Otras publicaciones:

9789877230284-frontcover

isaacson

Otras publicaciones:

9789871867967-frontcover

9789871867639_frontcover

Discursos políticos en los cuerpos complejos de la monarquía castellana en la temprana modernidad[1]

Configuración y resistencia

Osvaldo Víctor Pereyra[2]

“Conflictos y resistencia” no son elementos exógenos a la dinámica política de las sociedades feudales sino, más bien, condiciones estructurales en que se desarrolla la natural relación orgánica entre los cuerpos múltiples que conforman un reino. Los momentos de ruptura del orden social -algunos intensos y puntuales, otros radicales y extendidos- tampoco son formas accidentales a la vida política de los colectivos sino elementos claves para entender su interacción y la cultura política de los mismos en una época tendida entre dos polarizaciones: la “cooperación” y el “pacto” / la “disrupción” y el “alzamiento”. El propio discurso político de la época canalizaba esta gradiente de la alteración social y le daba un importante lugar en su “comunicación” a través de términos como: “rebellio, seditio, conspiratio, coniuratio, tumultus, discordiae, rumor”, etc. Aunque todas estas menciones documentales no determinen en si una gradación precisa, ya que las misma presentan innumerables matices tanto en el tiempo como espacialmente, todas ellas responden a la idea general de conflictividad que el investigador retraducirá en términos genéricos como: “movimientos” / “levantamientos” / “revueltas” / “tumultos” / “protestas”/ “rebeliones” / “disturbios” / agitaciones” / “insurrecciones”, etc., en un ejercicio de tipificación y ordenamiento propio de nuestra disciplina. Sin embargo, de todo ello no es posible extrapolar una “taxonomía del conflicto” lo suficientemente amplia y adecuada para formalizar todo el conjunto de campos de fuerzas y tensiones que recorren estas sociedades tradicionales, siempre plurales y complejas. Sin embargo, es posible señalar algunos posicionamientos comunes -ciertamente vagos- para pensarlos en conjunto:

El historiador social influido por su propia “visión del mundo” ha tendido a resaltar una serie de fenómenos y componentes de estos conflictos frente a otros, de esta manera se han ensalzado algunas ideas, por ejemplo, del sentido insurreccional del campesinado en el Antiguo Régimen, los denominados “fureurs paysannes”[3] en la idea de cierto “mito insurreccional” del campesinado europeo.[4] Desde entonces se han discutido largamente en torno a la validez de conceptos tales como lucha de clases en el feudalismo, la dialéctica entre el orden y conflicto, el papel de violencia, la distancia entre reformismo o revolución, la autonomía propia de los discursos, el grado de conciencia, etc., han pasado así una miríada de autores: G. Fourquin[5] (1976); B. Porschnev[6] (1978) R. H. Hilton[7] (1978; 1988); Aston y Hilton[8] (1984); R. Pastor[9] (1986); P. Freedman[10] (1999), etc., mostrándonos las dificultades en consensuar una teoría general del conflicto campesino. Sin embargo, a falta de ella, tampoco es posible minusvalorar el papel jugado por esta contraposición entre los de “arriba” y los de “abajo”. Es fundamental ponderar la importancia que adquieren estas posibilidades enunciativas de actores y dicotomías enfrentadas: “dominantes-dominados, explotadores-explotados, ricos-pobres, señores-campesino […]”[11] Las situaciones de desigualdad o injusticia existían y no pasaban inadvertidas para las distintas poblaciones -es cierto que ello no determinaba “mecánicamente” la radicalización del conflicto- pero si hacía que esta amenaza estuviera siempre “latente” frente al orden establecido. Es razonable suponer que aquellos que se encontraban en la posición más desventajosa entendieran cuales eran las causas de su discriminación, explotación o la opresión. Pero su visión nunca fue uniforme, no podía serlo, pues los sujetos políticos eran poliédricos: por ejemplo, en el septentrión castellano tendremos campesinos, sí, pero algunos “hidalgos, otros no; algunos propietarios, otros sin tierras; algunos acomodados, otros miserables; vecinos de ciudades, con inmuebles, otros sin ellos, algunos con fortunas, otros sin ellas; algunos patricios de “cuño antiguo”, otros “recién llegados o arribistas”; algunos vecinos, naturales, otros extranjeros, etc., todos ellos variantes entrelazadas que se modulaban en los ejes mono-causales de unas sociedades que, como decía el propio Sancho Panza: podía fácilmente dividirse entre los “[…] que tienen y los que no tienen”. [12]

