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Cartografías de la crueldad en la narrativa argentina reciente de la Patagonia

Luciana A. Mellado
(Universidad Nacional de la Patagonia San Juan Bosco)

I

El devenir de la Patagonia argentina está sujeto a la historia nacional y a sus significados problemáticos, ambivalentes y multívocos (Mellado 2008). Su construcción historiográfica se entreteje con imágenes y símbolos nacionales y estatales que organizan un tipo particular de relato y memoria donde la comunidad contrapone, recorta y tensa lo que recuerda y proyecta; y también lo que olvida y silencia (Gellner 1991). Los vínculos entre la Patagonia y la Argentina expresan, además de relaciones materiales, universos de significaciones validadas por una imaginación social que encuentra en la literatura no solo un testimonio de su historicidad, sino también la invención performativa de su imagen. La nación como una agencia de narración remite a la escritura fundacional y complejas actualizaciones de tradiciones selectivas (Williams 1977). A partir de estas ideas, me pregunto cómo elabora la narrativa argentina reciente, respecto del sur del país, una cartografía de la violencia e incluso de la crueldad, idea deudora de la trazada por Rita Segato (2018) en la noción de pedagogías de la crueldad, entendidas como “todos los actos que enseñan, habitúan a los sujetos a transmutar lo vivo y su vitalidad en cosas” (11). ¿Cómo cartografía literariamente la narrativa argentina reciente la violencia y la crueldad en la Patagonia? es la pregunta general que guía la reflexión sobre las cuatro novelas que constituyen el corpus de lectura: Fuegia (1991), de Eduardo Belgrano Rawson; La tierra del fuego (1998), de Sylvia Iparraguirre, Todo eso oyes (1989), de Luisa Peluffo; y Fauna terca (2011), de Ricardo Costa.

II

En los años ’90 del siglo pasado, se da un boom de la Patagonia como tema y escenario en la narrativa nacional. Se publica un importante número de novelas sobre la historia de la Patagonia, enmarcadas en sus paisajes naturales o escenarios sociales. Sobresalen las centradas en el genocidio fueguino del siglo XIX, Fuegia (1991), de Belgrano Rawson; y La tierra del fuego (1998), de Iparraguirre, entre otras. Estos textos rememoran escenas del expansionismo decimonónico, centralmente británico, en la región, y describen el genocidio sufrido por los indígenas fueguinos en el marco del proyecto colonial europeo, con continuidades en el proyecto político nacional. Ambas narraciones cuestionan la historiografía dominante sobre la Patagonia.

En el primer capítulo de Fuegia se lee:

Bueno: la isla se llenó de fantasmas. Cada tanto, algún forastero preguntaba por ellos. Periodistas, profesores de historia, gente por el estilo. Querían averiguar la suerte de Camilena Kippa y Tatesh Wulaspaia, mientras tomaban toda clase de notas acerca de los misioneros de Abingdon o de Beltrán Monasterio. Pero su principal objetivo era la matanza de Lackawana. Muchos los escuchaban incrédulamente, convencidos de que a las víctimas se las había llevado la gripe o sus propias desavenencias (27).

Las versiones sobre los hechos son confusas. Los relatos que niegan la masacre la ocultan y silencian en la memoria social. Los indígenas de Tierra del Fuego, y sus experiencias y memorias son borrados de la historia y pasan a ocupar el lugar de un vacío, de una desaparición, convertidos en fantasmas naturalizados que adoptan, como advierte Maristany, “esa extraña e inverosímil identidad reservada a los objetos de exterminio” (86) que se inscribe ya en la historia de la fundación de la nación y de su imaginación social. Las mujeres indígenas, por su parte, son doblemente cosificadas como lo muestra, entre otras escenas, la de la violación perpetrada por los tripulantes de la goleta Talismán. El patrón de la goleta piensa, luego de violar y atacar brutalmente a un grupo de mujeres indígenas, entre las que se encuentra Camilena Kippa, que “no es delito matar canoeros” (53). La naturalización con que se despoja a los indígenas de cualquier tipo de derecho es parte de la violencia étnica y colonial que denuncian las novelas.

