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Espera y migraciones

Ana Inés Mallimaci Barral y María José Magliano

La dimensión temporal ha sido escasamente explorada en los estudios migratorios. Si bien es clave en la clasificación de los proyectos migratorios como temporales o permanentes (o la larga lista de proyectos intermedios entre estos dos polos), la reflexión sobre el uso del tiempo se diluye en el análisis más vasto de la experiencia migratoria. Sin embargo, aquello que se hace con el tiempo resulta central para comprender las vivencias cotidianas y, como haremos hincapié en estas líneas, esto es especialmente cierto para las poblaciones migrantes. La información cualitativa que surge de nuestras investigaciones con migrantes nos devuelve una imagen muy precisa: nuestros/as entrevistados/as tienen “poco tiempo”. Además de las extensas jornadas de trabajo, del tiempo dedicado al cuidado del hogar y de las familias, otra forma de “gastar el tiempo” se vincula con los diferentes momentos en que las poblaciones migrantes “esperan”. De las múltiples formas de transcurrir en el tiempo, nos concentraremos en estas esperas que afectan particularmente a las poblaciones migrantes en nuestras sociedades.

En los últimos años se han publicado estudios sociales que encaran la construcción de la espera como un problema sociológico (Pecheny y Palumbo, 2017; Auyero, 2013; Scribano, 2010). En ellos, el tiempo de espera ya no es considerado como un tiempo “perdido” o residual entre prácticas significativas, sino que se convierte en el centro del análisis social, interrogando sus sentidos y su vinculación con procesos sociales más amplios. A partir de estos trabajos, entendemos “las esperas” como una relación social entre quienes esperan y quienes hacen esperar, ya sean personas o un sistema. Tal como lo señalan Pecheny y Palumbo (2017), “esperar” no tiene nada de natural y es una práctica social que merece ser problematizada. Para ello es necesario comprender que el “tiempo de espera” está desigualmente distribuido en nuestras sociedades y configura relaciones de poder y dominación que subalternizan algunos colectivos (Pecheny y Palumbo, 2017), especialmente los sectores populares, las mujeres y los/as migrantes. Las desigualdades de clase, étnicas y de género configuran los modos en que las esperas se hacen carne en la vida de las personas, no sólo porque estos colectivos poseen “poco tiempo” sino porque tienen escaso control sobre cómo transcurre “su” tiempo.

En los estudios sobre desplazamientos y migraciones la espera ha sido analizada especialmente en su vinculación con el tiempo transcurrido entre la solicitud de asilo o refugio o la regularización de la ciudadanía y su resultado. Como lo define Kobelinsky (2014), el solicitante de refugio se ve atravesado vitalmente por la espera que se constituye en el principal elemento de su situación. En Europa existen espacios especialmente diseñados para los/as “esperantes”. La vida es esperar, fragmentando toda experiencia cotidiana o, mejor dicho, haciendo que la espera sea la principal experiencia de lo cotidiano. Cualquier otra actividad debe organizarse sobre la base de esta espera y al hacerlo las personas se perciben como “atrapadas” en esta temporalidad que es, a la vez, la condición de posibilidad de la vida que desean (Kobelinsky, 2014). Muchas de estas esperas vitales se realizan en “lugares de espera” definidos por Musset como los dispositivos arquitectónicos diseñados para la retención temporaria de las personas en desplazamiento. Sin embargo, estos autores identifican otros espacios donde las personas esperan, se trata de “los territorios de la espera” no concebidos como tales pero que se transforman de manera más o menos transitoria para recibir situaciones de espera (Musset, 2015).

