comenzaba a disciplinarse y a disponer de fuerzas imponentes de combate.

Según Kuropartkin, el Japón habría sido aplastado si la guerra hubiera continuado.

En el momento del tratado de Portsmouth, afirma el alegato “pro domo”, la lucha militar, del punto de vista ruso, debutaba apenas.

La Rusia comenzaba recién a recibir las municiones y provisiones requeridas; sus hombres se transformaban en soldados disciplinados, y el camino de fierro, cuyo servicio había alcanzado a catorce trenes por día en vez de tres, conseguía al fin transportar las tropas al teatro mismo de la guerra.

Cuando las negociaciones de paz empezaron, por primera vez la Rusia tenía sobre el campo de batalla tantos hombres como los japoneses. Había bajo las órdenes del general Linievitch[4] –que, como ustedes harán memoria, reemplazó a Kuropatkin– un millón de hombres, bien armados y abundantemente provistos de todo.

El general Kuropatkin hace una revelación, a saber, que de años atrás un programa secreto inspiraba toda la política rusa. Este imperio colosal necesita, sofocado como está dentro de sus fronteras, ganar el mar cueste lo que cueste.

La guerra japonesa ha sido un gran error en la ejecución del programa nacional.

Durante el siglo veinte, prosigue Kuropatkin, la Rusia no sacrificará menos de dos millones de soldados en línea. Y, por muy pacíficas que sean sus intenciones, se verá forzada a la guerra, en toda la extensión de sus vastas fronteras por el choque de sus intereses nacionales con los intereses extranjeros y por la necesidad de alcanzar el mar.

La Rusia, en el curso de este siglo, será la vanguardia del inevitable conflicto contra blancos y amarillos. Antes de cien años habrá una lucha colosal, en Asia, entre las razas cristianas y las no cristianas. Por esta razón el interés de la humanidad exige una “entente” (ya está hecha) entre la Rusia y la Inglaterra.

Mientras estas son las vistas de un general ruso, vistas más o menos discutibles, hay que ver, como en todo, el reverso de la medalla.

El Japón, a despecho de sus recursos financieros, limitados, marcha paralelamente respecto de las potencias occidentales en materia de armamentos navales. Y en su política naval resalta un rasgo: la economía. Efectivamente, ya en Europa ya en Estados Unidos, esa política es otra: se despilfarra, construyen y construyen.

El Japón no imita a las otras naciones. Tiene su política particular, consistente en construir menos barcos pero de mayor tonelaje, y, sobre todo, en “reconstruir” y armar de otro modo los barcos viejos en vez de eliminarlos.

He aquí las lecciones de la guerra con Rusia:

1º. Un armamento más poderoso y buques más fuertes son esenciales.

2º. Los buques viejos pueden ser transformados en buques nuevos.

De esta política resulta un aumento numérico considerable de las fuerzas navales del Japón. Así pueden verse transformados en los astilleros del Japón los cruceros rusos tomados durante la última guerra.

Los japoneses parecen admitir como principio que la fuerza de la artillería debe ser doblada, es decir, menos cañones pero de mayor calibre.

En virtud de esto están construyendo acorazados de 20.800 toneladas, de una velocidad de 20 nudos, armados de cañones de 12 pulgadas y cruceros de 18.650 toneladas y 25 nudos de velocidad.

Obligado el Japón a hacer economías, ha preferido hacerlas reduciendo el número de las pequeñas unidades.

No parece tener mucha confianza en ellas después de las últimas experiencias, poseyendo ya, por otra parte, una flota formidable de torpederos y contratorpederos.

La inferioridad del Japón estriba en que no puede producir él mismo todo el material necesario para sus grandes barcos.

Pero hace esfuerzos extraordinarios para emanciparse del extranjero y lo conseguirá; y así una vez conseguido será él, el Japón, y no los constructores occidentales, el que proveerán a la China, y con más economía.

Este país es fenomenal en todo, y la marcha visible en cierto sentido es subrepticia en otros. Persigue una hegemonía y sus aliados naturales son precisamente esos “amarillos” a que se refiere en sus memorias el general Kouropatkin.

