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La diplomacia en el campo de batalla

La participación de Inglaterra en la Guerra de los Treinta Años desde la perspectiva de William Crowne

Ailén Denise de los Heros[1]

El siete de abril de 1636 parte desde Greenwich, Inglaterra hacia Alemania una comitiva cuya misión sería negociar el Palatinado que desde 1620 se encontraba en manos imperiales. Thomas Howard, Earl de Arundel, fue elegido por Carlos I como embajador extraordinario responsable de llevar a cabo dichas negociaciones que buscaban restaurar las tierras del Rhin al hijo del elector Federico V. Desde la salida hasta su retorno a Inglaterra, la travesía fue narrada y documentada por William Crowne, un oficial de armas cuya carrera política debía mucho a las simpatías del Earl de Arundel. La lectura de este diario de viaje introduce nuevas perspectivas de estudio acerca de la Guerra de los Treinta Años en general y de la participación inglesa en ella, en particular. Así, esta ponencia buscará abordar la Guerra de los Treinta Años desde la experiencia de uno de los territorios que, por su aparente neutralidad en el conflicto, la historiografía ha marginalizado a lo largo de la Historia. Ahondar en la participación de Inglaterra en el mayor conflicto europeo de la Edad Moderna permitirá, por un lado, comprender por qué tanto Jacobo I como Carlos I deciden no intervenir directamente en el enfrentamiento y, por otro lado, analizar el funcionamiento de la diplomacia en el siglo XVII, hallando en este periodo los lineamientos de la política exterior que la monarquía inglesa mantendrá en el continente europeo.

La Guerra de los Treinta Años (1618-1648) comenzó siendo un conflicto religioso entre católicos y protestantes del Sacro Imperio. Sin embargo, rápidamente se extendió por todo el continente hasta transformarse en una competencia política entre los Habsburgo, quienes buscaban expandir su poder, y las demás monarquías que intentaban limitar tales ambiciones. Ya sea por considerarse el primer gran enfrentamiento entre potencias europeas (el único hasta las Guerras Mundiales del siglo XX), o por el exorbitante número de muertes que provocó, la Guerra de los Treinta Años es uno de los acontecimientos más documentados y estudiados de la modernidad. En este sentido, las investigaciones llevadas a cabo durante los siglos XIX y XX significaron una generalización y fragmentación en torno al lugar de dicha Guerra entre los mitos historiográficos más importantes de la modernidad[2].

Desde una perspectiva biográfica, Graf von Villermont (1860) y Wilhelm Schreiber (1868) dedicaron sus estudios a la vida y obra tanto del General Tilly como de Maximiliano I, respectivamente, en vistas de explicar la Guerra de los Treinta Años a partir de dos de sus protagonistas. Por otra parte, Anton Gindely (1884) sentó las bases para posteriores investigaciones al utilizar en su libro narrativas literarias históricas y fuentes primarias limitadas.

Al comienzo de la Segunda Guerra Mundial, Georges Páges publica La Guerre de Trente Ans 1618-1648 (1939) en donde realiza una renovada mirada sobre la Guerra del siglo XVII al interpretar la crisis alemana como una “extensión” de una crisis mayor europea. En este sentido, según el autor, la revuelta bohemia (1618) puede considerarse como un catalizador de un inevitable conflicto general, mientras que la Paz de Westfalia (1648) y de los Pirineos (1659) son interpretadas como los pasos previos a una paz europea. Un año antes, Veronica Wedgwood (1938) publica The Thirty Years’ War con el objetivo de abordar el conflicto desde una perspectiva más literaria.

A su vez, en lo que respecta al impacto y las dinámicas sociopolíticas de la Guerra de los Treinta Años, tanto Peter Englund (1998) como Geoffrey Parker (1997), llevaron a cabo investigaciones que contribuyeron a un mejor entendimiento de la Guerra y que aún siguen vigentes. Englund, por su lado, retomó la perspectiva biográfica al personalizar la Guerra a través de las experiencias de un solo soldado. Parker, en cambio, buscó reconstruir de manera global el acontecimiento bélico, aspiración que muy pocos historiadores han optado por seguir en la actualidad.

