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Donde la memoria
es una torre en llamas

María Elena Legaz (Universidad Nacional de Córdoba)

Sólo había un jardín:

en el fondo de todo hay un jardín

 

Pavana para una infanta difunta

“Había una vez una casa (esta casa) (No) eran muchas casas. Había en un tiempo una casa (No) Había en varios tiempos una sola casa que eran muchas casas” (1967: 7). Allí (aquí) vivía una niña llamada Lía, pero no sólo era una niña, era la semilla de una poeta llamada Olga Orozco. Aquí estaban (están) desde las claves del nacimiento hasta las raíces de la muerte. Había una vez un libro de relatos de infancia llamado La oscuridad es otro sol; en él están (y estarán) esta casa, los mitos, la aventura, los sueños, los ritos de iniciación, la hechicería, los juegos peligrosos, la pampa que antes fue mar… y toda la poesía.

¿Cómo ha sido posible que Lía/Olga obraran el prodigio de atrapar en un libro tanta intensidad de recuerdos “donde la memoria es una torre en llamas”? Lía/Olga conciben un tiempo circular que “fluye en todas las direcciones”; si se acumula hacia atrás regresa dinámico y transformado; si está adelante llega como emisario que anticipa el porvenir. Nada ha sido definitivamente, todo sigue siendo todavía y aún lo más lejano puede salir de su escondite y en el juego de desaparecer y aparecer, presentarse como si acabara de suceder, por primera vez.

En La oscuridad es otro sol (este libro) acontecimientos y reflexiones no pertenecen de modo riguroso al tiempo de la infancia, sino que mutan, a manera de caleidoscopio, símbolo de una memoria “como actualidad de mil caras” en la que “el pasado estampa a veces sus huellas infantiles en los muros agrietados del porvenir” (1993: XIV), en la que alternaciones y simultaneidades logran desmoronar la fatídica relación causa-efecto y en la que se incorporan temporalidades oníricas que atraviesan la vigilia y la tornan alucinante. Lía/Olga conciben un tiempo cercano al mito. Para ellas, el mito está fundado en una aprehensión de la realidad similar a la de la poesía, intentos ambos por devolver al hombre su perdida unidad, reinstalándolo en una dimensión ontológica total.

El relato del nacimiento no se inscribe en genealogías ilustres, sino en la cosmogonía que se explora en toda su creación: el momento del nacimiento es la caída en la contingencia y en la limitación de la temporalidad, en la estrechez del espacio de cada individuo que incita y sella la historia personal. Los restos de la memoria prenatal se irán perdiendo con el crecimiento.

“Había una vez”… parece comenzar un relato tradicional, pero como Lía/Olga van negando la propia enunciación: “No… No”…comienzan los enigmas que atraviesan toda la relación unidad/ multiplicidad, a través de un lenguaje torrencial, con aproximaciones insólitas, pleno de conjeturas y de alta densidad poética. Una casa, muchas casas, un tiempo, varios tiempos… una casa, ¿un espejo?

En la circularidad en que las máscaras cubren todas las etapas, nacer es regresar, indagar el origen es reconocer la infancia no acabada, realizar un viaje a la noche de los tiempos, porque el contexto del nacimiento es la eternidad. Nacer es un rito de pasaje de una zona a otra: “me arrojo de cara en el vacío contra los cristales de la oscuridad” (1967: 7). Llegar es condensar en el médano que debe pasar “por el ojo de una aguja” el espacio propio del paisaje pampeano. En el centro, la casa (esta casa) y detrás, el mítico jardín. Llegar es encontrar a toda una generación familiar, un coro de rostros que aguardan depositarios del misterio de la encarnación, como el árbol de la vida que hunde sus raíces en lo insondable del abismo y cuya copa se pierde en la zona sagrada. Allí están: la madre, legadora de la lengua materna y de la idea de eternidad, el centro de la casa y de los afectos, preparada para el oficio de consolar y el padre, quien confía a la hija el don del cálculo y la complejidad de las travesías. Las respuestas a las preguntas iniciales serán disímiles: la fe y la incredulidad, la proa que avanza y la nave que se va. Así comienzan los enigmas; todos son enigmas y sus claves se ocultan en lugares secretos o de difícil acceso: “ese mapa de humedad y de moho ceniciento, donde descifraré en muchas paredes mi destino” (1967: 8). ¿Cómo harán Lía/ Olga para descifrarlo desde la infancia temblorosa hasta el fin de los días en la indagación poética “con esta boca, en este mundo”? ¿Dónde aprenden “sus primeras lecciones de abismo y de absoluto?”. En el espacio de la casa (esta casa) y en el espacio vertiginoso de la pampa, que antes fue mar, con su horizonte desmesurado, los cambiantes médanos y cardos rusos y “el viento que avanza con su cortejo de sobrevivientes entre los matorrales” (1967:8).

