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La víctima de trata en la literatura argentina reciente

La nueva cautiva y las otras configuraciones del desierto

Lucila Lastero (Universidad Nacional de La Plata)

Introducción

La presente propuesta se inscribe en el Proyecto de Investigación “Memoria de migración, experiencia bélica y exilio. España y Argentina: representaciones literarias de y sobre mujeres en contextos de guerra, dictadura y destierro durante el siglo XX”, de la Universidad Nacional de La Plata, dirigido por Mariela Sánchez y codirigido por Virginia Bonatto. Forma parte de una tesis doctoral en proceso que se centra en el cautiverio femenino y analiza su pervivencia en la literatura argentina, teniendo en cuenta el análisis de las figuraciones contemporáneas de las presas políticas y de las víctimas de trata. El objetivo que se persigue, tanto en la tesis mencionada como en este trabajo en particular, es contribuir a los estudios de la cautiva como personaje histórico, político y cultural a lo largo del tiempo.

La figura de la cautiva, de relevancia en la historia de la literatura argentina como mujer blanca secuestrada por los indios y arrancada de la “civilización”, se actualiza en los textos contemporáneos que la representan. Algunos de ellos configuran al personaje a partir de la recuperación explícita de sus huellas decimonónicas y coloniales, y otros se alejan de las características tradicionales del mito para ahondar en las significaciones múltiples que derivan de su vigencia.

Nuestra hipótesis es que en las representaciones actuales de la víctima de trata podemos encontrar rasgos de la cautiva de la Colonia y del siglo XIX. El rapto, el encierro y la explotación sexual son algunas de las particularidades que las asimilan. Por otra parte, los nuevos escenarios en los cuales esas incipientes cautivas se mueven, implican nuevas configuraciones del llamado “desierto” nacional. Recurriremos al método contrastivo y a los aportes del análisis del discurso para hallar ecos de la mujer delineada por Ruy Díaz de Guzmán y Esteban Echeverría, entre otros, en la novela Le viste la cara a Dios (2012), de Gabriela Cabezón Cámara y en Cornelia (2016) de Florencia Etcheves. En ambos relatos, las protagonistas son jóvenes víctimas de trata que permiten vislumbrar la vigencia del cautiverio femenino en la literatura nacional y posibilitan concebir otras formas de desierto y de frontera.

Consideramos que los abordajes de las múltiples formas de los cautiverios actuales –en este caso el encierro como consecuencia de negociación del cuerpo para la trata– desde una perspectiva de género, contribuirán a la reflexión sobre la actualidad de la cautiva como paradigma de la sujeción femenina, a la vez que permitirán pensar en las nuevas configuraciones del desierto.

Nuevas cautivas, nuevos desiertos

Le viste la cara a Dios de Gabriela Cabezón Cámara y Cornelia de Florencia Etcheves son dos novelas contemporáneas que denuncian, por medio de estilos y estrategias narrativas muy distintas, la trata de personas y la esclavitud sexual. Sus autoras tienen en común el hecho de formar parte, como tantas otras, de colectivos de escritoras jóvenes involucradas activamente con los movimientos de mujeres que se vienen sucediendo en el país en los últimos años y que buscan visibilizar, entre otras problemáticas, el flagelo de la trata.

Según el Código Penal argentino: “Se entiende por trata de personas el ofrecimiento, la captación, el traslado, la recepción o acogida de personas con fines de explotación, ya sea dentro del territorio nacional, como desde o hacia otros países” (2012: 1). La mujer víctima de trata es entonces, en primer lugar, una cautiva. Su cautiverio consiste en la apropiación del cuerpo y en la anulación de la identidad.

