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EL DIARIO

Lunes 14 de Diciembre de 1908

DEL GENERAL MANSILLA


PÁGINAS BREVES

París, noviembre 18.

 

La cámara de los diputados francesa ha consagrado una sesión al tan debatido asunto (y cómo no): la pena de muerte.

Elocuentes discursos, a cual más repleto de estadística contradictoria, han sido pronunciados. ¿Y? el país escucha, si es que escucha, la controversia filosófica como si estuviera oyendo llover. Es claro, mejor sería que votaran cuanto antes. ¡Qué enfermedad el palabreo latino!

Las opiniones están hechas. La mentalidad moderna no considera la pena capital como una venganza ejercida contra los asesinos.

Si la considerara padeceríamos de los sentimientos de la antigüedad, que son todavía los de la raza amarilla, y restableceríamos las torturas que de tanto favor gozan en la gran China.

No. Los partidarios del cadalso no ven en él, sino un medio de defensa social contra el crimen. Piensan que el temor de la expiación suprema puede aterrorizar a los matadores y detener su brazo.

La tesis contraria querría no castigar derramando más sangre. Aquí, en Francia, de hecho, la pena de muerte está abolida. Pero cifras, no contradichas como otras, demuestran que la clemencia es contraproducente: el crimen ha crecido horriblemente.

Lo que me llama más la atención (ahí en América, en nuestra América del Sur, no pasan las cosas así); lo que me llama más la atención, decía, es que aquí el móvil del matador es generalmente el robo.


Un espejo en el que todavía no nos miramos, helo aquí:

Los 466.000 varones que han nacido en Francia, en 1886, han dado veinte años después, 223.000 soldados buenos para el servicio.

En 1900 el número de nacimientos masculinos bajó a 426.000.

El de los conscriptos que serán llamados en 1921 no pasará, pues, de 195.000, o sea 28.000 hombres menos que en 1907.

Con el servicio de dos años esto representa para Francia una pérdida de 56.000 soldados.

Lo que puede traducirse así: dentro de trece años su ejército contará con una veintena menos de regimientos.

¿Qué se hará para colmar ese déficit?

Porque el cálculo parece bien basado, apoyándose como se apoya el que lo hace, que es el diputado Mesimy[1], en la disminución progresiva de la natalidad; lo contrario de lo que pasa en Alemania, una conejera.

El señor Mesimy, a quien debo las cifras apuntadas, contesta a ese que se hará así: habrá que modificar los cuadros, que hacer desaparecer “las compañías esqueletos y los batallones anémicos” y que introducir en Argelia el sistema de los llamamientos.

Para los que se reenganchen propone condiciones particularmente favorables.

Todo esto parece muy bien. Pero a juzgar por lo que pasa en Bélgica, donde el enganche, lo mismo que en Alemania, baja todos los años, no me parece que esta medida esté destinada a dar muy satisfactorio resultado.

Con los pasajes y medios de transportes fáciles y baratos la inmigración halla todos los días nuevos canales para el trabajo, y el enganche se hace cada vez más renuente hasta en Inglaterra, país de enganche por excelencia.


Así como la vida física reside en una célula imperceptible, sin que nadie haya podido, hasta ahora, explicar el misterio psíquico de tan admirable fenómeno, así también todo un voluminoso libro puede contenerse en la idea alrededor de la cual gira el pensamiento del filósofo, como si dijéramos un satélite contorneando su planeta.

El punto central del hermoso libro que acabo de leer, admirando la información fecunda de su autor, está todo entero en el texto de A. Fouillée[2], que lo encabeza.

A poco andar lo veremos.

Tengo antes que decirle al doctor Rivarola[3] ¡mil gracias! por el instructivo e interesante envío: “Del régimen federativo al unitario”[4].

Como ha sido pensado está escrito el luminoso estudio, con gravedad.

Desde el principio hasta el fin se encadena con eslabones metódicos, ordenados, más todavía, 1ógicos, dentro de la tesis de su autor.

Tiene un estilo fluido, corriente, que se mueve al alcance de todo lector medianamente ilustrado, lo que es raro en esta clase de trabajos.

En una palabra, confirma la sentencia del filósofo: “no hay libro que algo no aporte”.

Pero con un aditamento: que este aporta mucho, siendo como es, en efecto, una reseña sintética de la larga crisis argentina en la lucha por constituirse.

Luego si yo le he dicho ya al doctor Rivarola ¡gracias! la pluralidad de mis paisanos tiene que manifestarse reconocida ante una labor didáctica tan considerable.

