Otras publicaciones:

12-3882t

9789877231076_frontcover

Otras publicaciones:

12-2985t

9789877230932_frontcover

Una luz muy lejana que alumbra mujeres

María Victoria Ferrara (Universidad Nacional de La Rioja)

La continua presencia de los sexos y la de los esclavos

y los amos provienen de la misma creencia.

Como no existen esclavos sin amos,

no existen mujeres sin hombres.

 

Monique Witing

Introducción

Una luz muy lejana, editada en 1966, es la primera novela de Daniel Moyano. Ismael, el joven protagonista, se relaciona, en una Córdoba de la década del ’50, con un número limitado de hombres y mujeres que le proporcionarán la posibilidad de comprender la sociedad en que se halla inmerso y de descubrirse a sí mismo

Todos los trabajos críticos que versan sobre la novela nos llaman la atención por dos razones: una, son escritos por mujeres, y la otra, los personajes femeninos son tenidos en cuenta exclusivamente en relación al personaje principal: Ismael se mueve en un mundo de hombres, en el que las mujeres sólo están allí para simbolizar la mujer-madre, la mujer-amante, la mujer-prostituta, entre otras, dentro de la vida del protagonista.

Leer en el siglo XXI Una luz muy lejana de Daniel Moyano es abrirse al mundo femenino que la habita desde el lugar autónomo de su ser, en sí mismas y no en relación con los hombres. Cada uno de ellos que entabla amistad con Ismael, está allí para contarnos su relación con la mujer. En todos los capítulos no se habla más que de mujeres, mujeres-esposas-madres como la de Reartes y Endrizi; mujeres-hijas como Lita y Beatriz; mujeres-madres solteras como la Flaca; mujeres solas como Teresa y Marta; la mujer fantasma de Lucas; mujeres viejas; etc. Todas en “relación con” un hombre, porque el autor no escapa a su época, y todas en “relación con” ellas mismas, porque las ve en su complejidad y su originalidad.

Estas mujeres, estos personajes, no han sido objeto de estudio ni literario ni social. Sus marcas son las de la “indiferencia”: lo “neutro”, invisibilizado por el normativo hegemónico de lo masculino. La pregunta que nos hacemos es si así las presenta Moyano, cuando en cada capítulo la protagonista pasa a ser una mujer y no el hombre que la identifica como tal; si su intención es invisibilizarlas o si, a la búsqueda de una identidad que muchos correctamente han leído como de raza y de clase, debería sumarse la de género. Nuestra respuesta, hipótesis de este trabajo, es que Moyano siendo como ha dicho la crítica un personaje de sí mismo o, mejor, un personaje de su propio relato, no puede –como en su vida lo ha demostrado– “desprenderse” de la mujer como la sociedad de su época lo hacía.

Una nota metodológica

Para desarrollar y comprobar nuestra hipótesis hemos de trabajar con la estética del fragmento, inspirada en el uso que hacía Walter Benjamin del mismo. El fragmento entendido en su dimensión fractal que al seleccionarse nos permite explayarnos y sostenernos en la completud de la obra; en nuestro caso, en la totalidad del personaje a analizar. Fragmento como realidad que se observa desde la mirilla de una puerta o desde el hueco de la pared, como hace Ismael en la novela (1966: 48).

De las mujeres moyanescas que habitan esta novela, por simple razones de espacio, elegimos en esta oportunidad a dos de ellas. Marta y la esposa de Endrizi quienes, a nuestro entender, no sólo están más presentadas por sí mismas que por la voz de los hombres que las rodean, sino que nos permiten configurar la categoría de mujer que da, sin espíritu colectivo ni implicancias políticas determinadas, sus primeros pasos en un feminismo que no implica, como lo señala bell hooks, un “movimiento antihombres” ni “la errónea asunción de que los espacios en los que solo había mujeres serían necesariamente entornos libres de patriarcado y pensamiento sexista” (22).