En las últimas décadas, el marxismo también ha contribuido con el estudio de la Guerra, abordando temas específicos de ésta. Por un lado, J. V. Polisensky (1978), buscando descubrir “nuevos términos” para definir el enfrentamiento, situó la “complicada situación económica y social” del escenario bélico como parte de la transición del feudalismo al capitalismo. Por otra parte, B. F. Porshnev (1995) analizó el conflicto desde la mirada sueca-rusa, consultando no solo archivos sino algunas de las obras más tempranas sobre el periodo en cuestión.

Desde una mirada política, la presente ponencia buscará ahondar, por un lado, en la diplomacia de la Europa moderna del siglo XVII y, por otro lado, en la construcción de mitos y representaciones políticas que colaboraron no sólo con los ideales nacionales ingleses sino también con los europeos. Para ello, se analizará tanto el diario de viaje de William Crowne como diferente correspondencia de la época. La lectura de ambos documentos buscará generar un balance entre lo que se intentaba mostrar y representar y lo que ocurría puertas adentro en estas negociaciones tanto con el bando católico como con el protestante.

A true relation of all the remarkable places and passages observed in the Travels of the right honourable Thomas Lord Howard, Earle of Arundell and Surrey, Primer Earle, and Earle Marshall of England, Ambassadour Extraordinary to his sacred Majesty Ferdinando the Second, Emperour of Germanie se publica en Londres en 1637, en un contexto politicamente tensionante, sobre todo a partir de 1625. Lo cierto es que, a diferencia de su predecesor Jacobo I, Carlos I estaba decidido a participar en la Guerra. Sin embargo, la estructura administrativa de Inglaterra, especialmente su sistema impositivo, no era lo suficientemente fuerte para afrontar un conflicto internacional de tal magnitud. Esta realidad finalmente se vislumbró entre 1625 y 1630, cuando Carlos I pierde varias batallas frente a España y Francia[3].

No obstante, lo que determinó la neutralidad y la no participación directa de Inglaterra en la Guerra no fueron tanto sus derrotas en el campo de batalla como el debate que ésta abrió en el Parlamento. Al tratarse de un conflicto principalmente religioso, los acontecimientos que ocurrían primero en el Imperio y luego por toda Europa, suscitaron fuertes posicionamientos entre los políticos parlamentarios. Se debe recordar que tanto Jacobo I como Carlos I eran regentes de una Monarquía compuesta en la que todavía persistían diferentes religiones[4]. La creación de la Iglesia de Inglaterra durante el reinado de Isabel I había intentado terminar con los enfrentamientos confesionales, pero la llegada al trono de los Estuardo acentuó las disensiones religiosas, inevitablemente relacionadas a diferentes concepciones sobre la política exterior.

El vínculo entre religión y poder no es una novedad histórica. Sin embargo, en lo que respecta a la convergencia entre aquella y el Estado, el caso inglés es quizá el modelo en donde mejor se la pueda vislumbrar. Christopher Hill en su célebre obra Reformation to Industrial Revolution (1967) resalta que es imposible discutir sobre Historia social o económica sin hacer alusión a la religión. Así, se podría agregar que se vuelve casi inevitable hablar de la dimensión confesional al referirnos al estudio de la política. Entre 1650 y 1656, para describir la Corte de Jacobo I, el Obispo Goodman explicitó que

[…] es la Iglesia quien apoya al Estado, es la religión quien fortalece al gobierno; sacude la primera, y derrocaras a la otra. Nada está tan arraigado en el corazón del hombre como la religión, nada tan poderoso para dirigir su accionar: y si por una vez el corazón de la gente duda de la religión, todas las demás relaciones fallan, y encontrarás nada más que motines y sedición. Por eso la Iglesia y el Estado se apoyan mutuamente y se asisten una a la otra; y si alguna de ellas cambia, la otra no puede tener una base segura[5].

