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EL DIARIO

Martes 5 de Mayo de 1908

DEL GENERAL MANSILLA


PÁGINAS BREVES

París, abril 9.

 

¡Qué país extraordinario los Estados Unidos del Norte de América!

Allí nada es chico, nada es normal, todo es inesperado y el desconcierto aparente se convierte, cuando menos se piensa, o se espera lo contrario, en un coro de armonía popular.

Ya ustedes lo sabrán probablemente cuando estas carillas les lleguen. Por si acaso, les diré a qué me estoy refiriendo. Conocen ustedes la campaña valientemente emprendida por el presidente Roosevelt, contra todo linaje de abusos en el orden administrativo de las compañías anónimas, bancarias, y, asimismo, en lo referente a los empleados públicos llamados a intervenir en su fiscalización.

La corrupción crecía. El presidente no vaciló y, acometiendo toda clase de dificultades, corriendo hasta peligros, arremetió contra todos los que se creían invulnerables por aquello de “poderoso caballero es don dinero”.

Pues bien, y en dos palabras, he aquí lo que el telégrafo nos acaba de comunicar: el presidente Roosevelt triunfa en toda la línea. Ha soportado con valentía todos los cargos, acusaciones, denuestos, calumnias y amenazas. La opinión pública lo indemniza manifestándose sin ambages en su favor. ¡Qué gran compensación! Sus mismos adversarios políticos declaran en alto: esta no es cuestión de partido, no debe serlo. El “leader” del partido demócrata en la cámara de los diputados, señor Williams, enfáticamente lo hace saber expresándose así: las medidas que el presidente aconseja son tan urgentes, para nuestro buen gobierno y el nombre americano, que mi partido le acompañará en esto hasta el fin, en esto.

Decididamente hay que sacarse el sombrero ante hombres como estos nenes.


“La efemérides” del 2 de marzo que publica “La Nación” contiene un pequeño error. Es de poco momento, si se quiere, en cierto sentido: hay que cambiar un nombre de pila.

Por lo demás la efemérides está muy bien hecha.

Es breve y en pocas y adecuadas palabras contiene la historia militar y civil del guerrero que fue mi progenitor.

No se les da por lo general la importancia que tienen en sí este género de publicaciones, realzadas como en el presente caso, por una redacción impecable del doble punto de vista de la imparcialidad histórica y de la sobriedad literaria.

¿O no es prestarles un verdadero servicio referirles sumariamente a los que son qué hicieron y lo que fueron los que ya no son?

Con estos fragmentos, mosaicos de colores vivaces, se preparan los elementos que hacen imperecedera la vida moral, la tradición.

Porque, como diría el que tan considerable vacío ha dejado en las bellas letras contemporáneas, Brunetière: “La tradición no es lo que ha muerto; es al contrario lo que vive; es lo que sobrevive del pasado en el presente; es lo que va más allá de la hora actual; y de nosotros todos mientras somos, no será para los que vengan en pos de nosotros sino lo que vivirá más que nosotros”.

Esto dijo el maestro, y su discípulo, laureado por la Academia, Bordeaux, así sintetizó el concepto intenso: “el conocimiento de nuestros orígenes ayuda a comprender nuestro destino…”.

En la hora luctuosa a que me voy refiriendo, poquísimos, mi hermano Carlos muerto, mi primo Alejandro Baldez muerto también, aquel en Buenos Aires, éste en París, no ha mucho, y unos pocos amigos más rodeaban un féretro modesto, que el viejo veterano tenía preparado en el sepulcro también hecho erigir por su excesiva previsión (después de mis días no quiero molestar a nadie solía decir, refiriéndose a esas medidas, poco comunes).


Carlos Guido y Spano[1] representaba allí una amistad tradicional en la familia y en los anhelos del patriotismo, amistad que no podía extinguirse con la muerte, que no murió, que vive y vivirá, teniendo un santuario en nuestras almas como lo tuvo en el noble pecho de nuestros venerados antecesores.

Lafuente –Diego G. de la Fuente[2]– representaba un vínculo de lo más interesante: la amistad entre un anciano y un joven; y esa amistad yo la heredé y en mi corazón la conservo como un tesoro de afección inagotable, retribuyéndomela Diego G. de la Fuente, y aquí está la rectificación como ustedes ya la habrán percibido.

