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“Se cansa la pluma de caminar por entre tantos horrores…”[1]

Algunas notas sobre la comunicación, lenguajes y prácticas políticas en las postrimerías
del siglo XVII castellano

Darío Rafael Lorenzo[2]

[…] He propuesto enseñar al príncipe cómo podrá entrar y caminar rectamente por la senda de la vida civil, y sin desviarse llegar al cabo de ella; no por preceptos míos, más por los avisos y aún las mismas palabras de los antiguos[3].

La España de los Austrias condensa espacios de análisis donde cada uno de los tramos centenarios individualiza rasgos distintivos y remite a momentos diferenciados, un siglo XVI de auge y uno posterior de retracción y declive;

[…] el siglo XVII, un siglo en el que la correlación entre el reino material y el de las ideas ya es de por sí un desafío y en el que la sola lectura y comprensión de su cartografía cultural se continúa mostrando imposible. Dentro de esta concreta vertiente, la centuria resulta tan inabordable y compleja como la obra de quien hoy aquí nos convoca[4].

Los estudios sobre el siglo XVII en el ámbito de la Monarquía Hispánica, recorren una visión que se identifica con la decadencia hispánica[5]: desde los estereotipos antihispánicos, hasta la denominada crisis perfecta -en los inicios de la década de los cuarenta-, cuyos rasgos son caracterizados por la regresión, declinación -en el lenguaje de la época- y estancamiento; no es menos cierto sin embargo que esa dinámica negativa no se prolongó indefinidamente[6]; por tanto, el último ciclo Habsburgo en España -iniciado en 1665- ejemplificaría las resistencias a los múltiples embates que la Monarquía experimentó en tanto construcción histórica y conceptualización historiográfica.

La categoría más aceptada para interpretar aquel siglo es el de crisis, debido a su flexibilidad y vinculación con el concepto de transición. Sin embargo, esta posición no está exenta de debates y controversias, en especial, para determinar los procesos que afectaron con distinta intensidad la vida de sus actores en múltiples ámbitos. Desde el punto de vista semántico, crisis parece revelar aquel período del tiempo en que la decisión es inminente, pero aún no ha recaído[7], puede indicar permanencia o transición hacia algo distinto, pero no en el sentido de irreversibilidad[8], incluso se culpa a la crisis de todo suceso adverso o de apariencia vagamente siniestra[9].

Construcción de vínculos, espacios políticos y de comunicación, dibujan un siglo XVII plagado de dificultades, donde los múltiples reinos que conformaban aquella Monarquía, habían sufrido cambios -desde el siglo XVI- en las formas que las comunidades percibieron su relación con el territorio y cómo éstos retroalimentaron los procesos de transformación política en los siglos posteriores; a mediados del siglo estudiado y […] por todas partes, la Monarquía Hispánica acusaba recibo de sacudidas que revolvían sus entrañas y obligaron a recomposiciones tanto en el plano interior como en el internacional”[10].

Aquel período de tiempo -resulta más que un concepto cronológico- apunta a la coexistencia de diferentes representaciones de la realidad -en apariencia divergentes-, en un mundo de mixturas en la que se cruzan posiciones muchas veces pobladas de ambigüedades, dudas e incertidumbres, pero también certezas y esperanzas[11]. Pedro Cardim, destaca que uno de los aspectos más importantes en el estudio de la edad moderna es el papel que se otorga a los estudios sobre la política y las relaciones de poder […] los historiadores que, desde la década de 1980, han estudiado las sociedades anteriores al nacimiento del estado liberal, sitúan en el centro de su investigación un concepto de poder mucho más amplio y complejo que el que manejaba la historiografía política tradicional”[12]. En palabras de Antonio Feros,

Lo que historiográficamente se había construido como una Monarquía Absoluta, centralizada, burocratizada, ha acabado por ser desmantelado. De lo que se habla es de limitaciones, resistencia, descentralización, refeudalización, y con ello de clientelismo nobiliario. El tema central es ahora la dispersión del poder en varios centros, entre varios grupos[13].