Por su parte, La tierra del fuego también retrata numerosos ejemplos de crueldad contra los indígenas fueguinos. Sobresale la anulación identitaria de los sujetos en frecuentes actos bautismales de personas y espacios. Dichos actos cobran sentido en el marco de una lógica eurocentrada, cuya mentalidad fundadora es presidida, según describe Romero, “por esa certidumbre de la absoluta e incuestionable posesión de la verdad” (65). Guevara, el narrador, recuerda diversos bautismos, el del John Byron, abuelo del célebre poeta, quien fundó el primer asentamiento inglés en las islas, a las que otro inglés había llamado Falkland (26), el de Pigafetta que a las costas fueguinas las nombró como la tierra de los fuegos, por la cadena rojiza de las fogatas con las que los habitantes del país se avisaban del paso de extraños (24); el de Fitz Roy, que utilizó la palabra Tekeenica nombrar a la tierra de Button y a su gente. Guevara sabe, por Button, que ese sonido significa literalmente “no entiendo lo que dice”, respuesta que los yámanas daban a Fitz Roy –Teke uneka–, pero “como se lo decían sin cesar, él dedujo, de antemano, que estaban pronunciando el nombre de su patria, y así la bautizó” (91). La misma línea de nominación como forma de control, dentro del patrón de dominación colonial, se actualiza cuando el Capitán, en su primer viaje a la Patagonia, toma de rehenes a los yámanas, a quienes les asigna nombres que “correspondían a los lugares y circunstancias en que habían sido encontrados y a la conjetura” (92-3). Fuegia, York Minster, Boat Memory y Jemmy Button serán, en este sentido, invenciones de una lengua colonial que anulan y silencia sus identidades y memorias.

Las novelas referidas cooperan en la desnaturalización de la violencia de los discursos civilizatorios en la Patagonia. Lo hacen al poner al desnudo distintas prácticas dominantes de un sistema cultural y económico hegemónico, en expansión, y sus efectos devastadores. Ambos textos registran además cómo el control sobre la Patagonia se articula con otras lógicas sociales en el marco de un proyecto de construcción de una ciudadanía política pero también económica y cultural capitalista incipiente. Expresan, literariamente, un sistema mundo global construido, tal como advierte Aníbal Quijano, a partir de tres elementos centrales: “la colonialidad del poder, el capitalismo y el eurocentrismo” (793).

III

Belgrano Rawson e Iparraguirre delinean mapas de la violencia en el sur del país, desde una distancia histórica y geográfica respecto de su lugar y presente de enunciación. Luisa Peluffo y Ricardo Costa, escritores que viven en la Patagonia desde 1977 y 1982, respectivamente, en cambio, refieren en sus novelas escenas de crueldad de un pasado reciente, que les resulta cercano en el tiempo, y también en el espacio. El sur para estos autores forma parte de un domicilio existencial (Kusch 1976) y una semiósfera cultural propia. Este dato no actúa como un apriorismo determinista de lectura sino que permite advertir la importancia y la relación entre el lugar de enunciación y la lugarización epistémica.

Todo eso oyes, primera novela de Luisa Peluffo, publicada en 1989, elabora tempranamente un relato sobre la memoria del pasado reciente del terrorismo de estado en Argentina. En el plano temático sobresale la memoria nacional que se vuelve audible en espacios locales, y en el plano constructivo resalta la polifonía de las voces del pasado, con ecos y reversiones que a su vez las multiplican. La narración se construye a través de un extenso intercambio epistolar mantenido por Juan María Peñafiel y Ciriaco Larra. Las comunicaciones entre estos dos personajes, que se presentan respectivamente como un maestro y su discípulo, comienzan en 1928 y finalizan en 1985, y a través de ellas se conocen diversos e importantes acontecimientos de la vida social y política de la nación. El registro de aparente recordación testimonial de la narración se complejiza a lo largo de la novela, especialmente en la última parte que multiplica, fragmenta y acelera las historias que, desde el inicio de esta última sección, reflejan la perturbación social intensificada durante los años de la dictadura y los primeros de la posdictadura.

En una carta fechada en 1954, Ciriaco Larra narra el sueño anticipatorio que tuvo Milagros Illapan, más de dos décadas antes de la dictadura. Milagros se sueña durmiendo en un colchón de papeles sucios de un basural. Entre los desperdicios ve una cabeza “cubierta por una costra de sangre oscura y seca” (195), y sabe que se trataba de una mujer “embarazada” (195). Escarba entonces hasta descubrir el cuerpo, que “tenía las manos atadas a la espalda con alambre de púa” (195) y “solo pudo intuir una cifra: 1978” (195). Este cadáver reaparece en el relato, páginas y años más adelante, cuando es descubierto por Juliano, el hijo tullido de Milagros, quien, como su madre, cava la tierra donde aparece el cuerpo torturado de la mujer. El espacio de la pesadilla y el referencial se tornan semejantes, con la repetición casi literal de la descripción del cuerpo. La escena onírica adelanta la escena histórica.

