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EL DIARIO

Miércoles 18 de Marzo de 1908

DEL GENERAL MANSILLA


PÁGINAS BREVES

París, febrero 21.

 

“Y dejando también mis digresiones, más largas cada vez, más enojosas, que para mí son fachas y borrones de las mejores obras…”, como diría Espronceda, oigan ustedes lo que los mismos franceses escriben sobre el Salón anual organizado por la Unión de las mujeres, pintores y escultores, que acabo de visitar.

Desde hace algunos años hay verdaderamente un flujo (débauche), de arte femenino lamentable.

¿Por qué la mujer, casi siempre incapaz, debido a esa debilidad que es su encanto, de un dibujo sostenido y nervioso, se empeña con tanta irreflexión como entusiasmo en cultivar precisamente las formas de arte en las que, salvo excepciones, no le es permitido mostrarse personal?

Cuestión de moda, nada más, moda debido al éxito brillante de Madeleine Lemaire[1].

Esto en cuanto a la pintura.

Respecto de la escultura, como los franceses no tienen nuestro tan socorrido sustantivo “mamarracho”, no lo emplean. Pero todos los circunloquios de que se valen, como los arroyos que desaguan en los ríos, ahí conducen terminando el juicio crítico final.

Ya ven ustedes amigos, paisanos y conocidos, cuantos ahí se ocupan en cosas de arte, que en todas partes se cuecen habas…

Para concluir este párrafo, ¿me permiten ustedes una observación muy personal?

Y digo “muy” exprofeso no habiéndola leído en parte alguna. Lo que no significa que no la hayan hecho. Porque, suponiendo que mi existencia se prolongara tanto como la de los hombres de las orientales leyendas indianas, miles de años, tan maravillosa longevidad no bastaría para leer todo lo escrito con signos cuneiformes y jeroglíficos y caracteres diversos más o menos fonéticos.

Mi observación es esta: con un poco de buena voluntad, de fantasía, de imaginación y una retina especial, la mano más torpe puede chapurreando colores pintar un Infierno o un Paraíso dantesco, que el autor verá y otros de sus congéneres imaginarán también. Así me explico los copistas que creen reproducir sus modelos con exactitud de líneas y efectos de claroscuro; y así me explico la mezcla de especies en ciertas exhibiciones; y así me explico, en conclusión, la presencia de un cierto retrato en algunos salones, retrato que más se parece, a veces, a la visita que cándidamente pregunta, ¿quién es?, a lo que la dueña de casa contesta con la misma candidez: ¡pero, hija, que no ves, si es el mío!


¿Será una reacción con Paul Bourget[2] a la cabeza, su comedia “Un divorcio”[3], representada con gran éxito la otra noche en el Vaudeville?

Rara vez los espectadores –las espectadoras principalmente– se retiran a sus casas después de tres horas de emoción diciendo en su interior y en alta voz: ¡Al fin!

Era unánime, al salir, la aprobación y se oía con ligeras variantes que el público pensaba: el divorcio es una contradicción flagrante contra todos los principios de la naturaleza (es la tesis de Bourget).

Siendo la familia una consecuencia, el divorcio, ley social, ataca la ley natural tan evidentemente que es una proposición que no necesita prueba particular, como no la necesita un corolario.

Paul Bourget ha tenido un colaborador, André Cury, su apasionado lector, y uno y otro, autor y lector, se han inspirado en las producciones que ya ustedes conocen.

Siendo como son en el Río de la Plata admiradores de Bourget, raros han de ser los espíritus cultivados que no hayan leído todas sus obras o alguna de estas: “Mensonges”, “Physiologie de l’amour”, “Le Disciple”[4].

Esta obra ardiente, que será, no cabe duda, ya han comenzado, muy discutida reproduce en su desarrollo lo que ya Paul Bourget ha sostenido en la novela; es decir, que si en esta ataca francamente el divorcio en la comedia no va hasta defender la unión libre.

A fuer de leal e imparcial moralista, lo que hace con ingeniosa habilidad es poner las dos tesis frente a frente para que el espectador falle. En cuanto a Bourget y su inteligente colaborador ya han fallado: el primero escribiendo la novela “Un divorce”; el segundo girando alrededor del eje central de aquella.

