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Movilidad social

Verónica Trpin y Cecilia Jiménez Zunino

En los estudios migratorios constituye un desafío articular los procesos de movilidad territorial, en el espacio, y la movilidad social, en tanto desplazamiento entre posiciones de estructuras sociales diferentes. ¿Cómo se pueden identificar procesos de movilidad social en personas migrantes? ¿Respecto a la ocupación, a la educación, a la posición en la estructura social de origen, a la de destino?

La vinculación entre los estudios de estratificación social y los estudios migratorios lleva a la pregunta sobre el papel que tiene la ciudadanía formal (y la falta de ella, en el caso de la población migrante) en la distribución de oportunidades en una sociedad. Desde los planteamientos de Marshall (1997) se puede atender a las diferentes dimensiones que abarca este concepto, desde el acceso a derechos políticos hasta el concepto de ciudadanía social (derecho a educación, salud, incluso a un ingreso de ciudadanía) (Crompton, 1997). El acceso de los/as migrantes a la ciudadanía social podría atenuar los condicionamientos de clase de origen, así como los que surgen de su propia condición migratoria en destino, pues “la ciudadanía social guarda una relación directa con cuestiones distributivas debido a que garantiza ciertos derechos a beneficios materiales relacionados con el status de ciudadano” (ibíd., p. 183). Cuando no se posibilita el paso a la ciudadanía política y social, se vulnerabiliza a las poblaciones migrantes, pues se las expone a gran desprotección en el mercado de trabajo y en diferentes ámbitos de la vida social (Sassen, 1993).

Parte de los abordajes de las migraciones en vinculación a la estructura de clases ‒paso previo para considerar su movilidad social‒ se han centrado en el análisis del modo en que los/as migrantes se posicionan en el mercado de trabajo. Las posibilidades en términos de ingresos, calificación ocupacional, formalidad, sindicalización que marcan sus condiciones de vida y las de sus familias dan cuenta de los matices en la pertenencia de clase. Los ya clásicos estudios de Castles y Kosack (1973) intentaban determinar los efectos de la inmigración en el posicionamiento de clase social, desde la consideración de su inserción en los mercados duales o segmentados de trabajo (Jiménez Zunino y Trpin, 2018).

Sin embargo, la movilidad social de los/as migrantes, así entendida, haría solo referencia a sus lugares logrados en el mercado de trabajo. ¿Qué podemos decir respecto a la educación de los/as migrantes y de sus hijos/as, en ocasiones soporte de muchos proyectos migratorios? ¿Y de las dinámicas intrafamiliares en las que la movilidad social se sustenta?

En el contexto argentino, María Laura Diez (2011) señala que las altas expectativas puestas en la escolaridad de los/as niños/as y jóvenes migrantes como condición de movilidad social se ven tensionadas con un marcado desgranamiento en el pasaje de un nivel educativo a otro. Esto refleja la necesidad de problematizar no sólo el acceso a la escolarización, sino también las trayectorias “adentro” de las instituciones (Diez y Novaro, 2011). En un país en el que el sistema educativo promueve la inclusión y la igualdad, las autoras advierten procesos de exclusión que condicionan la proyección de movilidad social.

Asimismo, los/as investigadores/as Oso, Dalle y Boniolo (2019) señalan que los estudios migratorios en ocasiones hacen foco en “las trayectorias de movilidad ocupacional y educativa, intra e intergeneracionales, de la población migrante en los contextos de acogida de la inmigración” (2019, p. 308). Esto ha supuesto desatender una diversidad de determinantes, como las concepciones hegemónicas sobre la educación, las cuales reproducen representaciones negativas del desempeño escolar de niños/as y jóvenes migrantes. Las “dificultades escolares” traducidas en “fracaso escolar” (Diez, 2011) operan, en determinados contextos, como marcas en las trayectorias de movilidad social de la población migrante.