El desarrollo y posterior análisis del siglo XVII español ha sido objeto de un tratamiento historiográfico, en atención al debate sobre las interpretaciones que se otorgan a aquel período,

[…] los referentes ideológicos […] más comunes de esta larga fase de controversias […] han originado un debate unificado a escala europea. La reflexión sobre la crisis ha tenido una gran importancia en la opinión pública de países como Inglaterra, Francia o Italia (y también España) no sólo porque ha proporcionado la reflexión acerca de los momentos cruciales del propio pasado, sino también porque ha facilitado la intersección de diferentes perspectivas… todo ello ha brindado, al final, la posibilidad de hacer una historia comparada[14].

Incluso, autores contemporáneos proponen alentar que la historia de España “[…] si pretende alcanzar su mayoría de edad, debe abandonar el empeño noventayochista por presentarle como una anomalía… lacerada por el dolor e ineluctablemente condenada al fracaso”[15]. Los enfoques y problemáticas que se ensayan en el presente artículo, revelan la manera de entender el poder y la producción/circulación -en el espacio castellano- del denominado pensamiento político en la segunda mitad del siglo XVII, teniendo en cuenta las diversas oscilaciones en torno a la politización de la ética/moral, la legitimidad de la política, articulación entre religión/gubernamentalidad, la ampliación del espacio político y hasta el propio cuestionamiento de la autoridad monárquica -hacia finales del mismo- “como objeto de observación”.El pensamiento político, la política y el gobierno, la capacidad de la Monarquía Hispánica para afrontar retos y desafíos frente a las continuas “crisis” políticas internas a lo largo del siglo XVII, son temas recurrentes y abordados por parte de los historiadores contemporáneos;

[…] el mundo moderno termina por perder alguna individualidad y pasa a constituir una especie de escenario en el que se enfrentan los vestigios del mundo medieval y la vanguardia del sistema contemporáneo. Pero, a pesar de este riesgo, la imagen que surge de la política de la Edad Moderna es, sin duda, mucho más rica, compleja y estimulante[16].

A lo largo del siglo XVII, la manera de entender la política transitó por diversos espacios, y uno de los principales era la propia resistencia a concebir aquella fuera de la esfera religiosa, […] había como una negación, una especie de reluctancia para ver la política como algo desprovisto de contacto con el plano de la realidad trascendente[17]. Conservación, reputación, razón, prudencia, son las categorías fundamentales que se ponen en juego y son trasladadas por los responsables políticos del papel a la realidad. Ideas y prácticas compusieron un tejido denso de transferencias, que ofrecían un aspecto compacto ante los contemporáneos, donde los saberes de la política incidían tanto en el diseño de la acción de gobierno como en la publicitación y legitimación de la misma.

En este sentido, los estudios llevados a cabo por Fernández Albaladejo[18], muestran los cambios en el vocabulario de la época a la postre de las mudanzas políticas e intelectuales; el conflicto de la moral con la política surge de las complejas condiciones en que tiene que manejarse el gobernante, ese tono pedagógico dice al político como debe actuar. La racionalización de la política y las formas de presentarla, la relación entre gobernantes y gobernados, hace que se tome como ejemplo el modo de llevar a cabo una cierta concepción de la política a través de Tácito. El tacitismo[19] adquiere y ofrece -dentro de la expresión sobre las formas políticas-, una serie de estilos que elude las trabas que el maquiavelismo se impone a sí mismo -sin embargo, es difícil decir con certeza absoluta quien es tacitista o “maquiavelista disimulado”[20]. En este sentido, el exhaustivo análisis realizado por Beatriz Antón en el llamado Siglo de Tácito, se refiere a aquél,

[…] hombre barroco, deseoso de disponer de normas prácticas para triunfar en la vida pública, ve en la Historia, y en particular en la de Tácito, una fuente inagotable de atinadísimas máximas (aforismos) y de valiosos ejemplos[21].

El resurgimiento de la figura de Cornelio Tácito en la literatura y en el pensamiento político de la Europa de los siglos XVI y XVII resulta un hecho evidente[22] y en particular en la monarquía Hispánica,

Los intelectuales y políticos españoles del seiscientos se percataron pronto de las muchas posibilidades que ofrecía la corriente tacitista. De esta forma el tacitismo -con Tácito como principal figura- y la España “decadente y pesimista” del siglo XVII se ensamblaron hasta el punto de que el movimiento tacitista español del siglo XVII no puede concebirse separado del contexto histórico en que prendió y se desarrolló[23].

