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La raya, la guerra y los rayanos: reflexiones sobre las poblaciones de la frontera hispano-portuguesa en el siglo XVII[1]

David Martín Marcos[2]

Es ya un lugar común señalar que la guerra entre la Monarquía Hispánica y Portugal (1640-1668) dio pie a un episodio de devastación material y moral que asoló a los pueblos de la Raya, el nombre por el que todavía hoy es conocida la frontera hispano-lusa. Este fenómeno parece haber conformado uno de los tres grandes niveles interpretativos del conflicto junto con discursos que hablan, por un lado, de la separación de Portugal como el desgaje de un imperio respecto a otro y, por otro, de la ruptura de ese espacio geográfico y cultural que los clásicos habían identificado con Hispania, dando lugar a compartimentos no estancos[3]. Sin embargo, si bien los años centrales del siglo XVII fueron un momento de grandes dificultades para las comunidades de la frontera, no por ello dejaron de representar un periodo en el que esas mismas comunidades fueron capaces de desplegar toda una serie de instrumentos para garantizar su supervivencia. De este modo, aunque la guerra fue una amenaza, fue también el escenario en el que más visible fue el carácter resiliente de los rayanos frente a las posiciones autoritarias de Madrid y Lisboa. En ese contexto, prácticas comunitarias de aprovechamiento agropecuario, acuerdos de no agresión o interacciones subversivas como el contrabando, así como el recurso a las armas, fueron comportamientos que, aunque con el conflicto armado como telón de fondo, respondieron básicamente a las necesidades de estas comunidades y a una cierta idea de resistencia encaminada a defender un particular modus vivendi.

Por ello, puede decirse que la dinámica de oposiciones frente a la autoridad constituye una de las prácticas más visibles de la dialéctica en torno a la gobernanza y a las amenazas que esta deparó en las zonas de frontera. A este respecto, baste recordar que a la pregunta de Cómo gobernar que Michel Foucault situó como uno de los ejes estructurantes de la temprana Modernidad hubo de seguirle, en opinión del pensador francés, una cuestión no menor como fue la de Cómo no ser gobernado[4]. Existiría desde entonces (si es que no desde antes) el convencimiento de que se podrían establecer prevenciones frente a designios políticos que alteraban la cotidianeidad; de ahí que ese último interrogante constituya un buen punto de partida para armar el discurso en torno a la idea de desobediencia. No se trata, así, de negar la existencia de un poder central sino de cartografiar sus limitaciones[5], e igualmente de confrontarlo con la preponderancia de las realidades locales de zonas liminares como fueron aquellas de la Raya.

Han sido los antropólogos quienes han abordado el llamado arte de no ser gobernados de los grupos populares destacando su voluntario aislamiento con respecto a las estructuras político-administrativas de carácter estatalista[6]. Pero, por otro lado, hay pocas dudas al apuntar que los espacios vacíos que supuestamente habrían ocupado indicarían, al mismo tiempo, una suerte de incapacidad por parte de una elite ajena a la frontera (y periférica para con ella) a la hora de imponer sus propósitos y su soberanía en esa extensa franja de terreno[7]. Es probable, de hecho, que ambos factores resultasen concomitantes y que fueran el caldo de cultivo de algunas narrativas que hablaban de forajidos y de gentes de mal vivir para referirse a los fronterizos. “Aquí señor no se ha hecho Justicia de muchos años a esta parte […] y así esta introducido que si contra algunos de los que tienen hermanos, amigos o parientes declarase alguna persona le tiraran dos arcabuzazos por estar esto asentado”, se dijo de la población extremeña de Alburquerque en 1641[8]. La frontera, a tenor de testimonios como este, ofrecía espacios de relativo descontrol a ojos de las autoridades; si bien, variando la escala de observación, puede sostenerse que lo que se percibiría en la Raya serían soluciones de marcada autonomía y solidaridades vecinales, siendo ambos elementos claves en el sostenimiento de la comunidad frente a una determinada autoridad y el peligro que esta podía representar.

