Otras publicaciones:

9789877230246-frontcover

Book cover

Otras publicaciones:

9789877230413-frontcoverjpg

9789877230031_frontcover

EL DIARIO

Lunes 10 de Febrero de 1908

DEL GENERAL MANSILLA

­


PÁGINAS BREVES

París, enero 11.

 

Me vine de mi tierra, la última vez, con un baúl lleno de productos argentinos, productos de esos que Voltaire llamaba “vil prose”.

Pero como yo no soy monsieur de Voltaire sino un admirador de cuanto bueno y malo germina y crece, con más o menos lozanía, en mi terruño nativo, en vez de expresarme como el famoso burlón, les dirá a ustedes lo que ya sospechan: que mi tal baúl contenía libros, folletos y publicaciones diversas, en prosa y en verso, y en un género modernísimo, que no es prosa ni es verso, llamándose estadística.

Como ustedes confieso (presuponiéndolo quizá temerariamente) que el tal género, especie de volapuk[1], mediante el cual las cifras no siempre dicen la verdad completa.

Confieso, repito, que lo mismo que si estuviera ingurgitando adormidera me da sueño: se me cae el libro de las manos, lo recojo, sigo, nada, el sopor es invencible, la vista se anubla.

En cuanto a su mayor o menor utilidad, de acuerdo: hasta los libros mal hechos, los mismos malos libros algo suelen enseñar siquiera sea una palabra rara, exótica, ignorada.

Departiendo como estamos sin mayor ceremonia, a manera de antiguos conocidos, han de permitirme ustedes que no siga a los dramaturgos clásicos, vale decir que no observe la regla consabida de la unidad.

Lean ustedes que pido excusas si las digresiones se encadenan, y que no voy a ello de rondón.

Los libros esos, y demás, ahí están sobre una de las dos mesas laterales, que franquean mi escritorio.

Los vengo mirando y mirando y más de una docena de veces me he dicho: ¿cuándo se ocupa usted de eso? es decir, de leerlos. Porque en esto, lo mismo que en tantísimas otras cosas, lo primero es lo primero.

Voy a ello.

Más antes una nota triste.

Tengo la visión interior tan instantánea y tan múltiple que a la manera de un mecanismo cinematográfico las imágenes cerebrales se suceden con tal rapidez, que si no me detengo ante la que primero aparece, corro el riesgo de que las que se siguen borren la huella mnemónica de las anteriores.

En términos corrientes: se me ocurren tantas cosas al mismo tiempo que no es posible hilvanarlas metódicamente, sino como caen, con precipitación fugaz.

Ahora mismo, en este mismísimo instante, rápido como el movimiento de una chispa eléctrica, queriendo concluir lo que voy diciendo, ya estoy pensando en otros párrafos inconexos entre sí que vendrán sucediéndose en pos del que concluyo aquí.


¡Luis María Campos[2]!

¡Muerto! ¿Él?

Él, que no esquivó su cuerpo a la metralla, cae así, apagándose lentamente.

Y cae casi joven todavía.

Radetzki mandaba una batalla a los ochenta y tres años, derrotando en Nosara al infortunado Carlos Alberto.

Las balas no le habían alcanzado en cien combates.

En Florencia, se resbala un día de gala en el salón de la corte; se rompe una pierna, las consecuencias son: morir prosaicamente a los 92 abriles, ¡92!

Misterios e ironías de la casualidad, esa espada de Damocles perpetuamente sobre la cabeza de todos los mortales sea cual sea su condición.

¡Luis María! ¡Amado Luis María!

Nos amábamos.

Que alcen tu estatua en la plaza de la Libertad.

Por ella combatiste desde la infancia, siempre animado de patriótico ardor.

Fuiste un noble ejemplo paladín argentino “sans peur et sans reproche[3]”.

En el zócalo del monumento que perpetúe tu memoria yo esculpiría análoga leyenda: “Al valor sin tacha”.


¿Y los libros?

Son tantos que a la verdad no sé por cuál de ellos empezar teniendo como tengo la obligación de responder a una amabilidad con otra.

Uno lujosamente empastado, en cuyo dorso leo de lejos “A través del mundo”, C. A. Aldao[4], me está tentando. Ya lo he leído, naturalmente. Pero otro que también he leído, de envoltura más modesta, a la rústica, con tapa mordoré[5], parece observarme. No desdeñen Vds. a los humildes. Pues por él comienzo mi rápida revista crítica.