Un texto del periódico El Heraldo de Manos Vacías, fechado en marzo de 1985, da cuenta del hallazgo, en el paraje llamado Árbol Tonto, de restos humanos “de once personas” (219), entre las que se encuentran los de Juliano. Tanto el descubrimiento como su noticia se fechan durante la democracia, recuperada apenas unos años antes, tanto de la nota que dentro de la ficción se reproduce como de la novela que la incluye.

La tortura a la que someten a Juliano se traza desde un cuadro auditivo. Flores fue empujado afuera del recinto, y desde allí rememora lo ocurrido a través de lo oído. Recuerda:

Entonces empezó la radio. Porque siempre ponían música. Pero esta vez era un partido del Mundial. Me tapé las orejas yo; pero igual se escuchaban clarito los alaridos del Juliano detrás de los goles. Gritaba algo del televisor. Que a él nomás le habían prometido un televisor.
Yo quería que pasara rápido el tiempo. Que no se les fuera la mano. Si el Juliano era un infeliz, nada más. Pero se hizo noche. Hasta que sentí ese silencio” (221).

La radio tapa con su transmisión del mundial de fútbol, jugado en Argentina en 1978, los gritos de los torturados. La escena, como metáfora de la vida social argentina en ese período, funciona como una puesta en abismo de la complicidad civil a través de la evasión mediática. Los medios de comunicación, controlados por el gobierno de facto, anulan la audición social. Los militares torturan a Juliano hasta matarlo. Flores entierra su cuerpo y confiesa que sigue escuchándolo. Del pasaje final del testimonio, que es también el final de la novela, surgen las voces de las víctimas del pasado que se oyen en el presente donde se emplaza la memoria como un espacio de lucha.

Fauna terca de Ricardo Costa fue publicada en 2011. La novela relata distintas violencias, sexuales, políticas, de clase y étnicas, en el marco del terrorismo de estado durante la dictadura cívico militar de los años 70. La violencia sexual es central en el texto. Funciona a veces como desplazamiento de otras violencias en las que las mujeres cumplen el rol de objetos de una voluntad de dominio de sujetos masculinos. La lógica en la que se articulan la vergüenza y el silencio de las víctimas con la impunidad y el poder de los victimarios promueve desarrollos trágicos en la acción. La novela se interna en la vida cotidiana de un pueblo del sur de Argentina, región que no quedó afuera del horror de la dictadura. La narración condensa en la figura de teniente coronel Roberto Díaz Galván la irracionalidad de la violencia en un contexto político y social autoritario. Tal como señala María Teresa Andruetto en la contratapa del libro, esta novela puede inscribirse en dos líneas de tradición: la de la novela patagónica”; y la de “las novelas sobre la dictadura”.

San Agustín, el pueblo imaginario de la Patagonia donde transcurren los hechos, en el contexto de la última dictadura argentina, cambia a lo largo de la historia de nombre y de localización por la construcción de una represa hidroeléctrica que inundó el lugar transformándolo en un lago artificial, en 1983. Se trata de un pequeño poblado ubicado en la frontera con Chile, y subordinado a una unidad militar. Su desarrollo económico y demográfico se corresponde con la construcción de una represa, y su declive y vaciamiento poblacional con una primera edificación fallida del dique y el inicio de la guerra de Malvinas que, en este pueblo, reitera la atmósfera social que predomina en el país, pero asume significados y formas locales particulares.

Las escenas de violencia en este pueblo son numerosas, pero se concentran en pocos lugares, uno de ellos es la comisaría, descrita por el personaje de Mariano, detenido en ese lugar. Allí, él es víctima del abuso y violencia policial, de la experiencia traumática de una detención que dura varios días y se recuerda en distintos momentos de la narración. El siguiente párrafo presenta el escenario carcelario: “Un cuartucho diminuto, sin ventilación ni iluminación eléctrica, con una única entrada de luz, facilitada por la ventanita enrejada de la puerta. Y no mucho más que eso: un catre de campaña, un balde y el cuerpo de Mariano aún esposado, acurrucado sobre una manta desflecada” (148).