Las amenazas

Aires Varela, canónigo de la catedral de Elvas entre 1637 y 1655, dio buena cuenta de las amenazas a que se tuvieron que enfrentar las poblaciones de la Raya durante la guerra. La serie de grabados que incluyó en Sucessos que ouve nas fronteiras le sirvió para ilustrar fehacientemente la crudeza de las armas a lo largo de 1642[9]. Los sitios del ejército portugués sobre las plazas de Alconchel, Cheles, Villanueva del Fresno y La Codosera son reproducidos al detalle en él y sirven para poner en duda que para los fronterizos el enfrentamiento entre Portugal y la Monarquía Hispánica fuera, en sus primeros años, tan sólo un conflicto de baja intensidad con frentes estancados[10]. El rastro de destrucción y saqueos que tras la campaña dejaron los portugueses tuvo, en realidad, un impacto extraordinario en estas localidades extremeñas (y otro tanto puede decirse de los efectos de muchas de las entradas españolas en Portugal). No obstante, pensar que para estas comunidades los males procediesen exclusivamente del otro lado de la frontera no es correcto. De La Codosera, sin ir más lejos, se dijo entonces que, tras los ataques portugueses, habían sido los elementos de la guarnición española de su castillo quienes habían provocado los mayores perjuicios[11]. Mientras que, en Portugal, en la provincia de Tras os Montes, los abusos que al parecer también ese año el fronteiro-mor dispensaba a sus habitantes, habrían hecho que muchos creyesen que “o castelhano os trataba con menos tirannia”[12].

Afectadas por la militarización, casi todas las regiones a lo largo de la Raya sufrieron de una fuerte despoblación. La comarca de Badajoz, lamentaba un informante en el verano de 1643, se hallaba vacía: sus gentes habían huido a Andalucía y soslayaban las diligencias que se hacían para atraerlos a las compañías militares[13]. En la cercana Villalba de los Barros, la población había caído de los 200 vecinos al comienzo de la guerra a no más de 70 en 1649[14]; Fregenal de la Sierra, que entonces contaba con 1.000 almas, se hallaba asfixiada por tener acuartelados a 450 soldados en su caserío[15].

En Portugal la situación no era muy diferente. En la plaza de Almeida, en la Beira, las quejas de los vecinos iban dirigidas en el año 1644 contra los comportamientos de los soldados que se veían obligados a alojar en sus casas. Provocaban grandes destrozos en sus viñas y era necesario dotarles de cuarteles en donde estuviesen más controlados, aseguraban, pues, de lo contrario, el desasosiego entre los habitantes de la villa no dejaría de crecer[16]. La presencia de los miembros del estamento militar en las poblaciones portuguesas era para entonces tremendamente disruptiva y, de hecho, dos años más tarde la câmara de Campo Maior, en el Alentejo, no dudaría en considerar los alojamientos -y las “grandes avexaçoins e molestias” que provocaban- una de sus mayores preocupaciones junto con los ataques de los enemigos[17]. Así las cosas, el descenso de población también hubo de ser manifiesto en no pocas zonas debido a la presión militar.

Pero, a decir verdad, la Raya nunca había sido una zona muy poblada por lo que puede inferirse que la contienda no hiciese sino agudizar una situación estructural. Desde el siglo XIV la creación de cotos de homicianos -espacios privilegiados en los extremos de los reinos en los que los condenados por robos o delitos de sangre podían redimir sus condenas a cambio de vivir en esas regiones- había sido una de las principales estrategias repobladoras para combatir la falta de hombres en las fronteras de Castilla y Portugal[18]. Si este instrumento indica las dificultades que las monarquías ibéricas habrían encontrado para poseer de forma efectiva su territorio y corregir esta tendencia demográfica; también sirve para ilustrar los orígenes de la centenaria tradición de descrédito que pesaba sobre los fronterizos. La deslealtad que se les presuponía como antiguos convictos y su situación a medio camino entre dos cuerpos políticos hubieron de convertirse en el siglo XVII, con la guerra ya en marcha, en una nueva fuente de amenazas que se sumaba a los más comunes problemas derivados de la militarización.