Marta

Marta –dijo después.
Sí.
No sé de dónde saliste. No sé nada más que tu nombre.
Ella sonrió.
Vengo de una madre –dijo–, y de otra, y de otra más, y de muchas más.
Yo también –dijo él, como si se tratase de una broma.
No –afirmó ella–, venís de un padre, y de otro, y de miles de padres. Nosotros, anoche, hemos juntado los padres con las madres.
Y de allí salen los hijos –dijo Ismael.
Yo no quiero tener hijos –dijo ella bajando la cabeza. Como Ismael no respondía, agregó–: No quiero tener hijos porque tengo miedo a morirme.
[…]
Tenés que saber dos cosas –dijo ella.
No necesito saber nada –dijo él, temiendo que algo cruel y violento se entronizase ahora.
Es que debes saberlo. Yo no soy como vos. No es la primera vez que lo hago.
Está bien.
La otra es que yo voy a venir aquí de vez en cuando.
Podés quedarte para siempre –dijo él.
Yo tengo una madre y una abuela. Vivo una semana con cada una, porque están separadas.
Me dijiste que venías de esas madres –dijo Ismael.
Marta sonrió.
Bueno –dijo–, puedo decirle a una que voy a la casa de la otra, y venirme para acá (Moyano 1966: 59-60).

En este diálogo de la pareja después de haber tenido sexo por primera vez, Marta se posiciona como mujer, como integrante de una matrilinealidad que asume y a la vez se propone interrumpir: viene de madres pero ella no quiere serlo. A su vez deja claro que el hombre provine de padres; en terminología actual, asume el patriarcado vigente. No hay denuncia de opresión ni juicio al respecto, sólo marca las diferencias y la posibilidad de un “con” entre ambas genealogías, nada más. Aceptada esa distinción, aclara dos cuestiones más: no responde al ideal de “mujer-virgen” y no está en sus planes el de ser “mujer-casada”.

Es crucial para el desarrollo de la trama novelesca el capítulo “La avenida arbolada”. De acuerdo a los análisis de otros trabajos que hemos consultado, el mismo marcará un antes y un después en la vida de Ismael. En esta oportunidad sólo nos interesa Marta, quien asume hacerse un aborto y lo único que le solicita a su pareja es que la acompañe, que la acompañe porque tiene miedo de morir. Y quizás, también, porque considera que es una cuestión de ambos, es algo que concierne a la pareja: “Si es así yo sabré a qué atenerme si es que no puedo contar con vos” (87), le dirá Marta antes de salir sola a hacerse el aborto. Nada más sabemos desde su perspectiva, sólo sabremos de Ismael y sus culpas por el aborto y por la cobardía. De ella la certeza de que él no la acompañó, al contarle sobre todo lo sucedido sólo le repite las palabras del médico: “El médico me preguntó por qué no habías ido” (94).

Y, de este modo, Marta que fue “mujer-amante” decide que debe dejar de serlo. Lo anuncia y lo hace, sin remordimientos ni culpas, como lo manifiestan sus palabras:

“Después de esto no podemos seguir juntos […] pueden pasar años hasta que nos veamos otra vez, pero entonces ya seremos otros.”
(Pero ella se fue primero. No dejó nada, ni un mensaje siquiera, y yo supe enseguida que se había ido) (ULML: 100).

Y se convierte en una “mujer-sola-independiente”, armada en sí misma, como el mismo Ismael la describe en el reencuentro: “la dignidad conquistada que había creído ver en ella” (108) quien le dirá al final, entre palabras dichas e imaginadas por el protagonista: “No soy la de antes, ahora he comprendido muchas cosas; vos también tenés que comprenderlas; el asunto es saber vivir” (113).

Por último, Marta escapa del estereotipo de la coprotagonista literaria: su cuerpo no responde al modelo de perfección y belleza esperadas. Marta “sufre, tiene, es o padece” “elefantiasis”. Los verbos son dudosos para nosotras y para Ismael, quien se lo debate y llega a afirmar: “Era una enfermedad. Las enfermedades, lo había leído en el libro de Teodoro, formaban parte de la naturaleza de las personas” (78).Y, aún más, esta mujer asume su cuerpo, asume su desnudez frente a Ismael y sabe cómo posicionarse con él en un mundo cruel y discriminatorio con el defecto físico: “Las piernas eran, pues, deformes, pero además eran de Marta. Ella asumía aquel hecho y lo transfiguraba, lo convertía en un hecho aceptable” (78).

En conclusión, la Marta de Daniel Moyano –aquí no nos interesa tanto la de Ismael– es una mujer nada complicada, nada sumisa, nada despechada y si fuera la protagonista de su novela, y si fuera una mujer de este siglo, seguramente se definiría así, como Virginie Despentes, quien andaba naciendo cuando Marta ya era una mujer moyanesca:

Soy una mina más King Kong que Kate Moss. Soy de esas mujeres con las que no se casan, con las que no se tienen hijos, hablo desde mi lugar de mujer que es siempre demasiado todo lo que es, demasiado agresiva, demasiado ruidosa, demasiado gorda, demasiado brutal, demasiado ruda, siempre demasiado viril, según dicen […] siempre deseosa de vivir las experiencias e incapaz de conformarme con su relato. Me importa tres carajos ponérsela dura a hombres que no me hacen soñar (14).

