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EL DIARIO

Sábado 4 de Julio de 1908

DEL GENERAL MANSILLA


PÁGINAS BREVES

París, junio 5.

 

El presidente Fallières[1] ha vuelto de su visita a Inglaterra, visita que ha consagrado “la entente cordiale” entre los que combatieron en España y en Waterloo, pujando a cual más por derribarse para que se vea que en el orden humano no hay nada irreducible cuando los grandes intereses nacionales hablan.

Pero está pasando lo que no podía dejar de pasar: la Alemania no oculta su mal humor.

El viaje del rey Eduardo[2] a Rusia, la fiel aliada de Francia según la expresión usual aquí, le molesta en extremo.

En cuanto a la prensa inglesa, después del entusiasmo de los primeros momentos su sentimiento puede traducirse así: “la entente” no es una alianza ofensiva y defensiva, contra nadie, sino una política paralela para asegurar la paz del mundo.

Veremos más adelante…

Por lo que hace al sentimiento francés es un poco más difícil traducirlo, dividido como está este pueblo en partidos intransigentes o reaccionarios.

Pero pretendo no equivocarme afirmando que la situación moral es esta: el cambio de congratulaciones es sin duda una promesa; no nos dejemos sin embargo mecer por una seguridad incierta, que si la Alemania nos invadiera mañana está por verse el apoyo terrestre que nos prestaría la Inglaterra.

Un artículo de la “National Review[3]” firmado “Ignotus (todo el mundo sabe que es un personaje considerable) está llamando la atención; porque entre muchas otras reflexiones hace las siguientes, que acortándolas, reproduzco:

Sí, “la entente” ha sido eficaz; pero no tardará en cesar de serlo.

Porque la Alemania a contar de 1905 ha destinado 312 millones y medio de francos más a sus recursos de ataque, mientras que la Inglaterra y la Francia, juntas, en el mismo tiempo han reducido sus recursos de defensa en 175 millones y medio.

Ahora bien, para pesar eficazmente en la balanza de un conflicto militar y, por consiguiente, para mantener la paz (aquí habla claro y no se hacen ilusiones), sería menester que la Inglaterra pudiera enviar al continente cuatro o cinco cuerpos de ejército, la fuerza militar de que disponen pequeños Estados como la Bulgaria, la Suecia y la Rumania, sin acariciar la idea falaz que a la Francia le bastaría el apoyo que pudiera prestarle en la mar.

Pero es que para eso la Inglaterra necesita un ejército de campaña que no tiene, ejército rápidamente utilizable, completo en todos sentidos; en una palabra, 200.000 hombres, bien provistos de artillería, con fuertes reservas, y tras de todo esto una fuerza territorial de 300.000 hombres.

Añade: que sin la institución del servicio obligatorio procurarse semejante fuerza es para Inglaterra una verdadera imposibilidad.

“Ignotus” concluye diciendo que si “la entente” no ha de ser una palabra vana y un engaño para ambos contratantes en la hora del peligro, es menester que se apoye en una convención militar.

Yo opino que el día en que esté para firmarse esa convención será la guerra. ¿Por qué? Porque el que da primero da dos veces, y porque cuando dos adversarios se preparan, el que ya está listo no le dice al otro: ¡apúrese!


La más estrecha intimidad no basta para descubrir un defecto capital que como fuerza comprimida solo estallará en momento de crisis inesperado.


Hallo en un libro sobre “El genio y la edad[4]” lo que sigue, que todos ustedes, sospecho, han de leer reflexionando.

El obispo Fallows, que tiene setenta y tres años, les ha dicho a sus oyentes, en un notable sermón, que la gente debiera tener “vergüenza” de no vivir por lo menos “cien” años; y que ochenta en vez de cuarenta debiera ser el término medio de la vida.

Y el señor W. A. Norman Dorlan, en el “Century Magazine[5]” trae un catálogo de más de cuatrocientos hombres útiles, a cual más, en diversos órdenes de ideas, que produjeron mucho y bueno después de los noventa y hasta de los cien.

Parece que todo es cuestión: primero de nacer sano; después de una infancia cuidada, y, por último, y aquí está la dificultad, de privarse, o de no abusar de lo que nos causa deleite. La lista es larga. La suprimiremos, ¿no? Todos ustedes la conocen detalladamente.


Unos cuantos minutos sobre la cuestión que Rochefort[6] ha puesto a la orden del día. Es asunto al parecer gatuno, teniendo por nombre “el gato de siete colas”.

En realidad es la famosa disciplina con que en Inglaterra fustigan a los malandrines, que aquí en Francia llaman “apaches”, y en tierra de garbanzos cacos o salteadores, según el terreno en que operan, poblado o despoblado.