Así, el debate que surgió a partir de la década de 1630 y que provocó que Carlos I retrocediera en sus planes bélicos giró en torno a dos preguntas: ¿Era la Iglesia de Inglaterra parte de una comunidad internacional protestante cuyo centro estaba en el calvinismo continental? O ¿Estaba destinada a seguir un camino de diálogo entre Roma y Ginebra? Para autores como Asch, la trascendencia de dicho debate fue tal que contribuyó a acentuar las disconformidades frente a la Monarquía de los Estuardo que finalizaría con la Revolución en la década siguiente. Consciente de la gravedad del asunto, Carlos I decide mantener una posición más neutral, aunque no indiferente frente a lo que acontecía en el continente.

Las negociaciones por el Palatinado son una clara demostración del accionar de Inglaterra. Efectivamente, en esta postura “neutral” que sostenía, Carlos I encuentra en la diplomacia un aliado que, espera, pueda traer paz en el continente, pero sobre todo en Inglaterra. El principal vínculo que Carlos I tenía con el Palatinado era familiar, ya que en 1613 su hermana, Isabel, desposaría al Rey de Bohemia y Elector del Palatinado, Federico V. La invasión del Emperador Fernando II a Bohemia en 1620 determinó el asentamiento de tropas españolas en el Bajo Palatinado y de tropas bávaras en el Alto Palatinado. En 1623, a partir de un Edicto imperial, Federico V fue depuesto formalmente de su cargo de Elector, teniéndose que exiliar junto a su familia en La Haya. Tras su muerte en 1632, sería Isabel quien comenzaría las tratativas para que el Palatinado le sea devuelto a su hijo Carlos Luis, quien desde el exilio estaba viviendo en la Corte de Carlos I de Inglaterra.

Luego de tres años de largas e infructuosas negociaciones con España y Francia, Carlos I decide dirigirse directamente al Imperio[6]. Para ello, designa a Thomas Howard como Embajador Extraordinario en vistas de llegar finalmente a un acuerdo con Fernando II. De esta manera, reúne una comitiva que atravesaría toda Europa hasta llegar a Alemania, donde se reuniría con el Emperador. En el camino, sería recibido por diversas personalidades pertenecientes a ambos bandos beligerantes, cuestión que anticipa la postura del monarca inglés. La elección de Thomas Howard no pareciera ser una cuestión arbitraria, sino todo lo contrario.

Nacido en 1585, Thomas Howard provenía de una familia aristocrática y poderosa en lo que se refiere a la política monárquica. Sin embargo, la coronación de Isabel I significó un periodo de desprestigio social para los Howard. Su abuelo, Thomas, y su padre, Philip, fueron sentenciados a muerte por apoyar la causa de María Estuardo, mientras que todas sus posesiones fueron confiscadas por la Corona. Así, Thomas Howard realizó una cruzada el resto de su vida tratando de reestablecer la posición de su familia en la aristocracia inglesa. Debido a que su padre fue ejecutado el mismo año de su nacimiento, la educación de Howard (católica primero, y luego repudiada a favor de la Iglesia de Inglaterra) fue responsabilidad de su madre, quien trató de mantener a su hijo fuera de la esfera pública. Cuando Isabel I muere en 1603 y es sucedida por Jacobo I, Thomas Howard se presenta rápidamente a la Corte y logra recuperar la mayoría de sus títulos nobiliarios[7]. En 1606 fortaleció su posición al casarse con Aletheia Talbot, la hija más joven del séptimo Earl de Shrewbury, lo que significó mayor riqueza y la protección de un poderoso aristócrata. Finalmente, en 1621, Jacobo I nombró a Arundel como Earl Marshal de Inglaterra (título que actualmente continúan ostentando los Howard).

