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EL DIARIO

Martes 21 de Julio de 1908

DEL GENERAL MANSILLA


PÁGINAS BREVES

París, junio 25.

 

En apoyo de algunas de mis notas sobre el parlamentarismo y el socialismo demagógico, aquí tienen ustedes lo que los otros días decía uno de los primeros oradores del país, y orador de crédito porque habla con gran elocuencia y su vida política y privada no tienen tacha.

Fue en el banquete de la Alianza republicana democrática, donde el señor Poincaré[1] (senador, el otro es el matemático[2] del que ya les hablé a ustedes), se expresó así:

“Es menester sin embargo que oigamos las advertencias de las cosas y que sepamos discernir en el país, bajo los colores de una salud normal, vagos síntomas de malestar y de decaimiento. Parece que de algún tiempo a esta parte, la máquina parlamentaria se mueve con frecuencia en el vacío y que sus rodajes perturbados producen menos trabajo que estrépito. De ese desperdicio de fuerzas, la causa no está seguramente en la mediocridad del personal político; nunca, al contrario, ha habido en la representación nacional, y especialmente en el partido republicano, más numerosas reservas de ciencia, de talento y de buena voluntad; pero a todas estas energías dispersas les falta una organización, un método y una disciplina. Todas las cuestiones son puestas sobre el tapete parlamentario a la vez. No se trata tanto de votar leyes aplicables cuanto de hacer resonar discursos sonoros; al respeto de la verdad se prefieren las fórmulas, se busca desahogo, redactando órdenes del día vanas, sin curarse de la noble ambición de cumplir las promesas hechas y del temor saludable de provocar los trastornos presentidos. Interrogamos a nuestros amigos de la cámara y nos contestan: Seguimos el movimiento, pero no sabemos dónde vamos… (Como los carneros de Panurgo, entonces).”

Sigue, y, discurriendo sobre “la justicia de la libertad”, dice estas palabras que se refieren al socialismo, pero que son aplicables a otras tendencias de partido:

“Pero, ¿estamos bien seguros, nosotros, de que nunca les facilitamos inconscientemente la tarea a estos constructores embarazados?

Nos sonreímos de sus utopías, protestamos contra su política, que creemos falaz y quimérica, y todos los días, no obstante, con la ilusión de calmar su hostilidad sistemática, les cedemos fragmentos de nuestras convicciones.

Finalmente, en una peroración de corte ciceroniano, declara lo que reduzco a este mínimum fraseológico: no hay que estar siempre volviendo la vista al Estado; no debe el parlamento en el ejercicio de su soberanía olvidar que es delegado del pueblo, para interpretar sus anhelos futuros, teniendo presente a la vez que fue su voluntad en el pasado; un partido debe tener un ideal elevado, ya se trate de lo interno o de lo externo, la Patria como visión permanente, digo yo, rematando el párrafo.


Las razones que se dan, en ciertas coyunturas, para demostrar que un hecho no debe tener lugar suelen ser contraproducentes.

Lo que me sugiere esta reflexión es un libro del señor Rudolf Martin[3], autor de la obra sobre la Rusia y el Japón que hizo tanto ruido.

No sé lo que los alemanes le contestarán; hasta este momento se limitan a tomar nota.

Pretende, y “prima facie” parece tener razón dicho escritor, que la Alemania no está en situación financiera de quebrar lanzas.

Lo que sobre todo examina, con tal motivo, es lo que vendría después de una guerra.

Las cifras son fantásticas.

En la hipótesis de una guerra victoriosa contra Francia y Rusia, la Alemania y sus aliados no podrían contar con una indemnización de guerra importante.

La bancarrota de la Rusia, consecuencia inevitable, disminuiría en “once” millares la fortuna de Francia, y sería imposible que la alianza alemana-austro-húngara-italiana-rumana-turca reclamara de la Francia la indemnización colosal que podría estimarse en “veinte” millares.

Y si la guerra se complicase con una lucha naval, la Inglaterra podría, tal es su poder, causarle a la marina de guerra y a la mercante alemana, en las costas de Italia, de Austria y de Turquía daños incalculables.

Estima el señor Martin que lo mejor sería, si la Alemania piensa en una guerra futura, que, sin dejar de armarse, procurara mejor sus finanzas cuyo estado, dice, no es nada brillante.

