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EL DIARIO

Martes 13 de Octubre de 1908

DEL GENERAL MANSILLA


PÁGINAS BREVES

París, 18 septiembre 1908.

 

Nada menos que 600.000 palabras. Son las que se contienen en el libro de que les hablé a ustedes días pasados.

Me refiero a las “Memorias de Kouropatkine”, que está publicando el “Mac Clure’s Magazin”[1].

Son revelaciones estupendas algunas de ellas.

Ya algo se había susurrado a principios de la guerra ruso-japonesa, sobre ciertos tópicos, algo que yo mismo les consigné a ustedes.

En los bosques del Yalou estaba la madre del borrego, el “negotium” cuyas consecuencias debían ser la guerra con el Japón.

Se refieren las cosas así, abreviando lo posible:

En el tratado del 26 de marzo de 1902, tratado ruso-chino, se estipulaba la evacuación por la Rusia de la Manchuria del Sur.

Kouropatkine insistió porque se llevara a efecto y comenzó a ejecutarlo cuando en esto recibió órdenes terminantes de detenerse.

Recuérdese que Kouropatkine era ministro de la guerra a la sazón.

¿Qué acontecía?

La aparición en Extremo Oriente de un hombre nuevo, cuyo papel debía ser fatal: Alejandro Michailovitch Bezobrazov[2].

Había fundado una sociedad para explotar los inmensos bosques que se extienden sobre ambas márgenes del Yalou en la Manchuria del Sur y para proteger su empresa pedía en el verano de 1903 la concentración de 70.000 soldados en esa región.

La tal sociedad del Yalou contaba, parece, entre sus accionistas, a los más altos personajes de la corte rusa, y entre ellos a Alexieff.

Enviado Kouropatkine al Japón pudo asegurarse de que los proyectos de Bezobrazov causarían una guerra.

Habló de ello con Alexieff[3], que no jugó limpio; de modo que en vez de influir en el sentido de la paz influyó en el de la guerra. Y con tal éxito que en tanto que Kouropatkine renunciaba, él, Alexieff, era nombrado virrey.

Siguieron los informes contradictorios de una y otra parte. El virrey optimista, el ex ministro de la guerra firme en sus trece. El Japón puede, decía en una de sus observaciones, poner en pie en tiempo de paz 400.000 hombres, y en tiempo de guerra un millón. En poco tiempo puede oponernos en Corea un ejército de 350 a 400.000 combatientes.

En otro informe, apoyándose en consideraciones de tiempo, distancia, medios de comunicación, situación interna y externa, categóricamente arribaba a esta conclusión: “no podemos esperar que Rusia salga victoriosa en la lucha”.

Las advertencias de Kouropatkine no fueron escuchadas, como se sabe.

La publicación de los documentos de la referencia no dejan duda. Mientras otros no vengan a contradecirlo, la moral del caso, ¡y qué caso! es la del verso de Virgilio: ¡auri sacra famis[4]!


Me placen estos libros-tesis escritos con método, con claridad, con sencillez, como para que todo el que sepa leer los entienda y hasta sin darse cuenta de lo que el autor ha tenido que estudiar aspirando a ser laureado.

Ya lo está. Lo felicito, siento no conocerlo personalmente. Quizá es un bien. Alguien ha escrito: he reñido con dos hombres, con uno porque nunca me habló de mí; con otro porque nunca me habló de él.

Se comprende, en el primer caso faltó el incienso, en el segundo la confidencia.

La enfermedad a que este trabajo se refiere es tan antigua como la elefantiasis, más quizá que la lepra; se pierde en la noche de los tiempos, como todo lo que es falta de rectitud o defecto moral en las acciones, en una palabra vicio.

Es, pues, obra meritoria la del doctor don Félix Armesto[5] en la búsqueda del remedio, contra el juego, contra los “juegos de azar” en general, valiéndome de su propio título[6].

“Para terminar”, dice él, “vamos a dar nuestra humilde opinión sobre uno de los grandes inconvenientes con que tropieza nuestra ley núm. 4007, obstáculo contra el cual escollan todas las leyes análogas de otros países”.

Luego el capítulo es arduo y no hace sino confirmar el proverbio italiano: “fatta la legge trovato l’inganno”.

Razón de más para buscarles la vuelta a las artimañas de la astucia.

Ya que estriba, en gran parte, el mérito del estudio este, jurídico-sociológico, que yo examino bajo el aspecto de mi única relativa competencia, inclinado como soy a examinar las producciones que se relacionan con lo que llamaré psicología social.