Se titula “Hacia la historia[6]”. ¡El doctor Francia! Y el autor, simpático autor, se llama Julio Llanos[7].

Sigo con interés, y él lo ignora, a este escritor de mi tierra desde que comenzó a hacer sus primeros palotes literarios.

Tiene un estilo fácil, elegante, que se ha perfeccionado con el tiempo y un criterio grave.

Las páginas sobre el doctor Francia[8] contienen así observaciones rigurosas, cuanto merecidas, que perfilan bien, muy a mi entender, la figura extrañamente sombría del neurasténico de la tiranía paraguaya, figura que muy atinadamente dice Julio Llanos, “no surgió del ambiente que era manso, disciplinado, genuina proyección moral de las célebres Misiones”.

Francia pudo realizar algo como una “utopía” a lo Tomás Moro[9].

No hay explicación plausible del por qué hizo todo lo contrario.

Son hechos que obedecen a leyes inescrutables.

El hombre tomado individual o colectivamente tiene su destino.

Y éste que llamaré episodio heteróclito de crueldad en la infancia de un pueblo digno de mejor suerte me hace recordar lo que dice Lamartine en los “Girondinos”:

« …il n’y a de pires tyrans que les esclaves[10]… ».

Francia no había nacido libre, convenido.

Padecía de extrañas morbosidades, de acuerdo también.

Pero es que el tirano puede ser el pueblo mismo, la tribu, sin darse cuenta de su abyección en la desgracia de su pasividad resistente.

Encarnado así el opresor en una entidad de circunstancias, más o menos genuina o extravagante, el instrumento forjado por la inconsciencia no se quebrará sino cuando el cuadrante del tiempo marque su hora postrera, y la alborada de otra vida.

Lo que venga será no obstante emergente de lo que pasó –relación de causa a efecto retardando necesariamente– por tanto, el monumento histórico de las reivindicaciones finales en la incesante evolución y transformación de cuanto se contiene en el cosmos.

Perfectamente. Pero esta clase de hombres adventicios, rarísimos en la historia, son para mí como esfinges, lo confieso. Concibo a todos los Melgarejo[11] de Sud América “ed altri siti”; a Francia no lo entiendo.


Kipling[12] está a la moda y más rico que antes.

Los dos hechos provienen de la misma y única causa: ha obtenido el premio Nobel.

No hay uniformidad de opiniones, al respecto, aunque escritores eminentes como Melchor de Vogüe[13] y otros de no poco coturno hayan aplaudido el veredicto del comité de los jueces noruegos.

Las críticas referentes a otro de los premios –el de la Paz– no faltan tampoco.

El inventor de la dinamita no era en manera alguna un ideólogo.

Con razón ha escrito un colaborador del “Times[14]”, y en francés, como para que los que entienden sean el mayor número:

“Une année ils fort cadeau de cet argent (200.000 francs) aux secrétaires du Bureau des Congrès de la Paix l’année suivante au Président de ces Congrès, plus tard à l´auteur du cri « A bas les armes!” Ensuite ils laisseront empocher le prix aux voyageurs pacifistes qui se donnent beaucoup de peine pour le rapprochement” et la conciliation” des nations… Sur le papier, de plus on fait seulement des discours contre les armées et pour les dés armement général, mieux on est sûr d’avoir dans sa poche une assez ronde somme d’argent, appelée gentiment, le Prix de la Paix! Il est vraiment décidable que cet état des choses cesse promptement. Il faut que le Prix de la Paix cesse d’être compris comme un encouragement de lutter contre les lois immovables de la défense nationale. Il est absolument nécessaire qu’il devienne le couronnement des mérites positifs et des faits réels dans le domaine «de la fraternité des nations et de leur vie commune et pacifique»[15].

Efectivamente es en verdad de desear que semejante estado de cosas cese.

Pero… en todo lo que es humano hay siempre un algo más fácil de rastrear que de atreverse uno a decir en qué consiste; que hoy puede ser que el jurado tenga el mismo pelo, es decir, que todos sus miembros pertenezcan a la misma secta, y mañana, después qué…

El paralelo entre el autor de “Kim” y otras singulares producciones como “El libro de la Jungle[16]” y Shakespeare no creo que resista a la acción del tiempo.

Cuando “Otelo” y “el Rey Lear” sobrevivirán se estará muriendo, o habrá muerto del todo, este laureado y premiado que muchos ingleses mismos necesitan glosarlo para entenderlo bien.

