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Leer y escribir en la Patagonia

Adriana Goicochea (Universidad Nacional del Comahue)

Esta contribución representa la oportunidad de compartir una experiencia de lectura y también algunas reflexiones acerca del campo intelectual regional.

Contar una experiencia de lectura no deja de ser un modo de ver con el que como diría John Berger “descubrimos algo sobre nosotros mismos y sobre la situación en que vivimos.” (1972). No es menos cierto que en ese trayecto también alcanzan visibilidad los autores localizados en la Patagonia que hablan ya no “sobre” sino “desde” la Patagonia. Luego, esa localización geocultural además de configurar otro imaginario sobre la región también impulsa el desarrollo de un discurso crítico en el que se inscriben formas locales de conocimiento y en el que se evidencia un pathos: constituirse en “una práctica discursiva” de intervención cultural que se propone generar un pensamiento decolonial. Desde ese lugar de enunciación quienes representan esta cultura académica y estas voces autorales buscan desprenderse de una perspectiva eurocéntrica para localizarse en el “sur” (Palermo2006), y así inician un diálogo en el campo de los estudios de las culturas.

Este panorama nos habilita a pensar la Patagonia como un sujeto de naturaleza narrativa que en el presente histórico concentra el pasado y el futuro, por eso no hay una Patagonia sino versiones (Casini 2017: 157) tantas como los discursos han producido, lo que demuestra que la Patagonia se escribe y se lee. Hoy hallamos la trama de una Patagonia que fue tierra de fantasías, de misterios y de grandes riquezas; también fue el desierto, la soledad y el viento; otras veces fue tierra de indios y gauchos, encarnación de la barbarie que había que dominar o eliminar; también fue tierra de fortines y fronteras para defender la Patria. Alguna vez representó para muchos la esperanza de “paz, pan y trabajo”. Fue la tierra prometida y también tierra de exilio, entonces volvió a parecerse al destierro, sin embargo, para muchos representó un refugio. Pensar la Patagonia como relato también es ponerla siempre del lado de la ficción.

En este escenario la noción de “explosión” de Iuri Lotman (1999) y su hipótesis de que es un fenómeno constitutivo de las fluctuaciones de los sistemas culturales nos ha resultado esclarecedora para pensar una narrativa que ha ido tejiendo esos imaginarios sobre la región y sobre todo para pensar en los modos en que la cultura se va transformando en una lógica que no se queda únicamente en el recorrido lineal de la temporalidad humana a la manera de la historia ni del movimiento cíclico, a la manera del mito, sino que un hecho cuyo dato espacio-temporal podemos conocer, trae aparejado un proceso de cambio estructural, la transformación del sentido de lo real hasta entonces conocido, vale decir que desarrolla un nuevo e intenso proceso de metaforización. (Barei 2014: 165)

Entonces a partir de esta categoría de explosión se nos han planteado dos interrogantes que nos permitieron trazar una cartografía que como sabemos admitiría otras figuraciones para estas mismas localizaciones. Ellas son: ¿Cuáles son los hechos de “explosión” que resultaron profundamente transformadores del sentido en los sistemas culturales de la Patagonia? y ¿cómo impactan en el espacio literario-cultural de la región?

Tres momentos de orden factico histórico son generadores de un cambio cultural porque de ellos nace una escritura producida “desde” la Patagonia. Uno de esos puntos de explosión se produce con los procesos migratorios impulsados por la política del Estado en el siglo XIX, los que atravesaron distintos momentos históricos y dan origen a una narrativa con un imaginario de la región de carácter locativo por su ubicación, aunque foráneo en su punto de vista.

Las fronteras internas que atraviesan la semiosfera (Lotman 1996) nos indican que la escritura de las mujeres se produce “dentro de los bordes”, por lo que si bien no escapa a la divisióncorpo-gráfica” (Barei 2014: 89) y por lo tanto prevalece el pensamiento patriarcal, sin embargo, y en ese intersticio se cuelan otras experiencias, otros modos de pensar ese mundo. Son las “pioneras” las que han dado visibilidad y han humanizado las preocupaciones que constituyeron la trama de la cultura. Sus diarios, sus cartas, sus memorias dan testimonio de un imaginario sobre la patria, la mujer, la violencia y su inscripción en la región.