A diferencia de Arundel, William Crowne no pertenecía a una familia aristocrática. Su vida, aunque no tan documentada, no fue por ello menos interesante. Nacido alrededor de 1617, Crowne fue, como ya se anticipó, oficial de armas, pero también miembro del parlamento, Coronel durante la Guerra Civil y co-propietario de tierras en la colonia inglesa de Nova Scotia. Aunque no se conozca con precisión cuándo y en qué circunstancias Arundel se convierte en “master” de Crowne, lo cierto es que entablaron una relación cercana evidenciada no sólo en el hecho de que Howard lo nombra oficial de armas en 1638, sino que éste dedica su diario de viaje al nieto mayor de Thomas Howard. En este sentido, no parece extraño que, a lo largo de sus relatos, la figura del Earl de Arundel sea constantemente adulada[8].

A su vez, en lo que respecta a la construcción de representaciones, Crowne selecciona detenidamente qué acontecimientos merecen una descripción más detallada a partir de lo que se quiere transmitir. Por un lado, el 14 de mayo de 1636, al llegar a Núremberg, Crowne dedica gran parte de su narración a describir dicha “ciudad especial y particular” cuyos gobernantes no están del lado de ningún bando, sino que “tienen relación con todos”[9]. No es coincidencia que el autor haga hincapié y destaque una cuestión no menor en tiempos de guerra: la neutralidad política. Más aún, el 6 de julio, durante su estadía en Praga, Thomas Howard es invitado al Colegio de los Jesuitas para ver una obra de teatro, cuyo tema principal es la Guerra. La peculiaridad de dicha puesta en escena es el rol que se le confiere a Carlos I y a Inglaterra en su totalidad, siendo éstos los encomendados a devolver la paz en todo el continente europeo. Crowne dedica más de seis hojas en reproducir con exactitud la obra, primero en latín y luego en inglés.

Este episodio introduce otro componente pertinente a la hora de analizar el diario de Crowne: la presencia británica tanto en el bando protestante como católico. A la hora de relatar la experiencia explicitada más arriba, Crowne asienta que Su Excelencia fue invitado a una obra en el Colegio Jesuita, donde el Señor de la casa es un irlandés[10]. Asimismo, a lo largo de la travesía nos encontramos reiteradas veces con Capitanes y Coroneles irlandeses que luchan bajo el mando del Emperador Fernando II, pero también con escoceses, como Sir James Ramsey, Gobernador de Hanau, que, si bien no se explicita su apoyo al bando protestante sí se detalla que no apoyaba a los imperialistas. Resulta interesante reflexionar sobre esta realidad, que evidencia los diferentes posicionamientos político-religiosos dentro de Gran Bretaña, pero que también explica la postura neutral tomada tanto por Jacobo I como por Carlos I.

El último tópico por analizar en la presente ponencia está referido a cuestiones meramente diplomáticas de la fuente analizada. Como se adelantó previamente, la ausencia de Crowne en las reuniones que el Embajador Extraordinario participó, imposibilitan el análisis de éstas a partir del diario de viaje. Sin embargo, éste nos brinda un acercamiento a la importancia de la llegada de Arundel mediante las detalladas descripciones de los actos que los políticos y personalidades locales realizaban en el momento que recibían a la comitiva diplomática inglesa. Se trataba de actos que iban desde la celebración de banquetes y fiestas, hasta la visita a diferentes espacios culturales como iglesias, sinagogas, jardines, palacios, colegios, universidades, etc. En sus cartas privadas, Howard destaca el buen trato que recibe tanto de católicos como de protestantes, augurio, según él, de la buena predisposición para la futura negociación.

Ahora bien, si recopilamos la correspondencia privada de Thomas Howard, encontraremos que la mayoría de las cartas están destinadas a un mismo hombre: un tal Mr. Petty, un amigo y viajero inglés a quien Howard confiaba su adquisición de piezas de arte. Como gran coleccionista, parece ser que Arundel estaba sumamente interesado en la misión encomendada por Carlos I, no tanto por su significado político, sino por la posibilidad de visitar y comprar importantes obras. Más aún, si se comparan las cartas enviadas al principio del viaje con las del final, se pondrá en evidencia el poco interés por parte no sólo de Arundel, sino también de la Corona en sí. Como ejemplo de ello, podemos mencionar la carta enviada al Secretario Windebank el 14 de mayo, en donde Howard expresa su preocupación ante la falta de respuestas y comunicación por parte del rey[11].

