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Patagonia Border

Sergio De Matteo (Asociación Pampeana de Escritores)

Las literaturas de la Argentina son revisadas y puestas en discusión desde aquel momento en que se constituyó la idea determinante de un libro nacional, de una épica fundante. Ese mito y esa táctica política recayó en el Martín Fierro, que fue apuntalado por Leopoldo Lugones y Ricardo Rojas. Esa matriz se parapeta y articula ante el clima de época, pues estaban arraigándose los inmigrantes europeos en Buenos Aires, que venían con su propio bagaje cultural y biblioteca literaria. Rafael Obligado en la recepción a Rojas sentenciaba: “tribuna, púlpito, periodismo, cátedra, poesía, novela, teatro, elocuencia popular, tuvieron su verbo encendido, apagado ya por la acción del tiempo y la indiferencia harto dolorosa de los países de aluvión” (Rojas 1917: 7). El aluvión no eran los gauchos o el paisanaje de tierra adentro, como lo había interpretado Sarmiento en su Facundo, o la interpelación a la mazorca rosista denunciada por Echeverría en El Matadero, sino el arribo de la inmigración europea.

Se constituye una diáspora que se sostendrá desde las conferencias sobre el Martín Fierro que Lugones dicta en el teatro Odeón en 1913 y la creación de la cátedra Literatura Argentina en la Facultad de Filosofía y Letras en 1912. Allí, Rojas proclama que la obra de Hernández es para los argentinos el poema épico nacional (Altamirano y Sarlo 1983), postergando, incluso, a los textos preexistentes. Una teoría que es escrita en un “idioma de trasplante”, con la cual inscribe y organiza nuestra historia literaria en la producción de “Los gauchescos”, “Los coloniales”, “Los proscriptos” y “Los modernos”.

Desde una “cátedra sin tradición y una asignatura sin bibliografía”, Rojas construye La literatura argentina. Ensayo filosófico sobre la evolución de la cultura en el Plata, que publica entre 1917 y 1922. En este período, según la definición de Noé Jitrik en “Un mito del argentino cantor”, sucede un “proceso de gauchización de la cultura nacional en sus niveles ‘altos’” (Lugones 2009: 15).

Escrituras del Sur

Para poder abordar cómo se van conformando las diferentes cartografías literarias de la Patagonia, también se hace necesario comprender las facetas de la literatura nacional, porque serán los protomodelos que se intentarán replicar en los territorios nacionales, primero, y en las provincias, después. Por eso, la literatura del sur del país se halla tensionada entre los dispositivos culturales de los primeros viajeros (hasta impusieron su nombre: Patagonia, vía Antonio Pigafetta, en 1520), que se consideran como “texto fundador” (Casini 2001: 2007), la narrativa política que incorpora dichos territorios a la Nación (Zeballos, Moreno, Lista, Fontana, Onelli, etc.), y la producción metafórica (Livon-Grosman 2003), que se inicia con la novela Idle Days in Patagonia (Días de ocio en Patagonia, 1893) de W. H. Hudson. Aun así, dentro de esas coordenadas dominantes, también hay que referenciar dentro de una concepción crítica más amplia e inclusiva, el sustrato cultural de todos los pueblos originarios y las contribuciones simbólicas de los galeses.

Tensiones

Las fronteras inscriben una tensión recíproca entre las partes, entre el adentro y el afuera. Al reconocerse la presencia de una frontera no sólo geográfica, sino también cultural, étnica, lingüística, habrá una zona sometida a leyes de intercambio y traducción.

La crítica patagónica cuenta con una importante bibliografía con anclaje en diferentes tradiciones teóricas, pero además ha sumado sus construcciones epistémicas particulares, por ejemplo, las desarrolladas por Silvia Casini, que resalta: “Identificar esas ‘Patagonias’ diferentes que cada escritor construye en su imaginación (y en sus discursos), tratando de ver la particular relación entre el espacio de representación y sus circunstancias vitales…” (2007: 156).