Desolación de la llanura que acompaña ese viaje iniciático de la primera muerte: la pequeña Lía y su tío abuelo a caballo en medio del desencadenamiento de la tormenta, para que la niña no asista a los ritos funerarios del hermano; recorrido cósmico, marcha irrevocable envuelta en los giros circulares de cardos rusos, piedrecillas, ovillos, caramelos, ruedas temporales y espaciales, permanencia reiterada del sollozo a través de la memoria de Olga: vuelve en cada tormenta. La muerte, la gran disgregadora, esa “señora con su sombrero bordeado de flores y sus fuertes mandíbulas de masticar mariposas” (1967: 26), preside el mito del héroe inocente, ángel caído en el umbral; “sus manos vacías de joven y avergonzado triunfador en todos los torneos” (1967:24). Experiencia primera de la muerte, pérdida de la Edad Dorada, pero posibilidad de resurrección en el mismo orden de lo cíclico. “Alejandro se fue. Vino a buscarlo Elías en su carro de fuego y subieron al cielo hace tres días. Ahora, cuando cayó la centella parecía una rueda del carro y creí que volvían” (1967: 27).

Y siempre lo extraordinario, esa región que sobreviene incontrolable, esa zona de prodigios que se intercalan con la desolación propia de la condición humana caída. Esa atmósfera en la que “nunca se sabe si lo que vemos es sueño o recuerdo”. El acceso a lo prodigioso llega a través de “los emisarios”, entre ellos la abuela “hechicera blanca” que “heredó en cada piedra/ un altar de los druidas” (2012: 301). Magia, conjuros y plegarias “por amigos y enemigos” se unen en sus manos devanadoras de los encantamientos, que aceptan como natural la existencia de fantasmas y apariciones familiares en la casa nocturna (esta casa) que se balancea, oscila y se pone a andar. “Podría atravesar todos los mares, todas las tempestades, paisajes nunca vistos, ciudades inimaginables, desiertos y archipiélagos” (1993: XV).Y a la mañana de vuelta en su lugar (Aquí).

