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Alianzas, oro y naves: la organización de la armada española

De la Santa Liga a la Armada Invencible

Néstor Colombo[1]

En la segunda mitad del siglo XVI, a partir de la estrategia imperial de la monarquía de Felipe II, se pueden encontrar dos grandes empresas navales: La creación de la Santa Liga que culmina con la victoria de Lepanto y la empresa de Inglaterra que culmina con la pérdida de gran parte de la Armada creada para la invasión de las Islas Británicas.

¿Cuál de las dos empresas implicó un mayor esfuerzo en hombres y divisas? ¿Cómo y porque se varió la estrategia? ¿Son similares los métodos con los que se encararon estas dos empresas? Un mismo rey, una misma administración, una misma fe… y sin embargo las diferencias marcaron el tiempo de preparación e incidieron en el resultado final.

La empresa de la Santa Liga

Siempre que vuestra armada se halle a la vista de la del enemigo, será cuando necesitareis de toda vuestra templanza y sensatez, para saber discernir con sabiduría, si será conveniente dar o excusar batalla; si habréis de embestir, o manteneros quietos o retirados, y si habréis de utilizar otras trazas[2].

Durante el siglo XVI el Imperio Turco había sido un claro enemigo de los Habsburgo, no solamente por mar sino en el caso del tiempo de Carlos V con una ofensiva exitosa en los Balcanes que los llevo incluso dos veces a las puertas de Viena. Por otro lado en el Mar Mediterráneo desde que en 1519 Barbaros Hayrettin Pachá, más conocido como Barbarroja fuera nombrado Gobernador de Argel por Estambul con el privilegio de poder reclutar soldados en Anatolia[3], se vieron en peligro las zonas costeras y especialmente la costa de Valencia que fue asolada en 1532, y a pesar de las conquistas españolas de Túnez y La Goleta, la victoria turca en la batalla naval de Prevesa inició un periodo de derrotas de las flotas católicas que solo se detuvo en el heroico sitio de Malta defendida por los caballeros de San Juan.

Sin embargo, el cambio de liderazgos en la segunda mitad del siglo trajo modificaciones trascendentes; la asunción al trono turco de Selim en setiembre de 1566 hacía pensar a Europa: un cambio de Sultán exigía nuevas guerras. Por el otro lado moría en la torre Borgia Pio IV, Papa renacentista que había liderado a la cristiandad en la defensa de Malta; y lo reemplazaba Pio V, quizás la antítesis del anterior que no dudo entre sus primeras decisiones en renovar el subsidio entregado a España en concepto de galeras para proteger los mares cristianos contra los turcos. El agente de Felipe en Roma informó “[…]que era muy buen hombre […] de gran celo en las cosas de la religión […] es el Cardenal que en los tiempos de ahora más convendría que fuese Papa”[4].

¿Tenía Felipe una política para el Mediterráneo en medio de sus incontables conflictos entre los que sobresalía claramente el problema de los Países Bajos? Era evidente que su política en este conflicto era defensiva; incluso a la espera de lo que hicieran los turcos, esto no implica que no hubiera estrategia, durante el tiempo de tregua que va de Malta a la toma de Nicosia el Rey siguió construyendo galeras, sin prisa, pero sin pausa en el puerto de Barcelona teniendo en 1576 más de cien embarcaciones, insuficientes para luchar solo, pero bastantes para defenderse. Los intereses territoriales de la monarquía española en este conflicto eran evidentes: Túnez y Argel. La defensa del Mediterráneo Occidental no implicaba arriesgar la flota en aventuras descabelladas y menos en batallas navales de resultado incierto. Esto se demuestra en las decisiones de Felipe y el modo de rodear al príncipe a partir de la conformación de la Liga[5].

El 1° de enero de 1567 Felipe emite un edicto contra la población mora de sus reinos, la respuesta es la rebelión de las Alpujarras que sitia Granada y llama a la rebelión en nombre de Alá. La victoria fue cruenta, pero se vio empañada estratégicamente por la recuperación de Túnez por parte del corsario Uluj Alí en 1570. El turco estaba cerca.

