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Segregación laboral

María José Magliano y Ana Inés Mallimaci Barral

La segregación laboral ha ocupado un lugar central en las discusiones y reflexiones teóricas y políticas sobre migraciones y trabajo. En términos generales, la segregación laboral es una característica de los mercados de trabajo que, a partir de un conjunto de variables económicas, culturales, políticas y sociales, concentra a ciertas personas en determinados tipos de empleos y las excluye de otros, acotando el horizonte de posibilidades de inserción laboral para determinados grupos sociales. De este modo, la segregación en tanto categoría descriptiva del mundo laboral supone dar cuenta de una desigual distribución de puestos de trabajo. En el campo de los estudios sobre migraciones, en particular, la segregación laboral ha remitido tradicionalmente a la presencia diferencial entre nativos/as y migrantes en diferentes ocupaciones que suele expresar la estructuración diferencial del mercado de trabajo en relación con la valorización social, las condiciones de trabajo y los salarios. Asimismo, esa estructuración diferencial se ha nutrido del status migratorio –esto es, la condición de regularidad/irregularidad migratoria– y de las redes y/o capital social de los y las migrantes que actúan sobre los modos y posibilidades de inserción y circulación laboral en los contextos de destino.

En términos teóricos, desde las ciencias sociales existe una vasta producción que ha buscado explicar este proceso y sus implicancias sociales, culturales, económicas y políticas. En el transcurso del siglo XX surgieron un conjunto de teorías orientadas al análisis de la cuestión del mercado de trabajo y su segregación. Entre ellas, podemos mencionar la teoría del mercado de trabajo, la teoría del mercado dual y aquellas teorías de orientación marxista preocupadas por las divisiones de la clase trabajadora con base en una lectura de los conflictos y las desigualdades que jerarquiza a la clase social por encima de las demás formas de clasificación social. Según estas perspectivas, el mercado de trabajo no es homogéneo, lo que quiere decir que no puede hablarse de un solo mercado de trabajo sino de mercados de trabajo distintos (primario y secundario) que se caracterizan por tener diferentes sistemas organizativos y disponer de diversos tipos de trabajadores/as (Borderías, 2008). De esta manera, las segmentaciones de los mercados laborales no son consecuencia “natural” de las divisiones técnicas del trabajo, “sino que constituyen mecanismos históricamente específicos de movilización, gestión, socialización y distribución de la fuerza laboral, de su desarrollo y utilización, así como del propio reparto social del trabajo” (Riesco Sanz, 2003, p. 112-113). Asimismo, estas teorías plantearon los beneficios que reporta al sistema capitalista mundial la diferenciación laboral entre los “nativos” y los “migrantes” (Blanco, 2000).

La segregación laboral no es un fenómeno novedoso, por el contrario, ha sido estructurante de cada etapa del desarrollo capitalista. Sin embargo, la segmentación del mercado de trabajo se ha ido modificando en el contexto de una nueva geografía social global desde finales del siglo XX en adelante (Castles, 2013; Sassen, 2003). La desregulación económica de las últimas décadas bajo el auge neoliberal ha derivado en una creciente jerarquización, precarización e informalización del empleo en especial para los/as migrantes (y no solo para ellos/as). En la actualidad, sostienen Mezzadra y Neilson (2016, p. 137), “las prácticas de movilidad constituyen una parte fundamental de la heterogeneidad y precariedad resultante del trabajo vivo –el trabajo como subjetividad– comandado y explotado por el capital”. El desafío, continúan estos autores, es comprender la profundización de tal heterogeneidad para poder explicar la proliferación de los límites y las fronteras que caracterizan al mundo global actual. De este modo, las investigaciones más recientes sobre migración y trabajo muestran la existencia de múltiples fronteras “que atraviesan el campo del trabajo vivo, incluyendo aquellas entre el trabajo productivo, ‘improductivo’, y reproductivo; el trabajo libre y ‘no libre’, el formal y el informal” (Mezzadra y Neilson, 2016, p. 158). Asimismo, en tanto proceso multidimensional y heterogéneo, estas investigaciones muestran cómo la segregación laboral se articula con otras formas de segregación que enfrenta la mayoría de las y las migrantes en las sociedades de destino. La posición desigual en los mercados de trabajo puede traducirse también en una posición desigual frente al espacio urbano (segregación espacial), el ámbito educativo y en la esfera política.