No lo tomarán desprevenido. Metódica y pacientemente refuerza y perfecciona sus fuerzas de tierra. Un oficial de alta graduación opinaba últimamente que si el Japón hubiera tenido dos divisiones más, la paz de Portsmouth no habría sido firmada sin indemnización.

Por consiguiente, si el siglo veinte ha de ver lo que Kuropatkin divisa, no cabe duda de que en la contienda estará el Japón diciéndole a la Rusia: de aquí no pasarás, tienes que ahogarte dentro de tus fronteras terrestres.


Esto se llama convicción y es muy inglés.

El coronel Richard Pilkington[5], que fue miembro del parlamento, ha muerto dejando 692.858 libras esterlinas de fortuna. En su testamento ordena y manda que en las fincas que pasan a sus herederos “no se vendan licores”.

Era el coronel un conocido enemigo del alcohol.


Con la edad el cuerpo se encorva y la letra se achica, y es una coquetería de los viejos esforzarse en andar derechos y en escribir temblequeando con la mayor claridad posible como queriendo ocultar que declinan.


Ahí está, tiene tapa encarnada, es voluminoso, se titula: “Ultimo año parlamentario del diputado doctor Alfredo L. Palacios[6]”.

Con unas palabras amables me lo ha remitido el autor. Viniendo de la tierra, lo he leído con atención.

La materia así lo exige, por una parte, y, por otra, es buena regla, me parece, en estos casos, tener siempre presente que “á tout seigneur tout honneur[7]”.

Lo que se piense es otra cosa.

Conozco poco al doctor Palacios.

Una que otra vez nos hemos encontrado en casa de amigos comunes, invitados a comer.

Hablaba como por compromiso, confinando su palabra mesurada casi con el silencio.

Es decir que fue para mí una cifra.

¿Y yo para él?

Habiéndome mostrado tal cual soy y teniendo lo que él no tiene todavía, un pasado, se me ocurre pensar, y creo que no pienso mal, que nada de lo que dije, repitiéndolo quizá, fue para él una novedad.

Sarmiento, que no era hombre de espantarse ante ninguna imputación, “tengo cáscara de fierro” decía, se sorprendió no poco, sin embargo, cuando Mitre le espetó con amistosa intención, aunque discordando: “Sarmiento, usted es poeta”.

Y lo hizo meditar y meditando comprendió que Mitre tenía razón; porque poeta es todo aquel que tiene alas para remontarse hasta ciertas alturas inaccesibles para el común de las gentes, haga o no haga vibrar las cuerdas de la rima sentimental, o clásica.

Pues yo le diré aquí al doctor Palacios, y no por vía de paralelo entre él y yo, lo cual no cuadraría como en el caso Sarmiento-Mitre sino a manera de expediente literaria: ¡Palacios! yo también soy socialista.

Sí, pero de estructura y complexión diferente.

Porque Palacios y sus maestros, a los que varias veces cita como evangelistas de su credo en algunos de sus discursos de forma excelente, y frecuentes campos de elocuencia, porque Palacios, como esos sus maestros, no tiene religión, es escéptico, ateo si es posible, en tanto que yo creo en Dios y soy cristiano.

Lo cual equivale a decir que mi “socialismo” es, en todo caso, fuente perenne de un ideal más poético, menos científico si se quiere, mas no por eso menos filosófico que el del portavoz parlamentario del partido socialista argentino.

El poeta lo ha dicho y yo lo repito siempre que la ocasión se me presenta, hay que inculcar: “mas, toda la poesía ¿qué es sino filosofía?”.

Mi socialismo, que es el de tantos otros, que nada tiene del falansterio sansimoniano, precursor de los Karl Marx, Bebbel[8] y otros de menor cuantía que pueden llamarse Max Nordau[9], o lo que se quiera, no pretende como los positivistas socialistas y colectivistas, encerrar la vida y la sociedad dentro de ecuaciones algebraicas, “ni suprimir el parlamentarismo sobre el cual se apoyan todos los usurpadores”, que era una de tantas de Víctor Considerant[10].

Mi socialismo no pretende quitar para dar, y hacer así feliz a todo el mundo, mediante una repartición distributiva de los bienes terrestres, tan sorprendente que a la misma equidad daríale envidia.