Ese espacio, o frontera, que es impuesto por el poder colonial y nacional, abjura e invisibiliza en la representación, a los pueblos originarios. Podría pensarse, más allá de la persecución y aniquilación (como retrata Pavel Oyarzún en La Cacería), que a pesar de esa maquinaria de exterminio, las culturas preexistentes continúan comportándose como un palimpsesto. Es decir, son un manuscrito de la resistencia que conserva huellas de su propia “escritura” anterior, y prosiguen luchando en el mismo territorio ancestral (Lola Kiepja, Liliana Ancalao, Viviana Ayilef, Pampas del Sud, etc.). Este anclaje había sido borrado por el poder colonialista para dar lugar a su inscripción dominante; pero aun así, tras vejaciones y muertes, las voces ancestrales perviven y contaminan, con su persistencia en las luchas de los hombres y mujeres originarios/as, las creaciones actuales.

En ese sentido, ineludibles en esta materia son los aportes de Adrián Moyano, destacándose estudios como Crónicas de la resistencia mapuche (2007), Komütuam, descolonizar la historia mapuche en Patagonia (2013), A ruego de mi superior Cacique Antonio Modesto Inakayal (2017) y Por su valentía se llaman tigres. ‘Indios rebeldes’ en el País del Nahuel Huapi (2019). En 2016 la editorial LOM de Chile publica una recopilación de sus dos primeros libros bajo el título De mar a mar. El Wallmapu sin fronteras (2016), donde Moyano

discute además la “idea” de Patagonia, concepto que obedece a un proyecto imperial inicialmente español, pero que recién pudo plasmar la República Argentina a partir de 1879. La “invención” de la Patagonia sirvió para crear las condiciones ideológicas que propiciaron la expansión colonial argentina que, en términos estrictos, persiste hasta hoy y tiene su origen en un genocidio. (El Cordillerano, 28 de agosto de 2016).

En consecuencia, la frontera impuesta no solo ha sido rebasada sino deconstruida, desnudando la metodología imperialista. Tanto el colonialismo europeo como nacional son depredadores en la cacería humana y apropiadores de territorio y recursos naturales.

Mónica Berón (2007), antropóloga de la Universidad de Buenos Aires, explica:

la existencia de tales redes facilitó la integración social de la región, lo que resultó de gran importancia para su resistencia física y cultural ante diversos factores. Sin embargo esta exitosa estrategia de articulación vio su fracaso, frente a la conformación de los Estados-Nación argentino y chileno durante la segunda mitad del siglo XIX. (53)

Durante las conquistas lograron sus objetivos pero, como se observa en la realidad de los territorios, los pueblos autóctonos vuelven a resurgir, retomando su cultura, sus prácticas ancestrales. Al decir de Berón: “es una historia que se está escribiendo” (2007: 53), es una historia que emerge de su pasado y está transcurriendo actualmente.

Gloria Anzaldúa en su libro Borderlands / Las Fronteras: la nueva mestiza, plantea que una frontera no es sólo la línea entre países, sino un terreno psíquico, social y cultural. En el “borderlands” o “espacio de frontera”, en constante estado de transición, se reconstruye y resignifica la idea de que en su mensura transita una identidad transcultural, dotándola de un significado más espinoso porque es un lugar de choque social y cultural.

En esa dirección, considerándolo desde un punto de vista topológico, es posible observar que en toda cultura, aunque haya sido oprimida y diezmada, con el tiempo sedimentan y, además, se superponen las cuatro matrices del orden retórico: la mitológica (Ángel Uranga), la artística (Raúl Mansilla, Pavel Oyarzún, Laureano Huayquilaf), la científica (Silvia Casini, Luciana Mellado, Jorge Spíndola, Adrián Moyano), y la cotidianeidad, lo real, donde opera y concretan su praxis cada una de estas especificidades simbólicas e imaginarias.

¿Hay fronteras?