Rara vez es posible aislar un único componente como el elemento explicativo de un conflicto. ¿Cuál es elemento central de estos “movimientos sísmicos” al edificio instituido? Pueden ser simplemente reducidos a “levantamientos campesinos”, “tumultos de miseria”, “revueltas anti-fiscales”, “disturbios gremiales”, “movimientos milenaristas”, etc. Poner énfasis en su “vocabulario propio” es determinar que los mismos presentan -para sus actores participantes- tal vez contornos más bien “borrosos” dentro de un conjunto plural de demandas y que aquello que el investigador reduce a ciertos componentes explicativos “manejables” recoge en las prácticas un conjunto multiforme, una paleta rica de gama de colores, y definiciones, a múltiples niveles y sentidos. Sabemos hoy que los sujetos políticos han ido enriqueciendo, y al mismo tiempo, adjetivando aquellas conflictividades axiales, a través de la modulación intersticial que suponía la concreción de “identidades colectivas” que no nacían solamente de la posición del individuo, o del grupo de relaciones sociales en que estos se conformaban, sino también de factores tan variados como los culturales, la oriundez, su lugar de residencia, la convivialidad, sus costumbres o modos de vida, etc., así como un conjunto plural de solidaridades a nivel familiar, comunitario, vecinal, regional, etc., sin dejar de contar el rechazo popular a ciertas minorías (identificadas siempre con el “otro” receptáculo de todo lo negativo). Aun así, ni las relaciones sociales ni las identidades explicarían todas las motivaciones, pero sabemos que influían, al igual que la “autonomía del sujeto”, pero ¿cómo medirlos? ¿cómo ponderarlos?

Una composición del problema más ajustada a la pluralidad. Hoy sabemos que las grandes convulsiones fueron en cierto modo un estado de excepción y no la regla, pero que aquellos patrones de conflictividad que las acompañaron estaban más que extendidos en las sociedades medievales y modernas. La imagen que va surgiendo son más bien el de una multitud de pequeños enfrentamientos locales de una escala de tensión más bien baja y de incidencia fuertemente local. Algunos historiadores señalan que en el “largo siglo XIV” (desde mediados del siglo XIII a las primeras décadas del siglo XV) se desarrolló el gran ciclo histórico de revueltas (Flandes 1323-28 / Jacqueries de 1358 / levantamiento inglés de 1381, etc.) no fueron los movimientos más típicos del período, pero si los de mayor impacto e intensidad. Ello no comporta un enfrentamiento directo entre señores y campesinos, este tipo de conflictividad fue extremadamente rara, ya que estos últimos se movilizaron “contra el poder”, “contra las autoridades” de ciudades y principados, “contra los impuestos” y todo lo que consideraron lesivo a sus intereses. En este sentido: “[…]una sociedad de comunidades urbanas y rurales, con autonomía, con conciencia, con organización y capacidad de negociación, como era la sociedad medieval (y moderna) no ofreció nunca un modelo de reacción esquemático y único.”[13]

El análisis del vocabulario nos compone directamente en el problema de la configuración propia de estos discursos políticos por parte de los protagonistas. Un discurso particular, unas ideas que no eran meros ecos de las elites dominantes[14] las protestas medievales y temprano modernas parecen presentar un discurso donde campesinos, artesanos, pecheros o los distintos sectores subalternos identificaban claramente a sus “enemigos” así como los puntos neurálgicos que definían su sentido de opresión y explotación que ellos mismos padecían. Las tesis de James Scott[15] sobre las formas de “resistencia indirecta”, y sobre “el arte de la resistencia” han permitido repensar el lugar del lenguaje y la acción. La multitud de cuerpos, de pequeñas comunidades, pero con una vida comunitaria intensa, y a su interior bien articuladas, hoy sabemos que fueron lo suficientemente capaces de manifestar su descontento, hacer visibles lo que consideraban “injusticias” u “agravios” contingentes con sus denuncias a unos sectores dirigentes, de cierta vida “pública”, para nada ejemplares. Así los escenarios de violencia y protestas fueron tan variados y localistas que la lucha contra la opresión y falta de justicia no se redujo nunca a una simple respuesta mecánica a estímulos impersonales meramente económicos.