Mi socialismo cree y trabaja por mitigar el mal invocando el amor del prójimo y la caridad, sin hacerse la ilusión de que es posible suprimirlo, pues como piensa Rudyard Kipling en su admirable fantasía trascendental “El Naulahk[11]”, pienso que “no podemos suprimir la miseria sobre la tierra”.

O de otro modo que “hagamos lo que hagamos, será menester escuchar durante nuestra vida, los lamentos de millones de seres humanos dolientes, suerte común, a la que no hay cómo escapar.

Mi socialismo, creyendo en otros milagros, no cree en los que el otro espera ver realizados algún día, si bien no nivelando tanto como el colectivismo, es decir suprimiendo cuanto sea susceptible de emergencia preponderante, en su jerga verbal: todo el mundo protozoario e igual ante la mediocridad intelectual.

Y para decirlo todo de una vez, que mis límites son estrechos, el socialismo que yo profeso es el que en la libre Constitución de mi tierra provee sabiamente a todas las necesidades de la colectividad, quedando por consiguiente así reducido el problema a que las leyes que se dicten para reglamentar honradamente su ejercicio sean atinadas.

Yo podría, sin gran esfuerzo, demostrar, ¡pero si no hay más que mirarlas para ver su luz!, que en la declaración de derechos y garantías de esa constitución, casi perfecta en su estructura de fondo y forma, hay prescripciones que hoy por hoy proveen a todas las necesidades del espíritu reformista y a la defensa de los intereses morales y materiales conservadores, intereses cuya garantía significa que la vida nacional no ha de ser un estremecimiento epiléptico permanente en el que por suerte tienen que perecer, sin provecho para nadie, las utopías más ingenuas y las otras que de todo hay en la viña del Señor.

El doctor Palacios comienza la vida.

Ya verá cuando lo conocido se le vuelva anónimo, por la evolución de las cosas, que no es tan fácil como parece, en la dulce edad, gobernar los hombres con teorías; verá más que la transformación del gusano en mariposa no se opera sino lentamente, a pesar de la efímera existencia de la crisálida metamorfoseada.

También he de inculcar sobre este punto: el socialismo argentino me parece una copia, no diré grotesca, pero sí diré traída por los cabellos, del socialismo francés, por ejemplo.

Que en este viejo mundo y según nuestro concepto americano haya mucho que reivindicar, negarlo es querer tapar el cielo con un harnero.

Pero ahí donde no hay castas privilegiadas, ni títulos de nobleza, ni reyes de derecho divino; donde todos son iguales ante la ley; donde el trabajo abunda; donde es bien remunerado; donde la vida material es fácil, barata; donde no se vende carne de perro en el mercado como en Alemania, con permiso municipal, en una palabra, donde no hay hambre, francamente no lo comprendo sino a medias; lo confieso me exponga o no a pasar por ignorante en una época en la que “todo el mundo es “bachiller” o pretende darse el corte de entender todas las cosas y admirarlas.

Reconozco en el doctor Palacios una cualidad que lo recomienda: es un trabajador, a juzgar por sus proyectos y discursos.

Otro sí digo: no saco mucho en limpio de algunas de sus parábolas (¿qué otro nombre darle a lo siguiente, verbigracia?): “El derecho no es, señor presidente, según el criterio moderno, ni el producto de la razón abstracta, ni el resultado de la conciencia nacional, es la emanación necesaria de las relaciones económicas”.

En la conferencia de La Haya no han discurrido así. Se explica. Allí no se cernía sobre los oradores el genio tentador de Karl Marx ni revoloteaba el murciélago paradójico del que, tildando a los otros de “adoradores del gran fetiche verbal”, resulta ser él, Max Nordau, el gran “maniton” de la frase.

Soria, añade el doctor Palacios en la misma página 17 (y está con su manera de pensar), afirma que la descomposición del sistema económico que rige debe acarrear con ella un período de crisis del derecho.

Es una consecuencia de la doctrina de Karl Marx.

Y claro está que si mañana se les dice a los que tienen mucho o poco: a ver, que queremos hacer un reparto general para que no haya desigualdades antipáticas, claro está que consumado el hecho habrá crisis del derecho.

