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Hacia una sistematización de la “literatura del monte pampeano”

Omar Lobos (Universidad de Buenos Aires,
Universidad Nacional de Lanús)

En un artículo suyo publicado en el suplemento cultural “Caldenia” –del diario La Arena, de La Pampa–, Sergio De Matteo habla de los paisajes “ordenados” que surgen como resultado de la interacción del hombre con su hábitat. Las prácticas discursivas, de las que la literatura forma parte, también intervienen en esta interacción “ordenadora”. Así, el cruce entre “literatura y paisaje” o “literatura y región” ha sido y es tan recurrente como fecundo en la configuración de las letras pampeanas. Tal vez sea un rasgo propio de todas las culturas que podríamos llamar “terruñales”, de fuerte apego a la tierra y el entorno, a lo que en el caso de La Pampa debe agregarse, sin duda, la necesidad de construirse una identidad determinada cuando, luego de la “conquista del desierto”, nuevos hombres vengan a afincarse al territorio y traten de conocer, interpretar y “ordenar” esta tierra para ellos dura y nueva.

Edgar Morisoli, en su ensayo “Aproximación al concepto de región”, agregará como razón de este énfasis identificatorio regionalista el más de medio siglo que pasó hasta que, con la conquista del estatus provincial en 1951, fueron saldadas las heridas de la marginación y el desdibujamiento social y cultural que la etapa territoriana había implicado, reteniendo a La Pampa en esta condición “pese a reunir desde la primera década del siglo los requisitos constitucionales que hubieran permitido erigirla en provincia” (68).

Y por supuesto que todas estas autoafirmaciones están en relación con la organización político-territorial de nuestro país, con la gravitación cultural abrumadora de una metrópoli como Buenos Aires y lo que desde allí se legitima o deslegitima, en términos de centro-periferia, culturalmente.

Ahora bien, en las tres franjas geográficas que se recortan de modo más o menos claro en el territorio pampeano, determinadas –esquemáticamente– por las isoyetas de 600 y 400 milímetros, reconocemos de este a oeste la porción de pampa húmeda, la que ocupa el bosque de caldén y la del desierto o travesía. Cada una de esas regiones ha generado sus propias manifestaciones culturales y la literatura ha abrevado en ellas. Puede decirse que todo el espacio pampeano está –estuvo desde el principio– fuertemente culturizado: aquí, cuando se habla de “ríos”, “desierto”, “travesía”, “arena”, “sal”, se está hablando de verdaderos cronotopos, en el amplio sentido bajtiniano de concurrencia recíproca e indiscernible en un mismo motivo o imagen de las categorías de espacio y tiempo. Pero el caso es que, mientras la literatura de la porción de pampa húmeda se ha construido fundamentalmente sobre la gesta inmigratoria, deviniendo así en “Pampa gringa”, y la del Oeste pampeano, sobre la tragedia del río robado –es decir, resultantes ambas de un cruce cronotópico–, lo que llamo aquí la literatura del monte pareciera menos sistematizada en el imaginario local que la de las otras dos regiones que la encierran, menos visibilizada como corpus. No la distingue, por ejemplo, Teresa Girbal en sus Estudios de literatura pampeana, al listar los temas recurrentes de esta, a pesar de inscribir todos los tópicos en una suerte de telurismo existencialista con el que muy bien se aviene el mundo en cuestión. Tampoco forma parte la experiencia del monte del listado que esbozan en el prólogo a su compilación Norma Durango y Doris Gonzalo, donde enumeran “el poblamiento en las dos últimas décadas del siglo XIX […] la inmigración europea de comienzos de siglo, los trabajos de los pioneros, la fundación de pueblos… Luego los ‘años malos’, los años de la década del 30. Se suceden, como un castigo, la ceniza, los vientos, las sequías, el granizo, la langosta” (16-17).

Tal ausencia es llamativa, también teniendo en cuenta, por un lado, que el caldén es el árbol icónico de nuestro territorio (no en vano está en el centro del escudo provincial), por otro, que la explotación del monte ocupó un lugar central en el primer desarrollo territorial, extensión de vías férreas incluida, y, fundamentalmente, que han sido muchos los escritores que le han dedicado a ese espacio y su historia una amplia producción. Por mencionar algunos ejemplos, los poetas Edgar Morisoli y Juan Carlos Bustriazo Ortiz dedican a distintos aspectos ligados a él una parte emblemática de su obra poética. A propósito, en una nota publicada recientemente en el suplemento “Caldenia”, Daniel Pellegrino y Jorge Warley reseñan el primer libro de poemas de José Adolfo Gaillardou, Médanos y estrellas, de 1949, y se detienen además en la breve serie de ilustraciones originales que acompaña la edición, fundamentalmente en la última: el dibujo a carbonilla de un caldén desnudo. En un recuadro subtitulado “La mitología del caldén”, los autores reparan en la imagen de ese árbol, “que reina majestuoso en su página final”, para asimilarlo al arquetipo del árbol de la vida presente en la gran mayoría de las cosmogonías y sistemas religiosos:

De ese modo –concluyen–, en Médanos y estrellas se encuentra el origen de una leyenda regional que pare y alimenta una pléyade de animales, plantas, minerales y tipos sociales, relaciona unos con otros y los funde, para siempre, en el marco de una geografía y una historia. El caldén es la cifra de esa mitología. (Pellegrino-Warley, Caldenia, 26/5/19, pp. 4 y 5)

Quien recuerda al monte en las palabras liminares a su compilación pionera es Rosa Blanca Gigena de Morán. Lo contrasta con el recogimiento y la soledad del campo

[como el lugar donde comienza] el hombre a organizar su crimen amparado por la imperiosa necesidad de ganarse la vida, junto con la necesidad imperiosa del progreso. Comienza a mutilar y derribar árboles… El sacudimiento cósmico debe ser tremendo en su rebeldía muda […] el monte pampeano solo tiene rudeza primitiva. Vivía estático; vive herido, desangra su savia, despojado… (12)

Esto es, con esos acentos trágicos, pone al monte en una relación determinada con el hombre.

A partir de tales presupuestos, se nos ocurrió que la publicación de una antología o compilación de obras referidas temáticamente al monte de caldén puede resultar una manera de contribuir a la percepción, en tanto “mundo”, de esa geografía y la cultura ligada a ella. Asimismo, una obra tal pretende insertarse en la línea que trazaron hitos importantes como los ya aludidos Plumas y pinceles de La Pampa, de Rosa Blanca G. de Morán (1955), Estudios de literatura pampeana, de Teresa Girbal (1975), y Textos literarios de autores pampeanos, de Norma Durango y Doris Gonzalo (1986), que hacen foco fundamentalmente en la profunda articulación de la literatura pampeana con el paisaje y la cultura. Tal pretensión, lateralmente, toma en cuenta que llevamos ya varias décadas sin que aparezca un recorrido panorámico e integrador de las letras provinciales, que trace nuevas líneas y sume nuevos enfoques y autores a los nombres y temas ya consagrados.

La idea de tomar un determinado espacio geográfico como recorte inscribe por supuesto nuestro trabajo dentro de las literaturas regionales. Conforme señalan en su prólogo Durango y Giles, “La perspectiva regional se plantea como la plasmación de una conciencia territorial que expresa la identificación solidaria del hombre con el escenario en el cual se forjan los valores trascendentes de su existencia” (15).

En sintonía, para Morisoli, “la región es un valor presente en las letras pampeanas en la mayoría de sus creadores, no como resultado de una formulación apriorística, de una postulación de la región, sino como resultado de una realidad humana, de una realidad antropológica” (71). Pero a ello habría que agregar, ahonda luego, la trasposición que se opera al espacio del mito, que hace de la región una configuración sintética, tan fecunda como trascendente (77).

Por su parte, Teresa Girbal, en su trabajo ya mencionado, propone también lo histórico como contexto imprescindible para una lectura: “Para decodificar los signos dentro de un contexto, se hace necesario extraer la breve historia de La Pampa, su extensión, su aislamiento, lo particular de su aspecto y de su clima, sus relaciones con el entorno” (9). Y agrega que todo eso condiciona también la temática que preocupa o que obsesiona a sus autores.

A la franja natural del monte de caldén, especie cuyo único hábitat en el planeta Tierra se extiende casi en su totalidad en la provincia de La Pampa, se ligan diversas y sucesivas capas culturales. En primer lugar, fue morada de nuestros paisanos originarios hasta la llamada “conquista del desierto”, en el corazón del monte se encontraban las grandes capitales Leubucó y Chilihué, a las que habría que agregar Toay; en él debían internarse los viajeros y comisionados que necesitaban entrevistarse con los caciques o realizar otro tipo de cometido. Hugo Alfageme, en su trabajo “El caldenar, bosque nativo de La Pampa. Una visión de los viajeros de los siglos XVIII y XIX”, recoge testimonios sobre este período desde el año 1781, como los del explorador y naturalista español Félix de Azara, pasando por los de Luis de la Cruz, Mansilla, Zeballos, hasta Juan Bautista Ambrosetti.