Notorio es el pasaje del cronista Luis Marinho de Azevedo en el que aseguraba, en una obra publicada en 1644, que “não cabendo no Mundo”, los vecinos de Barrancos hallaban en su aldea “assylo para cometer insultos sem temor de pedirselhe conta delles”[19]. En él, Azevedo no sólo señalaba a este lugar de la frontera alentejana como ejemplo de refugio de malhechores, sino que también ahondaba en la desconfianza que sus gentes habían generado entre el resto de los portugueses debido a sus estrechas relaciones con Castilla. La conjunción de ambos factores justificaba, a su modo de ver, cualquier represalia y explicaba que la aldea hubiese sido destruida nada más comenzar la guerra precisamente a manos de un contingente militar luso. Ser fronterizo, con todo lo que ello suponía en términos de relaciones humanas con el otro lado de la Raya, se reputaba peligroso y los ejemplos de difidencia aflorarían de norte a sur. Así, Aires Varela dijo en aquellos años que su Elvas natal estaba llena de traidores[20], mientras que el conde de Villamediana, enviado a la localidad extremeña de Alburquerque, definió esta otra población como el lugar “menos acreditado de esta provincia” por la estrecha correspondencia que mantenía con Portugal[21].

Estrategias de contención

La vida en la Raya se había convertido en algo arriesgado y aunque eran muchos los que se marchaban, cabe preguntarse por aquellos que, en medio de condiciones extremas, no lo hicieron. Permaneciendo en ese territorio parecen ir en contra de las teóricas lógicas de la guerra; es decir, que la población civil huya sin más de la muerte e inicie un proceso migratorio hacia zonas más seguras. No obstante, esas “lógicas” reproducen un esquema apriorístico en el que los subalternos quedan relegados a roles marcadamente pasivos y no dan pie a matices que, en realidad, fueron indicios de la amplia panoplia de soluciones que tuvieron a su alcance los fronterizos y que de alguna manera modelaron su entorno.

Una de esas posibilidades destinadas a contrariar tendencias generalistas estaría detrás de los acuerdos tácitos de no agresión que en los primeros años de la contienda pusieron en práctica la villa castellana de Zarza la Mayor, en Extremadura, y la plaza portuguesa de Salvaterra do Extremo, en la Beira. “En todo este verano [de 1641] no se han hecho mala vecindad un lugar y otro”, se dijo de ambas cuando la guerra ya había sembrado de destrucción buena parte de la frontera[22]; por lo que puede sostenerse que las estrategias de contención necesitarían irremediablemente del concurso de los dos lados de la Raya para funcionar. Fruto del estrecho trato que mantenían, la buena correspondencia existente entre ambas poblaciones era la clave -se aseguraba- para mantener el acceso a unos recursos que pasaban por el aprovechamiento agropecuario del territorio y que, de otra manera, se verían afectados por las razias enemigas. De este modo, aunque es verdad que poco después las tropas castellanas intentaron tomar Salvaterra, la ofensiva -que se saldó con algunos heridos- pareció estar tan apartada de las intenciones de los habitantes de Zarza, que algunos de sus vecinos no dudaron en presentarse en la localidad portuguesa tras lo sucedido pidiendo disculpas y explicando que quienes habían ordenado el ataque eran de fuera[23].

La guerra podía ser entendida como un conflicto entre Madrid y Lisboa que no tenía por qué interferir en el cotidiano de las fronteras. Desde esa perspectiva, las batallas y los enfrentamientos habrían de discurrir por cauces que no alterasen los tratos de los campesinos y, sobre todo, no se obligaría a estos últimos a tomar parte en guardias y vigilancias cuya finalidad última, a juicio, del estamento militar no siempre era comprendida por los paisanos. “Os Lauradores […] totalmente se perdem, e se desanimão a respeito de não entenderem esta rezão de estado”, se aseguró en esa altura en un memorial sobre Tras os Montes que confirmaba el desapego campesino hacia la práctica militar y, por ende, el distanciamiento entre esos dos mundos[24]. Pero, por otro lado, incluso entre las elites existían algunas dudas sobre la legitimidad y la idoneidad de una guerra que se tradujese en saqueos y ataques contra los rayanos. Urbano de Ahumada, maestre de campo en Ciudad Rodrigo, era en 1643 contrario a las políticas de tierra quemada que estaban devastando ambos lados de la frontera hasta el punto de haber ordenado a sus soldados que no atravesasen la Raya; al menos no deberían hacerlo con el simple objetivo de hacer rapinas y quemas, dijo, pues él consideraba tanto a los portugueses como a los castellanos “todos vasallos de Vuestra Majestad”[25].

