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Fronteras urbanas y migración

Gabriela Mera y Brenda Matossian

La pregunta por la migración se encuentra profundamente vinculada con la noción de frontera. Dentro del complejo universo que constituye la movilidad humana, el codificar a determinados desplazamientos en términos de “migración” (y a sus protagonistas como inmigrantes/emigrantes) es una construcción social que se funda en el cruce de cierto límite o frontera política –entre los Estados-nación o a su interior para establecer un nuevo lugar de residencia, con las consecuentes fronteras simbólicas que se erigen en torno a ello.

En las últimas décadas, las fronteras estatales han sido intensamente problematizadas por los estudios migratorios, poniendo en tensión las concepciones lineales y estáticas, y explorando sus sentidos más allá del límite interestatal geopolítico. Se ha reflexionado, así, sobre su carácter geohistórico, como entidad en permanente transformación a partir de las prácticas sociales; se ha cuestionado la imagen de la línea divisoria, recuperando nociones como la de espacio fronterizo, donde pueden germinar identidades singulares; se han abordado las articulaciones entre fronteras físicas y fronteras simbólicas, visibilizando los efectos que generan sus cruces; se han analizado las tensiones entre fronteras, movilidad y ciudadanía; entre muchos otros ejes. Estas discusiones han abierto un campo de reflexión sumamente fértil, donde también la supuesta singularidad de la frontera nacional se ha visto cuestionada, para recuperar en cambio la multiplicidad de fronteras que recortan territorialidades, y que solo pueden abordarse desde una perspectiva multiescalar.

En esta línea, los contextos metropolitanos devienen un universo de análisis fundamental. Por un lado, en la medida que las ciudades son receptoras privilegiadas de los movimientos migratorios, tanto en el marco de trayectorias de tipo rural-urbano como vinculadas a movimientos entre metrópolis. Y, por otro lado, porque en este contexto donde la migración es cada vez más un fenómeno urbano, la presencia de fronteras territoriales —que recortan mundos, construyen sentidos y definen otredades— introducen nuevos elementos analíticos y redoblan el desafío para los estudios preocupados por la relación entre migración y ciudad desde una perspectiva territorial.

El interés por las fronteras urbanas ha tenido una larga presencia en el campo académico, en gran medida asociada a la pregunta por las heterogeneidades internas de las ciudades y a la posibilidad de identificar (y cuantificar) la existencia de pautas o patrones en las formas que adoptan sus diferenciaciones internas. La cuna de esta perspectiva se remonta a los estudios de la ecología urbana desarrollados por la Escuela de Sociología de Chicago de comienzos del siglo XX (Park, Burgess y McKenzie, 1925), que, desde enfoques muy influidos por el darwinismo social —y la aplicación a los estudios urbanos de principios ecológicos como competencia, selección, invasión-sucesión, adaptación— buscaron explicar las heterogeneidades que atraviesan el espacio urbano y desarrollaron diversos modelos para describirlos. Estos estudios pioneros estuvieron profundamente atravesados por la cuestión migratoria, e inauguraron toda una serie de teorizaciones y categorías en torno a la existencia de patrones residenciales de los migrantes en las ciudades, a los que entendían como un elemento clave de su asimilación a la sociedad de recepción.

En las décadas siguientes, numerosos estudios –en particular en el ámbito norteamericano– se abocaron a elaborar modelizaciones del espacio urbano, sustentadas en la idea de poder identificar regularidades espaciales a partir de la correlación entre diversos factores. En esta línea puede mencionarse el análisis de las áreas sociales desarrollado por los sociólogos urbanos de la Universidad de California, conocidos como la Escuela de Los Ángeles, cuyos modelos clasificatorios para delimitar áreas socialmente homogéneas al interior de las ciudades darían lugar, en las décadas siguientes, a metodologías actualmente muy vigentes como es el análisis factorial. También sobre la base de estas perspectivas surgen numerosísimos trabajos que elaborarán toda la serie de indicadores cuantitativos –definiciones, medidas e índices para medir la diferenciación y segregación espacial (Massey y Denton, 1988), que actualmente constituye parte vital del arsenal metodológico de geógrafos, sociólogos y economistas para cuantificar la distribución de las minorías étnicas en las ciudades.