La mujer de Endrizi

La mujer de Endrizi empezó entonces a explicarle un largo problema económico, basado en la educación de sus dos hijos y en el poco sueldo del marido, que trabajaba en la fábrica de fideos. Durante la larga explicación, llena de gesticulaciones, interrumpió bruscamente el hilo de su tema para decirle que necesitaba su ayuda. Él era el único que podía ayudarla, y necesitaba que le escribiera una carta. Le alcanzaron una hoja rayada, una pluma y un tintero. La mujer dictó: “Querida señora.” Después dijo: “No, no ponga eso; ¿ya lo puso? Borre entonces. A ver, por ejemplo. Ponga madre mía. Pero no. Ponga, mejor, querida Evita. Eso le va a gustar más. Querida Evita: con la mano en el corazón recurro a usted… recurro a usted… para que ayude a una pobre mujer con un marido enfermo y dos hijos que alimentar. ¿Va bien?”
“Qué letra hermosa, qué mano de oro”, dijo cuando se la entregó para que la firmara. Después tuvo que hacer el sobre. Señora Eva Perón, Presidencia de la República, Buenos Aires. Acto seguido volvió a explicarle sus problemas, el marido enfermo de la garganta a causa de la harina, sus borracheras, el costo de la vida. Con el puesto que seguramente le daría Evita, todo aquello se solucionaría. Poco antes de irse, le dijo que conocía sus problemas con Marta, y que todo se arreglaría algún día. Después desapareció dejando en el aire el incesante martilleo de sus palabras (123-124).

La mujer de Endrizi es una mujer que va a ocupar, paradójicamente, junto a su hija Beatriz, todo el capítulo titulado simplemente: “Endrizi”. Del hombre, poco y nada ha de narrarse. Y junto a ella no podemos dejar de nombrar a Evita, en esta reivindicación que intentamos hacer de las mujeres de Una luz muy lejana.

Daniel Moyano nos está mostrando, en terminología más actual, a la “mujer-militante”. La mujer que es capaz de transitar tanto los pormenores de una pareja como los problemas políticos-económicos del país y la provincia en la que habita. Ella no discrimina a la hora de pedir ayuda: se la pide al hombre, a Ismael, para que le escriba la carta; se la pide a la mujer, a Evita, para que le dé un trabajo. En ambos casos, recurre a la imagen de “mujer-pobre-desprotegida” que necesita su ayuda para salvar a su familia, de la que se siente responsable frente a los problemas de salud y alcoholismo del marido. Se asume como sostén de su núcleo familiar. Se convierte en una “mujer-trabajadora” del Estado.

La mujer de Endrizi no es consciente de su lucha, pero esto no nos dispensa de sistematizar su experiencia. Al acudir a Ismael, para que le escriba la carta que le abrirá las puertas a la posibilidad de un trabajo, ha asumido que sus problemas particulares son problemas políticos. En la actualidad, esto que nació intuitivamente en muchas mujeres, es un axioma feminista; tal como lo define Monique Witing en El pensamiento heterosexual y otros ensayos,

Para las mujeres, responder a la cuestión del sujeto individual en términos materialistas consiste, en primer lugar, en mostrar, como lo hicieron las feministas y las lesbianas, que los problemas supuestamente subjetivos, ‘individuales’ y ‘privados’ son, de hecho, problemas sociales, problemas de clase; que la sexualidad no es, para las mujeres, una expresión individual y subjetiva, sino una institución social violenta (42).

La mujer de Endrizi asume, a su vez, que para transitar entre lo privado y lo social debe acudir a la figura que en ese momento representaba el máximo lugar en el ámbito del poder político: la mujer del Presidente. Su determinación a ser recibida por Evita va más allá del lugar que ocupa –muchas han sido las esposas de los presidentes–, tiene que ver con la sororidad que ella generaba entre las mujeres.