A tales condicionamientos algunas investigaciones incluyen también las inversiones económicas que se realizan en el país de origen (remesas, compra de propiedades, etcétera), la presencia del capital social, las estrategias de movilidad espacial (viajes de ida y vuelta) (Oso y Suárez-Grimalt, 2017), cobrando relevancia las articulaciones que se mantienen entre el origen y el destino geográfico. Algo que ha sido atendido por los enfoques transnacionalistas sobre las migraciones (Glick Schiller, 2008; Szanton Blanc, Basch y Glick Schiller, 1995; Suárez Navaz, 2008), al estudiar cómo los/as migrantes mantienen vínculos económicos y simbólicos con los lugares de origen y destino, incluso se posicionan en las estructuras de desigualdad de ambos contextos (Pries, 1998; Goldrin, 1998; Jiménez Zunino, 2011). Todos estos factores reorientan los recursos y las estrategias de los/as migrantes en diversas direcciones, lo que hace difícil inferir trayectorias de ascenso de modo simplificado.

Por otra parte, varios/as investigadores/as (Portes y Böröcz, 1992; Herranz, 1998; Dalle, 2013) señalan que la movilidad social en contextos migratorios depende de los contextos de recepción, es decir, de la apertura o cierre de oportunidades educativas y ocupacionales a nivel de la estructura de clases, de las opciones y proyecciones vinculadas al origen de clase familiar y de los grupos de pertenencia, así como de las capacidades o el empuje de las personas para actuar.

La pertenencia de clase y su habitus suele observarse como un condicionante sustantivo en las posibilidades de movilidad social: desde los aportes de Pierre Bourdieu resulta enriquecedor atender cómo “es en relación con sus posiciones en origen (y del estado del campo de las clases sociales) como se generan las disposiciones que inducen a la estrategia migratoria, cuya lógica habrá de buscarse, por tanto, en la conformación de unos habitus determinados” (Jiménez Zunino, 2011, p. 435). Para Dalle, la clase social de origen define límites y constreñimientos: desde la transmisión intergeneracional de recursos materiales hasta simbólicos y sociales. “Estos recursos, por un lado, construyen modelos cognitivos, de valores y creencias que contribuyen a conformar el horizonte de expectativas de las personas, y por el otro, brindan contactos e información que permite la inserción social de las mismas” (2013, p. 376).

Cabe destacar que la percepción de los países de destino como un horizonte que posibilita la movilidad social ascendente y una oportunidad de evitar el “desclasamiento” (Jiménez Zunino, 2011) opera como una proyección que, en los contextos latinoamericanos actuales, ha encontrado un límite. En décadas pasadas, en el caso de la Argentina, el imaginario de articulación de movilidad espacial y movilidad social se apoyó en las diversas experiencias migratorias de poblaciones europeas y de países latinoamericanos y en la expansión de las clases media y obrera urbana, procesos que dieron lugar a una movilidad estructural intra- e intergeneracional ascendente (Dalle, Jorrat y Riveiro, 2018). Sin embargo, estudios recientes muestran una expansión moderada de las clases medias en Argentina (Benza, 2014), lo cual problematiza las proyecciones de movilidad social de migraciones recientes, de modo que se consolida un cierre progresivo del sistema de estratificación. Tal como ha destacado el análisis de Cerrutti (2018, pp. 453-454), la sobrerrepresentación de población extranjera ‒amén de las diferencias entre diversos orígenes nacionales‒ en hogares con necesidades básicas insatisfechas (NBI) respecto a la población nativa (16% vs. 13%) indicaría las condiciones desaventajadas de ubicación de la población migrante en la estructura social. También los fenómenos de segregación urbana en ciertas áreas degradadas, o la concentración en determinados nichos ocupacionales (el servicio doméstico y servicios personales como destino de muchas mujeres inmigrantes), son indicativos de los obstáculos a la hora de generar procesos de movilidad social ascendente. A ello se suman las dificultades para validar sus diplomas de estudios, que en muchos casos ‒según nacionalidades de origen, en el análisis de Cerrutti (2018)‒ superan los niveles educativos de la población nativa. Esto se traduce en diferencias importantes en la calificación ocupacional, más pronunciada en las mujeres migrantes respecto a las nativas (por los sectores de empleo a los que acceden, mayormente no calificados). Incluso la incidencia de NBI entre las poblaciones migrantes con mayor nivel educativo (como peruanos o dominicanos) traduce procesos de desclasamiento, debido a los obstáculos para incorporarse a la sociedad argentina (dificultades para transferir calificaciones, discriminación étnico-racial, etc.) (Cerrutti, 2018).