Con respecto a dicho tópico, tan presente en nuestras literaturas, Uranga (2011) resalta: “Tierra de fronteras o directamente ‘la frontera’, límite de la civilización con la barbarie” (33), exponiendo la brutal dualidad impuesta por el etnocentrismo, y agrega: “Hay un término que caracteriza de manera absoluta la literatura del Sur, me refiero a la palabra “desierto” del que derivan múltiples significados e imágenes, a saber: lugar, borde territorial, frontera, límite, periferia” (68).

Estas marcas que consustancian subjetividades y patrones de comportamientos, también son interpretadas y descriptas por Casini (2000), señalando: “La región ha sido descripta por el conquistador desde sus matices de marginación, de fronteridad, de soledad, de tierra maldita” (6). Esa fronteridad también es contemporánea al diseño de los Estados-Nación argentinos y chilenos, porque la Wallmapu se extendía de mar a mar, como resalta Adrián Moyano. Esto se refuerza, bajo la idea de frontera, límites o desierto, en el desalojo y eliminación de los habitantes originarios, para la necesaria apropiación del espacio patagónico como territorio nacional. Livon-Grosman (2003) lo resalta: “La representación de la Patagonia está directamente ligada a los desplazamientos de la frontera, siendo un espacio que el gobierno de Buenos Aires considera argentino…” (12).

Ese desplazamiento fronterizo posee intereses geopolíticos, en primer lugar, por eso la ampliación jurisdiccional del espacio nacional, y económicos, para que los terratenientes exploten las tierras conquistadas por medio de un genocidio.

Bajo esta óptica, la frontera será una zona de exclusiones en donde se filtra o descarta la presencia de lo “otro”; la política imperial o la nacional, después, han narrativizado un modelo de “tierra de nadie” (terra incognita, tierra maldita, salvaje), para justificar su apropiamiento. En cambio para los pueblos originarios, sea tehuel, ao’nik’en, Sur, o wallmapu, era el espacio en que vivían y donde mediaban procesos de integración, un lugar “dialógico” que promovía adaptaciones, reelaboraciones y traducciones que se reterritorializaban desde el encuentro comunitario (Berón 2007, Moyano 2016), más allá de las propias tensiones y disputas de liderazgos y tierras.

Aun así, estos conflictos entre tribus o linajes no estaban impregnados de la concepción de genocidio. Entonces, esa posibilidad de diálogo no sucede en la etapa de los “textos fundantes”, desde donde comienza a institucionalizarse Patagonia. Refiere Casini (2000): “En la base de la conformación de esas imágenes fundantes se encuentra la noción de intraducibilidad. No hay, en los exploradores europeos ninguna intención de acceder a una comunicación con el indígena” (1); y agrega otra subestimación en clave local: “La mal llamada conquista del desierto impidió el reconocimiento del otro” (6).

Además de negarse el reconocimiento, también hubo una decisión de exterminio. Walter Mignolo resalta: “El patrón colonial se basa desde sus inicios en una máquina genocida que nunca frenó” (Aíta 2018). La frontera entre Argentina y Chile se traza con sangre. Por eso Mignolo, integrante del grupo Modernidad/Colonialidad, sopesando el valor y disvalor del concepto frontera, en todas sus acepciones, desde el pensamiento descolonial plantea

El pensamiento fronterizo surge de la diferencia imperial/colonial del poder en la formación de las subjetividades. De ahí que el pensamiento fronterizo no sea connatural a un sujeto que habita la casa del imperio, pero sí lo sea en la formación de sujetos que habitan la casa de la herida colonial (35).

El pensamiento fronterizo contiene e integra a los que llevan las cicatrices y la herida colonial del poder colonial o imperial, y desde sus prácticas ancestrales actualizadas de los pueblos originarios, de los condenados de la tierra, en prácticas decoloniales hacia la creación de una civilización alternativa.