Concluido el dominio del indio, comenzaría la deriva que implicaría la explotación –fundamentalmente como combustible durante las dos guerras mundiales– de la madera del caldén por un lado y la necesidad del desmonte para ganar tierras de cultivo por el otro, con el ferrocarril surcando las entrañas mismas del monte, con los pueblos nacidos a su vera allí dentro, con el desarrollo del mundo de los obrajes, los ramales ferroviarios desprendidos a lo profundo de las explotaciones, la industria de los aserraderos, hasta el desarrollo de especies animales importadas de Europa con propósitos fundamentalmente cinegéticos (y mentamos a Pedro Luro). Un tercer momento lo representaría el desmantelamiento del mundo de los obrajes a partir de los años 50, y la supervivencia en el monte –podemos decir que hasta el día de hoy– de hacheros aislados que continúan realizando tareas de desmonte, leña y provisión de postes y rollizos para la industria maderera. Pero no solo al hachero se limita ese cierto mundo de soledad y aislamiento: es un mundo que incluye sus escuelas rurales, sus almacenes boliche, sus campesinos, sus leyendas.

Tal ordenamiento orientaría nuestro trazado hacia una cierta diacronía, con una sección que recogiera, por ejemplo, la memoria del monte en relación con el indio, sobre lo cual tenemos testimonios literarios valiosos como las compilaciones de Petronila Carmen Bianchi (Tuñaqui. Leyendas pampeanas) o Enrique Stieben (Hualicho mapu), es decir, el monte originario, con su esencia elemental, como aparece asimismo en los cuentos de Marcelo Hopff, su memoria de bandidos rurales incluida (Crevani, Vairoleto, Ainó) y su destino de “coto de caza”. Luego, respecto del apasionante y triste período de la explotación del monte, fundamentalmente las “primera y segunda hachadas”, y el mundo de los obrajes, encontramos obras fecundas como las de Teresa Pérez, del propio Morisoli, de Bustriazo, de Evar Amieva, de Pepe Prado, e incluso algún aporte de Juan José Sena, como nombres emblemáticos de nuestras letras. El corpus sobre este tema específico es tan amplio y rico que se tiene la tentación de hacer a través de los poemas y relatos una cierta antropología, subagrupando temáticamente: el toldo, los casamientos, las creencias, la muerte de los angelitos, los sangradores, la miseria recurrente, el abuso patronal, y otros.

Este mundo quedaría desarticulado a partir de la década del 50, pero hacheros aislados permanecerían en el monte. Es el mundo que inmortalizará el cineasta Jorge Prelorán con su película “Los hijos de Zerda”, de 1975, en cuya génesis y realización toman parte escritores y músicos pampeanos como Walter Cazenave y Cacho Arenas.

La reunión del material abreva fundamentalmente en la obra édita de los escritores canónicos pampeanos, pero igualmente quiere hacer lugar a otros autores que han escrito sobre ese mundo y que exigen otro tipo de búsqueda y rescate: revisar publicaciones oficiales como las del concurso “Vivir en democracia con justicia social”, recurrir a la memoria de nuestros hombres y mujeres de la cultura, establecer contactos personales.

Si nos atenemos a las manifestaciones de los pioneros –los compilados en la antología de Gigena de Morán–, el mundo del monte es fundamentalmente pintado allí con tonalidades neoclásicas, en consonancia con la épica colonizadora que rezuman los versos de Julio Neri Rubio, Manuel Ignacio Segovia, José Alejandro Lucero, Carlos Alberto Torres, el propio Gaillardou, Juan Ricardo Nervi. Tonalidad, diríamos, típica de maestro de entonces. Y maestros, educadores, eran la mayoría de ellos. El caldén y el monte configuran en sus obras parte del escenario de una gesta, básicamente la del inmigrante. Como en estos versos de Gaillardou: “Cardos, caldenes, médanos y estrellas/ desenroscan silencios contra el muro/ de un horizonte azafranado, oscuro,/ donde el viento de bronce se degüella” (1949).