Discurso banderizo, lenguaje y resistencia

Partiendo de estos postulados, de base amplia, podemos conformar un extenso vocabulario público con el que las crónicas, en este caso las crónicas banderizas[16], designan numerosos movimientos insurreccionales o de ruptura de un orden social siempre pensado como “reflejo del orden divino.”[17] Estos relatos a su vez reflejan una disposición ideológica concreta –generalmente producciones de los sectores dominantes o al servicio de estos– asumiendo con ello una deformación o “perspectiva negativa frente a la descripción, más o menos pormenorizada, que encontramos acerca de estas agitaciones. Es decir, utilizando una metáfora del campo de la física: la relación entre actores colectivos / agentes / cuerpos complejos y corporaciones que conforman las partes estructurantes de estas sociedades precapitalistas no se ajustan, en sus movimientos e interdependencias, a una dinámica de espacio vacío, sino a su contrario, a la imagen de un “espacio lleno”. El movimiento de uno conlleva a la reacción por parte de los otros, mucho más cercano a la mecánica de fluidos, en la cual los cuerpos necesariamente se ven afectados mutuamente a través de sus desplazamientos y de las ondas producidas.

Pretendemos analizar la articulación que presenta una serie continua de “preconceptos” -firmemente establecidos al interior de una cultura política compartida– que permiten componer un complejo sistema de “legitimidad argumental” de los grupos en movimiento en el plano discursivo. Tomaremos para ello como base de nuestro análisis lexicológico el relato banderizo del libro de las Bienandanzas e fortunas[18], escrito por Lope García de Salazar (siglo XV) –pariente mayor vizcaíno– cuyos intereses y acción política se desplegaba intensamente en los espacios de la región oriental de Cantabria y de Vizcaya. Ciertamente, no es nuestra aspiración cubrir la totalidad de estos “dispositivos de sentido”, sino más bien establecer una selección basada en su densidad cuantitativa –repitencia– dentro de la trama textual compleja como es la de las crónicas banderizas, así como la operatividad que proporcionan estas “preconcepciones de base amplia”[19] para definir el lugar que adquiere el conflicto y la resistencia propios de los cuerpos políticos en movimiento.

La complejidad social en el septentrión castellano

Las sociedades medievales septentrionales se encontraban fuertemente jerarquizadas y en pleno proceso de complejización a partir del paulatino desarrollo mercantil y comercial. Dicha complejidad otorgaba una mixtura social compleja a los efectivos humanos conformante de estas sociedades. Pero, más allá de la pluralidad y diversidad de rentas de estas familias, lo que observamos, es que entre todos ellos existe una condición jurídico-social bastante extendida: la “hidalguía”[20]. Si bien es cierto que gran parte de estos efectivos humanos enrolados en los peldaños más bajos del estamento privilegiado –pequeña nobleza local– se encuentran formando parte de las “amplias clientelas de los linajes aristocráticos” –la gran nobleza del reino castellano– también es reductivo centrar su participación únicamente en la integración a las huestes feudales.[21] Es cierto que en gran medida ellos son profesionales militares, o que es posible identificar en sus ingresos una parte importante aportada por dicha actividad, pero el oficio militar se desarrolla en momentos puntuales, asociado a los vaivenes producidos por el permanente “estado de violencia producido por la lucha de bandos linajes y parcialidades”.[22] Estos “señores de la guerra y de la tierra” comportan un perfil socio profesional mucho más complejo. No es viable, en los espacios septentrionales, subsumir “hidalgo” a señor”, aunque compartan ambos la misma base del privilegio jurídico y algunos puedan ser catalogados como “señores sin señorío”, siendo probable que encontremos entre ellos una gran porción de agricultores apegados a su terruño y aldea. Hidalguía y pobreza no son un fenómeno circunstancial en estos espacios septentrionales, sino más bien la condición de existencia general que presentan estos efectivos humanos.[23] La posición social de cada individuo era definida por el nivel de rentas que presentaba la familia en su conjunto y con su lugar de preeminencia al momento de la trasmisión hereditaria de los bienes, pero también ello se encontraba en gran parte determinado por la política seguida por cada del cabeza de linaje. Por ejemplo, una “política matrimonial” correcta garantizaba una alianza y una unión de bienes que permitía el ascenso social, económico y político del linaje en su conjunto, pero, al contrario, una “errada” podía tener un efecto negativo, llevando aún a la extinción del linaje. Debemos tener en cuenta que la mayoría de los hidalgos norteños sostenían sus ingresos en función de una estructura rentística diversificada, insertos en una agricultura tradicionalmente deficitaria cuyos aportes complementarios pasaban por la explotación de algunos recursos tales como la madera, las explotaciones férricas, la pesca, el comercio o el artesanado, los encontramos también como: “zapateros, cordeleros, toneleros, fabricantes de velas, escabecheros, saladores de pescado, molineros, armadores”, etc. Sólo los grandes cabezas de linaje parientes mayores[24]– podían acumular un conjunto de rentas que los colocaba en un lugar diferencial, donde podían mantener extensas clientelas militares, así como sostener el patronato de iglesias familiares,[25] y gozar de los favores de la gracia real formando parte de la corte regia.