Y digo didáctica porque enseña mucha historia argentina, aunque pecando en algunos casos de cierto formulismo científico; a tal extremo que hay pasajes en los que tan perentorio se muestra que solo falta, digamos, la ecuación demostrativa.

Como de propósito deliberado no he de explayarme mucho, “et pour cause[5]” me apresuraré a decir en lo que estoy pensando, después de haber leído la frase del introito:

“Este libro aspira a promover la discusión del dogma federalista, que vive en la creencia de los argentinos, dogma que se discute perece, y el federalismo argentino perecerá”.

Es posible. No lo creo, no lo espero, no lo deseo.

¿La razón?

Que no es un federalismo rígido, sino una transacción con el unitarismo. De ahí la necesidad de algunas reformas.

Lo he escrito no pocas veces en momentos distantes y distintos.

Estoy pensando, decía, en Taine[6].

Dice él en el prefacio de los “Orígenes de la Francia contemporánea”. “Se trata de “descubrir” (la constitución nueva, apropiada, durable), de descubrirla, si existe, y no de hacerla votar”.

Serían vanas nuestras preferencias al respecto; de antemano la naturaleza y la historia han elegido para nosotros; corresponde a nosotros el acomodarnos con ellas, porque es seguro que ellas no se acomodarían con nosotros.

La forma social y política en la que un pueblo puede entrar y “permanecer” no está librada a su antojo sino determinada por su carácter y su pasado…

He ahí porque, si llegamos a hallar la nuestra, no será sino estudiándonos a nosotros mismos; y así cuanto más precisamente sepamos lo que somos con tanta más seguridad desenredaremos lo que nos conviene.

Se deben, entonces, invertir los métodos ordinarios y figurarse la nación antes de redactar la constitución…

(Fue lo que hicieron con bastante acierto los primeros constituyentes unitarios y federales después de Caseros).

Con esto de la unidad política –me refiero al dogma, como se comprende, de ello se trata– sucede lo que con el principio de las nacionalidades.

No es una palabra vana. Son afirmaciones, sus aplicaciones hace fecha que agitan el universo.

Ha llegado a ser el “credo” no solo de las antiguas patrias que aspiran a desarrollarse, sino de las razas que se esfuerzan en constituir o reconstruir su unidad.


Invocando a A. Fouillée, y mostrando su inclinación “unitaria”, lo de siempre en estos casos, aunque no haya antecedentes militantes, ¿qué dice el autor?

El sabio ha escrito:

“Encargad a un hombre instruido que os cuente una historia, y siempre aparecerá su parcialidad”.

Dice Rivarola, (traduzco lo que él pone en francés): En la sociedad lo mismo que en sí, el hombre concibe y quiere la unidad; a su sentido filosófico le choca toda conducta que tiende a la disolución y a la ruina del conjunto, a la realización del desorden, de la multiplicidad sin ley y sin regla.

Me huele esto un poco a una tesis escolástica sobre el orden universal.

Yo diría más bien, con Emerson[7], saturado de americanismo: para vencer el poder deletéreo del temperamento, de la raza, que nos rebajan, aprendamos esta lección: que forzando diestramente los dos elementos de individualidad y de universalidad a estar juntos, como los hallamos en la naturaleza, atraemos bajo una forma cualquiera la divinidad y la obligamos a compensar nuestro sufrimiento o nuestra parálisis.

Lo repito. No es un cambio de régimen lo que necesitamos.

Hay que corregir en algo el instrumento, en mucho quizá, convenido: sobre todo los hombres, su educación política, para poder propalar como escribía hace pocos días el “Times[8]”, o sea su corresponsal de Nueva York, hablando del posible triunfo de Taft[9]: “He carries the spirit of the Constitution of the United States in his very blood”. “Lleva el espíritu de la Constitución en su misma sangre”.

Hay que cambiar, como diría Taine, las grandes presiones “environnantes”[10], el ambiente digo yo, el medio activo, que restablecer el equilibrio, la armonía, creando así un nuevo ser en el alma cívica argentina.

El mínimum “de guarangaje” letrículo sutil en las prácticas gubernativas y de compadrazgo administrativo dispuesto a todo, si hay perspectivas de provecho en la bolada, he ahí lo que me parece más urgente en nuestra democracia republicana que volver “atrás”…

Y así me expreso porque creo que el país, con muchos o pocos ciudadanos, siendo país cosmopolita, de aluvión de razas, es federal en sus tendencias.

Organizada definitivamente la república, con capital desproporcionado, o no, los sacudimientos más o menos intensos, más o menos extensos, no han tenido por causa la constitución “ab origine”.