El juego está en todas partes, es un ambiente, no tiene nacionalidad, es universal, y no hay donde no lo combatan.

Lo dice muy bien Armesto, mejor que yo, cuando escribe: “dicha pasión es inherente a la naturaleza humana”.

Justamente, y por eso hay que combatirla, tanto más, cuanto que es de esas que obliteran el sentido moral.

Ella le hace decir a un caballeresco mancebo como don Félix de Montemar[7]:

–Si ganáis (“se registra todo”).

–No tengo otra joya aquí.

Jugador 1º: –Si esta imagen respira… (“mirando el retrato”).

D. Félix: –A estar aquí la jugara. A ella, al retrato y a mí.

Repito, “que no hay donde no la combatan”.

Pero al lado del legislador, de la reglamentación prohibitiva, está la complicidad social.

He ahí la gran pústula infecciosa; comienza en la bolsa, acaba en los garitos, y según el sitio, los más se llaman tahúres, los otros “sportmen”. Y, como Armesto lo hace notar en otra forma, el hilo se corta por lo más delgado; de manera que cuando la ley se aplica la regla es que sea el lacayo quien pague, no el patrón. La policía que penetra en la trastienda del bodegón, machete en mano, no se atreve a golpear siquiera la puerta de la mansión señorial, donde el hijo pródigo del vecino derrocha el patrimonio pingüe que sudando el rostro para él acumularan sus antepasados.

¿A qué extenderme más? No hay materia. Si pienso como el doctor Armesto, sobre lo principal, y lo que me falta lo puedo decir en dos renglones: deseo que en la carrera que con brillo seguirá no desmienta, ni corrido, los sanos principios que como efluvios de probidad exhala su bien madurada y no menos bien escrita tesis. ¡Qué digo! Su vigorosa fulminación contra “una de las plagas”, son sus palabras, “más destructoras de nuestra generación social”.


El histérico, o el “hestérico”, como en los tiempos coloniales y hasta 1852 ahí se decía, siguiendo el progreso, la civilización, la moda, ha cambiado de nombre, y, según ya lo hice notar, llámase ahora “neurastenia”, enfermedad, parece, complicadísima; que lo mismo ataca al sexo bello que a la parte contraria, haciendo la desesperación de las familias, de esposos y esposas, de padres e hijos, de novios y novias, finalmente de médicos y médicas.

No hay hotel, lugar de aguas, sobre el mar, o en las montañas, máxime si el lugar, o la casa de sanidad, “sanatorium”, es elegante, donde no se vea este tipo semi-romántico de enfermo de los nervios, del hígado, del corazón, del desencanto, de las arrugas en el rostro y otros repliegues morales.

Bueno, pues, como ustedes los argentinos, la gente que más me interesa, vienen ahora mucho a Europa, a curarse de unos males y a enfermarse de otros, sépanlo, si ya no lo saben que con la idea de disipar la melancolía, acaba de fundarse en Londres una agencia, de teatro a la vez, llamada de Webster y Grilling.

El tratamiento consiste principalmente en divertir al paciente. Tiene al efecto la agencia “mimos” de coturno, llenos de gracia, naturalmente, que hablan diversas lenguas, que se visten a la “derniére”, y cuya charla y recursos “petits talents de societé” son inagotables y en algunos casos irresistibles.

Uno de ellos, por ahora no se habla de ninguna mujer curandera según este método, se llama Silvil. Afirman que ha hecho curas maravillosas.

Y sin embargo (era de noche y llovía), parece ser muy sencillo.

Ahuyentar la soledad de las horas de tedio mediante una conversación animada, brillante, pasando naturalmente de un tema a otro sin fatiga para el paciente, he ahí lo principal.

El profesor Silvil, digamos, recita de memoria trozos de Shakespeare, de Byron, de Victor Hugo, de Goethe, Dante, de Virgilio, y los comenta si el enfermo lo desea.

Es humorístico y grave, según el tema, y su rostro respira una placidez comunicativa de “sueño de noche de verano”.

Se dice que la afluencia de dolientes es tanta que para conseguir una admisión hay que inscribirse semanas antes.


Mientras se reúne algún otro congreso de la paz y solo se pelea en Marruecos, en Persia, en las colonias europeas africanas, asiáticas y en la India (Turquía está tranquila merced a su inesperada y cuasi milagrosa revolución pacífica), mediten ustedes sobre el extracto de lo que se atribuye a un “alto personaje” por un diario en general bien informado, la “Depeche coloniale[8]”.