El 10 de marzo el Dogo de Venecia escribía a su embajador en Madrid:

[…] las fuerzas de su Católica Majestad deberían unirse a las nuestras para oponerse a la furia y el poder del turco, a lo cual nos préstamos de buen grado para lograr el bien común y porque esperamos que Dios nuestro Señor haya vuelto Su piadosa mirada hacia la cristiandad, y que esta vez quiera reprimir la audacia de los infieles[6].

El problema de fondo para la creación de la Liga es que nadie creía en la honestidad de Venecia, suponiendo que negociaba también con el Imperio Turco, lo cual era cierto; sin embargo, la expedición de Selim sobre Chipre y la caída de Nicosia y posterior sitio de Famagusta, sumado al envío del embajador papal Luis de Torres a la corte de Felipe aceleraron las negociaciones y Felipe promete el envío del almirante Andrea Doria con una flota de Galeras al sur de Italia[7]. Aun cuando Doria no había tenido un gran desempeño en la batalla de Los Gelves, por primera vez en muchos años se observaba un intento de coordinado cristiano de revertir la situación del Mediterráneo. Sin embargo, los preparativos fueron lentos y estuvieron plagados de desconfianzas entre los integrantes de la Liga. Una de las grandes dificultades era el conseguir buenos remeros, elemento clave en las flotas mediterráneas. Esta primera experiencia fue desilusionante, la falta de acuerdos y las indicaciones de no arriesgar barcos que había recibido Doria, sumados a la inacción del almirante veneciano lo transformaron en una expedición vacilante que perdió hombres por la fiebre, pero no logro ningún objetivo recibiendo duras críticas en Venecia y en Roma, en particular dirigidas al Almirante veneciano Zane y al Almirante de Felipe II, el muy cauteloso Andrea Doria.

Los barcos españoles habían avanzado en desarrollos tácticos esenciales para este momento histórico en el Mediterráneo, la estructura de remeros había pasado a tres por remo, siendo la obtención de hombres preparados el mayor reto de esta empresa, ya que su número total se elevaba en algunos casos a doscientos por galera, Eso implico que algunas naves embarcaran hasta 500 hombres, lo cual era un enorme desafío. Esto implicaba transportar casi 900 litros de agua por cada día de navegación y el costo de las escuadras españolas se triplico entre 1520 y 1590, teniendo en cuenta que Felipe II moviliza el doble de galeras que su padre. A esto se le suma una artillería más potente y con mayor número de piezas, más un enorme poder de fuego de los tercios españoles embarcados, que no solo ocuparon las galeras españolas, sino que por iniciativa de Don Juan poblaron las galeras venecianas.

Esta decisión estaba en marcada en la pálida actuación que había tenido la escuadra antes de la llegada de Don Juan en 1570 en donde no se atrevió a entrar en batalla. Lo que costo el desprestigio de los almirantes venecianos y de Marco Antonio Colonna nombrado por el Papa Pío V. El acuerdo era débil, pero establecía que los tres aliados, Venecia, España y la Santa Sede se comprometían a reunir cada año para el primero de abril una fuerza de 200 galeras, 100 navíos de transporte 50000 hombres y 4000 de caballería ligera, en proporciones de tres partes para España, dos para Venecia y uno para el Pontífice. Obviamente el costo era mayor para España pues debió aprovisionar a Venecia que tenía los mercados orientales cerrados y a la vez controlar que el precio del cereal no subiera de manera desmedida.

A partir de la llegada de la flota española a Messina en agosto de 1571 las decisiones del príncipe orientaron hacia la unidad de mando de la expedición decidiendo que la tropa española, sobrante en las galeras peninsulares engrosase la infantería de las galeras venecianas, lo cual se logró con sorprendente facilidad[8].

La decisión tomada tras largas discusiones de dar la batalla en el golfo de Corinto fue arriesgada según las opiniones de los diplomáticos españoles que analizaban un escenario de derrota y de invasión turca en este caso, pero fue la correcta; el 7 de octubre de 1571 se enfrentan 230 galeras turcas contra 208 buques cristianos de distinto porte, desde galeras hasta urcas con un gran poder de fuego de artillería y, lo que sería determinante, de mosquete.