No.

La causa ha sido su ejecución con el paso cambiado, y un cierto horror a entenderse en el conflicto de opiniones o intereses personales en pugna.

Así, ¡cuán lejos estamos de los Estados Unidos de Norte América! Donde un Bryan, después de la derrota le telegrafía a su adversario: “Taft, me habéis vencido, os felicito!”

Concluyo.

Se me figura que es hora de que dejemos tranquilos en sus tumbas junto con otros a Lavalle, que fusiló a Dorrego, y a Urquiza, que fusiló a Rozas, aquél de un modo, éste de otro.

El ideal de la unidad absoluta es una utopía, una quimera.

Ni en tiempo del rey de España sus dominios americanos eran unitarios.

No lo son ahora tomados en conjunto.

Y en todas partes, el régimen municipal, forma autonómica, tiende a prevalecer.

El estatuto es algo. Los hombres son un algo más.

Un banco con excelente carta orgánica y directores incompetentes, o sin escrúpulos, será un desastre.

Una sociedad cualquiera en manos de hombres idóneos dará dividendos seguros.

Afirmar que la lucha argentina entre unitarios y federales ha sido por palabras es confundir un hecho con una aspiración.

En el orden material o físico, las cosas son antes que las palabras demostrativas.

En el orden metafísico o abstracto las palabras se refieren a cosas por crear, a ideales.

El federalismo era para unos un anhelo. Para otros lo era el unitarismo.

Y el entrevero fue personal porque “también los hombres son representativos: primero de cosas, después de ideas”.

El ardor de las convicciones trajo los excesos.

El desierto era un argumento en favor de la federación.

Los unitarios creían que era un peligro para la integridad de la patria.

Exactamente como ahora.

Estos arguyen con los ferrocarriles y demás medios que acercan, pensando para qué tanta federación. Aquellos, todo eso que tanto acerca y achica el país metafóricamente hablando es un peligro, bastante tenemos ya de gravitación hacia el centro metropolitano.

Yo resumo toda nuestra historia desde Lavalle a Rozas en pocas palabras, y digo: lo primero se pudo evitar. Lo segundo, consecuencia quizá en parte, y digo quizá y en parte porque pretextos no habrían faltado, ¡tanta era la pasión!

Fue lo inevitable.

“Quod vult Júpiter perdere, dementat prius[11]”.

El “loco” no estaba en San José, estaba en Palermo.

La lección de la historia es esa.

Pero la inmensa mayoría del país era federal, entonces, como es federal ahora el Sapho que anima nuestra actual constitución.

¿Qué mayoría?, preguntará alguien.

Pero la dirigente, que es el hecho social que en todas partes se observa, hasta en Turquía.

¿A qué, pues, empeñarse en remontar la corriente sin velas?

¡Que la obra es imperfecta!

Ya lo he dicho: enmendamos, corrijamos. En esto coincido con el brillante publicista rosarino.

Pero cuidado con borrar con el codo lo tan penosamente escrito con la mano.

Temería, desarticulando hasta la ablación, que en vez de ganar energías perdiéramos robustez en las iniciativas fecundas de la libertad individual.

Para no incurrir en tamaño error los americanos asombraron al mundo con una guerra formidable. Triunfaron los Estados del Norte, como entre nosotros ha triunfado la federación con sus imperfecciones. Y así la sanción de las armas ha enterrado el pasado y ya allí nadie habla de lo que fue. Solo miran su grandeza futura tratando de perfeccionar en cuanto cabe el ejercicio de su constitución con leyes transitorias.


El emperador de Alemania[12] y su gran canciller se han equivocado esta vez. Detallarlo requeriría lo que no tengo: cincuenta columnas disponibles. Procuraré, pues, ser lacónico como un espartano.

El kaiser confiaba demasiado en su poder y en su prestigio.

Los debates del Reichstag[13] han debido probarle que hasta en los países donde el respeto de la jerarquía y el sentimiento dinástico y leal han quedado intactos, llega un momento en el que los más devotos y los más sumisos soportan difícilmente los excesos de palabra y las incoherencias de conducta, en lo interno y en lo externo.

Es decir, lo que por su naturaleza impremeditada tiende a comprometer la seguridad del país y a disminuir su autoridad dividiendo a la vez la concordia nacional.

No han sido solamente los actos, sino la persona del emperador, la que ha sido criticada, censurada con una libertad tan hiriente de lenguaje que en muchos países parlamentarios, en realidad, no habría sido tolerada.