En las últimas décadas, sin embargo, hemos asistido al desarrollo de investigaciones que, desde las más diversas disciplinas, han brindado herramientas esenciales para problematizar las diferenciaciones socioterritoriales y, específicamente, las fronteras urbanas.

Por un lado, numerosos estudios han puesto en tensión a los grandes modelos urbanos, dejando en evidencia que las ciudades se encuentran divididas en fragmentos cada vez más pequeños, donde la microescala se presenta como la unidad de análisis de las geografías del hoy. Se entiende así que las tradicionales divisorias sociales vinculadas con la ciudad dual conviven en la actualidad con subdivisiones más recientes –donde factores como la clase social, el origen, la edad o la religión se entrecruzan con nuevas dimensiones que hacen a las desigualdades socio-espaciales en un proceso donde las fronteras se multiplican, encerrando a unidades mucho más pequeñas. Desde esta preocupación por la creciente fragmentación de las ciudades, se ha apelado a figuras metafóricas como el caleidoscopio (Nel-lo y Muñoz, 2004) o la idea de una ciudad de cuarzo (Davis, 2002), entre muchas otras, que difícilmente logran sintetizar la complejidad creciente.

Por otro lado, los análisis centrados en las prácticas urbanas cotidianas que pusieron en primer plano la importancia de entender el espacio como una entidad construida a partir de la movilidad y la interacción (Bericat Alastuey, 1994; De Certau, 2000)– brindaron nuevos aportes para complejizar la pregunta por las diferenciaciones urbanas, exigiendo cada vez más pensar el problema de la separación o concentración espacial como una cuestión vinculada a los flujos e intercambios. En este marco, nociones como límite o umbral –y, por supuesto, una concepción más compleja de frontera– devienen conceptos centrales para entender las dinámicas de producción y reproducción de diferencias y distancias socioespaciales.

Ya Simmel (1977), en su análisis de la dialéctica entre espacio y sociedad, sostenía que el límite no es un hecho espacial con efectos sociológicos, sino un hecho sociológico con una forma espacial, y que cuando se convierte en un producto sensible, en algo que dibujamos en la naturaleza, produce efectos y ejerce una influencia retroactiva sobre la conciencia y las relaciones entre los actores. El estudio de las diferenciaciones espaciales requiere entonces considerar, como señalan Lamont y Molnar (2002), cómo se articulan las fronteras simbólicas, las distinciones de los propios actores en torno a los objetos, personas y prácticas, que separan grupos y generan sentimientos de pertenencia, y las fronteras sociales, formas objetivadas de las diferencias sociales, que se manifiestan en accesos desiguales y distribuciones diferenciales de recursos.

Aquí es interesante retomar la propuesta de Grimson (2002) de trasladar analógicamente instrumentos de análisis de las fronteras nacionales para pensar las fronteras que atraviesan los espacios metropolitanos. La frontera, sostiene, se caracteriza por su duplicidad: por ser simultáneamente un objeto/concepto y un concepto/metáfora, un elemento de carácter físico-territorial, pero también cultural-simbólico. Recupera para ello la concepción de Van Gennep (1986) de frontera como “espacio liminal” o zona de indefinición cuyo cruce –la acción de cruzar el umbral– implica un acto de pasaje de un mundo a otro, donde los “nativos” devienen “extranjeros”, y que, en tanto tal, se encuentra atravesado por una serie de prácticas y ritos de pasaje. Entiende así que las fronteras devienen parámetros cognitivos de la vida urbana; por lo que no sólo la ciudad se encuentra llena de “aduaneros”, que solicitan documentos o detienen pobres o migrantes, en particular cuando se encuentran en territorios ajenos, sino que los mismos habitantes tienden a recibir con extrañeza a los cuerpos intrusos que se hacen presentes en zonas impensadas para ellos (Grimson, 2009).