Es a partir de Salmo bagual (1956) de Morisoli, y las Canciones del campamento (1960), de Bustriazo, cuando el monte comienza a aparecer como una vivencia concreta de los propios autores. Un poco después conoceríamos la obra narrativa del pionero Marcelo Hopff, algunos de cuyos cuentos se publicaron en La Pampa en 1967 y 1972; pero una constante notable que se revela cuando se recorre el corpus es la recurrencia autobiográfica: estos escritores habitaron el monte, lo anduvieron, lo sufrieron: además de Hopff, de Bustriazo, de Morisoli, es el caso de José Prado, de Teresa Pérez, de Walter Cazenave, de Ana Lasalle, de Celina Mauro. Me gustaría mencionar además aquí otros testimonios vivenciales muy interesantes, si bien no en formato estrictamente literario: los artículos periodísticos que componen la serie “La fiebre del caldén”, escritos por José Escol Prado en 1943 para el diario Noticias Gráficas, y Memorias de una pampeana, de Delia Iturrioz, que recoge recuerdos y personajes de su infancia en los obrajes de Fortunato Anzoátegui en Caleu-Caleu. De modo que nuestra compilación tendría que proponer además algún cruce con lo vivencial, sea mediante el comentario, reseñas biográficas o entrevistas a los propios autores.

Finalmente, otro aspecto a tener en cuenta es el cancionero pampeano, por la prolífica interacción que desde siempre hubo en la provincia entre poetas y músicos. Sintomáticamente, cuando recurro a la recomendación de repertorio y el consejo de un compositor y musicólogo del acervo local como Rubén Evangelista, este se sorprende diciendo: “No me había dado cuenta de que yo mismo tengo muchas canciones sobre el monte”. Efectivamente, ahí están sus autobiográficas y emblemáticas “Faustino Guzmán”, “Dalmiro del monte”, entre las que le pertenecen en letra y música, así como sus musicalizados poemas “Triunfo del chañar en flor”, de Morisoli, “Himno a la tierra del caldén”, de Arturo Cestino, “Del aserradero”, de Ana Lasalle. Al nombre de Rubén Evangelista (Cacho Arenas), hay que sumar el de muchos otros músicos pampeanos de fuste como Guri Jaquez, Lalo Molina, Delfor Sombra.

La bióloga Andrea Medina, a partir de muestras de un desmonte en la zona de Toay, tras seleccionar los troncos de caldén de mayor porte, registra cicatrices de fuego en algunos de ellos desde 1788, distingue la estación del año en que ocurrieron, lee a partir de ello debilidades y resiliencias durante el crecimiento del árbol, interpreta las estrategias defensivas del ranquel durante los años de la conquista del desierto, señala procesos de fachinalización del entorno durante la colonización del blanco. Sistematizar los aportes de nuestros escritores en una antología temática como la que proponemos quiere contribuir a la percepción de ese mundo, dar cuenta de la riqueza natural, histórica, cultural y material que representa, como cifrada está en los propios anillos del caldén buena parte de la memoria de esta tierra.

Bibliografía

Adorno, R. “Periodización y regionalizaciónn”. Revista de Crítica Latinoamericana, Año XX, N° 40, Lima-Berkeley, 2do. semestre, 1994, pp. 366-368.

Alfageme, H. “El caldenar, bosque nativo de La Pampa. Una visión de los viajeros de los siglos XVIII y XIX”, 1997. Bit.ly/2AuSfP2.

Bajtín, M. “Formy vremeni i jronotopa v romane”. Voprosy literatury i estetiki. Moskvá, Judózhestvennaia Literatura, 1973.

Cazenave, W. “Espacio y literatura”, Seminario de Literatura Regional, Universidad Nacional de La Pampa, 1989.

De Matteo, S. “Del paisaje al texto”. Suplemento cultural “Caldenia”. Diario La Arena, 7 de julio de 2019. Bit.ly/31KVf57.

Durango, N. y D. Gonzalo. Textos literarios de autores pampeanos. Santa Rosa, UNLPam, 1986.

Gaillardou, J. A. Médanos y estrellas. Buenos Aires, Antygua, 1949.

Gigena de Morán, R. B. Plumas y pinceles de La Pampa. Buenos Aires, Dinámica Gráfica, 1955.

Girbal, T. Estudios de literatura pampeana. Santa Rosa, Ediciones Culturales Argentinas, 1975.

Medina, A. A. “Reconstrucción de los regímenes de fuego en un bosque de Prosopis caldenia, provincia de La Pampa, Argentina”. Bosque, vol. 28, n° 3, 2007, Valdivia, Universidad Austral de Chile, pp. 234-240.

Morisoli, E. “Aproximación al concepto de región”. ¿De quién es el aire? Santa Rosa, Amerindia, 2013.

Pellegrino, D. y J. Warley. “El poema que se hizo novela”. “Caldenia”. Diario La Arena, 26 de mayo de 2019, pp. 4 y 5.



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