Es el caso de las Cartas[1] y el Diario de Julia Dufour,[2] que son huellas valiosas para la historiografía de un momento inicial de ocupación del territorio, pero que, a nuestro juicio, ingresan a la institución literaria en el marco de una producción crítica que se ocupa de las llamadas “escrituras del yo”.

Julia se casó con el marino Luís Piedrabuena y se fueron a vivir a una casa en la Isla Pavón. Su estadía en el lugar más remoto del mundo y en tiempos tan lejanos hace que se la conozca como la primera mujer blanca que vivió en la Patagonia en el Siglo XIX.

En este escenario escribe un Diario ¿Para qué? No hay biografías de Julia sino que toda información relativa a ella se halla como correlato del reconocimiento a las acciones de su marido, y el relato histórico ha producido una representación de la figura de Julia como “la cariñosa compañera que había compartido con él su pobreza, sus angustias y su patriotismo.” (Entraigas 1966: 194). Entonces en función de lo que conocemos podemos aventurar una respuesta: escribe para testimoniar una época y crear una gesta, pero también porque es el lugar de escritura más cercano a la intimidad del yo. En el gesto de contar y contarse refuerza una percepción propia de la época, la del espacio caracterizado por la desolación y la tristeza, tan solo diferenciado por “la blanca casitaque se describe como un lugar idílico, el más cercano a lo conocido, y el que la pone en contacto con su mundo.

El imaginario de la Patria se teje en torno a lo simbólico representado, por un lado, en “esa casa”, que es el espacio natural para la mujer porque allí desempeña el rol que se le atribuye, el de la vida doméstica, y porque representa la institución matrimonio y familia, por lo tanto su seguridad. Y por otro lado, por “la bandera de mi Patria”, que se convierte en síntoma de los sentimientos de la narradora, la alegría y la gratitud hacia el hombre que la defiende. Allí se encuentra la paradoja, en lo que no explicita, que es justamente el sentimiento de nostalgia por la patria lejana aquella donde está la civilización y la familia. Ese sentimiento de la mujer ubica a la Patagonia en un lugar de tránsito y sacrificio que se vive como desterritorialización, en tanto que para el discurso político y en la perspectiva del varón es la Patria que hay que defender.

En tanto, en las Cartas que escribió desde Punta Arenas o desde Buenos Aires, pesa el protocolo del género epistolar; sin embargo, es posible encontrar en esta correspondencia una forma de diario íntimo porque en ellas se registran la experiencia de vida y el contexto de escritura, refuerzan el carácter biográfico por la centralidad de las acciones heroicas del marido y también muestran cómo la vida doméstica está subordinada a factores de orden político en los que Julia participaba en acción y opinión. El problema cotidiano es la miseria y el hambre, el institucional es el abandono del Gobierno Argentino que Julia denuncia.

A modo de síntesis diremos que Julia Dufour es simplemente una mujer que escribe cartas con una finalidad práctica. En ellas quedan representadas los roles fijados por un sistema patriarcal y las preocupaciones de la familia, no obstante, también dejan oír la voz de la mujer que insiste en su deber de hablar sobre la patria, el dinero, y el consumo que surge de un discurso sobre la cotidianeidad que sin querer ser político alcanza hoy ese valor.

La política migratoria del Estado bajo la consigna “Gobernar es poblar”, atravesó distintos momentos históricos. La llegada en la década del 80 de inmigrantes iletrados, dispuestos a enfrentar las dificultades a cambio de su subsistencia lograda a fuerza de trabajo y sacrificio, significó también un desplazamiento de la imagen de la mujer. No solo se la recluyó en el ámbito del hogar para las tareas domésticas, sino que realizó los mismos trabajos que el hombre, el padre primero y el marido después. Como respuesta recibió el rechazo de la elite criolla que profundizó la brecha entre las mujeres que pertenecían a familias patricias, cultas con acceso a cierto grado de educación, y aquellas que trabajaban en el servicio doméstico o eran trabajadoras rurales, provenientes de inmigrantes pobres. Este es el caso de Anáis Vialá, una trabajadora rural, a la que como dice María Herminia Di Liscia “(…) luego de la lectura de esta autobiografía no puede considerársela una mujer “común” (…)” (2002: 31).