Al plantear una analogía entre fronteras nacionales y fronteras intraurbanas, esta propuesta permite pensar que la producción de espacialidad en contextos urbanos, como dirían Henri Lefebvre (1972) y Edward Soja (1989), es un proceso que implica una constante construcción de fronteras espaciales internas, las cuales generan que distintas zonas de la ciudad adquieran sentidos y valores diferenciales –y con frecuencia opuestos: un territorio seguro y limpio, un territorio inseguro y peligroso–, donde el pasaje de uno a otro lado puede requerir rituales muy diversos, dependiendo de si los que pasan son “nativos” o “extranjeros” (AA.VV., 2002).

Esta construcción de territorios locales diversos al interior de los espacios urbanos, aun en su carácter simbólico, como sostiene Filc (2002), no puede entenderse por fuera de lo que son las condiciones materiales que reproducen este proceso en el que los sectores de menores recursos se encuentran aislados en sus propios barrios. Desigualdades materiales y diferenciaciones simbólicas conforman un entramado que se reproduce en términos espaciales, delimitando territorios diferenciados, donde la presencia de estas fronteras implica una identificación negativa en torno a los “extranjeros”, quienes no parecen pertenecer a los ámbitos así definidos.

Finalmente interesa rescatar dos cuestiones centrales para el estudio de las fronteras urbanas: un elemento temporal (su historicidad) y otro de carácter geográfico (la importancia de las escalas). El primero se enmarca en aquel desafío que sintetizó Milton Santos (1996) al decir que nuestro gran problema no es empirizar el espacio, sino empirizar el tiempo y el espacio al mismo tiempo. Entendiendo que la organización de los territorios es fundamentalmente un proceso histórico, se han recuperado figuras como el palimpsesto –definido por la Real Academia Española como ese manuscrito antiguo que conserva huellas de una escritura anterior borrada artificialmente para entender la ciudad como un entramando de imágenes de sí misma que siguen dejando huella y sirven de superficie rugosa para la reescritura de imágenes ulteriores (Gravano, 2005). En esta línea podemos pensar que, además de las imágenes, vinculadas a la dimensión simbólica de las fronteras urbanas, ciertas materialidades propias de estas fronteras también se mantienen como huellas destacadas, aunque poco visibles dentro de la ciudad.

En segundo lugar, en la pregunta por las fronteras cobra nueva relevancia la necesidad de considerar (y poner en diálogo) las múltiples escalas que atraviesan el fenómeno urbano, donde el nivel messo de la ciudad en su conjunto se encuentra atravesado por procesos que se dan a nivel global (al nivel del Estado) y otros que se producen en el nivel privado, el del habitar (Lefebvre, 1972). En este sentido, el abordaje de las fronteras urbanas no solo debe considerar todas estas escalas, sino también, fundamentalmente, las interrelaciones que se establecen entre los distintos niveles y expresiones de la espacialidad. Y considerar que la manifestación espacial de ciertos hechos sociales (visibles a determinada escala) puede remitir a la acción de actores o dinámicas que se producen a otra escala diferente, lo que Milton Santos (2000) denominó las verticalidades que tienen efectos en el recorte territorial definido sin estar necesariamente presentes (o ser observables) en él. El territorio, en este sentido, es eminentemente multiescalar, y las diferenciaciones que lo atraviesan son procesos que se verifican entre las escalas tanto como dentro de ellas.