Yo no tengo, hoy por hoy, opinión respecto de tamañas eventualidades, y si de ellas me ocupo, recapitulando, es sencillamente porque sufro de la flaqueza de pensar que lo que a mí me parece interesante en buena parte ha de tener para ustedes algún atractivo.

–No veo ningún inconveniente en que en Francia sepan cómo discurrimos en Alemania, sírvase usted entonces escribir que para vencerlos contamos mucho:

1º. Con vuestras discusiones político-religiosas;

2º. Con vuestro antimilitarismo;

3º. Con la Confederación general del trabajo que predicará en el momento de la guerra la huelga general y la huelga del soldado;

4º. Con vuestra decadencia física y moral;

5º. Con la desorganización de vuestro ejército y de vuestra marina;

6º. Con vuestros, institutores pacifistas en su mayor parte;

7º. Con el alzamiento de los indígenas de vuestras colonias, que se procurará suscitar en Argel, el Sudán, la Indochina, etc., etc.

(La Alemania cuenta tomarle a la Rusia, sus provincias del Báltico con Riga).

–Todo esto como se ve es el lado bello de la medalla.

–No puede ser más brillante.

–Examinemos ahora el reverso. No lo muestran en Alemania. Pero yo voy a mostrárselo a usted.

En caso de guerra con Francia o con lo que se puede llamar la Triplicia, hay para Alemania, todo un conjunto de dificultades y peligros que prever. Son a saber:

1º. El bloqueo del mar del Norte por las flotas inglesa y francesa reunidas;

2º. La intervención de Dinamarca que requerirá la observación de este país por un cuerpo de ejército;

3º. Una doble sublevación de la Polonia prusiana y de la Alsacia-Lorena;

4º. Esta guerra podrá durar seis meses y por consiguiente, toda vuestra frontera del este tendrá que estar a la defensiva;

5º. La entrada en juego de un ejército inglés de 120.000 hombres mandados por el general French;

6º. Un ataque por parte de un ejército ruso de 250.000 hombres al este de Prusia. La Alemania se contentará de este lado con mantenerse a la defensiva mediante tres cuerpos de ejército;

7º. La flojedad del concurso de Italia en el conflicto;

8º. Una sublevación en nuestra colonia del oeste de África.

–¿Y la Alemania arriesgará la partida?

–Dentro de cinco años lo verá usted.

–¡Cinco años!

Parece mucho cuando se espera la herencia de un tío ricacho muerto en las Indias, o donde se quiera. Se pasan en un abrir y cerrar de ojos sobre todo cuando se goza de robusta salud física.


La labor de las operaciones diplomáticas, las entrevistas de soberanos, los encuentros casuales de ministros y los reportajes a designio ocupan las vacaciones de 1908, que concluyen arrojando una luz sorprendente sobre el cuadro que constantemente les vengo bosquejando a ustedes.

Como dos caballeros armados de punta en blanco, prudentes y calculadores, la Inglaterra y la Alemania tienen el aire de precipitarse uno sobre otro. En el último instante, huyen del choque, cargan evitando el combate y todo concluye en Porneo. Pero esta cortesía final no es sincera, ni durable; prueba simplemente que uno y otro teme golpear en el vacío o recibir un mandoble mortal.


Decía no ha mucho que esta es la época de los congresos y de los concursos. El último de estos ha tenido lugar en Bélgica. Muy original.

Lo llamaremos el de la longevidad.

Con 108 años a cuestas ha obtenido la palma del record Elisabeth Renier.

Nació la señora en el momento en que Napoleón se hacía proclamar primer cónsul.

Su memoria está intacta. ¡Lo que habrá visto! Y lo que todavía verá, si vive siquiera un lustro más, lo que parece probable, gozando como goza de la mejor salud.

Los detalles de cómo vive son interesantes en cuanto todo el mundo puede hacer lo que ella hace.

Consisten en no privarse de nada, o sea, comiendo, bebiendo, caminando, durmiendo con “moderación”.

Aquí es donde seguramente está el secreto, el arte digamos de ser centenario.

¿Será un bien?

Si Salomón, que sabía más que ustedes y que yo juntos, decía que el más feliz de todos es aquel que no ha nacido, francamente, ¡cómo atreverse a contradecirlo! Lo único que sé es que de todas las perspectivas que solemos detenernos a contemplar con la imaginación la más desagradable y la más fea de todas ellas se llama: la muerte.

¿No es así?