La abuela asila y protege a seres marginales y estrafalarios expulsados de sus respectivas historias personales. Está Nanni, el tenor fracasado, “maniquí escapado del escaparate de alguna pesadilla” (1967: 32); cada mañana canta el aria que había entonado el día definitivo, canta con los escombros de su voz, para resucitar el bosque perdido de Sésamo. Un día cualquiera desaparece como arrastrado por los faldones flotantes de su levita. Y está la Lora, mendiga que sale de su cueva para pedir “una moneda grande”, envuelta en viejos trapos polvorientos, mientras repite una historia ajena, la de la historia sagrada donde ella es la Virgen María y quiere salvar a su hijo de la crucifixión. Y está la más extraña, la Reina Genoveva, mezcla de muñeca de cartón encerrada en una caja, autómata y narradora de un cuento maravilloso: Genoveva de Brabante; lleva un collar de abalorios, huele a alcanfor y oculta en su bolsillo el ojo que llora, la piedra que late. La pequeña Lía, que luego será la poeta Olga Orozco, tiene con ellos su aprendizaje inicial de lo inquietante. Resulta testigo deslumbrado de las palabras y los gestos de los tres, que han perdido sus propias voces y sólo reconocen las de la enajenación. Cuando la abuela, hechicera blanca, los reúne en la cocina y les da de comer (“comida para pájaros”), entrecruzan sus historias falsas, en un fluir ininterrumpido del lenguaje del desvarío, “en una escena arrancada de un álbum de ilustraciones para ciertos delirios” (1967: 127). Su zona es la zona del verde cruel, a la que se llega desde el amarillo en un juego cromático de reflejos equívocos, otro más de los juegos peligrosos. Olga contará en otro lugar que “los tres tienen un ala en la mitad de la espalda, un ala quebrada que se disgrega en polvo” (1995: 15). Además de los emisarios, las propias Lía/ Olga convocan al misterio instaladas en esa grieta, “ese lugar donde no puedo responder cuando me llaman”. Lía no se extraña porque Nanni suele volar y por el ojo de alcanfor que llora. Olga sabe que todo lo que se va, queda y no en un solo lugar como cuando estaba.” (1967: 96). Lía/Olga confiesan: “siempre oigo lo que nadie dice y veo lo que no está.” (1967: 106).

Lo extraordinario y la aventura. Para Lía, la aventura consiste en ingresar a la Mayor organización de Espías del mundo y sus alrededores, cumplir las pruebas para llegar a ser X, “La Aparecida”, y reunirse un día con sus compañeros en el Torreón de los Corsarios, allí donde antes estaba el mar y ahora sólo queda la arena. Para eso la prueba de estar escondida en una bolsa dentro de un armario y sufrir la oscuridad y el encierro, como Jonás en el vientre de la ballena; ejecutar todos los ritos y quedar habilitada para espiar. Luego recorrer las calles del pueblo, (este pueblo) con disfraces para detectar lo extraño. Espiar pero no saber “cómo, ni a quién, ni para qué” y al mismo tiempo, sentirse espiada. Es la aventura, pero también el miedo en el campo de girasoles –como en un cuadro– cuando aparece la mancha roja ¿una boina roja o sangre? Es la aventura pero también el terror, por la visión difusa del hombre muerto cerca de las vías del tren, con sus zapatos amarillos “que después ya no estaban” y una bolsa al costado. ¿Será el hombre con el que se amenaza a los niños, junto con la Solapa por detestar las siestas y no obedecer? Después, la excursión a la casa deshabitada en la que se ha cometido un crimen en el pasado. Allí dentro el tiempo está detenido: pueden ser todas las horas y ninguna (un reloj sin agujas), huele a polvo y se sufre la sensación de asfixia, como debajo del agua. Las escaleras crujen, se oyen ruidos de pasos, las hierbas se agitan, las baldosas están manchadas de rojo y en el piso alto se percibe la imagen desvaída de una de las víctimas. Todos son enigmas: ¿Por qué estarán tan rojas las begonias? “Tal vez anuncien los crímenes inexplicables, tal vez la vana profanación?” (1967: 106).

Pero en el escenario de la casa deshabitada, Lía descubre los primeros destellos del amor, la aventura mayor y el juego más peligroso. Es Miguel, quien le dice que “sus ojos parecen hechos para el rey del jade” y aunque no sabe todavía qué es, los gestos y el sonido de las palabras la conmueven. Son los primeros destellos del amor; su rostro junto al rostro de Miguel en el espejo. Pero Olga ya posee la memoria del porvenir, “esa torre en llamas” y puede ver en el espejo una conjunción de otros rostros que llegarán después a su vida; “esos rasgos se desparramarán para que los amara después en otros rostros” (1967: 96). Lía, en su corta travesía terrenal, sólo conoce el principio del amor.