Esa multidimensionalidad y heterogeneidad, coinciden en señalar estudios recientes sobre el mundo del trabajo contemporáneo, no pueden ser explicadas a partir de los marcos teóricos más tradicionales que pensaban especialmente la segmentación del mercado laboral en términos de una división entre “nativos” y “migrantes”. De hecho, la preeminencia de la nacionalidad y de la clase social por sobre los demás ejes de desigualdad presentes en aquellos estudios más clásicos obturó la posibilidad de análisis más profundos sobre las jerarquías y las discriminaciones presentes en el mundo laboral. En este sentido, la compleja estructuración de los procesos de segregación laboral requiere la inclusión de múltiples dimensiones explicativas, ya sea de género, etnicidad, raza, entre otras. La producción de fronteras raciales (Anthias y Yuval Davis, 1992; Fassin, 2011), así como de género y de clase, resulta una condición indispensable para el control de la mano de obra (Aquino, Varela Huerta y Décosse, 2013, p. 9). Estas investigaciones pusieron de manifiesto los modos en que las marcaciones identitarias justifican y legitiman la concentración de ciertos migrantes en determinados sectores del mercado de trabajo, ya sean urbanos o rurales, y en las jerarquías laborales más precarizadas (Baeza, 2013; Trpin y Pizarro, 2017).

Desde las últimas décadas, y en el marco de nuevas reflexiones sobre las experiencias de los grupos subordinados y de las relaciones de poder que estructuran las sociedades, la perspectiva interseccional intentó dar algunas respuestas a las posiciones desiguales presentes en diferentes espacios de lo social, siendo el mercado de trabajo un lugar central en el cual analizar las lógicas de las diferencias y las desigualdades. La interseccionalidad pone en el centro de la discusión las bases materiales de la desigualdad –históricamente situadas– a la vez que destaca el carácter relacional de las posiciones y clasificaciones sociales, complejizando los enfoques que pretenden reducir y explicar las experiencias de los y las sujetos/as a través del lente de una sola categoría (en especial la clase social). El potencial de la interseccionalidad para pensar la segregación laboral, en tanto experiencia de múltiples opresiones, parte de reconocer que las posibilidades de que las personas obtengan un empleo dependen no sólo de su capital humano sino también de su género, origen étnico-nacional, estatus legal, edad, sexualidad, ubicación y otros criterios no económicos (Castles, 2013). En esta misma dirección es que Mezzadra y Neilson (2016, p. 165) reconocen la imposibilidad de considerar a los trabajadores como “sujetos neutrales que existen independientemente de las relaciones de poder ligadas al género, a la etnia, a la raza que se encuentran inscritos en sus cuerpos”. Así, la intersección de esas formas de clasificación social condiciona y predispone a los/as sujetos/as migrantes, sus formas migratorias y sus oportunidades de inserción en el mercado de trabajo. La segregación laboral, siguiendo este argumento, expresa una de las consecuencias centrales de la activa, cotidiana y naturalizada presencia de los mecanismos de generización, etnización y jerarquización de la fuerza laboral. Procesos legitimados y naturalizados que hacen posible la justificación de la incorporación de los y las migrantes en actividades específicas como si fuera un producto de sus capacidades individuales (y a veces “étnicas”).

Asimismo, el foco puesto en la segregación laboral permitió constatar otros procesos como aquellos asociados a la constitución de “nichos laborales” que favorecieron el resguardo de los/as migrantes en determinados sectores de la economía y la posibilidad de hacer una carrera laboral con movilidad social, a partir del hecho de la persistencia y consolidación a lo largo del tiempo de un patrón de inserción segmentada (Benencia, 1997; Mallimaci Barral, 2016; Portes y Bach, 1985). Es decir, cierta segregación del grupo permitiría la emergencia de nichos de trabajo protegidos que evitan los costos de emplearse en el mercado de trabajo secundario, al mismo tiempo que constituyen una vía de movilidad social ascendente para los inmigrantes (Portes y Bach, 1985). Estas visiones, como señala Riesco Sanz (2003, p. 104), pretenden cuestionar “la habitual adscripción de la fuerza de trabajo migrante a los mercados de trabajo secundarios y suponen la existencia de una alternativa para generar movilidad ascendente a partir de los recursos que circulan por las redes. Aun reconociendo la existencia de estos nichos de mercado “protegidos”, ello no implica la negación de las desigualdades y formas de “inclusión diferenciada” (Mezzadra y Neilson, 2016) dentro de los mercados de trabajo, sino una muestra de las posibles estrategias y márgenes de acción de los actores en las limitaciones que les impone el contexto social.