En el fondo a Ahumada no le faltaba razón. Al entender del gobierno de Madrid los portugueses no eran sino súbditos sublevados contra la Monarquía de España y Juan IV de Braganza, un rebelde. Sin embargo, su respeto hacia los fronterizos se apoyaba también en cuestiones prácticas y defendía que, si antes o después habría que entrar en Portugal “para reducirlo a su primer estado”, convenía que no todo fuese destrucción: había que encontrar espacios útiles donde alojar a las tropas y tener acceso a provisiones con las que sobrevivir. La quietud, además, redundaría positivamente en el Campo de Argañán, la comarca que se extendía entre Ciudad Rodrigo y la frontera, donde volverían a florecer la agricultura y la ganadería, argumentaba.

A tenor de lo expuesto es probable que los esfuerzos de algunos fronterizos por aplacar la guerra encontrasen aliados puntuales en figuras como Ahumada. Pero, a pesar de todo, debieron de ser más numerosos quienes criticaban los contactos estrechos entre las comunidades de la frontera y sus intentos por hacer efectivas y duraderas las treguas locales. “Cuando las tropas (…) entran juntas en Portugal no se les ha de dar el nombre que Vmdes. le dan de que entran a robar; entran a tomar noticias, entran a procurar romper el enemigo, entran a divertirle para obrar por otra parte, y entran a hacerle hostilidades”, explicaba Juan de Balboa, gobernador de las fronteras de Sevilla, en una carta dirigida al municipio de El Cerro de Andévalo en 1655[26]. Las autoridades de El Cerro, una villa de la frontera, habían sostenido con anterioridad ante el gobernador que las incursiones para acometer razias al otro lado de la Raya -que años atrás ellos mismos habían practicado- provocaban en sus tierras represalias de los portugueses nada deseables[27]; si bien nada era óbice para que Balboa condenase enérgicamente los contactos y los avisos de los castellanos a los portugueses. Si se llegase a probar que un pueblo informaba a los lusos, “no quedará del tal pueblo piedra sobre piedra pues ya se conoce que al tal pueblo se le ha pegado el contagio, y es menester cortar a prisa porque no cancere a los demás miembros”, sentenciaría[28].

Las guerras de los populares

Sería equivocado declarar que las poblaciones fronterizas sólo buscaban evitar los enfrentamientos. También el pillaje y las razias fueron prácticas frecuentes entre algunos rayanos. Las internadas en territorio enemigo, aunque arriesgadas, podían, de hecho, deparar a sus protagonistas una rápida adquisición de bienes conducente a un enriquecimiento inmediato[29], de ahí que tampoco convenga enmarcar estos movimientos en el simple enfrentamiento entre españoles y portugueses obviando lo particular. Si se tiene en cuenta que este tipo de acciones propició, además, numerosas quejas por parte de los mandos militares ante lo que consideraban injerencias de los vecinos en su forma de hacer la guerra, se comprenderá mejor que obedecían a intereses propios y que, en consecuencia, en su concepción en pos de la supervivencia no se hallarían muy alejadas de lo que en última instancia significaban los pactos de no agresión.

Es esa la interpretación que permite comprender que, en septiembre de 1650, ante los robos que un grupo de individuos acometían en Galicia desde la aldea portuguesa de Soajo, el vizconde de Vila Nova da Cerveira, gobernador de las armas de la provincia de Entre-Douro-e-Minho, hubiese escrito: “hey de emforcar um para ver se com isso se aquietão”[30]. Se estaban registrando alteraciones que ponían en juego la estabilidad de la región y también la disciplina militar, si bien para algunos fronterizos los hurtos, frente al orden que exigía el conde y no pocos habitantes de ese entorno, no eran sino una oportunidad más que les brindaba la guerra. De esta forma, sus actitudes, lejos de apuntar a un contrasentido, constatarían además que las sociedades fronterizas se demostraban tan plurales que, en su seno, lo que para algunos podía resultar ventajoso, para otros constituía una amenaza.