La aventura, lo extraordinario y el juego. No sólo el “veo veo” o la mancha venenosa, sino juegos con sonidos y letras en adivinanzas, trabalenguas, proverbios, fragmentos de canciones, cuentos y rondas; Lía está enlazando las palabras; paladea la poesía. Pero como es la semilla de Olga Orozco, están también en este libro los “juegos a cara y cruz”, juegos peligrosos. En el juego “de ser otra” hay ceremonias para desanudar el yo y atraer identidades extrañas: Matrika Doléesa, la reina salvaje, Griska Soledana, la huérfana y Darvantara Sarolam, quien liga y fusiona a las demás. “Yo escarbo en mi memoria otra memoria como en un desván en llamas” (2012: 122) A veces, por errores, imprevistos o prolongaciones excesivas del juego, se produce ese hueco por el que se cuelan, avasallantes, todas las identidades sin llegar a saber cuál es la verdadera. Todos son enigmas. ¿Cuál es el rostro que nos pertenece? ¿Quién eres? se preguntan Lía/ Olga ante el espejo, ante la multiplicidad exacerbada del yo. El juego “de las antípodas” es buscar el doble que nos habita, “idéntico, análogo o complementario” (1967: 162) que nos espera “en otro siglo o en la luna” aunque resulte imposible encontrarse. ¿Y si siguiéramos la solución de Lía /Olga y excaváramos “en esa masa ígnea”, “en esa pepita de fuego que está sepultada en el interior del globo” y ardiéramos “en un fuego mutuo hasta encontrarnos en la misma llama?” (1967:164) ¿Y el juego de “la invisible”? Hay que realizar un gran esfuerzo de concentración y de voluntad; dejar pasar el aire libremente hasta lograr la transparencia y para recobrar la visibilidad aspirar y volver a absorber la trama interior y reaparecer en un sitio lejano. Pero mientras tanto, en el dominio de “la invisible”, ¿dónde queda la desplazada “zona densa y corporal”? Por entonces, Lía no sabe nada de su cuerpo, escucha hablar de “imperfecta naturaleza” o “saco de inmundicias” (1967:158) y aunque no entiende esas palabras, ante la menor reacción o cambio de aquél, no sabe si crecer o no crecer. Olga después explorará su cuerpo, palmo a palmo, en un deslumbrante Museo salvaje de metáforas: “este cuerpo tan denso con que clausuro todas las salidas”. (2012: 162)

Lo extraordinario y las artes de la hechicería en sus costados benéficos inclinados a curar y en sus costados malignos que provocan el “daño”. La pequeña Lía resulta una de las víctimas de los poderes subterráneos de María Teo, la curandera mala del pueblo. En un duelo de conjuros, Encarnación, neutraliza los efectos del mal sobre el cuerpo y el alma y le salva la vida. “Antes, en este momento en que regreso desde el fondo de mi mascarilla mortuoria, te sonrío” (1967: 159). La hechicería sirve “para hacer un talismán” o “para destruir a la enemiga”. El duelo se repetirá en otra época cuando Lía ya sea la poeta Olga Orozco. En la memoria hacia adelante, con unas “tijeras para unir” los tiempos, ese duelo figura ya en los relatos de infancia y se prolonga al infinito. Esta vez es la madre quien juega con la hija al juego del ojo de cíclope, acercando las frentes e introduciendo una mirada en la otra. “Madre, ¿me ves?” “¿Estás segura de que me ves?”, (1967: 158) interrogante decisivo que se carga de significación trascendente al trasladarse a la dimensión de la muerte: “si me puedes mirar”. La muerte de la madre precedida por una serie de escenas teatrales; hay un escenario que se resiste a abandonar aunque los enviados con sus ropas fúnebres quieran llevarla una y otra vez. La desgarradura final está anticipada por una lenta tensión cuando se comienzan a romper los lazos entre los cuerpos con una violencia de mordeduras, objetos filosos, monstruos y torturadores que ni siquiera Encarnación, la curandera buena, podrá impedir. La muerte, en términos del mal, deviene en esa imagen mezcla de águila y lechuza que antes había volado infructuosamente sobre todos. “Tiene patas de águila. Sobre sus hombros se alza aciaga y victoriosa la cabeza maldita de la lechuza” (1967: 158); la muerte, plasmada en el ave agorera, exacerbada en su apariencia de ave de rapiña. Esta vez ha triunfado “el daño.” Pero la madre, “semejante a una torre en llamas, a una fortaleza erizada, tan grandiosa como una catedral y tan tierna como la luz de una bujía” violará los estatutos del otro mundo para consolar a la huérfana para “coser con un hilo infinito la gran lastimadura de su corazón” (2012:131).

