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Literatura y archivos: persecución a la homosexualidad masculina

Joel Cuenca (Universidad Nacional de General Sarmiento)

El Estado argentino, entre los años 1957 y 1998, a través del Código de Faltas y Contravencionales y del Servicio de Inteligencia, ejerció un control sexopolítico en la sociedad, estableciendo el binarismo heterosexual como norma y castigando a las disidencias sexuales. Específicamente, uno de los tantos dispositivos implementados para que se respetara la heteronorma consistió en la persecución a la población homosexual a través de la Dirección de Inteligencia de la Policía de la Provincia de Buenos Aires (de ahora en más, DIPPBA), la cual realizaba fichas de los individuos en las que se detallaban sus comportamientos sexuales. Una vez identificados, podían ser detenidos, interrogados e, incluso, encarcelados en un penal (Simonetto 2014; Máximo 2015; Perlongher 2013). Según la forma de gobierno, democrático o dictatorial, bajo la cual se ejecutaran las razzias, los “castigos” variaban: desde perder el trabajo y sufrir un escarnio público hasta ser torturados y desaparecidos.

En la actualidad, hay datos precisos de que durante la última dictadura cívico-militar-clerical hubo cuatrocientos homosexuales desaparecidos. Si bien no es posible aseverar que esas desapariciones se deban solamente a la orientación sexual, ya que muchos de los homosexuales masculinos perseguidos militaban en distintas organizaciones políticas, sí es seguro que la sexualidad de las personas era, en esa época, un asunto de Estado (Máximo 2015). Sin embargo, reducir la persecución a la homosexualidad sólo a la última dictadura sería un error, ya que los gobiernos democráticos fueron igualmente cruentos: las golpizas y las violaciones eran comunes en las comisarías (Perlongher 2013). Asimismo, es igualmente erróneo recurrir a la historia oficial para referirnos a esas realidades, porque, en temas sexuales, los relatos tienen cierto sesgo (hetero)patriarcal; por ende, las violencias institucionales por género u orientación sexual son elididas. Por estos motivos, en este trabajo quisiéramos postular que es necesario referirnos a un arco temporal que exceda al terrorismo de Estado y, para ello, debemos recurrir a textos que estén a contrapelo de la historia oficial.

En efecto, si queremos “conocer” las historias detrás de las fichas del servicio de inteligencia, una de las vías de acceso es la literatura, porque refracta la violencia sobre los cuerpos, construye realidades y puede tener una función política a contrapelo del poder hegemónico. En esta ponencia nos interesa analizar el potencial político de Fichados: crónicas de amores clandestinos (2017), de Cristian Prieto: cuatro crónicas que se construyen a partir de las fichas de la DIPPBA. A partir de historias particulares, se reconstruye un recorrido durante cuatro décadas de la persecución a los homosexuales varones.

Puntualmente, nos interesa reparar en cómo la literatura de no ficción contemporánea se apropia de las fichas prontuariales y ofrece testimonios de historias silenciadas a través de voces disidentes. En este contexto, la literatura funciona como un “dispositivo” de denuncia. En primer lugar, analizaremos qué y cómo denuncia la literatura de Prieto. En segundo lugar, nos enfocaremos en las voces narrativas que se corresponden con ciertas identidades políticas.

Archivo

Todas las crónicas de Fichados: crónicas de amores clandestinos tienen algo en común: los personajes son homosexuales y sus historias son escritas por el narrador a partir de los datos recopilados de las fichas de la DIPPBA. En efecto, podrían pensarse las historias allí narradas como testimonios, no de las personas físicas, sino de los documentos que dan cuenta de la persecución contra los homosexuales sólo por ser tales. Estos testimonios ponen al descubierto una persecución a la homosexualidad masculina; en algunos casos acompañada de torturas y desapariciones. En este sentido, las crónicas dan cuenta de una política homofóbica que tiene como propósito, en primera instancia, controlar y disciplinar los cuerpos disidentes; y, en última instancia, si los cuerpos no se vuelven dóciles, desaparecerlos. Esta realidad se nos presenta de manera cruda, explícita y sumamente verosímil, porque los detalles, aunque ficticios, son cotidianos, precisos y retratan una época. O, podríamos postular, dos climas de época, ya que las historias surgen del entrecruzamiento de dos contextos: por un lado, el que se reconstruye a partir de las fichas de la DIPPBA; por otro, el de producción de las crónicas. Si bien este último no está explícito en el texto, podríamos señalar que sólo desde un presente distinto se puede recuperar e interpretar un pasado tormentoso.