¿Qué habla ese sujeto en lo autográfico y para qué? Habla de su vida, pero en el proceso de la narración lo individual se va acercando a lo colectivo en la medida en que representa la subordinación de la mujer y al mundo social que la produce: la familia, el matrimonio, las políticas del estado.

No obstante, la clave de lectura se halla en un interrogante: “¿Para qué escribe Anaís Vialá? La respuesta inmediata es que su escritura tiene un propósito pedagógico, según ella misma dice en sus primeras líneas ‘…por lo que esta narración de una vida pudiera dejarles de enseñanza’.” (Di Liscia 45).

Es también una forma de resistencia al silencio y a la resignación. En su relato selecciona ciertas experiencias de vida que son sus sacrificios y su sufrimiento ocasionado por el trabajo y por las relaciones familiares.

El trabajo no diferencia edad ni género, aunque Anaís también es consciente de que el manejo del dinero es sinónimo de poder. En su propio matrimonio reconocerá el valor material del trabajo, de la herencia y será motivo de crítica que revelen la falta de derechos de la mujer.

En cuanto a las relaciones familiares vemos, por un lado, que es el temor lo que determina el lugar de la niña y de la mujer, y por otro que todos los vínculos están signados por la severa estructura patriarcal. No es extraño entonces que se inscriba en el imaginario del progreso propio de los pioneros y de la época. Es en el ámbito doméstico donde sufre la mayor exposición a la violencia especialmente en la relación con su marido. Esta tiene distintas modalidades, no solo el castigo físico y verbal, sino que la amenaza permanente es el hambre.

No hay introspección en su relato, solo cuenta hechos y así va construyendo un “deber ser” para su lector al que quiere trasmitirle su enseñanza. ¿Cuál es su enseñanza? Que la felicidad consiste en liberarse de la subordinación al hombre (al padre y al marido) y administrar su propio dinero y ser dueña de su casa.

Nuevamente la casa adquiere valor simbólico. La “casita blanca” que construyó Luis Piedrabuena era para Julia Dufour su hogar, mientras que para Anaís ser propietaria de la casa representa ser dueña de su propio destino. Estas son las dos condiciones para alcanzar la liberación como mujer, junto a la más importante que es no renunciar al derecho a la palabra. En su escritura, ya a principios del siglo XX tanto la búsqueda de autonomía por mediación del trabajo y de la educación, así como la conciencia que tiene la escritora del valor pedagógico del relato de su vida son un gesto de resistencia.

En estos relatos localizados entre lo íntimo, lo familiar y lo privado se han ido enhebrando distintas significaciones de la Patagonia. Las Cartas y el Diario de Julia afirman la ecuación la Patagonia es la Patria y no gracias a una política de Estado sino por la perseverancia de una mujer que enfrenta la geografía, el clima y la soledad con sacrificio, pero que libra su batalla principal contra la nostalgia. No es solo un sentimiento individual sino que se inscribe en el orden de la cultura: añora su mundo de mujer blanca, letrada y de familia patricia.

Mientras que en el relato de Anaís Vialá la Patagonia es la oportunidad de progreso, y el trabajo y la educación son su garantía. El valor pedagógico que imprime a su relato cuando sostiene que la educación es la forma de evitar la dominación, lo instala en el pensamiento colectivo con una propuesta decolonizadora que va más allá de la facticidad histórica para ubicarse en el campo de la cultura.