Sé pertinentemente que el dinero es el nervio de la guerra, y que estos consejos y consideraciones tienen enorme peso para no ser escuchados.

Pero ¿sería un milagro en la historia hacer la guerra, estando listo precisamente porque la bolsa parece agotarse?

Por eso he dicho más arriba que en este orden de ideas lo prudente suele ser contraproducente.

Por otra parte hay que contar con que la fatalidad decreta en ciertas horas algún hombre extraordinario que, creyéndose “autodidacta y omni-apto”, arrastra los pueblos a contemplar el incendio de Moscou después de Austerlitz; la expiación inesperada en tanto llega la “debacle” final.


“Le Temps[4]” de París, de hoy 21 de junio, primer día de verano, lloviendo hace cuatro días, como llueve por estos mundos, publica lo que más adelante se verá.

¿Por qué han de ser ustedes menos que los parisienses en saber ciertas cosas?

Por si al espigar los diarios de ultramar se les ha pasado la cosa, aquí está:

Un joven de Chicago, llamado Cullen, no creo que sea ni remotamente pariente de los nuestros, históricos, pide un empleo mediante la forma del siguiente aviso nada banal:

“Solicita ocupación un individuo sin valor, bueno para nada, alto de seis pies, delgado como un fósforo, que usa anteojos, de diez y nueve años, pero que parece tener veinticinco, que ha cursado la gramática y ocupado veintidós puestos en los últimos años, en las compañías ferrocarrileras y casas de comercio. Soy, como se ve hasta este momento, “chingado”; fumo, bebo, masco tabaco, juego. Si alguien quiere ensayar todavía, estoy a su disposición”.

Interesado declara enmendarse, prefiere confesar toda la verdad a ver si algún buen patrón le ofrece los medios de conseguirlo.


Poco a poco se va realizando lo que les vengo diciendo a ustedes, que el partido liberal no gana terreno en Inglaterra. Acaba de perder una mueva elección parcial en Pudsey, siendo de advertir que en las últimas elecciones generales su mayoría fue muy grande aquí. Es posible, no creo, que se mantenga mucho en el poder. Lo que significa esto es que las ideas de Chamberlain[5], reforma de las tarifas en el sentido diferencial proteccionista, caminan.


El grito de alarma que otras veces se ha oído ya, resuena hoy en día otra vez: “la Francia se despuebla”. Las estadísticas de los últimos años arrojan estas cifras: 19.920 más defunciones que nacimientos. Durante el siglo XIX el fenómeno ha ocurrido diez veces.

¿Las causas? Cólera, epidemias, guerras, dicen. ¿Pero ahora?


No creo que hemos de modificar con la moderna cultura, la inclinación del hombre a estar con los vencedores.

Parece ser un sentimiento innato, vencedor, implicando fuerza, al parecer; y así me expreso porque lo que no está encarnado en una sola entidad es corriente impulsiva, anónima: el irresistible empuje de los infinitamente pequeños.

Proclamado el señor Taft[6] candidato del partido republicano a la futura presidencia de Estados Unidos, ya comienzan los investigadores, por no decir otra cosa, a hallarle más mérito físico y moral del que tiene y a recoger sus dichos cual si fueran pepitas de oro.

El “Times[7]”, nada menos que el de Londres, publica ayer un telegrama de cuando el señor Taft era gobernador de Filipinas, que por no carecer de chispa aquí tienen ustedes como reza.

Se dirige al señor Root[8], el pico de oro que ahí tuvieron ustedes.

“Galopado cuarenta millas. Me siento perfectamente”.

(En inglés dice “fine”, que es más expresivo que como yo traduzco, aunque bien pudiera haber puesto “lindamente”).

El señor Root contestó, siendo su amigo Taft un hombre macizo como el señor Batlle y Ordoñez: “Me alegro de que se sienta usted perfectamente, y el caballo ¿cómo está?”

Pero para comprender todo el “esprit” de Root debo prevenir a ustedes que el posible presidente Taft pesa trescientas libras, peso a que no alcanza, ¡qué!, el otro tan distinguido caballero oriental.


Un hombre bajo todos aspectos digno de los elogios que se le están prodigando acaba de decirle ¡adiós! a este mundo.