Sin embargo, a pesar de estas cifras que por supuesto son controvertidas, quedan tres grandes consecuencias; la primera es que ningún beneficio territorial se consiguió luego de la victoria por la falta de vituallas y por el deseo de poner a salvo el enorme botín conquistado, la segunda es que el impacto de Lepanto psicológicamente es enorme, de aquí en más se buscan los caminos de una tregua y eso es para la Armada Turca más destructivo que la derrota, y la tercera es que los corsarios del Mediterráneo dejan de reportar a la Sublime Puerta y se transforman en una fuerza independiente. De Lepanto en adelante el eje del poder vira al Atlántico y las fronteras quedan fijadas. Lepanto es sin dudas en sus consecuencias una victoria de las políticas de Felipe y el certificado de estancamiento para Venecia y el Imperio Turco. Es también la última vez que el papado organiza una empresa de esta envergadura.

La empresa de Inglaterra

El primer acercamiento a un hecho sobre el que se ha escrito mucho como es la decisión de Felipe II de invadir Inglaterra tiene que darse en el contexto de qué tipo de decisión tomo el monarca; ¿es una decisión geopolítica, religiosa, económica, defensiva o de conquista? Quizás hay algo de cada elemento en este marco de análisis. En primer lugar, es dable destacar que en las hipótesis de conflicto de Felipe II nunca estuvo Inglaterra, sino que siempre se procuró llegar a acuerdos con Isabel que no la transformara en un enemigo de la monarquía católica.

Sin embargo, hubo dos elementos clave que oscurecieron la relación entre ambas monarquías: la piratería y la cuestión de los Países Bajos. A la vez, a nadie escapaba que la unión de Portugal con España ofrecía a la Monarquía Católica enormes oportunidades, no solo estratégicas, sino también de carácter mercantil y de poderío militar superando las 300.000 toneladas de arqueo frente a las escasas 43000 que tenía la flota inglesa[9].

A la vez es importante destacar la labor que llevaron adelante los embajadores españoles en la corte de Isabel como grandes conspiradores a favor de Felipe; El Conde de Feria, Don Álvaro de la Cuadra y Don diego Guzmán de Silva, dos de ellos hombres de Iglesia expresan el importante papel que la religión jugaba en las relaciones entre países. Sin embargo, fue Bernardino de Mendoza quien desde esta embajada genero más complicaciones para Isabel, sobre todo agitando con inteligencia la cuestión irlandesa, lo que le valió la expulsión de Inglaterra en 1584[10].

Para entender el antagonismo en tiempos de Mendoza bastan sus palabras: “[…] pues no le había dado satisfacción siendo ministro de paz, me esforzaría de aquí adelante para que la tuviese de mi en la guerra, palabra que han rumiado ellos entre sí”[11].

La tarea del duque de Alba en tierras flamencas llevo a la caída de Bruselas en marzo de 1585 y a la todavía más importante del puerto de Amberes en agosto del mismo año. La posesión de Amberes era para Inglaterra un peligro evidente y en repuesta a esto Isabel firma el tratado secreto de Nonsuch por el cual interviene militarmente con 8000 voluntarios al mando del duque de Leicester en diciembre de 1585. Al mismo tiempo la presencia de corsarios holandeses (los mendigos del mar), e ingleses en el Canal de la Mancha ponían en grave riesgo las comunicaciones militares y comerciales del Imperio español. Al enterarse del nombramiento de Francis Drake como almirante de la flota inglesa y ante la necesidad de resguardar a la flota española que sale de América Felipe decreta un embargo a todas las naves que se encuentran en puertos españoles lo que trae más resquemores: “[…]los métodos defensivos ya no bastan, sino que nos obligan a apuntar el fuego a su propia tierra […] El objetivo de esta Armada no es menos la seguridad de las Indias que la reconquista de los Países Bajos”[12].