Había una vez un libro de relatos de infancia, La oscuridad es otro sol, (este libro) que no termina en la última página sino que continúa en otro que Olga Orozco escribe al final de su vida, su último libro, También la luz es un abismo, el cierre de la infancia no acabada. Retoma la pequeña existencia de Lía, de su familia y de sus amigos y de la casa “de las luciérnagas” (esta casa) con el cerco de tamariscos y rodeándola la llanura y “su mano de arena”, que antes fue mar. Otra vez el relato falso del nacimiento, la historia de las enanas trasladada al ámbito del circo. Otra vez la presencia de los emisarios y aunque surjan algunos nuevos como Anonalino, el duende. Siempre sobresale la abuela, “hechicera blanca” “que encendía las lámparas de un soplo, bordaba las historias más hermosas con las hebras más largas del invierno” (2012: 301) y ahora regresa de la muerte a una torcaza. “Salió del muñeco, salió de la nieve. Se purificó y ha resucitado”: “alas en la nieve” (1995: 105). Lo prodigioso que irrumpe y se desborda aunque ahora se concentre en un claro del bosque, “donde se reúnen los demonios, aparecen los engendros, graznan las brujas o está sentado ¿esperándome? el príncipe encantado que embellece la luna” (1995: 69). Otra vez los primeros destellos del amor y en medio de los tizones, las llamas y las ascuas y las canciones de las Hogueras de San Juan, esos juegos con papelitos blancos para apostar al destino o la traición, –juegos peligrosos– y el miedo a la mirada de Ruth, la mirada del basilisco sobre Miguel. Miguel, el primer rostro del amor y para Olga, Valerio, el último y definitivo, con quien dialoga transgrediendo los tiempos en los dichosos brindis y las Nochebuenas de entonces. Otra vez la aventura para la Organización de Espías y la excursión a una casa deshabitada, como antes, pero con un hilo de Ariadna en lugar de las migajas de Hansel y Gretel, para avanzar en lo desconocido. Otra vez las telarañas, el espejo y la mano de Miguel. “Soltando hilo” en el laberinto pero en el centro, ni el Minotauro, ni los vestigios de un crimen, sólo un anciano demoledor de las aventuras de los niños, como tantos adultos. Otra vez los hechizos, pero desde adentro, poniendo al desnudo los mecanismos del “daño” y Lía absorta ante las muñecas con agujas clavadas en sus cuerpos ficticios de trapo, detrás del biombo, en la habitación con velas de María Teo, la curandera mala. “Tengo que salir de allí para que no me envuelvan las redes de esos humos grasientos y ansiosos y me arrastren definitivamente hacia el subsuelo de los murciélagos y de la condenación” (1995: 218). Y Olga que conservará siempre esa sed por el misterio que le legan sus ancestros. “¿Hay alguna otra forma de asomarse hasta el fondo del subsuelo/ el fondo de otra herida, el fondo de otro infierno?/” Y otra vez los anuncios, los presagios, la muerte, ahora carnavalizada y el cochero fúnebre/espantapájaros (¿piensa acaso Olga en su amigo Oliverio Girondo?) y otra vez todos los enigmas y otra vez la pequeña Lía combinando palabras y Olga Orozco, en su último libro, recordando a Rilke y a Lubicz Milosz sus primeros maestros de poesía, que vuelven desde lejos.