El propio Justo Lipsio fue quien contribuyó a la difusión de Tácito en España[24] a partir de los comentarios publicados en 1581 en su edición de los Anales de 1574, y quien parece estar en armonía con las necesidades de quienes vivían en aquellos tiempos,

[…] dio las pistas acerca de esta nueva manera de leer a Tácito que iba a marcar toda una época en la cultura política europea…la historia de Tácito era digna de ser leída por la variedad de ejemplos contenidos, por mostrar las causas de los acontecimientos o porque permitía extraer máximas aptas para la vida pública y la privada… advertía del mal uso de la libertad por los individuos, la confusión, la avaricia y todos los abusos y trastornos derivados de la ambición de poder[25].

No es nuestra intención recorrer el amplio panorama bibliográfico sobre el tema o las recepciones de Tácito o Lipsio en España[26], sobre dicha temática, es materialmente imposible cualquier intento de exhaustividad para el presente trabajo: desde el proceso de recepción en España, Francia o Alemania -en el amplio panorama historiográfico[27] o los estudios sobre el pensamiento político de la época -, o incluso aquellas que sugieren la adopción a Tácito para soslayar a Maquiavelo[28]. Los argumentos acerca de la política y la influencia del tacitismo[29], crearon su propio conocimiento y emprendieron el largo camino para elaborar su propia ética; las diversas lecturas de Tácito centran esta cuestión nodal consistente en desentrañar los lazos entre poder y saber, entre lo visible e invisible y la “trastienda” de la política[30], en palabras de Carrasco Martínez,

[…] los programas de configuración del buen súbdito del Estado, lógicamente, provocaron reacciones, venidas tanto de la teología moral…como de las viejas éticas helenísticas… lo más interesante es que el choque entre ofensiva de la política y las éticas resistentes impulsó la reflexión sobre el sujeto[31].

Cultura escrita, pensamiento político, usos culturales

La obra de John Elliott expone la importancia del lenguaje para redefinir -desde los tratados políticos en tiempos de Felipe IV-, no sólo la autoridad del Rey, sino también cómo modelar las artes de gobernar y el grado de conocimiento de la realidad, “[…]toda innovación necesita de un lenguaje complejo de actitudes y comportamientos, de símbolos y de máximas morales y políticas, que compongan el equipaje esencial de cualquier gobierno” [32]. Estamos en presencia de dos variables: el difundir los caracteres morales y políticos que “[…] deben iluminar al Poder y por otra educar al Poder” y el mensaje/ utilidad que de ellas se pretenden -visibles u ocultos-[33]. Conceptos como reformación o reputación aparecen en los discursos políticos de las primeras décadas del siglo XVII, utilizados y apropiados por cierta parte de la elite para hacer uso del “lenguaje de la restauración”. A finales de los años ochenta del siglo XVII, cuando la continuidad de la Monarquía se encontraba en peligro atento a la incertidumbre sucesoria, diferentes textos articulan sus contenidos ya no desde posiciones de primacía, sino que reflexionan para defenderse[34] y cautelarse será uno de los términos utilizados -no el único-.

Las tensiones y manifestaciones en torno a la figura del Rey, la consolidación y futuro de la dinastía, constituyen sólo algunas de las motivaciones de aquellos escritores que opinan sobre el panorama político, complementándose con una serie de reediciones de clásicos contrarreformistas, cuyos objetivos no se limitaban a exponer acerca de la personificación de las virtudes y vicios del individuo -marcada en definitiva- por el ideal de vida cristiana, sino también, como estrategia de autopromoción de los nuevos titulados, a través de la creación de objetos culturales -espejo de virtudes-.

La preocupación de algunos tratadistas en aquel período, nos permite recorrer un espacio de tiempo donde asistimos a distintas controversias respecto a la resignificación sobre la capacidad del monarca para ejercer el poder y salvaguardarlo de cuestionamientos en tiempos difíciles. El proceso de construcción y representación de la imagen del monarca, recorre distintos caminos: lenguajes, discursos apologéticos y visuales: “[…]rey escondido, rey inventado, ante las debilidades físicas y mentales que se vislumbraban en el heredero de la corona hubo una estrategia calculada de ocultarle a la vista de los demás”[35], en palabras de Álvaro P. Chenel,

[…]desde los primeros retratos del recién nacido príncipe y poco después rey, encontramos algo que será una constante en la imagen de Carlos II a lo largo de su breve existencia: los intentos por aparentar una falsa normalidad a través del recurso a la retórica, la simulación, la apariencia, el engaño y la persuasión, que a la postre, sin embargo, apenas pudieron tan solo maquillar, ocultar y velar una realidad que comenzó en 1661 y que terminó de imponerse en 1700 con la muerte de Carlos II[36].