Llega esta pieza en su hora para contrarrestar enfáticamente a los que, con Briand[5] a la cabeza, digamos, reducen el matrimonio a un simple negocio de contrato, semejante a todos los otros bilaterales.

Quieren estos secuaces de la unión libre, o en todo caso de las cadenas que cualquier día se puedan romper, sin miramiento alguno, haya hijos o no, sin más causal, por ejemplo, que en vez de concordancia lo que ha resultado es discordancia; lo que quieren, decíamos, los susodichos reformadores es que lo que rija la materia sea el artículo 1780 del código, que dice: “Le louage de service fait sans détermination de durée, peut toujours cesser par la volonté d’ une des parties contractants”.

Se llama no andarse con vueltas: estoy cansado de esto, dirá una de las partes, y bastará; se irán ambos dos cada cual por su lado y si “te vide” no me acuerdo.

La comedia y la novela pueden resumirse en dos palabras, siendo insignificantes las diferencias (para efectos teatrales) entre una y otra.

Gabriela, mujer divorciada y que de su primera unión tiene un hijo, Luciano, se ha casado en segundas nupcias con un libre pensador llamado Darras, que ha sabido hacer de su hijastro todo un hombre. No le paga con buena moneda, ¡oh! no, pues viendo que su padrastro se opone a que se case con una mujercita que ha salido de dudas, tiene un hijo, solo halla estas palabras cínicas y crueles que decirle: “Pero esta muchacha, en suma, se halla en la misma situación en que mi madre estaba cuando Vd. se casó con ella”.

Darras echa de su casa al ingrato joven, y entonces comienza para la desgraciada señora Darras, privada de la presencia de su hijo, una existencia tristísima.

La pobre mujer acaba por experimentar una decepción, más acerba que todas las otras, el día en que, libre completamente por la muerte de su primer marido, ve que su segundo le rehúsa en razón de sus principios al hacer bendecir su unión por la iglesia. Abandonar el hogar conyugal es el pensamiento que la obsesiona; pero un sacerdote le aconseja que sufra y la pobre se resigna a su suerte.

Lo propio que en la novela, la comedia no pone en escena tipos antipáticos, pues la misma muchacha que no supo defenderse tiene un carácter atrayente por su generoso desinterés.


La debutante mademoiselle Kousnietzoff está haciendo furor en Fausto[6], dicen los que entienden de música.

La Margarita que encarna canta deliciosamente, añaden.

Y con este motivo vuelve a hablarse del fiasco de Gounod[7] la primera vez que se dio su partitura.

Es de no creerlo. Pero el hecho helo aquí; el editor Choudens[8] le compró en tres mil francos sus derechos de autor, y por favor, no obstante que ya tenía gran reputación. El favor ese le produjo a Choudens más de cuatro millones de francos; lo que, afirman los contemporáneos, Gounod nunca se lo perdonó.

Henri Rochefort[9], entre otros, lo dice al referir ciertas anécdotas de hace cincuenta años, cuando él no sabía jota de música.

En esto, como en tantas otras cosas, la opinión tarda; pero al fin acaba por decir “mea culpa” como en el caso presente y en el de Rossini con su “Guillermo Tell”.

Si los sepulcros tienen oídos, ¡qué colosal satisfacción!


Dos folletos del mismo autor, un incansable, me llegan.

Todo lo suyo es oportuno. Tiene otra recomendación: en este siglo de números lo apoya en cifras.

“Las provincias con subsidio nacional” es el tema, dilucidado con claridad y sensatez.

Sí, en principio tiene razón Joaquín González[10] en su comentario; pero ese beneficio de carácter transitorio ha de continuar mientras exista en la constitución el artículo 67 inciso 8.

La cuestión práctica entonces queda reducida a esto: el uso que hace la provincia favorecida (cuyos diputados se encargarán de demostrar que no puede ser sino el mejor).

¿A qué quebrarnos tanto la cabeza? Mientras haya provincias pobres, subsidio ha de haber también. Y ¿qué es una provincia pobre? Me parece dificilísimo explicarlo. Una provincia con muchos recursos puede no tener rentas. ¿Por qué? No me meteré en ese berenjenal. La cuestión capital o el llamado socialismo científico.