Prácticas imperiales

Todo bloque histórico construye su hegemonía en el ejercicio del poder. Fronteras, bibliotecas, fundaciones de pueblos, renombramientos de regiones (Patagonia) o accidentes geográficos, serán las herramientas del opresor. Se oculta lo preexistente. La investigadora Luciana Mellado (2015) considera que:

La narrativa fundacional pre-nacional […] es aquella que inicia el archivo de la región sin ofrecer una imagen completa de ésta. Esta narrativa, que colabora eficazmente en la definición tanto literaria como política de la Patagonia, es escrita por viajeros no criollos, cuyos relatos están centrados en un territorio que ambicionan los proyectos imperialistas. (24-25)

En ese sentido, habrá varias etapas donde se irán acumulando escrituras, desde “el eco de la letra”, de Uranga (2011), o la “tierra/letra manuscrita” de Ossés (2005, 2008) hasta la actualidad; sin olvidar el proceso de resignificación y resurgimiento de la oralitura de los pueblos originarios.

En las prácticas significantes o sistemas modelizantes se relee y describe la región patagónica bajo dos claves: por ejemplo, en los autores foráneos, se reconoce una red o tejido intertextual que repite el espacio imaginado de los textos fundantes. En contraste, otres escritores, anclados en el territorio, “muestran la Patagonia como un espacio habitable en relación con coordenadas culturales propias” (Casini 2007: 25).

Mellado (2015) sostiene que “[L]a literatura referida a la Patagonia se sitúa en una tradición de textos que diseñan las distintas cartografías discursivas de la región desde diferentes lugares geopolíticos de enunciación que pluralizan y complejizan el imaginario regional” (16).

Las fronteras coloniales o imperiales, incluso, nacionales, se vienen rediscutiendo en las cartografías literarias, atendiendo a la bibliografía citada, porque hay un desplazamiento representativo en el terreno psíquico, social y cultural; un “desprendimiento” del “patrón colonial de poder” o “matriz colonial de poder” (Quijano 1992).

En el plano de enunciación se halla una reyerta geopolítica que está inserta y punzante en determinadas obras y autores, lo que nos devuelve otra vez al territorio ancestral, junto a los “hedores” reconocidos por Rodolfo Kusch en el artículo “El hedor de América” que publicara en la revista Dimensión; es decir, “la verdad es que somos hedientos y que lo simulamos con una pulcritud demasiado ficticia” (1961: 1). La literatura, ficcional como crítica, navega en un tiempo-ahora trascendental y pluricultural, apuntalando una posible “pluriversalidad”.

Cartografías literarias

Así como es posible abordar la literatura del sur del país, creaciones denominadas en situación patagónica (Luque 2014), dándole asidero por medio de cartografías literarias o discursivas, también se podría realizar una lectura crítica desde cartografías geográficas. Desde los textos y los mapas surge la etapa de la dominación cultural. El “poder” es el que nombra, el que ha materializado en signos lo descubierto (o lo inventado), y lo hace relato, conocimiento dominante.

Desde el pensamiento decolonial se puede releer lo que se ha escrito e impuesto sobre la otredad sureña, un discurso que comprende a los subalternos; es decir, a los que habitan la Patagonia, bajo esa matriz colonialista. Y esa lectura es bicéfala, porque puede hacerse por medio de los libros, así como también a través de la cartografía.

Desandando la etimología de cartografía (del griego: χάρτης, chartēs = mapa y γραφειν, graphein = escrito), se traduce “el arte de trazar mapas geográficos”.

Uranga (2011) manifiesta que “[E]l imaginario patagónico ha ido construyéndose e instituyéndose en torno a una cartografía elaborada por un sinnúmero de transeúntes que explicitaron en la escritura un espacio para la imaginación y la leyenda” (32).

En consecuencia, “la invención de Patagonia es obra de la literatura de viajes” (46), pues los exploradores del siglo XIX “leyendo el país del tehuel, construirán mapas, cartas orientadoras, derroteros para no naufragar en el desierto” (52), por ende, serán “lecturas cartográficas”.