Dalle advierte que desde los estudios sobre movilidad social intergeneracional en la Argentina, se han captado las principales tendencias de movilidad social en relación con cambios en el modelo de desarrollo económico. El autor se pregunta

por qué y cómo familias de origen de clase popular se abren caminos de ascenso entre los mecanismos de cierre que tienden a reproducir la desigualdad en la estructura de clases, tanto durante etapas de expansión de oportunidades como de crisis y cierre estructural (2013, p. 375).

A pesar de estas tendencias, la mayoría de los estudios coinciden en observar “una disminución de la movilidad ascendente desde los estratos de clase trabajadora a los de clase media de 1960 a 1995 (Jorrat, 2000) y a principios del siglo XXI” (ibíd., p. 375).

En las últimas décadas, Roberto Benencia ha abordado la bolivianización de la horticultura como un caso paradigmático de movilidad ascendente. El estudio de la “escalera boliviana” permitió analizar un proceso que se expandió y consolidó a lo largo del país, a través de lo que señala como “estrategias de movilidad”. Éstas consisten en módulos productivos, circuitos de movilidad espacial y características familiares y étnicas que se articulan.

Benencia indica que las proyecciones de movilidad ascendente son diferenciales a lo largo del país, en función del contexto socioeconómico y cultural en el que se asientan las poblaciones migrantes. Asimismo, en diversas regiones de la Argentina, investigadoras han analizado trayectorias productivas y laborales de colectivos migrantes que no necesariamente implicaron una modificación de las posiciones en la estructura social (Karasik, 2013 y Pizarro, 2011).

En síntesis, a la complejidad de pensar la movilidad social en nuestros días, se suma la dificultad de asir las posiciones de los/as migrantes, ya que se encuentran tensionadas entre, al menos, dos espacios sociales (de origen y de destino/s). Por ello un aporte puede ser tomar en cuenta tanto las trayectorias sociales (como posicionamientos objetivos, de clase) como los proyectos migratorios (la dimensión subjetiva), que sostienen las movilidades como proceso. Detrás del conjunto de decisiones, acciones, prácticas y experiencias familiares que confluyen en las migraciones se encuentran expectativas de movilidad social que se relacionan con transformaciones en los contextos socio-históricos de los lugares implicados.

Bibliografía

Benencia, R. (2006). Bolivianización de la horticultura en la Argentina. Procesos de migración transnacional y construcción de territorios productivos. En A. Grimson y E. Jelin (comps.), Migraciones regionales hacia la Argentina. Diferencia, desigualdad y derechos (pp. 135.167). Buenos Aires: Prometeo.

Benza, G. (2014). El estudio de las clases medias desde una perspectiva centrada en las desigualdades en oportunidades de vida. México: Universidad Nacional Autónoma de México.

Castles, S. y Kosack, G. (1973). Immigrant Workers and Class Structure in Western Europe. Londres: Oxford University Press.

Cerrutti, M. (2018). Migrantes y migraciones: nuevas tendencias y dinámicas. En J. Piovani y A. Salvia (coords.), La Argentina en el siglo XXI. Cómo somos, vivimos y convivimos en una sociedad desigual (pp. 443-465). Buenos Aires: Editorial Siglo XXI.

Crompton, R. (1997). Clase y estratificación. Una introducción a los debates actuales. Madrid, España: Tecnos.

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Diez, L. (2011). Biografías no autorizadas en el espacio escolar. Reflexiones en torno a ser migrante en la escuela. En G. Novaro (coord.), La interculturalidad en debate. Experiencias formativas y procesos de identificación en niños indígenas y migrantes (pp. 153-177). Buenos Aires: Editorial Biblos.

Diez, L. y Novaro, G. (2011). ¿Una inclusión silenciosa o las sutiles formas de la discriminación? Reflexiones a propósito de la escolarización de chicos bolivianos. En C. Courtis y M. I. Pacecca (comps.), Discriminaciones étnicas y nacionales. Un diagnóstico participativo (pp. 37-57). Buenos Aires: Editores del Puerto.

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