En este punto quiero recuperar aquí la noción de archivo porque me permitirá traer a esta mesa una literatura producida en Rio Negro recientemente. Compartimos la noción del archivo como el conjunto de los discursos efectivamente pronunciados que continúa funcionando, que se transforma a través de la historia, que da la posibilidad de aparecer a otros discursos. La reactivación del archivo del museo localizado en Carmen de Patagones mediante la ficcionalización de las historias documentadas ha dado visibilidad a personajes que permanecían olvidados y con ellos a aspectos de la cultura desconocidos. Me refiero concretamente a la publicación de los relatos reunidos en “De rio y luna (Historias de mujeres patagónicas)” de Ana Destefanis y Stella Álvarez, y que según dicen las autoras son “cuentos ubicados entre 1782 y 1891 que tratan de mujeres que vivieron en la Comarca Viedma Patagones y cuyas historias reales fueron disparadoras de nuestra imaginación” (3). Es destacable que se trata de mujeres simples: una curandera, una lavandera, las esclavas negras e indias. Tienen en común la pobreza y todas sufren la dominación del varón: del padre, del marido, de la policía, de la justicia, y sobre todo de las otras mujeres: las esposas blancas y ricas. ¿Por qué fueron elegidas? Porque aun cuando en esa época era tan difícil se animaron a denunciar. En las historias de estas mujeres está presente la productividad del archivo que revitalizado por la ficción narra un aspecto de la colonia que la historia ha dejado al margen.

La segunda explosión ya en el siglo XX es la provocada por la dictadura militar que produjo el imaginario de la Patagonia como “tierra de exilio”, textos que plantearon otro modo de pensar los cuerpos y lo humano.

Estos relatos demuestran cómo se produce otra narrativa y otro imaginario a partir de la experiencia de la Patagonia. Son una prueba de que como bien afirmaba Silvia Casini (2007), cuando se elimina la distancia entre el locus de enunciación y el territorio narrado el espacio se resignifica y se aleja de toda delimitación geográfica para convertirse en un espacio político e ideológico que tiene existencia discursiva. En estos textos la Patagonia toma la palabra y lo hace desde una posición política, no para representar un mundo exterior sino para representar-se y construirse como un mundo social. En el 2005 Adriana Robles publica Los perejiles, los otros montoneros, demostrando que la novela testimonial es una necesidad, que nace de aquellos que aún quieren contar su experiencia de la violencia de Estado en y desde la Patagonia, donde se focaliza la militancia, el exilio y la desterritorialización desde el punto de vista y la voz de “los perejiles”.

Es un texto que nos interpela porque incorpora al imaginario de la Patagonia en forma explícita y como centro de la trama narrativa el componente de tierra de exilio. Al contar su experiencia la narradora afirma el imaginario de una Patagonia primero como refugio y luego como hogar, desplazando la idea de una región de tránsito.

La dictadura produce esta transformación de la significación de la Patagonia aunque no es la única, porque es una “explosión” que “hace estallar el sentido de lo conocido hasta ese momento (…) resignifica el pasado (…) la memoria cultural alojada en los textos” (Aran-Barei 2002: 169) . Tenemos una prueba inmediata de ello en el libro de Ana María Destéfanis, titulado Lugares (2019). Son relatos centrados en la cotidianeidad, en aquellos momentos en los que parece que no pasa nada, pero sí pasa. Son lugares que crean la atmósfera de lo local; son una casa, el rio, los balcones, un baúl, una isla. No cualquier isla, porque es sobre la guerra de Malvinas, una consecuencia de la misma catástrofe.