No en vano, había rayanos que estaban haciendo del pillaje un modo de vida y que hasta se habían granjeado cierta fama. Era el caso de ‘o Couros’, un salteador portugués casado y asentado en Castilla, que fue encarcelado en Portugal a mediados de la década de 1640 después de haber atemorizado a los habitantes de Castelo de Vide con sus robos durante largo tiempo. Su valor en un intercambio de prisioneros, indicaba un vecino de la localidad que pretendía la liberación de su padre, preso en la cercana Valencia de Alcántara, bien valdría que los castellanos soltasen a “muitos prisioneiros, [e] entre elles um capitão da ordenança dos principais de Castelo de Vide”[31]. Todo era cuestión de notoriedad y también ‘el Manquillo’, un asaltante de Zarza la Mayor, la villa que otrora había pactado con la portuguesa Salvaterra, respondió a ese tipo de reputación años después. Su muerte, a manos de los vecinos de la aldea de São Pires tras un frustrado ataque contra la población en 1664, no sólo evitó un nuevo episodio de destrucción en la Raya, sino que fue digna de ser recogida en las páginas del Mercúrio Portuguez junto a destacadas empresas militares[32].

De la Zarza y los pueblos colindantes se creía en Portugal desde antes de la muerte de ‘el Manquillo’ que sus habitantes gozaban de libertad para hacer presas al otro lado de la frontera y que se podían quedar con todo el botín obtenido sin tener que entregar a la Hacienda regia el quinto real, es decir, el tributo del 20% que en este tipo de capturas había de ser abonado al rey. Sin duda, se trataría de un gran estímulo para atentar contra los portugueses que, a juicio del gobernador militar de la provincia de Beira, el conde de Serém, merecía ser imitado[33]. Sin embargo, no sólo no hay indicios de que las cosas fuesen realmente así en Castilla, sino que, además, cuando tal práctica se autorizó en Portugal, los inconvenientes derivados de ella no se hicieron esperar. Según lamentó el auditor general del ejército del Alentejo en 1646, muchos soldados -y entre ellos oficiales destacados- hacían internadas en los dominios hispanos llevando consigo a uno o dos habitantes de la Raya con tal de encubrir sus acciones y repartirse los beneficios evitando pagar el quinto real. De ello “nasce destroirse a cavallaria de Vossa Magestade e ficar sem a utilidade dos seus quintos, e nem por isso os moradores se aplicam a terem cavalos”, consideró el auditor[34].

Claro que, por regla general, los itinerarios que recorrían los rayanos tendían más bien al desencuentro con los altos mandos militares. Sucedía así en Noudar, donde sus vecinos, junto con algunos soldados, habían expulsado a su capitão-mor en plena contienda sin que el maestre de campo del Alentejo hubiera podido hacer otra cosa que no fuera reemplazarlo[35]. Pero también, no lejos de allí, en la desamparada villa de Encinasola, donde las continuas entradas y pillajes de sus habitantes en Portugal constituían una fuente de gran preocupación para los mandos del reino de Sevilla. A juicio del asistente Juan de Santaelices y Guevara, principal autoridad de la ciudad, los ataques, encabezados generalmente por los hermanos Infante -quienes gobernaban la localidad-, buscaban sólo el “aprovechamiento” sin tener en cuenta el contexto y las decisiones que a nivel supralocal eran adoptadas para hacer la guerra en ese frente[36]. Era tan dispar la forma de guerrear que practicaban en Encinasola que incluso se mandaría prender a los Infante, los cuales huyeron de ella a mediados de la década de 1640 para regresar tiempo después a la localidad a petición de los propios vecinos[37].

Ambos episodios, así las cosas, denotan no sólo una notable autonomía de las comunidades fronterizas frente a los poderes centrales sino también su capacidad para condicionar las estructuras orgánicas de las monarquías en la Raya. En este sentido, es significativo que las comunidades, además de matizar o alterar su funcionamiento, se valiesen de la coyuntura bélica para incluir algunas de sus desavenencias locales de largo recorrido (que en el fondo poco tenían que ver con la guerra) en la agenda política de esas mismas monarquías. De esta forma, cuestiones relacionadas con el aprovechamiento de terrenos disputados por varias comunidades llegaron a ser el verdadero motivo de algunos ataques y estuvieron detrás de las controversias que protagonizaron, por ejemplo, tanto Encinasola como Noudar, y poblaciones algo más alejadas como Serpa, Moura y Aroche[38].