Tanto Carlos como Diego en medio de un luto universal, como que la fiebre amarilla había hecho de la alegre metrópoli una tebaida horrenda, pronunciaron sobre aquella tumba palabras de vibración ciceroniana.

No me ciegan ni la memoria de mi padre, ni el afecto que a Carlos y a Diego les profeso.

Busque la juventud esos dos modelos de elocuencia, y vean que no exagero.

Si no tuvieron más repercusión fue porque, como dice bien la efemérides: “El general Mansilla[3] dejó de existir el 14 de abril de 1871 en aquellos terribles días de la fiebre amarilla y por eso su muerte pasó casi inapercibida. En el acto de la inhumación de sus restos pronunciaron discursos los señores don Carlos Guido y Spano y don Roque Lafuente”.

¡Ay de mí! Si no teníamos tiempo para enterrar entre sollozos y lágrimas a tantos y tantos que se iban de la noche a la mañana dejando desiertos innumerables hogares de pobres y ricos.

Recuerdo aquellas horas, más solemnes que las de los combates, en que se muere lidiando, y me estremezco.

¡Qué horas!

“There was silence deep as death

And the boldest held his breath

For a time…”[4].


La Inglaterra se orienta en la dirección del proteccionismo.

Los liberales se esfuerzan en contener la corriente.

La lucha es entonces con los conservadores.

El actual gobierno después de su gran victoria electoral resiste.

¿Podrá mantenerse mucho tiempo en esa actitud?

Sin duda que todavía tiene en la cámara de los comunes una mayoría considerable. Pero esta mayoría no es un bloque homogéneo. Las elecciones parciales, lo que se llama by-election, poco a poco lo van cercenando.

Y esto en un país de libertad y de juego limpio en las urnas, y la Inglaterra lo es como ninguno, significa que el pueblo protesta contra los que llevados al poder no cumplen lo prometido.

Es posible que, si en este momento se hicieran más elecciones generales, los conservadores volvieran al gobierno.

“Et pour cause”, tienen además de esto los liberales a la Cámara de los Lores en contra, cámara muy popular en todo el Reino Unido, excepto el país de Gales, y quien sabe.

Querer, en efecto, deshacer una rama del gobierno tan antigua, como lo han intentado aunque tímidamente los liberales, es no poco motivo para agravar el desprestigio en que van cayendo.

Al llegar aquí suspendo un instante el correr de la pluma, a ver qué dicen los diarios sobre las importantes elecciones que han tenido lugar recientemente.

Dicen que el candidato conservador Mr. Gooch ha triunfado por una mayoría de 2.500 votos en Peckham, que es un comicio de los varios en que Londres está dividido.

Esta elección se ha verificado con una plataforma contraria a varios proyectos de ley presentados por el gobierno. Entre estos, el proyecto sobre educación les ha valido a los conservadores el apoyo de los católicos.

El referente a la disminución de las ocho horas de trabajo de los mineros también les ha dado muchos votos a los conservadores.

En la jerga política de la multitud el grito era: “little coal” y “1ittle beer” (pequeño saco de carbón y pequeño bock de cerveza).

También votaban refiriéndose al grito de los liberales, que se resume así: “pan chiquito”. Sostienen que si se establece una tarifa diferencial para favorecer las colonias subirá el precio del trigo.

Resulta así confirmado y ratificado por un acto de magnitud significativa lo que he dicho más arriba.

Completaré este ligero vistazo por las cosas inglesas con una observación.

Es algo nuevo. Me refiero a la lucha entre estos dos grandes partidos históricos, que no es, como pudiera creerse, lo de antes, una lucha parlamentaria por el gobierno, sino un conflicto en todo el país de dos grandes corrientes de opinión. Los liberales están con los socialistas “estatistas” y “funcionaristas”, lo que es algo parecido (creo que Vds. conocen lo francés mejor) a los radicales burgueses de esta tierra, teñidos de anti demócratas, lo que significa que ninguna reforma social profunda les interesa. Son anti-religiosos (hablo de Inglaterra) o por lo menos sus preferencias se inclinan a los llamados “no conformistas”, es decir, metodistas y baptistas, algo así como en Francia correspondiente a la extrema izquierda protestante.