Hasta ha resonado en el Reichstag una palabra inaudita, y no insinuada veladamente, categórica esta:

“Acuérdate de que antes de ser emperador debes ser patriota”, como si el soberano estuviera en el banco de los acusados.

Esa palabra, en otra parte, habría ocasionado: la censura del diputado, la caída del ministerio y la disolución del parlamento.

Con una añeja constitución “bismarkiana” nada parecido ocurrirá.

El diputado Heine[14] ha exclamado: “No se arriesgarán nuevas elecciones con un programa por o contra el emperador”.

Pero un miembro del partido del imperio, más adherido a la idea autocrática que a la idea parlamentaria, el barón Gamp[15], ha declarado que era de desear que el emperador “conservara las riendas del gobierno”; teniendo sin embargo presente, agregó, que los ministros que emplee guardaran su independencia y que el emperador se pusiera en contacto con los representantes autorizados del pueblo alemán.

En conclusión: la crisis no ha pasado.

En cuanto al príncipe de Bülow[16], por primera vez su gimnasia elegante no ha conseguido ni siquiera hacerse oír con indulgencia, provocando movimientos diversos de desaprobación irónica.

¿Durará?

Le valdrá el haberse convertido en cabrío misario del poder personal. Porque este solo apoya y sostiene a los vencedores y el príncipe de Bülow es un vencido.

Tal es la filosofía de lo que con el mínimum de palabras queda consignado.

Mañana se sabrá si Bülow queda o se va. Somos 17 del mes. Noviembre 18. El canciller se queda dónde está “quand même[17]”. ¿Cuánto tiempo?

Aunque al parecer me contradiga no puedo prescindir de observar, extendiéndome un poco más.

Es un hecho.

“Pero un hecho que aparece preeminentemente indiscutible, fuera de los campos de la crítica, del odio o la admiración, a saber: que desde 1870 la preponderancia de la política bismarckiana se traduce por la paz en Europa y la prosperidad creciente de Alemania. Bismarck no asumió nunca la placidez de un estoico. Su corazón, su honradez, sus instintos fueron siempre alemanes, y jamás aduló a nadie.


Los comentarios pesimistas continúan. Tengo miedo de “no” equivocarme.

Veamos.

Mientras la mayor parte de los diarios ingleses aplaude el último discurso del “leader” en los comunes, señor Asquith[18], respecto de la proporción de las fuerzas navales inglesas con relación a las dos marinas más fuertes, el “Daily News[19]” combate la idea del “criterio de los dos poderes”, y concluye su largo artículo así:

“Los two power standard[20]”.

Este programa naval no calmaría a los “chaurins” del interior y asustaría a los que en Europa temen que nosotros queremos aislarlos y dominar el mundo.

En fin, no hará nada para impedir lo que es el verdadero peligro para la paz del mundo, es decir, que la Alemania inquieta o irritable domine a la Francia, amiga por tierra.

Ningún dreadnought[21] puede ayudar a defender a París…”.


Una invención norteamericana –¡si ya no saben qué inventar en Estados Unidos!– consiste, ¡sorpréndanse ustedes!, en algo que propone el “New York World[22]”, siendo de notar que es un diario demócrata.

Discurriendo desde Cincinato a la fecha, arriba a la siguiente conclusión (el “Times” la ventila largamente, discordando, a ver, adivinen…).

Propone el diario yankee que al presidente cesante se le acuerde una pensión de 5000 libras esterlinas por año; a fin de que cuando vuelva a la vida privada pueda vivir decorosamente, léase, sin rozarse si tiene que trabajar con gente de mala ralea.

Vaya una idea que por surgir en una república nada tiene de republicana.


Cifras estupendas, que asustan al pensar en los pueblos que las aguantan, que tienen hambre.

Informando el diputado francés Gervais sobre el presupuesto de guerra para 1909 ha hecho constar, doy las cifras en globo.

Que las fuerzas de estos seis poderes Rusia, Alemania, Francia, Austria Hungría, Italia y el Japón representan 5037 de millones de francos y 31.700 hombres en disposición de ser movilizados a la primera orden.

Inglaterra está en séptima línea. Cuenta con 555.000 hombres y teniendo menos que Francia bajo las banderas, gasta lo mismo.

En Alemania cada soldado cuesta 1398 francos y en Francia 1150 francos.


El archimillonario Carnegie[23] acaba de publicar un libro, extenso, en el que explica cómo ha hecho la bonita fortuna de 40 (cuarenta) millones de libras esterlinas, que le dan la rentita de 2 (dos) millones de libras[24].