Rochefort lo pide para Francia, sosteniendo que en Inglaterra ha tenido la virtud de disminuir el número de los que, con fractura o sin ella, con o sin efusión de sangre, se apropian de lo ajeno o cometen otros atentados, principalmente contra el pudor.

Eugenio Rostand[7], miembro del Instituto y pariente del poeta laureado del mismo nombre, dice: “Yo no sé si se debe azotar en las cárceles; pero sí sé bien que no se debe publicar en los diarios el retrato de los criminales”.

Eugenio Rostand ha escrito mucho sobre criminalidad; es juez, por consiguiente, en tan triste materia.

Su argumentación que es muy larga, puede sintetizarse así: los azotes son una cuestión secundaria (para el que no los aguanta, digo yo), la publicidad de los hechos con todos sus detalles más o menos pornográficos y las siluetas del criminal, eso es lo que a otros induce, sugestionándolos, y hasta excitando su vanidad.

Tales son los puntos que se deben estudiar. Es negocio de los más serios y de interés sociológico-psicológico.

René Doumic[8], otro observador, tan versado en cuanto toca a las pasiones humanas, está, a falta de la guillotina por el “gato de siete colas” y, textualmente escribe: “el miedo de los azotes para los “apaches” es el comienzo de la sabiduría”.

Ergo, agrega, si no se les guillotina, que es lo mejor, por lo menos que sufran siquiera el dolor de los azotes. De las cárceles no se ríen; pero no les infunden terror. Saben que serán hospedados, alimentados y se consuelan con la esperanza de una evasión más o menos remota.

Nada de retrato en los diarios, azotes sí, ya que no se quiere guillotina, y los menos detalles posibles cuando se dé cuenta de un hecho.

Pasamos los sudamericanos en este hemisferio por gentes cuya civilización y cultura, léase humanidad, deja algo que desear. Hay sin embargo un país, cuya colonia es aquí numerosa ya, país que ustedes conocen mucho, en cuya constitución se lee que “quedan abolidos los azotes”, etc., etc.

Si los “apaches” lo supieran, ¡cómo nos admirarían!

A propósito de “apaches” se me ocurre pensar que no pocos de mis lectores han de ignorar el significado de la tal palabra, aplicada par antónoma a los bandidos franceses.

Los “apaches” eran unos indios mejicanos, temibles, astutos, valientes, que dieron tanto trabajo a la civilización como todavía están dando, entre nosotros, algunas tribus del Chaco, a mi juicio porque hemos renunciado al sistema de las reducciones, excelente combinado con la acción militar.


El conde” Tolstoi, que vive como un paisano, que anda descalzo, rozándose con el pueblo, con los “moujiks[9]”, cumplirá, según el calendario ruso, ochenta años el 28 de agosto, o sea el 10 de septiembre en moderno estilo.

Se quiere organizar un “jubileo en su honor. Pero surge una dificultad. Esta. Un jubileo es una gran demostración pública, generalmente acompañada de procesiones, músicas y “speeches[10].

En parte alguna tiene Tolstoi más admiradores que en Inglaterra.

Sostienen algunos que “La Guerra y la Paz[11]” es superior en su género a los “Miserables” de Víctor Hugo, a “David Copperfield[12]” y a “Vanity Fair[13]”.

Yo no sostengo sino lo que ya tengo dicho: que mejor habría sido que el gran hombre ruso se hubiera contentado con producir su susodicho hermosísimo libro, admirable. No leerlo es un pecado literario.

La manía de profetizar y de querer convertir la humanidad a un Evangelio no le ha hecho mayor bien a su fama.

Por mi parte hay en ese Evangelio, reducido a las cinco cláusulas que ustedes conocen, una que no me concuerda con lo que reza mi último librito “Un país sin ciudadanos”.

Ya saben ustedes que Tolstoi preconiza que el hombre no debe ser ciudadano de una nación sino del mundo entero y no irritarse nunca y que, condenando la infidelidad sexual y el divorcio, aconseja no comprometerse jurando y no resistir a la fuerza con la fuerza.

No es hora de discutir puntos tan en extremo graves, siendo únicamente mi propósito decir a ustedes: que los admiradores del gran escritor, en Inglaterra, se hallan en este momento en aprietos. La vida de este hombre es tan extraordinaria, que excomulgado por la iglesia ortodoxa, que escribiendo en plena guerra ruso-japonesa[14] contra tanto derramar sangre, nadie ha pensado en su país, en decirle siquiera ¡silencio! Es, en efecto, una vida de tal humildad apostólica, que todo en ella está protestando contra la proyectada manifestación.

Parece, entonces, que la expresión de sus admiradores se reducirá a hacer lo que se hizo con Carlyle[15] cuando también cumplió los ochenta. Sus amigos, sus admiradores, sus congéneres en el estudio de la historia mandaron acuñar una medalla y se la dedicaron.