Abordar la relación entre migración y fronteras urbanas resulta, así, una tarea desafiante, que exige apostar a una mirada compleja y multidimensional. Y en este proceso resulta esencial, como señalan Caggiano y Segura (2014), trascender y problematizar ciertas dicotomías, como la supuesta antinomia entre localización y movilidad –entre la metáfora de la ciudad-mosaico y la idea de la ciudad como flujo–; entre la imagen de una ciudad férreamente demarcada, por un lado, y la figura de una ciudad de movilidades que subvierte los límites por el otro; y, por supuesto, la clásica dicotomía entre nacionales y extranjeros. Como sostienen los autores, para abordar estos procesos es fundamental indagar en cómo se articulan los límites y fronteras con las relaciones e intercambios en los desplazamientos de los migrantes, donde si bien la ciudad impone límites y barreras que condicionan la apropiación del espacio a los actores, éstos desafían algunas fronteras con experiencias y usos alternativos, al tiempo que recrean y refuerzan otras. Y que, en todo este proceso, la condición migratoria se entrecruza (de manera compleja y “desfasada”) con la clase, el género, la edad, el tiempo de residencia, la procedencia urbana o rural, entre otras dimensiones de la diferencia y la desigualdad, en la producción y reproducción de alteridades en el espacio urbano.

Bibliografía

AA.VV. (2002). Principales ejes del debate. En J. Filc (org.), Territorios, itinerarios, fronteras. La cuestión cultural en el Área Metropolitana de Buenos Aires, 1990-2000. Buenos Aires: Ediciones Al Margen.

Bericat Alastuey, E. (1994). Sociología de la movilidad espacial. El sedentarismo nómada. Madrid: CIS.

Caggiano, S. y Segura, R. (2014). Migración, fronteras y desplazamientos en la ciudad. Dinámicas de la alteridad urbana en Buenos Aires. Revista de Estudios Sociales, 48, 29-42.

Davis, M. (2002). Chapter 35, from City of Quartz: Excavating the future in Los Angeles. En Bridge, G. y Watson, S., The Blackwell City Reader (pp. 323-331). Oxford: Blackwell Publishing.

De Certau, M. (2000). La invención de lo cotidiano 1. Artes de hacer. México: Universidad Iberoamericana.

Filc, J. (2002). Introducción. En J. Filc (org.), Territorios, itinerarios, fronteras. La cuestión cultural en el Área Metropolitana de Buenos Aires, 1990-2000 (pp. 11-30). Buenos Aires: Ediciones Al Margen.

Gravano, A. (2005). Imaginarios sociales de la ciudad media: emblemas, fragmentaciones y otredades urbanas. Tandil: Universidad Nacional del Centro de la Provincia de Buenos Aires.

Grimson, A. (2002). Ritos de pasaje en la territorialidad urbana. En J. Filc (org.), Territorios, itinerarios, fronteras. La cuestión cultural en el Área Metropolitana de Buenos Aires, 1990-2000 (pp. 55-67). Instituto del Conurbano UNGS: Ediciones Al Margen.

Grimson, A. (2009). Introducción: clasificaciones espaciales y territorialización de la política en Buenos Aires. En Grimson, A.; Ferraudi Curto, C. y Segura, R. (comps.), La vida política en los barrios populares de Buenos Aires (pp. 11-38). Buenos Aires: Prometeo.

Lamont, M. y Molnar, V. (2002). The study of boundaries in the Social Sciences. Annu. Rev. Sociol, 28, 167-195.

Lefebvre, H. (1972). La revolución urbana. Madrid: Alianza Editorial.

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Nel-Lo, O., y Muñoz, F. (2004). El proceso de urbanización. En J. Romero (coord.), Geografía humana. Procesos, riesgos e incertidumbres en un mundo globalizado (pp. 255-332). Barcelona: Ariel.

Park, R., Burgess, E. y McKenzie, R. (1925). The City. Chicago: University of Chicago Press.

Santos, M. (1996). Metamorfosis del espacio habitado. Barcelona: Oikos-tau.

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Simmel, G. (1977). Sociología 2. Estudios sobre las formas de socialización. Madrid: Alianza Editorial.

Soja, E. (1989). Postmodern Geographies: the reassertion of space in critical social theory. London: Verso Press.

Van Gennep, A. (1986). Los ritos de paso, Madrid: Taurus.



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