La manipulación y transformación del discurso se desarrolla en correlación con la personalidad del soberano, “[…]la fragilidad del rey melancólico” comporta un reto inédito, y los autores quieren hacer de él un rey “amable” y majestuoso a la vez, preservándolo del control de los consejeros imprudentes[37], conservar la dignidad y autoridad real representan los cimientos de la monarquía, donde la,

[…] tensa pugna de facciones aristocráticas que provocó el final de la rienda, supuso un cuestionamiento de la autoridad real son precedentes en la Castilla del Siglo XVII, en particular a causa de la difusión por medio de pasquines, sátiras y tratados políticos de tres imágenes que incapacitaban a Carlos II para el ejercicio de la potestad suprema: las de Rey Niño, Rey Prisionero y Rey Hechizado[38].

En su artículo Adolfo Carrasco Martínez pone en juego -en alusión al monarca-, la manera que se presentaba ante los súbditos, donde el conflicto estaba “[…] planteado entre una concepción estática y sacralizada del poder, absoluto y dinástico y una percepción de la realidad contemporánea en la cual la política del rey no parecía absoluta en la práctica”[39]; el aspecto del monarca se había convertido en objeto de atención y por tanto, sometido a escrutinio permanente, lo que Foucault llamaría el subpoder del rey, donde la desconfianza parte de aquella imagen y su falta de dominio/gobierno sobre sí mismo: el príncipe-pasión[40]; la obra publicada en 1678 por Sebastián de Ucedo[41], advierte que “[…]la reputación y la majestad del Príncipe, son delicadas que por poco que las toquen les hacen llaga incurable”.

Si bien las temáticas sobre los comportamientos del rey resultan conocidas a lo largo del siglo XVII, lo novedoso deriva a las alusiones sobre la imagen -visibilización-, el modo de hablar -gestos públicos- y el rol de los sentidos. Francisco de la Fuente, advierte a los Príncipes,

[…]ser vigilantes, y cuidadosos en las cosas de su estado imitando al oficio del tejedor, cuyo ejercicio está lleno de fatigas, y necesita de grande asistencia: trabaja con las manos, y con los pies, tiene los fijos en la tela la tención debida en tantos hilos, uno se rompe, otro se enreda, conviene que en un instante estén ojos, y manos en todas partes, y si algún hilo se atraviesa se descompone la labor, y descompuesta, o se deja, o se deshace. Tal es la vida que debes tener, o Rey[42].

El análisis de la tratadística de la segunda mitad del siglo XVII, expone la cristalización de un nuevo lenguaje político y el control de la escritura no debía ser ajeno al príncipe. Interrogantes y problemáticas giran en torno a las siguientes variables: La construcción del corpus de saber/lenguaje político, y la función del monarca se visualiza en respuestas múltiples y quizás contradictorias, por tanto, creemos que el discurso no era unidireccional en atención a la heterogeneidad del período y las necesidades de la propia Monarquía.

Palabras finales

La representación de una España decadente se consolida a fines del siglo XVIII y da lugar a la construcción de un mito alentado por propios y ajenos a través del tiempo, espacios donde convergen diversas áreas de conocimiento en la búsqueda de explicaciones que permitan comprender sus causas.

Desde finales de la década de los años ´70 del siglo pasado, los aportes de la denominada “nueva historia política” permitió que no sólo fuera objeto de recuperación y reevaluación, sino también, adquirió una nueva dimensión y complejidad; donde los espacios interdisciplinarios se contrastan y articulan desde diferentes ámbitos: Gobierno y política informal, instituciones/rituales, fundamentos del poder real/jurisdicciones, presión fiscal/redes clientelares, integración de elites/formas de dominio no coercitivas, cultura política/lenguajes, sin olvidarnos de la influencia de Foucault y sus estudios sobre el microcosmos de poder y prácticas coercitivas.