La primera época, en términos generales y reconociendo los distintos matices, abarca cuatro décadas: 1960-1990. En esos contextos, la homosexualidad es un estigma; es decir, un atributo profundamente desacreditador que obliga a los sujetos a desarrollar determinadas estrategias para ocultarlo en la interacción con los otros (Goffman 2006). En el caso de los homosexuales, ocultar ese estigma implica encerrarse en el closet. En Fichados, los personajes tienen una doble vida. Por un lado, la pública, donde expresan una identidad en el trabajo, con la familia, entre amigos, que se corresponde con la norma heterosexual; y la clandestina, la que se manifiesta en los lugares, en algunos casos, más sórdidos: los baños públicos de las estaciones de trenes (conocidos como “teteras”) o descampados. Sin embargo, a pesar de estar en el closet, no están protegidos, ya que, como se demuestra en las crónicas de Prieto, el Estado es un intruso permanente en la intimidad de los sujetos. Basta una denuncia anónima, estar a altas horas de la noche en compañía de algún hombre, vestirse con colores considerados femeninos o menear las caderas al caminar para ser considerado como presunto homosexual. A partir de estos elementos se puede precipitar una posible detención, interrogatorios, vejaciones y torturas.

El segundo clima de época, que reconocemos como contexto de producción de la obra, se corresponde con la actualidad; es decir, con los avances en materia de derechos para la población LGTTTBIQ+: Ley de Matrimonio Igualitario y Ley de Identidad de Género. Cierta conciencia sobre la historia de la homosexualidad en la Argentina y del rol de la militancia LGTTTBIQ+ para que la historia reciente reconozca la violencia estatal perpetrada contra la población homosexual. Cabe señalar que este clima de época no está explícito en las crónicas. No obstante, podríamos señalar que sólo desde un presente con un marco legal que reconoce y otorga derechos a la diversidad sexual se puede recuperar, interpretar y desnaturalizar prácticas vejatorias para un determinado sector social.

Estos contextos, el que se reconstruye y el de producción, decantan del entrecruzamiento de distintos discursos. En Fichados, en principio, es posible identificar tres: las fichas de la DIPPBA, el pronunciamiento político del narrador/autor y el discurso ficcional. Por estas características, podríamos categorizar a las crónicas como literatura de no ficción; además, este entrecruzamiento de géneros tiene un propósito: recuperar las memorias de subjetividades silenciadas.

Agamben señala que la literatura es un dispositivo y explica que los textos literarios representan un orden político y cultural. En este sentido, la literatura “es portadora y productora, transmisora, en un sentido amplio” (Benéitez Andrés 2016: 62) de aquello que no está presente, pero que lo literario recupera, le da vida, voz y, por lo tanto, testimonio.

La intención de Fichados es explícita: “lo que viene es un intento de reconstruir las memorias maricas” (Prieto 2017: 18). En estos casos, cabe preguntarnos: ¿cómo se recuperan aquellas historias clandestinas? Ciertas franjas memoriales de una historia elidida, solapada o borrada, son recuperadas por la literatura.