Es necesario analizar en su conjunto la articulación alcanzada por esta población hidalga al interior de las estructuras suprafamiliares, los linajes y los bandos linajes y parcialidades[26], tanto de aquellas ramas asentadas fuertemente en sus solares originales en el mundo rural como las otras asentadas en los espacios urbanos, ello permite observar un universo social convulso, poblado de recorridos y trayectorias divergentes. La diversidad de opciones nos presenta una pluralidad de alternativas y posibilidades que deben ser tenidas en cuenta en nuestros análisis.

En busca de un posible análisis lexicográfico vincular

El punto central que queremos destacar en el léxico de estos relatos genealógicos como crónicas banderizas es su carácter contractual antiguo[27]. Es importante comprender la importancia que adquiría este vocabulario político para explicar el conjunto de relaciones políticas complejas que definían los vínculos al interior de las asociaciones parentales-clientelares amplias que fueron los bandos linajes y parcialidades. La cuestión no es un problema menor, hay que entender que las comunidades locales no se encuentran conformadas por individuos sino por colectivos de menor escala: linajes o unidades domésticas, lo que implica, per se, un juego mixto de inclusiones y exclusiones relativas entre sus miembros. Los miembros de estos linajes se encuentran así incluidos en una representación de tipo indirecto bajo jefaturas de complexión masculina –muy raramente femeninas (aunque encontramos algunas en la documentación)– lo que revela la forma que adquieren las relaciones de dominación domésticas y el poder centrado en cabeza de estos colectivos que son los parientes mayores y menores, asentados en los espacios urbanos. El carácter “contractual antiguo” se basa en la pauta doctrinal por la cual cada uno de estos cuerpos políticos, los linajes, más allá de su extensión y la potencia que presentan –mayores y menores– son en sí mismos cuerpos políticos perfectos comprendidos desde una visión vitalista y organicista, constituidos por “caput et membra”, es decir, cabeza y miembros. El pariente mayor es tomado como la representación de la dirección del linaje, centralizando en su figura las relaciones políticas de dominio al interior de éste. Como establece López Benito, los linajes deben ser entendidos como:

[…] una comunidad de individuos unidos por lazos de sangre y por un intenso sentido de la solidaridad. Entre sus componentes destacaba siempre un jefe o pariente mayor que tenía […] importantes atribuciones (repartir cargos, poner en pie de guerra al linaje) Pertenecen también a éste las clientelas constituidas por personas vinculadas a él por lazos de tipo espiritual (fidelidad, vasallaje, etc.) La solidaridad era básica para la supervivencia del linaje.[28]

La centralidad que adquiere la idea de “linaje” queda expresada también en el número de repeticiones que encontramos en la morfológica textual de las Bienandanzas e Fortunas, abarcando un total de (843)[29] menciones a lo largo del texto, lo cual representa un número importante de entradas que terminan, proporcionalmente, involucrando el 69,3% del segmento de los “colectivos” analizados[30]. Podemos afirmar que lo “contractual” reside así en los procesos dialécticos de reformulación y renovación -a veces tácitos- que constituyen estas adscripciones complejas a las que denominamos bandos linajes y parcialidades. Fue necesario establecer cinco grandes conjuntos o agrupamientos lexicográficos que nos permitan ordenar de manera primaria el discurso banderizo en función de ciertas pautas organológicas. A nivel del software utilizado son lo que puede ser definido como variables en las cuales se inscribirán los distintos códigos[31]:

  1. Aquellas que refieren al “conflicto y resistencia” (la cual involucra también la dimensión de suspensión del conflicto): “guerra (613), desafiar-desafiamiento (17), bolliçios (12), pelea (38), quemaron (56), derribaron (31), pleito o contienda (120), prendieron (21), omeçidio (112), levantar o levantamiento (166), venganças (39) y treguas (200)”.
  2. Las que refieren a los vínculos adscriptivos (instituidos y regulatorios entre los linajes) amistad o amistança (20), aliança (9), bando (5), pleito homenaje (30), juramentos (23), hermandad (18), ayuda (153)”.
  3. Aquellos que refieren a los “vínculos conformativos (tanto horizontales como verticales al interior de los cuerpos linajísticos) “amistad o amistança (20), “sus omes-omes suyos (235), escuderos (200), criados (72), leal (24)”.
  4. Colectivos (referenciales) linaje (843), caballero (322), mercaderes y mareantes (26), vecinos (19), omes comunes “(6).
  5. “Locativos conformativos” (en tanto los mismos son la base material dentro de la cual se inscriben los agentes colectivos analizados): “solar (350) / torre (229) / palacio (215) / iglesia (188) / aceña-molino (41) / ferrería (25) / villa-ciudad (653)”.

Como todo complejo discursivo, el relato banderizo se encuentra, como vemos, profundamente interaccionado entre sus elementos. En este acercamiento hemos priorizado solamente algunos de ellos intentando mostrar cómo funcionan en conjunto dentro de una matriz explicativa que, necesariamente, intenta analizar el problema más allá de una densificación cuantificada de repetición de palabras. Es decir, analizarlo al interior de un espacio relacional que lo dota de sentido en un tiempo y espacio determinados. Véase Matriz de Frecuencia combinada.