Si esto no se hace, se hará lo que se hizo con Watts y con Meredith: sencillamente, se le enviará un gran álbum, o memorial, con la firma y rúbrica de sus más íntimos, por sí y en representación de todos los que respetan al solitario de Jaunaya-Poliana[16].


Un país sin poetas que canten el pasado, el presente, el porvenir, es un país que solo piensa en lo material; un país sin ideales en el que la juventud se envejece antes de tiempo, haciendo horribles estragos en su alma la enfermedad del siglo: el escepticismo.

Anoche he soñado que había leído esto en un libro viejo, que es donde se leen cosas nuevas, o cosas olvidadas; y como entre nosotros los bardos se van, o enmudecen, llamo hacia ello la atención de los que nos pisan los talones diciéndoles: ¡Cantad!


Mucho se está escribiendo sobre lo que llamaré la “ilusión legislativa”.

En mi último librito “Un país sin ciudadanos[17]”, que el lector de estas páginas habrá quizás leído, citaba yo de memoria algo de Herbert Spencer, relacionado con el susodicho tema.

Tengo ahora a la vista el texto completo del eminente sociólogo que dice así: “…el número de medidas legislativas abrogadas enteramente o en parte, o enmendadas durante los tres últimos años, 1870, 1871, 1872, ha sido de 3532, siendo de notar que entre ellas 2759 fueron totalmente”.

Herbert Spencer[18] hace una reflexión: multiplicad las leyes citadas más arriba y los males que han causado por diez, o por un número más alto, y podréis haceros una idea de la suma de males causados por leyes hechas sin conocimiento de la ciencia social” (yo suprimo aquí la palabra ignorancia” empleada por el celebérrimo escritor, un poco adusto a veces, como Carlyle, y sigo, para concluir con mis reflexiones superficiales).

Uno de los que en este país se está ocupando de la materia es Gustave le Bon[19]. Piensa él que en Francia “es más fácil hallar quien no crea en Dios, que quien dude de la eficacia, o del poder soberano de las constituciones o de las leyes. Son textualmente palabras suyas en abreviatura.

Y hay en lo que llamaré disertación sobre la ilusión legislativa, mucho de sensato y bien observado.

Pero, me parece, que las raíces del mal provienen de un origen que no se menciona, y que ya Balzac apuntaba en su bello libro “El lirio en el valle[20]”, libro que cautiva y enseña por la forma y el fondo, y que, si ustedes no han leído, les ruego lo busquen y lo lean.

Dice Balzac: las leyes no están todas escritas… no cumplir esas leyes secretas es quedarse en el fondo del estado social en vez de dominarlo.

Moralidad, como se dice después de recitar una fábula: antes, cuando no teníamos lo que hoy tenemos, la palabra de nuestros abuelos valía tanto, o más, que un artículo del código de comercio; sin duda, quizá, porque ellos creían más que nosotros en la otra vida; lo que vale tanto como decir que las diabluras que no se pagan acá, se pagan allá, y que las leyes que perduran son las que, ante todo, tienen en vista el bien común permanente y no las exigencias particulares transitorias de ciertos grupos dirigentes.


El general Buller[21] ha pasado al otro mundo.

Las balas de los boers fueron para él menos mortíferas que un cáncer en el estómago.

Ustedes conocen la historia militar del que perdió la batalla de Colenso[22].

Puede resumirse en una frase: fue tan bravo como inhábil guerrero.

Pero con su muerte se descorre el velo de un misterio.

Después del desastre de Colenso, cayó en tal descrédito el renombre militar de Inglaterra, que Rusia pensó: la ocasión la pintan calva. Así pensando propuso a Francia una acción común contra Inglaterra; las tropas rusas estaban prontas para marchar a invadir la India, llevando en sus filas una división alemana… ofrecida por el emperador (esto lo pongo en duda).

Francia rehusó, y Delcassé[23] previno a Inglaterra. De aquí los pródromos de la “entente”. Y como el interés bien entendido hace olvidar pasadas rivalidades, tenemos hoy que el rey de Inglaterra estará de visita en Rusia cuando estas letras estén andando para el Río de la Plata, donde tantas cosillas internacionales molestas debemos eliminar.

La política, al fin y al cabo, no es sino el arte de hacer efectivo en lo que tiene de filosófico el vulgar adagio: cada cosa a su tiempo y los nabos en adviento.