Los personajes que actúan en este lugar deshumanizado viven en San Agustín. Al tercer día de encierro, cuando ya puede abrir un ojo hasta la mitad, Mariano ve el interior del calabozo y reconoce a sus carceleros. “Uno era Felipe Cabral, un agustinense con quien había compartido la escuela primaria” (149) y el otro era Jaramillo, a quien tenía visto del pueblo. En esta circunstancia, el pueblo se instala como un lugar de sociabilidad suspendida. La comisaría tiene sus propias reglas. Después de anotar la fetidez del calabozo, el narrador externo refiere el traslado del protagonista a un lugar interior de la comisaria que funciona como sala de interrogatorio. En este lugar llamado “el cuartito ciego” (150) están el comisario Somuncura y su oficial ayudante apellidado Sambueza. El primero de ellos formula un extenso discurso destinado a aleccionar y a atemorizar a Fulque. Su alocución enfatiza la legitimidad de la lógica autoritaria y represiva de la dictadura. Sobre este tema, una frase de Somuncura sintetiza la naturaleza ciega de la subordinación y de la obediencia: “órdenes son órdenes” (150), dice.

IV

La Patagonia narrada en estas novelas, sus cartografías de violencia y crueldad, participan de una trama de significación que excede las fronteras de lo literario pero que emerge y se hace visible como forma de sus mecanismos. Las novelas del primer grupo analizado repasan críticamente operaciones escriturarias europeas para trazar la Patagonia como espacio colonial y alientan la reflexión sobre la escritura conquistadora, aquella que usa el llamado Nuevo Mundo como un cuerpo mudo, en blanco, donde el discurso del poder escribe sus deseos (De Certeau 1993). Las novelas del segundo grupo reactualizan la tensión entre lo recordado y lo olvidado, desde una memoria que denuncia el terrorismo de estado en Argentina, y visibiliza el horror social desde la literatura. Unas y otras tramas ejercitan la relectura y la reescritura de escenas de violencia que, por un lado, operan como sinécdoques de períodos puntuales de la historia nacional, cuyo relato “supone –entre otras cosas– recortes, negaciones, omisiones y olvidos” (Mellado 2008: 33); y funcionan como alegorías políticas que se proyectan más allá del componente anecdótico de los distintos argumentos.

Los narradores y personajes de las novelas de ambos grupos proponen un corrimiento del repertorio de enunciadores y actores de la historiografía hegemónica nacional. La mayoría de ellos encarnan en sí mismos el problema de una identidad cultural híbrida, marcada por lo que Walter Mignolo llama la “herida colonial”, aquella que “física o psicológica, es una consecuencia del racismo” (2007, p. 34). Guevara y Button, personajes de La tierra del fuego; Camilena Kippa y Tatesh Wulaspaia, personajes de Fuegia; Milagros Illapan y su hijo Juliano, personajes de Todo eso oyes; González hijo y Mariano, personajes de Fauna Terca ejemplifican esas figuras excluidas del relato nacional, cuyas memorias e identidades puestas en discurso “diversifican la idea de la región tanto en las instancias de su representación referencial como poética” (Mellado 2015: 67). A través de ellos, y sus agencias geopolíticas, se problematiza la racionalidad histórica de la nación, y en relación con su relato, aflora la pluralidad de sus principios constructivos, entre los que sobresalen la fragmentación, la multiplicación de perspectivas, y la complejidad de la materia narrativa en los relatos del horror social.

Bibliografía

Belgrano Rawson, E. Fuegia. Buenos Aires, Seix Barral, 1999.

Costa, R. Fauna terca. Buenos Aires, El suri porfiado, 2011.

De Certeau, M. La escritura de la historia. México, Universidad Iberoamericana, 1993.

Gellner, E. Naciones y nacionalismo. Buenos Aires, Alianza, 1991.

Iparraguirre, S. La tierra del fuego. Buenos Aires, Alfaguara, 1998.

Kusch, R. Geocultura del hombre americano. Buenos Aires, García Cambeiro, 1976.

Maristany, J. “Un arte de la memoria: Fuegia de Eduardo Belgrano Rawson”. Argos, nº 42-43, 2005, pp. 76-89.

Mellado, L. “Aproximaciones a la idea de nación: convergencias y ambivalencias de una comunidad imaginada”. Alpha, 26, 2008, pp. 29-45.

— “La Patagonia como versión de una distancia”. Alpha, 41, 2015, pp. 65-72.

Mignolo, W. La idea de América Latina. Barcelona, Gedisa, 2007.

Peluffo, L.Todo eso oyes. Buenos Aires, Emecé, 1989.

Quijano, A. “Colonialidad del poder, eurocentrismo y América Latina”. Cuestiones y horizontes: de la dependencia histórico-estructural a la colonialidad/ descolonialidad del poder. Buenos Aires, CLACSO, 2000, pp. 778- 832

Segato, R. Contrapedagogías de la crueldad. Buenos Aires, Prometeo, 2018.

Williams, R. Marxismo y literatura. Barcelona, Península, 2000.



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