Es importante sopesar el pivoteo entre mapa y literatura. Ossés (2005, 2008) nos aproxima algunas definiciones en su obra Patagonia. Ficción o realidad:

El mapa es el resultado simbólico de la previa exploración y nominación de un territorio o de una porción de territorio. Sintetiza el poder específico de dibujar y nominar. No obstante, se puede nominar y dibujar sin la absoluta certeza del conocimiento físico […] Los mapas contemporáneos de la letra manuscrita citan también esa letra, con leyendas y mitos, gigantes y monstruos, el confín del mundo, su acabamiento, la Tierra Austral. Está dibujada la Terra Incognita, como una prueba flagrante de que se puede dibujar lo no conocido” (2008: 20-21).

Invención

Toda construcción cultural requiere de un proceso político, donde queda expuesta la realidad a su arbitrio, a sus propias estructuraciones. Pero para imponer esa hegemonía debe constituir una biblioteca, formular listados, enunciar cartografías discursivas. Más evidencia, incluso fáctica, que la expresada por Bartolomé Mitre en el prólogo al texto de La Australia Argentina:

Por esto su libro, como comentario de un mapa geográfico hasta hoy casi mudo, importará la toma de posesión, en nombre de la literatura, de un territorio casi ignorado, que forma parte de la soberanía argentina, pero que todavía no se ha incorporado a ella para dilatarla y vivificarla (1898: VI).

Interesante comparar ese “en nombre de la literatura” como “matriz de poder colonial”, porque será a su vez esa “literatura militante” la que habilitará la mal llamada Conquista al/del Desierto. En 1878 Estanislao Zeballos escribe por encargo de Julio Argentino Roca La conquista de quince mil leguas, que lleva como subtítulo Estudio sobre la traslación de la frontera sud de la República al Río Negro. Esta obra le sirvió al ministro de Guerra para que los miembros del Congreso aprobaran el presupuesto para financiar la Campaña. Bien lo define Fermín Rodríguez (2001), un “panfleto ideológico, manual geográfico y apunte histórico”; es decir, una herramienta literaria que habilita expropiación y muerte.

Es que el poder subvierte lo pre-existente, rebautiza, suplanta. Funda la ciudad letrada —su ciudad letrada— desde donde disciplina y permea los ordenamientos antecesores; por lo tanto el espacio es reconstituido por la imposición de las nuevas instituciones que forman las subjetividades emergentes.

O’Gorman (1958) en La invención de América despliega y demuestra la hipótesis que América no fue “descubierta”, sino que fue “inventada”. En Tawantinsuyu como en Anáhuac, Abya Yala y Wallmapu nadie había escuchado jamás sobre la voz “Indias Occidentales” o “América”. Esa invención se impuso por medio de la conquista. Resalta Casini (2007):

Respecto de la “invención de la Patagonia”, es necesario observar que la “Patagonia” con ese nombre no existe como dato previo a los registros escritos que llamamos “textos fundantes”. El nombre a’nik’en que los tehuelches meridionales utilizaban para hablar del sur fue desplazado por el de Patagonia después de que Magallanes, en el siglo XVI, “bautizó” a sus habitantes (13).

Invención en la cartografía e invención en la escritura. Esa invención auscultada primero por O’Gorman aparece también en la ficcionalización que estudia Casini (2007):

En sus narraciones los ingleses armaron un objeto, Patagonia, inventando el sur (como los europeos en general inventaron “el resto del mundo”), y sus “salvajes” habitantes se convirtieron en ese “otro” que permaneció como escucha silente/silenciado (13).

La literatura sugestionaba a los colonialistas, también sucederá lo mismo en el plano local. Y dispondrán de todo lo que sea necesario para apropiarse de sus extensiones y riquezas. Uranga (2011) resalta que “[El] proceso de formación del imaginario patagónico resulta una espiral de acontecimientos conformada por la experiencia (del viaje), la escritura (del viaje) y su lectura, y viceversa: lectura-experiencia-escritura” (51).

De ese imaginario se vale Zeballos para escribir, primero con las informaciones recogidas por Francisco P. Moreno, pero luego de la conquista viaja al territorio patagónico. El imaginario debe ser nutrido con la pregnancia de la realidad. En 1881 publica Viaje al país de los araucanos con los apuntes, datos y observaciones que recoge durante esta expedición.