En Argentina las esperas por la documentación se vivencian en “territorios de espera”. Si bien el tiempo transcurrido entre la realización de los trámites y su obtención afecta la cotidianidad de las personas migrantes o solicitantes de refugio, las consecuencias subjetivas y cotidianas no se asemejan a las de quienes deben esperar el resultado de su solicitud en “lugares de espera”. Aun cuando la irregularidad migratoria puede mantenerse por largos períodos, especialmente durante la vigencia de la anterior Ley Nacional de Migraciones (N° 22.439), las políticas restrictivas no significaban para las personas migrantes un temor real a ser expulsadas. En los últimos años (2015-2019), y acompañando la intensificación de políticas migratorias centradas en la cuestión de la seguridad, el tiempo de espera para acceder a la regularización migratoria se convierte en un aspecto clave que puede afectar y condicionar el acceso a derechos de la población migrante. Las esperas en la obtención del turno que otorga la Dirección Nacional de Migraciones y en las distintas dependencias del Estado hacia donde es necesario dirigirse para reunir la documentación requerida emergen como un problema recurrente en los relatos de las personas migrantes. Si bien esperar la respuesta del Estado no significa el bloqueo descripto en las etnografías de otras latitudes, ocupa mucho tiempo y tiene impacto en las decisiones laborales y familiares. No solo ello, el fantasma de la expulsión, producto de las propias trabas que el mismo Estado establece, aparece como una preocupación cada vez más extendida entre las poblaciones migrantes. Esto se hace especialmente evidente a partir del Decreto de Necesidad y Urgencia (DNU) de enero de 2017 que modifica la actual legislación migratoria (Ley Nº 25.871 de 2003). Ese decreto acelera los plazos para la expulsión de los y las migrantes que hayan cometido delitos, en el marco de una supuesta “emergencia de seguridad” planteada por el gobierno de Mauricio Macri (2015-2019).

Es en este contexto que sostenemos que las poblaciones migrantes tienen un “déficit temporal” superior a la población nativa. Sumado a ello, los niveles de ingresos que reciben dificultan la capacidad para comprar el tiempo de otros/as que les permitiría liberar un tiempo personal (Pecheny y Palumbo, 2017). Si bien la falta de tiempo, como sugieren Ballesteros, Freidín y Wilner (2017), no es una condición privativa de los grupos con mayor desventaja estructural, son ellos quienes tienen menos control sobre cómo transcurre su tiempo y, por lo tanto, poseen menos capacidad de agencia temporal. Algunas de las características de las poblaciones migrantes en Argentina explican algunas causas del déficit temporal que las afecta.

En primer lugar, las jornadas extensas de trabajo encuentran su causa en las formas de segregación laboral que padecen las poblaciones migrantes, expresadas en la concentración en sectores precarios, inestables e informales del mercado de trabajo. Esto significa que no sólo trabajan muchas horas, sino que tienen escaso poder de agencia sobre su jornada laboral.

En segundo lugar, y como hemos señalado, los/as migrantes “esperan” mucho. Estas esperas se vinculan de modo singular con el vínculo establecido con el Estado, un actor clave para el acceso a derechos básicos. La regularización de la situación migratoria es el trámite principal por el que deben esperar e incide directamente sobre las posibilidades laborales de los migrantes, sus derechos políticos, el acceso a planes sociales, vivienda, etc. Pero también esperan por el acceso a la salud, para figurar en los diferentes registros de las agencias estatales. Al igual que ocurre con los sectores populares nativos, el modo habitual de la interacción cotidiana con las agencias estatales de la población migrante puede enmarcarse en el “modelo paciente” (Auyero, 2013, p. 187). A la espera en las filas se le suma la opacidad de la información, la falta de certeza sobre los requisitos para los diferentes trámites, la incertidumbre del tiempo que deberá esperarse y la sensación de arbitrariedad en la resolución. Se trata así de una espera incierta. En fin, los múltiples tiempos de espera que imponen las agencias estatales para ser atendido representan una barrera para acceder a sus servicios (Ballesteros, Freidin y Wilner, 2017).

En tercer lugar, el tiempo que las poblaciones migrantes ocupan en “moverse” por las ciudades es otra de las formas en las que se “gasta” el tiempo. Se espera en las paradas y estaciones la llegada de los transportes públicos que trasladan a las/os migrantes a sus trabajos y a las diferentes agencias estatales con las que tienen que interactuar, pero también se espera dentro del transporte hasta llegar a destino. La importancia de estas esperas vinculadas a la circulación se relaciona con el hecho de que en la Argentina contemporánea existen “patrones complejos de segregación espacial” (Mezzadra y Neilson, 2016, p. 232). Los procesos de estigmatización del que son objeto algunas personas migrantes en las ciudades argentinas se reflejan –entre otras consecuencias– en sus problemas socio-habitacionales (Mera y Vaccotti, 2013). De esta manera, se van constituyendo fronteras urbanas (Mera y Marcos, 2015) que excluyen a la población migrante de algunas zonas, y los circunscriben a otras donde priman condiciones de vida deficitarias. Las distancias que deben transitar son geográficas, pero también simbólicas y expresan la distancia que existe entre los territorios donde suelen vivir las personas migrantes y aquellos donde se sitúan las instituciones, los negocios, los empleos y las viviendas de sectores medios y altos en las ciudades.