El 18 de febrero de 1587 la reina legítima de Escocia y heredera al trono de Inglaterra, María Estuardo fue enviada al patíbulo. Cuando recibió noticias de su ejecución Felipe lloro en el Escorial[13].

El 29 de abril de 1587 la flota inglesa cayó sobre Cádiz al mando de Drake y capturo 20 embarcaciones españolas, no pudo ir más allá por las defensas terrestres, pero ya no había margen para acuerdos.

Lo que estaba en juego no eran solo los Países Bajos, ni siquiera el dominio y comercio de España en el Norte de Europa; lo que está en juego es la posesión de ultramar mayor y más rica: su imperio americano. Está claro que entre la Monarquía Católica e Inglaterra había diferencias religiosas, pero esas diferencias eran ideológicas, agrió las relaciones, pero no las rompió[14].

Después de Lepanto Felipe retiro a España del Mediterráneo y su mirada se volcó hacia el Atlántico; específicamente hacia Inglaterra.

A pesar del cambio de política la estrategia de Isabel no cambio; en 1585 la flota de Drake cayó sobre Santo Domingo llevándose un botín de 25000 ducados y luego atacó, incendió y saqueó Cartagena de Indias con un botín de 107000 ducados. El 17 de agosto de ese mismo año Felipe escribió a Alejandro Farnesio a los Países Bajos para que empezara a diseñar la invasión, y al mismo tiempo designaba al Marqués de Santa Cruz y al Duque de Medina Sidonia, gobernador de Andalucía para ponerse al mando de los preparativos en España.

La organización de la empresa

La primera dificultad que enfrentaba el Marqués de Santa Cruz era que España tenía pocos pilotos especializados en las aguas del Canal de la Mancha y del Mar del Norte; eso hace imprescindible el reclutamiento de estos y la necesidad de que la mayoría de los barcos lleven cartas náuticas detalladas para poder navegar en aguas no tan comunes para la marina española especializada en las aguas abiertas del Atlántico y en las cerradas del Mar Mediterráneo.

El experto naval Bernardino de Escalante, un vehemente partidario de un ataque a Inglaterra en los años del decenio de 1580, hacia una clara, aunque amplia distinción entre marineros de costa y derrota y marineros de alta mar”. En función de esto aparece un elemento esencial de una expedición naval como esta y en este punto el Marqués de Santa Cruz hace una petición específica: que el piloto Cristóbal Sánchez fuera transferido de las galeras españolas mediterráneas al puerto de Lisboa. En el verano de 1588 lo que se pide al rey es pilotos expertos y buenos timoneles.

La jornada de Inglaterra movilizo 141 barcos españoles y 226 barcos ingleses, con un tonelaje de 51005 y 40021 respectivamente. Esto implico del lado español 24 barcos de guerra, 44 mercantes armados, 48 embarcaciones auxiliares y 21 buques de avituallamiento (1).

La creación de la flota Atlántica facilito aún más la penetración extranjera en la economía y debió de añadir entre un cuarto y medio millón de ducados, posiblemente entre el 3,5 y el 8%, al déficit crónico del comercio español con Italia y el Norte de Europa[15]. Como había ocurrido en 1575 /76, el derroche de gastos en demasiados frentes condujo al colapso. En noviembre de 1596 Felipe volvió a suspender todos los pagos de su erario y comenzó a reconocer la inevitable necesidad de hacer las paces, al menos temporalmente, aunque solo fuera con algunos de sus enemigos. Las dificultades relacionadas con los costes y la disponibilidad de buques era uno de los principales problemas a los que debía hacer frente la monarquía. Para la corona, comprar o construir y ser dueña representaba una inversión de capital de aproximadamente 20000 escudos en un galeón de 500 toneladas[16].