Y aquí me detengo, o altero mi regla y no quiero alterarla, persistiendo en ser díptico hasta donde sea posible.

Agregaré no obstante algo personal, valga lo que valiera.

Conocí muy de cerca al inventor de la dinamita.

Nada de bello ni de seductor tenía. Era un hombre como hay muchos.

Visitaba a los míos, aquí, en París.

Sus millones no alcanzaron a tentar a una de mis hijas.

Me pregunto ¿y si hubiera sucedido lo contrario habría un premio Nobel?

Pequeñas causas, ya saben ustedes lo que suelen producir.

¿Y qué más?

Me limitaré a picar la curiosidad del lector.

Sorpréndanse ustedes si les digo que si yo existiera Eugenia Montijo no habría sido emperatriz de los franceses, lo mismo que si yo no hubiera estado en Chile siendo capitán, ni Sarmiento habría sido presidente, ni Balmaceda tampoco.

¿Invento, sueño?

Ni lo uno ni lo otro.

Ni estoy dormido ni desvariando.


No pienso vivir tanto como la pareja de que hablo más arriba. Ciento veinte me parecen mucho. Me contentaré con un siglo ¿y por qué no? Acaba de morir de 103 años el capitán Pierre Loirat, decano de los marinos mercantes de Francia, que estuvo en la batalla de Narvarino.

Quiere decir entonces que es en la segunda parte de “Mis memorias” (según lo prometo en las ya publicadas con el subtítulo de “Infancia Adolescencia”), donde los que ahora son de este mundo y los que en pos de ellos vengan, hallarán si viven, como lo deseo, la aclaración de lo dicho haciendo de ello prudente misterio[17].

Cuando hemos llegado a la mitad del camino, según la expresión de Dante (antes a veces), todo el que ha tenido algún contacto con el mundo posee secretos, de hombres y mujeres, que revelados trastornarían todo el círculo que le rodea.

De ahí que los meros hechos eclipsarían todas las novelas si las mismas complicaciones del relato no nos prohibieran su divulgación. De ahí la dificultad de la historia.


Ahora, otro “son de cloche[18]”, como dicen los franceses, y para que ustedes no pierdan la esperanza de seguir gozando de la luz de las estrellas.

En Isonbolgi, aldea de Hungría, acaba de celebrar su centenario “matrimonial” una interesante pareja de apellido Szathmari.

Se casaron teniendo ella 16 y él 20.

Están en perfecta salud, un poco sordos no más (no es tanta desgracia, porque como alguna vez le dije al señor don Vicente López, que se me quejó en el Congreso de que no oía: mejor, así oirá Ud. menos dislates).

Ella se ocupa de los quehaceres domésticos sin fatiga; él fuma su buena pipa; ambos comen con excelente apetito y duermen más horas que las que pasan despiertos (¡qué suerte dormir!).

Gozan de una pequeña pensión, y el popular emperador y rey Francisco José frecuentemente pide noticias de cómo están.


Ya que Kipling está a la moda, según más arriba lo he dicho, he aquí una anécdota sobre él que acabo de leer en un diario de Londres. Es chusca y como para excitar la envidia de todo fabricante de libros.

Tenía (o tiene) Kipling, no le conozco ni de vista, la costumbre de pagar con cheques sus más mínimas compras.

Un cierto día poniendo las cosas en orden se halló con que el saldo que tenía la última vez no había disminuido.

Estaba lo más intrigado…

Caminaba lo más preocupado con la idea de llegar hasta el banco para ver.

Pero al pasar por la casa de un amigo –su admirador– se dijo “entremos” y entró, y vio.

Era un coleccionista de autógrafos. Varios cheques firmados “Kipling” adornaban las paredes, en cuadritos con marco dorado.

Los acreedores de Kipling hallaban más ventajoso vender sus cheques, con premio a veces, que tomarse la molestia de cobrarlos.


La dificultad en hacer buena política suprimiendo o corrigiendo vicios o males inveterados orgánicos, consiste en que el hecho de desaparecer los síntomas no implica que los métodos curativos hayan sido en realidad, suficientemente radicales y drásticos.