La coyuntural nacionalización de lo local que de todo ello se infiere -y de la que hablara el historiador Peter Sahlins[39]– es sin duda un resultado más de la agencia de las comunidades locales. Activas cuando no infatigables, las poblaciones rayanas denotaban con sus movimientos que eran capaces de trasladar a un plano nacional sus desavenencias y camuflarlas con tal de tratar de beneficiarse de las sucesivas crisis políticas hispano-portuguesas y que se valían de ellas para medrar cuando las circunstancias así lo permitían. Sus estrategias, orientadas a ese fin, eran además formas inequívocas de fronterización, a pesar de que en ningún caso ello significase que sus posturas fueran inamovibles ni que los procesos de confrontación con los individuos asentados al otro lado del límite fronterizo no pudiesen surgir de forma autónoma y sin tener que acudir a dinámicas supra-locales.

El contrabando: subsistencia y fronterización

Los comportamientos subversivos en la frontera han ocupado buena parte de la atención de los historiadores a la hora de caracterizar la vida en la Raya. Han sido, además, habituales los discursos en los que el límite fronterizo surgía como una suerte de imposición frente a la que los grupos populares se rebelaban y en los que el asunto del contrabando constituía “una cuestión de Estado”[40]. Ciertamente, fue a partir del siglo XVII cuando la problemática en torno a los descaminos y a los perjuicios que estos acarreaban a la Hacienda pública comenzó a ocupar un lugar cada vez más destacado en los debates sobre la gobernanza de las monarquías ibéricas. Pero, en cualquier caso y sin negar el valor de lo anterior, a propósito del contrabando es también posible plantear que el significado que tuvo para las sociedades que hicieron uso de él estuvo muy lejos de ser negativo y que, con frecuencia, se trató de una práctica socialmente aceptada por las comunidades de la Raya.

En este sentido, si bien para aquellos que observaban con desconcierto este tipo de prácticas todo se reducía a que los habitantes de la frontera eran “gente sin obediencia” a la cual había que punir y domeñar por sus contactos con el bando enemigo[41], cabe apuntar que más allá de esa percepción existiría todo otro un mundo. El contrabando, desde la óptica local, se integraba dentro de una ética de subsistencia y, como tal, formaba parte del conjunto de mecanismos que podían garantizar la supervivencia de una comunidad de forma legítima según sus propios usos y costumbres. La llamada economía moral, de la que hablara E. P. Thompson[42], lo amparaba y eso explicaría que, por ejemplo, durante la guerra se produjesen no pocos motines populares cuando las autoridades de ambos lados de la Raya trataban de detener a los contrabandistas o hacer frente a sus descaminos[43]. Era ahí donde se registraba un marcado distanciamiento en las escalas de observación de este fenómeno y es por ello por lo que esta diferencia de criterios resulta esclarecedora a la hora de desnacionalizar determinadas actitudes de los grupos populares. Frente a la tendencia de los historiadores a rastrear indicios de deslealtad o afinidad en sus actores para con españoles o portugueses, dando cuerpo a unos sesgos cognitivos que habrían afectado de forma negativa a los análisis de una realidad mucho más compleja, habría que limitar la influencia del enfrentamiento entre Portugal y la Monarquía Hispánica en ese ámbito. La defensa de un modus vivendi básico como fue el contrabando en ciertos espacios de la Raya parece ser, al fin y al cabo, una clave explicativa más adecuada para seguir los pasos de las comunidades fronterizas en el siglo XVII más allá del conflicto entre Lisboa y Madrid[44].

Claro que eso no significa que, por subvertir la frontera, las poblaciones rayanas estuviesen negando la existencia de esa estructura o demostrando que formaban, en realidad, parte de una comunidad -única y homogénea- que estaba amenazada por límites políticos que habían sido trazados desde los centros de gobierno. Si los fronterizos, ya fuera mediante la práctica del contrabando o mediante otros mecanismos relacionales, podían parecer, según se denunciaba en Portugal en el año 1641, “muy aparentados e intereçados naquella correspondencia” con Castilla[45], ni mucho menos dejaban de participar en el reconocimiento de la otredad con la que entraban en contacto. La proximidad entre las poblaciones de ambos lados de la frontera que podía ser motivo de preocupación era, más bien, en el día a día un inevitable motor de distinciones allá donde desde fuera sólo se observaba una peligrosa y sospechosa uniformidad que sería el resultado de una frontera difusa[46]. En consecuencia, puede inferirse que la contigüidad y la relación continua, junto con el compartir recursos o el disputar su usufructo frecuentemente, constituirían estímulos autosuficientes en la construcción de discursos de pertenencia a un territorio frente al vecino de forma independiente a los postulados de determinadas identidades políticas.