La dificultad principal que debía encarar la flota española era el hecho de llevar un contingente de tal envergadura a través del canal de la Mancha, de manera coordinada para cargar en Amberes los soldados de Farnesio y llevarlos hacia la costa inglesa. De por si a esto se le suma la dificultosa travesía por el canal de la Mancha en sí que requería de pilotos hábiles y por supuesto de una estrategia naval que evitara enfrentamientos con las naves inglesas, que eran menos, pero tenían ventajas en el alcance de su artillería que les permitía una mayor capacidad de daño. Se observó un fracaso importante en la coordinación de fuerzas; las tropas terrestres no estaban listas en el momento oportuno; y a la vez la muerte del impulsor de la empresa como fue el Marqués de Santa Cruz y su reemplazo por el duque de Medinacelli, no facilitó una estrategia clara. El descarte de la opción irlandesa privo a España de un distractor natural que hubiera dividido la zona de patrullaje inglesa y le permitió concentrar todo su poder de obstrucción en el trayecto a Amberes facilitando la tarea. Se privilegió la cantidad de barcos y el mayor tonelaje apostando al combate de abordaje sin tener en cuenta las desigualdades artilleras de los barcos de ambas flotas. La experiencia de Lepanto y el aura de invencibilidad española hicieron mella en los preparativos y pusieron en evidencia la falta de coordinación de una empresa a la que España consideraba segura.

Esta armada ha quedado tan destrozada y desbaratada, que pareció ser el mayor servicio que podía hacer a V.M. el salvarla, aunque fuese aventurándola tanto como en este viaje se hace, or ser tan largo y de tanta altura; pues habiendo faltado la munición y los mejores bajeles, y habiendo visto lo poco que se podía fiar de los que restan y ser tan superior la armada de la Reina en el género de pelear de esta, por ser su fuerza la de artillería y los bajeles tan grandes navíos de vela, y la de V.M. solo la arcabucería y mosquetería, tenía ventaja; y no viniéndose a las manos, podía valer esto poco como la experiencia lo ha demostrado[17].

En las palabras de Medinacelli queda reflejada la victoria de una forma de entender la guerra naval que llegaba para quedarse en el mundo Atlántico. Lepanto había sido el punto más alto de la estrategia española de transformar el combate naval en un combate terrestre arriba de los barcos, la artillería de largo alcance cambiaría esto y los españoles lo comprobaron en un momento trascendental. Por otro lado, refleja el nivel de improvisación y de exagerada confianza que rodeo la empresa y que llevo a designar a quien no conocía de combate naval para llevar adelante la misma.

[…] y en las cosas de la mar, por ningún caso ni por ninguna vía tratare de ellas, aunque me costare la cabeza, pues será esto más fácil que no acabar en oficio que no se, ni entiendo; habiendo de creer en los que me aconsejan, no sé con qué intención[18].

La monarquía católica tuvo fuertes intereses religiosos para llevar adelante la empresa, una empresa popular y acompañada por la Iglesia española, lógicamente Felipe considero que Dios aprobaba la tarea y que era necesario restaurar el catolicismo en Inglaterra. Sin embargo, los verdaderos motivos son dos: la intromisión inglesa en el conflicto de los Países Bajos en donde se desangra la tesorería y el prestigio de la monarquía española y la inaceptable política de corso de Inglaterra sobre las rutas atlánticas y los puertos americanos. La derrota de la Invencible no implicó de ninguna manera la pérdida del control de las rutas Atlánticas, sino el refuerzo de estas y un mejor control, sobre todo, de la ruta de la Plata española que solo una vez va a caer en manos enemigas en la recordada aventura de Piet Heyn.

El erario quedo agotado, y no solo el erario, las expectativas castellanas de un imperio universal se dieron un duro golpe en aguas inglesas y la generación llamada del 88 nació con sindrome de decepción y derrotismo, De aquí en más España no soñara en nada más que en mantener lo que tiene, que lentamente se le ira desgranando de sus manos.

La estrategia naval de Felipe II: conclusiones

En este punto es interesante afirmar que la prioridad de Felipe en ambos conflictos nace en las necesidades defensivas y en el intento de delimitar fronteras para sus dominios que no se vieran vulneradas. Es la amenaza a las fronteras preestablecidas lo que precipita la conformación de la Santa Liga a partir de las sublevaciones moriscas y la hipótesis de peligro interno, ya que nada importaba en el Escorial la pérdida o no de Chipre, sino el deseo de fijar límites claros a la influencia turca en territorios españoles o italianos. Es también la acción de los piratas ingleses en el Nuevo Mundo lo que motiva la conformación de la Invencible y la realización de la expedición a los territorios ingleses.