  1. Del latín tardío idioma ‘peculiaridad de estilo’, ‘lenguaje propio de un autor’, y este del griego ἰδίωμα idíōma, der. de ἴδιος ídios ‘privado, particular, propio’. 1. m. Lengua de un pueblo o nación, o común a varios. 2. m. Modo particular de hablar de algunos o en algunas ocasiones. En idioma de la corte. En idioma de palacio. Diccionario de la Real Academia Española. En línea: https://dle.rae.es/idioma.
  2. Luis María Benito Campos (Buenos Aires, 1838 – Buenos Aires, 1907) fue un militar argentino que participó en la Guerra del Paraguay, entre otras. Fue ministro de Guerra en tres oportunidades. Era hijo del coronel Martín Teodoro Campos y hermano de los generales Julio y Manuel J. Campos. (Extractado de VIAF: http://viaf.org/viaf/59046188).
  3. “Sin miedo y sin reproche”.
  4. Comentará este libro en detalle en la PB.13.03.08.
  5. Color bronce, amarronada.
  6. Creemos que se refiere al libro titulado El Dr. Francia, de Julio Llanos (Buenos Aires: A. Moen Hnos., 1907).
  7. No hemos hallado información biográfica sobre Llanos. En el catálogo de la BNMM se encuentran bajo su nombre –además de la que menciona aquí Mansilla– las siguientes obras: Camila O’Gorman (Buenos Aires: La Patria Argentina, 1884), Arturo Sierra (Emilio de Mársico, 1884), La cuestión agraria (La Plata: Taller de Impresiones Oficiales, 1911), Los yankees del sud reconocidos por los yankees del norte (Roma: Enrico Voghera, 1909), El capitán Morillo (1919). Sobre este autor, existe el libro de Teresita Frugoni de Fritzsche, Un folletinista olvidado: Julio Llanos. (Buenos Aires: Universidad de Buenos Aires, Instituto de Literatura Argentina, 1972).
  8. Se refiere a José Gaspar Rodríguez de Francia, dictador del Paraguay.
  9. Thomas More (también conocido por su nombre castellanizado Tomás Moro, o por su nombre en latín Thomas Morus y venerado por los católicos como santo Tomás Moro)​ (Londres, 1478Londres, 1535), fue un pensador, teólogo, político y humanista inglés, poeta, traductor, lord canciller de Enrique VIII, profesor de leyes, juez de negocios civiles y abogado. Su obra más famosa es Utopía. En ella busca relatar la organización de una sociedad ideal, asentada en una nación en forma de isla del mismo nombre. (Extractado de VIAF: http://viaf.org/viaf/29541174).
  10. “No hay peores tiranos que los esclavos”.
  11. Creemos que se refiere a líderes como Manuel Mariano Melgarejo Valencia (Tarata, intendencia de Cochabamba, 1820 – Lima, 1871), militar y político boliviano, décimo quinto presidente de la República de Bolivia, desde el 28 de diciembre de 1864 hasta su caída el 15 de enero de 1871. (Extractado de VIAF: http://viaf.org/viaf/8711239).
  12. Ver nota al pie de PB.11.06.06 o índice onomástico.
  13. Ver nota al pie de PB. 27.03.06 o índice onomástico.
  14. Ver nota al pie de PB. 08.03.06 o índice de publicaciones periódicas.
  15. “Un año regalaron mucho este dinero (200,000 francos) a los secretarios de la Oficina de Congresos de la Paz, al año siguiente al Presidente de estos Congresos, más tarde al autor del grito “¡Abajo las armas!”. Luego dejarán que los viajeros pacifistas se queden con el premio, que hacen todo lo posible para reunir “y reconciliar” a las naciones… Sobre el papel, cuanto más discutamos contra los ejércitos y para el desarme general, mejor estamos seguros de tener en nuestro bolsillo una suma bastante grande de dinero, ¡muy bien llamado Premio de la Paz! Es realmente decisivo que este estado de cosas cese pronto. El Premio de la Paz debe dejar de entenderse como un estímulo para luchar contra las leyes inamovibles de la defensa nacional. Es absolutamente necesario que se convierta en la corona de los méritos positivos y de los hechos reales en el campo de `la hermandad de las naciones y su vida común y pacífica´”.
  16. Ambas obras, The Jungle Book (El libro de la selva, 1894) y Kim (1901), son de Kipling.
  17. Esta segunda parte nunca se publicó (ni sabemos si Mansilla la ha escrito verdaderamente). La primera parte a la que refiere se publicó bajo el título Mis Memorias en París, a través de la editorial de los hermanos Garnier, en 1904.
  18. “Tañido de campana”.


Deja un comentario