Mapas

Estas indagaciones teóricas, donde las inscripciones fundan representaciones y modos de contar e interpretar, pueden buscarse y clasificarse en la producción literaria de los textos fundantes, así como también en la literatura que responde al relato nacional, a la etapa metafórica, la cual estará tensionada entre los autóctonos que escriben sobre su lugar, y aquellos escritores, argentinos y extranjeros, que son atraídos por el mito sureño.

En ese sentido, considerando la matriz inicial que sitúa en relato a la Patagonia, también es interesante examinar los diferentes mapas sobre la región porque determinan, a veces a priori, lo que se verá in situ.

En el mapamundi de Andreas Walsperger, de 1448, figura el continente americano: en la ilustración está registrada una costa que se comprueba que es la actual costa patagónica, donde se lee en latín: “Hic sunt gigantes”. Es decir: “Aquí hay gigantes”.

Otro antecedente es la cartografía que registra el Tercer Viaje de Vespucci (1501-1502), donde ha quedado el nombre del Río de Cananor para una desembocadura ubicada en una bahía, que hoy se denomina Camarones, en la provincia de Chubut. También dependiente de la novela medieval.

René Magritte decía que “la percepción siempre intercede entre la realidad y nosotros”; por lo tanto, la cartografía discursiva así como la descripción de los mapas instalan realidades, a la vez que construyen una percepción que puede no coincidir con la realidad. Los estudios de Foucault (1984) ubican al saber o conocimiento como dispositivo de poder: “Hay que admitir que el poder produce saber […] no existe una relación de poder sin constitución correlativa de un campo de saber, ni de saber que no suponga y no constituya al mismo tiempo unas relaciones de poder” (34).

Así es como la lengua también será el instrumento disciplinante, desde donde se realiza la imposición del nombre, del relato u orden del discurso, de la lectura opresiva de lo real. En ese sentido, lo dominado se carga con el sustrato simbólico e imaginario del poder colonial hegemónico, y, de esa manera, constituye un modelo institucionalizador con el que se re-define la región y la construcción del Otro. En nuestro caso: el patagón, salvaje o gigante. No obstante, los libros como los mapas se convierten en una fuerza política en las sociedades.

No es un territorio

Alfred Korzybski ha señalado que “A map is not the territory it represents, but, if correct, it has a similar structure to the territory, which accounts for its usefulness” [Un mapa no es el territorio que representa, pero, si es correcto, tiene una estructura similar a la del territorio, lo que explica su utilidad] (1933: 58). Esa idea surge al considerar la relación entre el objeto y la representación del objeto, es decir, la relación entre un territorio geográfico y el mapa mismo; donde, debido a esa percepción, se confunden mapas con territorios, equivocando modelos de la realidad con la realidad misma.

Walsperger y Pigafetta instrumentaron una percepción en sus respectivas cartografías que no se condescendían con la realidad. En el Sur no había gigantes; pero el texto fundante los inventa y los impone, convirtiéndose en un sistema modelizante que sedimenta en una serie de metáforas y categorías que se han ido repitiendo de libro en libro, de autor en autor.

Ese gigante Patagón que inaugura la escritura de Pigafetta estará recogido en la Relazioni in torno al primo viaggio di circumnavigazione. Notizia del Mondo Novo con le figure dei paesi scoperti, que se publica entre 1524 y 1525; pero ya estaba enunciado, quizás imaginativamente, en el mapa de Walsperger de 1448. O sea, la cartografía se adelanta, en este caso, al diario de viaje (literatura).

En ese contexto de modelización estaría la discusión, la deconstrucción. Tanto el mapa como la escritura integran el dispositivo colonialista, y es desde donde se instauran los modelos a reproducir. En la conferencia “Form, Substance, and Difference” del Nineteenth Annual Korzybski Memorial Lecture (9 de enero de 1970), Gregory Bateson señala: “[El] territorio es Ding an sich, y no podemos hacer nada al respecto. El proceso de la representación siempre lo filtrará, excluyéndolo, de manera que el mundo mental es sólo mapas de mapas de mapas, al infinito” (1998: 309).