El servicio de inteligencia no necesitaba encontrar a un hombre manteniendo algún tipo de contacto con otro hombre, si había rumores de su presunta homosexualidad o si no tenía novia, se lo consideraba un amoral y se lo castigaba en los distintos ámbitos en que se desempeñaba. En este sentido, el relato expone dos características de la persecución a la homosexualidad: por un lado, el Estado intervenía en la sexualidad de las disidencias, castigándolas o corrigiéndolas, con el aval de la sociedad; por otro, la orientación sexual, si era desviada de la norma, definía al sujeto, no importaba si era buena persona, un excelente profesional: si era homosexual debía ser castigado de alguna forma. Por estos motivos, la literatura de no ficción que recupera las voces invisibilizadas/perseguidas, adquiere especial valor en los tiempos que corren, en los cuales la militancia LGBTTTIQ+ es consciente de que:

No tendremos juicios de lesa mariconidad, no tendremos familiares que pidan aparición con vida. No buscarán los huesos de las maricas/travas ningún equipo de antropología. No levantarán los puños izquierdos los dirigentes de los partidos más combativos de la historia. (Prieto 2017: 19)

Por eso, en este caso, la literatura denuncia la persecución a la población homosexual, no sólo durante gobiernos dictatoriales, sino también democráticos. Al mismo tiempo que denuncia, “recupera” las voces de las maricas, de los putos, de los trolos: insultos que devienen en identidades cargadas de “orgullo”.

Identidades políticas

En el ensayo “El puto en la literatura argentina” (2015), Carlos Gamerro señala que, durante el siglo XX, la voz del puto en la literatura no ocupó un lugar de oposición, sino más bien de negatividad “con respecto a lo macho, a lo patriótico, a lo ejemplar, a lo milico” (Gamerro 2015: 385). Además, agrega, “no sabemos quiénes serán los putos del siglo XXI, pero algo es seguro: la tarea de la literatura seguirá siendo la de poner la oreja a la lengua del malón” (Gamerro 2015: 385); es decir, a la lengua de los grupos sociales que provocan desórdenes, aquellos que van a contrapelo de las reglas impuestas.

A partir de la lectura de Fichados, una primera conclusión que podríamos postular es que los putos del siglo XXI son, justamente, las maricas, los putos, las travas, los trabucos, etc. que hacen carne esos apelativos discriminatorios bajo forma de identidades políticas y como tales resemantizan los insultos de ayer e intentan revertir un estigma que ya no debería seguir siendo.

En las crónicas de Prieto, específicamente en la de Cristian, el joven militante bahiense, el narrador primero se identifica como varón, pero después como marica. Ese giro lingüístico, manifestado en la flexión genérica de los sustantivos, significa, por un lado, la identificación con una subjetividad no binaria. Es decir, no se reconoce como varón ni como mujer en los términos que el (hetero)patriarcado entiende estos géneros. Por otro lado, la flexión genérica en femenino implica que, si bien no se asumen mujeres, sí hay una homologación con este grupo social; especialmente, con sus roles dentro de una sociedad. Se conciben como sujetos oprimidos en una estructura perversa, en la cual el hombre dominante ejercerá su violencia contra las subjetividades femeninas y las homosexuales. Cristian expresa: “esta marica bahiense es quien escribe y quien ha pensado casi obsesivamente por dónde husmear para encontrar alguna marca de una verdad insoslayable” (Prieto 2017: 19). Esa verdad es la persecución y violencia sistemática contra los cuerpos de la población homosexual. Esa marica, irreductiblemente, tuvo que haber salido del clóset para ser tal y ese proceso siempre es doloroso, porque implica reconocerse y reconocer a otrxs víctimas de la violencia machista: una violencia que se construye en lo simbólico a través de discursos punitorios/motes, categorías, palabras estigmatizantes (“amorales”, “pederastas”, “amanerados”, “afeminados”, y demás significantes discriminatorios) y se materializa sobre los cuerpos.