Dicho lo cual, no es ninguna novedad afirmar que aquellos que mayor rédito podían obtener de un límite fronterizo -aunque fuera no respetándolo- serían quienes más interesados estarían en su preservación. A este respecto, es ilustrativo que, en ocasiones, las poblaciones de la Raya no se manifestasen de forma abiertamente contraria a la fiscalización de las actividades ilícitas en ese entorno, sino que, más bien, tratasen de condicionar su funcionamiento. Al término de la contienda, según pudo comprobar un oficial que hizo un reconocimiento de las aduanas españolas al sur del río Guadiana, los jueces -naturales de la región- que se ocupaban de ellas eran incluso analfabetos y, en consecuencia, los errores en los libros de cuentas de los puertos secos eran una constante[47]. Pero si, por un lado, el aparato aduanero hacía agua, por otro, como parecía sospechar el oficial, era bastante probable que la impericia de los rayanos no fuese tal y que su supuesta ignorancia fuese una manera astuta y pertinaz de evitar el control sobre sus actividades. Las luchas que protagonizarían los rayanos en adelante tendrían que ver exactamente, con eso, con garantizar su autonomía y recuperar los espacios que la guerra había invadido.

Una conclusión

Hacer una lectura de los comportamientos de los fronterizos en base exclusivamente al conflicto entre españoles y portugueses puede dar lugar a un cuadro demasiado sesgado de un territorio extraordinariamente plural como fue la Raya. En él, las resistencias cotidianas de las comunidades fueron, en realidad, el resultado de sus propios intereses y es probable que esta circunstancia, observada con el detenimiento que aquí se le ha prestado, pueda contribuir a sacar a la luz una frontera local que, plagada de interacciones diarias, fue central en la vida de sus actores. Los procesos de fronterización que activaron y que, aunque difíciles de percibir en el registro escrito, dejaron una impronta indeleble en la articulación de la Raya son quizás la prueba de la existencia de unas políticas vernáculas consensuadas y a menudo bien sucedidas que no han merecido toda la atención que requerirían por parte de la historiografía. En ellas, puede decirse a tenor de lo expuesto, había sido la defensa de la comunidad local el motor que habría activado toda resistencia durante los años de la guerra que enfrentó a Portugal y la Monarquía Hispánica a mediados del siglo XVII.