En el orden económico son partidarios del “laisser faire, laisser passer”, que es la chifladura de los oportunistas y radicales franceses.

Todo esto es algo enredado. He tratado de hacerlo lo más claro posible. Lo completaré, pues, con una anotación final, a saber: que los conservadores por regla general están imbuidos de ideas democráticas (se cree por algunos lo contrario), y populares. El partido católico los mira con buenos ojos. Quieren la reforma aduanera y una legislación social protectora de los trabajadores. En una palabra, contrariamente a lo que una denominación indica, conservador está muy lejos de significar en Inglaterra “retardatario”. Quieren andar despacio, nada más, y son, curioso fenómeno, menos intransigentes que los “liberales”.


Tengo por esos pagos inolvidables del Río de la Plata, entre muchísimos otros amigos, dos muy distintos, no sé por qué curiosa asociación de recuerdos, aquí los apareo, siendo así que solo voy a ocuparme de uno de ellos.

El de nevada cabeza, espiritualísimo y bondadoso, dice que la noche ha sido hecha para dormir y el día para descansar. Es una de tantas ocurrencias suyas, geniales. Ama el “dolce far niente”. Pero no lo tomen ustedes al pie de la letra. Son legión los que se han regalado con su prosa grave y con sus versos agiles. ¡Y todavía quién sabe qué preciosuras no nos dejará! Si aunque no pueda moverse, como los que le amamos lo desean, ¡vive esculpiendo frases y cincelando yámbicos!

El otro, ya maduro, y como aquel, prolífico, no es chico título a la consideración pública en un país de vastísimas soledades, vive hallando que el día y la noche sumados no le alcanzan para dar cima a tanta cosa como entre manos tiene; estos, por obligación; aquéllos por vocación. Su labor se ve, se siente, se difunde. Es enorme. ¿La estiman en lo que vale? Me perdonarán ustedes que piense: creo que no.

Del primero de estos amigazos suelo tener noticias por los heraldos modernos de publicidad, casi tan necesarios para esta civilización en la que la pacotilla y lo de superior calidad se confunden como el pan cotidiano para el menesteroso.

Del segundo me informan sus publicaciones personales, siempre de materia interesante y de extensión adecuada al fin que su autor se propone.

Acuso aquí recibo de las últimas, tituladas: “Provincias con subsidio nacional” y “El servicio de Policía”[5]. Son dos manifestaciones de su espíritu observador, sagaz, metódico, un poco inclinado a traducir, diré, sus opiniones en números. Careciendo aquí de las estadísticas indispensables debo admitir que sus números no admiten discusión, y que debo limitarme a dos observaciones.

La primera relativa a lo de provincias con subsidio nacional es esta: la raíz originaria está en la constitución, a lo que debe agregarse que como descendientes de españoles somos “estatistas”, es una resultante, una ley antropológica, aunque nos revolvamos y nos mezclemos con otras razas. Es decir, que al Estado lo consideramos como una segunda providencia. De ahí que el ideal de todo buen padre de familia sea (nos vamos curando un poco de beber en esa fuente) procurarles a sus hijos un empleito. Hasta los muy ricos cojean de ese pie para inculcarles a los muchachos el amor al trabajo… en una oficina cualquiera. Seguramente que más vale hacer algo que no hacer nada. Pero la empleomanía es un mal. Las provincias, pues, han de renunciar difícilmente (los pobres sobre todo), a la tutela paternal de la nación. Se consideran en cierto sentido como hijos de familia. Piden y les dan. Y hay en ello un “do ut des” de donde resulta la gran influencia del gobierno federal.