Gaston Boissier[9] no existe sino en la memoria de los que aman la probidad, en las relaciones sociales y en las investigaciones históricas.

Guglielmo Ferrero[10], con el que cautivado por su talento suelo no estar conforme, le consagra una página de lo más nutrida e imparcial.

En poco espacio dice mucho, haciendo un paralelo entre “Boissier y Mommsen[11]”.

Según él, éste, o sea el erudito y el historiador vivieron en conflicto (hasta se contradijeron); es decir, que Mommsen no ha tentado nunca fundir estas dos fuerzas en una obra única: “la erudición y la historia” (sin lo cual, agrego yo, para hacer más comprensible el concepto de Ferrero, no hay veracidad posible en la investigación contemplativa del pasado).

En la vida de Boissier no se halla esa contradicción.

“Él ha sido a la vez erudito e historiador, sabio y artista; y, en una palabra, siempre ha trabajado sobre asuntos en los que la personalidad creadora del autor podía afirmarse, en los que la intuición que adivina y la imaginación que reconstruye podían desenvolverse al lado del simple razonamiento crítico”.


Hace días que la Europa se agita, y que el mundo entero, una gran parte de él al menos, se preocupa, y con razón, de unas palabras belicosas atribuidas al emperador de Alemania.

¿Las dijo o no las dijo?

Los que se dicen bien informados afirman que Guillermo II[12] las pronunció el 8 de junio delante de los oficiales de la guarnición de Postdam; y no falta quien afirme formalmente que las ha oído y que al divulgarlas su intención ha sido deliberadamente pacífica.

¿Qué hay en el fondo de todo esto?, ¿qué hay en realidad?


El problema que tenemos que dilucidar, dice un historiador, es este: “Don Carlos, el nieto de Carlos Quinto ¿era loco?”

Su padre, Felipe II, ¿tenía un motivo siquiera para tratarlo como demente?

La posteridad ¿debe absolver al padre inflexible de una acción que algunos han calificado de crimen?

No hay idea de la tinta que se ha consumido sobre esto, y, naturalmente, en descubrir y probar a la vez que la que la historia conoce con el nombre de “Juana la loca”, no era tal loca.

Y ahí estamos, con dos bandos de opiniones: los que creen y los que dudan, los que afirman y los que niegan.

¿Tendrá razón (qué problema), el moralista cuando dice “la verité c’est tout ce que l’on parvient á faire croire[13]”?

Será lo que sea, yo les digo a ustedes que es una banalidad repetirlo; pero no puedo prescindir de ello: aprovechen la bonanza, que el tiempo vuela y que las nubes que se acumulan en el horizonte crecen y crecen, movidas por las fuerzas misteriosas y latentes que impelen lentamente a la humanidad.

Es siempre después cuando vemos que “eso” se puede evitar, ¡a buena hora!


Ahora dicen que en efecto el emperador habló. Lo dicen diarios oficiosos autorizados. Pero que no dijo lo que se ha dicho, sino algo por el estilo, y que fue refiriéndose a asuntos de servicio, a problemas militares, y no, absolutamente no, a las cuestiones políticas del día. Que, por consiguiente, la frase “quieren envolvernos, ¡que vengan!” no es auténtica, que hay que sustituirla con esta: Tengo la convicción de que el ejército permanecerá siempre fiel al espíritu que le inspiró el gran Federico.

En otros términos, he aquí traducido a mi manera el sentimiento alemán en este momento, en que una coincidencia lo pone en discusión.

Me refiero a que, el emperador habló precisamente cuando tenía lugar la entrevista del rey de Inglaterra con el emperador de Rusia en Reval.

Ese sentimiento le dice a todo el que, como yo, sabe apreciar en lo mucho que vale el pueblo alemán: experimentamos una cierta desconfianza instintiva, aunque no haya motivo de inquietud.

La desconfianza es madre de la seguridad. Tenemos la convicción de que el emperador Guillermo no ha querido dar la voz de alarma, habiendo hablado y dicho lo que haya significado solo para sus oficiales y no para otros oídos.

Muy condensado va todo esto. Puede llegar como restos de plato recalentado. Lo siento. No soy corresponsal telegráfico. Mi objeto principal, lo he de repetir, más consiste en charlar un momento con ustedes de cualquier cosa que en el propósito de informarlos. Solo un tema no me cuadra: nuestra política.