No creo que hemos de asistir al espectáculo.

Es posible que haya sacudimiento, pasará.

Las leyes que se escriban por los demoledores serán derogadas por otros, que tienen y han tenido y tendrán siempre su origen en un sentimiento de propia conservación.

Balzac repetiría: las leyes no están todas escritas…

No cumplir esas leyes secretas es quedarse en el fondo del estado social en vez de dominarlo.

En virtud de esas leyes secretas hay que combatir el socialismo anticristiano.

Personalmente le deseo salud y prosperidad al doctor Palacios; sus doctrinas, he de darle a ello un nombre cualquiera, me parecen detestables.

Está en la aurora de la vida; veremos cuando las ilusiones y el entusiasmo vayan declinando, si sigue aferrado a su tesis que, bien examinada, es contraria a la autonomía individual.

No hay que sorprenderse.

En todas partes este socialismo es centralista. Sin remisión sería autoritario, despótico, el día en que por desgracia se encarnara en el gobierno de un país cualquiera.

Fatalmente conduce a un 18 de Brumario, cuyas consecuencias se conocen. Es la secuela histórica de la solidaridad del mal.

Ya sé yo que no ha de faltar quien gesticule con cierta expresión burlona al leer estas mis alarmas. Lo contrario sería una novedad. Goethe, que supo penetrar en todos los repliegues del corazón humano, decía: “estamos acostumbrados a ver que la gente se ría de lo que no comprende”.


Concluiré con esta anécdota:

Uno de los varios Rothchild, que vive en París, tuvo un día la visita de un individuo que se anunciaba como socialista.

El banquero lo recibió preguntándole qué quería.

El hombre, de tipo vulgar, le contestó que estaba indignado de que él, Rothchild, estuviera nadando en oro, mientras que otros no tenían ni siquiera con qué llenar la barriga; que quería que haciendo acto de justicia repartiera sus millones entre los menesterosos.

–Vd. tiene razón –le contestó Rothchild– y para mostrarle que pienso como Vd., voy a darle la parte de mi fortuna que le corresponde; así no podrá Vd. decir que no soy tan socialista como Vd. Tome pues (y el banquero le ofreció un franco).

–¡Cómo!, ¡un franco!

–Sí señor; hay unos cuarenta millones de habitantes en Francia. Y poseo más o menos cuarenta, ¡le toca a Vd. entonces un franco! Y ahora no se quejará Vd. de que no quiero repartir por partes iguales mi caudal.

El individuo se fue, haciéndose esta reflexión: si en vez de pretender ser socialista le hubiera pedido 10 francos, no solo habría sacado más provecho, sino que ¡habría podido volver!…


El gran congreso de Dusseldorf, la obra social de los católicos alemanes, ha sido un éxito colosal. Solo la Sociedad popular cuenta 600.000 miembros, la mayor parte obreros. Esta asociación se ocupa no solo de cuestiones religiosas sino de propaganda electoral. En un año ha distribuido 15 millones de folletos, diarios, etc.

Es esta la mejor respuesta que se puede dar a los que pretenden que el catolicismo no tiene doctrina social y que es impotente e incapaz de agrupar en torno suyo el elemento obrero.


El cardenal arzobispo Fischer ha recomendado como la mejor propaganda lo que sistemáticamente tanto ha repetido: la lectura del catecismo cristiano, lectura que no es la favorita del modernismo disidente.


La última vez que estuve en mi tierra, el año pasado, dos cosas, entre otras, llamaron mi atención, la limpieza y el alumbrado de Buenos Aires y del Rosario.

Pueden ustedes estar ufanos.

Lean lo que dice ayer un diario de los principales, “L´Eclair”[12]:

“¡Oh! sí, París es sucio! Ejemplo: desde hace días, en la avenida Reille, donde vivimos, puede verse el cadáver de un enorme perro danés en putrefacción.

Nos hemos dirigido al barrendero y al vigilante. Uno y otro contestaron: “Ce n’est pas mon affaire[13]”… y el infecto animal ahí está”.