En relación con esos márgenes de acción, la mirada puesta en la segregación laboral brinda también elementos para dar cuenta de las luchas y resistencias que los y las migrantes despliegan en escenarios laborales caracterizados por altas dosis de explotación. Desde enfoques como la autonomía de las migraciones, el cual parte de considerar la migración como una fuerza creativa dentro de las estructuras sociales, culturales y económicas (Papadopoulos, Stephenson y Tsianos, 2008), se pretende “observar los movimientos y conflictos de la migración desde una perspectiva que priorice las prácticas, los deseos, las expectativas y los comportamientos de los propios migrantes” (Mezzadra, 2012). Siguiendo esta perspectiva teórica, distintos estudios empíricos han analizado en profundidad las luchas de los “sin papeles” en Europa (Varela Huerta, 2013). El protagonismo de estos sujetos –“que fueron construidos jurídica y políticamente como ‘ilegales’ y estigmatizados socialmente como ‘clandestinos’” (Mezzadra, 2013, p. 16)– supuso una mayor visibilidad de los/as migrantes en el espacio público a partir de apropiarse y resignificar determinadas prácticas políticas y de ejercer formas de ciudadanía. Estas acciones, vinculadas con la condición migratoria y jurídica de los sujetos, se convirtieron en las luchas migrantes por excelencia. Sin embargo, estas luchas no se reducen a la condición jurídica de la migración. En muchos casos, no son “los papeles” el problema y disparador de las luchas y resistencias sino los mecanismos de explotación de la mano de obra migrante, en el marco de un mercado segmentado en función del género, el origen nacional, la raza y la clase social (Magliano, Perissinotti y Zenklusen, 2017).

Es a través del análisis de las luchas y las resistencias de los y las trabajadores/as migrantes que categorías como “globalización desde abajo”, “neoliberalismo desde abajo” y “economía mundial informal” revelan las estrategias que los sujetos despliegan muchas veces en “los límites entre el mundo legal e ilegal, ensanchando los contornos en el marco del sistema mundial no hegemónico” (Lins Ribeiro, 2015, p. 408). Las prácticas provenientes “desde abajo”, sugiere Gago (2014, p. 18), combinan condiciones de extrema precariedad con formas comunitarias, con tácticas populares de resolución de la vida, con emprendimientos que alimentan las redes informales y con modalidades de negociación de derechos que se valen de esa vitalidad. Esas prácticas habilitan el surgimiento y proliferación de procesos productivos –que pueden ser a la vez informales y subterráneos pero vinculados a cadenas de valor transnacionales y a grandes marcas locales (Gago, 2014)– en los espacios urbanos que no pueden ser comprendidos por fuera de los procesos migratorios (Magliano y Perissinotti, 2017). Este conjunto de estudios busca explicar y hacer visible el modo en que esos sujetos tratan de encontrar formas de subsistencia “en economías nacionales y mundiales que no tienen la capacidad para proporcionar empleo a todos sus ciudadanos” (Lins Ribeiro, 2015, p. 410). Los talleres textiles y el comercio informal, inserciones laborales que concentran a un importante porcentaje de migrantes latinoamericanos y africanos, son ejemplos claros de procesos productivos que articulan –no sin tensiones– formalidad e informalidad, lo local y lo global, formas de explotación y de resistencia.

En definitiva, la concentración de los y las migrantes en ciertos sectores del mercado de trabajo y la multiplicación de ciertas economías –informales, precarias, no hegemónicas, populares– expresan dos aristas, relacionadas e imbricadas, de procesos complejos que configuran la segregación laboral. Por un lado, la reproducción de formas de explotación y dominación asociadas al trabajo migrante, ya sea femenino o masculino, a partir de la inserción en actividades en general inestables, mal pagas e informales. Por el otro, el despliegue de un conjunto de prácticas de lucha y de resistencia frente al empobrecimiento y la precariedad que ha afectado a cada vez más sectores de la población migrante, en un marco de profundas transformaciones en el mundo del trabajo en los últimos tiempos.

Bibliografía

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