En cuanto a la policía, muchas indicaciones oportunas y atendibles hace mi amigo Juan A. Alsina[6], que de otro paisano no estoy hablando. Ya he dicho en una “página breve” de hace poco que la policía de Buenos Aires es muy buena[7]. Cómo hacen el milagro, lo ignoro. Ahí se duerme con menos zozobras que aquí en París. El hecho es curioso, y no hay sino entretenerse en comparar estas crónicas policiales con las nuestras. Razón de más entonces para tratar de perfeccionar el instrumento humano, los agentes, porque Buenos Aires va en camino de ser el Nueva York cosmopolita de Sud América. Lo mismo que aquí, ahí, no tardarán en sentir la necesidad de que haya brigadas de agentes criollos, criollos deben ser, que hablen tres o cuatro idiomas para entender y hacerse entender siquiera, de los malandrines extranjeros y de sus víctimas.

Ya tenemos aquí en ciertos centros, como los grandes boulevares y estaciones ferrocarrileras, agentes que hablan inglés, español y alemán; y la prefectura prepara otros más para otros extranjeros que lleguen a pedir auxilio en italiano, en ruso, en turco, en portugués, en húngaro, en griego, pues a cada momento la policía tiene que habérselas en pro o en contra con prójimos que no hablan o fingen no hablar ni entender francés; prójimos por otra parte muy ladinos para soliviarle el reloj al que se emboba.

Ya he concluido con casi todo lo que últimamente traje del Río de la Plata. Ya he dado sobre ello mi parecer. Si alguno se ha sentido hincado, que me dispense. No me inclino a eso. Salvo hasta donde es posible, mis escrúpulos de conciencia literaria y estímulo.

Ahora estoy frente a dos “Quiroga”. El de David Peña[8] y el de Carlos M. Urien[9]. Los estoy leyendo con atención, estudiándolos. Antes no había tenido tiempo moral para hacerlo. Me hallo en un conflicto. Los dos historiadores se miran, como “bull-dogs” de porcelana. Cada cual gruñe según sus preferencias y su criterio filosófico de la verdad.

Procuraré colocarme entre ellos, y hasta donde sea posible ponerlos de acuerdo, aunque tan expuesto sea meterse a redentor.


  1. Ver nota al pie de PB.26.03.07 o índice onomástico.
  2. Fuente, Diego Gregorio de la (Buenos Aires, 1835 – Buenos Aires, 1909). Entre sus obras, se hallan: Tierras, colonias y agricultura. Recopilación de leyes, decretos y otras disposiciones nacionales (Buenos Aires: Penitenciaría Nacional, 1898), Reglamento interno para la oficina del censo nacional (Buenos Aires: Galli, 1895), Trabajos preliminares y antecedentes del primer censo de población de la Nación Argentina (Buenos Aires: El Nacional, 1869), entre otras. (Extractado de VIAF: http://viaf.org/viaf/304915821).
  3. Ver nota al pie de PB.23.05.06 o índice onomástico.
  4. “Hubo un silencio profundo como la muerte / y el más audaz contuvo el aliento / por un tiempo”. Cita del poema Battle of the Baltic (1805), sobre la batalla de Copenhagen, escrito por el poeta irlandés Thomas Campbell.
  5. Ambas obras se encuentran disponibles en la BNMM. Ambas se publicaron en Buenos Aires en 1907, pero no se conoce en ninguno de los dos casos la editorial, pues se trata –como lo aclara Mansilla en su PB.18.03.08– de dos folletos.
  6. No hemos hallado información biográfica sobre este autor. Un listado de sus obras puede consultarse aquí: http://viaf.org/viaf/215196698.
  7. Se refiere a la PB.18.03.08, en donde ha comentado estos mismos dos folletos de Alsina: “Paso pues al otro folleto: “el servicio de policía”; lleno de buenas indicaciones. Y no tengo empacho en decir, sean cuales sean sus deficiencias, que no hay en Europa, ni en Norteamérica, una ciudad tan populosa como Buenos Aires con mejor, ni siquiera con igual, policía”.
  8. Peña, David. Juan Facundo Quiroga. Conferencias en la Facultad de Filosofía y Letras. Buenos Aires: Coni Hnos, 1906. Cuenta con cuatro reediciones hasta ahora, todas consultables en la BNMM.
  9. Urien, Carlos María. Quiroga: estudio histórico constitucional. Buenos Aires: Compañía General de Fósforos. Talleres Gráficos, 1907. Nunca reeditada, esta obra está disponible en la BNMM. Urien (Buenos Aires, 1855–Buenos Aires, 1921).


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