El libro final, la hora de “los adioses” para cerrar la infancia. Otro viaje iniciático, el viaje en tren desde Toay a Santa Rosa y a Bahía Blanca y Lía con su vestido nuevo recordando los adioses de la víspera. El adiós de Miguel, entre abrazos y sollozos, y la piedrecita negra que le entrega, “que late como un pequeño corazón” (1995: 227) y lleva apretada en su mano, “Diré que es un talismán que me regaló un mago” (1995: 227). Y después Olga Orozco escribiendo sus poemas en los años que siguen, con la misma piedrecita entre sus dedos, que parece dictarle las palabras, como lo hacía su añorada Berenice. El adiós a la llanura “insaciable”, “inextinguible” que lleva siempre dentro de sí, el adiós a la casa (esta casa) que instala en las muchas otras que habita, el adiós a todos los “rincones abrigados y cómplices” y a los tesoros minúsculos pero cubiertos de un resplandor inigualable. En el centro “un arcón en llamas en que yace intacto el cadáver de la inocencia” (1995: 14).

Es hora de cerrar la infancia. Ya todos se han marchado y sólo quedan Lía/Olga para apagar las lámparas y para cerrar las puertas. Se ha corrido hacia adelante toda la oscuridad que había detrás y ante la falsa luz de “este lado” que no permite ver, ni iluminar, elige atisbar la insondable tiniebla y sin mirar hacia atrás.

Lía/Olga confiesan que nunca han podido soportar que algo termine, quizás por la creencia en la unidad de todo, que todos somos uno, que “yo soy tú”. (1995: 230) Quizás porque nada se termina en una memoria ávida, feroz, indomable, esa torre en llamas que no sólo viaja hacia el pasado y hacia el futuro, sino que se arraiga en otra zona, el tiempo más inquietante, el del condicional, ese tiempo “donde continua desarrollándose lo no cumplido, ese deseo, esa vehemencia o ese terror que tomaron un desvío, una varilla desechada en el gran abanico del visible destino” (1993: XII). Para Olga Orozco no desaparecen, “han seguido proliferando en inmensas fundaciones, en inmensas malezas transparentes, que nos asisten o nos persiguen”. (1993: XII) Por eso, en uno de sus últimos poemas, balance de la existencia y de la creación, cuando las cartas están echadas, se impone otro de los enigmas que han atravesado su existencia, “Yo me pregunto entonces, más tarde o más temprano, mirado desde arriba/ cuál es en el recuento final el verdadero, intocable destino/ ¿El que quise y no fue? O el que no quise y fue?” (2012: 429).

Querida Olga: si me puedes oír…Quiero recordar cuando te conocí en aquel otro Congreso de Literatura Argentina en Córdoba. Te llevé este libro para que me lo firmaras y me escribiste: “Para María Elena, con un sol deslumbrante en todas sus mañanas y el cariño de Olga Orozco”. En estos años en que no estás, muchas de mis mañanas no tuvieron ni un sol deslumbrante ni una oscuridad resplandeciente; fueron grises, áridas, inhóspitas. Pero, entre otros abrigos, sentí el abrigo de tu poesía. Decías que la poesía “nos ayuda a mirar al fondo de la noche, a saber que no estamos solos en nuestros extrañamientos e intemperies” (2012: 463). Gracias por eso y por la cercanía. Sólo tengo una pregunta ahora que hace veinte años que abriste la última Puerta: ¿era verdad la sentencia de la abuela? ¿En el fondo de todo hay un jardín?

Bibliografía

Orozco, O. La oscuridad es otro sol. Buenos Aires, Losada, 1967.

También la luz es un abismo. Buenos Aires, Emecé, 1995.

Poesía completa. Buenos Aires, Adriana Hidalgo, 2012.

— “Tiempo y memoria”. Actas del VI Congreso Nacional de Literatura Argentina. Córdoba. Escuela de Letras, Facultad de Filosofía y Humanidades, Universidad Nacional de Córdoba, 1993, pp. XI-XVIII.



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