No porque no sea negocio interesante, como diría don Régulo Martínez[14], finado ya, que no podía hilvanar diez palabras sin emplear dicho vocablo “política”; sino porque siendo “el arte de gobernar y de dar leyes y reglamentos para mantener la tranquilidad pública, y conservar el orden y buenas costumbres, portándose bien”, a qué me voy a meter en eso, de lejos, tanto más cuanto nadie me pide opinión ni consejo (excepto de cuando en cuando sobre casos psicológicos y a propósito de tal o cual producido literario).

Confieso, por otra parte, que frecuentemente no los entiendo a ustedes. Así, suelo decirme: pierden el tiempo buscando la cuadratura del círculo político; hombres superfinos; evoluciones que a todos satisfagan, en vez de contentarse con un “á peu prés[15]” como en la lotería, con la aproximación.

Esto no obstante, siendo como soy, no me cansaré de repetirlo, un idealista, léase un optimista incorregible (en mi tierra) resulta que todo lo veo casi color de rosa y que me consuelo esperando confiado.

Estamos de pésame aunque, a Dios gracias, nadie se ha ido a la difuntería. Y lo estamos porque acaba de aparecer el último volumen de un libro que la vez pasada recomendé a ustedes como uno de esos de los que no puede decirse, como dicen los ingleses, que era, o es, “a footless stocking without a leg”: es decir, “una media sin pie y a la que le falta la pierna”.

En este hay enjundia histórica y anecdótica para alimentar durante muchos días el apetito literario más voraz.

Me estoy refiriendo a los “Recits d´une tante”, o sea “Memorias de la condesa de Boigne[16]”, publicadas según los manuscritos originales por Charles Nicoullaud[17].

San Simón no ha escrito nada más interesante, y la condesa que, como él, “vivió” lo que refiere, le aventaja en veracidad, en imparcialidad, y, sobre todo, en indulgencia.

¡Qué tía encantadora!

Me gustaría haber sido su sobrino.

Todos los personajes que hace desfilar tienen interés, lo tienen hasta los son interesantes.

Entre otros retratos el de Talleyrand[18] es de mano maestra.

Dice que murió como había vivido, hablando con seducción irresistible, y con coraje, tanto que los que le oían decían: es menester verlo para creer. Sus dolores eran grandes y no podía cambiar de postura.

Cuando habla de madame Récamier[19], ciega, postrada, vieja, ella, que no debió envejecer de tristeza, y eso que en general sus recuerdos no tienen ese tinte de melancolía que suele ser el ambiente sombrío de las evocaciones de la edad prístina en la madurez.

Y al recordar a la familia do Orleans, cuenta que el príncipe de Joinville[20], que amaba los “impromptu”, improvisó en Brasil su casamiento con la hermana del emperador, princesa tan tropical que sintiéndose enferma, luego no más de su arribo a Francia, rehusó un caldo de gallina pidiendo que se lo dieran de “loro”.

“Se non e vero”… ¡Son tan ricos los pichones de loro! ¿Los ha probado el lector?

¿No?, pruébelos.

Yo los probé por vez primera en Córdoba, bocado de cardenal. ¿Y dónde me dejan ustedes o dónde los dejo yo los pichones de “lechuza”?

Mi abuela, la señora doña Agustina López de Osornio[21], los cocinaba muchísimo, y ya que en esto estamos les diré a ustedes que el hijo de aquella notable matrona, por definición mi tío Juan Manuel Ortiz de Rozas, era loco por la molleja. En su mesa nunca faltaba asada o cocida. Aquí, en París, ustedes sabrán el “ris de veau[22]” es plato de privilegio. Con espinacas. Brillat Savarin[23] lo recomienda como suculento e higiénico, y yo también: el que lo hereda no lo hurta.