  1. Ver nota al pie de PB.16.03.06 o índice onomástico.
  2. Eduardo VII del Reino Unido (en inglés, Albert Edward of Saxe-Coburg and Gotha; Palacio de Buckingham, Londres; 1841-ibidem, 1910) fue rey del Reino Unido y los dominios de la Mancomunidad Británica y emperador de la India del 22 de enero de 1901 hasta su muerte el 6 de mayo de 1910. (Extractado de VIAF: http://viaf.org/viaf/265340794).
  3. Ver nota al pie de PB.02.04.07 o índice de publicaciones periódicas.
  4. No hemos hallado datos sobre este libro.
  5. The Century Magazine​ fue una revista publicada en la ciudad estadounidense de Nueva York entre 1881 y 1930. En ella se publicaron obras de William Dean Howells,​ John Hay, Mary Hartwell Catherwood, Amelia Edith Huddleston Barr, Jack London, Joseph Rudyard Kipling​ y Walt Whitman, entre otros. (Extractado de: https://www.wikidata.org/wiki/Q2471002).
  6. Ver nota al pie de PB.15.03.07 o índice onomástico.
  7. Ver nota al pie de PB.10.01.06 o índice onomástico.
  8. Ver nota al pie de PB.27.02.07 o índice onomástico.
  9. El término “moujik” designaba en la Rusia Imperial a un campesino de bajo rango social, comparable a un siervo. La palabra fue introducida en el idioma francés por la literatura rusa, como la de Dostoievski y Tolstoi. En la Rusia moderna, la palabra significa, en sentido general, una persona de clase social baja.
  10. “Discursos”.
  11. Guerra y paz (en ruso Война и мир, Voiná i mir), también conocida como La guerra y la paz, es una novela del escritor ruso León Tolstói (1828-1910), publicada en el Ruski Viéstnik (El mensajero ruso), en el número de enero de 1865 y continuó en este mismo formato, como fascículos de revista, hasta 1869. A fines de 1869 la obra salió en formato libro. Es considerada la obra cumbre del autor junto con Anna Karénina (1873-1877). (Extractado de VIAF: http://viaf.org/viaf/183445342).
  12. David Copperfield es la octava novela escrita por Charles Dickens. Fue publicada por entregas en 1849, y en forma de libro en 1850. (Extractado de VIAF: http://viaf.org/viaf/178212527).
  13. Vanity Fair: A Novel without a Hero [“La feria de las vanidades: una novela sin héroe”] es una novela del autor inglés William Makepeace Thackeray, publicada en 1847–48. Satiriza la sociedad del Reino Unido de principios del siglo XIX. (Extractado de VIAF: http://viaf.org/viaf/183430103).
  14. Ver nota al pie de PB.08.03.06 o índice de eventos históricos.
  15. Ver nota al pie de PB. 14.01.07 o índice onomástico.
  16. Yásnaia Poliana (en ruso: Ясная Поляна, literalmente “Calvero claro”) es una finca rural a 12 kilómetros al suroeste de Tula, Rusia. Fue propiedad del escritor León Tolstói, que nació, vivió y fue enterrado allí. (Extractado de VIAF: http://viaf.org/viaf/124798390).
  17. Mansilla, Lucio V. Un país sin ciudadanos. Paris: Garnier, 1907.
  18. Ver nota al pie de PB.11.04.06 o índice onomástico.
  19. Gustave Le Bon (7 de mayo, 1841 – 13 de diciembre, 1931) fue un sociólogo y físico aficionado, en el campo de la psicología social es una gran influencia por sus aportaciones sobre la dinámica social y grupal. Fue autor de numerosos trabajos en los que expuso teorías sobre los rasgos nacionales, la superioridad racial, el comportamiento y la psicología de las masas. Entre sus obras, se hallan: Les Lois psychologiques de l’évolution des peuples (1894) [Las leyes psicológicas de la evolución de los pueblos]; La psychologie des foules (1895) [La psicología de las masas y L’evolution de la matière (1896) [La evolución de la materia]. (Extractado de VIAF: http://viaf.org/viaf/36920715).
  20. El lirio en el valle (Les lys dans la valée) es una novela de Honoré de Balzac publicada en 1836 en la “Revue de Paris” (noviembre-diciembre de 1835), e incorporada a la monumental obra La comedia humana en 1844, en la parte Escenas de la vida en el campo. (Extractado y traducido del sitio de la Biblioteca Nacional de Francia: https://bit.ly/3bWtglS).
  21. Redvers Buller (1839-1908) fue un general británico cuya carrera militar comenzó en China y posteriormente tomó parte en la represión de la rebelión de “Río Rojo” en Canadá (1870). En África, luchó en las guerras de Kafir y Zulú (1878-79), en la guerra anglo-bóer de 1881, y en Sudán (1884-85). (Extractado de VIAF: http://viaf.org/viaf/7283162).
  22. La batalla de Colenso se desarrolló entre las fuerzas británica y bóer en Colenso (Sudáfrica) el 15 de diciembre de 1899 como parte de la Segunda Guerra Anglo-Bóer. (Extractado de https://bit.ly/2E0080D).
  23. Ver nota al pie de PB. 19.01.06 o índice onomástico.


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