  1. This work is an output of the Resistance Project, which has received funding from the European Union’s Horizon 2020 research and innovation program under the Marie Skłodowska-Curie grant agreement n° 778076.
  2. Universidad Nacional de La Plata.
  3. MOUSNIER, R. Fureurs paysannes: Les paysans dans les révoltes du XVIIe siècle, in France, Russie, Chine. Paris, Calmann-Lévy, 1967.
  4. En este punto sólo hay que recordar la postura de BRENNER, R. (1986) “Las raíces agrarias del capitalismo europeo”, En: ASTON, T. H. y PHILPIN, C. H. E. (eds.) El debate Brenner. Barcelona; y su comparación entre las posibilidades de acción política y práctica histórica de resistencia de las comunidades aldeanas en occidente frente a las de oriente.
  5. FOURQUIN, G. Los levantamientos populares en la Edad Media. Madrid, 1976.
  6. PORSHNEV, B. Historia de los movimientos sociales. Madrid, 1978.
  7. HILTON, R. H. Siervos liberados. Los movimientos campesinos medievales y el levantamiento inglés de 1381. Madrid, 1978; Conflicto de clases y crisis del Feudalismo (Colección de artículos). Barcelona, 1988.
  8. ASTON, T. H. y HILTON, R. H. (eds.) The English Uprising of 1381. Cambridge, 1984.
  9. PASTOR, R. Resistencias y luchas campesinas en la época del crecimiento y la consolidación de la formación feudal. Castilla y León, siglos X-XIII. Madrid, 1980.
  10. FREEDMAN, P. Images of the Medieval Peasant. Stranford, 1999.
  11. MONSALVO ANTÓN, J. M. Los conflictos sociales en la Edad Media. Madrid, 2016, p. 295.
  12. Véase BURKE, P. “The language of orders in Early modern Europe” in BUSH, M. L. (coord.) Social orders and social classes in Europe since 1500: studies in social stratification. Londres, 1992.
  13. MONSALVO ANTÓN, J. M. Op. Cit. p. 23.
  14. DUMOLYN, J., HAEMERS, J., OLIVA HERRER, H. R. y CHALLET, V. (coords.) The Voices of the people in Late Medieval Europe. Communication and Popular Politics. 2014.
  15. SCOTT, J. Los dominados y el arte de la resistencia. Discursos ocultos. México, 2000.
  16. La obra de Lope García de Salazar ha sido objeto reciente de atención por parte de filólogos e historiadores. Ha sido fuente primaria para una experiencia pionera en el ámbito de las Humanidades Digitales como el antiguo CODIVAS, hoy Corpus On-line de Vasconia, que dirigió la profesora Líbano Zumalacárregui. Fruto de esa experimentación se han ofrecido algunos trabajos preliminares de análisis lexicográfico, con gran valor para campos como la historia social: LÍBANO ZUMALACÁRREGUI, A. y VILLACORTA MACHO, M. C. “Aproximación léxica a las estructuras y grupos sociales en el espacio geográfico vascongado (siglos XV y XVI)” Revista de investigación lingüística, vol. 11, 1, 2008. El Libro de las buenas andanças forma parte sustancial de la base documental que nutre otro proyecto de Humanidades Digitales nacido en el seno del mismo grupo de investigación y que hemos denominado HILAME. JULAR, T. y DACOSTA, A. “HILAME (Hidalgos, Labradoras, Mercaderes): Procesamiento y visualización de datos prosopográficos”. En: GONZÁLEZ, D. y BERMUDÉZ SABEL, H. (coords.) Humanidades Digitales. Miradas hacia la Edad Media. Berlín, Boston, 2018, pp. 79-89.
  17. Una tendencia “cosmológica, natural y absoluta”. El orden humano no se diferencia así (en términos de su primum mobile) del movimiento general actuante en la naturaleza que gobierna todo el universo. Debemos tener en cuenta que para el pensamiento medieval el orden cosmológico es también complexión del orden político. KANTOROWICZ, E. Los dos cuerpos del rey. Un estudio de Teología política Medieval. España, [1957] 2018; GIERKE, O. Von. Teorías políticas de la Edad Media (edición de F. W. Maitland). Madrid, 1995.
  18. De las distintas ediciones de las Bienandanzas e fortunas de Lope García de Salazar utilizamos, para este trabajo, aquella realizada por MARÍN SÁNCHEZ, A. M., 1990 y que tiene acceso digital en https://bit.ly/3zXigj3 (fecha de consulta 2/02/2019).
  19. Prefiero hablar de “preconcepciones de base amplia”, entendiendo las mismas como supuestos generales y compartidos que comprenden un conjunto, más o menos extenso, de parámetros interpretativos abarcativos que actúan como organizadores del discurso político, tales como principios liminares o presupuestos interpretativos: “orden, paz, sosiego”, etc., y que en general se presentan o se definen en función de su relación especular, a través de su contrario, “desorden, violencia, bullicio”, etc.
  20. Para el alcance cuantitativo de la voz hidalgo véase el trabajo de BRUMONT, F. Paysans de Vieille-Castille aux XVI et XVII siėcle. Madrid, 1994. Para el espacio cántabro, el estudio de DÍEZ HERRERA, C. La formación de la sociedad feudal en Cantabria (siglos XI-XIV). Santander, 1990. Identifica el núcleo de estos grupos en familias infanzonas –conformantes de la nobleza autóctona– que, asentadas en los valles de Santillana y Trasmiera habría ejercido, desde los siglos XI-XII, una destacada función militar y política a nivel comarcal participando de forma activa en los concejos de valles y aldeas.