Será lo que sea.

Exactamente no sé cómo distribuyen ahora la población del mundo, ni tengo humor de registrar estadísticas. Pero que vivir debe ser señal evidente de haber nacido “suertudo”, como decimos en América, no me cabe duda después de haber leído lo que a principios del siglo pasado se escribía.

“Se cuentan cerca de ciento cincuenta millones de almas en Europa, el doble en África, más del triple en Asia; admitiendo que la América y las tierras australes no contengan sino la mitad de lo que da nuestro hemisferio, puede asegurarse que todos los días mueren en nuestro globo más de cien mil hombres (almas, de ambos sexos). Un hombre que solo hubiera vivido treinta años, habría escapado cerca de mil cuatrocientas veces a tan espantosa destrucción.


La revolución de Turquía[9] que solo un adivino puede decir: está concluida; ¡qué hecho extraordinario y curioso!

No ha corrido sangre.

No hay ejemplo parecido en lo de la historia conocemos.

Y en los tiempos modernos, desde que se inventó la imprenta –el libro, el diario– es el único estremecimiento social que se ha producido sin discusión, ni propaganda paladina, a la sordina conspirando en las tinieblas.


Cada paso adelante de la ciencia al descubrir nuevos y maravillosos misterios en la complejidad de la creación en vez de alejar a los hombres de saber del espiritualismo los acerca.


En épocas distantes y distintas he hablado de la caballería con entusiasmo, sosteniendo que su papel, su acción será siempre preponderante en las guerras modernas.

Dice con tal motivo un observador de las recientes maniobras alemanas –es un francés– lo que abreviado puede condensarse así:

¡Qué barrera oponerle a elementos tan esparcidos, tan escurridizos, tan fluidos sino otras tropas a caballo con las mismas cualidades maniobreras!

Discute después in extenso, con competencia, compara, cita el pro y el contra, toma en cuenta el perfeccionamiento de las armas modernas, y así de etapa en etapa arriba a la conclusión: no hay que pensar en disminuir y mucho menos en suprimir la caballería como alguien lo ha soñado.

Pienso como él y agrego: si formar un oficial de infantería o de artillería es difícil, lo último sobre todo, más difícil y complejo es todavía formar uno de caballería.

Aplico al caso lo del poeta nace y el orador se hace, y lo transformo así: el oficial de infantería, o de artillería, se hace, el de caballería nace.

Prosigue su estudio el referido observador –Paul Belon[10]– haciendo notar entre otras cosas esta, consignada en el nuevo reglamento alemán: la caballería destacada para reconocer al enemigo debe en lo posible evitar todo combate; el general comandante procurará tener a la mano, en el lugar conveniente, todos sus elementos ligándolos en cuanto quepa con la vanguardia de infantería que él precede, y no comenzará la acción sino cuando tenga la certeza de ser sostenido.

Tal es poco más o menos la teoría; lo que viene cuando ya no es hora de reflexionar, debe llevar el sello del golpe de vista instantáneo, rápido.


  1. El texto se publicó al año siguiente como libro. Kuropatkin, Alexandre N. Memorias del General Kuropatkin. Guerra Ruso-Japonesa 1904-1905. Barcelona: Montaner y Simón, 1909. En la página breve del 20 de marzo de 1907 hay una nota al pie sobre este autor.
  2. Aleksandr Mikhailovich Bezobrazov (1855-1931) fue un hombre de negocios ruso y político de gran influencia en la política exterior del Imperio ruso en los años previos a la guerra ruso-japonesa. (Extractado de https://bit.ly/2RnjSOR).
  3. Yevgeni Ivanovich Alexeyev (1843 –1917) fueun almirante del Ejército Imperial Ruso, y figura importante en la Guerra ruso-japonesa. (Extractado de VIAF: http://viaf.org/viaf/310509189).
  4. “Hambre de oro”.
  5. No hemos hallado información biográfica sobre este autor.
  6. Armesto, Félix R. Juegos de Azar. [Tesis presentada para optar al grado de Doctor en Jurisprudencia por Félix R. Armesto]. Buenos Aires: Universidad Nacional de la Capital. Facultad de Derecho y Ciencias Sociales. 1908.
  7. Protagonista de la obra El estudiante de Salamanca (1840) de José de Espronceda.
  8. Ver nota al pie de PB.25.11.08 o índice de publicaciones periódicas.
  9. Ver nota al pie de PB.03.09.08 o índice de eventos históricos.
  10. No hemos hallado datos sobre este autor.


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