La tierra es para él la más fecunda de las minas; lo que quiere decir, argentinos, que más que todo vale sembrar trigo y criar vacas.


  1. Podría referirse a Adolphe Messimy Marie (Lyon, 1869 – Charnoz, 1935), un soldado y político francés, elegido diputado del Sena de 1902 a 1912. (Extractado de VIAF: http://viaf.org/viaf/2512632).
  2. Alfred Jules Émile Fouillée (La Pouëze, 1838-Lyon, 1912), filósofo francés del Positivismo espiritualista. Entre sus obras, se destacan: La liberté et le déterminisme (1872); Critique des systèmes de morale contemporaine (1883), El porvenir de la metafísica fundada en la experiencia (1889), La psicología de las ideas-fuerzas (1893), La morale des idées-forces (1908) y Esquisse d’une interprétation du monde (1912). Es el creador del concepto de ideas-fuerza, “que integran en unidad indisoluble los elementos aparentemente antagónicos de la actividad y de la pasividad, de la acción y de la inteligencia, de la libertad y del determinismo” (José Ferrater Mora). También en VIAF: http://viaf.org/viaf/32011638.
  3. Rodolfo Rivarola (Rosario, 1857 – Buenos Aires, 1942): abogado, filósofo, profesor, juez y Presidente de la Universidad Nacional de La Plata entre 1918 y 1920. Entre sus obras, se destacan: Instituciones de Derecho Civil, Programa de una Exposición de Derecho Civil (1901); La Constitución Argentina y sus Principios de Ética Política (1928); El Presidente Sáenz Peña y la Moralidad Política Argentina (1914). (Extractado de VIAF: http://viaf.org/viaf/6962941).
  4. Rivarola, Rodolfo. Del Régimen Federativo Al Unitario: Estudio Sobre la Organización Política de la Argentina. Buenos Aires: Peuser, 1908. En línea: http://www.bibliotecadigital.gob.ar/items/show/1303.
  5. “Y por causa”.
  6. Ver nota al pie PB.16.03.06 o índice onomástico.
  7. Ver nota al pie de PB.23.05.06 o índice onomástico.
  8. Ver nota al pie de PB.08.03.06 o índice de publicaciones periódicas.
  9. Ver nota al pie de PB.06.04.06 o índice onomástico.
  10. Anglicismo, derivado de “environment”. La forma correcta es “ambiental”.
  11. “Júpiter, que desea destruir, primero se enoja”.
  12. Ver nota al pie de PB.08.05.06 o índice onomástico.
  13. Senado alemán.
  14. Ver nota al pie de PB. 30.04.06 o índice onomástico.
  15. No hemos hallado datos asociados a este nombre.
  16. Ver nota al pie de PB. 19.01.06 o índice onomástico.
  17. “Sin embargo”.
  18. Ver nota al pie de PB.08.03.06 o índice onomástico.
  19. Ver nota al pie de PB.23.01.09 o índice de publicaciones periódicas.
  20. El “Two Power Standard” hace referencia a una cláusula contenida en el Naval Defense Act (Acta de Defensa Naval Británica), firmada en 1889 en el Parlamento del Reino Unido, en la cual se establece que la Marina Real Británica debía tener tanto poder como las flotas extranjeras, para mantener de ese modo la supremacía internacional. (Extractado y traducido de The Royal Navy National Archives: https://bit.ly/3ixZjuR).
  21. La palabra significa “sin miedo, temerario”, pero se refiere, en este contexto, al acorazado de la Marina Real Inglesa, fabricado en 1906, y que implicó un gran avance tecnológico en la ingeniería naval de la época. (Extractado y adaptado de Dreadnought Project: https://bit.ly/33rr6aa).
  22. The New York World fue un diario publicado en la ciudad de Nueva York desde 1860 hasta 1931. Era el diario vocero del Partido Demócrata, como así también pionero en el periodismo amarillo. Desde 1883 hasta 1911 fue editado por Joseph Pulitzer, con una tirada diaria de un millón de ejemplares. En 1930 se fusionó con Telegram, generando el diario The New York World-Telegram. Los archivos pueden consultarse aquí: https://bit.ly/33srYuX.
  23. Ver nota al pie de PB.17.06.08 o índice onomástico.
  24. La referencia completa del libro al que se refiere Mansilla es: Carnegie, Andrew. Problems of Today: Wealth, Labor, Socialism. With an Introductory Notes by Burton J. Hendrick. New York: sin editor, 1908. [Problemas de hoy. Riqueza, trabajo y socialismo. Con un estudio introductorio de Burton Hendrick].


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