Le viste la cara a Dios, de Gabriela Cabezón Cámara, fue publicada por la Editorial Bichos en 2012 y surgió de la idea de reescribir el cuento clásico infantil. El nombre de la joven es una deformación del que corresponde al personaje de La Bella durmiente. La historia narra las vicisitudes de Beya en mano de sus captores. La protagonista no tiene nombre, ya que solo la conocemos por ese apodo que se le adjudica dentro de la casa en la que permanecerá como prisionera para la explotación sexual. El reemplazo de la “ll” reglamentaria por la “y” en el sobrenombre de la víctima, da cuenta de una correspondencia social y geográfica. No sabemos cuál es el origen exacto de Beya, pero la denominación que recibe tiene que ver con el habla rioplatense y con la pronunciación exagerada de la “y”, propia del habitante de Buenos Aires y de sus alrededores. La ruptura gramatical, la reproducción exacta del fonema “y” en la escritura, da cuenta de una forma de manejo del lenguaje asociado con lo suburbial. Esto tiene relación con el hecho de que Beya padece su cautiverio en el conurbano bonaerense, el actual margen, el “desierto” en el imaginario de los habitantes de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. El rapto y el traslado de la protagonista desde la Capital hasta el conurbano supone el atravesamiento de esa frontera que la arranca de la “civilización” capitalina y la hunde en la “anarquía” del margen bonaerense.

La novela comienza así: “Si el fin del torturador es provocar la presencia absoluta del que tiene atado para sojuzgarlo entero con laceración y dolor, el objetivo del torturado es tomarse el palo” (Cabezón Cámara 2012: 6). Mediante este parafraseo de una idea que se desarrolla en Vigilar y castigar (2010) de Michel Foucault, Cabezón Cámara deja en claro el rol de Beya: la torturada. Es el cuerpo apropiado que se transforma en completamente funcional al torturador ya que, siguiendo a Foucault, “El cuerpo sólo se convierte en fuerza útil cuando es a la vez cuerpo productivo y cuerpo sometido” (Foucault 2010: 35). Por otra parte, es interesante el efecto poético que produce la alusión a Foucault y a sus declaraciones sobre la tortura, correspondientes a un sistema de conocimiento proveniente de la alta cultura intelectual francesa, seguida de la expresión coloquial “tomarse el palo”.

El punto de partida del texto, anclado en Foucault y en las estrategias de castigo da pie para entender el rol de Beya como víctima de un poder masculino representado por el patrón del “puticlub”, el Rata Cuervo. La trama se desenvolverá en torno a ese clima de contienda bélica que establece dos bandos antagónicos: Beya y sus captores; la mujer y el patriarcado. En La guerra contra las mujeres (2017) Rita Segato afirma que la violencia actual contra las mujeres puede entenderse como una guerra, ya que “[L]a guerra es su último naipe frente a la pérdida progresiva de dominio” (Segato 2017: 18). Una de las formas de esa guerra sería la trata de personas (2017: 18). Así, la protagonista de esta historia se encuentra en un campo de batalla en el que se juega la vida y en el que deberá salvarse sola.

Esta soledad la llevará a buscar a Dios en sus rezos, recurriendo a lo aprendido en los marcos de la educación religiosa recibida en un colegio de monjas. Beya reza y mantiene su fe en todo momento, hasta que un día, por fin, le ve la cara a Dios. Este Dios interno, que se manifiesta como una revelación, es, en realidad, un despertar interior que devela la posibilidad de la salvación propia. Lejos de imitar a la Bella Durmiente del cuento clásico, la protagonista se salva sola y no por acción de ningún héroe, mucho menos un príncipe. El día en que descubre esa cara que buscaba, la protagonista inicia, fortalecida, el camino hacia la propia “liberación”, que en el texto implicará el escape del prostíbulo.

La estrategia discursiva consistente en dialogar con textos clásicos de la literatura argentina vuelve a aparecer en las referencias a El Matadero, de Esteban Echeverría. Entre las primeras líneas, luego de la alusión a Foucault, leemos:

[…] si a matasiete el matambre, a vos el resbalar en tu sangre y en los charcos de la leche que te ahoga y que te arde. Querés partir y dejar atrás la mazorca, el ardor colorado de sus dientes amarillos y tu esfínter hecho un volado de broderie de tomate. (2012: 6)

Así como a Matasiete le tocaba el Matambre, a Beya le toca bailar una resfalosa que no es solo sangre sino también semen. Ella padece la Mazorca de manera similar a los unitarios víctimas de “La Santa Federación”, pero la situación de mujer de Beya provoca que su indefensión sea doble. A la sangre como seña de la victoria por la muerte, se agrega el semen como marca del poder patriarcal concretado en la violación al cuerpo femenino.