Agrega “L’Eclair” algunas otras lindezas municipales, como ser mal empedrado. Pero se le queda en el tintero que el alumbrado de la Ville Lumière no es brillante. Me quedo con el de Buenos Aires y Rosario.

¡Felicidad, paisanos míos, y no se quejen tanto!


  1. Mc Clure’s Magazine (1893–1929) fue un periódico mensual ilustrado estadounidense popular a comienzos del siglo XX. Se considera que fue una de las revistas que inició la tradición del periodismo de investigación (muckraking journalism) a partir de llevar adelante una serie de indagaciones y posteriores denuncias a casos de corrupción por parte de ciertos dirigentes políticos. (Extractado de https://bit.ly/2RnVtbV).
  2. Mansilla se ha mostrado interesado en estas memorias sobre la guerra ruso-japonesa en varias ocasiones: entre ellas, en las páginas breves de fechas 22.05.06, 20.03.07 y 16.04.07.
  3. Ver nota al pie de PB. 22.05.06 o índice onomástico. Para información sobre la guerra ruso-japonesa, ver PB. 08.03.06 o índice de eventos históricos.
  4. Creemos que se trata de Nikolai Petrovich Linevich (o Lenevich o Linevitch, según la lengua en la que se lo cite), (1839–1908) fue un militar ruso, General de Infantería (1903) y General Adjunto en el Ejército Imperial Ruso durante la guerra ruso-japonesa. (Extractado de VIAF: http://viaf.org/viaf/31566077).
  5. No hemos hallado aún datos asociados a este nombre.
  6. Alfredo Palacios (Buenos Aires, 1878 – Buenos Aires, 1965) fue un abogado, legislador, político y profesor argentino socialista. Se incorporó al Partido Socialista creado por Juan B. Justo en 1896. Triunfó en las elecciones para diputados nacionales del 13 de marzo de 1904, por la circunscripción uninominal de La Boca, reconociéndose como el primer legislador socialista de América. Fue autor de gran parte de la legislación laboral argentina y del libro El Nuevo Derecho. Inspiró la Reforma Universitaria de 1918 y fue designado por el Congreso de Estudiantes Latinoamericanos como Maestro de América. Fundador del Nuevo Derecho, el derecho de los trabajadores, Alfredo Palacios consiguió varias leyes sociales. Entre ellas: la de sábado inglés, descanso dominical, ley de accidente laboral, ley del trabajo femenino, ley de la silla, estatuto del docente y muchas otras leyes que en distintos períodos fue presentando y logrando que se sancionaran. Entre sus obras más importantes se encuentran: El nuevo derecho, Esteban Echeverría: albacea del pensamiento de Mayo, La miseria, El dolor argentino, Las Islas Malvinas, Archipiélago Argentino ​y cientos de conferencias y escritos varios. Alfredo Palacios, como diputado, llevó al seno del Congreso la temática de la mujer y el voto femenino por el que venían luchando feministas como Alicia Moreau de Justo, Elvira Rawson, Carolina Muzzilli, Fenia Chertkoff y otras. Fue el autor del primer proyecto de voto femenino en Argentina. Su casa, conservada gracias a la Fundación Alfredo Lorenzo Palacios, es hoy un museo.(Extractado de VIAF: http://viaf.org/viaf/23020683).
  7. “A quien es todo señor, se le debe todo el honor”.
  8. Ver nota al pie de PB.27.03.06 o índice onomástico.
  9. Ver nota al pie de PB.27.03.06 o índice onomástico.
  10. Victor Considerant (Salins-les-Bains, 1808 – París, 1893) fue un pensador y economista socialista francés, gran divulgador y organizador del movimiento fourierista. Es considerado el más influyente de los discípulos de Fourier. ​ (Extractado de VIAF:  http://viaf.org/viaf/17310013).
  11. The Naulahk. A Story of East and West fue una novela escrita en coautoría por Rudyard Kipling y Wolcott Balestier que apareció como folletín de la revista The Century Magazine entre noviembre de 1891 y julio de 1892. En 1894 se editó como libro. (Extractado de VIAF: http://viaf.org/viaf/48340028).
  12. Ver nota al pie de PB.14.03.07 o índice de publicaciones periódicas.
  13. “No es asunto mío”.


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