  1. Raymond Poincaré (Bar-le-Duc, 1860–París, 1934) fue un político francés, presidente de la República durante la Primera Guerra Mundial y primer ministro de Francia en tres ocasiones: entre 1912 y 1913; entre 1922 y 1924, y entre 1926 y 1929. (Extractado de VIAF: http://viaf.org/viaf/29539324).
  2. Poincaré, Henri (1854 1912), primo de Raymond, fue el matemático al que refiere Mansilla.
  3. No hemos hallado información biográfica sobre este autor, pero figuran listadas sus obras –todas sobre economía política– en Worldcat: https://www.worldcat.org/identities/lccn-nr91004216/).
  4. Ver nota al pie de PB.05.03.06 o índice de publicaciones periódicas.
  5. Ver nota al pie de PB.10.01.06 o índice onomástico.
  6. Ver nota al pie de PB.06.04.06 o índice onomástico.
  7. Ver nota al pie de PB.08.03.06 o índice de publicaciones periódicas.
  8. Ver nota al pie de PB. 26.12.06 o índice onomástico.
  9. Gaston Boissier, (Nîmes, 1823-Viroflay, 1908) fue un filólogo, historiador, estudioso de la Antigüedad y escritor francés. Entre sus obras, cabe mencionar: Madame de Sévigné (1887), La fin du paganisme (1891), Tacite (1903), La Conjuration de Catilina (1905) (Extractado de VIAF: http://viaf.org/viaf/41170).
  10. Ver nota al pie de PB.12.01.06 o índice onomástico.
  11. Ver nota al pie de PB.18.12.06 o índice onomástico.
  12. Ver nota al pie de PB.08.05.06 o índice onomástico.
  13. “La verdad es todo lo que conseguimos hacer creer”.
  14. No hemos hallado aún información biográfica asociada a este nombre.
  15. “Aproximadamente”.
  16. El título completo es: Récits d’une tante, Mémoires de la comtesse de Boigne née d’Osmond [Historias de una tía. Memorias de la condesa de Boigne nacida D’Osmond]. Mansilla ha hablado de este libro y de la condesa en PB.28.01.08.
  17. Charles Nicoullaud (París, 1854 – Neuilly-sur-Seine, 1925) fue un astrólogo , ensayista y anti-albañil francés. Entre sus obras, se cuentan: Tratado sobre astrología esférica y judicial (1897), Iniciación masónica Iniciación en sociedades secretas (1913), Ideas masónicas (1913). (Extractado de VIAF: http://viaf.org/viaf/34832359).
  18. Charles-Maurice de Talleyrand-Périgord (París, 1754ibídem, 1838) fue un sacerdote, obispo, político, diplomático y estadista francés, de gran relevancia en los acontecimientos de finales del siglo XVIII e inicios del XIX. (Extractado de VIAF: http://viaf.org/viaf/100212837).
  19. Ver nota al pie de PB.28.01.08 o índice onomástico.
  20. François Ferdinand Philippe Louis Marie d’Orléans (Neuilly-sur-Seine, 1818–París, 1900), príncipe de Joinville, fue el tercer hijo varón del duque de Orleans, el futuro rey Luis Felipe de Francia, y de su esposa María Amalia de Borbón-Dos Sicilias. Fue almirante de la marina francesa. (Extractado de VIAF: http://viaf.org/viaf/67267252).
  21. Doña Agustina López de Osornio (Buenos Aires, 1775 – Buenos Aires, 1845), abuela materna de Mansilla, se casó en 1790 con Don León Ortiz de Rozas, Teniente del 2o. batallón del Regimiento de Infantería de Buenos Aires (militar como su hijo Lucio Mansilla y su nieto, Lucio Victorio). Del matrimonio nacieron diez hijos: Juan Manuel José Domingo Ortiz de Rosas (Gobernador Provincia de Buenos Aires 1793-1877), Gregoria Ortiz de Rozas, Andrea Ortiz de Rozas, Prudencio Ortiz de Rozas, Gervasio Ortiz de Rozas, María Dominga Ortiz de Rozas, Manuela Ortiz de Rozas, Mercedes Ortiz de Rozas, Agustina Ortiz de Rozas (madre de Lucio Victorio y de Eduarda), Juana Ortiz de Rozas. (Extractado de Geneanet: https://bit.ly/3khrJtu).
  22. “Mollejas”.
  23. Jean Anthelme Brillat-Savarin (Belley, 1755 – París, 1826), jurista francés el cual ocupó importantes cargos políticos después de la Revolución, es el autor –entre otras obras hoy olvidadas– del primer tratado de gastronomía (Fisiología del Gusto, 1825). La célebre frase “Dime lo que comes y te diré lo que eres” le pertenece. (Extractado de VIAF: http://viaf.org/viaf/22207990).


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