La verdadera frontera del imperio de Felipe II es el mar, ante la imposibilidad de ser derrotados dentro de Europa en batallas de campo abierto, suceso que recién observamos en Rocroi en el siglo XVII, los verdaderos enemigos del Imperio Español son los corsarios berberiscos e ingleses, las naves holandesas y todo aquel que ose impedir que desde sus dominios más lejanos llegue el oro y las mercaderías que le permiten mantener sus dominios. Esa es la frontera del Monarca Católico[19].


  1. Instituto Superior Padre Elizalde.
  2. Felipe II a Don Juan de Austria 1568. Citado por: DE LA VEGA VIGUERA, E. “Instrucciones secretas del Rey Felipe II a su hermano Don Juan”. Boletín de la Real academia Sevillana de Buenas Letras: Minervae Baeticae, Nº 25, 1997, pp. 129-134.
  3. TOLEDO, P. “La campaña de Argel en 1516. Documentos sobre la importancia geoestratégica de Argel en el marco del enfrentamiento turco-español en el primer cuarto del siglo XVI”. En: Cervantes y el mediterráneo hispano otomano. Estambul, 2006, p. 23.
  4. BRAUDEL, F. El Mediterráneo en la época de Felipe II. México D. F., 1953, T. II, p. 1083.
  5. PETRIE, Ch. Don Juan de Austria. Madrid, 1968, p. 37.
  6. SETTON, K. Los Papas y el Levante 1204 – 1571. Philadelphia, 1984, Vol. IV, p. 955.
  7. CROWLEY, R. Imperios del Mar. Madrid, 2018, p. 276.
  8. LYNCH, J. España bajo los Austrias. Madrid, 1982, p. 310.
  9. ORTEGA Y MEDINA, J.A. El conflicto anglo- español por el dominio oceánico. Siglos XVI y XVII. México D. F., 1981, p. 163.
  10. SANZ CAMAÑES, P. “Embajadas, corte y sistemas de inteligencia”. Chrónica Nova, Nº 37, 2011, p. 317.
  11. Bernardino de Mendoza a Felipe II. Londres 26 de enero de 1584. Archivo General de Simancas (en adelante AGS), Inglaterra, leg. 839 folio 3. Citado por FERNÁNDEZ ALVAREZ, M. “Felipe II e Isabel de Inglaterra”. Revista Naval, N° 23, 1984, p. 34.
  12. GÓMEZ CENTURIÓN, C. Felipe II, La empresa de Inglaterra y el comercio septentrional (1566-1609). Madrid, 1988, p. 197.
  13. SEPÚLVEDA, J. de Fray. Documentos para la Historia del Monasterio de San Lorenzo el Real. Madrid, 1924, Vol. IV, p. 40.
  14. LYNCH, J. España bajo los…, op. cit., p. 400.
  15. THOMPSON, I. A. A. Guerra y decadencia. Barcelona, 1981, p. 229.
  16. Ibid., p. 244.
  17. Citado en MAURA, G. Duque de. El designio de Felipe II y el episodio de la Armada invencible. Madrid, 1957, p. 258.
  18. “Medinaceli a Felipe 21 de agosto de 1588”. En: MAURA, G. Duque de. El designio de Felipe II y el episodio de la Armada invencible. Madrid, 1957, p. 224.
  19. BUNES IBARRA, M.Á. de. “Felipe II y el Mediterráneo: La frontera olvidada y la frontera presente de la Monarquía Católica”, Felipe II (1527-1598): Europa y la Monarquía Católica: Congreso Internacional “Felipe II (1598-1998), Europa dividida, la monarquía católica de Felipe II. (Universidad Autónoma de Madrid, 20-23 abril 1998). J. Martínez Millán (dir. Congr.), Vol I, T. I, 1998, pp. 97-110 (p. 105).


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