Frente a un siglo que aparece agotado, el objetivo parece resumirse en la exigencia -a partir de la incorporación de lenguajes, comportamientos, actitudes, símbolos, máximas morales y políticas- sobre la ejemplaridad del monarca como discurso triunfal. Percibir las mismas hacia finales del siglo, es entender no sólo los mecanismos de fortalecimiento y representación regia -en un entramado de prácticas y discursos por parte de distintos actores que forjaron diversas respuestas-, sino también, observar la inestabilidad político – institucional de finales del siglo XVII.


  1. Este trabajo forma parte del Proyecto «Failure: Reversing the Genealogies of Unsuccess, 16th-19th Centuries (H2020-Marie Skłodowska Curie Actions, RISE, Grant Agreement, no. 823998).
  2. Universidad Nacional de Mar del Plata.
  3. LIPSIO, J. Políticas, Madrid, 1997. Estudio preliminar y notas de PEÑA ECHEVERRIA, J. y SANTOS LÓPEZ, M.; traducción de Bernardino de Mendoza, p. 9.
  4. FERNÁNDEZ ALBALADEJO, P. Materia de España. Cultura política e identidad en la España moderna. Madrid, 2007, p. 94.
  5. SAAVEDRA, M. del C. (Ed.) La decadencia de la monarquía hispánica en el siglo XVII. Viejas imágenes y nuevas aportaciones. Madrid, 2016.
  6. FERNÁNDEZ ALBALADEJO, P. La crisis de la Monarquía. Historia de España. Barcelona, 2009, p. XX.
  7. KOSELLECK, R. Crítica y crisis. Un estudio sobre la patogénesis del mundo burgués. Madrid, 2007, p. 243.
  8. STORRS, Ch. La resistencia de la Monarquía Hispánica (1665-1700). Madrid, 2013.
  9. BAUMAN, Z. y BORDONI, C. Estado de crisis. Barcelona, 2016, p. 12.
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  13. FEROS, A. “Clientelismo y poder monárquico en la España de los siglos XVI y XVII”, En: Relaciones 73, invierno, vol. XIX, 1998, p. 17.
  14. BENIGNO, F. Espejos de Revolución. Barcelona, 2000, p. 48.
  15. FERNÁNDEZ ALBALADEJO, P. La crisis de op. cit., p. 94.
  16. CARDIM, P. “La jurisdicción real y…” op. cit., p. 388.
  17. CARDIM, P. “Pablo Fernández Albaladejo: Historia e Historiografía”. Espacio Tiempo y Forma. Historia Moderna, Nº 31, 2018, pp. 254.
  18. FERNÁNDEZ ALABALDEJO, P. “Observaciones políticas”: algunas consideraciones sobre el lenguaje político de Francisco Martínez Marina”. Initium. Revista Catalana d´ Historia del dret, I, 1996, pp. 691-714.
  19. MARAVALL, J.A. Teoría del Estado en España en el siglo XVII. Madrid, 1997, p. 75; SEGURA RAMOS, B. “Tácito: retrato espiritual”. Faventia, Nº 24, 2002, pp. 143-155.
  20. FERNÁNDEZ-SANTAMARÍA, J. A. Razón de Estado y política en el pensamiento español del Barroco (1595-1640). Madrid, 1986, p. 161 y ss.
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  27. MARTÍNEZ BERMEJO, S. Translating Tacitus The Reception of Tacitus’s Works in the Vernacular Languages of Europe, 16th-17th Centuries, Pisa, 2010.
  28. MARTÍNEZ-SICLUNA Y SEPÚLVEDA, C. Preservar la Monarquía: El Tacitismo político, Madrid, 2017.
  29. ÁLVAREZ, A. “La invención de las pasiones. Consideraciones sobre la recepción del tacitismo político en la cultura del Barroco”. Astrolabio. Revista internacional de Filosofía, Nº 10, 2010.
  30. CABEZA RODRÍGUEZ, A. y CARRASCO MARTÍNEZ, A. (Coords.). Saber y Gobierno. Ideas y práctica del poder en la Monarquía de España (Siglo XVII). Madrid, 2013.
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