La protagonista de esta historia es una versión femenina del joven unitario de El Matadero pero también es el toro, el Matambre y cada una de aquellas vacas que los carniceros desuellan. Su lugar como carne vacuna para el consumo se complementa con segmentos como el siguiente: “no te mata porque sos su hacienda y le rendís viva, le rinde tu kilo en pie o mejor dicho en cuatro patas” (2012: 9).

A pesar de que no existe referencia explícita al texto La cautiva de Esteban Echeverría, podemos ver en Beya un exponente de la nueva cautiva. El lugar del cautiverio ya no es la frontera sino el conurbano, visto en la actualidad por los habitantes de Buenos Aires como otra forma de desierto, por sus diferencias espaciales y culturales con la Capital. Como María, la protagonista de La cautiva, Beya empuñará un arma para salvarse, que ya no será un puñal sino una pistola automática.

De esta manera, Cabezón Cámara reafirma un procedimiento que se advierte en otras novelas de su autoría. Se trata de la recurrencia a textualidades de fuerte significación y aceptación para someterlas a una posterior deconstrucción que permitirá pensar otros ejes de sentido. En Le viste la cara a Dios se observa la presencia de la tradición literaria argentina y la tradición de la Iglesia católica entrecruzándose en busca de la revisión de “lo establecido”: dogmas culturales, literarios y religiosos.

Cornelia (2016), de Florencia Etcheves, tiene el formato de un thriller policial. Su autora fue una conocida periodista de televisión que a principios del año 2018 anunció su retiro definitivo de los medios para dedicarse a la escritura. Pocos meses después saldría la adaptación de su novela al cine, bajo el título Perdida (2018) y con el rol protagónico de la actriz argentina Luisana Lopilato.

La novela cuenta la historia de la joven Cornelia Villalba, de 15 años, quien desaparece en la pequeña localidad de El Paraje, en la Patagonia argentina, cuando realizaba un viaje de estudios con cuatro compañeras y una profesora. El Paraje, además de ser un pueblo chico y desolado, está marcado por el recuerdo de la devastación del volcán Tunik, que años atrás sepultó casas y campos bajo sus cenizas. El paisaje patagónico, con sus tormentas de nieve recurrentes, se transformará en el escenario siniestro. Cornelia caerá en manos de un comerciante de drogas y mujeres llamado Khalfani Sadat, más conocido como El Egipcio. De este personaje, oriundo de El Cairo, se dice que “Los lugares desérticos lo hacían feliz, eran su debilidad; cuanto más solitarios y alejados, mejor” (Etcheves 2016: 57).

Diez años después, la encargada de investigar el trayecto de Cornelia y la verdad de su secuestro será una de sus compañeras, apodada Pipa, y convertida en oficial de policía. Con la inclusión del personaje de Pipa, Etcheves subvierte alguno de los puntos del “Decálogo del policial argentino”, de Carlos Gamerro (2006: 90-91), según el cual cualquier miembro de la institución policial que esté involucrado en el delito, obstaculiza la investigación. En este caso, la autora se atreve a la conformación de un personaje de la policía femenina y que, además, ha sido parte de la vida de la víctima en el pasado, desde su antiguo rol de compañera de colegio. Para el discurrir de la trama, se hace necesaria la presencia de una mujer como única detective posible para develar el misterio que se cierne sobre otra mujer cuya condición de género la condenó.