  1. Este trabajo es resultado del proyecto de investigación “La nación traducida. Ecologías de la traducción, 1668-1830″ (PGC2018-095007-B-I00) y del Programa Ramón y Cajal (Referencia: RYC-2014-20947) del Ministerio de Ciencia e Innovación estando cofinanciado por el Fondo Social Europeo. En él han sido utilizadas las siguientes abreviaturas: ANTT = Arquivo Nacional da Torre do Tombo; CG = Conselho de Guerra; AGS = Archivo General de Simancas; GyM = Guerra y Marina; BNE = Biblioteca Nacional de España; BDA = Biblioteca da Ajuda.
  2. Universidad Nacional de Educación a Distancia.
  3. VALLADARES, R. La Guerra olvidada. Ciudad Rodrigo y su comarca durante la Restauración (1640-1668), Ciudad Rodrigo, 1998, p. 13.
  4. FOUCAULT, M. “Qu’est-ce que la critique? [Critique et Aufklärung]”, Bulletin de la Societé française de Philosophie, 84-2, 1990, pp. 35-63. Conferencia pronunciada por Michel Foucault el 27 de mayo de 1978 ante la Société Française de Philosophie.
  5. MACKAY, R., The Limits of Royal Authority. Resistance and Obedience in Seventeenth-Century Castile, Cambridge-Nueva York, 1999.
  6. SCOTT, J. C., The Art of Not Being Governed. An Anarchist History of Upland Southeast Asia, New Haven-Londres, 2009. Para el caso de la Raya, véase GODINHO, P., O futuro é para sempre: experiência, expectativa e práticas possíveis, Lisboa-Santiago de Compostela, 2017.
  7. MAGALHÃES, J. ROMERO, “Fronteras y espacios: Portugal y Castilla”, en A. M. CARABÍAS TORRES (ed.), Las relaciones entre Portugal y Castilla en la época de los descubrimientos y la expansión colonial, Salamanca, 1994, pp. 91-101.
  8. Conde de Villamediana a Felipe IV. Alburquerque, 25 de agosto de 1641. AGS, GyM, leg. 1401.
  9. VARELA, A., Sucessos que ouve nas fronteiras de Elvas, Olivença, Campo Mayor, & Ouguela, o segundo anno da recuperação de Portugal, que começou em primeiro de Dezembro de 1641. & fez fim em o ultimo de Novembro de 1642, Lisboa, 1643.
  10. WHITE, L., “Estrategia geográfica y fracaso en la reconquista de Portugal por la Monarquía Hispánica, 1640-1668”, Studia Historica. Historia Moderna, 25, 2003, pp. 59-91.
  11. Juan de Garay a Felipe IV. Badajoz, 1 de agosto de 1642. AGS, GyM, leg. 1461.
  12. Consulta del Conselho de Estado. Lisboa, 7 de junio de 1642. ANTT, CG, Consultas, mç. 2-C, nº 169.
  13. Diego Gallo de Avellaneda a Juan de Garay. Badajoz, 4 de julio de 1643. AGS, GyM, leg. 1501.
  14. Memorial de Villalba de los Barros. 1649. AGS, GyM, leg. 1730.
  15. Memorial de la villa de Fregenal de la Sierra. 1649. AGS, GyM, leg. 1730.
  16. Consulta del Conselho de Guerra. Lisboa, 25 de agosto de 1644. ANTT, CG, Consultas, mç. 4-B, nº 328.
  17. Câmara de Campo Maior a Juan IV. Campo Maior, 12 de enero de 1646. En Consulta del Conselho de Guerra. Lisboa, 26 de enero de 1646. ANTT, CG, Consultas, mç. 6, nº 22.
  18. BAQUERO MORENO, H., “Elementos para o estudo dos Coutos de homiziados instituídos pela Coroa”, Portugaliae Historica, II, 1974, pp. 13-63; y GONZÁLEZ JIMÉNEZ, M., “Poblamiento y frontera en Andalucía (S.S. XIII-XV)”, Revista de la Facultad de Geografía e Historia, 4, 1989, pp. 207-224.
  19. AZEVEDO, L. MARINHO DE, Commentarios dos valerosos feitos que os portuguezes obraram em defena do seu Rey, & patria na guerra de Alentejo. Lisboa, 1644, p. 15.
  20. FONSECA, T. “The Municipal Administration in Elvas During the Portuguese Restoration War (1640-1668)”, e-Journal of Portuguese History, 6-2, 2008, p. 13.
  21. Conde de Villamediana a Felipe IV. Alburquerque, 19 de febrero de 1641. AGS, GyM, leg. 1404.
  22. ‘Copia de la relazión que ymbió Don Guillermo de Burgo de los lugares de que se compone el distrito de Alburquerque y de la Guarnizión que quedó en ellos’. Alburquerque, 18 de enero de 1641. AGS, GyM, leg. 1458.
  23. MARTÍN MARCOS, D. Borderlands, Community and Conflict between Spain and Portugal, 1640-1715, Nueva York, 2021, en prensa.
  24. ‘Memoria que Sua Magestade mandou fazer … relativa à Provincia de Traz os Montes’ [¿1645?], BDA, 51-IX-7, f. 23.
  25. Urbano de Ahumada a Felipe IV. Ciudad Rodrigo, 19 de abril de 1643. AGS, GyM, leg. 1503, s. f.
  26. Juan de Balboa a la villa de El Cerro. [1655]. AGS, GyM, 1876.
  27. Villa de El Cerro a Juan de Balboa. Sevilla, 26 de septiembre de 1655. AGS, GyM, leg. 1876.
  28. Juan de Balboa a la villa de El Cerro, op. cit.
  29. WHITE, L. “Las actitudes civiles hacia la guerra en Extremadura”, Revista de estudios extremeños, 43-2, 1987, pp. 487-502.
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  34. Consulta del Conselho de Guerra. Lisboa, 29 de mayo de 1646. ANTT, CG, Consultas, mç. 6, nº 158.
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  36. Juan de Santaelices y Guevara a Felipe IV. Sevilla, 27 de septiembre de 1644. AGS, GyM, leg. 1553.
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