Paso pues al otro folleto: “el servicio de policía”; lleno de buenas indicaciones. Y no tengo empacho en decir, sean cuales sean sus deficiencias, que no hay en Europa, ni en Norteamérica, una ciudad tan populosa como Buenos Aires con mejor, ni siquiera con igual, policía.

¿Quién, por ahora, no duerme tranquilo ahí?

¿Y aquí?

Buenas noches…

Las causas, algunas de ellas, no me parece que sería en extremo difícil determinarlas. Pero ustedes saben, cuando de estos y otros negocios me ocupo, no queriendo abusar del atento lector, con dar mi opinión me contento.


  1. Madeleine Lemaire (1845 – 1928) fue una pintora y acuarelista francesa de la aristocracia parisina, famosa por sus pinturas con flores. Robert de Montesquiou solía decir de ella que era la «emperatriz de las rosas». Amiga de Marcel Proust y de Reynaldo Hahn. George Painter, biógrafo de Proust, considera que fue en ella en quien se inspiró Proust para crear su personaje de Madame Verdurin de En busca del tiempo perdido. (Extractado de VIAF: http://viaf.org/viaf/51835189).
  2. Paul Charles Bourget (Amiens, 1852 – París, 1935) fue un escritor francés, novelista prolífico, dramaturgo y ensayista, de ferviente orientación católica y miembro de la Academia Francesa. Escribía ya poesías (Au bord de la mer, 1872; La vie inquiète, 1875; Édel, 1878; Les aveux, 1882) cuando aparecieron sus primeras novelas, Cruelle énigme (1885), Un crime d’amour (1886), Mentiras (1887) y André Cornélis (1887). Sus principales obras críticas son: Teoría de la decadencia (1881), donde intentó responder a algunas tendencias literarias y al naturalismo y Ensayos de psicología contemporánea (1883), una serie de trabajos donde analizó los problemas morales de Francia y consideró los valores de autores como Hippolyte Taine, Ernest Renan, Charles Baudelaire, Gustave Flaubert y Stendhal. Posteriormente abandonó la crítica y se volcó en la novela, logrando un importante éxito con El discípulo (1889), texto en el que se revela muy preocupado por la psicología erótica de sus personajes y donde presupone la necesidad de una renovación moral para el sujeto y una reacción vital contra las actitudes individualistas. Renovó su mirada crítica hacia Taine y provocó una famosa polémica entre Ferdinand Brunetière (moralista y director de la Revue des Deux Mondes) y Anatole France (librepensador y crítico literario de Les Temps). (Extraído de Ruiza, M., Fernández, T. y Tamaro, E. (2004). Biografía de Paul Bourget. En línea: https://bit.ly/2RpIPZU). (También en VIAF: http://viaf.org/viaf/29530799).
  3. Bourget, Paul. Un divorce. Paris: Plon et Nourrit, 1904. [Un divorcio]. En esta obra, y como puede inferirse del comentario de Mansilla, Bourget se declara contrario al divorcio, juzgándolo, como le hace decir a uno de sus personajes, el abate Euvrard, peligroso para la familia y para la sociedad.
  4. Bourget, Paul. Mensonges. Paris: Lemerre, 1887. [Mentiras]; Physiologie de l’amour moderne. Paris: Lemerre, 1891. [Fisiología del amor moderno]; Le Disciple. Paris: Lemerre, 1889. [La disciplina].
  5. Ver nota al pie de PB.18.12.06 o índice onomástico.
  6. Faust fue una grand opéra en cinco actos con música de Charles Gounod y libreto en francés de Jules Barbier y Michel Carré. Se trata de una adaptación a pieza teatral, titulada Faust et Marguerite, que realizaron Barbier y Carré a partir de la primera parte de Fausto, de Goethe. Se estrenó en el Théâtre Lyrique (Théâtre-Historique, Opéra-National, Boulevard du Temple) en París en 1859.
  7. Ver nota al pie de PB.16.03.06 o índice onomástico.
  8. Puede hallarse información sobre este editor en Iglesias Martínez, Nieves; Lozano Martínez, Isabel. La música del siglo XIX. Una herramienta para su descripción bibliográfica. Madrid: Biblioteca Nacional, 2008. https://bit.ly/32tCh2Q.
  9. Ver nota al pie de PB.15.03.07 o índice onomástico.
  10. Ver nota al pie de PB.27.11.06 o índice onomástico.


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