El contraste entre espacios y formas de vida se profundiza debido a que las jóvenes que llegan a hospedarse en la casa patagónica son porteñas y de estrato social alto. Suelen dirigirse a los pobladores del lugar de manera despectiva e incurren en continuas reafirmaciones de sus privilegios de clase. La desaparición de Cornelia forma parte de una especie de tragedia aleccionadora: los apropiadores del cuerpo femenino operan por encima de los escalafones sociales. Ariel, el habitante del alojamiento que actúa como mediador para secuestrar a Cornelia, la lleva ante El Egipcio para compensar la muerte de tres dominicanas durante el traslado desde Uruguay hasta la Argentina por el Paraná. “Si me traés a la rubia tetona, te perdono el moco que te mandaste en Entre Ríos” (2016: 87), le advierte El Egipcio. El hombre que compra la virginidad de Cornelia está muy satisfecho con el negocio ya que

La chica no era una de esas negritas que compraba de vez en cuando. Cornelia o Barbi podía ser tranquilamente la hija de un amigo suyo: piel blanca, educada en escuela privada, con la dentadura completa y –lo que más lo excitaba– no iba a aceptar que su destino empezara y terminara en una cama al servicio de hombres como él. (2016: 150)

De esta manera, reaparece el estigma racial predominante desde el siglo XIX y que le dio el nombre de “trata de blancas” al negocio consistente en el rapto y la explotación sexual de mujeres. En este caso, una sola mujer blanca y rubia vale más que tres mujeres morenas, porque el cliente pagará mejor su blanquitud. El valor intrínseco de la mujer blanca y la exaltación de su belleza se encuentra ya en La cautiva de Echeverría; en esa zona bárbara, el salvaje tiene el tesoro robado a los blancos: “Muchedumbre de cautivas/Todas jóvenes y bellas” (Echeverría 2011: 32).

El lugar exacto en el que Cornelia se pierde para siempre es un bar al cual las chicas protagonistas califican como “lo más parecido a un boliche que hay en este pueblo de mierda” (2016: 84). La irrupción de la tragedia en medio de la fiesta que desbarata el silencio del desierto recuerda a las referencias al clima festivo que acompaña los ataques de los indios en La cautiva.

En las novelas referidas, los espacios en los que se ejerce el dominio del sujeto femenino bajo la forma de la trata –el conurbano bonaerense en Le viste la cara a Dios y el sur patagónico en Cornelia– son configuraciones de un nuevo desierto que resulta equiparable a las configuraciones literarias tradicionales del desierto. Andrea Bocco destaca la idea del desierto como un “no espacio” (2013: 98), concepción que permite también pensar en las “heterotopías” de Michel Foucault:

Hay […] probablemente en toda cultura, en toda civilización, espacios reales, espacios efectivos, espacios delineados por la sociedad misma, y que son una especie de contraespacios, una especie de utopías efectivamente verificadas en las que los espacios reales, todos los demás espacios reales que pueden hallarse en el seno de una cultura están a un tiempo representados, impugnados o invertidos, una suerte de espacios que están fuera de todos los espacios, aunque no obstante sea posible su localización. (2009)

Por medio de la lectura de estas dos novelas de autoras argentinas, proponemos entender a estos lugares “otros” que sirven de escenario a la apropiación y a la explotación sexual, como nuevas formas de desierto. En Argentina, se llamó “desierto” a la extensión de llanura que durante el siglo XIX se proyectaba hacia el sur y el oeste de Buenos Aires. Ese territorio constituyó el espacio alegórico propicio para la configuración de la nación. Esteban Echeverría dirá: “es nuestro más pingüe patrimonio” en su “Advertencia” a las Rimas (1837) y creará el poema narrativo La cautiva (1837) para representarlo. María, la protagonista, es la mujer valiente que enfrenta a los indios para rescatar a su amado Brian, y que está dispuesta a inmolarse con tal de no volver a formar parte de la dominación salvaje. Así, la protagonista de La cautiva actuará ella misma como metáfora de la nación que se pretende fundar. Una nación cuya fuerza vital consiste en no dejar que el indio interfiera en un proyecto de patria blanca y occidentalizada.

Echeverría sigue la línea semántica de Ruy Díaz de Guzmán en torno a la instauración de la cautiva blanca como territorio utópico usurpado por los salvajes. Se trata de la delimitación concreta entre dos mundos: el civilizado blanco y el bárbaro indígena; los “nuestros” y el enemigo (el Otro). En La cautiva, el desierto es un símbolo. Según Blas Matamoro, “El desierto es una metonimia de Utopía, el país donde no ha ocurrido la historia, el grado cero del tiempo histórico” (1986: 40). Echeverría, en concordancia con sus contemporáneos románticos, necesita del desierto como espacio vacío, como hueco temporal e histórico en el que todo está por hacerse, para fundar la Patria.