Finalmente, debe destacarse un hecho no menor relacionado con el escrito de Crowne: el propósito de la misión. En ningún momento de su extensa y descriptiva narración William Crowne hace explícito la razón por la cual el Rey solicita que Arundel se reúna de inmediato con el Emperador. Es sólo a través de la lectura de correspondencia privada que descubrimos las intenciones de Carlos I al enviar a su Earl Marshal al campo de batalla europeo. Esta cuestión, por más sutil que parezca, refleja y da sentido al verdadero objetivo del diario de Crowne y del viaje de Arundel, ya que demuestra que Carlos I no estaba interesado en salir victorioso en las negociaciones por el Palatinado que, como se puede inferir en los documentos, ya deba por perdido. Su intención era crear una imagen en donde Inglaterra cumpliera ese rol neutral que trajera paz a todo el continente y que evitara el desencadenamiento de un conflicto local.

Por lo tanto, y a modo de conclusión, se podría plantear que las políticas exteriores desplegadas por Carlos I durante la denominada Guerra de los Treinta Años más que solucionar conflictos, buscaron evitarlos. En dicho sentido, la diplomacia fue una herramienta para demostrar la neutralidad inglesa frente a las constantes pedidos de apoyo tanto del bando protestante como del imperial. La misión encomendada a Thomas Howard comenzó y acabó siendo un disfraz de las verdaderas intenciones del monarca inglés, quien, a fines de la década de 1620 había comprendido que el adentrarse en una guerra ajena causaría demasiados estragos en su gobierno local (realidad que trató de apaciguar pero que finalmente llevaron a los acontecimientos de la década de 1640). Así y todo, merece la pena preguntarnos, ¿fracasó Thomas Howard en su misión?


  1. Universidad Nacional de Mar del Plata.
  2. MEIER, D.A. “An appeal for a historiographical renaissance: Lost lives and the Thirty Years War”. The Historian, Vol. 67, No. 2, 2005. pp. 254-274.
  3. ASCH, R.G. The Thirty Years War. The Holy Roman Empire and Europe, 1618-48. New York, 1997.
  4. No solo existía una confrontación entre católicos y protestantes, sino también entre diferentes ramas del protestantismo: calvinistas presbiterianos en Escocia, puritanos en Inglaterra y aquellos que buscaban una vía religiosa entre Ginebra y Roma. ASCH, R.G. The Thirty Years War…, op. cit., p. 40.
  5. HILL, C. Reformation to Industrial Revolution 1530- 1780. London, [1967], 2018, p. 109.
  6. La decisión de Carlos I de negociar directamente con Fernando II estuvo ligada al matrimonio celebrado en 1635 entre el Duque de Bavaria y la hija del Emperador, María. Como fruto de dicha unión, se firmó la Paz de Praga entre el Emperador y el Elector de Sajonia en la cual se confirmó la posesión del Alto Palatinado por parte del Duque, a quien también le fue entregada la “Dignidad electoral”.
  7. Entre ellos los condados de Arundel y Surrey, así como varias baronías. En: WHITE, C. Thomas Howard. The Earl of Arundel. California, 1995.
  8. En muchas ocasiones, Crowne detalla las atrocidades y la pobreza que resultaron de la Guerra y explicita cómo Thomas Howard se conmueve y ayuda sin nada a cambio a huérfanos y ancianos que se encuentran en la miseria.
  9. CROWNE, W. A true relation of all the remarkable places and passages observed in the Travels of the right honourable Thomas Lord Howard, Earle of Arundell and Surrey, Primer Earle, and Earle Marshall of England, Ambassadour Extraordinary to his sacred Majesty Ferdinando the Second, Emperour of Germanie. Londres, 1637, pp. 12-13.
  10. Ibid., p. 32.
  11. HERVEY, M.F.S. The Life and Correspondence of Thomas Howard, Earl of Arundel “Father of vertu in England”. Cambridge, 1921.


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