  21. LEMA, J. A.; FERNÁNDEZ DE LARREA ROJAS, J. A.; GARCÍA, E.; MUNITA, J. y DÍAZ DE DURANA, J. R. Los señores de la guerra y de la tierra: nuevos textos para el estudio de los Parientes Mayores Guipuzcoanos (1265-1548). San Sebastián, Archivo General de Gipuzkoa, 2000.
  22. El servicio al rey tan bien fue un espacio principal de ascenso social, político y económico y miembros de estos linajes se encuentran participando en las campañas militares contra el nazarí, pero también comenzarán a ser protagonistas en los acontecimientos al otro lado del Atlántico, en lo que fue los primeros pasos de la conquista y colonización de las Indias.
  23. DÍAZ DE DURANA, J. R. La otra nobleza. Escuderos e hidalgos sin nombre y sin historia. Hidalgos e hidalguía universal en el País Vasco al final de la Edad Media (1250-1525). Bilbao, 2004.
  24. AROCENA ECHEVERRÍA, I. “Los parientes mayores y la guerra de bandos en País Vasco”, En: Historia del Pueblo Vasco, I. San Sebastián, 1978, pp. 151-172; DACOSTA MARTÍNEZ, A. F. Los linajes en Bizkaia en la Baja Edad Media: poder, parentesco y conflicto. Bilbao, 2003; DÍAZ DE DURANA, J. R. (ed.) La lucha de bandos en País Vasco. Guipúzcoa: de los Parientes Mayores a la Provincia (siglos XIV al XVI). Bilbao, 1998; ACHÓN INSAUSTI, J. A. “Los Parientes Mayores”. Iura Vasconiae, n. 3, 2006, 221-247; ARAGÓN RUANO, A. “Linajes urbanos y Parientes mayores en Gipuzkoa a finales de la Edad Media (1450-1520)”. En la España Medieval, vol. 35, 2012, 249-283.
  25. Tanto Díaz de Durana como Dacosta Martínez focalizan su atención en el estudio del valor que supusieron las rentas originadas en estas iglesias y en la influencia social que se derivó de la detentación de prerrogativas sobre estos oratorios. DÍAZ DE DURANA, J. R. “Patronatos, patronos, clérigos y parroquianos. Los derechos de patronazgo sobre monasterios e iglesias como fuente de renta e instrumentos de control y dominación de los Parientes Mayores guipuzcoanos (siglos XIV a XVI)”, En: Hispania Sacra, n. 50, 1998, 467-508; DACOSTA MARTÍNEZ, A. F. “Patronos y linajes en el Señorío de Bizkaia. Materiales para una cartografía del poder en la baja Edad Media.” Vasconia: Cuadernos de historiaGeografía, n. 29, 1999, 21-46.
  26. Diferenciando los mismos a partir de su estabilidad, siendo los segundos más coyunturales –así como por los intereses en su origen– respondiendo los bandos parcialidades a realidades que superan los propios marcos locales o comarcales.
  27. Hablamos de una cultura política contractual entre cuerpos complejos, entre ellos, los linajes. Véase FORONDA, F. y CARRASCO MACHADO, A. I. (dirs.) El contrato político en la Corona de Castilla. Cultura, sociedad y política entre los siglos X y XVI. Madrid, 2008; CARRASCO MACHADO, A. I. Discurso político y propaganda en la corte de los Reyes Católicos. Madrid, 2003; NIETO SORIA, J. M. “Pacto y consenso en la cultura medieval: algunas perspectivas de análisis”, En: NIETO SORIA, J. M. y VILLARROEL, Ó. (coords.) Pacto y consenso en la cultura política medieval: siglos XI al XV. Madrid, 2013, pp. 17-40; MONSALVO ANTÓN, J. M. “El lenguaje del poder en la Castilla del siglo xv: léxico político y alianzas nobiliarias de los Álvarez Toledo (Casa de Alba)”, En: CARRASCO MACHADO, A. I. (coord.) El historiador frente a las palabras. Lenguaje, poder y política en la sociedad medieval: nuevas herramientas y propuestas. Lugo, 2017, pp. 327-369.
  28. LÓPEZ BENITO, C. I. Bandos nobiliarios en Salamanca. Salamanca, 1983, p. 58.
  29. Se compone al lado del concepto seleccionado el número total de entradas entre ( ) a fin de facilitar la lectura.
  30. Abrimos aquí un pequeño paréntesis en nuestro análisis. Debemos entender que no intentamos realizar en este artículo un simple conteo de palabras, una de las tantas utilidades provistas por el software QDA Miner con el que se ha realizado los cuadros que acompañan el presente análisis. Ponemos énfasis en que las mismas representan tramas vinculares, referenciadas por los propios actores, que componen una matriz compleja de sentidos en el que se inscriben los relatos genealógicos como las Bienandanzas e Fortunas.
  31. Un primer paso para este tipo de análisis, en función de la utilización de software como el QDA Miner (entre los muchos existentes) es definir las variables a ponderar, las mismas componen dimensionalidades diferenciales que permiten ordenar la trama textual. Se encuentran conformados por una serie determinada de códigos a los cuales adscribimos las particularidades propias que presentan los objetos analizados. En el caso de este trabajo se ha partido de dos ejes estructurantes vínculos y territorialidad que necesariamente refieren a los colectivos a analizar.


Deja un comentario