Para terminar, quisiéramos destacar que si las poblaciones migrantes tienen “poco tiempo”, esto se agrava en el caso de las mujeres migrantes. La especial vinculación que tienen con las tareas de cuidados no remuneradas dentro de sus hogares (al igual que el resto de las mujeres), con los cuidados transnacionales (orientados al lugar de origen) y con la inserción preferencial en empleos de cuidados remunerados (que suelen ser precarios, informales, lejanos y de horarios extensos) las hace especialmente vulnerables a transitar situaciones de espera. Las tareas de cuidado no remunerado que desempeñan, tal como las entendemos en este trabajo, incluyen la gestión de la vida diaria, la reproducción del hogar, el vínculo con el Estado y sus agentes, tanto para ellas como para el resto de los miembros de sus familias. Es decir que las mujeres no sólo esperan por ellas, sino por el resto de los miembros de sus familias (Mallimaci Barral, 2019). La espera estructura sus vidas, y no solo por ser extranjeras o su pertenencia de clase sino porque son las responsables principales de las esperas familiares.

Para finalizar, y como agenda abierta para futuras investigaciones, nos interesa destacar que cuando las personas migrantes esperan no quedan atrapadas en una función pasiva puesto que, tal como lo señalan Vidal, Musset, Beriet y Vidal (2016), mientras esperan, los individuos y los grupos tienen múltiples actividades. Diálogos, solidaridades femeninas más o menos temporales, el aprendizaje sobre las formas “correctas” o “efectivas” de esperar se insinúan como acciones posibles de ser analizadas por las personas en situación de espera.

Bibliografía

Auyero, J. (2013). Pacientes del Estado. Buenos Aires: Eudeba.

Ballesteros, M, Freidín, B. y Wilner, A. (2017). Esperar para ser atendido. En M. Pecheny y M. Palumbo (comps.), Esperar y hacer esperar (pp. 63-97). Buenos Aires: TeseoPress.

Kobelinsky, C. (2014). Le temps dilaté, l’espace rétréci. Terrain, 63. Recuperado de https://bit.ly/3s6DNBI.

Mallimaci Barral, A. (2019). Experiencias de mujeres migrantes en la Ciudad de Buenos Aires. Revista Migraciones internacionales, reflexiones desde Argentina, 5, 47-66.

Mera, G. y Marcos, M. (2015). Cartografías migratorias urbanas, Distribución espacial de la población extranjera en la ciudad de Buenos Aires (2010). Geograficando, Vol. 11. Recuperado de https://bit.ly/3bgsqAp.

Mera, G. y Vaccotti, L. (2013). Migración y déficit habitacional en la ciudad de Buenos Aires. Resignificando el ‘problema’. Argumentos, 15, 176-202.

Mezzadra, S. y Neilson, B. (2016). La frontera como método. O la multiplicación del trabajo. Buenos Aires: Tinta Limón.

Musset, A. (2015). De los lugares de espera a los territorios de la espera. ¿Una nueva dimensión de la geografía social? Documents d’anàlisi geogràfica, 61 (2), 305-324.

Pecheny, M. y Palumbo, M. (comps.) (2017). Esperar y hacer esperar. Buenos Aires: TeseoPress.

Scribano, A. (2010). Primero hay que saber sufrir…!!! Hacia una sociología de la ‘espera’ como mecanismo de soportabilidad social. En A. Scribano, A y P. Lisdero (eds.), Sensibilidades en juego: miradas múltiples desde los estudios sociales de los cuerpos y las emociones (pp. 169 192). Córdoba: CEA-CONICET.

Vaccotti, L. (2017). Migraciones e informalidad urbana. Dinámicas contemporáneas de la exclusión y la inclusión en Buenos Aires. EURE, 43 (129), 49-70. Recuperado de https://bit.ly/3dtZ6ZZ.

Vidal, L., Musset, A., Bériet, G., Vidal, D. (2016). Sociedades, movilidades, desplazamientos: los territorios de la espera de ayer a hoy (el caso de los mundos americanos, siglos XIX-XXI). Nuevo Mundo, Mundos Nuevos. Recuperado de https://bit.ly/3au7YwT.



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