La geografía reconoce que la territorialización es resultado del dominio y de la apropiación (Romero Toledo, Romero Aravena y Toledo Olivares, 2009). Los espacios están atravesados por dinámicas de poder, y llevan consigo las marcas de las conciliaciones y disputas. Con la campaña de apropiación militar de la Patagonia en el año 1879 denominada “Campaña del Desierto”, comienza la construcción simbólica del sur argentino como “desierto”. De esta manera, cobra fuerza la idea de desierto como espacio vacío, digno de ser “llenado” con civilización, siempre y cuando se logre aniquilar al enemigo: el indígena portador de barbarie.

Andrea Bocco afirma que la literatura de fronteras deconstruye la noción de desierto y permite ver que lo que hay del otro lado de la frontera no es vacío, sino que está el Otro:

se trata de un espacio copado por la diversidad étnica: multiplicidad de pueblos aborígenes, de negros, de mulatos, de zambos, de blancos. La pampa como un espacio lleno de: sujetos, prácticas, rituales, asentamientos, traslados, fiestas, ceremonias, cruces, entrecruzamientos… Un espacio en permanente movimiento. (Bocco 2013: 100)

La novela Le viste la cara a Dios evidencia los conflictos entre Capital/ conurbano y permite reflexionar sobre el imaginario porteño que concibe como territorio inhóspito todo aquello que esté por fuera de lo capitalino y que tienen que ver con los preconceptos en torno a la movilidad migrante y a la diversidad de ese espacio. Por otro lado, la novela denuncia la existencia concreta de estos lugares otros que, sin estar necesariamente en el conurbano, constituyen sitios secretos, e institucional y legalmente aislados, de explotación sexual femenina.

Por su parte, Cornelia recupera el imaginario sobre el desierto patagónico que se asentó luego de la llamada “Campaña al Desierto”. La distancia, el aislamiento y las condiciones climáticas es lo que le permiten, en este caso, a un grupo dedicado a la trata de personas, concretar sus raptos.

Vemos entonces cómo la concepción del desierto nacional, que en sus orígenes es ambigua, ya que resalta por un lado la belleza y la potencialidad de ese paisaje, como en La cautiva de Echeverría, y por otro lado destaca su costado sórdido y bárbaro, en las novelas abordadas recupera las connotaciones negativas: los nuevos desiertos, tales como el conurbano y la Patagonia, equivalen a ilegalidad, a zonas donde la deshumanización y las múltiples formas de la violencia reviven.

Por su parte, tanto en el caso de Beya como en el de Cornelia, la iniciación consiste en el encierro total y en la posterior desnudez y violación de la víctima, práctica de sujeción que nos remite a los inicios de la literatura argentina, tal como lo observó David Viñas:

La literatura argentina emerge alrededor de una metáfora mayor: la violación. Ese brusco desgarramiento le otorga una identidad diferenciadora con respecto del continuo de la literatura de ese momento, y, en particular, del romanticismo de escuela. El matadero y Amalia, en lo fundamental, no son así sino comentarios de una violencia ejercida desde afuera hacia adentro, de la “carne” sobre el “espíritu”. De la “masa” contra las matizadas pero explícitas proyecciones heroicas del Poeta. (Viñas 1974: 13)

Por otra parte, Cristina Iglesia afirma que la cautiva decimonónica es siempre una extranjera: “en el camino de ida, la cautiva está condenada a ser otra entre los otros y, si es rescatada, será siempre diferente de sus antiguos iguales” (Iglesia 2003: 26). En efecto, tanto Beya como Cornelia perderán su identidad, olvidarán sus nombres y no podrán volverán a ser las mismas; llevarán para siempre la marca del cautiverio, de la otredad y del desierto.