El clóset tiene una doble inflexión. Por un lado, es una forma que tiene la disidencia sexual para protegerse. Por otro, es un dispositivo del patriarcado. Es decir, es un mecanismo de control sobre la disidencia sexual, una manera de contenerla, con el propósito de perpetuar la heterosexualidad obligatoria. El (hetero)patriarcado propone el clóset como un aislante, una forma de separación de la orientación sexual del ámbito social, pero saca la homosexualidad de ahí cuando necesita ejercer el poder sobre una minoría. Por ejemplo, mediante normas sociales implícitas que prohíben la libertad sexual en la esfera pública. Esa manifestación del poder consiste en tratar de apartar de las instituciones y de minimizar las relaciones sociales de las disidencias sexuales. El poder postula dos opciones: corrección o marginación.

Cristian narra su salida obligada del clóset. Era un jovencito que asistía a la terapia con el psicólogo de una congregación católica. Eligió ese profesional, por un lado, porque sentía curiosidad sobre el seminario para ser sacerdote; por otro, porque eran sesiones presuntamente gratuitas. En la novena y última sesión, el psicólogo lo interpela y le dice “vos ya sabés que sos homosexual”. Le advierte que la Iglesia no acepta homosexuales, por lo tanto, nunca podrá ser sacerdote. Sin embargo, le sugiere que siga por el camino del señor, reprima su deseo hacia otros hombres y lo sublime a través del servicio. Antes de que se vaya, le avisa que debe abonar todas las sesiones antes de fin de mes (Prieto 2017).

Este fragmento pone al descubierto varios aspectos anteriormente mencionados: el (hetero)patriarcado, en este caso encarnado en la figura del psicólogo, saca del clóset la homosexualidad para marginarla, pero también para reprimirla. Estar dentro o fuera del clóset, en determinadas épocas del siglo XX, significaba el cercenamiento de la libertad sexual. Si salir del clóset por elección o por coacción es humillante, asumirse homosexual en la literatura de Prieto significa padecer todo tipo de violencia, tanto verbal como física.

En el caso de la homosexualidad masculina, la violencia es doble: por un lado, porque son personas consideradas “des-generizadas”, por lo tanto, desviadas de la heteronorma; por otro lado, porque son varones que renuncian a sus privilegios como tales al adoptar un rol de sumisión en una relación sexual. Por este motivo, los castigos y maltratos son más virulentos contra los homosexuales “pasivos”. Justamente, las humillaciones que padecen los homosexuales cuando son detenidos consisten en que realicen tareas consideradas “femeninas”.

En la crónica sobre Ramiro, un empleado de la Comisión de Energía Atómica en los ´80, se narran las tareas que debe llevar a cabo cuando es detenido por frecuentar lugares de encuentros sexuales ocasionales entre gays. Una vez en la Brigada de Investigaciones de Ezeiza, después de las revisiones pautadas por el protocolo, es enviado a limpiar las letrinas. Después de unos días, lo mandan a la celda de “viejas amaneradas vestidas de mujeres”. Ramiro tendrá que ser quien realice los mandados en el barrio, “una especie de amas de llaves del Conurbano” (Prieto 2017: 71).

Tal como puede observarse, ser homosexual es homologable a ser mujer; por ende, está en una situación de inferioridad en una estructura opresiva, en la cual el hombre es el dominante. Además, la violencia está institucionalizada, es estatal, porque está avalada por un marco legal que permite el castigo por la orientación sexual. El dispositivo “sexopolítico” de un Estado (hetero)patriarcal pretende domesticar los cuerpos de los homosexuales, intenta ordenarlos en una estructura en la que debería ocupar el lugar de “ama de casa”.