Me detendré particularmente en uno de ellos titulado “El mismo prado”. La historia que se cuenta es la de miles de familias que viven en esta “pequeña ciudad”: una madre viuda, una joven que desea estudiar, la madre la convence de que para hacer las cosas bien tiene que ir a estudiar a una ciudad más grande, a una universidad más importante que las que el medio puede ofrecerle, y parte. Después el texto sugiere su destino: la militancia junto a un compañero y luego el silencio y la desaparición. Hasta que un día alguien golpea a la puerta de la madre con un niño en brazos y entonces empieza el otro relato, el de los otros miedos: a la pérdida, a la desaparición del niño y sobre todo a su verdadera identidad. Un relato intenso porque en la trama juega con los silencios donde se cuela lo que el lector sabe y por lo tanto el efecto va directo a las emociones, sin abandonar una premisa estética: es un relato ético (Rancière 2011) ¿Acaso leeríamos igual este texto antes de la dictadura? No, porque leemos la “metamorfosis cultural” a la que Lotman refiere y que tiene existencia textual, pues ha modificado nuestro modo de relacionarnos con la realidad, porque ingresó el miedo de que todo lo que no vemos puede desaparecer y que todo lo que no escuchamos ni decimos tal vez no esté pasando. También cambió el vínculo entre padres e hijos porque instaló en el seno familiar y en una generación la culpabilidad por “dejarlos ir”. Ha cambiado nuestra valoración del “pueblito” o “esta ciudad tan chica”, porque ya no es un lugar del que hay que salir para crecer, para progresar buscando el paraíso de la gran ciudad, tampoco es un refugio, sino que resulta un lugar donde también hay oportunidades de hacer y ser.

Señalaremos una tercera explosión en este caso de orden cultural y de impacto en el campo literario, en la que confluyen diversos factores. Por un lado, la creación de las universidades regionales en las que se localizaron investigaciones y acciones que les dieron visibilidad a los autores de la región al poner a circular un corpus literario muy rico en el ámbito académico y vincular la práctica critica con la práctica literaria, lo que coincidió con el posicionamiento de autores políticamente comprometidos con su lugar y su trabajo. Se trata de investigaciones localizadas que también han dedicado sus esfuerzos insistentemente en instalar otros modos de leer la literatura que se produce “sobre” la Patagonia. También es muy auspicioso que hoy en la Universidad Nacional de la Patagonia “San Juan Bosco”, junto con los equipos de investigación sobre literatura regional formados en los años 70 exista una cátedra de “Literatura Patagónica” en la carrera de Letras.

No pretendemos presentar aquí un estudio exhaustivo del campo intelectual de la Región, creo que es un espacio vacante para la indagación, pero es un aspecto que no es menor porque creemos que el agenciamiento de la crítica cultural es un factor determinante para la producción de un conocimiento decolonizador.

Por otro lado, los esfuerzos editoriales individuales y los talleres de escritura han sido una usina de poetas y escritores que ya no levantan las banderas de los estereotipos sobre la región. Luego, encontramos una política cultural muy rica en sus fundamentos, en la creación de la editorial “La tejedora” de la Universidad Nacional de Rio Negro, que ha constituido un acervo editorial de literatura de la región de acceso virtual.

Si bien no es objeto de esta contribución hacer una lectura crítica nos gustaría compartir con ustedes algunas particularidades que este corpus pone sobre el tapete y que constituyen una evidencia de que asistimos a una metamorfosis cultural

En primer lugar, el formato de difusión virtual de las obras nos obliga a observar la tendencia de esta época a “ampliar la esfera espacial del arte” y por lo tanto a pensar la frontera como un espacio poroso y móvil que en términos lotmanianos es la fuente de la creatividad y de la diversidad.

En segundo lugar, ejemplifican la idea lotmaniana de que el arte es “el lugar en que el pasado se hace presente” y “el lugar de las emociones”. Enfatizamos esta última expresión en tanto en los relatos de Mónica de Torres Curth, autora de Todo lo que debemos decidir (2018), se puede hacer una lectura situada que refuerza esa idea del texto. Sus historias están ancladas en las zonas rurales, en el recorrido de extensos trayectos, en caminos polvorientos, en un bar de pueblo, en la nieve, el viento y el frio, sin embargo, los escenarios no condicionan los hechos. No es el espacio sino el tratamiento del tiempo del relato lo que concentra las emociones. Se demora en contar detalladamente situaciones simples y en la reiteración de acciones cotidianas. Es el procedimiento narrativo el que crea un clima en el que crece la incógnita. ¿Cómo escapar de esta situación en la que personaje y lector se hallan atrapados? Solo lo sabremos si llegamos al último párrafo. Los finales son extremos, contundentes, pero la catástrofe no está allí, sino que se halla, como ella bien dice, en “esos hechos que son parte de la cotidianeidad de alguien” (2018: 79). Las consignas de la escritora son “intensidad y efecto” a lo que agregaríamos suspenso. ¿Que queda por descubrir si parece que todo está dicho por ese relato lento y detallado de acciones cotidianas y simples? ¿Para qué demorarse en contarlas? ¿Hacia dónde va?