Segato sostiene que el cuerpo de las mujeres, como metáfora de territorio, acompañó a las contiendas bélicas desde los primeros tiempos de las ciudades. Actualmente, “La rapiña que se desata sobre lo femenino se manifiesta tanto en formas de destrucción temporal, sin precedentes, como en las formas de trata y comercialización de lo que estos cuerpos puedan ofrecer, hasta el último límite” (Segato 2017: 58). Las novelas abordadas muestran, por medio de Beya y de Cornelia, esa forma de conquista, apropiación y dominio del cuerpo femenino que se condice con un nuevo tipo de avance bélico coherente con las reglas del capitalismo.

Beya y Cornelia constituyen un símbolo de los cautiverios actuales. Su liberación consistirá en abandonar un cuerpo devenido en territorio de otros, atravesado por las confabulaciones del poder patriarcal, para convertirse, por fin, en un cuerpo habitado por sí mismas.

A manera de cierre

La presencia constante de la cautiva en la historia y en la literatura argentina conduce a reflexionar sobre una serie de sentidos que se vinculan con la conformación nacional. La cautiva blanca, mancillada por el indígena, significó un sujeto fronterizo peligroso, símbolo del miedo permanente hacia el Otro: miedo a la sexualidad, al mestizaje indeseado, a la contaminación. Por eso, la mejor cautiva fue aquella que se inmoló, que prefirió morir antes de ser tocada y manchada por el oscuro y salvaje indígena. La cautiva mártir, símbolo de conducta intachable, está representada por Lucía Miranda y por María, las primeras cautivas.

Por su parte, la pervivencia de la cautiva en la literatura argentina puede leerse como un cuestionamiento al rol de la mujer en la historia nacional. Sujeto-objeto migrante entre espacios antagónicos, fronterizo, fisurado, siempre extranjero, la cautiva sería un símbolo de la mujer argentina, forzada siempre a formar parte de las disputas masculinas pero sin lograr una verdadera integración en los proyectos políticos y sociales del país.

En el caso de las representaciones de las cautivas contemporáneas, tanto presas políticas como víctimas de trata, se observa la intención de hacer visible el impacto de un dispositivo de control del cuerpo femenino que pretende reforzar el poder del sistema patriarcal. La idea de cautiverio debe entenderse indefectiblemente unida al cuerpo sexuado. La sexualidad de la mujer fue la clave para el mestizaje en tiempos decimonónicos y para la apropiación de niños en la dictadura. Por otra parte, la sexualidad forzada o violación, puede ser entendida, en todas las épocas, como forma de delimitación de la fuerza del poder masculino y de concreción de una jerarquía política, cultural y sexual. Desde los inicios de la historia del país y hasta hoy en día, de una representación del cuerpo de la mujer como digno de ser apresado, delimitado, acallado y maltratado.

Además, pensar en las protagonistas de Le viste la cara a Dios, de Gabriela Cabezón Cámara y de Cornelia de Florencia Etcheves como desplazamientos de la cautiva decimonónica implica dimensionar la existencia de nuevas configuraciones del desierto, que habiendo perdido su carácter utópico y de terreno disputable al Otro, recupera, en el imaginario nacional, el lugar de heterotopía que refuta la ciudad. El desierto es el espacio otro, el no espacio, donde las normas morales y la legalidad se diluyen, a favor de estrategias de dominación del cuerpo femenino que perpetúan el poder patriarcal y continúan reafirmando la delimitación de sus terrenos conquistados.

Bibliografía

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Etcheves, F. Cornelia. Buenos Aires, Planeta, 2016.

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Iglesia, C. La violencia del azar. Ensayo sobre literatura argentina. México, Fondo de Cultura económica, 2002.

Matamoro, B. “La (Re) Generación deI 37”. Revista Punto de Vista, Buenos Aires, Nro. 28, nov., 1986, pp. 40-41.

Romero Toledo, H. y Romero A. H y Toledo Olivares, X. “Agua, Poder y Discursos: Conflictos socioterritoriales por la construcción de centrales hidroeléctricas en la Patagonia Chilena”. Anuario de Estudios Americanos, 66 (2), 2009, pp. 81- 103.

Segato, R. La guerra contra las mujeres. Madrid, Traficante de sueños-Tinta limón, 2017.

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