Por lo tanto, los mapas son representaciones simbólicas que se asemejan a la realidad, pero no lo son: tienen filtros técnicos, ideológicos. Inclusive, la orientación del mapa es una decisión ideológica, social y política.

Brian Harley en Mapas, conocimiento y poder (2005) señala: “[Al] igual que las armas de fuego y los barcos de guerra, los mapas han sido armas del imperialismo” (85), y resalta: “los mapas se usaron para legitimar la realidad de la conquista y el imperio” (85). Agrega Harley (2005) en Textos y contextos en la interpretación de los primeros mapas: “los mapas redescriben el mundo, al igual que cualquier otro documento, en términos de relaciones y prácticas de poder, preferencias y prioridades culturales” (61).

Los mapas son también lenguaje, son textos culturales y políticos que, generalmente, responden a intereses de poder. En este sentido, Eduardo Galeano (1998) en el artículo “Mapamundi” denuncia: “el mapa miente, la geografía tradicional nos roba el espacio como la economía imperial nos roba la riqueza, la historia oficial nos roba la memoria y la cultura formal nos roba la palabra” (323).

Si el mapa, que se elabora como un lenguaje, tergiversa el territorio real para conveniencia del “patrón colonial de poder”, es acertada la lectura de Galeano sobre la expoliación del modelo imperial por medio de la política-economía-educación.

Según las relaciones y prácticas de poder, Claude Raffestin destaca los aspectos políticos del territorio y resalta la diferencia entre espacio y territorio, evidenciando que el primero es anterior al segundo y, todavía más, que el “territorio” sería una “producción” a partir del “espacio”, que, dadas las vinculaciones sociales que implica, “se inscribe en un campo de poder” (1993:144). De alguna manera ese territorio conquistado va a responder a lo que Henri Lefebvre evidencia en La producción del espacio: “El espacio se inscribe en su totalidad en el modo de producción capitalista” (2013: 380), es decir, ese espacio, devenido en territorio, es donde el Estado-Nación funcionaliza la trinidad capitalista (tierra-trabajo-capital), expulsando a sus antiguos moradores para explotar sus recursos.

Reescritura

En toda conformación de un corpus bibliográfico subyace la “lectoescritura” de la representación literaria del espacio, en este caso “patagónico”. Por lo cual, recurrir al archivo sirve para desenterrar lo que fue invisibilizado, recuperar tramas, comprender los procesos, indagar, fijar la toma de posición. La pluralidad de voces es un bosquejo en que puede explayarse un ejercicio de reconocimiento, una gimnasia de disputa en el modo de “contar”. Frente a la dinámica cultural impuesta surge la necesidad de revisar los textos que refieren el pasado, entonces los autores contemporáneos reescriben con una perspectiva distinta de la que fue heredada y multiplicada en los sistemas modelizantes secundarios. Los ideologemas fundacionales entran en crisis. En consecuencia, prospera otra resemantización de lo escrito y de lo que se escribe respecto al territorio, sobre la “literatura en situación patagónica” (Luque 2014).

El sur-sur, la Patagonia, es un territorio cimarrón, al decir de Gerardo Burton, en donde se acumula e implosiona una literatura en múltiples lenguas, polifónica, mestiza, cargada de política. Por lo tanto, la “oralitura” expuesta por Elicura Chihuailaf en el Primer Encuentro de Escritura Indígena en México 1994 (Bernales 2002) y la literatura son herramientas para el trabajo de la memoria apuntalada desde los mapas y la misma escritura. En consecuencia, existe un entrecruzamiento de tipologías culturales que se manifiestan en la propia lengua multiplicada, en estado de emergencia, supurando heridas y construyendo una biblioteca que se reconoce en las voces originarias de sus pueblos.

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