Daniel Moyano relata minuciosamente lo que vive el personaje desde su perplejidad, su gratitud y su profunda admiración. Las palabras en boca de la mujer de Endrizi son verosímiles, propias de una mujer de escasos recursos culturales y económicos; pero la atmósfera generada nos permite identificar la actitud frente al hombre que no está libre de culpa. Eva Duarte, que enfrenta casi con prepotencia al gobernador (128), y el calificativo “tarado” que la mujer de Endrizi utiliza para referirse a él, son indicios del desprecio que las mujeres sienten por el hombre. Sentimiento que el escritor no evita justificar al mostrar sus causas. Por un lado, desprecio directo ante la falsedad del hombre frente a la mujer: “El tipo me miró apenas, pero sonrió otra vez cuando se dirigió a ella, y me dijo que por qué no había recurrido a él, que las puertas de su despacho estaban abiertas de par en par para nosotros. Fíjese, cómo mentía” (128). Por el otro, el generado desde el menosprecio sustentado, en palabras de hooks, en el “patriarcado capitalista supremacista blanco” (19) de los hombres frente al lugar que ocupaba Evita en la vida de tantas mujeres argentinas: “El potro sabe lo que hace –dijo Endrizi desde la cama–. ¿No le parece, joven Ismael?” (124-125), aludiendo a la elección de Perón.

Lejos está la esposa de Endrizi de Mercedes D’Alessandro, pero juguemos con la ficción y escuchémosla como personaje del siglo XXI, quien ha escrito un libro sobre economía femenina y dice:

¿Somos realmente iguales? Mi respuesta es no: las mujeres siguen estando limitadas pero no por sus aptitudes, intelecto o fuerza física, sino porque la situación en la que vivimos restringe sus posibilidades y pone numerosos obstáculos a su desarrollo. Esto no las afecta solamente a ellas sino también a toda la sociedad […] tenemos el desafío de desterrarla [a la desigualdad]; en ese mismo acto estaremos construyendo un mundo en el que viviremos mejor mujeres y hombres (4-5).

Una nota de cierre

Iniciamos este trabajo denunciando la invisibilidad de las mujeres de Moyano en los trabajos de crítica literaria para tomar conciencia al igual –y salvando las distancias– de Judith Butler de que “debemos arbitrar nuevas constelaciones para pensar en la normatividad si queremos proceder de una manera intelectualmente abierta y comprehensiva en orden a captar y evaluar nuestro mundo” (201).

Fue nuestra intención comprobar que Daniel Moyano no sólo explica al ser humano hombre sino también al ser humano mujer:

Yo escribo para explicarme el mundo; no me lo explicaba, no me lo explico. Cada vez que me pongo a escribir es un poco para entender todo esto. Las palabras se convierten en un elemento mágico que permiten, aunque sea sólo en este plano, controlar el vivir y la realidad que te rodea. Buscar el tiempo perdido en el caso de Proust. A mí me ha tocado una vida bastante complicada, en un país complicado, lleno de violencia. Escribo un poco para tratar de explicármelo (Gnutzmann 1987: 114),

porque en sus palabras incluye “mundo, todo esto, vivir y realidad”. Sea hombre o mujer quien escribe esas palabras, convertidas en elementos mágicos no pueden excluir a nadie ni a nada. Hoy lectoras argentinas de sus obras nos enfrentamos a un mundo en las mismas condiciones que él: nacimos en un “país complicado” y poblado de “violencia”, y como mujeres nos toca “una vida bastante complicada”, ya sea en lo privado o en lo público. Y por eso nos sentimos con el derecho de leer a sus mujeres, dejando de lado un poquito a sus hombres, para intentar explicarnos quiénes somos.

Marta y la esposa de Endrizi nos han permitido corroborar que la categoría mujer no es esencialista sino que es una categoría política, que no se trata de una cuestión de ser sino de relaciones. Ambas se han construido como mujeres a su imagen y semejanza, de acuerdo a sus propias iniciativas y sus circunstancias.

A Marta, a la esposa de Endrizi, a Daniel Moyano, a todas las teóricas que van rompiendo el témpano de nuestra cabeza heterosexual, patriarcal, capitalista y blanca, muchas gracias.

Bibliografía

Butler, J. Marcos de guerra. Las vidas lloradas. México, Paidós, 2010.

Despentes, V. Teoría King Kong. Buenos Aires, Hekht Libros, 2013.

Hooks, B. El feminismo es para todo el mundo. Madrid, Traficantes de Sueños, 2017.

D’Alessandro, M. Economía feminista Cómo construir una sociedad igualitaria (sin perder el glamour) Buenos Aires, Sudamericana, 2016.

Gnutzmann, R. “Entrevista a Daniel Moyano”. Hispamérica, nº 46-47, 1987.

Moyano, D. Una luz muy lejana. Buenos Aires, Sudamericana, 1966.

Witing, M. El pensamiento heterosexual y otros ensayos. Madrid, Egales S.L., 2006.



Deja un comentario