Frente a la violencia manifiesta asumirse “marica” y transformar un insulto en identidad significa desarticular un estigma. Si el Estado persigue y tortura, si la historia invisibiliza, entonces la función de este sector literario es empoderar, en tanto recupera la voz de subjetividades silenciadas o perseguidas y entrama historias desde su punto de mira ideológico e identitario. Este empoderamiento se expresa mediante la voz narrativa: que oscila entre el masculino y el homosexual, entre varones y maricas. Los personajes se desdoblan: Cristian o la marica; Ramiro o La Rami. En el caso de Cristian, podríamos decir que la marica “gana”, porque entiende que es una identidad, pero también un nombre de guerra contra el (hetero) patriarcado. Cristian es una marica que representa a tantas otras: son “guerreras” que salen a las calles, junto a otras, para pedir, por ejemplo, justicia cada 24 de marzo, pero que son plenamente conscientes de que en la cifra de los treinta mil no se reconocen aún a lxs cuatrocientos homosexuales desaparecidxs. Por eso, este narrador recurre a la literatura para contar las historias clandestinas, que son las historias de los “olvidados” tanto durante gobiernos dictatoriales como democráticos.

Conclusión

En conclusión, en esta ponencia analizamos Fichados: crónicas de amores clandestinos. Sólo nos referimos a tres crónicas, las cuales retratan la cotidianeidad de la población homosexual durante las décadas del ´60, ´80 y ´90 en la Argentina. A partir de estas crónicas, postulamos que Fichados es literatura de no ficción que funciona como dispositivo de denuncia. Por un lado, denuncia la persecución contra la población homosexual durante gobiernos democráticos y dictatoriales; específicamente, mediante la Dirección de Inteligencia de la Policía de la Provincia de Buenos Aires. Por otro lado, recupera las voces de las identidades homosexuales silenciadas. En las crónicas están presentes las voces de las “maricas”, quienes desarticulan un estigma y cargan de orgullo una identidad.

En primer lugar, señalamos que Fichados retrata dos climas de época. Uno refiere a los contextos que representa, en los cuales la persecución a los homosexuales tenía un aval legal: el Código de Faltas y Contravencionales y la DIPPBA; el otro, remite al de producción, caracterizado por los avances legales (Ley de Matrimonio Igualitario y Ley de Identidad de Género) y la visible militancia LGTTTBIQ+. Postulamos que el cruce de estos contextos es evidente a partir de la combinación de géneros discursivos presentes en las crónicas. Asimismo, indicamos que la literatura de no ficción denuncia un plan sistemático de corrección y marginación de la homosexualidad.

En segundo lugar, nos referimos a Fichados como un dispositivo de empoderamiento para un sector social excluido de la historia oficial. Señalamos que la narración fluctúa entre el género masculino y femenino. Entendemos que esa variación se corresponde con la asimilación de una subjetividad “des-generizada”: no es hombre ni mujer, es ambos o ninguno. Entonces, es una subjetividad homosexual, “marica”. Por último, indicamos que la narración recupera voces silenciadas.

Bibliografía

Agamben, G. “¿Qué es un dispositivo?”. Sociológica 26 (73), 2011, pp. 249-264.

Benéitez Andrés, R. “La literatura como dispositivo. El lugar de lo literario en la filosofía de Giorgio Agamben”. Ámbitos (35), 2016, pp. 61-72.

Gamerro, C. “El puto en la literatura argentina”. Facundo o Martín Fierro. Los libros que inventaron la literatura argentina. Buenos Aires, Sudamericana, 2015, pp. 365-385.

Goffman, E. Estigma. Madrid, Amorrortu editores, 2006.

Máximo, M. ‘Marimacho y afeminado’: la persecución a los gays durante la dictadura. Infojus Noticias. Agencia Nacional de Noticias Jurídicas, Buenos Aires, 8 dez. 2015. Bit.ly/2YV94vS.

Perlongher, N. Prosa plebeya. Buenos Aires, Excursiones, 2013.

Preciado, B. Testo yonqui. España, Espasa, 2008.

Prieto, C. Fichados: crónicas de amores clandestinos. La Plata, Pixel, 2017.

Simonetto, P. “Los fundamentos de la revolución sexual: teoría y política. El Frente de Liberación Homosexual en la Argentina (1967-1976)”. Anuario de la Escuela de Historia virtual, n. 6, 2014, pp. 150-174. bit.ly/3irUWBW.



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