La narradora no nos cuenta qué sienten sus personajes. No hay exploración psicológica, sino que estos relatos trabajan con memorias textuales diferentes. La escritura activa la técnica de la fotografía y de la cámara cinematográfica, no solo porque ambas “requieren un tiempo de contemplación y observación minuciosa” (80), como dice Mónica, sino porque la ausencia de diálogo instala el silencio y ubica al lector como testigo de las situaciones en las que participan hombres, mujeres y niños que no hablan, solo piensan y hacen. Provoca el “ensemble” (Barei 2012: 3) de tres lenguajes: la escritura que espacializa el pensamiento de los personajes, la fotografía que reclama la observación minuciosa y la cámara cinematográfica que está localizada en los ojos del lector. Intensidad y efecto porque el pasado se hace presente, se fija en un instante que va directo a la emoción.

Señalamos especialmente este gesto de exhibir el proceso de su escritura sobre la base de tantos lenguajes participantes, porque entendemos que responde a la tendencia cultural contemporánea y nos deja una puerta abierta para pensar los textos como metáforas del funcionamiento del “poliglotismo de la cultura” (Lotman 1996:57). Como consecuencia le plantea a la crítica el desafío de dar cuenta de la complejidad de articulaciones que rigen estos textos que se producen en la región.

Para concluir, quisiéramos puntualizar que es muy auspiciosa esta conformación del campo y que, si bien los textos mencionados representan solo una pequeña muestra del espacio literario actual, nos interpelan y nos invitan a proponer otros modos de leerlos.

Bibliografía

Aran, P. y S. Barei. Texto/Memoria/Cultura. El pensamiento de Iuri Lotman. Córdoba, Ed. Universidad Nacional de Córdoba, Argentina, 2002.

Barei, S. (ed). Iuri Lotman in memoriam. Córdoba, Facultad de Lenguas, Universidad Nacional de Córdoba, 2014.

Barei, S. Configuraciones migrantes. El “ensemble” en la frontera de arte y cultura. Córdoba, Universidad Nacional de Córdoba. s.f.

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Casini, S. Ficciones de Patagonia. La construcción del sur en la narrativa argentina y chilena. Rawson, Secretaría de Cultura de Chubut. 2007.

Destefanis, A.M. Lugares. General Roca, Publifadec, 2019.

Destefanis, A.M. y S.M. Álvarez. De río y luna. (Historia de mujeres patagónicas) Viedma, Ed propia, 2011.

De Torres Curth, M. Todo lo que debemos decidir. Viedma, La tejedora, Universidad Nacional de Rio Negro, 2018.

Di Liscia, M. H. y A.M. Lasalle (eds.). “Esta fue mi vida. No se la deseo a ninguna”. A propósito de la “Narración de mi vida 1884 – 1937” de Anaís Vialá. Santa Rosa, La Pampa, Gráfica Roma, 2002.

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Goicochea, Adriana. La Patagonia contada. Otro imaginario en la narrativa de mujeres. Buenos Aires, Biblos, 2013.

Lotman, I. La semiosfera I. Valencia, Ed. Frónesis-Universitat de Valencia, 1996.

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Rancière, J. El malestar en la estética, Buenos Aires, Capital intelectual, 2011.

Robles, A. Perejiles; los otros montoneros. Buenos Aires, Colihue, 2005.


  1. Las Cartas de Julia Dufour se encuentran manuscritas en el Museo Histórico “Emma Nozzi” de Carmen de Patagones y fueron publicadas en Goicochea 2013, pp. 153-157.
  2. Se trabajó con los fragmentos del Diario publicados por el Presbítero Raúl Entraigas (1966).


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